Los diez años del Papa argentino

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Se cumple una década desde que Jorge Bergoglio se transformó en Francisco I. Esta decisión y vuelco histórico del Vaticano fueron celebrados en gran parte de la fe cristiana y hasta de la diplomacia global. Su condición de jesuita y latinoamericano comenzó a ser la imagen visible de un cambio paulatino en esta religión.

Pero más allá de esta lavada de cara con la figura de Francisco, ¿el sumo pontífice pudo modificar algo dentro de la histórica estructura vaticana? Su principal tarea fue poner en tela de juicio algunos temas que fueron “tabú” en la iglesia. Francisco fue el valiente mandatario que aclaró que la homosexualidad no es un pecado. El Papa argentino habló del aborto e inclusive de la posibilidad de que los sacerdotes puedan contraer matrimonio

Su figura busca humanizar a una iglesia que venía seriamente cuestionada en las últimas décadas. Sin embargo, la presencia de Francisco como cara visible del catolicismo no es suficiente para torcer las raíces de un árbol que cambió hace tiempo, al menos en lo inmediato.

Francisco agarró una iglesia en un contexto particular. Lo hizo luego de un papado polémico como el de Benedicto XVI, en medio de una bataola de denuncias por pedofilia a lo largo y ancho de todo el mundo que involucraban a sacerdotes que formaban parte de su credo, y una gran cantidad de conflictos geopolíticos en donde la muñeca de un líder tan importante como el del Estado del Vaticano es preponderante. Pero en un desglose más profundo, su sucesión luego de Benedicto fue como una bocanada de aire para la iglesia católica e inclusive para gran parte del mundo. 

El tema de la pedofilia no fue esquivado por Francisco. Las denuncias llegaron a sus oficinas y se hizo eco de la situación denominando la situación como una “vergüenza”. Por otro lado, incorporó el delito de la pedofilia dentro del Código de Derecho Canónico

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En las problemáticas globales, Francisco tuvo que lidiar con la guerra en Ucrania y su posición mediadora, la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la pandemia de COVID – 19 y un sinfín de problemáticas en Medio Oriente, África y olas migratorias que tienen a Europa como destino.

Más allá de esto, ¿es posible que la figura de Francisco siente un precedente? Su presencia es fundamental no sólo para el presente, sino para el futuro. ¿el mundo es capaz de soportar la realidad con un Papa que no debata acerca del rol de las mujeres, de la lucha feminista, de las injusticias? Este mundo regido por la sensibilidad de las redes sociales y el exceso de emoción a la hora de opinar no está preparado para un retroceso, y el Vaticano tiene claro esto. 

Francisco es el portal hacia la transformación gradual en donde se aborden las problemáticas como un Estado más que como una Iglesia. Inclusive, no es de extrañar que dentro de su papado puedan darse aún más cambios significativos, inclusive radicales en términos históricos. 

Asimismo, la figura de Francisco puede ser la punta del iceberg para que regiones postergadas del mundo puedan acceder a este tipo de cargos, dejando de lado raza, etnia o procedencia, y centrándose en lo que subyace como prioridad de un líder de semejante envergadura: la humanidad. 

Argentina aún no tiene dimensión del momento único que está viviendo. El máximo líder de la religión cristiana es de nuestra nacionalidad, tiene un color político definido -no necesariamente partidario-, le gusta el fútbol, el mate y la chipa. ¿Es gravitante esto? Claro que lo es. 

De aquí en adelante, sumado a lo futbolístico, que también juega su papel importante, Francisco es la forma de llevar adelante la representación del latinoamericano frente a una de las instituciones que más postergaron en términos de dirigencia a Sudamérica. El Vaticano, enquistado en el corazón de Europa y con un argentino a la cabeza, se transformó en un bastión para mostrar la determinación de la sangre latinoamericana frente a las injusticias de calibre histórico que propinaron desde el viejo continente. 

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Además, la figura de Francisco en su primera década como sumo pontífice demuestra rebeldía, y precisamente, un tipo de rebeldía que no se ve con frecuencia. Entre tanta frivolidad, o como se dice en el barrio “caretaje”, el Papa argento no teme reír por un chiste, ni tampoco le esquiva a una cargada a su amado San Lorenzo de Almagro. Se desvive por un mate y por la comida que siempre ingirió cuando era un simple “padre”. 

Lejos de la antipatía del concepto erróneo y carente de contenido, de los “apolíticos”, Bergoglio no niega su condición de peronista y comprende que una sociedad compleja como la actual no requiere ni evoluciona con tibieza. Esa rebeldía, casi emocional, es un valor escaso en un contexto de tanta superficialidad. 

El mundo cambia todos los días y es prácticamente imposible discernir sobre lo que puede pasar en un futuro medio o lejano, pero de algo que si se tiene certeza es que Francisco no será recordado como un Papa distante al calor de la gente y de sus problemas, y tampoco será olvidado como una persona que no fue determinante. El Papa ya pasó a la historia y lo hizo por una cuestión argentina: revolucionar cada sitio a donde vaya, tal y como lo hicieron Maradona, Messi, Favaloro, Gardel o Fangio. 

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