ENTREVISTAS

El señor de la noche y una vuelta al primer amor

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Hace más de cuatro décadas que Carlitos vive enamorado de las discotecas. Es un ejemplo de pasión, dedicación y visión. Desde sus inicios hasta hoy, se define como un hombre que disfruta de la noche, bien entendida.

Carlos Raúl Pereira es dueño de uno de los locales bailables más conocidos de Posadas: Cedros Megadiscos. Con casi veinte años desde su apertura en la avenida Santa Catalina, miles de personas pasaron por allí para vivir una noche distinta, al ritmo de la cumbia, la cerveza y los shows en vivo.

Pero su historia comenzó muy lejos de las pistas. En los años 70, siendo muy joven, empezó a trabajar en el rubro maderero junto a su padre, apoderado de una importante firma de Buenos Aires que operaba en Misiones. La fiebre de la madera fue lo que los trajo a la tierra colorada.

Madera Pereira fue pionera en instalar obrajes en la zona de Moconá, cuando el acceso aún se hacía por Paraiso, a 13 kilómetros de San Pedro por la ruta 14. En ese entonces no había caminos ni puentes construidos.

“Fuimos entrando con la maquinaria que teníamos: topadoras, motoarrastradoras… Tuvimos obraje en el lugar, trabajando con las firmas Laharrague y Arrieta, que eran muy importantes en la provincia, con extensiones desde el río Paraná hasta el Uruguay. Comprábamos la madera, la elaborábamos, la llevábamos a Posadas y de ahí a Buenos Aires en vagones. En esa época se trabajaba mucho con el ferrocarril”, recuerda.

El terreno donde hoy funciona su boliche era, en aquel entonces, un depósito de maderas. A lo largo de los años, el negocio creció: llegaron a tener un aserradero y una flota de camiones. Pero Carlitos es de esos hombres que ven oportunidades donde otros no. En un momento, transformó aquel depósito de maderas en un depósito… de ananá.

Todo comenzó con una propuesta de un amigo: instalar una planta envasadora en la zona de Aurora, conocida por sus plantaciones de ananá. Sin dar muchas vueltas, el proyecto se concretó y montaron una envasadora en Saltinho, a 10 kilómetros de Colonia Aurora, sobre el río Uruguay.

“Hice un estudio y descubrí que Argentina importaba ananá por unos 25 millones de dólares al año. Entonces pensé: en Aurora ya hay plantaciones, solo falta incentivar la producción local para cubrir la demanda y que ese dinero quede en el país”, explicó.

La demanda creció tanto que decidieron trasladar la planta a Posadas y comenzaron a importar ananá desde Brasil para complementar la producción nacional, que era estacional. “Estuvimos en ese rubro cuatro o cinco años. Luego, por diversos motivos, dejamos la actividad, pero nunca dejamos la madera”, dijo.

Las luces de la noche

Las discotecas siempre fueron una pasión para Carlitos. Cada fin de semana salía con sus amigos a disfrutar de la noche posadeña, en alguna whiskería. Hasta que en los años 80, todavía en paralelo con la envasadora, abrió su primer local bailable en la calle Bolívar y lo llamó Cedros.

“El nombre lo elegí por la madera. El cedro es una de las especies más valiosas, de primera calidad. Fue un homenaje a tantos años en el rubro y a los éxitos que tuvimos”.

El local ofrecía espectáculos en vivo y hasta organizaba desfiles con modelos de Buenos Aires, ya que en esa época Misiones no tenía escuelas de modelaje.

Tuve la suerte de conocer gente que trabajaba para ayudar al hospital, entonces hacíamos fiestas solidarias y lo recaudado era para el pabellón de niños. Se hizo muchísimo por el hospital en ese momento”, recuerda.

El boliche era una sociedad con amigos y, con el tiempo, decidieron venderlo a Power. Pero la noche seguía llamando. En los 2000, ya de manera unipersonal, Carlitos abrió Copacabana en la Costanera. “Trabajábamos con una pizzería en la planta baja, y en el segundo y tercer piso estaba la parte bailable”.

Después de un tiempo, por distintos motivos, vendió el lugar. “Cuando vendí Copacabana, me sentí vacío. No tener un boliche me abrumaba. Entonces decidí invertir en una nueva propuesta, en ese mismo terreno que fue durante años un depósito. Volví a mi primer amor: la madera. Y le puse nuevamente Cedros”.

Esta vez, con una propuesta completamente distinta: orientada a un público más adulto, con un perfil tropical. Cedros Megadiscos tiene tres pistas, una zona VIP y shows en vivo. “Tuve la suerte de comprar esa propiedad hace muchos años. Ahora queda frente a la terminal de ómnibus, así que viene gente de todo el país, incluso de Brasil y Paraguay. Todos terminan frente a Cedros, todos lo conocen”.

Hoy Cedros trabaja en un 80% con bandas provinciales, y algunos días llegan a presentarse hasta siete grupos en vivo. Abre sus puertas los viernes de 21 a 5, y los sábados de 19 a medianoche.

A sus 70 años, Carlitos sigue proyectando. Está en plena cuenta regresiva para abrir un nuevo boliche. “Le vamos a dar una onda distinta a la cervecera. Va a ser más tropical. Estamos a días de la gran inauguración”.

Lecciones de vida

Carlitos reflexiona sobre la importancia de no quedarse quieto ante las oportunidades que da la vida: “Hay que equivocarse mucho para aprender a salir adelante. Siempre hay algo bueno en cada error. La gente a veces no quiere equivocarse y así no llega a nada. Si sos trabajador, siempre vas a salir adelante. Hay que dar vuelta la página y volver a empezar”.

Reconoce que mantenerse comercialmente en Argentina no es fácil. Pero insiste en que la clave está en innovar. “A Misiones viene mucha gente de otras provincias con buen poder adquisitivo, que busca tranquilidad. A esa gente hay que darle de comer y hacerla divertir. Hay oportunidades”.

Y, finalmente, deja una enseñanza que repite como un mantra: “El secreto del éxito es ser feliz con lo que uno tiene. A veces la gente tiene mucho y quiere más. Se olvida de quienes no tienen nada. Hay que mirar a los costados, porque siempre hay alguien que necesita. Si tenés un techo, comida y salud, ya tenés todo. Y si encima estás rodeado de buenos amigos, con quienes tomar un vino y jugar al truco, ¿qué más podés pedir?”.

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Josefina Espindola y su pasión por la mecánica: “Entregué el último auto, y a las dos horas fui a tener a mi bebé” 

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Josefina Espíndola tenía 14 años cuando le dijo a su papá, un mecánico experimentado, que ella quería empezar a interiorizarse en el rubro de la mecánica. Fue así que en plena adolescencia decidió iniciar la secundaria en una escuela técnica, y se cambió del colegio Santa María a la Industrial. Un viaje de ida. “Se lo planteé a mi papá y él me dijo que empezara a ver el taller y ahí empecé un turno con el taller y otro en la escuela”. 

Con una trayectoria que se remonta a su infancia, Jose (como le gusta que la llamen), siempre estuvo rodeada de herramientas y motores. Su padre, quién a los 15 años puso su primer taller en San Vicente, le enseñó los secretos del oficio y siempre la alentó a aprender de todo.

“Ya viene de mi abuelo, desde los orígenes, va pasando de generación en generación, mi papá tiene 50 años en la mecánica, al ser mujeres sus cuatros primeras hijas, siempre nos dijo que debíamos tener ciertas herramientas, debíamos aprender a soldar, a cortar tornos, nos hizo parte de su mundo, tanto que mi hermana mayor fue la primera mujer en correr karting”, relató Josefina. 

Si bien todas finalizaron sus estudios y se formaron profesionalmente, la experta en mecánica siempre estuvo convencida de que su lugar era el taller. Hoy a sus 30 años es dueña y operadora principal del taller familiar, con una clientela leal y una reputación sólida. A pesar de que al inicio fue difícil asegura que no se ve en otro lugar que no sea rodeada de herramientas y autos. 

Jose es madre de una niña de 2 años. Asegura que logra equilibrar su vida familiar y laboral con éxito. Apasionada por lo que hace, durante todo su embarazo no dejó de trabajar un solo día: “Trabajé desde que me enteré del embarazo hasta el último día, tenía 40 semanas y 5 días, antes de dar a luz estaba trabajando, entregué el último auto, y a las dos horas fui a tener a mi bebé. El lunes me dieron el alta y el martes a la tarde volví a trabajar, en la oficina”, detalló. 

Dejar a su bebé al cuidado de alguien más y no poder estar para su hija no era una opción, pero tampoco dejar el taller por lo que sin pensarlo mucho trasladó las cosas de su niña al taller, y así empezó la crianza. Aunque fue todo un desafío, al igual que ella en su momento, la niña crece feliz rodeada de amor, herramientas y motores. “Se adapta bien, pero también es una niña, la llevó al jardín y trato de que ella elija lo que quiere”.

El buen ambiente impacta de manera positiva en el taller, con una demanda de aproximadamente 50 autos por semana, con reservas anticipadas en las que el 60% de los clientes son mujeres. “Esto se da porque estamos al frente gente laburadora que no se abusa de alguien que quizás no entiende mucho”. 

El taller cuenta con tres colaboradores y en épocas escolares dan pasantías a los chicos de las escuelas técnicas. “Todos los secretarios que tuvimos, fueron saliendo y armando sus talleres, porque nosotros vemos que no podes tenerlo toda la vida siendo un secretario. La idea es que ellos salgan y creen”. 

Jose sostuvo que el rubro de la mecánica es un sector en el que está en un aprendizaje constante, y aunque a ella le fascina ensuciarse desarmando motores y utilizando herramientas, en la actualidad la inyección electrónica es lo que está en auge. “Es lo que se viene, es donde hay que ponerle fuerte porque constantemente van modificando, hay nuevas computadoras, nuevas maneras de trabajar. Es una mecánica más limpia, distinta a lo que era hace años atrás. A lo que apostamos es a tener algo bien armado en lo que sea solamente inyección electrónica”

Señaló que a nivel personal la visión a futuro es continuar en el sector, más allá del sentimiento familiar, porque le gusta y apasiona lo que hace. Con la convicción de brindar un servicio de primer nivel, cuidando no solo el servicio sino también la atención y la imagen, sabiendo que especializarse constantemente es la clave para poder lograr mantener el legado por varias generaciones más. 

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Hijos de la Cosecha: un retrato de la Masacre de Oberá y luchas del presente

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Los encuentros eran casi diarios; ambos se las ingeniaban para verse, a veces a la hora de rutina, otras cuando podían escapar de sus obligaciones. No hacía falta que acordaran, un lazo invisible los atraía y ellos se reunían para cortejarse.

Una tarde Blaz no aguantó más y se dejó arrastrar por la pasión. Introdujo la lengua en la boca jugosa de Inha y fue como si un terremoto sacudiera la tierra, ambos lo sintieron igual. Ella se aferró a sus hombros, temía caer en un pozo sin fin, y él se apoyó en el árbol que estaba detrás y la atrajo hacia él. Las bocas fueron ganando terreno, y las lenguas cobraron vida, hurgaron, dibujaron, jugaron. Las manos de Blaz le tomaron el rostro y delinearon sus facciones con pasión.

-Quiero llevarte grabada en mi piel-susurró sobre el cuello caliente de la muchacha, donde sus venas latían, desaforadas.

-Te quiero-murmuró Inha-, siempre te querré.

Gabriela Exilart retrata así una escena de la pasión desatada entre Blaz, un joven alemán y la exuberante Inah Kotsur, una joven de una colectividad “rival” en plena efervescencia de una de las luchas agrarias que marcaron a fuego la historia de Misiones: la masacre de Oberá, que este sábado cumplió 89 años, pero que está presente no sólo en la memoria, sino en las luchas agrarias que se repiten. 

En el escenario temporal de la Oberá de los años 30 y 40 se desarrolla la novela Los Hijos de la Cosecha, de la autora que nació en Mar del Plata y de Misiones conoce sólo las Cataratas del Iguazú y, en una visita fugaz, Posadas. 

Sin embargo, logra reflejar con exactitud los choques culturales, los nacionalismos, el húmedo y agobiante monte misionero, además de las disputas por la tierra y el valor de sus productos en las primeras décadas del siglo XX, un conflicto que se vuelve presente cíclicamente.

Exilart es abogada y docentes de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP). Escritora desde siempre -su primera novela es de cuando tenía catorce años-, comenzó a publicar recién a los 40. Escribió las novelas Tormentas del pasado, Renacer de los escombros, Pinceladas de azabache, Con el corazón al sur, Por la sangre derramada, Napalpí. Atrapada en el viento, En la arena de Gijón, Secretos al alba, El susurro de las mujeres, Pulsión y El vuelo de la libélula, todas éxitos de ventas que la convirtieron en una de las autoras del género histórico y romántico más leídas de la Argentina. Hijos de la Cosecha ya va por la cuarta edición, tras su aparición en octubre del año pasado. Recibió los premios Alfonsina (2018), Universum Donna segunda edición (2019), Lobo de Mar al Deporte y la Cultura (2019) y una Primera Mención por su cuento “La bicicleta roja” (2020). 

“Es una responsabilidad escribir sobre otra provincia, sobre algo que no conozco”, admite Exilart en una entrevista con Economis

La Masacre de Oberá se produjo como represalia a un grupo de colonos tabacaleros que marcharon hacia la ciudad, desde localidades aledañas (Samambaya, Los Helechos, Ameghino, Guaraní y Campo Viera), reclamando por mejores precios por sus productos. Fueron emboscados y recibidos a golpes y tiros por los policías, bajo el mando de Leandro Berón, con aval político. Hubo decenas de heridos, mujeres violadas, colonos que fueron llevados como prisioneros y cuatro muertos confirmados, aunque algunos historiadores sostienen una cifra mayor. La descripción que hace Exilart traslada al lector al medio del caos. 

Este episodio fue catalogado en un principio como un ataque a la ciudad por parte de los colonos, promovido por inmigrantes comunistas. Sin embargo las investigaciones posteriores apuntaron contra el jefe de policía, demostrando la culpabilidad en las fuerzas policiales. Entre las víctimas se encontraban Basilicia Zaviski, de 14 años -que aparece en el libro-, Nicolás Oyempamchuk, Nicolás Holiferchuk o Aleferzuk y Juan Melnik (que no había participado de la protesta).

¿Cómo llegaste a la Masacre de Oberá?

“Después de haber publicado historias sobre la Patagonia, buscaba un entorno selvático, un paisaje distinto, y llegué a la Masacre de Oberá investigando en hechos históricos de la región”.

Para construir la base histórica de la novela, Exilar recurrió a un arduo trabajo de investigación. “No hay mucha literatura a nivel nacional sobre este hecho, y la mayoría de las fuentes provienen de editoriales universitarias”, explica. “Fue un desafío. Había poca bibliografía disponible. A través de MercadoLibre y librerías, logré conseguir algunos libros. Pero el hallazgo clave fue la tesis doctoral de Guillermo Castellioni, “Pedimos pan, nos dieron balas“. Su investigación, con testimonios y documentos de la época, fue fundamental. Su obra contenía copias de partes del sumario, testimonios de sobrevivientes y publicaciones de diarios de la época. Eso me ayudó a dar una base sólida a la historia”. También cita a Cosecha de Injusticias, de Eduardo Torres.

A pesar de no haber visitado Oberá, Exilart describe con precisión lugares como la Picada Finlandesa y el entorno selvático de la Capital del Monte. 

¿Con qué te quedaste de esta historia? ¿Qué fue lo que más te impactó de todo lo que relataste?

Los patrones que se repiten en la historia. Los procesos históricos tienen esa circularidad. Escucho que los reclamos de los yerbateros continúan y pienso en cómo, a pesar de los cambios de gobiernos y generaciones, las luchas siguen siendo similares”.

Me impactó la similitud con la represión sufrida por comunidades aborígenes, igual a otros de mis libros, como Napalpí: Atrapada en el viento. La mecánica de la opresión se repetía, esta vez con inmigrantes que llegaron con promesas de tierras y trabajo, pero encontraron explotación y violencia.

En medio de este contexto histórico crudo, desarrollas un romance intenso entre dos personajes de orígenes opuestos. ¿Cómo surgió esa idea?

Fue pura ficción. Quería un conflicto fuerte para la historia de amor, algo que los protagonistas tuvieran que superar. Para que la parte romántica tenga entidad, tiene que ser algo difícil, tiene que haber un conflicto. En una entrevista, Flavia Pitella me dijo: ‘Esto es Montescos y Capuletos‘, y aunque no fue consciente, es cierto que esas dinámicas de odio sin explicación aparente están presentes”.

“Hijos de la Cosecha” revela una historia poco conocida de Misiones. ¿Crees que la novela puede contribuir a visibilizar este pasado y generar reflexión?

Es una historia dolorosa que merece ser contada. Espero que la novela invite a conocer este episodio y a reflexionar sobre las injusticias que aún persisten. Debemos estar atentos para no repetir los errores del pasado.

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Empresas familiares: cómo equilibrar tradición e innovación para garantizar su futuro

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“Gestionar vínculos para garantizar la continuidad”, es la mirada de Eduardo Press, pensando en el desafío de la empresa familiar. Press es consultor en relaciones interpersonales en empresas y organizaciones, analizó con Economis los desafíos de la gestión de vínculos en las empresas familiares en la previa del Programa Ejecutivo organizado por Mejora Continua, donde será encargado de dos de las charlas.

La compleja dinámica de las empresas familiares plantea retos que van más allá de la gestión tradicional. Eduardo Press, especialista en relaciones interpersonales dentro de estas organizaciones, abordó las principales dificultades y brindó herramientas para lograr una mejor convivencia entre generaciones.

La clave está en organizar, no separar

Uno de los grandes mitos sobre la empresa familiar es que se puede separar el ámbito laboral del personal. Para Press, esto es una falacia: “Los seres humanos somos unidades integrales. No se trata de evitar el cruce entre la empresa y la familia, sino de organizarlo”. En este sentido, recomienda establecer reglas claras, como tiempos específicos para hablar de la empresa y momentos reservados exclusivamente para la familia.

El cambio generacional y la resistencia a la modernización

El traspaso generacional es un punto de conflicto habitual en las empresas familiares. Según Press, mientras los fundadores tienden a conservar estructuras tradicionales, los jóvenes traen consigo nuevas herramientas y modelos de gestión. “Los padres creen que sus hijos la tienen fácil porque reciben una empresa ya establecida, pero sostener y mejorar algo que otro creó es un desafío aún mayor”, explicó.

El consultor destacó que muchas veces los hijos regresan de la universidad con conocimientos teóricos, pero sin la experiencia del día a día en la empresa. “Mi trabajo es integrar: hacer que los jóvenes reconozcan el valor del conocimiento práctico de sus padres y que los fundadores comprendan la importancia de la modernización”, afirmó.

Roles dentro de la empresa: la importancia del equilibrio

Press utilizó la metáfora de un automóvil para ilustrar la necesidad de equilibrar funciones dentro de la empresa: “Hace falta quien acelere, quien frene, quien mire hacia adelante y quien observe el retrovisor. Si todos hacen lo mismo, la empresa se estanca o se descontrola”. Según su experiencia, la rotación de roles y la flexibilidad son claves para una convivencia saludable.

La tecnología y el impacto en las relaciones laborales

La digitalización y el trabajo remoto han modificado las dinámicas dentro de las empresas. Press reconoció que el home office llegó para quedarse, pero advirtió sobre la importancia del contacto presencial: “Nada reemplaza el verse cara a cara, el mirarse a los ojos y sentir la presencia del otro. La tecnología es una gran herramienta, pero no puede ser el único medio de interacción”.

Gestión de ideologías en el ámbito laboral

En un contexto de alta polarización, la diversidad de ideologías dentro de una empresa puede generar tensiones. Press destacó la importancia del respeto mutuo y de establecer límites claros: “Cada persona tiene derecho a su ideología, pero cuando esto interfiere en la convivencia laboral, es necesario priorizar la relación humana por sobre las diferencias”. Además, subrayó que la clave está en decidir qué es más importante: “¿Querés tener razón o querés mantener el vínculo?”.

Conclusión: la empresa familiar como un espacio de aprendizaje continuo

Para Press, la empresa familiar es un ecosistema donde todos los integrantes tienen algo que aportar y algo que aprender. “Nadie sabe tanto como para no aprender de otro, y nadie sabe tan poco como para no enseñar algo”. Finalmente, hizo un llamado a la empatía y la flexibilidad: “El verdadero éxito de una empresa familiar no se mide solo en términos económicos, sino en la capacidad de sus miembros para construir relaciones sólidas y sostenibles en el tiempo”.

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Hugo Sand: “La desregulación ya provocó una transferencia de 200 mil millones de pesos”

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En medio de una de las crisis más profundas que ha golpeado a los productores yerbateros, Hugo Sand, presidente de la Asociación de Productores Agropecuarios de Misiones (APAM), analiza el impacto de la desregulación impuesta por el DNU presidencial y señala que la transferencia de recursos de los productores hacia la industria supera los 200 mil millones de pesos. Además, advierte que el conflicto es esencialmente político y denuncia la inacción de la dirigencia misionera.

¿Cómo está la situación hoy en las rutas y en las protestas de los yerbateros?

Estamos manifestándonos como lo hemos hecho siempre, aunque es algo que no nos gusta. Aquí estamos, en una carpa humilde, con colonos, con mujeres y hombres. Nos ha tocado una lluvia fuerte, pero seguimos firmes, acumulando fuerzas. En algún momento vamos a ir a Posadas, a reclamar a la Legislatura y exigirles a los diputados y senadores que actúen. Incluso hay una diputada de Buenos Aires que presentó un proyecto para revertir el DNU que desreguló el mercado, y queremos que se discuta.

 Usted mencionó una pérdida millonaria para los productores. ¿Cómo llega a esa cifra?

 No es una pérdida, es una transferencia de recursos. Con la desregulación, la industria yerbatera se quedó con 200 mil millones de pesos que le correspondían a los colonos. Y desafío a cualquier industrial o político a demostrarme que estoy equivocado.

Antes del DNU, el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) había definido un precio de 505 pesos por kilo de hoja verde. Pero tras la desregulación, un grupo de productores negoció desesperadamente con los industriales y aceptaron 370 pesos. Sin embargo, al final, en el mercado real, terminamos cobrando 180 pesos por kilo.

Haciendo un cálculo simple: si la producción anual de yerba mate es de 1.000 millones de kilos, y dejamos de percibir 200 pesos por kilo, eso significa que nos quitaron 200 mil millones de pesos. Y en la próxima cosecha pasará lo mismo si no logramos frenar esto.

El cálculo es sencillo. En los 90, durante la década desregulada, el proceso fue similar, pero ahora parece ir mucho más acelerado. ¿Qué pasó en los 90, mientras duró la desregulación Menem-Cavallo? El kilo de hoja verde pasó de $0,20 (en 1991) a $0,06 (en 2001) en pesos convertibles uno a uno. Y el precio en góndola se mantuvo casi constante.

Si se multiplica 14 centavos de dólar perdidos por la producción primaria por 700 millones de kilos por 10 años, da el número de transferencia de ingresos hacia la industria, el comercio y los impuestos. 700 millones de kilos x 0,14= 98 u$s millones año. Una década, casi mil millones de dólares que dejó de recibir la producción y quedaron en manos de un puñado de industrias. 

¿Por qué dice que negociar con la industria no sirve?

 Porque es una cortina de humo. Ya lo vivimos en los años ‘90 y 2000, cuando el Gobierno provincial nos invitaba a la “mesa de concertación” en el Ministerio del Agro. Se firmaban actas, pero los industriales nunca cumplían. Por eso se creó el INYM, para que haya un marco legal y se pueda sancionar a quienes no respeten los precios.

La historia nos demuestra que los industriales se ponen de acuerdo entre ellos, no para competir y pagar mejor, sino para bajar el precio de la materia prima. Son tres grandes empresas las que manejan el 60% del mercado, y juegan con los colonos como quieren. Las Marías, Playadito y Ramón Puerta. 

Algunos sectores afirman que hay intereses políticos detrás de las protestas. ¿Es así?

Sí, claro que es un problema político, lo dije desde el principio. Esto no es solo un conflicto económico o comercial: se están peleando el poder dentro del oficialismo y la oposición mira para otro lado.

En Misiones, los yerbateros no fuimos defendidos ni por el oficialismo ni por la oposición. Todos se callaron la boca mientras nos despojaban del único instrumento que nos protegía: el INYM. ¿No es eso un problema político?

Y más allá de la coyuntura, hay algo más profundo: quieren quedarse con la tierra y el agua de los productores. Ya lo vimos en otras épocas. Destruyen el precio de la yerba para fundir a los colonos y que terminen vendiendo sus chacras por dos pesos. Es una estrategia de concentración, como se viene haciendo hace décadas.

Si alguien no me cree, que lea el Plan Misiones 2000, elaborado por el propio Estado. Ahí está escrito que la actividad agropecuaria debe ser integrada verticalmente, es decir, que la industria tenga su propia producción, su propio secadero, su propio molino y maneje el mercado sin depender de los pequeños productores.

Hoy, las grandes empresas yerbateras están avanzando en esa dirección. Dominan el mercado y ahora quieren cerrar el círculo con la importación de yerba de Brasil y Paraguay, que llega con agroquímicos prohibidos en Argentina.

Muchos piden tranquilidad en este conflicto. ¿Cuál es su mensaje para los productores?

No hay mensaje de tranquilidad, hay mensaje de alerta. A los colonos que están en sus casas escuchando, les digo: vienen por su chacra. No se queden esperando, organícense, salgan a luchar.

Y a los tareferos y trabajadores rurales, sepan que la cosechadora mecánica viene a dejarlos sin trabajo. Así como en los ‘60 el tabaco dejó sin empleo a miles de personas, la cosecha mecánica de yerba va a desplazar a 10 mil familias. ¿Dónde van a ir esas personas? A las villas miserias, a la pobreza extrema. Los políticos de Misiones deben reaccionar antes de que sea demasiado tarde. La solución es simple: revocar el DNU, restaurar el INYM y fijar precios justos. Pero para eso hace falta voluntad política.

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