El agua que cumplió
Si la memoria guarda lo que no siempre quedó escrito, la obra pública es, muchas veces, la forma en que una sociedad decide responderse.
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El agua que cumplió (II)
Entre la memoria y la obra: cuando el agua potable ordenó la vida en Posadas
Por Iván Osvaldo Ortega
Si la memoria guarda lo que no siempre quedó escrito, la obra pública es, muchas veces, la forma en que una sociedad decide responderse.
Antes de que existiera un sistema organizado de agua potable, la vida en Posadas transcurría bajo una condición inestable. No había red, no había control, no había garantía sanitaria. El agua —como la salud— dependía de factores inciertos.
En ese escenario, la figura del doctor Ramón Madariaga adquiere otro espesor. No solo como médico, sino como presencia en una época donde ejercer implicaba hacerlo sin estructura, sin respaldo, muchas veces apenas con el conocimiento y la voluntad.
Los registros sitúan su muerte en términos clínicos, ordenados, como corresponde a la historia escrita. Sin embargo, en la memoria popular persiste otra lectura, más ligada a las condiciones de vida de entonces: una ciudad sin agua segura, donde la enfermedad encontraba terreno fértil y donde la práctica médica convivía con límites difíciles de superar.
No es tarea de la memoria corregir al archivo.
Pero tampoco resulta necesario desoírla.
Alrededor de esa figura también circula un relato. Una promesa atribuida a un gobernador de la época, Juan José Barreiro: la de que esa carencia elemental —la del agua— sería atendida. No como una obra puntual, sino como una deuda a saldar.
Tal vez esa escena no pueda comprobarse en los términos en que se cuenta.
Pero persiste.
Y esa persistencia dice algo.
Quizá esa sea la hipótesis que los nietos y bisnietos de pioneros pueden aportar: no una impugnación de la historia, sino una ampliación de su lectura. La idea de que, en territorios como Misiones, lo que se sabe no siempre coincide del todo con lo que se escribe.
Porque durante buena parte de su formación, la historia de esta tierra no pasó primero por los archivos. Pasó por la botica, por el almacén, por la estación, por la conversación de pueblo.
Y allí quedó.
A veces imprecisa.
A veces deformada.
A veces, sorprendentemente fiel.
Décadas después, la ciudad comenzó a cambiar.
Hacia fines de los años veinte, Posadas dio un paso decisivo: organizar el acceso al agua potable. No como recurso ocasional, sino como sistema.
La construcción de las torres —esas estructuras que se levantaban lentamente entre andamios, hierro y manos anónimas— marcó el inicio de ese proceso.
No fue una obra inmediata ni sencilla.
Requirió planificación, conducción técnica y oficio.
La dirección de los trabajos fue encomendada a un ingeniero de apellido Itzi, mientras que en el terreno, en la ejecución concreta, se destacaron maestros mayores de obra y capataces, entre ellos el paraguayo Timoteo Rodas.
Nombres que no suelen figurar en las placas, pero que sostienen la materialidad de aquello que luego se vuelve parte de la ciudad.
Las torres no eran solo depósitos.

Eran una decisión.
El momento en que el agua dejaba de ser una contingencia y pasaba a formar parte de un orden. El instante en que la salud comenzaba a tener un soporte concreto, más allá del esfuerzo individual de médicos y boticarios.
Porque sin agua segura, no hay medicina suficiente.
Y sin sistema, no hay prevención posible.
En ese sentido, la obra no solo organiza el territorio: continúa, de otro modo, el trabajo que antes recaía únicamente en las personas.
Si la generación de Madariaga sostuvo la vida en condiciones adversas, la construcción de estas estructuras permitió que esa vida comenzara a ser protegida.
Entre una escena y otra no hay ruptura.
Hay continuidad.
Una misma necesidad, expresada en dos tiempos distintos: primero en el esfuerzo individual, luego en la respuesta colectiva.
Así se fue haciendo Posadas.
Así se fue haciendo Misiones.
No de una vez, ni de manera lineal.
Sino a través de capas: de hombres que atendieron, de otros que construyeron, de decisiones que llegaron cuando pudieron, pero que terminaron por definir un rumbo.
Hay nombres que quedan.
Otros que se pierden.
Pero la obra permanece.
Y en ella —en su forma, en su función, en su sentido— también se reconoce una manera de cumplir.

