Agroecología

Valor agregado, desafío para productos originarios como la yerba

Compartí esta noticia !

“Sorprende y alienta la cantidad de nuevos productos con yerba mate que buscan abrirse paso en el mercado global”, sostuvo Denis Bochert, director por Cooperativas en el INYM, tras participar, junto a Gerardo López y Fernando Haddad, representantes de la Industria y de la Producción en la institución, en el evento Marketing + Industria 4.0 Sumar Valor para Competir, organizado por el Ministerio de Industria de Misiones. 

Luego de ponderar la jornada orientada a incentivar la innovación para expandirse en el mercado, Bochert recalcó que la mayor parte de los paneles en el evento fueron sobre nuevos productos con yerba mate. “Se presentaron al menos tres desarrollos innovadores con la yerba mate: la bebida energizante Wild Iguar, que se comercializa en Estados Unidos; blends de Susurro Nativo, que ahora también van a incursionar en Uruguay, y yerba mate saborizada y compuesta de CBSé. También, quemadores de biomasa para el secado”, detalló.  

El evento se realizó el miércoles pasado en la Ex Estación de Trenes en la Costanera de Posadas, con la asistencia de empresarios e integrantes de la Federación Argentina de la Industria Maderera y Afine,  la Asociación Misionera de Marketing, la Cámara de Mujeres Empresarias, y  la Cámara de Comercio e Industria de Posadas, entre otros.  

“Si bien tenemos un negocio gigantesco y cómodo, en el sentido que seguimos haciendo el producto con palo, y son millones y millones de kilos que se venden, la yerba mate hoy está expuesta a la competencia de un montón de sustitutos. Entonces, es tiempo de anticiparse a posibles cambios”, dijo por su parte Silvio Leguía, presidente de la Asociación Misionera de Marketing, quien expuso el tema  “Benchmarking entre industrias: qué puede aprender la yerba de la experiencia del vino y el té sobre agregado de valor“. 

En ese sentido, Leguía opinó que “todavía hay cierto camino por recorrer” para que la yerba mate se diferencie. Observó que es preciso  comunicar y educar al consumidor para que conozca más y pueda diferenciar los distintos tipos de yerba mate: “Tenemos que empezar nosotros como consumidores a esforzarnos por conocer la denominación de origen de una yerba de campo de una de monte, o de un tipo de secado; tener esa gimnasia, ese ejercicio, nos va a dar la habilidad sensorial para después exigir un determinado producto y buscar la marca que me ofrezca este tipo de producto”. 

Leguía explicó que alcanzar el posicionamiento del producto por la diferenciación “es un proceso y requiere de un círculo que se tiene que retroalimentar entre la industria y el mercado; o sea la industria tiene que informar más al consumidor y el consumidor exigirle más a la industria”. Subrayó que “no hace falta ir a cuestiones complicadas, sofisticadas. Pregunto simplemente: ¿hoy el consumidor sabe diferenciar una yerba de Apóstoles de una de Andresito?, o ¿sabe el consumidor de las propiedades benéficas que tiene para la salud? Tomamos mate por tradición, que está muy bien, pero además podemos tomar mate porque nos hace bien o porque identificamos y elegimos entre una yerba de campo o de monte, o de secado tradicional o barbacuá, o por la historia que hay detrás”. 

“Hoy sobran ejemplos de cómo crece el consumo consciente”, manifestó el experto, reforzando sus conceptos. “La gente necesita conocer el producto y que las marcas se comprometan en algo, que haya una causa atrás, una causa ambiental o social. Dentro de eso hay un montón de categorías del producto, donde hay un movimiento hacia lo orgánico, hacia lo natural, a preguntarse sobre cómo se cultiva, cómo se cosecha… Hay países más evolucionados en esto que la Argentina, como Alemania, más exigentes,  y eso se lleva a nivel producto, la gente quiere saber qué es esto que estoy tomando”.  

Finalmente, expresó que “cuando tomamos mate, lo que hacemos es vivir una experiencia; es decir, es todo el ritual y todo lo que sucede alrededor de esa mateada… transmitir eso al resto del mundo es un gran desafío”. 

Compartí esta noticia !

Misiones, ejemplo de resistencia y sustentabilidad

Compartí esta noticia !

En toda percepción de la realidad, opera en uno aquello a lo que da en llamarse “unidad de medida”. Conocemos, aprendemos, experimentamos, juzgamos y valoramos el entorno y su información sobre nuestro sistema cognitivo, el cuál opera fundamentalmente por medio de la comparación. 

Esta particularidad de la especie humana nos ayuda y condiciona permanentemente, seamos conscientes de ello o no.

Sé así, que ésto o aquello es bueno o malo siempre en relación a un punto de anclaje sobre el cual edifique mis preferencias y decisiones. 

Entonces, ¿Cómo sabemos que la Agroecología es algo bueno? ¿Cómo juzgar las decisiones políticas de nuestra Provincia en favor de los pequeños campesinos?

Es de dominio público aquello que refiere a la necesidad de alimentarnos de manera más saludable y que muchas veces, la alimentación convencional, que deviene de la agricultura convencional remite a peligro por toxicidad y prácticas cuestionables para con la naturaleza. Pero, ¿sabemos los misioneros lo que sucedió en otras provincias, en las que se les ha abierto la puerta de par en par al agronegocio? ¿Tenemos los misioneros una unidad de medida?

A tal efecto me tomé el trabajo de entrevistar a Ruben Eduardo Schlotthauer, de Colonia Lucienville, Basavilbaso, Entre Ríos.

Ruben, o Tito para los amigos, es Agroecologo y vive en su chacra hace varios años en donde enseña a vivir en armonía con la naturaleza y en paz con el medio ambiente. Pero ¿cuál es la situación que se vive en esa provincia hoy día?

“Estamos en un colapso total -nos dice- la naturaleza, la política, la justicia, todos son efectos de una misma causa y los resultados están a la vista, sufrimos un ecocidio donde perdimos todos… estamos en una provincia en la que se secan los arroyos que ya estaban contaminados con agrotóxicos y también se secan las napas y todavía hay gente que no toma dimensión de lo que se ha hecho y eso que hace más de 15 años que venimos denunciando esto con evidencias científicas”.

Eso es Entre Ríos hoy, una provincia arrasada por el agronegocio. 

Pero ¿qué pasaba con Misiones para ese entonces?

Veamos, para mediados de la década de los 90, mientras que en provincias como Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y Entre Ríos empezaba a propagarse el uso de herbicidas y los cóctel de agrotóxicos y OGM, en nuestra Provincia se atestiguaba la aparición de las primeras ferias francas de pequeños campesinos organizados y en defensa de su lugar y de su producción. Más adelante, con el arribo del nuevo milenio, mientras que en aquellas provincias donde se celebraba el agronegocio y los campesinos eran obligados a vender o arrendar y mudarse a los pueblos, aquí se promulgada la “Ley de Arraigo y Colonización” en 2.004. Abiertamente en sentido opuesto a lo que se imponía como modelo productivo nacional, Misiones tenía ya para el 2015, la “Ley de Desarrollo, Promoción de la Feria Franca y Mercado Zonal Concentrador”(2010), la “Ley de Alimentos Artesanales” (2011), la “Ley de Fomento a la Producción Agroecológica Misionera” (2014), y la “Ley de Agricultura Familiar” (2015).

Una batería descomunal de conquistas legislativas que plantaron bandera frente al avance voraz de una agricultura criminal que se relamía por hincar sus despiadados dientes en nuestros montes y selva. 

Un modelo de desarrollo propio que apostaba al pequeño campesino minifundista, mientras que en el mundo los dólares de la soja transgénica hacía que en los campos ya no quede nadie y se fumigaba hasta en las escuelas. Un modelo misionerista, subversivo, que apostaba con convicción a la sensatez, a sabiendas del precio que tenía el quedar al margen del supuesto desarrollo que prometían las empresas criminales como Bayer-Monsanto y sus voceros y lobbistas bien pagos. Aquí se decía que no.

Aquí se sostenía que no es progreso la destrucción de la naturaleza y la agricultura sin campesinos. Mientras se imponía la expansión de la frontera agrícola, los latifundios, y la dispersión a mansalva de agrotóxicos aquí se tomaba otro rumbo.

¿Podemos entender la dimensión de tamaña decisión política? Se trató de proceder sobre caminos sin brújula, sobre senderos inexplorados y con recursos propios, dado que al no formar parte del “club”, nuestra situación económica no podría tener más que serias dificultades. 

Pero no quedó todo allí. 

Redoblando la apuesta y de manera desafiante, aquí no se dejó de legislar en el mismo sentido. 

Para 2018, se sanciona la “Ley de Programa Provincial de Huertas Escolares”, en 2019, la “Ley de Emergencia Alimentaria” y la “Ley de Creación del Programa de Soberanía Alimentaria Provincial”, en 2020, la “Ley de Sala de Faena Artesanal para Agricultores Familiares” y la “Ley de Protección de Semillas Nativas y Criollas”, para el 2021, la “Ley de Agricultura Urbana” y para 2022, la “Ley de Sistema Provincial de Manejo Sustentable de Abejas Nativas”, la “Ley de Impulso y Desarrollo de la Actividad Frutícola”, la “Ley de Parques Productivos Sustentables para la Producción Agroecológica”, la “Ley para el Día Provincial de la Soberanía Alimentaria”, la “Ley para el Programa de Utilización del Polvo de Roca Basáltica”, la “Ley para el Desarrollo Comunitario y Fortalecimiento Productivo de las Comunidades Guaraníes”, la “Ley del Programa para Agricultura Inteligente Bajo Cubierta”.

¿Saben cuantas legislaciones de promoción de la Agroecología han tenido en las últimas décadas en la región de Pampa Húmeda? 

Literalmente nada en absoluto. 

Nuestro querido amigo Tito nos cuenta que el daño sufrido en Entre Ríos es irreparable. Millones de especies que se han perdido para siempre. El agronegocio trajo la fiebre por el desmonte y hoy todos están trabajando a pérdida, hace tres o cuatro años que el gobierno tiene que venir subsidiando todo para que se puedan levantar las cosechas, los rendimientos han caído muchísimo, y lo poco que se obtiene es para blanquear dinero ilegal. Buscando la pepita de oro se perdió todo”

El testimonio de Tito es la fiel descripción de lo que sucede hoy con aquel tan mentado progreso al que nos empujaban y presionaba el agronegocio. Hoy todo es ruina, contaminación y devastación ecológica en la Pampa húmeda. Sin campesinos, sin semillas propias, sin la cultura ancestral, sin clima apropiado, sin vida en los suelos, sin nada.

El proyecto desarrollista de la destrucción fracasó rotundamente y deja tras de sí un triste rastro de población envenenada y célebres récord como el que goza Entre Ríos hoy al ser la provincia más fumigada del mundo. Y todo para qué? Montañas de dólares que jamás quedan en el territorio, enriquecimiento de pool de siembras y Multinacionales del sector, que no han hecho más que empobrecer dramáticamente la vida y la salud de sus pobladores.

Hoy somos en Misiones un ejemplo de cómo apostar al cuidado de la naturaleza y la Agricultura familiar es siempre la decisión inteligente. De cómo los dólares a cambio de la diversidad biológica nunca es buen negocio para los legítimos dueños de los recursos naturales. Somos ejemplo de sustentabilidad. 

No porque aquí está todo bien, ya que nos toca ser parte del padecimiento global que el agronegocio le hizo también al clima, y nos toca seguir remando en esta suerte de isla verde que eligió verse así misma destacada en las imágenes satelitales.

Solo se ama y valora lo que se conoce. Expongo aquí todos estos argumentos porque no nos podemos dar el lujo de no defender nuestras conquistas y menos aún si eso es fruto de no tener una unidad de medida. 

Mientras tanto, luchadores incansables y heroicos como Tito seguirán en su épica lucha ganándose el mayor de nuestros respetos.

Me quedo en este final con una de sus sentencias: “pude conservar 6 hectáreas de Monte y es la herencia que les dejo a mis hijos ya que con las especies que se pudieron conservar ahí les dejo algo de valor incalculable. Estas seis hectáreas son también un beneficio para la humanidad porque conservan las semillas de nuestros pastos naturales”.

Compartí esta noticia !

La utopía de los mercados de cercanía: el caso Cerro Corá

Compartí esta noticia !

De que los campesinos del mundo están sufriendo un silencioso éxodo hacia las urbes no es noticia, como tampoco lo es el desastre medioambiental que las aglomeraciones generan. Metrópolis gigantescas que no descansan en su afán de parasitar el planeta con sus tentáculos insaciables de recursos naturales no renovables. 

Los registros históricos de ésta disfunción ecosistémica nos transportan hacia finales del medioevo, en lo que Adam Smith llamó “previous accumulation”. Fenómeno mediante el cual, campesinos y artesanos, siervos de su señor, pasaron a ir formando parte de un inmenso ejército de mano de obra disponible con la libertad suficiente para vender su fuerza de trabajo y así procurar su supervivencia y la de su prole.

Los analistas aseguran que sólo quedará en el mundo rural el 30% de la población mundial para el año 2050, lo que implica que 6.700 millones de personas exijan, entre otras cosas, la provisión de alimentos sanos y nutricionalmente completos, pero cuyos garantes, los campesinos, habrán desaparecido del todo.

Todo lo concerniente a la comida quedará en manos absolutas y definitivas de Multinacionales latifundistas con amplio desarrollo tecnológico, transgénico y biocida.

Una agricultura sin agricultores, sin humanos y sobre la base de una dramática profundización de la desigualdad. Para mediados del presente siglo se deberá aumentar en un 70% la producción de alimentos y la vía del transhumanismo nos conduce hacia un futuro de seres enajenados de todo rastro de naturaleza. 

Sainsbury ‘s, el segundo supermercado más grande del Reino Unido, contrató a un equipo de científicos para predecir qué vamos a comer y cómo se producirán los alimentos, según indicadores económicos, demográficos, ambientales, tendencias sociales e innovaciones tecnológicas. De esta forma, predijeron que en 50 años predominarán las dietas personalizadas que combinarán nutrientes y vitaminas (a través de parches, píldoras adhesivas o goteo intravenoso) con alimentos fortificados, a veces con aditivos naturales. Según el mismo informe, será común desayunar con pan hecho de proteína de insecto y medusa regada de leche de algas, almorzar un kit de carne “cultivado en laboratorio” y cenar lo que el drone te traiga del supermercado, según tus necesidades nutricionales detectadas por un microchip personal incrustado debajo de tu piel y las actividades planificadas en los próximos días de tu agenda. 

Una humanidad en la que un puñado de inversores, agentes, empresarios, intermediarios y exportadores internacionales impondrán “dietas de adaptación al cambio climático” explotando lo que se pueda explotar de un planeta agotado. Todo lejos, ya muy lejos de una alimentación saludable como son verduras y hortalizas, frutas, cereales integrales, aceite de oliva, legumbres, frutos secos, pescados y mariscos, huevos, lácteos y las carnes blancas.

Se piensa en un negocio vertebrado sobre alianza empresarial del tipo Bayer-Monsanto, es decir, quien produce alimentos nutricionalmente deficitarios y quien responde con medicamentos químicos a los desbarajustes que éstos propician en nuestros débiles cuerpos. 

Todo este paisaje perturbador no es otra cosa muy distinta al presente que a diario padecemos. Se trata de una continuidad lógica pero con los condimentos de la crisis energética, la agudización de fenómenos como la escasez de agua dulce y la desertificación de los suelos, la concentración económica, la pérdida de soberanía de los Estados Nacionales, la multiplicación de las guerras en pos de los recursos aún disponibles, la apatía y el embrutecimiento de la sociedad civil, etc.

La última línea de defensa de una humanidad con anhelos de conservar cualidades físicas, mentales y espirituales alineadas con la naturaleza son, justamente, los pequeños productores campesinos minifundistas que aún resisten en el mundo. Clase social en peligro de extinción pero que aún conserva el conocimiento milenario, la sabiduría ancestral capaz de extraer de la tierra las energías vitales que la evolución dispuso como nuestro alimento y medicina. Son ellos hoy los partisanos del Siglo XXI, con las condiciones materiales de sostener el cableado de nuestra especie con su hermana tierra. Ejército disperso e inconexo de hombres y mujeres heroicos sometidos a los regímenes y exigencias del agronegocio,  pero que aún guardan las llaves del retorno a la sensatez y la cordura, ambas claramente opuestas a las ofertas transhumanistas en boga.

Vemos así las inconmensurables desventuras que acarrea este singular proceso al que llamamos “éxodo rural”. Vemos cómo se escurre entre nuestros dedos la esperanza por cada campesino que abandona la chacra día a día. 

Según el último Censo Nacional Agropecuario hay en Argentina 75.193 viviendas deshabitadas en chacras abandonadas, desapareciendo a un promedio de 5.166 chacras por mes. Así de vertiginoso es el drama que se vive y del cual nada se dice en medios de comunicación ni redes sociales.

Tomemos como ejemplo una localidad como Cerro Cora, Misiones. Esta localidad tenía, para 1935, 884 plantaciones de cereales, 180 de legumbres y hortalizas, 975.365 plantas de yerba, 3.200 vacunos, 1.500 equinos, 1.800 porcinos, 800 lanares, y 16.000 aves de corral. El sector yerbatero reunía a 181 productores para ese mismo año repartidos en los distintos parajes, mientras que en el pueblo, para ese entonces, florecían múltiples  comercios y emprendimientos de todo tipo, apalancados por la prosperidad creciente de su vasto campesinado. Por múltiples factores, la decadencia de la localidad creó  las condiciones para un lento  pero constante desplazamiento  de población. Aquí sucedió un éxodo rural específico y singular, dado que no se trató, en primer término, de una migración hacia las ciudades, sino más bien hacia tierras más fértiles, ubicadas más al norte de la provincia. Esta suerte de éxodo “rural-rural” fue el inicio de un ininterrumpido deterioro que, para mediados del siglo pasado, ya había convertido a la localidad en algo menos que un pueblo fantasma, quedando habitado sólo por aquellos que, dado sus escasos recursos, no tuvieron más remedio que quedarse. Se crean así las condiciones para el éxodo rural tradicional, que acompaña a esta localidad hasta hoy día. Hoy nada queda de aquellos tiempos de esplendor, y la producción  primaria pasó a ser, desde hace varias décadas, la del carbón vegetal, representado por un número cada vez más pequeño de chacras habitadas. En términos de potencial geopolítico, el sentido común indica que debería ser esta localidad quien abastezca, con frutas y hortalizas, a la ciudad capital, distante apenas unos 40 kilómetros. Sin embargo, las sucesivas administraciones municipales  nunca han podido ver que, en un pueblo eminentemente rural, sólo los campesinos pueden devolver la prosperidad que antaño sólo ellos fueron capaces de manifestar. Aquí anida la gran tragedia, porque que que a la opinión  pública no le importe en absoluto el éxodo rural no es lo mismo que que ese desinterés sea también observable en aquellos de quien se supone administran y planifican la cosa pública. Un desamparo crónico, en el que incluso se festeja el abandono de la chacra como señal socialmente compartida de progreso. De esta manera, quien aún resiste con su familia en el campo, experimenta sus vivencias cotidianas como condena, y no tiene por tanto más anhelo que el de lograr, algún día, que sus hijos puedan al fin escapar del suplicio. 

El caso de Cerro Corá es también fiel reflejo de un fenómeno que, como ya vimos, es también planetario, pero elegí exponerlo aquí porque reúne, también, características que lo hacen un modelo paradigmático. 

La expansión de la ciudad de Posadas amenaza seriamente en convertir a la localidad de Cerro Corá en parte de su conurbano para mediados del 2030. Una franja de masiva vegetación  y biodiversidad bajo la lupa de intereses inmobiliarios es hoy el destino de una ciudad, que debería ser parte de una verdadera agenda pública  provincial. El crecimiento descomunal de la ciudad capital debe obligadamente ser observado como un fenómeno que va a demandar una enorme producción de alimentos. Cerro Corá debiera ser la huerta de Posadas, pero si no les ofrecemos a sus campesinos algo mejor que la mera producción  de carbón vegetal, si no volcamos sobre ellos el respeto y la veneración que merecen, si no existe una administración  municipal que se empodere de un proyecto de desarrollo que vaya en este sentido, entonces, Cerro Corá al igual que todos los pueblos rurales del mundo cercanos a la ciudad terminaran por ser víctimas de la metástasis  metropolitana. 

Cada campesino que abandona la chacra en localidades como Cerro Corá acelera la cuenta regresiva del poco tiempo que ya nos queda para poder aún soñar con una humanidad distinta. 

Duele ver que vamos como en un auto a toda velocidad rumbo al colapso y no atinamos siquiera a soltar el acelerador.

Frenar el éxodo rural es vital y estratégico para la lucha contra el cambio climático, el restablecimiento de la integridad de nuestros sistemas inmunológicos, la soberanía alimentaria y el resguardo de la biodiversidad por solo mencionar algunos de los múltiples beneficios. 

Una batalla que se plasma en territorio, no en la virtualidad. Una batalla real y palpable donde cavar trincheras en pos de un futuro para nuestros hijos y nietos. Una batalla por la hermana tierra y la humanidad. 

Creo que se puede. Que estamos a tiempo aún. ¿Y usted?

Compartí esta noticia !

¿Hacia dónde va la agroecología?

Compartí esta noticia !

Creo que es de suma importancia hoy, más que nunca, ser capaces de ir haciendo el esfuerzo en pos de darle mínimo ordenamiento a la inédita multitud de pseudo debates vigentes hoy día acerca de la Agroecología, ante todo para no terminar por profundizar esta suerte de “teorema del caruncho”, en el que dado que no parece haber más remedio que el de persistir en los senderos por detrás de los acontecimientos, vamos a reducir en agroecología a todo intento por hacer de los desperdicios de la sociedad de consumo un algo útil o comestible, tal y como sucede con, por ejemplo, el arroz, que al ser víctima del almacenamiento especulativo, se llena de carunchos, los cuales a veces decimos “son al final proteína”, mientras países como Estados Unidos destinan un trillón de dólares anuales al gasto militar, y transitamos a toda marcha rumbo al iceberg motorizados por la recesión-estanflación, la compulsiva quita de liquidez, la desglobalización, el Peak Oil  etc.

Tamaña contradicción e irracional desigualdad con destino a “no tendrás nada y serás feliz”, merece abrir un paréntesis y meditar, aunque más no sea un poco, el hacia dónde se dirige todo este andamiaje de combustibles entrópicos, al que sin mayores dificultades podemos catalogar como locura. Siempre desde un palco signado por la observación y el darse cuenta de la misma naturaleza de los fenómenos en pugna. 

En primer lugar considero oportuno subrayar que el sistema alimentario mundial se ha vuelto un monstruo infernal deshumanizado y deshumanizante, no sólo por las cada vez mayores injerencias de tecnologías de automatización en sus múltiples etapas y procesos, no solo tampoco por la tragedia de hacernos perder por envenenamiento la funcionalidad de nuestro segundo cerebro alojado en los intestinos, como tampoco solo por ser responsable mayoritario del cambio climático, sino que debemos intentar ver que, en su conjunto constituye una criatura inteligente y por tanto, con vida y discernimiento propio. Una entidad que se erige con imposición autoritaria bajo la órbita de aquello que es ya independiente de nuestra voluntad. 

En este sentido, como todo ser viviente, posee necesidades objetivables, es decir, come – defeca – respira – crece, etc.

Me recuerda a las fábulas de dragones, seres que sin sentido alguno azotan las comunidades humanas destruyendolo todo sin más ambición que el de su irracional apetito destructivo. 

Merece de valentía el permanecer observando a la bestia. Pero si somos capaces de hacerlo, y de incluso procurar adentrarnos en sus sombrías madrigueras, tal vez seamos capaces de conocer un poco más, fundamentalmente al percatarnos que es, en últimas, una servil mascota del mismísimo capitalismo. 

Un monstruo que come hidrocarburos y defeca residuos cancerígenos, que inhala biodiversidad y exhala gases de efecto invernadero junto a otras nocivas partículas en deriva, ese es el sistema agroalimentario mundial. Una entidad paranormal que crece deforestando, un huésped anti vida, como el mismo cáncer, que no dejará de expandirse hasta lograr matar a su portador, en este caso, el mismo planeta tierra. 

Entendiendo así, mediante esta cruda descripción, vemos que el objeto y propósito de la Agroecología no podría jamás ser algo realmente distinto del funcional agronegocio si sus aspiraciones no van más allá de los meros remiendos de baches que promueve el esquizofrénico modelo vigente. 

Tenemos la responsabilidad de hacer que no sea así. Que no terminen siendo vestidos de seda para la mona.

El desliz está en los detalles. Allí es por donde se filtran las desviaciones. En el uso del mismo lenguaje ya que es de lo que estamos socialmente hechos, de palabras, o de historias, al decir de Galeano. Palabras que no sólo hacen a lo constituido, sino que nos mueve hacia lo constituyente y cuando hablamos de Agroecología, lo hacemos justamente usando palabras. La dificultad en este sentido anida en que el siglo XXI NO está destinado a perpetrar las mismas persecuciones de su predecesor. Vivimos hoy las profecías de Francis Fukuyama, quien allá por 1992, auguraba el fin de las luchas por ideologías, y así hoy padecemos lo que Fidel Castro advertía: “…cuando surgieron los medios masivos, se apoderaron de las mentes, y gobernaron no sólo a base de mentiras sino de reflejos condicionados… La mentira afecta el conocimiento, el reflejo condicionado afecta la capacidad de pensar, y no es lo mismo estar desinformado qué haber perdido la capacidad de pensar”. Padecemos hoy de una hiperexcitación psicópata fruto de múltiples y simultáneos estímulos que nos coloca en la cúspide del marketing, y dado que si “muestra torpeza o falta de entendimiento para comprender las cosas”, según la RAE, nos hace ser estúpidos, terminamos por volvernos discapacitados en el discernimiento propio y por tanto, predecibles, manejables, esclavos. 

La ausencia de ideologías hizo que ya no haya más lugares a salvo en nuestra interioridad que nos den un sentido de existencia y seguridad, aunque ésta no haya sido más que ilusoria. La norma es esta suerte de quiebre colectivo de conciencia desde el cual, en la ingravidez del subconsciente, un mínimo impulso basta para que esa energía nos conduzca en la dirección deseada, sin que podamos remediar el paseo con el esfuerzo de nuestras cualidades naturales. Somos cual astronautas a la deriva y así, en la soledad del espacio de nuestro universo interior, toda voluntad es menos que vana.

El regreso al planeta tierra, a la materialidad de la existencia, no es por los senderos New Age de meditación astral y el chakra raíz. Es más bien con el recupero de nuestras capacidades innatas de percepción y sensibilidad hacia los elementos, un regreso al cuerpo, a su información, a su inteligencia. Un cuerpo que es también vehículo apto para este transitar por el existir. Así, hay conciencia que habita el cuerpo, un cuerpo que toma contacto con la naturaleza y la naturaleza que abraza al hijo pródigo con la abundancia, eso señores, eso es Agroecología, un regreso a la información viva y fluyente del “orden implicado”, lo que mal llamamos conocimiento ancestral. 

Es por tanto bandera de los desposeídos, es instrumento de liberación de la especie, es un retorno a la naturaleza para volver a ser humanos, es revolución. 

Quienes, deliberadamente o no, propician que se reduzca a un mero conjunto de técnicas para hacer comida, están matando la oportunidad de revertir el rumbo hacia la sexta extinción masiva al que nos empujan con el transhumanismo. Agroecología no es un paradigma. Ahí anida el meollo de la cuestión. Esa es precisamente la piedra que mella el filo.

La historia de la ciencia, y de la humanidad en general, fue siempre la historia de las transiciones de paradigmas, mediante los cuales forzamos siempre a la naturaleza para que encaje en los mismos. Según Kuhn,

“cuando un estudiante está aprendiendo, lo que está aprendiendo es cómo incorporarse al paradigma”, de modo que nunca los seres humanos hemos podido trascender más allá del condicionamiento impuesto por nuestros patrones de conducta aprendido, y mucho menos hoy, cuando el derrumbe civilizatorio impulsa a las redes sociales por los senderos fragmentarios que decretan los algoritmos y nos brinda sesgos cognitivos frágiles basados en un etérico sentido de pertenencia. Agroecologia es en todo sentido lo opuesto a la esclavitud mental y espiritual y es también el “destino manifiesto” del campesino como clase social dirigente, al ser aún portador de las llaves hacia la terrenalidad.

Agroecología no es una teoría tampoco. La palabra teoría viene del griego “theoria”, que tiene la misma raíz que el teatro. Vivimos atravesados por la mente analítica que fragmenta la percepción y nos hace ver como separados del mundo que nos rodea. Al decir del prestigioso científico David Bohm “la fragmentación produce la costumbre casi universal de pensar que el contenido de nuestro pensamiento es una descripción del mundo tal y como es, con la realidad objetiva”. Y esto es la perpetua discusión con ES. 

Sin embargo, el hombre ha buscado siempre la totalidad física, mental y espiritual. La palabra “health” (salud) procede de la palabra anglosajona “hale” que significa “whole”, en inglés “todo”, es decir, estar saludable es estar completos y esa capacidad de percibir la totalidad. Ese “darse cuenta” de lo que uno percibe, sin el juicio de un pensamiento programado y condicionante, es Agroecologia. 

Así vemos también que tampoco es una ciencia sino que se trata más bien de una concepción epistemológica global que no atenta contra paradigmas preexistentes sino que más bien hace a una cosmogonía distinta que apuntala y exige un modo de vivir. 

La cosmogonía está más allá de los paradigmas. Hace más bien al espacio donde los paradigmas existen. No es el contenido del recipiente, sino el recipiente mismo. Algo que la humanidad aún no se pudo cuestionar. 

El colapso capitalista seguirá intentando cooptar y hacer suyo todo intento por formular un sistema de vida distinto y es inteligible que así sea. Nos corresponde trabajar con todas las fuerzas para que esta oportunidad de transformación profunda en nuestra maltrecha humanidad no se desperdicie.

Hoy “un fantasma recorre el mundo, el fantasma de la Agroecología”. Campesinos del mundo uníos. Para que logremos instaurar la cordura, ya no será la conciencia lo que determine  nuestras vidas, como tampoco lo hará el ser social, será la inteligencia que habita en todas las cosas, será la naturaleza que al fin logre conducir nuestros designios. No por casualidad una neurona vista al microscopio es idéntica, con el mismo instrumento a una muestra de micorrizas.

Compartí esta noticia !

¿Aceptamos el colapso?

Compartí esta noticia !

La destrucción o ruina de un sistema o una estructura conduce por definición a lo que se concibe como colapso.

El rápido aumento en los precios de los alimentos habla de escasez de suministros como fenómeno simultáneo en todo el mundo.

Mucho se viene alertando al respecto dado que la crisis hoy está condicionada por factores inéditos y de proyección impredecible. Cambio climático, crisis energética, concentración económica y política, guerras, pestes, etc. conforman un escenario en extremo complejo y diverso el cuál podremos observar con fidelidad si somos capaces de descender desde lo macro, para poder así apreciar una totalidad que se halla compuesta por fenómenos de menor escala.

Pablo Vernengo, director ejecutivo de Economías Regionales de CAME, en entrevista exclusiva para Economis, nos cuenta que “hay un desacople” entre la naturaleza y las instituciones de nuestra sociedad. Afirma que “las plantas no tienen conciencia de cómo funciona la macroeconomía, ellas van a seguir dando mandarina, naranja, yerba y té” pero “los 235.000 pequeños productores que hoy representan el 63% de la producción de alimentos en Argentina no pueden ver más que una caída en su rentabilidad desde el año 2011”, dado lo cuál vemos “una disminución del 25% en la cantidad de productores rurales tomando en cuenta el censo de 2002”.

Según nos dice “no hablamos aquí de dejar de comprar autos, sino de comida” y que por tanto, dado la importancia del problema, el gobierno nacional debe entender que “hace falta un dólar unificado y una apuesta a la tecnificación”. Pero, ¿será ésta la salida real, definitiva, sustentable? 

Consultamos a Luis Schwarz, oriundo de Campo Viera, quien se dedica a la producción de té, con 43 hectáreas, entre propias y arrendadas. Luis nos cuenta que es cierto que literalmente “estamos trabajando a pérdida aún con el nuevo precio de $16 el kilo. Se nos recomienda que nos ayudemos incrementando la productividad sobre la base de químicos, pero quienes pudieron llegar con esfuerzo a comprar como para 500 kg de fertilizantes por hectárea, si bien lograron aumentar el volumen, esas hojas representaron menos peso, y por tanto menos dinero, con el agravante de dejar nuestros suelos aún más lastimados”. Particular resultado de una ilusoria y fantasiosa solución que promueve la industria agro química en general. 

Por su parte, Cristian Klingbeil presidente de la Asociación de Productores Agrarios de Misiones (APAM), responde a nuestras preguntas y nos brinda mayores elementos para el análisis: “Hace dos años que no hacemos números, porque si hacemos números dejamos de trabajar”. “Los prestadores de servicio habían sacado los costos allá por agosto y estaba pisando los $19, así que hoy, a Noviembre con el precio a $16 no alcanza para nada”…”tenemos la industria tealera más tecnológica del mundo, es decir tenemos los costos más bajos del mundo para procesar el té, no hay de donde ajustar en eficiencia si la salida fuese tecnológica, así si bien nuestra ruina lleva a la concentración de la actividad, el abandono de los cultivos es aún más grande, lo que se ve es cada vez más es abandono, en todo el país vienen cayendo productores”

La situación es muy delicada en todas las producciones regionales y Misiones no es la excepción, Klingbeil sostiene que “se está parando la parte forestal, la cuestión yerbatera está viniendo complicada, la cuestión tealera difícil, con el tabaco el colono busca hacer alguna diferencia pasando al Brasil, y así esto está para prenderse fuego en cualquier momento”.

Uno no puede evitar preguntarse, cuándo a la luz de tantas evidencias, podremos al fin enfrentar la idea de colapso?

Prácticamente todos los insumos de la agricultura son petróleo dependientes en un marco de inseguridad energética planetaria, todas las producciones de alimento como frutas, verduras, Yerba, té, etc están trabajando a pérdida a la espera de un dólar cuya estabilidad global se tambalea y cuyos regímenes atan a países como la Argentina a la división internacional del trabajo. Alimentos cada vez más y más afectados con pérdidas totales fruto del cambio climático con sequías y/o heladas inéditas. A todas luces, el paradigma de la sociedad de consumo está total y absolutamente agotado mientras acaricia los límites de recursos planetarios. Caricias que, desde el poder hegemónico mundial usa, peligrosamente, guantes de textura malthusiana.

Hace unos días tuve el privilegio casual de entrevistar al célebre Jairo Restrepo, en la ciudad de Posadas. En aquella oportunidad, cuando le pregunté sobre ésta particular crisis que vivimos, señalaba que “los campesinos nunca han estado en crisis, los han llevado a una crisis,  que es diferente, los han engañado. Y este paquete desarrollista que está en crisis es un modelo totalmente impositivo que pretende un orden económico en el que se logre acabar con el campesinado”, Jairo nos convocó allí a varias reflexiones tales como “el grande no está en el poder, el grande es el poder” y allí uno encuentra maneras de comprender de forma más acabada el contexto. El colapso es también institucional y esto es fácilmente apreciable en nuestro país. El gobierno nacional no es incompetente, o como sugiere por momentos Vernengo: “incomprensiblemente burocrático”, se trata más bien de estructuras institucionales vacías de forma y contenido con intencionalidad precisa de administración de intereses extranjeros y garantes de expoliación y subdesarrollo.

No existe esta suerte de “dólar entropía”. Lo que sí hay son políticas precisas de élites que, conscientes del colapso del sistema global, actúan en el afán de no perder su condición de minoría privilegiada.

El grande no está en el poder, tal y como señala Jairo, en clara alusión al poder político de las naciones en un contexto de capitalismo monopólico, por ende aspirar a que la solución de la crisis de producción de alimentos se aparezca con medidas como la de un dólar unificado, es de mínima utopía disuelta en maremotos distópicos globales.

Estaremos siendo incapaces de descolonizar la imaginación?. 

Según el Ecólogo e Ingeniero, David Holmgren, “la permacultura es una respuesta creativa de diseño a un mundo donde la disponibilidad de energía y recursos disminuye”. Es decir, los seres humanos somos muy capaces de encontrar salidas que contemplen un nuevo ordenamiento sustentable y más democrático una vez que aceptemos la verdad acerca de nuestros límites en un planeta con recursos finitos. Pero cuándo vamos a reconocer lo que está pasando? ¿Cuándo dejaremos de negar lo innegable? Cuándo vamos a reconocer que el sistema colapsó? Durante los primeros meses de 2022, según Naciones Unidas, el número de personas hambrientas en el mundo creció de 282 millones a 345 millones. 

El Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) David Beasley, afirmó recientemente que: “Nos enfrentamos a una crisis alimentaria mundial sin precedentes y todo indica que aún no hemos visto lo peor. En los últimos tres años las cifras del hambre han alcanzado repetidamente nuevos picos. Déjenme ser claro: las cosas pueden empeorar, y lo harán, a menos que haya un esfuerzo coordinado a gran escala para abordar las causas profundas de esta crisis. No podemos permitirnos otro año con cifras récord de hambre”.

En un contexto así, ¿vamos a seguir intentando sostener que nuestra yerba mate sea una excentricidad de las clases medias en Siria o Líbano, con un dólar unificado, mientras el porcentaje de hogares por debajo de la línea de la pobreza alcanzó el 27.7 % en Argentina? Evitar que nuestros pequeños productores sigan en la desgracia de trabajar a pérdida es fundamental,  pero si esto no va de la mano con una verdadera re- alineación de sistemas, que conduzca a la soberanía alimentaria, entonces solo serán nuevas soluciones que mueren antes de nacer ya que la vertiginosidad de los cambios monetarios y la inestabilidad social termina siempre por llevarse puesto los esfuerzos una y otra vez. 

Lo que falta es estrategia de autonomía y protección ciudadana urgente.

¿Podemos aún creer que se sostiene más esto? ¿Y hasta cuándo?

Citando nuevamente a Jairo, “a río revuelto, ganancias de industria química”. En su inmensa sabiduría el maestro sostiene que debemos depositar nuestra confianza en el campesino y su conocimiento ancestral, nos dice que: “en América Latina el Estado es un Estado mediocre que cumple un papel de obediencia que se basa en infundir miedo, y el miedo abunda donde no hay conocimiento y donde no hay conocimiento hay ausencia de saber, y ausencia de saber es ausencia de campesinos. Campesinos es resistencia y es biopoder en manos del pueblo y de la democracia”

Los suelos están agotados, el clima ya no es confiable, los insumos de la agricultura convencional se agotan y no dan más resultados que el incremento de la erosión y la pérdida de fertilidad, la nula rentabilidad en la producción y los sistemáticos abandonos de cultivos en un mundo hambriento, no son el colapso? Porque de reconocer el derrumbe de la civilización depende la oportunidad de redirigir los recursos y esfuerzos en pos de asegurar que al menos, en una trabajosa transición, exista un plato de comida digna en la mesa de cada ser humano, con economías abocadas a satisfacer en bioregiones, las demandas reales de su eco población. 

Si en este tránsito a la sexta extinción masiva, no somos capaces siquiera de reconocer la necesidad de corregir el rumbo, entonces  sí, en verdad estamos en problemas muy serios y las generaciones venideras serán quienes nos interroguen al respecto con toda legitimidad, ya que somos la última generación capaz de hacer algo al respecto.

Compartí esta noticia !

Categorías

Solverwp- WordPress Theme and Plugin