A más de un año de las próximas elecciones presidenciales, el escenario político argentino presenta una paradoja que debería encender las alarmas tanto en el Gobierno como en la oposición: Javier Milei continúa siendo el candidato individualmente más votado, pero una mayoría considerable expresa su deseo de que en 2027 haya un cambio de administración.
La conclusión surge de una encuesta nacional de CB Global Data, realizada los días 30 y 31 de julio de 2026 sobre 1.252 personas mayores de 18 años. El estudio declara un margen de error de más o menos 2,8 puntos porcentuales y un nivel de confianza del 95%. La recolección se hizo mediante metodología CAWI —encuesta online—, con cuotas por sexo, edad y nivel educativo.
El sondeo no describe una elección definida, sino un sistema político fragmentado: Milei conserva una base electoral robusta y aventaja claramente a sus adversarios, aunque todavía se encuentra lejos de una mayoría propia. Del otro lado, el peronismo reúne un volumen competitivo, pero dividido entre Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof. En ese equilibrio inestable se juega buena parte de la carrera hacia 2027.
Milei primero, pero con un techo visible
Ante la pregunta sobre a quién votarían los encuestados si las elecciones presidenciales fueran “mañana”, Milei obtiene el 32,4% y encabeza con comodidad. Cristina Fernández de Kirchner aparece segunda, con 15,2%, apenas por encima de Kicillof, que alcanza el 14,7%.
Más atrás se ubican Myriam Bregman, con 7,6%; Victoria Villarruel, con 6,4%; y Jorge Brito, con 1,9%. Otro 6,3% elige a candidatos no incluidos entre las opciones, el 5,9% votaría en blanco o anularía su sufragio y el 9,6% todavía no sabe qué haría.
La primera lectura favorece al Presidente: ningún competidor individual se acerca a su nivel de adhesión y la distancia respecto de cada uno de sus potenciales adversarios supera los 17 puntos. Milei conserva, por lo tanto, una centralidad electoral que ningún otro dirigente logra igualar.
Sin embargo, ese liderazgo también muestra límites. Con 32,4%, el oficialismo retiene aproximadamente un tercio del electorado, pero no consigue ampliar su base hasta niveles que le permitan imaginar una reelección sin dificultades. Incluso tomando en cuenta el margen de error informado por la consultora, el resultado señala un núcleo fuerte, aunque insuficiente para dominar por sí solo una elección presidencial.
El dato adquiere otra dimensión cuando se observa la predisposición general de los votantes: el 54,5% afirma que prefiere un cambio de gobierno, mientras solo el 33,4% quiere que continúe la actual administración. El 12,1% no tiene una posición definida.
Es decir, Milei lidera dentro de una sociedad que, al menos en esta medición, se inclina mayoritariamente por la alternancia. El oficialismo mantiene al candidato más competitivo, pero enfrenta un clima electoral que no parece favorable a la continuidad. La distancia entre quienes desean un cambio y quienes prefieren que siga el Gobierno es de 21,1 puntos porcentuales.
Ese contraste es probablemente el dato político más relevante del estudio. La elección no aparece organizada solamente alrededor de candidatos, sino también de una evaluación sobre la continuidad del rumbo nacional. Milei conserva una minoría intensa y disciplinada; la oposición, en cambio, dispone de un espacio potencialmente mayor, pero todavía carece de un vehículo único capaz de representarlo.
Una oposición mayoritaria, pero fragmentada
El deseo de cambio no se traduce automáticamente en apoyo a una candidatura opositora. Cristina y Kicillof suman, por separado, 29,9%. Si se agrega el 7,6% de Bregman, las tres candidaturas opositoras alcanzan el 37,5%, aunque esa suma es meramente aritmética: no supone que sus votantes sean transferibles ni que formen parte de una misma coalición.
Tampoco puede asumirse que todos los electores que reclaman un cambio estén dispuestos a votar al peronismo. Dentro de ese 54,5% conviven sectores de izquierda, votantes independientes, desencantados con el Gobierno, antiguos adherentes del PRO y ciudadanos sin identificación partidaria.
La encuesta confirma esa dispersión. Cuando se pregunta por el espacio político con el que cada persona se siente más cercana, la respuesta más elegida es “ninguno”, con 22,7%. La Libertad Avanza aparece inmediatamente después, con 21,6%, seguida por el peronismo, con 19,4%.
El kirchnerismo reúne otro 9,7%, el PRO obtiene 9,2% y la izquierda, 7%. Un 5,1% menciona otros espacios y el 5,3% no sabe responder.
La ausencia de identificación partidaria supera, por sí sola, a cualquiera de las fuerzas políticas relevadas. Esto describe un electorado volátil, con bajos niveles de pertenencia y potencialmente más sensible a la coyuntura económica, la imagen de los candidatos y la campaña que a las estructuras partidarias tradicionales.
Al mismo tiempo, La Libertad Avanza continúa siendo el espacio político individual con mayor cercanía entre quienes sí manifiestan una identidad definida. No obstante, su 21,6% se encuentra por debajo del 32,4% que obtiene Milei como candidato. La diferencia sugiere que el Presidente conserva una capacidad de atracción personal superior a la de su propia organización política.
En el peronismo ocurre algo distinto. Si se suman quienes se sienten cercanos al peronismo —19,4%— y al kirchnerismo —9,7%—, el universo alcanza el 29,1%. Esa cifra es prácticamente idéntica al 29,9% que reúnen Cristina y Kicillof en la simulación de primera vuelta. El espacio tiene volumen electoral, pero permanece partido entre dos liderazgos.
Cristina mantiene el liderazgo interno
Dentro del electorado que previamente se había identificado con el peronismo o el kirchnerismo, Cristina Fernández de Kirchner continúa siendo la dirigente preferida para representar al espacio: obtiene el 46,8%, frente al 39% de Kicillof.
Sergio Uñac aparece muy lejos, con 2%; otras alternativas reúnen 6,8% y un 5,4% no sabe a quién elegir. La pregunta fue formulada únicamente a quienes habían expresado cercanía con el peronismo o el kirchnerismo.
La diferencia entre Cristina y Kicillof es de 7,8 puntos. Es una ventaja significativa, aunque no definitiva. La expresidenta conserva la primacía emocional y política dentro de su núcleo, pero el gobernador bonaerense ya aparece muy cerca y concentra casi cuatro de cada diez preferencias en ese segmento.
Existe, además, una precisión metodológica importante: el documento no informa cuántas personas integraron exactamente esta submuestra. Aunque el universo teórico equivale a quienes se identificaron con el peronismo o el kirchnerismo, el margen de error específico de esa pregunta será necesariamente superior al 2,8% declarado para el total de 1.252 casos. Por esa razón, la distancia interna debe interpretarse como una tendencia y no como una diferencia concluyente.
La encuesta muestra, asimismo, una contradicción política alrededor de Cristina. Dentro del peronismo conserva el primer lugar, pero en el conjunto de la sociedad predomina un rechazo marcado a que pueda volver a competir.
Ante la consulta sobre una eventual habilitación para ser candidata presidencial en 2027, el 60% se manifiesta completamente en desacuerdo. El 27,4% está completamente de acuerdo y el 10,1% parcialmente de acuerdo, mientras el 2,5% no tiene opinión.
Sumadas las respuestas favorables, el 37,5% aceptaría en alguna medida su candidatura. Sin embargo, el rechazo pleno alcanza el 60%. Cristina continúa siendo la dirigente más influyente dentro del peronismo, pero también arrastra el nivel de resistencia más alto fuera de sus fronteras.
Ese fenómeno vuelve a plantear el dilema histórico del espacio: la dirigente con mayor capacidad para ordenar la interna puede no ser la que tenga mejores condiciones para ampliar la coalición electoral.
Kicillof es el rival más competitivo en segunda vuelta
Los escenarios de balotaje refuerzan esa hipótesis. En una segunda vuelta entre Milei y Cristina Fernández de Kirchner, el Presidente se impone por 44,8% a 39%, una diferencia de 5,8 puntos. El voto en blanco o nulo asciende al 11,7%, mientras el 4,5% permanece indeciso.
La ventaja oficialista es clara, aunque no irreversible. Los indecisos y quienes optarían por no votar a ninguno suman 16,2%, un volumen suficiente para modificar el resultado. Aun así, el escenario confirma que Cristina encuentra dificultades para romper el techo que le impone su elevada imagen de rechazo.
Contra Kicillof, en cambio, la elección aparece prácticamente empatada. Milei obtiene 43% y el gobernador bonaerense, 41,6%. La diferencia es de apenas 1,4 puntos, inferior al margen de error general informado por la encuesta.
En ese escenario, el 6,6% votaría en blanco o anularía y el 8,8% no sabe.
Técnicamente, el resultado no permite afirmar que Milei aventaja de manera estadísticamente significativa a Kicillof. La medición describe un empate competitivo: cualquiera de los dos podría estar primero dentro del intervalo de variación de la muestra.
La comparación entre ambos balotajes es reveladora. Milei conserva niveles similares frente a los dos dirigentes peronistas —44,8% contra Cristina y 43% contra Kicillof—. Lo que cambia es la capacidad opositora para reunir apoyos: Kicillof llega al 41,6%, 2,6 puntos por encima del 39% de Cristina.
También disminuye el rechazo a las dos opciones. Frente a Cristina, el voto en blanco o nulo llega al 11,7%; frente a Kicillof, cae al 6,6%. Esto sugiere que el gobernador bonaerense genera menos resistencia entre los votantes que no pertenecen al núcleo duro peronista.
No obstante, esa ventaja de competitividad externa convive con una desventaja interna: Cristina sigue siendo la opción preferida entre quienes se reconocen peronistas o kirchneristas. El desafío opositor consiste, entonces, en resolver una ecuación compleja: quién puede conducir el espacio y quién puede ganar por fuera de él.
Villarruel retiene una porción del voto oficialista
Otro dato relevante es el 6,4% que obtiene Victoria Villarruel en la simulación presidencial. Su presencia muestra que existe una franja del electorado oficialista o conservador dispuesta a considerar una alternativa distinta de Milei.
La suma entre el Presidente y la vicepresidenta alcanza el 38,8%, aunque nuevamente no corresponde interpretar ese agregado como un bloque automático. Parte del voto de Villarruel podría provenir de sectores descontentos con el Gobierno, de antiguos votantes del PRO o de electores que buscan una expresión de derecha con mayor énfasis institucional o nacionalista.
El PRO, por su parte, mantiene una cercanía partidaria del 9,2%, pero no aparece representado por una candidatura presidencial propia en el escenario presentado. Esa ausencia es políticamente significativa: el espacio conserva identidad, pero su electorado podría convertirse en terreno de disputa entre Milei, Villarruel y otras expresiones opositoras.
La encuesta incluyó también a “Jorge Brito”, con 1,9%, aunque el informe no brinda ninguna aclaración sobre esa candidatura ni explica el criterio utilizado para seleccionar las opciones. Esa falta de información impide realizar una interpretación política más profunda sobre ese dato.
Un escenario abierto, no una fotografía definitiva
La medición tiene valor como indicador de clima político, pero debe leerse con prudencia. El trabajo de campo se realizó en apenas dos jornadas y mediante metodología online. Además, la encuesta fue efectuada con mucha anticipación respecto de la elección presidencial de 2027, cuando todavía no están definidas las candidaturas, las alianzas ni el contexto económico en el que se votará.
Las respuestas reflejan preferencias ante una lista cerrada de nombres. No permiten asegurar que esos dirigentes serán efectivamente candidatos ni medir cómo reaccionaría el electorado ante otras configuraciones partidarias.
También resulta necesario distinguir entre el margen de error global y el de las diferencias entre candidatos. Una brecha de 1,4 puntos, como la observada entre Milei y Kicillof en el balotaje, no constituye una ventaja estadísticamente firme. Incluso distancias algo mayores deben considerarse dentro de un escenario todavía dinámico.
Con esas reservas, el relevamiento deja cuatro señales políticas centrales.
La primera es que Milei continúa siendo el dirigente electoralmente más fuerte de la Argentina, pero su respaldo se mantiene alrededor de un tercio del electorado.
La segunda es que el deseo de cambio supera ampliamente la voluntad de continuidad, lo que coloca al Gobierno frente al desafío de reconstruir expectativas y ampliar su base antes de 2027.
La tercera es que el peronismo posee un caudal suficiente para competir, pero ese volumen está dividido entre el liderazgo interno de Cristina y la mayor competitividad externa de Kicillof.
La cuarta es que ningún espacio controla el centro político y social. El 22,7% que no se siente cercano a ninguna fuerza, junto con los indecisos y quienes consideran votar en blanco, conforma una zona decisiva y todavía disponible.
La fotografía de julio de 2026 no muestra un oficialismo derrotado ni una oposición consolidada. Muestra algo más incómodo para ambos: un Presidente que sigue primero, una sociedad que mayoritariamente pide un cambio y una oposición que todavía no ha logrado convertir ese malestar en una alternativa ordenada.