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Un campo más conectado a internet: ¿ahorros millonarios y facilidades para las familias?

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Ahorros de hasta 1.750 millones de dólares para el país, más acceso a la salud y educación, mejorar el uso de nuevas tecnologías, potenciar producciones regionales y hasta facilitar la vida en las regiones. Un estudio mide los impactos sociales y económicos de una mayor cobertura de internet. “La conectividad rural en Argentina”, con el caso testigo Venado Tuerto.

FADA (Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina) en conjunto con Telecom realizaron un estudio que mide el Valor que agrega la conectividad rural. El informe destaca que a mayor cobertura de internet en zonas rurales más ahorros para toda la comunidad rural: reducción de traslados, monitoreo poscosecha, monitoreo y control animal, trámites online, agricultura de precisión y control de malezas y mantenimiento preventivo. El caso testigo de Venado Tuerto.

“Puede medirse en términos económicos y sociales como más empleo, mejor acceso a la educación y la salud, mayor arraigo, ahorros en transporte, monitoreos, controles. También el impacto ambiental con la menor emisión de CO2 por ahorros en transporte. El informe revela que se generarían ahorros en la producción agropecuaria nacional por USD 1750 millones”, afirma David Miazzo, economista Jefe FADA. El informe se presenta en Expoagro el Martes 7 de Marzo a las 17 hs. en el Auditorio Agronegocios Pampero con una charla a cargo de David Miazzo, economista Jefe FADA junto a Telecom.

Las estimaciones se realizaron sobre soluciones tecnológicas hoy disponibles, pero si se dispone de conectividad hay mucho más en el horizonte que aún no dimensionamos. Por eso son estimaciones muy conservadoras, el impacto sin duda es mayor. Es como medir el impacto del email estimando cuanto nos ahorramos en mandar cartas físicas, explica Miazzo.”

Ahorros por la conectividad rural: El caso testigo Venado Tuerto

El informe toma como caso testigo para medir los impactos a la zona denominada Clúster Venado Tuerto. Esta región se encuentra en el núcleo productivo agropecuario del país y genera un Valor Bruto de Producción agropecuario de USD 4.778 millones, en promedio por año.

Los ahorros y mejoras productivas para la región podrían significar en un año productivo un total de USD 133 millones. Los ahorros se distribuyen en seis categorías: Reducción de traslados (USD 27,8 millones), Monitoreo poscosecha (USD 31,6 millones), Monitoreo y control animal (USD 30,7 millones), Trámites online (USD 4,4 millones) Agricultura de precisión y control de malezas (USD 35,7 millones) y Mantenimiento preventivo (USD 2,9 millones).

Si extrapolamos los resultados de estos seis ahorros mencionados a la producción agropecuaria argentina, se generan ahorros totales por un valor de USD 1.750 millones.

Mejoras en la calidad de vida

“Mucho se habla del arraigo y la vida en el campo, para eso es imprescindible la conectividad. Las familias de los productores y los trabajadores rurales son quienes más tienen para ganar con la conectividad. Abre posibilidades de educación a distancia, capacitación, telemedicina, inclusión financiera y empleo remoto, entre otras oportunidades”, sostienen desde FADA.

Gracias a la conectividad se pueden ver mejoras en cuanto a empleo, ya que se puede obtener más información de mejor calidad, lo que abre nuevas oportunidades creativas y comerciales y hasta realizar teletrabajo. También si se piensa en las posibilidades de educación: permite acceder a gran cantidad de contenidos digitales para la etapa de escuela como así también permite estudiar una carrera terciaria o universitaria de forma remota. Poder trabajar o a distancia es un punto clave para la familia del productor o trabajador del campo. 

También tiene impactos en la salud, porque permite el acceso a información y a la telemedicina, servicios de mucho valor tanto para las personas como para el personal de salud en zonas rurales, alejadas de los centros de salud de alta complejidad y médicos especialistas.

Un eje que no puede dejarse de lado es el tema de la seguridad: el internet permite brindar distintas soluciones de seguridad para una mejor protección de las familias, lo que incentivaría aún más a que vivan en el campo.

“Con una mayor conexión de internet se agilizan trámites de distintos organismos, que pueden realizarse online. También se puede acceder a gran cantidad de herramientas financieras de transacción, ahorro y crédito. Se puede contactar con nuevos proveedores, lo que amplía la oferta de productos como así también llegar a nuevos clientes”, sostiene Miazzo.

“Otro punto importantísimo en el impacto ambiental de una mejor conectividad rural: con la tecnología se reducen las emisiones de CO2 como resultado de menos viajes y transporte, cambio en el consumo de energía y cambios en la contaminación del aire”, concluyen desde FADA.

ANEXO / Algunos números de “El valor que agrega la conectividad rural”

-El Clúster Venado Tuerto genera un Valor Bruto de Producción agropecuario de USD 4.778 millones, en promedio por año, de los cuales: 

– cereales y oleaginosas aporta USD 3.995 millones; 

– porcinos USD 94 millones; 

– bovinos USD 488,5 millones; 

-lácteo, a salida del tambo, USD 200,5 millones.

-Los ahorros por la conectividad rural pueden dividirse en 6 categorías:

– Ahorro por Reducción de traslados: USD 27,8 millones;

– Ahorro por Monitoreo poscosecha: USD 31,6 millones. De estos, USD 11 millones son por ahorros en maíz y USD 20,6 millones en la producción de soja;

– Ahorro por Monitoreo y control animal: USD 30,7 millones, derivados de ahorro en labores, reducción de mortandad y mayor productividad en grasa láctea;

– Ahorro por Trámites online: USD 4,4 millones, por eficiencia en emisiones de Documentos de Tránsito Electrónico y Cartas de Porte;

– Ahorro por Agricultura de precisión y control de malezas: USD 35,7 millones;

– Ahorro por Mantenimiento preventivo: USD 2,9 millones.

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Si hay ideología, no hay agroecología

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(Manifiesto campesino).

No es difícil descubrir cómo la agroecología viene siendo, cada vez para más personas, una alternativa digna de prestar interés frente a un capitalismo decrépito y en desplome estructural. 

Éste estadío monopolista del modo de producción ha corroído de manera irreversible los cimientos de cualquier contrato social habido y por haber, de manera que ya no existen espacios para ningún “american dream” dentro de la ideología del sálvese quien pueda y el Peak Oil. 

Mucho se dice en redes sobre cómo, a través de una humanidad ordenada por un paradigma como la agroecología, sería posible recuperar la cordura y la resiliencia frente a las inéditas coyunturas impuestas por el colapso generalizado de un modelo injusto que ya no da para más. 

Pero ¿es ésto acaso una apertura para el renacer de ideologías alternativas como el comunismo?

De esto nada se dice y considero fundamental sentar al menos ciertas bases que den orden y sustancia a tan complejo debate y del cual emana tanta trascendencia y significación, sobre todo en este particular presente, donde aparentemente todo es digno de llamarse comunista, mientras esté dentro de un meme con destino a un público de muy rudimentarios elementos de juicio. Al tiempo que las pseudo izquierdas oportunistas se relamen por hincar sus dientes a todo aquello que tenga, circunstancialmente, tintes de popular. 

Capitalismo y comunismo es materia de ciencia social ampliamente estudiado en innumerables textos y de los cuales sería imposible reproducir aquí siquiera una escueta síntesis, dado su complejidad que impacta en todos los órdenes de la vida y de la historia como humanidad. Desgraciadamente, en ésta suerte de “era de la desinformación masiva” hemos creído todos que basta con Google para dar sentido a nuestros postulados y creencias, mientras que las universidades, resignan de rodillas su función social ordenadora, frente a la vorágine irreflexiva, que impuso el modelo hegemónico mundial, como andamiaje para el sostén del status quo. 

Como lo que aquí se propone tiene como médula la agroecología, veremos qué es exactamente éste paradigma usando como contraste lo que las ideologías clásicas intentan hacer con él, simplificando así el presente artículo, el cual adolesce de un espacio insuficiente para un abordaje más profundo y amplio. 

En este sentido vale dar inicio desde lo más obvio. Tanto el capitalismo como el comunismo, son ideologías. Es decir un conjunto de postulados, reunidos bajo un relato de ordenamiento lógico – temporal, con arreglo a la necesidad de brindar, a quien a ello suscriba, herramientas y modelos conceptuales de interpretación de la realidad.

Una ideología es por tanto un molde, adoptado o impuesto, que estructura y condiciona nuestro pensar y sentir.

¿Puede estar la agroecología dentro de las ideologías clásicas o es acaso una nueva ideología que aflora?

La respuesta es simple, aunque no es obvia. 

La agroecología no es, ni podrá ser nunca, una ideología, sino que se trata más bien de algo a lo que podemos llamar “cosmogonía”. Se trata así, no de postulados que rigen un condicionamiento en particular, sino del espacio donde estos postulados se enraizan y florecen. 

No nos habla de pensamientos sino más bien de la inteligencia que conduce la percepción del entorno, cuando la mente analítica y condicionada cesa en su parloteo habitual, revelando así que uno no es sus pensamientos. 

Es sí, sin embargo, algo que entra en los cánones de aquello a lo que podemos denominar Paradigma, ya que éste, al ser más abarcativo, nos remite más a la idea de “posicionamiento lógico”, (aunque este no sea matemático) y no tanto a ideología.

La Agroecologia, al tener como meta la reconexión con nuestras cualidades naturales, podría ser percibido como análogo al lo que se entiende por “comunismo primitivo”, pero dado que el mismo está basado en las condiciones materiales de existencia, sus ordenamientos sociales pertinentes, y formas de conciencia características, aún no puede decirse de él más que lo que se aprecia desde el materialismo dialéctico arqueológico, desde esa óptica en especial y no mucho más. 

Es decir, lo que se ha podido inferir hasta el presente sobre nuestras comunidades humanas ancestrales, no ha podido ser más que juicios de valor que se imponen a las rudimentarias evidencias. Dicho de otra manera, meras especulaciones y creencias sobre cualidades de nuestra especie de las que ya no sabemos nada.

Los aportes de Marx y Engels, en este sentido sólo expone deducciones y sentencias posibles, a partir del particular lente con el que nos invitan a observar.

Cabe mencionar, para el lector desprevenido, que cuando hablamos de comunismo, hablamos de una ideología que nace allá para fines del siglo XIX, y que expresa una original síntesis entre los debates clásicos, para entonces referenciados con la obra de Hegel por el idealismo y Feuerbach como exponente del materialismo más ortodoxo. 

Tomando de ambos, aquellos conceptos que evaluaron acertados pero insuficientes, se forja el compilado de obras que dan sustento científico a lo que se conoce, en su manifestación política como comunismo. 

Siendo el socialismo la mera transición hacia la sociedad idílica, sin clases sociales, dirigida por una dictadura del proletariado. 

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” nos dice Marx, en su más genial de las Tesis sobre Feuerbach y puede decirse que ésto sí está perfectamente alineado con la agroecología ya que no se trata de misticismo y abstracción sino de una relación de aprendizaje en la práctica de interacción con los fenómenos objetivables de aquello que encierra la naturaleza, la cual ya esta en sí transformándose por motus propio. Sin embargo, el constructo teórico marxista, al inocular la dialéctica hegeliana e introducir así la noción de conflicto, se aleja de la Agroecología, debido a que la misma, no concibe en la interacción de la vida más que cooperación y equilibrio en movimiento fruto de la entropía. 

La naturaleza para la agroecología no es algo que esté “allá afuera”. Naturaleza es lo que somos, no como parte constitutiva, sino como agentes u órganos sensibles en la percepción de la totalidad. 

La ideología perversa del capitalismo, que Marx y Engels intentaron expulsar por la puerta, volvió a entrar por la ventana. Es decir, darle a la humanidad nuevamente la facultad de ser “naturalmente” egoístas y competitivos. Noción dada por también por la lógica de la escasez y la irremediable lucha aparente que esto suscita. 

De allí que su praxis derive siempre y de manera inevitable en un desarrollismo de ambición infinita, quedando así en parentesco con aquello que aspiraba a transformar, y siendo así mismo otra mera justificación para la destrucción sistemática del planeta. 

Capitalismo y comunismo se hermanan como ideología en la creencia de que el ser humano está en lucha con la naturaleza, y esto es así porque es lo que hace toda ideología, independientemente de sus aspiraciones y orígenes. La Ideología es mente cartesiana, fragmentada, confundida. 

La Agroecología no nos habla de tesis y antítesis, sino más bien de una percepción directa y práctica de la realidad como fenómeno de flujo unificado, que es imposible de percibir desde la mente fragmentaria, que analiza a partir de la infinita disección de los elementos. Agroecología es por tanto darse cuenta de “lo que es”, en ausencia de los opuestos, acompasados con una mecánica instruida por lo que el físico David Bohm llama Orden Implicado. 

Claro, merece mencionar, que para cuando el marxismo era confeccionado, nada se sabía aún de “el gato de Schrödinger”, ni de micorrizas o Teoría de Cuerdas. 

Lo que se logró por estos brillantes intelectuales alemanes hace dos siglos es una verdadera obra maestra que supo resumir coherentemente todas las implicancias socio culturales sugeridas por lo más avanzado en materia de ciencia y tecnología de la época. 

El precio que pagamos, con el sacrificio de millones de personas entregadas al anhelo de un futuro utópico, fue demasiado elevado. Ante el sacrosanto altar del devenir derramamos la sangre de generaciones enteras. 

La promesa de futuro nos alejó del “continuum” donde la vida real se manifiesta. 

Allí, donde las ideologías nunca indagaron, en “el ahora” es donde transcurre la totalidad como manifestación sensorial asequible. 

Allí es donde está la agroecología. 

El marxismo pudo intuir la disfunción pero su insuficiencia teórica está, como vimos trágicamente atrapada en las limitaciones científicas vigentes hasta ese momento. 

La dialéctica es un error que termina por invalidar la real capacidad transformadora de la especie, llevando todos sus esfuerzos en alentar cambios en un mundo que nunca fue más que el reflejo de patrones de conducta condicionados, no desde alguna superestructura jurídico e institucional, sino de lo que podría llamarse más bien como una enfermedad mental colectiva  de orígenes inscritos hace eones.

Lo que padecemos es más grave y más profundo que la desigualdad material de la existencia. Nuestra disfunción está en la estructura de la mente,  no en su contenido. 

Resolver las carencias materiales no es atacar las causas sino los síntomas. 

Hace falta por tanto una revolución holística que anida en la responsabilidad de los individuos, no de la masa.

Al decir de Krishnamurti, “hay una sola Revolución, la revolución interior”, que nos permita acceder a una libertad vívida, sin creencias ni autopercepción separatista ante la vida, que es en esencia, un fenómeno no divisible y en movimiento eterno.

Esa revolución es un Estado del Ser, no una ideología. Está en contacto con la ausencia de conflictos, no es que juzga su inexistencia. Practica la unicidad siendo la totalidad, no un fragmento de la misma. 

Una revolución ya no de las ideas, sino de la interioridad que sana, mediante reajustes “no interpretativos” que naturalmente suceden ante la ausencia del Yo.

Esto es Agroecologia. 

Y no es coquetear con Hegel, porque nada aquí está más cercano al mundo material, pero es un mundo material que está vivo, que es inteligente, que es consciente y al que pertenecemos por nuestra misma naturaleza. 

Agroecología es Paz, inteligencia y cooperación con todo, sin que sea fruto de ningún esfuerzo mental, físico ni espiritual; porque su consecución no se halla en el futuro. 

No depende de lo mucho que acumulas, interna y externamente, sino de lo mucho que te deshagas de todo ello antes de recibir la gracia del retorno a tus cualidades inherentes. 

Agroecología no es ideología y puedo seguir describiendo lo antedicho con miles de palabras más, pero todas ellas no son LO QUE ES, sino apenas letreros en un complejo y peligroso camino llamado estar vivo. 

Si bien no es una ideología,  a ciencia cierta, nadie puede decirte qué es Agroecología… eso es algo que uno solamente es capaz de darse cuenta, sin elección, en el ahora.

Agroecología es epifanía. Es estar presente, es vivir en conexión involuntaria y atemporal. 

Los enormes deseos del capitalismo para que su aguijón pervertido llamado New Age sea la desviación suficiente, no darán jamás resultados, porque mientras exista humanidad, habrá quien despierte. Mientras haya un despertar, habrá Agroecología.

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Sin agroecología ya no habrá ni pan

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No son muchos los argumentos que aún les quedan a las multinacionales del agro para defender su posición dominante en materia de producción de alimentos. Sostienen, entre sus banderas más preciadas, que solo es a través de sus nocivas prácticas que puede lograrse garantías de abastecimiento para la seguridad alimentaria de la humanidad.

Las experiencias, que a lo largo y ancho del planeta se vienen haciendo con metodologías alternativas, no tienen aún la capacidad de constituir la unidad ideológica capaz de hacerle frente a los poderosos intereses económicos en juego, y la propaganda en sus múltiples expresiones, no permite tampoco se infiltren en los productores más que aquello que hace a la defensa de sus intereses corporativos y monopólicos.

Hablamos de empresas con dimensiones difíciles de imaginar. Archer Daniel Midland (ADM), BUNGE, CARGILL y Louis Dreyfus son las mayores multinacionales para la producción, procesamiento y manufactura del mundo. Gigantes que controlan el 80 por ciento del volumen comercial mundial de alimentos, y de los cuales los primeros tres son de Estados Unidos y la última de Francia. Las cuatro firmas mostraron en 2021 ingresos de casi 330 mil millones de dólares en total solo para ese año.

Pequeños, medianos y grandes productores agrícolas dependen directa o indirectamente de estas empresas multinacionales para el crédito, las semillas, la maquinaria, los fertilizantes, los pesticidas y la comercialización. Lo controlan todo y de esta manera se aseguran que, a pesar de que han destruido ya casi el 90 por ciento de los mejores suelos del mundo, que han sido responsables significativamente de la destrucción del clima, que tienen en sus espaldas la demanda de millones de personas hoy con serias afecciones de salud fruto de consumir sus mercancías; a pesar de todo esto y muchas otras atrocidades contra la humanidad que aún se investigan, siguen ostentando su cómodo privilegio de ser en quienes depositamos la confianza de garantizar el sustento de nuestras familias. 

Garantías ya inexistentes en absoluto, no solo por el cambio climático, sino fundamentalmente a partir de las recientes coyunturas geopolíticas globales, de crisis energética y guerra, que dejan incapaz al mercado de abastecer con los insumos básicos para el campo, en especial lo concerniente a los fertilizantes de síntesis química.

Los precios de la urea por ejemplo, se han triplicado así, en los últimos 12 meses haciendo que las cotizaciones nominales de los precios en el Mar Negro, pasaran de 245 USD por tonelada en noviembre de 2020 a 901 en noviembre de 2021. 

Hoy se vive un serio riesgo de hambruna planetaria y la agroecología cobra así una relevancia inédita para cualquiera, ya que independientemente del lobby feroz existente los números ya no cierran para nadie.

¿No hay realmente más opciones en materia de producción de alimentos?

¿Hay algún país que esté acaso intentando hacer las cosas de otra manera?

En abril del año pasado, se publicó en la Revista Cuba Debate, un artículo muy completo acerca de la situación de ese país en relación a los avances logrados en materia de agroecología. Lamentablemente pasó desapercibido para muchos, en especial para aquellos empeñados en negar el potencial que tienen las metodologías orientadas a sustituir los dañinos insumos y prácticas culturales del agronegocio.

Allí se detalla que “…ante la contundente carencia de recursos de importación como los fertilizantes químicos que no llegan, quienes soportan la tremenda responsabilidad de sacarle mayor provecho a la tierra para producir alimentos han de buscar alternativas, con la mirada puesta en los saberes ancestrales y la ciencia del momento”. 

Los problemas de abastecimiento de insumos en un país que padece el bloqueo económico más largo de la historia hacen de Cuba el ejemplo perfecto para mostrar cómo, fruto de la carestía y a pesar de ella, es posible propiciar formas sustentables de producción. “El año anterior -continúa el citado artículo- fue muy crítico: se recibió apenas un 10% del volumen de fertilizantes (químicos) previsto. Y en 2022 no hemos recibido un solo gramo para las más de 1.780 hectáreas que sembramos de diferentes cultivos… Se trazó una estrategia para proteger la mayor cantidad de tierra con sustancias orgánicas, a partir de prácticas que nunca debieron descuidarse”.

El precio que este país debió pagar por adherir hace décadas al Agronegocio no difiere en nada al que se suscitó también en toda la región. “Erosión, cambio de carbono orgánico, salinización y sodificación, desequilibrio de nutrientes, pérdida de biodiversidad del suelo, compactación, anegamientos, acidificación y contaminación son algunas de las amenazas en Latinoamérica y la región caribeña. Ante esa realidad insistimos en la agroecología, como alternativa centrada en el ser humano y no en el capital”. Para los ingenieros cubanos se trata de sensatez, “la agroecología no puede ser nuestro plan B frente a una contingencia, sino convertirse en el plan A, para desarrollarnos y ser cada vez más soberanos económicamente. Si un producto orgánico me garantiza un rendimiento igual al del químico, el sentido común indica que debería preferirlo”. Perfecta síntesis de la odisea que se vive hoy en la mayor de las Antillas.

La pregunta inmediata que a todos nos surge tiene que ver con que, más allá de las buenas intenciones, ¿es realmente posible en términos de rendimiento productivo apelar a la agroecología?

Veamos los números que se muestran como evidencia: “…Uno de los agricultores implicados en esta iniciativa, en 2022 obtendrá unas 20 ton de papa por ha, luego de aplicar materia orgánica, caldo sulfocálcico, microorganismos eficientes y biochar (carbón vegetal impregnado de microorganismos), una práctica ancestral que tiene su origen en la Amazonía”.

“Hemos estudiado los niveles de sustitución del producto orgánico sobre el químico, en condiciones de riego y de secano. En nuestro país, obtener 20 ton de yuca (mandioca) por ha hoy se considera una buena producción. Con químicos se pueden cosechar 25, si se atiende bien, y con el fertilizante orgánico logramos 35.

“…en los bancos de semilla de caña, estamos empleando el lixiviado de lombriz con asperjadoras, y ha dado una respuesta positiva: el año pasado le echamos a un campo; lo estimamos a 300 toneladas, y el real fueron 1800. Si pudiéramos aplicar este producto a toda la caña, sería magnífico; el problema es cómo extender la producción del lixiviado, para darle al menos dos pases al cultivo.”

Puede que para usted los números precedentes no tengan mayor relevancia, pero créame que se tratan de datos muy significativos, ya que se trata de una verdadera política de Estado con verdadera aspiración de soberanía. 

Aquí, al sur del continente, en estas tierras con amplias extensiones de cultivos commodities nos quieren hacer creer que el campo, es incapaz de adoptar la Agroecología dado ante todo su inmensidad de extensión, y claro está que, al haberse convertido las prácticas sustentables en fenómenos insignificantes de muy pequeña escala, estos no pueden competir como oferta real de alimentos más que en un reducido segmento del mercado.

Pero, ¿hasta cuándo se supone que podremos seguir así?

Hoy en Argentina, la cosecha de maíz ya se considera totalmente perdida, tal y como sucedió con la campaña de trigo precedente. Se espera que al menos algunas precipitaciones den aliento para la siembra de soja pero dado la falta de fertilizantes químicos nadie puede asegurar que los rindes dejen algo más que solo perdidas. 

Más allá de la experiencia cubana, podemos ver que las experiencias en materia de agroecología en nuestro país son aún dispersas y carentes de difusión. Los Estados provinciales, que a excepción de Misiones, se negaron durante décadas a prever este conflictivo escenario, no atinan más que a permanecer expectantes y temerosos de un muy posible estallido social fruto del hambre. 

Nuestro país no es capaz de garantizar de ninguna manera hoy ni siquiera el pan en la mesa de los argentinos y esto se debe sencillamente a que no se han propiciado experiencias de cultivo a escala de trigo con prácticas e insumos agroecológicos, aun cuando estas experiencias ya existan como emprendimientos aislados y pequeños de aventureros amigos del ambiente y de la tierra, experiencias sin acompañamiento oficial de casi nadie y obviamente sin capital más que el escaso propio. 

La reciente incorporación de un ex Ceo de Syngenta como asesor presidencial no hace más que poner en evidencia la absoluta complicidad del Estado Nacional con la mafia agro industrial genocida, que a su vez ve con expectativa e interés las inminentes góndolas vacías, en pos de sacarle provecho como oportunidad para el impulso de sus nuevos paquetes tecnológicos hiper contaminantes y venenosos como lo son el glufosinato de amonio y los transgénicos del tipo HB4.

Uno puede tener los juicios que crea conveniente para con la historia de un pueblo como el de Cuba, pero aún así no debemos olvidar que para los expertos internacionales, este país es hace mucho un verdadero faro para el movimiento agroecológico y su experiencia como pueblo nos muestra con claridad senderos firmes en un camino difícil pero inevitable. 

Podemos enfrentar y salir victoriosos de la miseria a la que nos somete el capital monopólico, en tanto y en cuanto seamos capaces de reconocer al fin que este modelo que hoy colapsa nos obliga a todos a madurar como sociedad. El paternal contrato social que hemos firmado con quienes han convertido a la alimentación en un negocio debe ser rápidamente sustituido por una humanidad verdaderamente soberana, es decir involucrada y empoderada de por lo menos, su propia alimentación.  

La absoluta entrega de nuestra soberanía alimentaria a empresas multinacionales del agronegocio es una realidad muy triste que debemos aceptar. No valen aquí las declaraciones de interés ni las maquinaciones político partidarias. Deben los Estados tomar posición y acción práctica inmediata en pos de erradicar de una vez y para siempre toda conciliación con intereses en hacer del sufrimiento y la escasez la nueva normalidad.  La agroecología no es una opción en Argentina para que las clases medias puedan darse el lujo de comprar un tomate sin veneno, en este particular siglo naciente, de lo que hablamos es de que sin la agroecología como paradigma dominante, la inanición y sus secuelas sanitarias vendrán a constituirse como la nueva realidad a la que deberás acostumbrarte. 

Si un país en extrema pobreza como Cuba pudo hacer los avances que hizo, cuánto más podría esperarse de un país como Argentina? Por su historia, tradición, infraestructura, capital humano y tecnología, ¿a qué temer?

Hay un solo impedimento hoy para emprender un verdadero camino de soberanía y es el de reconocer como enemigo público al agronegocio criminal. Hagamos que la tierra vuelva a ser de quien la respeta y ama de verdad. Hagamos que la Agroecología crezca en todo el país.

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Volver a la naturaleza para volver a ser humanos

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La urbanidad, como constructo de arquitectura social y cultural, es el fruto de una muy amplia red de cooperación y de trabajo mancomunado que requirió desde siempre mucha organización. 

Ideas que han podido ser plasmadas en la materia al transformarse en producto tangible como cemento, tornillos, acero, cables, asfalto, etc. 

Parece una obviedad pero resulta que la constante especialización del trabajo, la permanente tecnificación de la industria, la educación convencional, entre otros factores que hacen al actual modo de producción y sus sociedades complejas, promueve el trastorno de la alienación, fruto del cual nos percibimos como entes separados de los objetos y la naturaleza. 

Toda la red de manos de obra que permitió a los materiales de construcción y cotidianos suministros llegar a su destino desaparece por completo ante nuestros ojos y se manifiesta así como entidad ajena y “extra – terrestre”.

Lo antes descrito corresponde a un fenómeno ampliamente estudiado en Ciencias Sociales y explica las raíces profundas que hacen a la discapacidad que tenemos para superar las deshumanizantes rutinas que nos adormecen y condicionan en el diario vivir. 

La ciudad es nuestra obra maestra cultural en un sendero que desde el año 3.000 a/C no ha parado de crecer y evolucionar hacia formas cada vez más complejas de producción y reproducción de la vida en entornos artificiales. 

No obstante, el 99% de nuestra historia, es decir aquello que bajo la órbita de la evolución natural, nos hizo seres humanos fue dado en entornos de organización  dentro de ecosistemas naturales con tribus nómadas sin jerarquía ni estratificación, más que aquellas que muy específicas circunstancias podían ocasionalmente exigir y de manera temporal muy breve.

Dos millones y medio de años fueron los que la naturaleza requirió para hacernos parte del reino animal en armonía con el entorno y desde el día que aprendimos a domesticar una semilla (7.000 a/C), no hemos podido dejar de perder esa función de equilibrio participante.

El licenciado madrileño, Jesús García Barcala expresa al respecto que:

“Ningún ser vivo está programado por la naturaleza para proteger su entorno conscientemente. Plantas y animales nacen, crecen, se reproducen y mueren sin ningún objetivo aparte del de su propia supervivencia, y nuestros antepasados prehumanos no eran diferentes. Un Australopithecus Afarensis como la célebre Lucy tomaba un fruto de un árbol, comía hasta saciarse, y seguramente tiraba el resto a una distancia no más larga que la que le permitiría la fuerza de sus brazos. Neandertales y Erectus cazarían lo que pudieran sin pensar jamás en la posibilidad de que alguna especie pudiese extinguirse, como le sucedió después a los mamuts debido a la caza masiva por Homo sapiens apenas hace una decena de miles de años. En todo caso, hasta aquellos días, el reducido número de humanos sobre la Tierra limitó el daño y permitió a la naturaleza repararlo a un ritmo más alto del que se producía. Todo cambió con la aparición de la agricultura… Muy pronto los hombres se vieron en la necesidad de robarle terreno a los bosques, ya fuese talándolos o quemándolos, y de transportar el agua a través de acequias o canales… Nuestros ancestros probablemente tenían la excusa de desconocer los daños que provocaban, nosotros no tenemos ese lujo”

Percibimos una potente connotación pesimista en estas líneas expuestas por el historicismo clásico dejando entrever que la destrucción del medio ambiente aparentemente no es otra cosa más que el resultado de nuestra propia naturaleza, pero ¿qué sabemos en verdad acerca de esas cualidades naturales si es el mismo ser disfuncional quien, desde sus propios condicionamientos se proyecta y observa el pasado? ¿Podemos en verdad saber lo que fuimos sin estar atados a lo que somos?

¿Qué es esto que somos a fin de cuentas?

El neurocientífico Agustín Ibáñez sostiene que: “el ser humano es un ser social, lo que nos hace humanos es la capacidad de entender la mente del otro, pensar en conjunto y empatizar con el otro, eso nos distingue de todas las otras especies sociales, por lo que el cerebro humano está capacitado para hacer grandes cosas, en conjunto, gobernar, construir etc.

Somos seres tremendamente sociales, estamos hiper especializados para capturar lo que los otros piensan y sienten, porque el cerebro está cableado para eso”

Vemos que no está en la descripción precedente nuestro apetito por la destrucción sistemática e impulsiva, que la destrucción de la vida en el planeta no es el resultado obvio de nuestra permanencia en él. El mismo Wikipedia asegura que somos: un “primate caracterizado por el desarrollo de su capacidad intelectual, abstracción, introspección y comunicación de gran complejidad. Seres eminentemente sociales, formando complejas redes asociativas, incluyendo sofisticados sistemas de parentesco”.

Ser humanos es ser capaz de transformar el mundo como resultado de nuestra cualidad cooperativa. Eso es lo único que puede concluirse de lo expuesto. Y las evidencias dejan bien en claro que es lo que hemos venido haciendo de manera constante. Aunque, al tener que padecer tan arraigada la cárcel que representa nuestra enajenación y alienación de la vida, esas transformaciones nos condujeron irremediablemente a la sexta extinción masiva. 

Me arriesgo a sostener que nuestra especie padece simplemente de una enfermedad mental muy emparentada con la esquizofrenia. Porque alteraciones de la personalidad, alucinaciones y pérdida del contacto con la realidad describen a la perfección el conjunto de actitudes, hoy naturalizadas aunque las mismas, de naturales no tengan nada.

Vivimos una encrucijada inédita con el cambio climático y más que nunca la naturaleza reclama que pongamos en acción las habilidades que ella forjó en nosotros. La vida nos está reclutando a un viaje de retorno a nuestra re humanización pero ya no como entes de equilibrio inconsciente tal y como sucedió con nuestros ancestros, sino desde un lugar de participación despierta y por ende colectiva y planificada.

Sin ese salto cualitativo la supervivencia se torna un suplicio paulatino de acostumbramiento a la sentencia irremediable de la desaparición. 

Volver a la naturaleza para volver a ser humanos es el desafío del milenio y éste debe dar por tierra al individualismo egoísta y a la existencia de ser meros consumidores explotados. No hay ya más convivencia posible entre humanidad y capitalismo. El planeta concluyó su amorosa espera paciente.

Las condiciones para revertir el actual estado de cosas están bien dadas y hacen a nuestras condiciones y cualidades naturales. 

Lo que hoy somos no es lo que la evolución de la vida esperó como resultado de su accionar. No somos un experimento fallido de la evolución. Somos sapiens que han usado el regalo de la autodeterminación para construir caminos de despilfarro. 

¿Conoce usted la parábola del hijo pródigo?

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Del campo a la góndola, los precios de los agroalimentos se multiplicaron por 3,6 veces en noviembre

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En noviembre, los precios de los agroalimentos se multiplicaron por 3,6 vecesdesde que salieron del campo (origen) hasta que llegaron a la góndola (destino), según el Índice de Precios en Origen y Destino (IPOD) elaborado por el sector de Economías Regionales de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME). Es decir, los consumidores pagaron $3,6 por cada $1 que recibieron los productores de los 24 productos agropecuarios que componen la canasta IPOD.

En promedio, la participación del productor en el precio final de venta subió a 26,5% en noviembre. Los productores de calabaza obtuvieron la mayor participación (52%) –debido a las inclemencias climáticas en las zonas productoras, como altas temperaturas y falta de precipitaciones-, mientras que la más baja ocurrió en la zanahoria (7%).
 

La brecha en los productos frutihortícolas y en los ganaderos


IPOD frutihortícola: Del campo a la góndola, los precios de las 19 frutas y hortalizas que integran la canasta IPOD se multiplicaron por 5,1 veces en noviembre, por lo que el consumidor pagó $5,1 por cada $1 que recibió el productor frutihortícola.
IPOD ganadero: Por los 5 productos y subproductos ganaderos que componen la canasta IPOD, el consumidor abonó 3,1 veces más de lo que recibió el productor, al igual que el mes pasado.

Mayores y menores brechas IPOD de noviembre

  1. Productos con mayores brechas IPOD mensuales

Entre los 5 productos que presentaron mayor diferencia entre los precios del campo a la góndola, se encuentran la zanahoria (13,9 veces), el limón (12,4), la naranja (9), la manzana roja (8,5) y el zapallito (8,1).
Con respecto a los precios, la zanahoria registró una baja mensual de 1% en los precios al productor, mientras que para el consumidor no mostró variaciones; el limón tuvo una suba mensual del 103,7% en origen -debido a las sequías que afectan especialmente a Salta, lo que reduce la oferta y hace incrementar los precios- y del 24% en destino; en la naranja se observó una suba del 9% en los precios al productor, mientras que en góndola fue del 17,5%; la manzana roja no mostró variaciones en los precios de origen, pero sí aumentó un 12% en destino (por la alta incidencia del consumo energético en las respectivas cámaras de frío); y el zapallito, cuyos precios al productor subieron 1,4%, pero bajaron 30% para el consumidor con respecto al mes anterior. 

  1. Productos con menores brechas IPOD mensuales

Entre los productos que presentaron menor diferencia entre el precio que recibió el productor y el que pagó el consumidor, se encuentran 2 productos de origen animal y 3 frutihortícolas.
La baja brecha entre origen y destino de productos y subproductos ganaderos se debió a que los huevos (2,3 veces) y el pollo (2,4), por lo general, tienen sistemas de producción integrados, lo que significa que todos los actores de sus respectivas cadenas de valor son parte del riesgo del negocio. Además, y con respecto a los precios, la carne de pollo no registró variaciones mensuales en ninguno de los extremos de la cadena, pero sí lo hizo el huevo: registró un aumento del 1% en origen y del 4,5% en destino.
En el caso de la calabaza (1,9), el producto con la brecha más baja por segundo mes consecutivo, los precios al productor aumentaron un 1% y al consumidor, un 14,5%.
El tomate redondo (2,4), por su parte, no registró variaciones en los precios de origen, en tanto en destino la caída fue del 6%.  
Por último, y en relación a la frutilla (2,1), se observó un incremento mensual de los precios del 61,5% en origen, mientras que en destino el aumento llegó al 1%. 

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