Milei y la realidad que no encaja

Getting your Trinity Audio player ready...
Compartí esta noticia !

Hay un problema que Javier Milei parece no poder resolver con insultos, posteos, cadenas de retuits ni explicaciones económicas: la realidad insiste.

Insiste en los supermercados, en las tarjetas de crédito, en las familias que se endeudan para llegar a fin de mes. Insiste en las encuestas. Insiste incluso en las redes sociales, ese territorio donde el Presidente construyó buena parte de su identidad política y que ahora empieza a devolverle señales incómodas.

Según un informe de Ad Hoc, consultora especializada en comunicación política, las menciones al Presidente pasaron de 13 millones en febrero de 2025 a 3,7 millones en junio de 2026. La consultora habla de “fatiga digital”: el ecosistema libertario perdió capacidad para instalar conversaciones y disputar agenda.

Hasta ahí llega una de las fortalezas que hicieron posible al Milei político.

Pero el problema es bastante más profundo que una caída en las redes.

Porque Milei tiene una explicación para casi todo. Si la gente no percibe la recuperación, no es porque la recuperación no haya llegado a su vida cotidiana: es porque no sabe reconocerla. Si aumenta el endeudamiento, es un problema entre privados. Si un periodista publica información que contradice el relato oficial, el problema es el periodista.

La posibilidad de que sea su interpretación de la realidad la que necesite una revisión parece no formar parte de las alternativas.

Y quizás ahí esté la clave para entender este momento de su presidencia.

Porque Milei ya no presenta su rumbo solamente como una política económica. En el colegio ORT, una institución educativa de la comunidad judía, dejó ver hasta dónde llega su convicción. Allí presentó su nuevo libro y habló de capitalismo, judaísmo, cristianismo y propiedad privada como parte de una misma construcción moral. Dijo que sus valores son “no negociables” y que, aunque recibió presiones para modificar el rumbo y ser más “laxo”, no está dispuesto a hacerlo.

No es un detalle menor.

Cuando un programa económico se convierte en una cuestión moral y, además, adquiere una dimensión religiosa, discutir sus resultados deja de ser suficiente. Si el rumbo es presentado como expresión de valores superiores, cambiarlo puede dejar de parecer una corrección política para convertirse en una traición.

Y Milei fue todavía más lejos.

En su nuevo libro sostiene que Dios creó el capitalismo, que el liberalismo es la ideología del Creador y que el marxismo forma parte del mal. En el discurso presentado en ORT llegó a calificar a Karl Marx de satánico.

Ahí ya no estamos solamente frente a un Presidente defendiendo una política económica.

Estamos frente a un Presidente que parece haber convertido sus convicciones económicas en una misión.

Y cuando la política se transforma en misión, cambiar de rumbo puede parecer una traición.

El problema es que afuera de esa construcción hay un país que sigue pagando las cuentas.

Según los datos difundidos esta semana, 20,6 millones de argentinos tienen algún tipo de deuda y alrededor de seis millones directamente no pueden pagarla. La deuda de las familias alcanza los $74,2 billones.

No parece exactamente el escenario de prosperidad que Milei celebra.

Y acá aparece una de las contradicciones más interesantes de estos días. Jonatan Viale, uno de los periodistas más identificados con el universo libertario, tuvo que advertirle al Presidente que no puede ignorar a quienes no llegan a fin de mes.

Agustín Laje, desde el mismo universo ideológico, planteó que si la derecha no consigue mejorarle la vida a la gente, la izquierda vuelve.

La advertencia ya no viene solamente desde afuera.

Y la respuesta de Milei, según las versiones periodísticas, fue el enojo.

También se enojó con Marcelo Bonelli después de que el periodista publicara información sobre Luis Caputo y la decisión presidencial de no modificar el rumbo económico. Caputo salió a desmentir esa versión, mientras otra reconstrucción periodística sostuvo que Milei estaría dispuesto a perder las elecciones antes que cambiar lo que considera su rumbo.

Es una frase extraordinaria.

Porque supone que la elección puede perderse, pero la convicción no se toca.

Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué es exactamente eso que Milei llama “el plan”?

Porque más que una hoja de ruta económica capaz de corregirse frente a los resultados, parece tratarse de la traducción política de una concepción ideológica, teológica, dogmática del mundo.

Mientras tanto, hasta el territorio donde Milei alguna vez pareció invencible empieza a mostrar grietas.

Ad Hoc registró una caída del 70% en el impacto de las principales cuentas vinculadas al Presidente y sintetizó el momento con una frase demoledora: “Perdimos la discusión”.

La discusión que durante años el mileísmo había logrado imponer en las redes ya no parece funcionar como antes.

Y cuando el consenso espontáneo se debilita, aparecen episodios todavía más reveladores: el debut de Santiago Oría en la comunicación oficial quedó envuelto en una polémica por cuentas que difundían mensajes favorables al Gobierno y que, según LPO, mostraban indicios de una operación coordinada. Algunas de esas cuentas incluso parecían operar desde otros países.

El detalle casi cinematográfico fue que se les escapó un “Reply”.

La fábrica del consenso dejando la etiqueta puesta. 😂

Pero hay algo más grave que un ejército de bots mal configurado.

Milei empieza a pelearse con quienes muestran que el relato no alcanza.

Dedicó horas a atacar periodistas. Caputo habló de impulsar una ley para sancionar a quienes publiquen información que considere sin sustento. Y Milei respaldó la idea.

Primero se discute el dato. Después se descalifica al periodista. Y finalmente aparece la tentación de disciplinarlo.

La respuesta política a una realidad incómoda empieza a ser combatir a quienes la cuentan.

Pero la realidad no se deja bloquear en X.

También aparece en el Congreso.

Milei festejó la aprobación en Diputados de la reforma del Banco Central. Lo que no festejó fue que 133 diputados consiguieran reunir los votos para imponer una agenda que el oficialismo no quería, con una sesión prevista para el 9 de septiembre sobre endeudamiento familiar y discapacidad.

Milei celebra cuando consigue imponer su agenda.

La oposición empieza a demostrar que también puede imponerle la suya.

Y después están Lula y Chile.

Con Brasil, los insultos contra Lula terminaron deteriorando una relación estratégica. Con Chile, una referencia sobre Magallanes y el Pasaje de Drake provocó una reacción diplomática.

Son dos ejemplos distintos de una misma dificultad: la convicción presidencial también tiene consecuencias cuando sale de las fronteras de su propio relato.

Y quizás por eso resulte tan significativa la imagen del Presidente encerrado en Olivos, cada vez más aislado de funcionarios, aliados y hasta de quienes alguna vez formaron parte de su círculo de confianza.

No hace falta especular sobre su salud ni entrar en rumores personales.

Alcanza con mirar la política.

Milei se está quedando cada vez más solo dentro de una interpretación del mundo que cada vez más cosas vienen a contradecir.

La economía que él considera exitosa no alcanza para millones.

Los endeudados que él considera un problema privado aparecen como fenómeno social.

Las redes que alguna vez amplificaron su mensaje pierden potencia.

Sus propios aliados empiezan a advertirle.

El Congreso le disputa la agenda.

Los periodistas que publican información incómoda se convierten en enemigos.

Y hasta Caputo puede pronunciar una expresión que para Milei debería sonar como una blasfemia: “justicia social”.

Sí. Caputo.

El mismo espacio político que durante años convirtió en pecado hablar de “la plata de los jubilados” cuando Cristina utilizaba recursos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad, ahora propone utilizar ese fondo para financiar créditos hipotecarios y lo presenta como “justicia social”.

La palabra maldita acaba de entrar por la puerta grande.

Y mientras tanto, Milei sigue sosteniendo que no hay nada que cambiar.

Quizás porque cambiar implicaría algo más que reconocer un error.

Implicaría aceptar que la realidad puede ser más poderosa que la teoría.

Y ese parece ser, justamente, el lugar donde Milei menos cómodo se siente.

Porque si el capitalismo fue creado por Dios, si el liberalismo pertenece al lado del bien y Marx al del mal, si sus valores son innegociables y su rumbo no se modifica aunque cueste una elección, entonces ya no estamos hablando solamente de economía.

Estamos hablando de fe.

Y la política no suele tener piedad con quienes confunden la fe con el gobierno.

Por eso la realidad sigue ahí.

No importa cuántos tuits se escriban, cuántos periodistas se insulten, cuántos enemigos se inventen o cuántos bots intenten repetir el mensaje.

La realidad insiste.

Y tarde o temprano, cobra.

Autor

Compartí esta noticia !

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Categorías

Solverwp- WordPress Theme and Plugin