AMAZONAS

Los tribunales brasileños comienzan a asignarle un valor monetario a los daños climáticos

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Isabella Kaminski, Dialogue Earth. En todo el mundo se ha intentado utilizar la ley para responsabilizar por el cambio climático a las empresas contaminantes. Sin embargo, ninguna demanda ha logrado hasta ahora vincular directamente las emisiones globales de una empresa con impactos climáticos específicos. No obstante, el último informe anual de la London School of Economics sobre litigios climáticos señala que “se están logrando avances importantes en casos relacionados con daños climáticos por daños ambientales localizados”, especialmente en Brasil.

Brasil ha demostrado ser un terreno fértil para los litigios climáticos. La base de datos nacional JUMA recoge 134 demandas relacionadas con el clima, lo que convierte al país en el más prolífico del Sur Global y el cuarto del mundo en este tipo de acciones.

Danielle Moreira, profesora asociada de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro, afirma que en los últimos años no solo ha aumentado el número de casos, sino que también ha cambiado el tipo de demandas que se presentan. Según ella, las referencias al cambio climático “son cada vez más directas y explícitas”.

Este cambio ha sido impulsado por las autoridades públicas, explica Rafaela Santos Martins da Rosa, jueza federal brasileña. A diferencia de otros países, donde la mayoría de las demandas relacionadas con el clima son iniciadas por la sociedad civil, en Brasil suelen ser presentadas por fiscales estatales o federales.

El Consejo Nacional de Justicia (CNJ) de Brasil también ha desempeñado un papel importante. Esta institución pública tiene la misión de garantizar la independencia del poder judicial, llevar a cabo procedimientos disciplinarios y emitir normas y directrices. En 2019, se comprometió a incorporar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas en sus objetivos estratégicos, convirtiéndose en el primer órgano judicial del mundo en hacerlo.

Dos años más tarde, el CNJ publicó una resolución por la que se establecía una Política Nacional del Poder Judicial para el Medioambiente. Patryck Ayala, profesor asociado de la Universidad Federal de Mato Grosso (UFMT), afirma que la resolución fue “sorprendentemente innovadora”. “Establece una directriz nacional, del CNJ, para todos los jueces brasileños, indicándoles que es responsabilidad del poder judicial actuar contra el cambio climático global”.

Nuevos protocolos para los daños climáticos

Pero se necesitaban más normas para detallar cómo los jueces brasileños podían poner esto en práctica. Se creó un grupo de trabajo para elaborarlas, en el que participaron académicos, investigadores externos y representantes del poder judicial federal y estatal de todas las regiones de Brasil.

El primer protocolo que publicaron se enfocó en el uso de las pruebas disponibles para los jueces brasileños, incluido el uso de imágenes de teledetección.

Luego vino el segundo protocolo, que buscaba explicar cómo los jueces podían medir los daños climáticos. El grupo se puso a trabajar analizando varios mecanismos posibles, lo que llevó casi dos años. El CNJ celebró una consulta pública a finales de 2022, seguida de una audiencia pública en julio de 2023, en la que escuchó los comentarios de representantes de la sociedad civil que proporcionaron “aportaciones técnicas fundamentales para la redacción de este instrumento”, afirma De Moreira.

El protocolo resultante, publicado en septiembre de 2024, establece parámetros concretos para medir los daños climáticos derivados de la deforestación y los incendios forestales en juicios civiles y penales. “El protocolo tuvo el gran mérito de ser un documento del poder judicial brasileño que reconoce la categoría de daño climático como un tipo de daño ambiental independiente y distinto”, afirma da Rosa, que se convirtió en coordinadora adjunta de este grupo de trabajo. “Esto es histórico”. El pasado 3 de julio, una opinión consultiva emitida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos hizo una declaración similar.

A esto le siguió, el 23 de julio, un dictamen consultivo de la Corte Internacional de Justicia, que reforzó aún más esta labor al confirmar que las partes del Acuerdo de París tienen la obligación legal de “proteger el medioambiente de las emisiones de gases de efecto invernadero”.

Para evaluar el daño climático, se introduce la superficie deforestada en una calculadora de carbono en línea desarrollada por el Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (Ipam – Amazônia). Esta calculadora determina la cantidad de carbono almacenado que se ha perdido en cualquier bioma brasileño relevante.

A continuación, esta cifra debe traducirse en un valor monetario, lo que, según admite da Rosa, fue “un tema difícil de consensuar”. El grupo quería utilizar el costo social del carbono —el costo económico de emitir una tonelada adicional de dióxido de carbono a la atmósfera—, pero ningún organismo oficial brasileño ha definido aún un precio para ello.

Como resultado, el protocolo concluye que los jueces deben utilizar un precio mínimo de 5 dólares estadounidenses por tonelada de CO2 equivalente. Esa cifra se estableció hace más de 15 años en el acuerdo original entre las partes del Fondo Amazonas, un mecanismo para recaudar donaciones de estados y empresas con el fin de promover la reducción de las emisiones derivadas de la deforestación y la degradación forestal en la Amazonía.

Las estimaciones posteriores del costo social del carbono, tanto en estudios académicos como en otros países, han sido significativamente más elevadas. El protocolo señala que, en el futuro, debería utilizarse un precio más alto, si el gobierno brasileño lo reconoce.

Desde la publicación de los protocolos, el CNJ ha cambiado el nombre de su política medioambiental para que incluya explícitamente el clima. También ha comenzado a formar a los jueces y ha creado un foro para supervisar su cumplimiento.

De Moreira espera que el segundo protocolo, en particular, “oriente la práctica judicial y ayude a los litigantes a formular sus reclamos de manera más eficaz”. Da Rosa cree que hará que las sentencias sean más justas.

Puesta en práctica del protocolo

Estos cambios ya están empezando a filtrarse en el sistema judicial. En diciembre de 2024, la Fiscalía General Federal presentó un bloque de 193 nuevas acciones legales contra más de 600 deforestadores y solicitó una indemnización total de 1300 millones de reales (unos 240 millones de dólares) por daños medioambientales.

Mientras tanto, los jueces de primera instancia ya han comenzado a utilizar su metodología en sus decisiones, principalmente en casos relacionados con la Amazonía. “Este nuevo ciclo de casos aún no ha recibido una resolución definitiva por parte de los jueces”, explica da Rosa, “pero hay movimientos importantes dentro del poder judicial que apuntan a un esfuerzo concertado para garantizar que estas demandas se juzguen rápidamente”.

De Moreira destaca un grupo de 22 casos presentados por la Fiscalía Federal, tras una investigación sobre la deforestación ilegal en el Proyecto de Asentamiento Agroextractivo Antimary (PAE). Se trata de una propiedad federal en el municipio de Boca do Acre, en el estado de Amazonas, gestionada por el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (Incra) y ocupada por comunidades extractivistas tradicionales. Se estima que la deforestación ha provocado la emisión a la atmósfera de casi 79.000 toneladas de CO2 equivalente. En abril, el acusado, Paolo de Lima Paulo, fue condenado a pagar 1.957.677,57 reales brasileños (unos 352.000 dólares estadounidenses) por daños climáticos en el PAE, basándose en el costo social del carbono de 5 dólares estadounidenses establecido en el protocolo del CNJ.

Antes de que se redactara el protocolo, algunos jueces se negaron a definir la responsabilidad por los daños climáticos causados por las emisiones derivadas de la deforestación o los incendios, alegando motivos como la falta de pruebas periciales. Sin embargo, según da Rosa, no hay constancia de que ningún juez brasileño se haya negado a aplicar el protocolo desde su publicación.

De hecho, algunos fiscales han tratado de valorar los daños climáticos muy por encima del umbral mínimo del protocolo.

En un caso en curso se pretende sancionar a un ganadero, Dirceu Kruger, por la deforestación de terrenos públicos en el estado de Amazonas. Kruger utilizó motosierras para talar la vegetación, provocó incendios para despejar el terreno y plantó pasto para crear pasturas para su ganado. Las imágenes satelitales muestran la magnitud de los daños y Kruger admitió ante las cámaras haberlos causado.

La Fiscalía General de la Unión (AGU) argumentó que el costo social del carbono de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico de 60 euros por tonelada (aproximadamente 70,5 dólares), era el nivel más adecuado. El año pasado, el tribunal congeló los activos de Kruger basándose en esta cifra, por un valor de más de 50 millones de dólares, mientras el caso sigue su curso.

Efecto cadena

El protocolo se diseñó específicamente para hacer frente a la deforestación y los incendios forestales. Sin embargo, reconoce que muchos tipos de acciones humanas generan emisiones de gases de efecto invernadero o dañan los sumideros de carbono, y afirma que cualquiera de ellas podría, en teoría, dar lugar a una reclamo.

De hecho, ya hay una demanda en curso que busca una indemnización por los daños climáticos supuestamente causados por una central eléctrica de carbón en el estado de Paraná, en el sur de Brasil. El Instituto Arayara, una organización de la sociedad civil sin fines de lucro, afirma que la central ha funcionado durante años sin las licencias necesarias y exige tanto al operador como a los reguladores estatales que demuestren la legalidad de la central.

Sin embargo, los jueces podrían alegar que no existe una metodología para evaluar los daños más allá de la deforestación o los incendios, afirma da Rosa. Por ejemplo, el CNJ aún no ha definido los criterios para calcular los daños climáticos causados por las emisiones ilegales de metano procedentes de la ganadería, dice, “pero debería hacerlo, porque es un gas muy relevante en el panorama de las emisiones brasileñas”.

Y aunque el protocolo tiene por objeto combatir la ilegalidad, da Rosa afirma que, en teoría, los fiscales podrían intentar aplicarlo a actividades legales que tienen un enorme impacto climático.

Las indemnizaciones ordenadas por los tribunales por delitos medioambientales pueden destinarse a cualquier organismo público o privado dedicado a la protección del medioambiente. Estos pueden dar prioridad a proyectos relacionados con el cambio climático, especialmente los que implican energías renovables. En los casos civiles, los jueces tienden a destinar el dinero al Fondo Nacional de Cambio Climático (FNMC) de Brasil.

Queda por ver qué impacto material tendrá el protocolo en la deforestación en Brasil. “El éxito de los casos, en el sentido de ver si se atribuyó la responsabilidad y si los recursos de las condenas se utilizaron para la mitigación, debería ser evaluado por el propio CNJ”, afirma da Rosa.

Más allá de Brasil

Aunque Brasil es el único país que ha desarrollado una metodología nacional tan exhaustiva, los tribunales indonesios también han asignado un valor monetario al daño climático. Los jueces de ese país han estimado las demandas de indemnización por daños climáticos causados por la destrucción de bosques para plantaciones de aceite de palma, así como por las emisiones de CO2 provocadas por los incendios y la destrucción de turberas.

La secuencia establecida en el protocolo del CNJ para determinar el valor monetario de los daños climáticos podría aplicarse fácilmente en otros países, afirma da Rosa. Sin embargo, sería necesario adaptarla para evaluar con precisión el impacto climático de los diferentes biomas, ya que su capacidad para almacenar carbono en la biomasa varía considerablemente. “En teoría, cualquier otra jurisdicción podría tener casos similares a los ejemplos brasileños”, afirma da Rosa, “especialmente en países donde la deforestación es la conducta responsable de una parte significativa de las emisiones de gases de efecto invernadero”.

Ayala está de acuerdo en que el protocolo podría traducirse, ya que, en esencia, hace que la ciencia existente sea más accesible a los tribunales y ayuda a orientar las decisiones de los jueces, en lugar de interferir en su independencia: “Si otros países adoptaran modelos similares, deberían proponer normas que los jueces deban seguir, establecidas por un organismo con autoridad para hacerlo, y debería preverse la formación y evaluación continuas de estos jueces y de su trabajo”.

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Las manos llenas de grasa, la cabeza llena de ideas: Walter Rosner, el fabricante de montañas rusas

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¿Cómo se llega a fabricar una montaña rusa? ¿Cómo se lleva el ingenio a recorrer el mundo? La historia de Walter Rosner es inusual. Nació en Oberá, se formó en una escuela industrial -de las de antes- y para generar ingresos, por las noches lavaba colectivos en la empresa Capital del Monte, donde comenzó a fortalecer esa pasión por “los fierros”. Con las manos llenas de grasa y la cabeza llena de ideas. Su historia no sigue el libreto clásico del éxito; es más bien una marcha propia, hecha de curiosidad, audacia y terquedad. Una historia donde los sueños no se narran: se sueldan, se ensamblan, se ponen a prueba.

Por esas vueltas de la vida que sólo entienden los que se atreven, Walter Rosner terminó diseñando montañas rusas. Pero no es la típica historia de superación con moraleja al pie. Es la historia de un espíritu indomable, movedizo, curioso, de esos que no entienden el mundo si no es con las manos llenas de grasa, el cerebro encendido y un sueño nuevo por alcanzar.

“¿Dónde aprendiste a soldar?”, la pregunta es inevitable, ante la montaña de hierro forjado con sus manos y sus ideas. Respondió con la precisión de quien no necesita el título para saber lo que hace: “En la técnica, sí. Pero sobre todo lavando colectivos de noche y escuchando a los viejos”. Porque eso le enseñó su abuelo: que la sabiduría no estaba en los libros sino en la paciencia de los que ya vivieron. Así fue. Así arrancó. Así va. 

Dejó huella en las grandes industrias de Misiones: yerbateras, embotelladoras, metalmecánicas. Pero lo suyo no es quedarse mucho tiempo quieto. Cuando las empresas del té no pudieron pagarle los trabajos, aceptó canjes. Té por máquinas. Y así, casi sin querer, nació su primera exportadora.

Se cayó. Se levantó. Volvió a la metalurgia. Emigró a Dos de Mayo, trabajó con Valmitran -una tealera- inventó, diseñó. 

Hasta que un día, en plena crisis de biomasa, se le ocurrió convertir plástico en combustible. Una planta de pirólisis. Volver el plástico a su origen: petróleo. Gasoil, querosén, nafta. “El proceso sucio, lo hace la máquina”, explica.

Instaló una en San Luis. Otra en la selva peruana, en Iquitos, transportada por el río Amazonas. Una tercera, en El Salvador, montada por videollamada y planos de ida y vuelta. Todo construido en Misiones, por misioneros. “¿Quién diría que nosotros, acá, seríamos pioneros en plantas pirolíticas en Sudamérica?”, se entusiasma con asombro.

También es piloto. Porque claro, alguien como Rosner no se conforma con estar a ras del suelo. En un viaje a Alemania, sus parientes lo llevaron a Europa Park, en Rust, una ciudad diminuta en Alemania. Y allí, con la mirada del chico que nunca se apaga, entendió que todo es posible: aquel parque gigante había nacido con una calesita. ¿Por qué no en Misiones?

“Busqué, pregunté, investigué. Nadie fabricaba montañas rusas en Argentina. Todos importaban de China. Dije: ¿por qué no lo hacemos nosotros?”, cuenta. Y lo hizo. Con su equipo, recorrió parques, sacó fotos, desarmó engranajes ajenos con la mente y armó los propios. La primera montaña rusa hecha en Misiones está en el complejo La Roca, y no es un capricho: es una declaración de principios.

Ahora viaja a Buenos Aires con el INTI, para participar del primer congreso de certificación de parques de diversiones. Va como representante misionero. Como fabricante nacional. Como inventor, sí, pero también como visionario que cree que los sueños se planifican.

Rosner repite una y otra vez: Misiones. Lo dice con orgullo. Lo dice con firmeza. No por marketing ni por compromiso. “Misiones es un paraíso. Pero no sabemos vendernos. Tenemos naturaleza, clima, tierra fértil. Nos falta mostrarnos”. En sus años de exportador, con el té a cuestas, conoció el mundo. Y volvió más convencido que nunca: “Tenemos todo. Y muchos misioneros triunfan afuera. Es hora de que lo sepan adentro”.

Le preguntan por la economía y no duda: “Con la inflación era imposible planificar. Ahora veo una ventana. Podemos presupuestar una montaña rusa a dos años. Porque un sistema como ese, lleva meses de planificación antes de colocar el primer tornillo. Antes no sabías si ibas a poder comprar un tornillo al mes siguiente”.

Defiende las rutas misioneras, el trabajo del Gobierno provincial, y clama por más articulación, más integración entre lo público y lo privado. “Hay ideas brillantes que quedan por la mitad. Eso no puede pasar más”.

Walter tiene 46 años. Está casado con Lorena Adriana Runge, pionera también (y empresaria misionera 2025): ella creó la primera planta de té frío de Misiones. Con ella empujan juntos, cada uno en su carril, pero con la misma energía. Tienen tres hijos: Mateo (15), Adriana (13) y Moisés (11). “Mi señora me apoya en todas. Y eso no es poco. Porque soy un loco inventor que a veces se despierta a las 3 de la mañana con una idea rara”, se ríe.

También se emociona cuando cuenta que su esposa trabaja con mujeres solteras, dándoles un lugar en la planta, apostando por el empleo con impacto social. “Ella es muy innovadora, como yo, pero desde otro lado. Y eso es hermoso”.

A Walter Rosner lo guía algo más que la técnica o el negocio. Lo guía el impulso de hacer lo que nadie hizo. El hambre de construir donde no hay nada. De dejarse llevar por la idea loca que nadie se anima a pronunciar. “Si algo me llama la atención, voy. Indago. Pruebo. Me equivoco. Pero voy”. Y así, desde el corazón del monte misionero, un chico que lavaba colectivos en Oberá terminó montando plantas industriales en el Amazonas y diseñando juegos mecánicos con destino nacional. Rosner no espera que el futuro lo alcance. Él lo suelda. Lo dobla. Lo pinta. Y lo lanza a andar, montaña arriba.

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Los ríos de cocaína en el Amazonas

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Escribe Nádia Pontes, de São José dos Campos, Revista Piauí. Brasil tiene aproximadamente 8.000 kilómetros de frontera con tres países que concentran el cultivo de coca en la región, dividida de la siguiente manera: Colombia (61%), Perú (26%) y Bolivia (13%), según el informe mundial de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés). Hasta principios de los años 2000, las principales rutas de tráfico pasaban por América Central y el Caribe o se dirigían directamente hacia Norteamérica y Europa, donde se encuentran los mayores compradores.

A mediados de la década de 2000, la Amazonía brasileña comenzó a figurar en este mapa. Brasil, que hasta entonces ocupaba la décima posición en volumen de cocaína incautada, actualmente se encuentra en el tercer puesto, detrás de Estados Unidos y Colombia, según datos de la UNODC de 2021. Fue en esa misma época cuando el gobierno brasileño invirtió en fortalecer el control de las fronteras y el espacio aéreo en la Amazonía, una región que alberga la mayor selva tropical del planeta y tiene una baja densidad poblacional, con aproximadamente 5,6 habitantes por km².

La Ley del Abate y el control del espacio aéreo

Una de las medidas para frenar el tráfico de drogas fue la implementación de la denominada Ley del Abate en 2004. La norma fue sancionada por el presidente Luiz Inácio Lula da Silva tras un extenso debate en el Congreso y con las Fuerzas Armadas. La ley indicaba que el gobierno estaba dispuesto a “combatir, con las armas adecuadas, la invasión de nuestras fronteras por parte de bandas internacionales de narcotraficantes”, declaró en ese entonces el ministro de Defensa, José Viegas Filho.

En aquel momento, el país estaba montando su propia infraestructura para actuar en este ámbito, ya que el control sobre el espacio aéreo amazónico era limitado, lo que facilitaba los vuelos cargados de drogas provenientes de países andinos. En 2002, el Sistema de Vigilancia de la Amazonía y el Sistema de Protección de la Amazonía (Sivam/Sipam) entraron en operación con el objetivo de incrementar la vigilancia y el control del tráfico aéreo y fronterizo, monitorear comunicaciones clandestinas, detectar rutas de tráfico y contrabando, e identificar pistas clandestinas y explotaciones mineras ilegales.

Años después, en 2005, se puso en funcionamiento el Cuarto Centro Integrado de Defensa Aérea y Control de Tráfico Aéreo (Cindacta IV) en Manaos.

Desde la entrada en vigor de la Ley del Abate, la Fuerza Aérea Brasileña (FAB) reportó una reducción inmediata del 32% en el número de vuelos irregulares. La primera intercepción de un avión sospechoso se hizo pública en 2009, cuando una aeronave procedente de Bolivia fue objeto de disparos de advertencia por parte de militares brasileños tras la negativa del piloto a acatar órdenes. Luego de los disparos, el avión, que transportaba 176 kg de pasta base de cocaína, aterrizó en una carretera de tierra en el estado de Rondônia.

Un estudio vincula la restricción del espacio aéreo con el aumento de incautaciones de droga. Con la migración de parte del tráfico ilegal hacia los ríos y carreteras, Brasil duplicó la cantidad de cocaína interceptada por mar, tierra y aire entre 2004 y 2005, pasando de 7,7 toneladas a 15,7 toneladas, según estadísticas de la ONU de la época.

El narcotráfico y la adaptación a la geografía amazónica

Sin embargo, la estrategia para dificultar el tráfico aéreo de drogas puede haber fomentado un nuevo problema. Según un estudio de investigadores brasileños, la geografía de la selva favoreció la rápida adaptación del narcotráfico. Cinco de los mayores afluentes del río Amazonas nacen en los Andes, son navegables la mayor parte del año y conectan la producción de cocaína con Manaos, desde donde la droga puede ser transportada a otros estados brasileños o a otros países a través del aeropuerto internacional o el puerto de la ciudad.

El análisis sugiere que la violencia en las ciudades situadas a lo largo de estas rutas cambió de patrón después de la implementación de la Ley del Abate. “La violencia en un municipio que estuviera en una ruta fluvial proveniente de Colombia, por ejemplo, no estaba muy correlacionada con la producción de cocaína en ese país. Pero, tras el monitoreo del espacio aéreo, esta relación aumentó”, explicó el investigador Soares.

El estudio también indica que un efecto local de esta reconfiguración del tráfico de drogas ha sido el incremento en las muertes por sobredosis, lo que, según los investigadores, sugiere una mayor disponibilidad de droga en circulación. “Observamos que varios municipios que no registraban casos de sobredosis antes de 2005 comenzaron a tener episodios esporádicos desde entonces”, señalan los investigadores, advirtiendo además sobre la probable subnotificación de casos.

Desafíos para la seguridad en la Amazonía

Los investigadores advierten que es prácticamente imposible enfrentar el problema en una región del tamaño de la Amazonía, que es más grande que la Unión Europea, solo con la presencia de fuerzas policiales o militares. “Es necesario desarrollar un uso de tecnología capaz de monitorear la situación y generar alertas que activen respuestas”, sugiere Soares, mencionando el empleo de drones, radares móviles y una mejor coordinación entre los organismos de fiscalización y las autoridades de los países vecinos.

Otra acción clave es ofrecer a las comunidades locales alternativas económicas que generen ingresos, preserven la selva y mantengan sus modos de vida tradicionales, con el objetivo de evitar su vinculación con el narcotráfico y prevenir el establecimiento de grupos criminales con control monopólico en la región.

La disputa por el control del tráfico en la Amazonía

El Foro Brasileño de Seguridad Pública ya había señalado en un informe de 2022, citado en el estudio sobre los “ríos de cocaína”, la disputa por el control del tráfico en la Amazonía. La investigación destaca que, entre 2015 y 2016, facciones del sudeste de Brasil, como el Comando Vermelho (de Río de Janeiro) y el Primer Comando de la Capital (PCC, de São Paulo), comenzaron a disputar el dominio de la región.

El informe también menciona que “algunas facciones locales comprendieron mejor los mecanismos de funcionamiento de las redes ilegales en la Amazonía”, lo que llevó al surgimiento de organizaciones criminales regionales, como la Familia del Norte, en el estado de Amazonas.

Los investigadores del Insper y la Universidad de São Paulo (USP) analizaron las tasas de homicidios a partir de 2015 para evaluar si hubo un aumento de muertes debido a la intervención de estas facciones. Sin embargo, los datos muestran que la tasa de homicidios se mantuvo relativamente estable desde la implementación de la restricción aérea en 2004.

Finalmente, los investigadores subrayan que, además de los esfuerzos nacionales para contener el crimen organizado, es fundamental una cooperación internacional, “especialmente en la región andina, para garantizar un enfoque coordinado contra el tráfico de cocaína, con un mayor intercambio de información y mejores prácticas de seguridad transnacional”.

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El río Amazonas se está secando: advierten sobre el cambio climático

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El Gobierno de Brasil anunció que planea dragar varios tramos del río Amazonas debido a que el nivel del agua se está reduciendo a pozas superficiales de tan solo unos metros de profundidad. Se recogerían sedimentos en cuatro tramos estratégicos de su cauce y se trasladarían a zonas donde el agua es más profunda. 

La decisión permitirá la circulación de personas y mercancías, incluso en tiempos de sequía, explicaron fuentes oficiales.

Científicos advirtieron podrían quedar huellas duraderas en los sistemas acuáticos y perjudicarían las plantas y los animales.

El Servicio Geológico de Brasil informó que en septiembre el río descendió a su nivel más bajo jamás registrado, unos 7.6 metros por debajo de la media para esta época del año.

El director del Departamento Nacional de Infraestructuras de Transporte, Fabricio de Oliveira Galvão, expresó: “En algunos lugares, prácticamente podemos ver la vegetación en la superficie del río, el agua está tan baja que las plantas del lecho quedan expuestas”.

La cuenca del río Amazonas se delimita a partir de la divisoria de aguas y comprende la superficie que ocupa el río y sus miles de tributarios, cubriendo una extensión de 7.352.112 km2, en seis países: Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela

El río Amazonas es una importante vía de comunicación. 

El descenso de las aguas impactó de manera negativa el trasiego de personas y cargas vitales a través de embarcaciones, así como el acceso de buques de carga al centro internacional de producción de Manaos.

Pero no son las únicas actividades afectadas. De acuerdo con el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), la sequía generó un incremento en septiembre de 0,44 por ciento en los precios (mayor variación del mes desde 2021) y un 0,50 por ciento en precios de los alimentos.

Debido al aporte de la generación hidroeléctrica a la matriz energética nacional, la falta de precipitaciones también encareció la electricidad, causando un aumento de casi 0.90 reales cada 100 kWh.

Temperatura en alza

El investigador de la Universidad Federal de Santa Catarina, en Brasil, Bernardo Flores, resaltó que en algunas regiones de la Amazonía la temperatura media aumentó un 2 por ciento desde la década de 1980 y, según los pronósticos, continuará subiendo.

Flores expresó: “Toda la Amazonia se está calentando mucho más … y esto tiene una influencia enorme. La sequía actual está asociada a estas temperaturas mucho más altas”.

El cambio climático, la deforestación y los constantes incendios son la razón principal de la sequía en la región y, por consiguiente, del descenso de las aguas del río Amazonas.

El río Amazonas nace en la cordillera andina a 6600 metros sobre el nivel del mar y desemboca  en el océano Atlántico. 

En la cuenca del Amazonas se conocen más de 2700 especies de peces (1900 de las cuales son endémicas), lo que supone aproximadamente el 8 % de las especies de peces del mundo. Cada año se describen aproximadamente 35 nuevas especies, a una media de una cada 10 días.

Más allá de su asombrosa diversidad de vida, el río Amazonas es una fuente de vida para los más de 47 millones de personas que viven en sus riberas y en toda su cuenca. 

Casi 2,2 millones de indígenas, que representan a más de 400 grupos étnicos diferentes, llaman a la cuenca su hogar. 

Para muchos, el pescado del río es su principal fuente de proteínas. Una sola persona puede consumir cerca de 500 g de pescado al día en ciertas comunidades. 

El propio río y los animales que viven en él son venerados en las culturas locales.

No obstante, la salud del río Amazonas se está viendo amenazada. Las presas hidroeléctricas, las especies invasoras y la contaminación siguen degradando sus aguas. 

La deforestación y la conversión a la agricultura, la minería, la expansión urbana y otras tensiones afectan también al flujo y la calidad del agua que entra en el río.

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La bioeconomía amazónica: un camino imprescindible para el desarrollo sostenible

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Escribe Mario Lubetkin / Inter Press Service – La Amazonia se encuentra en un momento crítico. A pesar de su abundante biodiversidad, su riqueza cultural y su incalculable valor ambiental, enfrenta serias amenazas que ponen en riesgo su futuro y el de las comunidades que dependen de ella. Los altos índices de pobreza, la desigualdad y los desafíos ambientales comprometen el progreso de sus habitantes y su capacidad para acceder a alimentos seguros y nutritivos.

Este vasto territorio, que abarca Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Suriname y Venezuela, no es solo una fuente de recursos naturales, sino también el hogar de 50 millones de personas y más de 400 pueblos indígenas y diversas comunidades tradicionales.

Las soluciones para los retos de la Amazonia no solo deben llegar desde el exterior, sino que, fundamentalmente, deben nacer del corazón mismo de las comunidades. Son ellas quienes poseen el conocimiento local y la fuerza para proponer acciones hacia un futuro sostenible.

Aquí es donde cobra relevancia el concepto de la bioeconomía amazónica, que plantea aprovechar de forma sostenible e inclusiva los recursos naturales de la región, beneficiando a las poblaciones locales.

Aunque es una propuesta prometedora, el camino incluye diversos desafíos. Los riesgos climáticos, la deforestación y las desigualdades agravan las dificultades para establecer un modelo económico que funcione tanto para las personas como para la naturaleza.

No podemos permitir la continuidad de modelos de negocio que sacrifiquen la biodiversidad y los recursos naturales, pues, inevitablemente, estaremos frente a un colapso irreversible. Por ello, es crucial promover mecanismos que permitan generar un desarrollo económico sostenible, mejorando el acceso a alimentos, incrementando ingresos, creando empleo y elevando las condiciones de vida.

El encuentro de los “Diálogos Amazónicos”, organizado por la FAO y el gobierno de Brasil hace un año en Belém, abrió la puerta para que múltiples sectores – academia, sociedad civil, sector público, sector privado, pueblos indígenas – discutieran cómo abordar este desafío.

Como resultado, ocho países firmaron la Declaración de Belém, con 113 objetivos para avanzar hacia el desarrollo sostenible de la región. La conclusión fue clara: la bioeconomía puede ser un pilar fundamental, pero requiere un enfoque integral y multisectorial.

La FAO, junto con la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (Otca), continúa trabajando para garantizar la seguridad alimentaria y nutricional, reducir la pobreza y fortalecer cadenas de valor sostenibles en la región, a través de acciones orientadas a mejorar la productividad, generar bienes públicos e impulsar la bioeconomía, brindando perspectivas de un futuro mejor.

Por medio de la iniciativa Mano de la Mano, la FAO impulsa un programa de inversiones con tres componentes: fortalecer los bienes públicos y la formulación de políticas; garantizar el acceso a servicios digitales y la conectividad; y desarrollar cadenas de valor sostenibles, especialmente en la gestión de las cuencas hídricas y los recursos pesqueros.

La bioeconomía amazónica no es solo un modelo económico; es una oportunidad para reforzar nuestra relación con la naturaleza, reconociendo a la Amazonía como un patrimonio que debemos proteger y valorar.

Avanzar en este camino requiere un enfoque intersectorial con la participación de comunidades, gobiernos, sector privado y financiero, y la academia.

Debemos mantenernos activos en los foros y espacios de diálogo, como el Foro Mundial de Inversiones 2024, que se celebrará del 15 al 17 de octubre en Roma, Italia, donde los países presentarán sus programas de inversión ante entidades financieras, públicas y privadas, interesadas en apoyar el desarrollo de diferentes cadenas de valor.

Este es un esfuerzo colectivo. Juntos, podemos lograr una transformación inclusiva en el bioma amazónico, protegiendo su biodiversidad y creando sistemas agroalimentarios más eficientes, inclusivos, resilientes y sostenibles, sin dejar a nadie atrás.

Mario Lubetkin subdirector general de la FAO y su representante regional para América Latina y el Caribe.
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