Milei y el advenimiento de la tercera alianza

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Javier Milei ganó las elecciones con una inesperada contundencia. Tanta que apuró a Sergio Massa a reconocer la derrota cuando todavía no se podían conocer los resultados oficiales. Nuevo Presidente. No hubo equivalencias. Con el resultado puesto, la expectativa es alta y la urgencia es mayor. Pero las primeras horas del nuevo escenario, mostraron un frenesí caótico poco apropiado para semejante responsabilidad. Nombramientos fallidos y una mansa entrega de las banderas a los socios que se sumaron en el último envión. La sorpresa libertaria mutó en la reedición de caras y recetas conocidas. ¿Habrá paciencia? El volumen de votos permitiría pensar que sí, pero ¿cuántos de esos catorce millones son convencidos y pacientes? El libertario sacó el 30 por ciento en la primera vuelta, idéntico número de votos que en las PASO. Esos son sus votos propios. El resto es una suma de rechazos. 

La Argentina eligió el salto a lo impredecible como contracara a la agonía de la inflación, representada en la candidatura del ministro de Economía, que había hecho el milagro de ganar la primera vuelta, pero se quedó sin resto ante la alianza de segundas y terceras fuerzas.

Massa fue la cara de la derrota, pero no el único responsable de su caída. La sociedad emitió un sonoro “basta” a la incapacidad de la política para resolver problemas acuciantes como la volatilidad de la economía y la falta de expectativas de quienes apenas viven el día a día. Una agonía cuya simiente se puede rastrear en una década con varias elecciones que iban mostrando la creciente disconformidad: Cristina fue cambiada por Mauricio Macri después de más de una década en el poder y tras cuatro años, éste no pudo ante Alberto Fernández, quien a su vez no mostró aptitudes que justificaran su propia elección. Más allá del impacto de la pandemia, la Argentina anduvo a la deriva buena parte de su gestión, aunque el todavía Presidente no se sienta responsable de la derrota y presuma de que “le faltó un poco de suerte”. A la suerte, siempre, hay que ayudarla. Con pasmosa pasividad Alberto Fernández se encargó de ahuyentarla. 

Sobre el final, las promesas acertadas, pero condicionadas a un eventual triunfo, terminaron jugando en contra del propio Massa a quien se le reprochó en varias oportunidades el por qué no tomar las decisiones desde su propia función de ministro. 

Algunos consensos básicos de la democracia -necesarios- quedaron vetustos ante la aceleración de los tiempos modernos. La educación y la salud pública, en sí mismas, no garantizan ni calidad ni acceso. Los corset legales no sirven más ante empleos distintos y relaciones contractuales mucho más dinámicas. El de empleo “precario” también votó a Milei. 

Y en el medio, mucha política impúdica, exhibiendo a la velocidad de un click, sus viajes en yate o los privilegios de ser fieles seguidores. 

Las herramientas tecnológicas permiten hoy masificar el enojo. Un fastidio que es mucho mayor ante la ostentación de una señorita gozando de los placeres pagados con dinero difícil de justificar, que ante la explicación abstracta de los males generados por la condena de una deuda inimaginable. No hacen falta militantes ni un partido estructurado. Los argumentos fluyen de mano en mano a la velocidad de un reel que dura escasos segundos. Y gratis. Esa es una nueva realidad que habrá que analizar en profundidad, pero que cambió la forma de hacer política, para siempre. 

Milei ganó sin una estructura nacional ni dirigentes de peso en territorio. En las elecciones provinciales, la responsabilidad de gobernar se la dieron al peronismo o a las variantes dentro Cambiemos. En el caso de Misiones, la Renovación fue ratificada con contundencia en mayo y cuando hubo que elegir a los representantes para el Congreso, tampoco hubo dudas. Los candidatos de Milei no pasaron el corte y los que a última hora se subieron a su carro triunfal no tuvieron el respaldo en las urnas: Cambiemos perdió en las elecciones provinciales y terminó tercera en las nacionales.

Como nunca antes, Milei se impuso diciendo con claridad lo que irá a hacer. No hubo ambigüedades ni promesas lavadas: ajuste puro y duro. Cerrar el Banco Central, dolarizar, terminar con la obra pública y despedir a quien haya que despedir. Eliminar salud y educación públicas y podar lo que se pueda de recursos provinciales. Quitar subsidios al transporte, la energía y el combustible hasta que sangren los bolsillos. Privatizar todo: YPF, Vaca Muerta, Aerolíneas Argentinas y Arsat, además de otras empresas “superfluas”. Eliminar la ley de alquileres y que se arreglen entre partes. Con esas propuestas, ganó Milei. Y fueron ratificadas en las primeras horas después del domingo. Nadie puede decir que no las había escuchado por lo menos alguna vez, entre otras tantas cosas peores. Muestra clara del hartazgo. Pero hay que ser claros: un boleto de transporte, con SUBE misionero, hoy cuesta 90 pesos. Sin subsidio, debería valer más de mil. La nafta, que en las últimas horas volvió a aumentar, está casi 500 pesos. Costará el doble a valor de “mercado”. 

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Después de las primeras horas tras las urnas, la euforia del plan motosierra fue tapada por la avanzada macrista que acaparó los flashes. 

El nuevo gobierno se convirtió rápidamente y antes de asumir, en una segunda oleada de la alianza Cambiemos, que, hace no demasiado tiempo, había terminado tercera en la primera vuelta. Vale la pena repasar los números: Patricia Bullrich había sacado apenas el 23,85 por ciento de los votos en medio de una guerra dialéctica con el propio Milei. El macrismo que fue eyectado del poder en 2019 y había dejado el país en llamas con inflación, pobreza en alza, desempleo y una inflación récord (hasta entonces), tendrá ahora un rol central en la gestión anarcolibertaria. 

Lo predijo el propio Mauricio Macri cuando dijo que la Libertad Avanza “es una agrupación no madura, sin volumen, sin equipo, fácilmente infiltrable, que no puede garantizar ningún cambio”

El “cambio” lo aportará el macrismo duro, con la reaparición de Luis Caputo, ex Finanzas y uno de los promotores de la vuelta del FMI a la Argentina y Bullrich, la montonera asesina que se convertirá en ministra de Seguridad, un ministerio que ya condujo durante la gestión Cambiemos y que significará su tercer paso por una cartera central después de su participación en la otra alianza, como la ministra de Trabajo del recorte del 13 por ciento. No serán los únicos. 

La primera línea de la “gestión Milei” será ocupada por alfiles del PRO, desplazando a los libertarios puros que votaron, esperanzados, otra cosa. La casta que se iba, en realidad, tiene nuevo empleo. Omar Yasín, un abogado laboralista del PRO, será el secretario de Trabajo del gobierno de Milei para imponer las reformas que Macri no pudo. Para el Banco Central se barajó el nombre de Demian Reidel, quien fue vicepresidente durante la gestión de Federico Sturzenegger, y ex JP Morgan y Goldman Sachs. Pero en las últimas horas de este sábado fue otro de los que se bajó anticipadamente.

La falta de cuadros propios exhibe la fragilidad de Milei y también sus contradicciones. Vale la pena repasar que pensaba hace un par de años de Luis Caputo, de acuerdo a los fragmentos televisivos que circularon en las últimas horas: “Hacen una conferencia de prensa en la que está Federico Sturzenegger, presidente del Banco Central, Marcos Peña, (Luis) Toto Caputo, ministro de Finanzas, y Nicolás Dujovne, ministro de Economía. Frente a la política monetaria que estaba llevando a cabo el Banco Central deciden avanzar sobre la independencia del Banco Central y modificarle las metas“.

“Luego – continúo el entonces candidato – “viene la corrida y el Banco Central trata de bancar los trapos. Argentina se queda sin financiamiento y entonces lo consigue de Blackrock, de Pimco, y de Templeton y salen a decir ‘vieron que no pasó nada. Conseguimos el financiamiento’. Pero, obviamente, después había que salir. Y como no nos daban los números, tuvimos que ir al Fondo Monetario Internacional, y nos pusieron 45 mil millones de dólares”, recordó Milei.

Caputo se fumó más de 15 mil millones de dólares. Se terminó en el Fondo Monetario Internacional, lo echaron a (Federico) Sturzenegger acusándolo de manejar mal la mesa, y se fumó u$s15.000 millones de reservas irresponsablemente, ineficientemente. Y nos deja este despiole de la Leliq”. Las Leliq que ahora hay que ordenar. 

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Se pone en marcha así el cuarto ciclo neoliberal iniciado durante la dictadura, profundizado durante el menemismo y la alianza y reiterado con Macri entre 2015 y 2019. Son altísimas las coincidencias e incluso más profundas las reformas que propone el minarquista. 

Sin embargo, la tercera alianza, esta vez sin radicales, acota el margen de maniobra del propio Milei. La motosierra sirve para derribar un árbol, pero es grotesca si se la quiere usar para edificar. El plan de ajuste no tiene ninguna contraparte de reparación. Y la sociedad lo eligió justamente para acabar, de inmediato, con la agonía inflacionaria y las escasas expectativas. No hay tiempo para aguantar otros doce o 18 meses de alta inflación si en paralelo se producen el cierre de empresas y despidos masivos. La fotografía indica que hoy, aún con la presión insostenible de la inflación, Argentina tiene récord de empleo registrado y un consumo que en los primeros diez meses del año acumuló un alza del 3,2 %. 

El “no hay plata”, tajante de Milei, que abrió dudas sobre el pago del aguinaldo, vaticina un fin de año complejo para el comercio. La parálisis de la obra pública financiada por el Estado que prometió Milei, pone en riesgo a un sector que hoy tiene cerca de medio millón de empleos, según anticipan los propios empresarios de la construcción. Es un deja vu de la gestión Cambiemos, que cerró 2019 con una caída del 12 por ciento en el empleo vinculado al ladrillo. 

En Misiones hay cerca de diez mil empleos en la construcción. La mitad depende de la obra pública. No serán los únicos afectados. Si se abren importaciones, peligran los trabajadores industriales, como sucedió con los de Dass, empresa que pasó de 1.500 empleos a casi cerrar, o los madereros ante la saturación de fenólicos brasileños durante la gestión macrista. 

Hay también mucha expectativa y un latente “plan de lucha” de productores yerbateros ante la posible desregulación del mercado. Se trata de una cuenta pendiente de Macri, quien no pudo imponer su obsesión ante la resistencia del entonces gobernador Hugo Passalacqua, que mostró la evidencia histórica de cómo terminó la década desregulada de los 90, con la producción en la miseria y las chacras en venta al mejor postor. 

Como un bucle, la historia se repite. Passalacqua tendrá que encarar nuevamente una gestión con políticas nacionales distintas. Será clave la presencia misionerista en el Congreso para tratar de cuidar lo que se pueda en Misiones. 

Vueltas de la historia. Los Ahora nacieron de la mano de Passalacqua en junio de 2018. El primero fue el Ahora Pan, para garantizar que llegue a las mesas de los misioneros cuando la inflación comenzaba a salirse de control en la gestión Macri -fue de 3,7 por ciento ese mes, el pico de 25 meses en alza-. 

Ante el éxito del acuerdo con los panaderos, después se sumaron otros programas para incentivar el consumo y combatir, con éxito, las asimetrías internas y externas. Después de muchas gestiones, la Nación sumó su aporte para mejorar el Ahora Misiones+15 y alcanzar un 41 por ciento de reintegros en las compras, además de cuotas sin interés. Un programa exitoso que se iba a extender si ganaba Massa. Pero fenecerá el 30 de noviembre. La Nación destinaba casi mil millones de pesos al mes para robustecer los reintegros. Hasta septiembre el Ahora Misiones+21 había generado ventas por 12.307 millones de pesos. En todo 2022 fueron cerca de siete mil millones. Combinados todos los Ahora se llegó a 18.254 millones. Pero ante el nuevo contexto, los programas cambiarán de condiciones, con menos reintegros y menos cuotas. Un duro golpe al bolsillo y al comercio. Un comercio que nunca antes en la historia de Misiones tuvo tanto empleo como ahora.

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