No “¿hiciste algo útil hoy?” si no “¿estás muy ocupado?”.
Y la respuesta siempre es sí. Porque decir que no estás ocupado equivale a decir que tu tiempo no vale. Que nadie te necesita. En el mundo del trabajo moderno, la ocupación es el único indicador de valor que todos entienden sin que nadie lo explique.
El problema es que estar ocupado y ser productivo no son la misma cosa. Nunca lo fueron. Y los datos lo confirman con una claridad que debería incomodar a cualquier gerente.
Un trabajador promedio es genuinamente productivo durante 5 horas con 6 minutos de su jornada laboral de 8 horas. El resto del tiempo se destina a actividades que no generan valor: correos, redes sociales, reuniones sin agenda, charlas de pasillo digitales. Así lo establece un estudio reciente que analizó los hábitos de miles de empleados en distintos sectores. Trabajar más horas no cambia esta ecuación: solo la estira.
Y sin embargo, el presencialismo —estar, aparecer, mostrarse ocupado— sigue siendo la métrica informal más poderosa en la mayoría de las organizaciones. El que llega primero y se va último. El que tiene el calendario bloqueado hasta las siete de la tarde. El que contesta mensajes a medianoche. Ese es el que “se compromete”.
Nadie pregunta qué produjo.
Las reuniones son el síntoma más visible de este desorden. No porque sean inútiles por definición, sino porque se multiplicaron sin control y llenaron el espacio que el trabajo real necesitaba para existir.
El número de reuniones laborales se triplicó desde 2020, según datos de Microsoft. Un empleado promedio dedica actualmente 392 horas al año a reuniones — el equivalente a 16 jornadas laborales completas, según Flowtrace (2025). Y el 44% de esas reuniones se consideran improductivas, con un costo global estimado en 541 mil millones de dólares anuales para las empresas, de acuerdo con la consultora Doodle.
Pensá en la última reunión a la que fuiste sin saber exactamente para qué te habían convocado. En cuántos eran. En cuántos realmente tenían algo que decir. En cuántos minutos tardaron en llegar al punto — si es que llegaron. “Esta reunión podría haber sido un mail o un WhatsApp” es lo primero que cruza nuestras mentes apenas terminamos.
Eso no es coordinación. Es teatro.
Un estudio de Harvard lo pone en números: el 71% de los directivos y empleados definió las reuniones de trabajo como actos improductivos e ineficientes. El 65% afirma que le impiden completar tareas pendientes. Y el 64% dice que reducen su capacidad de pensar en profundidad sobre los problemas reales de su área.
Pensemos en lo que eso significa. Las reuniones, que nacieron para resolver problemas, se convirtieron en uno de los principales obstáculos para resolverlos.
Solo el 37% de las reuniones tiene una agenda definida, según Flowtrace (2025). El 50% empieza tarde. Y el 33% se convoca de manera virtual incluso cuando la mitad de los asistentes está en la misma oficina. No es ineficiencia accidental. Es un hábito institucionalizado.
Pero el problema no son solo las reuniones. Es la cultura que las produce.
Esa cultura tiene un nombre: el culto a la ocupación. La creencia colectiva de que más horas significan más compromiso, que el calendario lleno es una señal de importancia y que tomarse tiempo para pensar sin interrupciones es, de alguna manera, sospechoso.
En ese sistema, el trabajo profundo —ese estado de concentración sostenida donde se produce lo más valioso— es el primero en desaparecer. Porque requiere bloques de tiempo sin interrupciones. Y las interrupciones son exactamente lo que el culto a la ocupación fabrica de manera constante.
Cuando un trabajador es interrumpido en medio de una tarea, necesita en promedio 23 minutos para recuperar el nivel de concentración previo, según investigaciones de la Universidad de California. Un empleado de oficina recibe entre 80 y 120 notificaciones digitales por día. Si cada interrupción cuesta 23 minutos de foco, el cálculo es devastador y casi ninguna empresa lo hace.
El resultado visible es la paradoja que todos conocemos pero pocos nombran: trabajamos más horas que nunca, tenemos más herramientas de comunicación que nunca, y sin embargo la sensación de no alcanzar, de estar siempre atrasados, de que el día termina sin haber hecho lo que importaba, también es mayor que nunca.
No es una paradoja. Es la consecuencia lógica de un sistema que mide presencia en lugar de resultado.
Algunas empresas empezaron a entenderlo. Un estudio que analizó 76 organizaciones con más de 1.000 empleados cada una descubrió que eliminar reuniones varios días a la semana aumentó la productividad en un 73%. No porque la gente trabajara más. Sino porque trabajaba mejor, con menos fragmentación y más capacidad de sostener el foco en lo que realmente importaba.
Los trabajadores híbridos —quienes combinan presencia y trabajo remoto— son los más productivos, con 5 horas y 36 minutos de trabajo efectivo diario frente a los 5 horas 6 minutos de los presenciales. La flexibilidad no destruye el rendimiento. La vigilancia constante, sí.
El culto a la ocupación tiene un costo que va más allá de la productividad. Agota. Genera la sensación permanente de correr sin avanzar. Y produce algo más difícil de medir pero igualmente real: una distancia creciente entre el tiempo que se invierte y los resultados que se generan.
Esa distancia es cara.
No en el sentido abstracto. En el sentido concreto de horas facturadas que no producen nada, de talentos que se van porque no soportan más el ruido, de decisiones que se toman en reuniones de una hora cuando una conversación de diez minutos hubiera alcanzado.
El calendario lleno no es un logro.
Es, muchas veces, el síntoma de una organización que perdió la noción de para qué trabaja.
El trabajo que importa rara vez se ve en el calendario. Ocurre en los márgenes. En los silencios. En la hora sin notificaciones que nadie agenda porque agendarla parecería poco serio.
El problema no es que estemos ocupados.
Es que confundimos la ocupación con el trabajo.
Y lo hicimos durante tanto tiempo que ya no sabemos distinguirlos.
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Esta columna forma parte de una serie sobre cómo la tecnología y la cultura laboral redefinen las decisiones cotidianas en un mundo hiperconectado.
“Entramos en un proceso virtuoso en el cual los próximos 18 meses van a ser los mejores que Argentina haya visto en las últimas décadas”, aseguró hace poco más de diez días el ministro de Economía, Luis Caputo. El Instituto Nacional de Estadística y Censos, aún con una evidente intervención oficial, no comparte los mismos datos: el estimador mensual de la actividad económica echó un balde de agua fría sobre el optimismo del ministro reincidente. Una caída de 2,1 por ciento interanual y de 2,6 por ciento en comparación con enero, que había marcado una efímera ilusión de reactivación.
La industria manufacturera se desplomó 8,7% y el comercio mayorista, minorista y reparaciones cayó 7,0%. Entre ambos sectores, que son los que más empleo contienen -y drenan- restaron 2,2 puntos porcentuales a la variación interanual del EMAE, más de lo que aportaron los pocos sectores en expansión.
La industria pasó de crecer 5,1% interanual en febrero de 2025 a caer 8,7% un año después. El comercio recorrió un sendero similar: de una suba de 6,3% en febrero de 2025 a una baja de 7,0% en febrero de 2026. Ese cambio de signo no es menor. Habla de una economía que perdió tracción en sus actividades más ligadas al ingreso disponible, al crédito comercial y al consumo.El argumento de Caputo para la enésima explicación del fallido de sus pronósticos, fue que “en 2026, febrero contó con dos días hábiles menos que en 2025, además de haberse registrado un paro general”. Escasa solidez argumentativa para alguien a quien Marcos Peña definió alguna vez como el “Messi” de las finanzas.
Lo cierto es que la economía no da señales homogéneas de reactivación y, por el contrario, la inflación sigue siendo un problema crónico, lejos de los pronósticos de desaparición mágica. La de marzo fue de 3,4 por ciento, lo que aleja la promesa de inflación cero en agosto, septiembre u octubre, aunque el Gobierno se aferra a la fe de que ahora sí, bajará cuando pase el efecto alcista de la carne, de la guerra y de los útiles escolares.
La inflación convive con una caída constante del consumo incluso entre segundas marcas, con menores precios. En Misiones las ventas en supermercados cayeron 13,9% en comparación con febrero de 2025, lo que marcó la décima baja consecutiva y el descenso más profundo desde diciembre de 2024. El acumulado del primer bimestre cerró para Misiones con ventas por $ 48.729 millones con una merma del 10,7% respecto a igual período de 2025, además de quedar por debajo también de los primeros bimestres del 2024 (-10,7%) y 2023 (-35,9%).
Ese deterioro constante se hace sentir también en los recursos provinciales. La coparticipación no deja de caer y los recursos propios atraviesan un declive idéntico al de otras provincias.
No es casual que el foco del tiempo político inaugurado con la presentación en sociedad de Encuentro Misionero esté puesto en la economía y la necesidad que tiene la provincia de ser considerada de forma distinta por la Nación. Es el único espacio político que está pensando en “soluciones a la misionera”, mientras que la Libertad Avanza es apenas un apéndice de Buenos Aires -como los viejos partidos tradicionales- y el PJ y la UCR se desangran en sus internas cada vez menos convocantes.
Por eso la presentación en sociedad de Encuentro Misionero puso sobre la mesa el viejo anhelo de una zona libre de impuestos para Misiones, en medio de la negociación que se abrirá para aprobar la reforma fiscal que quiere el Gobierno nacional.
Misiones vuelve a blandir un reclamo histórico: condiciones fiscales diferenciadas para poder competir en igualdad con Paraguay y Brasil. La iniciativa busca instalar en la agenda nacional un régimen especial de exenciones impositivas y beneficios aduaneros que permita corregir las distorsiones estructurales que enfrenta la provincia por su condición de frontera.
El planteo no es nuevo, pero sí el contexto. La discusión se reabre ahora en el marco de la reforma fiscal que impulsa el Gobierno de Javier Milei, donde la provincia intenta colar un esquema propio que combine alivio tributario, incentivos a la inversión y reducción de costos logísticos. En esencia, es retomar el espíritu de la Zona Aduanera Especial aprobada por el Congreso, pero vetada por el anodino Alberto Fernández.
La diferencia es que ahora el planteo no se limita a una herramienta aduanera puntual, sino que propone un régimen integral, con impacto directo sobre consumo, producción, inversión y sistema financiero y que va de la mano de una de las promesas de campaña del Gobierno nacional: bajar impuestos. El régimen propuesto busca corregir la asimetría histórica donde Misiones aporta el 31% de la recaudación del NEA pero recibe solo el 21% por coparticipación. La “Amortización Acelerada” permitirá a las industrias locales modernizar su capital físico en la mitad del tiempo contable habitual, fomentando la industrialización de la ruralidad y la tecnología.
El eje del proyecto pasa por el Impuesto al Valor Agregado, el tributo con mayor incidencia directa en la formación de precios.
La propuesta es clara: las ventas desde el resto del país hacia Misiones serían consideradas una “exportación suspensiva”. En la práctica, esto implica que un proveedor de Buenos Aires vendería a Misiones sin IVA. Los análisis técnicos del equipo de Encuentro Misionero detallan que como Misiones representa el 2,07% del PBI nacional, la retención de impuestos nacionales en el territorio provincial inyectaría liquidez masiva al mercado local. Una eliminación o reducción del IVA implicaría que aproximadamente $890.000 millones anuales dejarían de salir de la provincia para quedarse en manos de consumidores y comercios locales.
En tanto, una reducción de la tasa del Impuesto a las Ganancias, del 35% al 15% liberaría cerca de $530.000 millones para reinversión productiva y creación de empleo. También se pretende la eliminación del Impuesto al Cheque (1,2%), lo que permitiría recuperar hasta un 10% del margen neto en sectores estratégicos como el yerbatero, tealero y maderero.
La crisis de las economías regionales es evidente, incluso para aquellos que eligieron la opción libertaria en 2023. La pérdida de rentabilidad atraviesa a las principales actividades misioneras, como la madera, el té o la yerba, afectados por el aumento de los costos de producción, principalmente empujados por las tarifas eléctricas y el combustible.
Esa situación fue uno de los ejes de la cumbre yerbatera convocada por el Gobierno para analizar la situación de la cadena. La producción es la más dañada, pero la industria pudo exponer su situación que no escapa de la palabra crisis, aún en aquellas protagonistas del boom exportador.
El cuadro de la cadena yerbatera muestra un descalce extremo entre costos y precios que explica el deterioro del sector productivo. Con un costo estimado por el INYM de $423,99 por kilo y un precio teórico con margen del 30% de $551,19, el productor terminó recibiendo en promedio apenas $240 por kilo, lo que implica una pérdida directa de $311,19 por kilo. Proyectado sobre una producción de 889.253.082 kilos de hoja verde en 2025, el resultado es una transferencia negativa de ingresos de $276.726 millones, equivalentes a unos USD 200 millones.
A marzo de 2026, el deterioro de la ecuación económica se profundiza sin freno. El costo de producción, ajustado por una inflación acumulada del 16,8% entre octubre y marzo, pasa de $423,99 a $495,22 por kilo, lo que eleva el precio teórico con margen al $643,79. Sin embargo, el precio efectivamente pagado al productor se mantiene en torno a los $240, lo que eleva la pérdida a $403,79 por kilo.
Proyectado sobre el mismo volumen de producción de 2025 (889 millones de kilos), la transferencia negativa de ingresos asciende a $359.071 millones, equivalentes a unos USD 260 millones. Es decir, lejos de corregirse, el descalce entre costos y precios se agrava, consolidando un esquema en el que el productor absorbe cada vez una mayor porción de la crisis de la cadena.
En paralelo, los datos del sector industrial refuerzan el cuadro de fragilidad. Entre 2023 y 2025, las ventas en el mercado interno pasaron de 285,3 millones de kilos a 266,8 millones, lo que representa una caída acumulada del 7,1%.
Sin embargo, en ese mismo período, la deuda bancaria de los principales molinos saltó de $100.170 millones a $153.580 millones, con un incremento del 53,5%. La combinación de caída de ventas y fuerte aumento del endeudamiento contrasta con los autoelogios del ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, quien suele usar a la yerba para celebrar los efectos de la desregulación.
Por eso fue un dato político la participación activa de la industria en la Mesa Yerbatera convocada por el Gobierno. Lejos de un acuerdo -los intereses y las realidades son contrapuestas-, fue un avance haber logrado que se escuchen en un marco de respeto, que incluso dejó fuera de la discusión a los más exaltados libertoyerbateros, que azuzaron con cortes de ruta sin consenso. El Gobierno provincial busca mediar entre las partes, acercar posiciones ante la inactividad del Instituto Nacional de la Yerba Mate.
En esa lógica se inscribe el reclamo a Nación. En buscar soluciones locales a la retirada del Gobierno federal. El plan impositivo pretende reducir el costo de reposición para comerciantes y empresas. Por el otro, trasladar ese alivio a precios finales más bajos en góndola, mejorando la competitividad frente a las ciudades fronterizas.
El capítulo aduanero retoma directamente la lógica de la Zona Aduanera Especial, pero con mayor nivel de detalle operativo.
Entre las medidas más relevantes se destacan la importación sin aranceles de bienes de capital e insumos destinados a la producción en Misiones, facilidades para reexportación, permitiendo importar componentes, ensamblarlos localmente y exportarlos pagando tributos sólo sobre el valor agregado y eliminación de retencionespara productos misioneros, como yerba mate, té y madera.
El paquete se completa con medidas sobre otros tributos clave, como la eliminación del ITC en combustibles, buscando equiparar o incluso abaratar el precio de la nafta respecto a Paraguay. Implicaría un ahorro directo para el consumidor, con una rebaja de más de 15 mil pesos por tanque a valores actuales. Asimismo, se plantea la exención de Bienes Personales para activos radicados en la provincia, con el objetivo de retener ahorro local y la reducción de impuestos internos, especialmente en sectores con fuerte impacto en costos logísticos, además de un punto especialmente sensible para la provincia: alícuota cero o exención para servicios básicos como energía eléctrica, conectividad e internet, en un territorio que no cuenta con gas natural y donde la logística encarece fuertemente los costos operativos.
En conjunto, el esquema apunta a atacar uno de los principales problemas estructurales de Misiones: el costo de operar en una economía periférica, sin gas natural, con alta dependencia del transporte y en competencia directa con países con menor carga tributaria.
El trasfondo del debate es más profundo que una serie de exenciones. Lo que está en juego es el modelo de desarrollo para una provincia de frontera.
Misiones compite todos los días con Paraguay y Brasil, donde los precios son más bajos no solo por tipo de cambio, sino por estructuras impositivas mucho más laxas, en el caso guaraní o agresivas, del lado portugués. Esa asimetría se traduce en fuga de consumo, presión sobre el comercio local y menor capacidad de inversión.
El reclamo a la Nación se combina con un “mini Rigi”, que comenzará a ser discutido en la Legislatura una vez que comiencen las sesiones ordinarias, tras el discurso del gobernador Hugo Passalacqua el próximo viernes. Se trata de incentivos fiscales para la inversión. Cinco años de exención total de Ingresos Brutos, más cinco años adicionales con una bonificación del 50%, condicionados al aporte real del proyecto en términos de empleo, proveedores locales y valor agregado en origen. A esto se suman criterios explícitos de evaluación -innovación, sostenibilidad, biodiversidad y transparencia- que refuerzan la idea de un régimen con control efectivo. El plan fija pisos mínimos de inversión diferenciados por sector, lo que permite segmentar el tipo de proyectos a captar: desde USD 200.000 para economía del conocimiento, pasando por USD 600.000 en industrialización y manufactura avanzada, hasta USD 1,5 millones en turismo estratégico y conectividad y USD 2 millones en energías renovables. Esta escala confirma que la provincia no apunta exclusivamente a grandes capitales, sino que busca abrir la puerta a inversiones medianas con capacidad de generar impacto directo en el entramado productivo local.
Passalacqua también hará hincapié en la necesidad de recuperar una visión “federal” del reparto de recursos y la economía. Aunque parezca una discusión de otros tiempos, el debate sigue siendo federales o unitarios, algo que los sucesivos inquilinos de la Casa Rosada no han sabido corregir.
El Gobernador misionero hará un repaso, casi en modo historiador, de esa tensión y marcará que, pese a la contracción económica, Misiones no deja de hacer. Con recursos propios, con ingeniería financiera. La línea de 132 que unirá Posadas, Alem y Oberá, la ruta en El Soberbio, con nueve mil millones de inversión, son algunas de las acciones de los últimos meses.
Passalacqua también hará frente a un debate que pretende instalar la Libertad Avanza: el costo fiscal misionero. El Gobernador sostiene que es un mito que se debe combatir: según sus datos, Misiones no es, por lejos, la provincia con mayor presión tributaria.
Introducción al tema: Algunas personas no distinguen los colores, siendo su visión limitada al blanco y negro, así como los matices de grises. Eso es el daltonismo en su versión más severa, existiendo casos en los que esa deficiente visión involucra solo a algunos colores.
Los perros, nuestros fieles amigos de cuatro patas, también adolecen de cierto grado de daltonismo, lo cual compensan con sus muy agudos olfatos y oídos. Los veterinarios seguramente pueden ampliar en mucho el tema.
Valgan esos breves conceptos para poner en contexto, ciertos grados de confusiones y/o carencias conceptuales muy profundas, de las que evidencian estar inmersos muchos opinantes, de variopintos enfoques ideológicos.
Esas severas confusiones y prejuicios por carencia de análisis bien fundamentados y de necesarios conocimientos, se dan tanto en opinantes y sectores de “derechas” y de “izquierdas.
Ejemplifiquemos en forma breve
Confusiones de las “derechas”
Es muy común, casi una constante, por parte de uniformados de mentalidad procesera, así como de civiles varios de similares deficientes formaciones culturales (y especialmente, de carencia de conocimientos de Política, Historia y Geopolítica), así como varios periodistas y otros opinadores, que ante la menor crítica u observación bien fundamentada, a usuales prejuiciosos planteos de muy cerradas visiones y evidentes carencias de formación cultural, inmediata (e irreflexivamente), salgan al cruce con despectiva violencia verbal, catalogando -en forma supuestamente categórica- de “zurdo” a todo aquel que “se atreva” a contradecir el estrecho, cuando no nulo razonamiento, que con tanta liviandad exponen. Para esas estrechas mentalidades, todo lo que discrepa o cuestiona sus prejuiciosos enfoques, “es zurdo”, en forma supuestamente indiscutible.
Semejante brutal error que suelen expresar con exabruptos, con nulos razonamientos, y con soberbia pretendidamente descalificante hacia opiniones en contrario, puede tener preocupantes picos de nulidades conceptuales, abundantemente “salpimentadas” con epítetos e incluso agresiones personales, contra personas indefensas (como jubilados, discapacitados físicos y similares indefensos ciudadanos) que hacen uso del legítimo derecho de protesta.
Tal el caso, que pudo verse por TV, cuando desde el altavoz de una fuerza represiva (posiblemente de la Policía Metropolitana), se arengaba a los efectivos fuertemente pertrechados (bastones, escudos, cascos, etc.), a que repriman con violencia “contra esos zurdos”, malicioso descalificativo con el que buscaban alentar la feroz represión de los nulos pensantes uniformados contra nada violentos ancianos, reclamantes por sus miserables haberes mensuales.
Esa torpe y miope visión de la realidad socio política nacional, forma parte esencial de la doctrina ferozmente represiva, de la muy vigente “Doctrina Represiva” (que marca los ejes conceptuales y operativos de agresiones contra manifestantes), con la cual se pretende ahogar a fuerza de bastonazos, golpes y empujones, cuando no en disparos de armas aviesamente apuntadas contra el propio pueblo manifestante; para en ese contexto de violencias exacerbadas ahogar las lógicas protestas que el genocida plan socio económico libertario – neoliberal, con toda aviesa intencionalidad, provoca.
Preocupante es que esa aberrante simplificación extrema de los enfoques políticos que se imparten como supuestas “verdades reveladas”, solo sumen más confusiones y elevadas dosis de odios mal digeridos, predisponiendo a uniformados, a sectores vinculados, e incluso a muy confusos ciudadanos que a tientas suponen “entender” las “motivaciones marxistas de esos revoltosos”; siendo que solo son ciudadanos ejerciendo el legítimo derecho de protesta, ante las perversas medidas de destrucción general perpetradas por libertarios y secuaces.
Esos opinantes “de derechas” suponen que todos los que piensen diferente a ellos, “son y deben considerarse ‘zurdos’ “, omitiendo por ignorancia o malicia, el variado contexto de opiniones y enfoques diferentes a “las derechas”, pero que no son “zurdos”, ni menos aun “comunistas” ni nada parecido.
Ni se les ocurre analizar -o lo omiten maliciosamente- que existen distintos matices de sinceros nacionalismos (sin zeta), que no comulgan ni con “derechas” ni con “izquierdas”. Más de medio siglo antes, la precisa y perspicaz pluma de Jauretche, para anular mendaces opiniones que pretenden asimilar al sano nacionalismo con vertientes descalificantes, creó el concepto de PENSAMIENTO NACIONAL, y en el mismo contexto, por aquellos años la militancia en las calles coreaba “ni yanquis ni marxistas,…”.
Por supuesto, existen otros partidarios de un sano nacionalismo, que no necesariamente coinciden con el peronismo; ni con la icónica Línea Histórica Nacional (San Martín, Rosas, Perón).
Un ejemplo del caso, es el de los hermanos Irazusta, de icónica escritura revisionista afín a Rosas, claramente del Pensamiento Nacional, que discreparon con la Doctrina y el gobierno peronista.
Otro caso destacable, es el del historiador y polemista político, Jorge Abelardo Ramos, quien, desde una formación intelectual inicialmente vinculada con el marxismo, mutó a un claro apoyo al peronismo, “desde las izquierdas”. Lo suyo fue un nacionalismo con fuerte impronta social, pero en nada “comunista”.
También hubo y hay otras personas que se definen como “nacionales”, de distintos matices, quienes tampoco entran en la cerrada y errónea concepción de (des)calificar como “zurdos” al discrepar con esas “derechas” de corte cavernario.
Confusiones de las “izquierdas”.
Opinólogos de escasas formaciones y pobreza de análisis, identificados con “la izquierda”, operan en muchos casos como el espejo invertido de los errados enfoques de “derechosos dogmáticos”, ambos sectores antagónicos pero coincidentes en repudiar -de hecho- a toda acción o pensamiento identificado con la amplia avenida ideológica del Pensamiento Nacional.
Las terminologías y calificaciones usuales en “izquierdas” son diferentes a las de “derechas”, pero muestran coincidencias en los profundos y perniciosos grados de dogmatismos, de dudosa o nula fundamentación.
Es usual que los opinantes o pretendidos “entendidos” del sector de “izquierdas”, usen el pretendidamente peyorativo calificativo de “facho”, para identificar a todo aquel que no coincida a pies juntillas con sus ideas.
Eso es error muy frecuente entre las verborrágicas expresiones de las “progresías”, sector en el que, salvo honrosas excepciones, no se suelen caracterizar por la solidez de sus argumentaciones, escasa o nulamente basadas en buenas lecturas y/o sólidos conocimientos académicos.
Esa extrema simplificación conceptual de “facho”, además de errónea, es distorsiva desde lo histórico, y salvo que se analice con los debidos basamentos, lleva a más confusiones insalvables.
Al usar el (des)calificativo de “facho” para todo aquel que no se identifique plenamente con las posiciones “de izquierdas”, ponen en la misma bolsa ideológica a liberales, neoliberales, libertarios y similares; junto a diversos sectores del amplio abanico de nacionalismos y otras corrientes de sincero patriotismo, que no se someten a doctrinas foráneas que en muchos casos son lesivas para nuestra soberanía.
El término “facho”, surgió como simplificación de concepto político del Fascismo, corriente ideológica italiana, que fue liderada por Mussolini, la cual, más allá de aciertos y errores (muchos de ellos muy acentuados), no cabe duda alguna que nació y pretendió operar como expresión excluyente del nacionalismo, de aquella Italia pobre y problematizada, que buscaba su lugar en el mundo.
Sin que nada de estos conceptos implique avalar al fascismo, que entre otros errores, fue parte de la sumatoria de violencias de la Segunda Guerra Mundial; y antes agredió a Etiopía, buscando tener su colonia africana, en el marco del colonialismo teñido de racismo que se había repartido al antojo y poder de Europa, a África en la infame Conferencia de Berlín; pese a ese y otros aspectos dudosa o nada positivos, no cabe duda que el fascismo fue una expresión extrema del nacionalismo italiano.
Por eso, tildar de “fachos” a personeros del liberalismo y otras doctrinas o posturas de claro cipayismo, es no solo distorsivo conceptualmente, es una aberración distorsiva.
A modo de síntesis conceptual
Las confusiones conceptuales llevan a enfoques erróneos, que distorsionan la necesaria compresión y les hacen el juego a quienes en un entorno de confusiones, buscan el caos ideológico para sumirnos o profundizar el entorno de dependencia, mientras denigran valores superiores como el sincero patriotismo, al cual desprecian o suplantan con el hueco y muy nefasto patrioterismo de bandera, que se agota en las simbologías, sin profundizar sus raíces en los aspectos esenciales de defensa de la soberanía.
La batalla cultural requiere el sólido basamento en conceptos de patriotismo bien fundamentado y mejor desarrollado.
Eso es lo opuesto a las liviandades culturales y distorsiones conceptuales, cuando no racismos y clasismos implícitos propugnados por “derechas e izquierdas” carecientes de todo Sentido de Lo Nacional.
Nacionalismo de hecho, que con matices diversos, practican todas las potencias consolidadas y las que van camino a serlo.
A un año de su fallecimiento. Su figura imponente me impactó en las dos oportunidades
La profesión de periodista me dio la gracia de estar en dos oportunidades con el papa Francisco.
La primera fue en 2018, cuando me recibió en el altar de la Plaza San Pedro junto a mi esposa. Fue unos días antes de la conmemoración de la Guerra de Malvinas.
En esa oportunidad charlamos unos minutos sobre temas la guerra en particular y demás temas generales. “Las guerras no sirven para nada”
Seis años después, en junio de 2024 volví a estar con él en una nueva charla en el Vaticano.
En esta oportunidad hablamos de Misiones; las Ruinas Jesuíticas, su San Lorenzo querido e inclusive me dio el permiso de contarle un chiste sobre la Ultima Cena.
Su figura imponente me impactó en las dos oportunidades. Poder dialogar con uno de los líderes más importantes del mundo fue para mí una experiencia indescriptible. La emoción, por momentos, le ganó al profesional.
Como periodista tuve la oportunidad de entrevistar a varias personalidades nacionales e internacionales, pero haber tenido el honor de charlar dos veces con el papa Francisco fue lo más importante que me dio esta profesión,
Hablar de la guerra de Malvinas, de la guerra en Medio Oriente, de su recuerdo sobre la Ruinas Jesuíticas misioneras cuando era estudiante, su querido San Lorenzo de Almagro y con respeto permitirme contarle un chiste mostró la humildad y sencillez del máximo religioso de la Iglesia Católica que sigue siendo admirado por más del 90 por ciento de la población mundial más allá de las creencias religiosas.
“Las guerras no sirven para nada, no traen la paz como hacen creer quienes las originan”, me dijo en la primera visita.
“Misiones, recuerdo una anécdota: cursaba el 5to grado y la maestra preguntó a la clase, qué hicieron los jesuitas. Yo le respondí… Ruinas…”, recordó como anécdota graciosa en la segunda charla. Y sobre fútbol, hablamos del San Lorenzo campeón 1972 y de los “Cara Sucias”; El chiste del hombre de la colectividad judía dueño del restaurante donde se celebró la Ultima Cena y se fueron sin pagar mostró el lado humorístico del Papa Francisco.
En el primer encuentro tomamos mate con yerba misionera. Y en la segunda le regalé una kipá (gorro judío) que se lo puso y su foto recorrió el mundo.
A un año de su partido, el recuerdo de un Líder que intentó cambiar el mundo. Su legado, más allá de no compartir su creencia religiosa seguirá en mi memoria durante toda mi vida
Hay viajes oficiales, hay giras internacionales y después está el reality espiritual de Javier Milei en Israel: una mezcla de karaoke libertario, lágrimas televisadas y geopolítica manejada como si fuera una cuenta personal de X.
Porque no fue solo una visita. Fue una performance. En Jerusalén, Milei se puso en modo artista invitado y cantó Libre con la solemnidad de quien cree estar protagonizando un momento histórico, cuando en realidad parecía más bien un clip de autoayuda con presupuesto estatal. Después vino el llanto en el Muro de los Lamentos, cuidadosamente expuesto, casi como si la emoción también formara parte del guión. La fe, convertida en contenido.
Nada de eso sería particularmente grave si no estuviera en juego algo más que su propia biografía emocional. Pero el problema es justamente ese: no viaja un influencer, viaja el presidente de un país en crisis.
Y el contexto no ayuda a la épica, más bien la desnuda.
Israel está gobernado por Benjamin Netanyahu, hoy cuestionado dentro y fuera de su país por la ofensiva en Gaza tras los ataques de Hamas. Las denuncias por el impacto humanitario, las críticas internacionales y el desgaste político interno lo ubican en uno de sus momentos más frágiles. No es precisamente el socio ideal para una foto de alineamiento incondicional.
A eso se suma un escenario regional inflamable: tensiones con Líbano, con Hezbollah al acecho, y el conflicto con Irán, que convierte cualquier gesto en una señal geopolítica de alto riesgo. En ese tablero, Argentina decidió no jugar a la prudencia, sino al fanatismo.
Porque eso es lo que transmite el viaje: no una política exterior, sino una adhesión casi religiosa. Sin matices, sin distancia, sin cálculo. Como si la diplomacia fuera una cuestión de fe y no de intereses.
¿El resultado? Un país que necesita dólares, inversiones y mercados, pero exporta gestos, canciones y lágrimas.
Y en ese marco aparece otro dato incómodo que ayuda a entender el timing: la necesidad de recomponer imagen. Según la última medición de CB Global Data, Milei figura entre los presidentes con peor valoración relativa y con una caída superior a los seis puntos en el último mes. Traducido: el relato empieza a hacer agua y hay que subir el volumen de la escena.
Más show, más impacto, más “momento histórico”.
El problema es que la política exterior no es un escenario para levantar el rating personal. Cada gesto tiene consecuencias, cada alineamiento deja huella. Y meterse, con entusiasmo militante, en un conflicto que no le pertenece a la Argentina no parece una jugada brillante, sino más bien una sobreactuación peligrosa.
Mientras tanto, en casa, la palabra que ordena la vida cotidiana no es “libertad” sino “ajuste”. Salarios en caída, jubilaciones deterioradas, consumo en retroceso. Un país real que no canta, ni llora frente a cámaras y, sobre todo, no tiene margen para aventuras simbólicas en escenarios lejanos.
La diplomacia clásica trabaja con sutilezas. Esto es otra cosa: es la diplomacia del acting. Del impacto inmediato. De la convicción gritada en lugar del interés defendido.
Cantar Libre puede ser catártico. Llorar en el Muro, también. Gobernar, en cambio, requiere algo bastante menos cinematográfico: responsabilidad.
Y ahí es donde el show empieza a hacer ruido. Porque cuando baja la música, lo que queda no es épica.