La maquina suprema, ¿Dios o El Turco?

Escribe Camilo Furlan

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Hoy más que nunca, hay mucho de qué hablar en el rubro (I.A), pero ¿Qué podríamos sacar en limpio? Las conclusiones distópicas, el anhelo de compañía y la fascinación constante para con los avances tecnológicos, no provocan más que un montón de ruido en torno a esto. Como todo enredo, toca empezar por el principio, desenmarañando lo más profundo y carnal detrás de la búsqueda constante de una “Maquina Suprema”.

Para ello, dirijámonos a el inicio de todo, una idea. Como todo disparatado sueño humano, primero creamos una imagen u objetivo deseado, para posteriormente evaluar su factibilidad y ponerlo en práctica. A modo de ejemplo, cuando el hombre necesitó recorrer mayores distancias, buscó entre millones y millones de registros en su cerebro, sintetizando ideas relacionadas al movimiento, animales, viento, quizás objetos redondos, que posteriormente pondría en práctica. Se subiría al caballo, crearía la vela, la rueda y más tarde desarrollaría el mismísimo motor de combustión interna.

En este caso, se remonta a la simple necesidad de resolver un problema determinado, la “Automatización”. El primer Autómata data del año 1500 A.C, en la antigua Etiopía y consistía en una estatua del rey de Etiopía que era capaz de emitir sonidos cuando al amanecer los rayos del sol la iluminaban. El concepto de “Robot” es relativamente reciente, fue introducido en 1921 por el escritor checo Karel Capek en su obra R.U.R, para designar a una maquina que realiza tareas en lugar del hombre. Pero sus precursores, los autómatas (del griego automatos, o “ingenio mecánico que obra por sí mismo”), han sido objeto de deseo y fascinación constante para el hombre desde la antigüedad.

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Y a esta fascinación han contribuido algunos de los mas grandes inventores de la historia, como Leonardo Da Vinci, con fabulosas creaciones como La Orquesta autómata de Al-Jazari (Siglo XII y XIII). Pero el autómata más famoso de la historia fue un “impostor”, en 1769 el aristócrata húngaro Wolfgang Von Kempelen fabricó un imponente busto de madera de un jugador de ajedrez, conocido como El turco por su atuendo. Éste emergía detrás de una gran mesa cerrada de madera (que albergaba un complejo sistema conformado por engranajes, poleas y cables), presidida por un tablero de ajedrez. Pronto ganó fama a través de un Tour de exhibiciones en Europa, en los que el autómata desafiaba y siempre derrotaba a los asistentes como Napoleón Bonaparte.

Mas tarde, en una de sus exhibiciones, el escritor Edgar Alan Poe propondría la teoría (acertada) de que había un impostor dentro de la mesa. Se trataba de un maestro ajedrecista real, que movía las piezas mediante laminas magnéticas, simulando así lo que el mundo conocería como autómata. El siglo XX trajo los transistores y con ellos la computación, expandiendo los límites de manera exponencial, erradicando los impostores (magia negra) y apuntalando los fundamentos matemáticos de la automatización.

Volviendo al eje conductor, el motor que sostuvo al robot (autónomo) como objeto de fascinación a lo largo de los siglos, fue siempre la posibilidad futura de que la máquina supere al humano. En la actualidad, las redes neuronales de sintaxis estrictamente matemáticas, aparentan haber superado extremadamente bien a su creador tanto en velocidad como en I.Q. fascinándonos por su desempeño y habilidades.

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El futuro nos depara un entorno signado por algoritmos como éste, conectados a su vez con trillones de Bytes de información (Internet), aparentando encarnar lo que la humanidad siempre llamó Dios. Es paradójico que la ciencia jamás reconociese al error como parte integral de la inteligencia, aún cuando acepte el “ensayo y error” como pilar de la misma. Friedrich Nietzsche sentenció: “…Y tal fue la arrogancia del hombre, que creó a Dios a su imagen y semejanza”, tal y como si se tratase de una premonición, ya que no hay momento de la historia en el que aplique mejor.

Bien sabemos, que el autómata “Consciente” del mundo y de sí mismo, no deja de ser un “aparentemente cercano anhelo”. Dejando a la fascinante tecnología de algoritmos de lado como una herramienta útil, llevándonos a suponer que estamos parados viendo a “El Turco” del siglo XXI, y esperando a que el fantasma de Poe nos recuerde que detrás no hay mas que un muy experimentado impostor.

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