Corrida cambiaria: síntoma de un problema que nos afecta hace varias décadas

La corrida cambiaria de los últimos días, no es más que un conocido síntoma de un problema que nos afecta hace varias décadas: la falta de políticas de Estado en dos materias centrales para la vida de una sociedad: la política y la economía.

En materia económica, (salvo escasos momentos aislados de esperanza que se terminaron desvaneciendo) desde 1930 a la fecha los argentinos no hemos logrado consensuar e implementar con éxito un modelo de desarrollo económico que genere bienestar a toda la población de manera sustentable en el mediano y largo plazo, y que a su vez sea capaz de solventar un Estado de Bienestar acorde a lo que aspiramos y demandamos como sociedad.

A los modelos de desarrollo argentinos siempre la faltan dólares: para la importación de bienes, para los viajes al exterior de la sociedad, y para la repatriación de divisas de las necesarias inversiones externas. Como los bienes aumentan cuando son escasos, el dólar no es la excepción. Las corridas y devaluaciones consecuentes a esta falta de dólares, terminaron agrandando el déficit social de la Argentina que se manifiesta en 27% de pobreza y más de 40% de pobreza en los jóvenes.

Nuestros modelos de desarrollo tampoco generan los suficientes recursos para sostener el Estado de Bienestar que demandamos, y por eso  el eterno déficit fiscal: nunca alcanzan los recursos a los gobiernos, por eso algunos se endeudan (para evitar recortar gastos), o por eso emiten sin respaldo (para disimular recortes de gastos que se terminan realizando al poco tiempo vía devaluación e inflación). Otros gobiernos intentan bajarla pero nunca encuentran respaldo de la circunstancial oposición, y el problema no se soluciona. Este déficit fiscal además alimenta la demanda de dólares. Un círculo vicioso. 

En materia política, (salvo escasos momentos aislados de esperanza que se terminaron desvaneciendo) desde 1930 hasta la fecha, los argentinos no hemos logrado consensuar e implementar con éxito un modelo político democrático representativo y republicano, que garantice división de poderes, respeto de la ley, independencia judicial, control del gasto público, alternancia, y  reglas de juego claras para los partidos políticos y para la sociedad. Por el contrario, producto de la desconfianza hacia el éxito y la posterior concentración de poder del adversario, hemos construido democracias delegativas y populistas, donde los actores políticos más influyentes (que son productos de su sociedad) han intentado usar las reglas de juego para beneficio propio y en perjuicio de sus disidentes. 

Eternizarse en el poder, entregar dádivas, negocios y cargos a los amigos, nepotismo, han sido los objetivos de la mayoría de proyectos políticos que gobernaron al “todo o nada”, tomando medidas populistas coyunturales para ganar elecciones y no perder el poder, pero no las necesarias y estructurales  que solo pueden ver sus frutos en el largo plazo. La lógica del “todo o nada” contamina muchas veces a la oposición, donde por rédito político y temor al éxito del gobierno de turno, se opone a medidas que pueden ser antipáticas en el corto plazo, pero beneficiosas en el largo. La desconfianza nos hizo incapaces de querer entregar el poder al que piensa distinto, incapaces de entender que el otro puede continuar nuestra obra, incapaces de entender que en la mayoría de los casos el sucesor deberá cosechar sobre la propia siembra, incapaces de ver que en economía no existe la magia y que los recursos del Estado son finitos y se obtienen más cuanto más desarrollado y grande sea el mercado.

¿Cómo construimos un modelo de desarrollo que genere bienestar y baje los altos números de pobreza y de asistencialismo (es decir, como aumentamos la productividad, como nos insertamos inteligentemente al mundo, y como generamos los dólares suficientes para hacer crecer nuestra economía)?; ¿Cómo construimos un Estado de Bienestar pagable (es decir, como salimos del déficit fiscal y entendemos que lo que brinda el Estado no es gratis, sino producto de nuestros impuestos)? ¿Cómo construimos una democracia donde las reglas sean iguales para todos, y donde no solo un partido tenga la responsabilidad de gobernar (es decir, como construimos confianza en el adversario, diálogo, alternancia, y políticas de largo plazo)? ¿Cómo construimos un Estado Republicano donde la Justicia haga cumplir la ley (es decir, como garantizamos condenas reales a la corrupción y el fin de todos los privilegios que todavía existen)?  Las respuestas y las soluciones, la seguimos teniendo los argentinos.

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