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El maracaná lomo rojo está cerca de volver a la selva misionera: 11 ejemplares entrenándose y nació el primer pichón

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El regreso del maracaná lomo rojo a los cielos de Misiones ya dejó de ser una simple aspiración conservacionista para transformarse en un proyecto con resultados concretos. Después de tres años de trabajo silencioso en el extremo norte de la provincia, once ejemplares atraviesan la última etapa de entrenamiento para su futura liberación, nació el primer pichón en cautiverio en décadas y una red de siete instituciones coordina el mayor programa de reintroducción de esta especie jamás desarrollado en Argentina.

Cada uno de esos avances representa un paso hacia un objetivo que parecía imposible hace apenas unos años: devolver al Bosque Atlántico a un ave que desapareció del país hace casi cuatro décadas.

Todo ocurre en un rincón privilegiado de Misiones. A unos 30 kilómetros del centro de Comandante Andresito, un camino de tierra atraviesa chacras, yerbales y un monte que se vuelve cada vez más cerrado. Allí, donde la Península Andresito se interna como una cuña entre el río Iguazú y el Parque Nacional del mismo nombre, se encuentra la Reserva Natural Puente Verde, un sitio elegido por Aves Argentinas para liderar uno de los proyectos de restauración ecológica más ambiciosos del país.

No es casual que el lugar haya sido seleccionado para semejante desafío. Las 183 hectáreas de Puente Verde funcionan como un verdadero puente biológico entre el Parque Nacional Iguazú, el parque brasileño y una red de áreas protegidas públicas y privadas que conforman uno de los paisajes mejor conservados del Bosque Atlántico.

En ese corredor todavía sobreviven 282 especies de aves, tapires, pecaríes, monos, agutíes y el yaguareté, cuya presencia continúa registrándose mediante cámaras trampa. Ahora ese escenario se prepara para recuperar otra pieza fundamental de su biodiversidad.

Un ave que desapareció de la Argentina

El maracaná lomo rojo (Primolius maracana) fue durante siglos un habitante habitual de las selvas del Alto Paraná. Su plumaje verde intenso, el característico color rojizo del lomo y su potente vocalización formaban parte del paisaje sonoro de Misiones.

Hasta que dejó de escucharse.

El último registro confirmado corresponde a 1988, cuando una bandada de apenas seis individuos fue observada por última vez en territorio argentino. Desde entonces, la especie quedó considerada como localmente extinta.

Puente verde, conexión salvaje

Las razones nunca pudieron atribuirse a una única causa. Los investigadores coinciden en que la desaparición respondió a una combinación de factores: la pérdida de grandes árboles utilizados para nidificar, el avance de la frontera agropecuaria, la persecución por conflictos con cultivos, la captura para el comercio ilegal de mascotas y la degradación progresiva del Bosque Atlántico.

Paradójicamente, Misiones aún conserva una superficie importante de selva apta para sostener poblaciones silvestres. Por eso el desafío ya no consiste solamente en proteger el monte, sino en devolverle una especie que alguna vez fue parte de él.

Mucho más que criar aves

El Proyecto Maracaná, impulsado por Aves Argentinas, articula el trabajo del Ministerio de Ecología de Misiones, el Instituto Misionero de Biodiversidad (IMiBio), Güirá Oga, la Fundación Félix de Azara y otros centros especializados.

Sofia Zalazar – Coordinadora del proyecto – ©Krissia Borja

La estrategia va mucho más allá de criar ejemplares en cautiverio. Cada ave atraviesa primero un período de cuarentena sanitaria en Güirá Oga, donde veterinarios realizan exhaustivos controles de salud. Recién después son trasladadas a Puente Verde, donde comienza la etapa más delicada de todo el proceso.

Los maracanás deben volver a aprender a vivir como animales silvestres. Durante meses desarrollan vuelo sostenido, fortalecen vínculos sociales con otros individuos, aprenden a reconocer frutos nativos, exploran el monte y adquieren conductas que les permitan identificar y evitar depredadores.

Cada comportamiento es monitoreado por especialistas antes de definir si el ejemplar está preparado para enfrentar la vida en libertad. Los once individuos que actualmente integran el programa ya transitan esa fase decisiva.

Uno de los momentos más importantes llegó con el nacimiento del primer pichón de maracaná lomo rojo obtenido dentro del proyecto, un hecho que los conservacionistas consideran histórico para la especie en Argentina.

Más que un nacimiento, representa una prueba de que el programa comenzó a consolidar una población capaz de reproducirse bajo manejo técnico. Ese logro fortalece las perspectivas de futuras liberaciones y demuestra que las condiciones creadas por el proyecto funcionan.

La reintroducción del maracaná sería inviable sin un trabajo paralelo sobre el ambiente. En Puente Verde se restauran sectores degradados de selva, se producen miles de árboles nativos en viveros propios y se fortalecen corredores biológicos junto a productores rurales de la Península Andresito.

El objetivo es garantizar que, cuando las aves recuperen la libertad, encuentren alimento, refugio y árboles adecuados para reproducirse. Conservar una especie implica también reconstruir el ecosistema del que depende.

Una alianza con la comunidad

El proyecto también apuesta a cambiar la relación entre las personas y la selva. Los equipos técnicos trabajan con vecinos, escuelas y productores para que la conservación deje de verse como una restricción y pase a convertirse en una oportunidad de desarrollo local.

En Andresito, donde numerosas chacras ya participan de corredores biológicos y reservas privadas, esa transformación comienza a ser visible.

La reciente habilitación oficial del Centro de Manejo de Especies de Puente Verde, administrado por Aves Argentinas, fortalece esa estrategia. El establecimiento será el espacio donde continuarán las tareas de rescate, rehabilitación, reproducción y entrenamiento de fauna silvestre amenazada, ampliando la capacidad de la provincia para desarrollar programas de restauración de especies.

Recuperar una parte de la identidad de Misiones

El maracaná lomo rojo todavía no volvió a volar libre sobre la selva misionera. Pero hoy ese regreso parece mucho más cercano que hace tres años.

Los once ejemplares en entrenamiento, el primer nacimiento en cautiverio y la consolidación de una red institucional especializada muestran que el proyecto dejó atrás la etapa de las ideas para ingresar en la de los resultados.

Si las próximas fases se desarrollan como esperan los especialistas, no solo regresará un loro que desapareció de la Argentina en 1988. Volverá también una parte del paisaje sonoro, ecológico y cultural de la selva misionera. Porque recuperar una especie no significa únicamente sumar un nombre más a una lista de fauna protegida: significa devolverle al bosque una pieza de su historia y demostrar que la restauración de la naturaleza, cuando se sostiene en el tiempo, puede convertir una ausencia de casi cuarenta años en una nueva oportunidad.

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Kantu: un nuevo yaguareté registrado en la región del Alto Iguazú y el décimo para la Reserva La Morita

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Un nuevo yaguareté fue registrado en la región del Alto Iguazú y el décimo para la Reserva La Morita.

Lo más significativo de este registro es que se trata de un ejemplar, muy probablemente una hembra, que no había sido avistado antes en Argentina ni en Brasil. Sus primeras imágenes fueron capturadas por nuestras cámaras trampa el pasado 3 de junio a las 16.30 hs.

¿Por qué Kantu? Kantu proviene del quechua y es una flor sagrada originaria de los Andes de Perú y Bolivia, que simboliza la unión con la naturaleza, el respeto por el mundo natural y sus ciclos. Un nombre que elegimos desde Bayka y un significado poderoso para el felino más grande de América y su resiliencia contra la extinción.

Agradecemos a @proyectoyaguarete por su colaboración en la identificación. Compartir los datos de nuestras campañas de monitoreo con los equipos científicos que lideran la protección de esta especie es una de las formas más concretas que podemos aportar para su conservación.

La aparición de Kantu no es casualidad: es el resultado directo de proteger corredores biológicos y mantener ecosistemas vivos. Diez yaguaretés registrados en La Morita, y los dos últimos con menos de un mes de diferencia entre sí. Cada uno, una señal de que proteger el Bosque Atlántico tiene sentido.

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El Loro Pecho Vinoso resiste en Misiones: las acciones para evitar su desaparición

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El Bosque Atlántico es uno de los puntos más biodiversos del planeta, pero también uno de los más amenazados, habiendo perdido el 84% de su cobertura original. En este escenario crítico, las poblaciones de Loro Pecho Vinoso (Amazona vinacea) también se han visto afectadas. Aunque hace un siglo sus bandadas eran tan inmensas que lograban oscurecer el cielo, hoy la especie está catalogada como En Peligro a nivel global y en Peligro Crítico en Argentina, donde se estima que sobreviven menos de 500 individuos. 

Frente a este desafío, Aves Argentinas, el Ministerio de Ecología y el Instituto Misionero de Biodiversidad, impulsan el Proyecto Loro Vinoso, un esfuerzo colectivo enfocado en revertir su declive y mejorar el éxito reproductivo de la especie en el norte de Misiones. 

Las amenazas que enfrenta el Loro Vinoso

La mayor parte de la población remanente de este carismático loro en Argentina se concentra en Tobuna, una pequeña localidad del departamento de San Pedro, Misiones. Allí, los fragmentos de selva nativa coexisten con un paisaje dominado por chacras familiares dedicadas a cultivos como la yerba mate, el tabaco y el maíz.  En este entorno, el Loro Vinoso enfrenta amenazas como la pérdida y fragmentación del hábitat, la falta de cavidades naturales para nidificar debido a la tala de árboles de gran porte y el saqueo de pichones. 

Líneas de acción de la temporada 2025

Durante la última temporada reproductiva, se estableció la Estación Biológica, un espacio clave para el desarrollo del proyecto. Desde allí, el equipo trabajó en estrategias clave para favorecer el aumento de la población de esta especie amenazada.

1. Monitoreo poblacional y conteos. Desde el año 2005, se realizan censos colaborativos junto a investigadores, guardaparques y voluntarios. Este 2025, los conteos se realizaron tanto en Argentina, como en Brasil y Paraguay. En Argentina la población se mantiene estable, pero en un número crítico, donde quedan alrededor de 323 individuos. 

2. Instalación de cajas nido. Para mitigar la falta de cavidades naturales, este 2025 se diseñaron e instalaron 40 cajas nido en árboles nativos, en estrecha colaboración con las familias locales que permiten colocarlas dentro de sus propiedades. 

3. Monitoreo de parejas y nidos. Es una de las actividades centrales del proyecto, donde se identifican parejas y localizan sus cavidades mediante recorridos a pie por chacras y fragmentos de selva. De esta manera, se puede observar su comportamiento y seguir sus desplazamientos. 

4. Estudios ecológicos. Se realiza el seguimiento de los pichones para conocer las áreas que utilizan para alimentarse, descansar y desplazarse, además de comprender mejor cuántos pichones sobreviven en la temporada. Para ello, los pichones son marcados y, cuando es posible, equipados con transmisores que permiten registrar sus desplazamientos y comportamiento.

“Esta temporada fue clave para el Loro vinoso. La instalación de las cajas nido, el monitoreo de parejas y pichones, el conteo poblacional y todas las líneas de acción del proyecto fueron posibles gracias al trabajo en red de investigadores, voluntarios, madrinas, padrinos de nidos y a las familias de las chacras que son parte de este gran proyecto para salvar a una especie en peligro crítico”, expresó Sofía Zalazar, de Aves Argentinas. 

Cada temporada nos demuestra que, con el apoyo científico, institucional y el involucramiento de la comunidad, es posible brindarle al Loro Vinoso una oportunidad de recuperación.

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La selva como activo: la empresa que consiguió US$7 millones para restaurar bosques en Misiones

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En una provincia donde históricamente la riqueza se midió por lo que se extraía del monte -madera, yerba, té, tabaco o biodiversidad convertida en recurso-, está sucediendo una transformación silenciosa. Tardará años en verse, pero que comienza a transformarse en un legado a perpetuidad. En lugar de cortar monte, de expandir la frontera agraria, hay quienes vieron el negocio en reforestar, en cuidar, en replantar monte caído. Y el negocio está funcionando: consiguió inversiones por siete millones de dólares. 

La firma detrás de esta transformación es Nideport, que encontró en Misiones el laboratorio perfecto para desarrollar créditos de carbono de alta integridad. Hace seis meses, el proyecto Selva Paranaense Vida Nativa – GS1, desarrollado por la empresa Nideport, obtuvo la certificación internacional de Verra bajo los estándares VCS (Verified Carbon Standard) y CCB Gold Label (Climate, Community & Biodiversity – Nivel Oro), el máximo nivel de reconocimiento global por su impacto en clima, comunidad y biodiversidad.

La certificación de 138.000 créditos de carbono (VCUs) posiciona a Vida Nativa como uno de los proyectos de restauración de selvas tropicales más grandes del mundo y el primero de bosque nativo en Argentina en alcanzar este nivel de validación. La certificación abarca dos años, 2021 y 2022, sobre la retención de emisiones en la selva misionera.

Verra -la misma entidad que certifica los bonos de carbono del programa jurisdiccional de Misiones– garantiza que estos créditos poseen trazabilidad, adicionalidad y permanencia verificable, lo que les otorga credibilidad y competitividad en los mercados internacionales.

Juan Núñez -junto a su socio Tomás Gutiérrez– es uno de los empresarios detrás de uno de los proyectos más singulares de la nueva economía verde argentina: transformar la recuperación de bosque nativo degradado en un activo rentable, escalable y financieramente sostenible.

No podíamos depender de la filantropía. Salvar la selva tenía que ser rentable, porque si no, nunca iba a escalar”, resume, con una frase que funciona como manifiesto de época. “Entendíamos que la filantropía para nosotros no era el camino y que también para que eso sea escalable necesitamos que tuviera rentabilidad. Como cualquier negocio”.

No habla desde el ambientalismo tradicional. Es abogado, viene del mundo de la tecnología y la seguridad, con formación en Israel y trayectoria lejos del universo forestal. Pero encontró en la crisis climática una certeza brutal: el sistema natural del planeta ya no logra regenerarse solo.

“Los umbrales biológicos ya están prácticamente cruzados. El mundo ya no se regenera naturalmente”, dice. “La economía global depende mucho de lo que sucede con los bosques, con la producción incluso hídrica de los ríos y demás, tienen origen en los bosques”.

Juan Núñez y Tomás Gutierrez son los socios fundadores de Nideport, que certificó bonos de carbono en Misiones.

Y allí nació la pregunta fundacional: si toda la economía global depende de los bosques -del agua, del clima, de los suelos, de la biodiversidad-, ¿por qué restaurarlos no podía ser también un gran negocio?

La respuesta apareció en el mercado de créditos de carbono.

Ese sistema, consolidado tras el Protocolo de Kioto y luego reforzado por el Acuerdo de París, permite que empresas que emiten dióxido de carbono compensen su huella comprando créditos generados por proyectos que capturan o evitan emisiones.

Pero no todos los créditos son iguales.

Nideport eligió trabajar en el segmento más exigente y más valorizado: créditos asociados a restauración real de naturaleza, con impacto medible en biodiversidad, trazabilidad tecnológica y licencia social validada con comunidades locales.

“Hoy el mercado está orientado a créditos que restauran la naturaleza. Eso es lo que hacemos nosotros”, explica. “Es un tipo de producto barra servicio ideado para hacer un negocio detrás de restaurar el planeta”.

La compañía emite créditos certificados bajo estándares internacionales de máxima exigencia, entre ellos Verra, principal referencia global del mercado voluntario de carbono, además de la distinción CCB Gold -la máxima calificación por impacto positivo en clima, biodiversidad y comunidades- y una calificación A de Sylvera, que la ubica entre los proyectos IFM de mayor integridad y desempeño del mercado .

La sustentabilidad en Nideport, se construye con datos. La empresa desarrolló una plataforma tecnológica propia basada en inteligencia artificial, drones autónomos y monitoreo forestal en tiempo real que permite supervisar grandes extensiones de bosque y detectar amenazas ambientales antes de que se conviertan en daño irreversible.

Cada árbol plantado está georreferenciado. Cada avance del bosque puede medirse y cada riesgo puede anticiparse.

La estructura incluye tecnología LiDAR, fotogrametría, sensores IoT para detección temprana de incendios e intrusiones, cámaras trampa, cámaras en vivo, imágenes satelitales y protocolos de seguridad orientados a prevenir incendios, monitorear deforestación y detectar incluso caza furtiva en zonas críticas .

Además, incorporan blockchain para garantizar transparencia y trazabilidad total de los créditos emitidos, una condición central en un mercado donde la credibilidad define el valor.

Misiones no es el único territorio en el que invierten. En Uruguay están en la etapa de planificación, gestión y análisis de nuevos ecosistemas y proyectan una expansión global con más de 2 millones de hectáreas evaluadas en múltiples países. 

El desembarco en Misiones no fue casual. Uno de los founders tenía tierras en la provincia y fue el anzuelo. Luego, ante complicaciones sucesorias, iniciaron la búsqueda de nuevos campos y encontraron una oportunidad única en el norte misionero: superficies de bosque nativo degradado por décadas de tala selectiva.

“Entendiendo que había una gran oportunidad en Misiones por toda la actividad forestal de bosques nativos”, relata.

No se trata de selva virgen, pero tampoco tierra perdida. Territorios donde todavía sobrevive entre el 20% y el 30% de la biomasa original de un bosque prístino.

“Buscamos tierras que compatibilicen con la emisión de crédito de carbono y que impliquen la necesidad de restaurarlas. Ese es el punto”, explica. “En nuestro caso, en el primer campo que estamos desarrollando, la biomasa está más o menos en un 20% de un bosque prístino”.

Su proyecto insignia es Vida Nativa, en San Pedro, frontera con Brasil: una intervención de 22.878,5 hectáreas sobre el Bosque Atlántico misionero, uno de los ecosistemas más biodiversos y amenazados del continente .

Se trata de una ex forestal belga atravesada por cuatro sierras, con una geografía compleja y una biodiversidad que aún resiste: más de 50 especies endémicas y al menos diez especies en peligro de extinción, incluido el yaguareté .

El modelo fue de arrendamiento con opción a compra. “El arrendamiento genera la rentabilidad que tenía por la extracción de madera, pero con muchos menos conflictos y riesgos”, explica Núñez. “Después adquirimos la tierra y ya la preservamos a perpetuidad”.

Plantar no alcanza: restaurar lleva décadas

Hablar de árboles puede sonar simple. No lo es. La restauración ecológica seria no consiste en plantar especies en línea para una foto institucional.

Implica entender el suelo, los doseles, la dinámica, los corredores biológicos y la recuperación funcional del ecosistema.

En Nideport comenzaron con ensayos en 2021. En 2022 iniciaron plantaciones.

Entre 2023 y 2024 ya superaron los 40.000 árboles nativos plantados y mantienen una proyección de 100.000 árboles para 2026.

“Queremos alcanzar los 100 mil árboles por año, pero con rigor científico. Primero hay que entender el suelo y cómo responde el bosque”, explica. “Hoy ya estamos en 30 mil árboles por año”.

La intervención cubre entre 200 y 300 hectáreas por año, dependiendo del nivel de degradación y de la presencia de “bambucias”, esas etapas de transición natural del monte.

Restaurar completamente un bosque puede llevar entre 20 y 60 años. En algunos casos, incluso siglos.

“La selva puede tardar entre 500 y 1000 años en restaurarse sola. Nosotros aceleramos ese proceso”, dice.

Además, el proyecto ya incorporó una estrategia de conservación a 100 años, una definición poco habitual incluso dentro del mercado internacional de carbono .

Lo que empezó como una idea entre amigos durante la pandemia terminó atrayendo a uno de los fondos más relevantes de América Latina.

“Surge de un grupo de amigos. A mí particularmente se me ocurre que no podíamos ir por la filantropía. Ya conocía el mercado de créditos de carbono por otro inicio de negocio y empezamos a plantear esa idea. Nos agarra la pandemia y en lugar de dedicarle tiempo a Netflix decidimos empezar a desarrollar el modelo”, recuerda.

Draper Cygnus -ligado a Tim Draper, histórico inversor de Tesla y SpaceX- tomó participación en la compañía. Hoy posee el 10%.

En total, entre equity y deuda de impacto, Nideport levantó cerca de siete millones de dólares.

Entre los inversores figuran además Koi Ventures, Antom.la, Alma Vest y Embarca, fondos vinculados a innovación climática y capital de impacto .

Ese capital permitió desarrollar tecnología propia, certificar créditos de carbono -una barrera que muchos proyectos nunca logran superar- y comenzar la fase de retorno. Hoy el negocio ya es rentable.

“Sí, es un negocio rentable. Supera el 40% de retorno”, afirma. “Ya somos un proyecto que logró certificar créditos de carbono, algo que muchos desarrolladores nunca llegan a conseguir”.

Pero advierte: no es un negocio rápido. Requiere paciencia, certificación, tiempo y credibilidad.

No hay greenwashing posible cuando se trabaja con estándares internacionales serios.

En tiempos donde la sustentabilidad suele reducirse a discursos corporativos, Núñez insiste en una premisa poco habitual en el mundo financiero: antes que cualquier aprobación política, importa la licencia social.

Antes que cualquier oficina pública. Primero, la comunidad Mbya.

“Lo importante para nosotros es que el cacique y la comunidad nos den su consentimiento con la comunidad. Eso está antes que cualquier político o estructura de gobierno, los dueños ancestrales de la tierra”, afirma.

Y profundiza: “Eso es el modelo principal. Una vez que tenemos la licencia social, que fue lo primero que hicimos antes de tocar cualquier planta o poner un pie en la tierra, logramos esa aprobación”.

La comunidad Tekoa Alecrín fue el primer actor consultado y hoy forma parte estructural del proyecto, junto al trabajo con cooperativas locales, fortalecimiento comunitario, acceso al agua potable, mejoras habitacionales tradicionales, apoyo educativo y empleo local.

“Nos juntamos con la comunidad, con las cooperativas locales, con el intendente de San Pedro que tiene una apertura muy interesante, y con esa base de licencia social ya estamos conformes”, explica.

Después llegaron las cooperativas, el municipio y recién luego el resto del sistema institucional. En el negocio del carbono, sin legitimidad territorial, no hay proyecto posible.

La burocracia argentina y la urgencia del planeta

Misiones avanza en una estructura provincial para créditos de carbono. La Nación también tiene registros y marcos regulatorios.

Pero para Núñez, el problema sigue siendo la velocidad. “Misiones está recién teniendo una estructura bastante sólida”, señala. “La Nación tiene un tratamiento sobre los créditos de carbono y un registro, pero son realmente estructuras muy burocráticas. Llevamos años en conversación”.

Y ahí aparece una tensión profunda entre la urgencia climática y la lentitud estatal.

Mientras el planeta pierde entre 10 y 20 millones de hectáreas de bosque por año, la regulación suele caminar a velocidad de expediente.

“Si tuviésemos un mercado de créditos de carbono regulado como existe en Japón, en Paraguay o en México, estaríamos en la panacea, pero bueno, es la Argentina”, ironiza Núñez.

“La humanidad necesita restaurar 2.500 millones de hectáreas de bosques desaparecidos”, advierte.

La visión corporativa ya está planteada con una meta concreta: restaurar 45 millones de hectáreas hacia 2035 y consolidarse como referente regional en soluciones climáticas basadas en la naturaleza .

Núñez no evita hablar del contexto político ni de la mirada ambiental del Gobierno nacional.

Sabe que el presidente Javier Milei tiene una visión distante respecto del cambio climático y la agenda ambiental, pero asegura que eso no modifica la convicción de la empresa.

“El Presidente tiene su visión sobre el planeta y sobre lo que es el cambio climático, la restauración ambiental; nosotros tenemos la nuestra”, afirma.

Y remata con una definición que resume su postura: “Así como él no lo frena a nadie, nosotros tampoco, y veremos el impacto que tiene cada uno en el tiempo”.

El legado: devolverle algo a la tierra

Hay una frase que atraviesa toda la conversación y que define más que un modelo de negocios.

“Nosotros generamos recursos naturales donde la mayoría de los modelos se basan en extraer recursos naturales”, dice.

Núñez sabe que el capitalismo define las reglas actuales del juego. Y si la única forma de salvar bosques es que salvarlos sea rentable, entonces prefiere jugar ahí.

“Ojalá que los árboles no tuviesen que pagar por ser salvados. Esto lo hablamos mucho internamente. Nosotros no creamos eso ni pusimos eso ahí”, admite.

“De alguna manera nuestro trabajo y nuestro fundamento es devolver a la tierra lo que está quitando la humanidad”, sostiene. “No sé si es una mochila que nos corresponde, pero sí que asumimos”.

Y concluye con una mirada de largo plazo: “Yo creo que las generaciones futuras particularmente no nos lo van a agradecer. Hoy no sé si se siente tanto, pero estamos muy convencidos de lo que hacemos”.

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Validan internacionalmente 17 zonas críticas para proteger la biodiversidad en Misiones

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La provincia sumó 17 nuevos sitios identificados como Áreas Claves para la Biodiversidad (KBA), un instrumento internacional que orienta políticas de conservación y define zonas de prioridad ecológica de importancia global. La ampliación del mapa de territorios estratégicos fue confirmada por Andrés Bosso, coordinador del Programa NEA de Aves Argentinas, quien destacó que Misiones “es pionera” en este tipo de procesos y se convierte en el primer Estado provincial en cumplir con los estándares globales de identificación de KBA.

Las nuevas delimitaciones no implican la creación de áreas protegidas, sino la definición de contornos que requieren mayor atención en restauración, educación ambiental, reintroducción de especies y planificación territorial. El reconocimiento fortalece la posición de Misiones en la agenda ambiental y en la toma de decisiones ante futuros proyectos de infraestructura y financiamiento.

Un proceso científico con validación internacional y participación institucional amplia

En diálogo con LT17 Radio Provincia, Bosso recordó que el trabajo comenzó hace varios años, cuando Aves Argentinas coordinó un ejercicio científico para priorizar territorios claves para la conservación de la naturaleza. Se trató de un trabajo conjunto con casi una veintena de instituciones, entre ellas numerosos institutos del CONICET, Parques Nacionales, el Ministerio de Ecología y organizaciones no gubernamentales.

El coordinador explicó que se trató de una actualización de un estudio previo realizado “veinte años atrás”, pero que en esa ocasión solo abarcaba aves. En cambio, esta nueva fase incluyó mamíferos, anfibios, reptiles, peces y flora, con criterios ampliados para identificar especies amenazadas, endémicas, de distribución restringida o congregatorias.

Evaluamos especies amenazadas, endémicas de distribución restringida, congregatorias, y eso nos vincula con el territorio y nos permite fijar los contornos de cuáles son las hectáreas más valiosas”, sostuvo Bosso. El resultado acumulado supera el millón de hectáreas identificadas, aunque aclaró que la provincia cuenta con “unas quinientas y pico mil hectáreas” bajo protección efectiva, cifra que describió como “muchísimo, más que la media nacional”.

El informe completo fue publicado en un libro disponible en la página oficial de la organización. Luego, el material fue sometido a la revisión del secretariado internacional KBA, con sede en Inglaterra y respaldado por ocho instituciones globales. Su rol es verificar que los datos cumplan con criterios estandarizados a nivel mundial.

Este proceso —señaló Bosso— permite que áreas como Iguazú, Posadas y alrededores o Campo San Juan posean la misma jerarquía en los registros globales que sitios emblemáticos como el Parque Nacional Kruger, en Sudáfrica.

Impacto territorial: un mapa que incide en decisiones productivas, ambientales y financieras

Bosso remarcó que la información generada tiene implicancias concretas en las políticas públicas y en la evaluación de proyectos. “Las agencias de cooperación internacional o las entidades financieras cruzan los datos. Si alguien pide un préstamo o presenta un proyecto de infraestructura, aparece el mapa: ‘ojo que acá está el Parque Provincial Uruguay’, ‘ojo que acá está Iguazú’”, ilustró.

El coordinador también puso el foco en un aspecto geográfico clave: la necesidad de fortalecer la conservación en el sur de Misiones, una zona históricamente relegada frente a la mayor visibilidad del norte. “El sur también existe”, afirmó, al observar que muchos fragmentos de alto valor ecológico se encuentran “bastante huérfanos” de protección. Actualmente, estima que allí se contabilizan “unas quinientas hectáreas protegidas”, aunque destacó los avances municipales, como reservas locales en Salto Encantado, Corpus, Aristóbulo del Valle y Santa Ana, y la creación del Paisaje Protegido Arroyo Cazador.

Para Bosso, la consolidación de estas áreas claves es el resultado de un trabajo sostenido y coordinado: “Trabajamos mucho, y hay una correspondencia de instituciones públicas y privadas que están siempre a favor del Bosque Atlántico”.

Especies determinantes y el compromiso misionero: por qué estos sitios son estratégicos

Entre las especies señaladas como indicadores para definir las áreas críticas aparecen el carpintero canela, la ranita llorona y la mentita del monte, todas con poblaciones reducidas y distribuciones extremadamente acotadas. “Algunas están exclusivamente en el Bosque Atlántico”, explicó Bosso.

La magnitud del desafío se dimensiona cuando describe el retroceso de este ecosistema: hace cien años, el Bosque Atlántico abarcaba una superficie similar “a toda la Patagonia Argentina”, incluyendo Paraguay, Misiones y gran parte de Brasil. Hoy, “la superficie remanente sería lo que ocupa la provincia de Neuquén”, fragmentada en apenas diez bloques principales, siendo Misiones el más grande, con “cerca del cincuenta por ciento” del remanente.

Esto implica una responsabilidad directa: “Lo que haga Misiones es determinante. No sirve lo que haga otra provincia con especies que solo existen aquí”, enfatizó.

En términos cotidianos, Bosso ilustró la importancia de conservar estos territorios con ejemplos concretos: la regulación térmica bajo la sombra de la selva, la retención hídrica de los más de 800 arroyos de la provincia y el impacto económico del turismo asociado a parques como Iguazú, que combina 67.000 hectáreas de selva protegida en Argentina, 84.000 en el Parque Provincial Uruguay y 180.000 en su par brasileño.

Conservar la naturaleza, por suerte, en Misiones no es algo que haya que explicar demasiado”, afirmó. Además, destacó el rol institucional del Ministerio de Ecología, que “nunca se devaluó ni degradó”, y del Instituto Misionero de Biodiversidad, actores que consolidan una política ambiental sostenida en el tiempo.

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