AGRONEGOCIOS

Debemos cambiar la naturaleza del crecimiento

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Escribe Daniel Susskind / F&D – La búsqueda del crecimiento económico es una de nuestras ideas más preciadas, pero también es una de las más peligrosas.

Una de las pocas cosas en las que los políticos están de acuerdo es que necesitamos más crecimiento económico. Casi todos los países entraron en el siglo XXI: Japón y Alemania a mediados de la década de 1990, Estados Unidos y el Reino Unido a mediados de la década de 2000, China a partir de mediados de la década de 2010. Después de dos décadas de crisis sucesivas, la mayoría de las economías son sombras lentas de lo que fueron, y los líderes han llevado el crecimiento a la cima de sus prioridades.

Hemos estado construyendo hasta este momento. En las últimas décadas, la búsqueda del crecimiento se ha convertido incesantemente en una de las actividades definitorias de nuestra vida común. Nuestro éxito colectivo está determinado por cuánto podemos producir en un período determinado. La suerte de nuestros líderes políticos depende en gran medida del ascenso o la caída de una cifra: el producto interno bruto (PIB).

Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntar cómo sucedió este ascenso que lo conquista todo y, lo que es más importante, si es algo bueno. Porque hay un gran problema. Cuando observamos los desafíos más graves a los que se enfrenta nuestro planeta hoy en día, desde el cambio climático y la destrucción del medio ambiente hasta la creación de tecnologías poderosas como la IA, cuyos efectos disruptivos aún no podemos controlar adecuadamente, las huellas del crecimiento están en todas partes. Sí, puede ser una de nuestras ideas más preciadas. Pero también se está convirtiendo en uno de los más peligrosos.

Nueva obsesión

Nuestra obsesión por el crecimiento da la impresión de que debe tener una historia ilustre, que los grandes pensadores alguna vez debatieron su valor y lo elevaron a la posición inigualable que ahora ocupa. Pero no es así. Es una preocupación extremadamente nueva. Durante la mayor parte de los 300.000 años de historia de la humanidad, la vida estuvo estancada. Ya fuera un cazador-recolector de la Edad de Piedra o un trabajador agrícola del siglo XVIII, habrías vivido una vida económica similar, atrapado en una lucha implacable por la subsistencia.

A la mayoría de los economistas clásicos les habría resultado inimaginable perseguir activamente el crecimiento como una prioridad política. Los padres fundadores del campo, Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill, dieron por sentado la perspectiva de un inminente “estado estacionario” en el que cualquier período de florecimiento material llegaría a un final inevitable. E incluso si la idea se les hubiera ocurrido a esos primeros pensadores, habría sido imposible en la práctica: las mediciones confiables del tamaño de la economía surgieron solo en la década de 1940.

Esas figuras clásicas no fueron las únicas que descuidaron el crecimiento. Casi ningún político, legislador, economista, ni nadie hablaba de la búsqueda del crecimiento antes de la década de 1950. Entonces, ¿por qué la idea de crecimiento, ignorada durante tanto tiempo, experimentó un repentino aumento de popularidad a mediados del siglo XX? Una de las razones más importantes fue la guerra.

Una pregunta básica a la hora de librar una guerra es qué tan grande es una porción del pastel económico que puede redirigirse hacia el conflicto. Sin embargo, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, esa información no estaba disponible. Y así, en Gran Bretaña, el gran economista John Maynard Keynes dio un paso adelante para diseñar la primera medida fiable, junto con los esfuerzos de un economista estadounidense, Simon Kuznets. Pero el PIB no es lo mismo que el crecimiento: el primero es una instantánea de cuánto produce la economía en un período determinado; Esto último implica aumentar esa producción con el tiempo. Entonces, ¿cómo llegó a importar tanto el crecimiento del PIB? Una vez más, la respuesta está en la guerra, aunque de un tipo diferente.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, comenzó la Guerra Fría. No había un gran teatro donde los principales adversarios se enfrentaran de frente. Ninguno de los números de los conflictos tradicionales —territorio ganado, soldados perdidos, armas destruidas— estaba disponible para saber quién estaba ganando. En su ausencia, otras medidas cobraron importancia. La más importante era económica: la rapidez con la que crecían las economías de Estados Unidos y la Unión Soviética.

En su mayor parte, la Guerra Fría se definió por la preparación para un gran conflicto potencial, por la acumulación y demostración conspicuas de poderío militar. Con ese fin, el crecimiento era fundamental: si la economía de un país era más grande, podía gastar más en el ejército. Al mismo tiempo, superar al enemigo llegó a ser visto como la forma definitiva de convencer a los ciudadanos de que su bando tenía la ventaja en la batalla más amplia de ideas: el sistema de mercado frente a la planificación central. Una era de “crecimiento” estaba en marcha.

El dilema del crecimiento

A medida que avanzaba el siglo XX, las exigencias de la guerra se desvanecieron. Sin embargo, la búsqueda del crecimiento persistió obstinadamente. Resultó que el crecimiento también se asociaba con casi todas las medidas del florecimiento humano. El crecimiento liberó a miles de millones de personas de la lucha por la subsistencia, y la pobreza extrema se redujo de 8 de cada 10 personas en 1820 a solo 1 de cada 10 en la actualidad. Hizo que la vida humana promedio fuera más larga y saludable, convirtiendo la obesidad, en lugar de la hambruna, en el principal problema del mundo rico. Y sacó a la humanidad de la ignorancia y la superstición: 9 de cada 10 eran analfabetos en 1820, pero 9 de cada 10 saben leer y escribir en la actualidad.

La lista de beneficios del crecimiento continúa. Pero los políticos y los responsables de la formulación de políticas lo encontraron particularmente útil. Para empezar, ayudó a pagar las grandes ambiciones de la posguerra: el New Deal, la seguridad social, los planes quinquenales. Luego prometió hacer que el día a día de la política fuera mucho más fácil. Todos, al parecer, podrían beneficiarse de ello. Y el crecimiento también hizo que aparentemente fuera posible escapar de los conflictos y desacuerdos que tan a menudo asolan a la sociedad. El proceso se convierte, en palabras de un economista, en “la olla de oro y el arco iris”.

La promesa de crecimiento era, y sigue siendo, innegable. Pero esto llevó a la complacencia. Los líderes políticos, los economistas y muchos otros, cegados por las formas en que el crecimiento parecía mejorar la vida, comenzaron a creer que el crecimiento no solo era bueno, sino que tenía poco o ningún costo. “En Occidente, aunque el crecimiento tiene su precio”, declaró un economista británico en una reunión de eminentes científicos a principios de la década de 1960, “ese precio puede no ser tan terriblemente alto después de todo”. Qué equivocado resultó ser eso.

La búsqueda incesante del crecimiento ha tenido un precio enorme, con consecuencias destructivas que aún no comprendemos completamente. Ese precio a menudo se expresa en términos ambientales: que estamos avanzando hacia una catástrofe ecológica, que los últimos ocho años han sido los más calurosos de la historia de la humanidad y que el cambio climático es ahora una emergencia climática. Pero el crecimiento también está relacionado con muchas de las otras grandes preocupaciones que la gente tiene sobre el futuro.

Las tecnologías promotoras del crecimiento en las que hemos confiado también han creado desigualdad: han hecho que la humanidad sea más próspera, pero también más dividida. Han sido una amenaza para el trabajo y socavan la política: la IA y otras tecnologías están alterando los mercados laborales y la vida política de formas que no está claro que podamos controlar. Y han perturbado a la comunidad: reforzando algunas industrias, pero destruyendo otras y diezmando las fuentes tradicionales de significado compartido.

El crecimiento nos plantea ahora un dilema. Se asocia con muchos de nuestros mayores triunfos, pero también con muchos de nuestros mayores problemas. La promesa de crecimiento nos empuja a perseguir cada vez más, pero su precio nos aleja poderosamente de esa búsqueda. Es como si no pudiéramos continuar, y sin embargo debemos hacerlo.

La locura del decrecimiento

El movimiento del “decrecimiento” propone una respuesta radical: si el crecimiento es el problema, entonces la solución es un crecimiento menor, o incluso un crecimiento nulo o un crecimiento negativo. Esta propuesta, que comenzó entre un puñado de académicos con mentalidad ecológica hace unas décadas, se ha extendido y ahora cuenta con el apoyo de destacados ecologistas y activistas.

Los partidarios del decrecimiento aciertan en una cosa: no podemos continuar en nuestra senda de crecimiento actual. En todo caso, los ecologistas subestiman el daño que ha causado el crecimiento, dados todos los problemas adicionales que presenta. Dicho esto, los decrecimientos también cometen varios errores.

El movimiento se basa en un malentendido de cómo funciona realmente el crecimiento económico. El error se refleja en el eslogan “el crecimiento infinito no es posible en un planeta finito”. Pero esto está mal, es posible. El problema es que esta forma de pensar tiene sus raíces en una visión anticuada de la actividad económica: una que imagina la economía como un mundo material donde lo que realmente importa son las cosas que se pueden ver y tocar, como el equipo agrícola o las máquinas de las fábricas.

Este enfoque material es una distracción. El crecimiento no proviene de utilizar más y más recursos finitos, sino de descubrir formas cada vez más productivas de utilizar esos recursos finitos. En otras palabras, no proviene del mundo tangible de los objetos, sino del mundo intangible de las ideas. Y el universo de esas ideas intangibles es inimaginablemente vasto: tan bueno como infinito. En otras palabras, nuestro planeta finito no es la restricción que importa cuando se piensa en el futuro del crecimiento económico.

Además, el decrecimiento nos muestra lo catastrófico que sería abandonar por completo la búsqueda del crecimiento. Congelar el PIB per cápita a los niveles actuales, como han señalado otros, requeriría abandonar a 800 millones de personas a la pobreza extrema o recortar los ingresos de los otros 7.100 millones, por no hablar de renunciar a todos los demás beneficios de niveles de vida más altos.

Ideas poderosas

El punto de partida debe ser que necesitamos más crecimiento. Sin ella, no tenemos ninguna posibilidad de cumplir nuestras ambiciones más básicas para la sociedad, desde la erradicación de la pobreza hasta la prestación de una buena atención médica para todos, por no hablar de las grandes esperanzas que deberíamos tener para el futuro. Es profundamente poco imaginativo creer que el momento actual es una especie de pico económico, y que la humanidad debería hacer una pausa en el crecimiento, no solo durante los próximos 10 años, o incluso 10.000 años, sino para siempre. Entonces, ¿cómo podemos obtener más crecimiento?

La seguridad confiada de los políticos cuando hablan de lo que se requiere desmiente lo poco que sabemos. Sin embargo, podemos extraer una lección fundamental: el crecimiento proviene del progreso tecnológico, impulsado por el descubrimiento de nuevas ideas sobre el mundo. Preguntando, ¿Cómo generamos más crecimiento? es lo mismo que preguntarse, ¿Cómo generamos más ideas? En mi opinión, hay cuatro cosas por hacer.

Para empezar, debemos reformar nuestro régimen de propiedad intelectual, que con demasiada frecuencia protege el statu quo, mimando a quienes descubrieron ideas en el pasado a expensas de quienes quieren usarlas y reutilizarlas en el futuro. Es anticuado: el Convenio de Berna, por ejemplo, el principal acuerdo internacional que coordina la ley de derechos de autor, no ha cambiado en más de medio siglo. Y amenaza con desperdiciar las oportunidades de las nuevas tecnologías, como la IA generativa. Proporciona demasiada protección para el material con el que se entrenan estos sistemas, y sin el cual no pueden funcionar, y demasiado poca para el extraordinario material que crean.

Luego debemos invertir mucho más en investigación y desarrollo, cuyas tendencias y niveles son desalentadores. En Francia, los Países Bajos y el Reino Unido, por ejemplo, el gasto en investigación y desarrollo como porcentaje del PIB se ha desplomado desde mediados del siglo XX; en Estados Unidos, la medida se ha estancado en niveles de finales de la década de 1960 durante décadas. Incluso los esfuerzos del líder mundial, Israel, que invierte el 5,4 por ciento del PIB en investigación y desarrollo cada año, parecen modestos en comparación con las inversiones realizadas por empresas líderes: Alphabet, Huawei y Meta gastan más del 15 por ciento de sus ingresos en investigación y desarrollo. Un país no es una empresa, pero el contraste revela algo sobre sus prioridades. Ningún país puede esperar un flujo constante de nuevas ideas a menos que dedique serios recursos a su descubrimiento.

Pero hay que ir más allá. Es fundamental reducir la desigualdad y ayudar a las personas a formar parte de la economía que genere ideas. Estados Unidos podría, por ejemplo, cuadruplicar la innovación si las minorías raciales, las mujeres y los niños de familias de bajos ingresos inventaran al mismo ritmo que los hombres blancos de familias de altos ingresos. Hay muchos argumentos morales convincentes en contra de la desigualdad. Pero desde un punto de vista económico, también es extraordinariamente ineficiente: un mundo en el que algunas personas no son capaces de descubrir y compartir las ideas que de otro modo podrían podría estar disminuido tanto económica como culturalmente.

Y por último y de forma más radical, debemos utilizar las propias tecnologías para ayudarnos a descubrir ideas. AlphaFold de DeepMind es un buen ejemplo. En 2020 resolvió el problema del “plegamiento de proteínas” y ahora puede calcular la forma 3D de millones de proteínas en minutos. (Un investigador humano pasaría todo su doctorado para hacer una sola proteína). Esto transformará nuestra comprensión de las enfermedades y nuestra capacidad para tratarlas en los próximos años. Necesitamos mucho más de este descubrimiento de ideas basado en la tecnología.

Oportunidad existencial

Estas intervenciones son nuestra mejor apuesta para descubrir más ideas y generar más crecimiento. Pero por sí solos no resolverán el dilema del crecimiento. De hecho, el simple hecho de seguir arando en busca de más prosperidad material a cualquier precio empeorará la situación. Debemos utilizar todas las herramientas a nuestra disposición para cambiar la naturaleza del crecimiento y hacerlo menos destructivo de las muchas otras cosas que podríamos valorar, desde una sociedad más justa hasta un planeta más saludable.

¿Cómo se podría hacer esto? Pensemos en lo que ha ocurrido con el crecimiento y el clima. En 2008, el economista británico Nicholas Stern, autor del Stern Review, concluyó que costaría el 2 por ciento del PIB reducir las emisiones de carbono en un 80 por ciento. En resumen, había una seria disyuntiva entre el crecimiento y el clima: el precio de la protección de este último era muy alto. Pero en 2020, el Comité de Cambio Climático del Reino Unido descubrió que el costo de eliminar las emisiones había caído a solo el 0,5 por ciento del PIB. La disyuntiva se había derrumbado. ¿Por qué? Porque la acumulación de dos décadas de grandes intervenciones —impuestos y subsidios, reglas y regulaciones, normas sociales— creó un fuerte incentivo para que las personas desarrollaran tecnologías limpias en lugar de sucias. Marcó el comienzo de una revolución tecnológica, con una caída de 200 veces en el precio de la tecnología solar como el ejemplo más llamativo.

La consecuencia práctica es que el crecimiento es más verde que nunca. Más países pueden crecer y, al mismo tiempo, reducir las emisiones. Esto habría sido difícil de imaginar hace solo 15 años. Y hay una idea general: al remodelar radicalmente los incentivos económicos a los que se enfrentan las personas, no solo podemos fomentar el desarrollo de nuevas tecnologías para impulsar el crecimiento, sino también dar forma a los tipos de tecnologías que desarrollamos.

Esta es, entonces, la gran tarea del presente: redirigir el progreso tecnológico hacia los otros fines que nos importan: hacer crecer la economía, pero también hacer que el mundo sea más justo, más verde, menos dependiente de tecnologías disruptivas y más respetuoso con el lugar. Debemos hacer todo lo posible para garantizar que los incentivos a los que se enfrentan las personas no reflejen simplemente sus estrechas preocupaciones como consumidores en un mercado, sino sus preocupaciones más profundas como ciudadanos en una sociedad.

Vivimos en una época en la que casi todos los días traen historias de nuevos riesgos existenciales y recordatorios desalentadores de nuestra supuesta incapacidad para lidiar con ellos. Pero yo lo veo de otra manera: tenemos una oportunidad existencial.

Tenemos una oportunidad para la renovación moral, una forma de prestar más atención a otros fines valiosos que hemos descuidado hasta ahora, y una forma de lograr esa ambición reorientando el progreso tecnológico y cambiando la naturaleza del crecimiento. Tenemos el poder de mejorar la vida de maneras que ahora no podemos imaginar. Nada, en mi opinión, podría ser más importante.

DANIEL SUSSKIND,  profesor de investigación en el King’s College de Londres y miembro asociado del departamento de economía de la Universidad de Oxford, donde es investigador asociado sénior en el Instituto de Ética en IA

Este artículo se basa en el libro más reciente del autor, Growth: A History and a Reckoning, publicado a principios de este año.

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Empresa argentina invirtió US$ 10 millones para abastecer la mitad de la soja mundial

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La empresa realizó la millonaria inversión para su nueva planta en Pergamino, que permitirá ampliar su producción y abarcar gran parte de la producción mundial.

Rizobacter inauguró este viernes (20/9) en el parque industrial de Pergamino, provincia de Buenos Aires, sus nuevas instalaciones donde fabricará más productos biológicos para la producción agropecuaria. Desde la empresa indicaron que la nueva planta costó US$ 10 millones y que permitirá convertirse en el polo productivo de bioinsumos más grande de Argentina.

En las nuevas instalaciones funcionará una planta de biosoluciones que procesará hasta cinco tecnologías en simultáneo, una cualidad fundamental para producir inoculantes, promotores de crecimiento y biofungicidas específicos para los diferentes mercados. “No solo ampliará la capacidad productiva existente, sino que también permitirá desarrollar fórmulas especializadas para los diferentes mercados a escala nacional e internacional”, destacaron desde la compañía.

Actualmente, uno de cada cuatro hectáreas de soja inoculadas en el mundo usa productos de Rizobacter. A partir de esta inversión, la empresa incrementará su producción de 4,8 a 7,2 millones de litros anuales de biosoluciones. Gracias a las dos plantas, Rizobacter podrá elaborar más de 50 formulaciones e insumos como para cubrir 65 millones de hectáreas, una superficie equivalente a la mitad de toda la soja sembrada en el mundo.

Agustín Biagioni, director de Marketing Global de la empresa, contó que el 30% de la facturación de Rizobacter viene de negocios internacionales y más del 50% de los biológicos se destina a mercados externos. “Esta es una apuesta al futuro y tenemos grandes proyectos para alimentarla. Sabemos que, debido a la demanda incremental de biológicos y al éxito que la empresa tiene en ese segmento, vamos a tener que seguir ampliando nuestra capacidad productiva”, expresó.

La empresa nació en 1977 en un garaje con la producción de inoculantes a base de microorganismos. Actualmente, Rizobacter tiene 700 colaboradores en todo el mundo y llega con su portfolio de tecnologías biológicas a más de 50 países. Por eso, para el presidente compañía, Ricardo Yapur, la nueva planta “es una respuesta al gran crecimiento de la empresa y a llevar al mundo los distintos productos biológicos de tratamiento de semillas”.

Desde la compañía inicaron que los productos biológicos crecen a un doble dígito, mientras que los químicos lo hacen por debajo del 5%. “Haber nacido en armonía con la naturaleza, nos posiciona de una manera diferente; hoy las empresas quieren saltar al mundo de los biológicos y nosotros nacimos allí”, expresó Yapur, quien agregó que”Veo un futuro promisorio para Rizobacter porque el mundo está cambiando respecto del uso de productos biológico”.

En la inauguración de la nueva planta estuvieron presentes el jefe de Gabinete de la Nación, Guillermo Francos, el diputado nacional José Luis Espert, funcionarios provinciales y locales, periodistas y representantes del sector. “Vine a Rizobacter porque esta inversión demuestra la potencialidad que tiene la tecnología del campo argentino hacia el mundo y porque el presidente me pidió que venga acá a acompañar”, le dijo Francos a Clarín Rural.

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El INYM extiende la fecha de inscripción de entidades y asociaciones para la designación de Directores

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El Directorio del INYM resolvió prorrogar por única vez hasta el día 24 de octubre del 2024, la fecha límite a los efectos de la inscripción o actualización de antecedentes, según corresponda, en el “Registro de Entidades y Asociaciones Privadas habilitadas para la designación de Directores del INYM”.

La mencionada prórroga se oficializó hoy (viernes 20 de septiembre), mediante la publicación de la Resolución 204/24 en el Boletín Oficial de la Nación.

La convocatoria abarca a representaciones del sector industrial, productores primarios, cooperativas, obreros rurales y secaderos.

Se recuerda que la convocatoria respecto a las entidades que nuclean a los obreros rurales que prestan servicios en el sector yerbatero, mencionado en el inciso g) del artículo 6° de la Ley 25.564, “se realiza en el marco de lo dispuesto en la Resolución 44/2018 del INYM, debiendo acreditarse el carácter de entidad representativa según la legislación vigente”.

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Biogás crece 800 % en Brasil, pero sector sigue muy subutilizado

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Por Clara Marques / Inter Press Service – El sector del biogás está subutilizado en la transición energética de Brasil. Cuestiones regulatorias y de infraestructura son algunos de los obstáculos para el desarrollo del sector en el país.

En el municipio minero de Manga, ubicado en el estado de Minas Gerais, en el sur de Brasil,  el productor Edvaldo Lôpo, propietario de la Hacienda Vista Alegre, tuvo la iniciativa de instalar, hace cinco años, un biodigestor artesanal para producir metano a partir de los desechos de cerdos y vacas lecheras de su propiedad.

Actualmente, usa el biogás para cocinar en casa y en un matadero en la hacienda, ahorrando alrededor de 360 reales al mes (unos 64 dólares) en bombonas de gas.

La experiencia de Lôpo en su hacienda -situada a unos 700 kilómetros de Porto Alegre, la capital del estado- es solo una más entre las miles existentes en Brasil.

Según un estudio liderado por investigadores de la Universidad de São Paulo (USP), entre 2011 y 2020, la producción de biogás creció casi 800 % en Brasil, una buena noticia para la necesaria transición energética, ya que tanto el biogás como el biometano son alternativas al gas natural y a los derivados del petróleo.

Producidos a partir de la descomposición de materiales orgánicos, como desechos de animales y residuos agrícolas, por ejemplo, estas fuentes de energía pueden sustituir la extracción de combustibles fósiles del suelo, además de dar un destino adecuado a los residuos de la agropecuaria, la agroindustria y los vertederos.

Sin embargo, los obstáculos regulatorios y de infraestructura son barreras para el desarrollo del sector en Brasil. Actualmente, la producción es de solo 1300 millones de nanómetros cúbicos (Nm³), alrededor de 1,5 % del potencial nacional.

Potencial desaprovechado

Un estudio publicado en junio sobre el sector de biogás y biometano mostró que el país tiene la capacidad de producir más de 84 000 millones de Nm³ de biogás por año, lo que lo colocaría en la posición de líder mundial en la producción de este tipo de energía.

Para la Asociación Brasileña de Biogás (ABiogás), el producto podría ampliar la generación de energía sin la necesidad de plantar o inutilizar áreas de cultivo, simplemente aprovechando, con fines energéticos, los residuos que actualmente se desperdician y que ya están generando emisiones de gas metano.

“El potencial brasileño es de tal magnitud que el país puede destacarse entre los mayores productores mundiales si se aprovecha adecuadamente la materia prima», afirma Geraldo Lavigne de Lemos, uno de los autores del estudio de la USP e investigador del Research Centre for Greenhouse Gas Innovation (RCGI).

Materia prima en abundancia

En 2023, el país registró la operación de 338 nuevas plantas de biogás y biometano, un aumento de 32 % en relación con 2022, según el Centro Internacional de Energías Renovables y Biogás (CIBiogás).

Actualmente, según CIBiogás, hay 1365 plantas registradas en el país, con el estado de Paraná concentrando 54 % de esa producción (347 plantas), seguido por Minas Gerais (280), Santa Catarina (85) y São Paulo (83), todos en el sur del país.

No falta materia prima para la generación de ambos productos en Brasil. Según la Empresa de Investigación Energética (EPE), la agropecuaria y la agroindustria son los sectores con la producción más relevante en la generación de residuos.

Con 234 millones de cabezas de ganado y 5 millones de cerdos, de acuerdo con el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), no podría ser diferente.

Además, los residuos sólidos y los efluentes urbanos también pueden aprovecharse para la producción de estos gases. Con tanta materia prima y tecnología en desarrollo, se estima que, en 2031, el potencial técnico de producción superará los 97 000 millones de Nm³ por año.

Además, con el apoyo del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MCTI), Brasil inauguró recientemente la primera planta de producción de petróleo sintético a partir del biogás, un nuevo uso del gas que lo coloca aún más en el centro del proceso de transición energética.

Obstáculos del sector

La Asociación Brasileña de Biogás (ABiogás) mantiene, en su página, un Mapa Regulatorio del Biogás y Biometano actualizado periódicamente. Un análisis del documento permite inferir que Brasil ha avanzado a nivel federal y estatal para establecer un entorno normativo seguro para el sector.

No obstante, todavía existen muchos desafíos para lograr esta expansión. Según Lemos, de la USP, estos desafíos no son solo de carácter regulatorio, sino también económico y de infraestructura.

«Es importante que se enfrenten los desafíos económicos e infraestructurales, con el establecimiento de políticas públicas de incentivo para el desarrollo del sector y la expansión de la red de ductos y tuberías», dice el investigador.

Para Renata Isfer, presidenta ejecutiva de la Asociación Brasileña de Biogás (ABiogás), es también necesario que Brasil reduzca los impuestos que afectan al sector, cree corredores sostenibles y certificados de garantía de origen, y priorice la Investigación y el Desarrollo en energías renovables en todo el país.

Solo así, cuestiones tan básicas como garantizar una vida digna, con salud y comida en la mesa, pueden abordarse.

“Uno de los grandes problemas en Brasil y en el mundo es la contaminación causada por la cocina con leña y combustibles fósiles, responsable de cuatro millones de muertes al año. El biogás es una alternativa para promover una cocina limpia, especialmente para las familias de bajos ingresos”, señala Isfer.

Para los expertos consultados por el reportaje, la estructuración del entorno normativo también es fundamental para proporcionar la seguridad jurídica necesaria para el desarrollo del sector.

El biogás y el biometano se verán favorecidos si los estados, municipios y el Distrito Federal actúan de forma colaborativa, dentro de sus competencias, dicen.

«Algunos estados brasileños, como São Paulo, Paraná, Rio Grande do Sur y Minas Gerais, ya cuentan con políticas específicas para el biogás y el biometano o están desarrollando nuevas políticas.

Sin embargo, aún hay muchos estados que carecen de una regulación más clara y amplia», refuerza Heleno Quevedo de Lima, especialista en Biogás y fundador del Portal Energía y Biogás.

La Agencia Nacional del Petróleo, Gas Natural y Biocombustibles (ANP) ha actuado de manera decisiva para avanzar en el sector, con destaque para la Resolución ANP nº 906/2022, sobre biometano derivado de productos y residuos orgánicos agrosilvopastoriles y comerciales, y la Resolución ANP nº 886/2022, sobre el biometano derivado de vertederos y plantas de tratamiento de aguas residuales.

A pesar de los avances, todavía queda mucho por hacer, dicen los especialistas del sector, incluido el abaratamiento de la tecnología.

Camino hacia la descarbonización

Las actividades económicas humanas generan, anualmente, más de 105 000 millones de toneladas de residuos orgánicos, con la consecuente emisión de metano, según estimaciones de la Asociación Mundial de Biogás.

Al reciclar estos residuos orgánicos, el sector puede permitir que los países reduzcan 10 % las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero para 2030.

A nivel mundial, Alemania es uno de los líderes mundiales en el sector, con una larga historia de producción y uso de biogás y biometano.

Según Lima, del Portal Energía y Biogás, otros países como Suecia y Dinamarca también cuentan con políticas y programas exitosos para el desarrollo del biogás.

En Brasil, los primeros proyectos de biogás comenzaron en la década de 1970. Uno de los factores que motivaron la creación de estos proyectos fue la crisis energética registrada en ese período y la necesidad de desarrollar soluciones para el saneamiento rural.

A partir de 2010, la producción de biogás y digestato – material remanente tras la digestión anaeróbica de una materia prima biodegradable – ganó escala en el departamento de Cerdos y Aves de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), con la instalación del Laboratorio de Biogás del Parque Tecnológico de Itaipú (PTI), actualmente CIBiogás.

“Es importante observar las lecciones aprendidas por otros [países] para, a partir de esas experiencias, hacer la necesaria adaptación del contenido a la realidad nacional, sin dejar de lado el fundamental desarrollo de un modelo brasileño, ajustado a los objetivos que el país tiene en los entornos interno y externo”, refuerza Lemos, investigador de la USP.

El biogás bruto producido en Brasil consiste en 50-75 % de metano, 25-50 % de dióxido de carbono y 2 – 8 % de otros gases, como nitrógeno, oxígeno y gases residuales, como el sulfuro de hidrógeno (H2S), amoníaco (NH3) e hidrógeno, por ejemplo.

La solución tecnológica encontrada para la producción de biogás y biometano fue la digestión anaeróbica de los residuos orgánicos en un ambiente libre de oxígeno.

Su proceso también puede generar emisiones de gases de efecto invernadero, pero, si se gestiona correctamente, estos gases se controlan y el compuesto resultante puede utilizarse para diversos fines, como la producción de vapor, calefacción, generación de electricidad, inyección en la red de gas natural y combustible para vehículos.

Edvaldo Lôpo, agricultor minero que abre este artículo, está contento con los resultados obtenidos con el biodigestor artesanal instalado en su propiedad.

“Con el reaprovechamiento de los desechos, solo con el biodigestor artesanal, puedo usar el gas metano para las actividades de la sede de la propiedad. Ahorro el equivalente a la compra de dos bombonas de gas para cocina”, comparte.

Tiene la intención de ampliar la producción y el consumo de biogás para la propia hacienda, con la sustitución de la leña y para la generación de electricidad a través de un generador de gas.

Sin embargo, los altos valores de inversión en equipos y la falta de incentivos para pequeñas propiedades son un obstáculo.

“Necesito invertir alrededor de 300 000 reales (54 000 dólares) para triplicar el tamaño del biodigestor. Para la instalación de una geomembrana, se requiere una inversión de al menos 100 000 reales (18 000 dólares); otros 100 000 reales para equipos de movimiento y separación de desechos, y 100 000 reales más para una caldera o generador”, dice Lôpo.

Afiliado a la Federación de Agricultura y Ganadería del Estado de Minas Gerais, Lôpo cree que el biogás tiene un gran potencial en la región del norte del estado, especialmente entre los pequeños agricultores.

Para que esto se convierta en una realidad, no solo en Minas Gerais, sino en todo el país, Brasil tendrá que mirar de cerca todo el potencial que ha desperdiciado.

Este artículo se elaboró con el apoyo de Climate Tracker América Latina.

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Ganaderos de Paraguay mostraron innovaciones a sus pares argentinos

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El CREA Ganaderos del Noroeste (región Córdoba Norte) realizó un viaje a Paraguay para conocer planteos ganaderos de avanzada. Fue recibido por integrantes del CREA Paraguay.

La red CREA, si bien nació en la Argentina, tiene actualmente un alcance regional y eso representa un activo sustancial al momento de potenciar la transferencias de conocimientos

A fines de agosto los integrantes del CREA Ganaderos del Noroeste (región Córdoba Norte) realizó un viaje a Paraguay con el objetivo de explorar de primera mano el desarrollo de la actividad productiva en ese país. La comitiva, compuesta por diez empresarios y un asesor, buscó identificar tecnologías y prácticas de manejo que podrían ser adaptadas a las empresas locales para mejorar su eficiencia y competitividad.

“Decidimos organizar esta visita a Paraguay porque en 2024 ya habíamos realizado un viaje similar junto a los asesores y presidentes de los grupos CREA de la región, y la experiencia fue muy enriquecedora”, explicó Osvaldo Luna, asesor del grupo.

“Esta vez quisimos profundizar en diferentes aspectos técnicos y aprender más sobre la ganadería paraguaya, centrándonos en tres ejes principales: manejo de pasturas, avances tecnológicos y el negocio ganadero”, añadió.

El itinerario incluyó visitas a dos establecimientos, Rancho Quemado y Jerovia, ambos miembros de los grupos CREA Samuú y Mariscal en Paraguay.

“Observamos planteos de recría que en los últimos cinco años pasaron de producir 200 a 300 kilos de carne por hectárea al año, aplicando protocolos de selección animal, modificando el consumo de pasturas, suplementando y tomando decisiones basadas en datos recogidos y analizados mediante caravanas electrónicas”, resumió Luna.

“Actualmente, en nuestro grupo estamos alcanzando un promedio de 200 kilos de carne por hectárea. Creemos que tenemos el potencial para mejorar, elevar nuestros estándares y llegar a los 300”, remarcó.

Diego Sáenz, presidente del Grupo Ganaderos del Noroeste, también se mostró satisfecho por la visita. “El establecimiento Rancho Quemado me impactó por la mentalidad del empresario, las métricas que utiliza y cómo las aplica. Me hizo replantearme muchas cosas”, afirmó.

“El productor compartió con nosotros su aprendizaje de diez años en el campo, cómo fue ajustando su producción, cometiendo errores y encontrando la manera de mejorar su negocio. Hoy está produciendo 300 kg/ha de carne, aprovechando mejor el pasto y la suplementación, y ahora se propuso el objetivo de llegar a los 500 kilos”, apuntó.

Rancho Quemado logró incrementar su producción mediante una combinación de selección de pasturas, un sistema rotativo de pastoreo y una rigurosa toma de datos. Estos elementos no sólo optimizan la toma de decisiones, sino que también mejoran los márgenes económicos del negocio ganadero.

“Durante la visita, exploramos diferentes pasturas que podrían aumentar el potencial productivo en nuestras propias explotaciones”, señaló Luna. Además del conocido Gatton panic, los ganaderos paraguayos buscaron diversificar sus forrajes y mejorar la genética de sus pasturas mediante la adopción de otros híbridos como Mombaza, Zuri y Quenia, desarrollados por la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa, el equivalente al INTA en Brasil). Estas variedades pueden producir hasta 6000 kilos más de materia seca por hectárea que el Gatton panic, alcanzando hasta 16.000 kg/ha. Este enfoque se complementa con un estricto control de malezas arbustivas, tanto mecánico como químico, que potencia la producción forrajera.

Otro pilar en la estrategia de Rancho Quemado es la implementación de un sistema de pastoreo rotativo, que maximiza la eficiencia del manejo forrajero. Este sistema se basa en la altura de las pasturas para decidir cuándo deben pastar los animales. Durante la época de lluvias, que en esa región de Paraguay se extiende de octubre a mayo, los animales ingresan a los lotes cuando las pasturas alcanzan entre 35 y 40 centímetros de altura. Ahí consumen hasta dejar 10 o 15 centímetros, antes de ser trasladados a otro lote, para permitir que el área se recupere durante 21 días. “Con este método de pastoreo, el crecimiento del pasto se incrementa en un 30%”, destacó Sáenz.

Este enfoque, que asegura que los animales consuman siempre las partes más tiernas y nutritivas de las plantas, permitió mejorar los índices de ganancia de peso en los vacunos, para pasar de 500 a 800 gramos diarios.

Por otra parte, las prácticas incluyen una suplementación de los rodeos en cualquier momento del año, por ejemplo con burlanda seca, teniendo en cuenta los requerimientos del animal, más allá de la época y del clima. Incluso pueden implementar esta práctica en verano, si la oferta del pasto no es buena. Para ello realizan mediciones periódicas que les permiten evaluar cómo fue la respuesta de la suplementación y tomar mejores decisiones. Con todo esto apuntan a obtener ganancias de peso más estables a lo largo de todo el año.

“Nos resultó muy interesante observar estas prácticas porque, en general, en la Argentina se continúa haciendo un manejo más tradicional. Ellos nos mostraron una forma diferente de gestionar las pasturas”, consideró Luna.

Los animales en el establecimiento paraguayo llevan caravanas electrónicas que registran una gran cantidad de datos, como el peso en diferentes momentos, lo cual permite a los productores tomar decisiones bien informadas.

Saenz destacó la metodología empleada por la empresa para el pesaje de sus animales, que se realiza al ingresar al campo, luego a los 10 días y nuevamente a los dos meses. “Su protocolo de pesaje sigue pautas precisas para asegurar que siempre se obtengan datos equivalentes”, subrayó. Esta información se evalúa incluso en función del origen de cada animal, para elaborar un ranking de proveedores y decidir a quién adquirir ganado en el futuro.

“La caravana electrónica es una tecnología que ya utilizamos, pero quizás no la estamos aprovechando al máximo. Gracias a los datos que proporcionan, los productores ganaderos están calculando el margen bruto por cada cabeza de ganado. Todas las decisiones se están tomando a nivel individual, lo cual está mejorando significativamente el negocio ganadero”, comentó Luna.

“Esta tecnología nos permite cambiar nuestra perspectiva sobre la ganadería. Antes tratábamos a los animales como un grupo homogéneo, pero ahora podemos verlos como un conjunto de individuos, ajustar variables y ser más competitivos en el negocio”, agregó.

Luna se refirió a la genética del ganado paraguayo observada durante la visita y opinó que, en este aspecto, la ganadería argentina mantiene una ventaja competitiva. “Hay una diferencia a nuestro favor, ya que en Argentina gran parte del ganado es cruza con razas como Angus, Hereford o Brangus, mientras que en Paraguay predominan las razas cebuinas”, señaló el asesor CREA.

El ganado cebuino, sin embargo, está mejor adaptado a las altas temperaturas características de Paraguay. “Visitamos el país en agosto y nos encontramos con temperaturas de 40 ºC”, comentó sorprendido Luna. “Además, en Paraguay no cuentan con amplitud térmica y tienen una alta evapotranspiración, lo cual también limita la producción ganadera”, agregó.
Mientras en Argentina se produce principalmente novillo, en Paraguay utilizan la categoría Macho Entero Joven (MEJ), que se refiere a terneros no castrados y que en el mercado argentino tienen escasa presencia.
“A diferencia de nosotros, que producimos mayormente novillos, en Paraguay crían toros enteros. Esto les permite obtener mayores rendimientos de carne. Mientras nosotros producimos animales livianos, ellos están produciendo animales más pesados, de 480 a 500 kilos, mediante un sistema de engorde mixto, que incluye pasto y suplementación”, destacó Saenz.
Con 22 años de trayectoria, el CREA Ganaderos del Noroeste está compuesto por 10 empresas que desarrollan planteos mixtos (con agricultura y ganadería), en la región noroeste de la provincia de Córdoba. Este grupo abarca los departamentos de Ischilín, Río Seco, Cruz del Eje y San Justo, e incluye también una empresa ubicada en Sol de Julio, al sur de Santiago del Estero.

La actividad agrícola del grupo se centra en los cultivos de maíz, soja y trigo. También siembran garbanzo, con sistemas de riego. En relación a la ganadería, la mayoría de estas empresas lleva a cabo planteos de ciclo completo, que incluyen cría, recría y engorde.

Tras la visita a los campos en Paraguay, Luna reflexionó: “El CREA Ganaderos del Noroeste siempre estuvo a la vanguardia tecnológica en términos ganaderos, en comparación con otros productores de la zona y dentro del Movimiento CREA”.

“En muchos aspectos, Argentina tiene un mayor potencial productivo gracias a una infraestructura vial superior, personal capacitado y mejor acceso a Internet, entre otros recursos. Sin embargo, ellos lograron estar un paso adelante. Con menos recursos, prestan mayor atención a los detalles y son más agresivos a la hora de plantear un negocio ganadero. Este viaje nos desafió a ir más allá, a romper paradigmas y a proyectar un modelo más competitivo”, concluyó.

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