La 54ª edición del Festival Nacional de la Música del Litoral y 16ª del Mercosur fue lanzada oficialmente hoy en la capital misionera de Posadas bajo el lema “Volver al origen” y con la particularidad de que por primera vez será transmitida en vivo por la TV Pública.
El evento comenzará el 30 de noviembre y se extenderá hasta el 3 de diciembre en el escenario Alcibíades Alarcón del Anfiteatro Manuel Antonio Ramírez, con la participación de cientos de artistas, entre los cuales se destacan el Chango Spasiuk, el Chaqueño Palavecino, los Alonsitos, los Hermanos Núñez y Raly Barrionuevo, entre más.
La presentación estuvo encabezada por la secretaria de Cultura y Turismo de Posadas, Belén Hernández, quien señaló: “Vamos a tener un festival para todos, para todas las edades y para todos los gustos, realmente vamos a tener una grilla pensada para todos, de mucha calidad y muy variada, para que todos pasemos lindo y disfrutemos de nuestro festival”.
“La grilla no está en orden y la vamos a ir compartiendo estos días”, indicó la funcionaria, luego de lo cual adelantó algunos de los nombres que formarán parte de la programación de este año, como el “Pato” García, Los Encina, Rulo Grabovieski, Amanda de Colombia, Lirá Verá, Los Alonsitos y Los Menchos del Chamamé.
Con respecto a la transmisión en vivo del festival para todo el país, aseguró: “Con el equipamiento que tenemos en la provincia de Misiones lo podemos hacer, así que estamos felices de poder acompañar”.
Por su parte, el director del Ballet Folklórico del Parque del Conocimiento, Luis Marinoni, confirmó que el festival contará con la participación del Ensamble de Bailarines Convocados del Litoral y algunas de las obras representadas en escena serán “Andrés del Litoral” y “Como agua entre los dedos”.
Con respecto a las entradas, se comunicó que en los próximos días se comunicará el valor de las mismas y los lugares donde podrán ser adquiridas.
No cabía un alfiler. Umma abrió el domingo y la convocatoria no defraudó. La Delio Valdez puso la música, los invitados el baile y las sorpresas llegaron de la mano de Chango Spasiuk y los hermanos Núñez, acordeones de Misiones que se subieron al escenario para compartir el ritmo con los visitantes.
La banda familiar y autogestiva más famosa de los últimos tiempos hizo bailar al público misionero con una energía eufórica desde el inicio hasta el final del show.
La Delio Valdez fue protagonista de la noche del domingo en Posadas brindando (se) una fiesta única en su segunda visita a la tierra colorada, con actuaciones, humor, invitados sorpresas y mucha música latinoamericana.
El show comenzó a las 21 de manera explosiva con una escenografía de luces, colores y la orquesta presente, cantando canciones de su último disco El tiempo y la serenata. Este disco nace del gran potencial que tienen los shows de La Delio Valdez en vivo, donde queda demostrado el especial vínculo con el público y el interés de la banda por recorrer distintos paisajes y culturas de la mano de fiestas, festivales populares, y obviamente, de sus propios shows.
De esta manera se convirtieron en un fenómeno popular más allá de Buenos Aires: microestadios del interior del país, como el Quality en Córdoba y el Arena Maipú de Mendoza, recibieron con un soldout este tour..
Después de un repaso de los principales temas del disco, llegó la primera sorpresa de la noche.
A las 21:41 horas Chango Spasiuk se hizo presente en el escenario para compartir sentidos, como le gusta al músico misionero. Una mezcla de cumbia y chamamé se ganó la ovación del público.
“Son amigos míos de años, amo y admiro su música y su gran trabajo por el arte, estoy de paseo por la ciudad y cuando supe que ellos tocaban quise sumarme para compartir con el gran público posadeño, que siempre es un placer tocar acá. Podrán cambiar muchas cosas pero la gente necesita música en vivo, necesita vivir y sentir el arte”, celebró el Chango Spasiuk.
La Delio Valdez (LDV) es una orquesta de cumbia nacida en Buenos Aires, Argentina, en el año 2009. Se trata de una cooperativa de músicos que viene desarrollando una propuesta propia a partir de este ritmo que surca Latinoamérica, como una lengua común en clave musical propia de la región.
LDV retoma la gran tradición orquestal del continente. Su especial organización cooperativa está inspirada en las Orquestas Nacionales de Tango, así como su distinción y teatralidad sobre el escenario, manteniendo también una mirada en las grandes Orquestas Caribeñas de antaño, transforma el baile y el sonido potente y arrollador en una de las características principales de su estilo.
A las 22:25 horas llegó el momento de la segunda sorpresa de la noche que hizo que el precio de las entradas terminara siendo un obsequio para tanta calidad sobre el escenario, donde subieron los hermanos Nuñez, compartiendo escenografía, montando una escena de mesas y sillas al ritmo de la música regional.
El recital estuvo colmado de gente de todas las edades, se pudo observar a grupos de jóvenes, de adultos y también familiares bailando con la banda revelación de cumbia.
Antes de finalizar el show expresaron unas palabras sosteniendo que todo el fruto de años de trabajos lo ven reflejados en cada show, ratificando que no se trata de suerte, sino de un trabajo largo y constante, que busca en cada canción resaltar la esencia de cada uno de los artistas presentes.
La agrupación sostuvo que su propuesta no es ser una mera copia sino que desde la cumbia toma partido y se esfuerza por dialogar e integrar colores que enriquecen la personalidad latinoamericana. La Delio Valdez (LDV) se apropia y le da su impronta a este ritmo de la región, retomando la formación de las grandes Orquestas Colombianas pero con un formato más moderno, combinando lo eléctrico y lo acústico. Un sonido internacional y contemporáneo donde se reflejan las identidades mestizas de la región. El repertorio de la banda combina obras originales con arreglos propios de cumbias pertenecientes al cancionero latinoamericano. Posee una sonoridad variada que combina recursos de géneros como la tradición andina, salsa, rock, jazz o reggae.
Rolling Stone, Facundo Arroyo, foto Yonathan Adamchuk. El guaraní es una lengua que flota sobre lo específico porque en la base hay metáfora. Puede pasar que la palabra que explica lo que es la orilla del río signifique, en la literalidad, labios de río. Puede pasar, también, que esa metáfora sea el puerto de partida hacia algo más profundo. Un significado en movimiento. El nuevo disco del Chango Spasiuk se llama Eiké! y, por supuesto, el significado guaraní está en movimiento. Porque si bien Eiké expresa de arranque el verbo “entrar”, lo que sigue llega hasta el corazón. El acordeonista necesitaba una palabra que refleje tanto el proceso de su disco gestado en pandemia como la unión de otros encierros dispuestos a entrar a su casa. A su corazón. Desde Río de Janeiro, por ejemplo, Jaques Morelenbaum (el gran arreglador de Caetano Veloso y el chelista más importante de la MPB) recibió el track de “Mi pueblo, mi casa, mi ciudad” y lo que pasó después es una nueva disrupción en la carrera de uno de los músicos populares de Argentina que permanecen a la vanguardia. Eiké! como título y “Entrar en el alma” como bajada para que el piano del Chango Spasiuk reelabore su propia obra.
Este nuevo disco contiene doce tracks que revisan la obra de Spasiuk más las canciones “Siete higueras” (Isaco Abitbol), “Puestero lobizón” (de su maestro Luis Ángel Monzón) y “Puerto Tirol” (Heraclio Pérez). Después de cruzarse con Gustavo Santaolalla en 2019 y de anhelar durante varios años trabajar con él, a Chango se le prendió una luz. Desde la soledad de su piano, y el silencio “aterrador” del confinamiento, lo llamó y le preguntó si quería grabar algo sobre la pista de “Pynandí”. Santaolalla, que también estaba encerrado como todos los demás, finalmente aceptó y así Eiké! se volvió un disco colectivo. Algo contrario a lo planeado porque Spasiuk se sentó en pandemia para componer en el piano y lo primero que salió fue “Improvisación para Juana”, dedicada a su hija menor y encapsulada en una resonancia de mil caminos.
Comenzó, entonces, el desfile de nombres trascendentales de todas partes del mundo. Esa etiqueta volverá todo el tiempo sobre la charla que ROLLING STONE mantuvo con el músico en su hogar de Villa Urquiza, en la misma habitación donde se hizo Eiké!. “Esta es la alfombra del arte, esa es la puerta de la tapa y este es el piano en el que grabé, mal, el tema para mi hija”, dice Spasiuk. Para hacer Eiké! aprendió a grabarse y en esa primera prueba borró tres de los cuatro micrófonos de “Improvisación para Juana”. “Después hice varias tomas más pero ninguna fue como la primera, así que decidí que al disco vaya esa toma a pesar de que sólo esté registrada por un micrófono. Es una pena porque este piano suena mejor, pero no hubo caso”, dice el músico, que confía más en la energía de la inspiración que en la perfección técnica.
“Ahora tengo experiencia en producción pero, de alguna manera, volví al punto técnico inicial porque este disco lo grabé con mi compu. Obvio que trabajar con Ian Anderson, Bob Telson, Popi Spatocco y grabar un montón de discos con el portugués Da Silva y con Amílcar Gilabert me enseñaron a producir. Pero cuando llegó la pandemia yo no sabía grabar, y con Nacu Berneri, que es con quien hice Pino Europeo(el disco que revisa sus polcas junto a Chancha Vía Circuito), me mandé. Él me instaló el programa y después con unas videollamadas me fue enseñando”. Con la técnica lista, después fueron cayendo los nombres: Carlos Núñez (flauta), Sixto Corbalán (arpa), Erik Truffaz (trompeta), Boubacar Cissokho (kora), Per Einar Watle (guitarra), Steinar Raknes (contrabajo), Majid Bekkas (laúd) y Gonzalo Arévalo (bendir), entre otros colaboradores habituales de su música como el gran guitarrista Marcelo Dellamea. Como si fuera un Playing for change pero con el centro gravitacional en el chamamé.
Chango cuenta dos de las experiencias. La primera es “Puestero lobizón”, con el foco en el homenaje. El autor de este chamamé es Luis Ángel Monzón y fue alguien importante en la formación de Spasiuk: “Cuando estaba en la secundaria pasaba siempre por mi casa, quería ver en qué andaba, también lo conocía a mi viejo. En su último disco de estudio (Gringo y guaraní, 1986), me invitó a grabar, me llevó a Buenos Aires. Toqué en los viejos estudios de CBS con 17 años, imaginate lo que significa él para mí. El tema es un chamamé muy metido en la radio de la infancia, muy del sonido de esa época. Es la segunda vez que la grabo, la primera lo hice con él en un disco donde el sonido no me gusta mucho (Bailemos y…, 1992)”.
La segunda experiencia es con “Mi pueblo, mi casa, la soledad”, una canción propia que grabó en su disco Tarefero de mis pagos (2004) y en este caso la hizo junto a Jaques Morelenbaum. Es uno de los grandes momentos de Eiké! Hay simpleza y profundidad, un cruce pacífico y amoroso entre acordeón y violonchelo y un aire de improvisación para una música que en términos tradicionales suele ir bien hacia adelante y no dar muchas vueltas. “Giré por Argentina con él y no grabamos nada. Increíble. Yo conocía su música de antes de que sea arreglador de Caetano Veloso, de su época junto a Egberto Gismonti. El proceso arrancó por Gustavo (Santaolalla), pero después empecé a tirar de mi hilo interno y llegué a él. Me mandó tres improvisaciones y yo no elegí una de las tres sino que armé una mixtura. Todas eran bellas pero uno termina eligiendo algo”, cuenta.
Chango Spasiuk presentó Eiké! en Buenos Aires el primer viernes de mayo. Eligió el Teatro Coliseo para adaptar el mundo sonoro del disco. Contó con algunos invitados internacionales como el arpista paraguayo Sixto Corbalán y el guitarrista noruego Per Einar Watle. “De hacer Eiké! algunos de ellos tienen que estar, si no se pierde un poco el sentido de estas uniones”, dice. Para lo demás armó un plan casi jazzero: lanzó la pista de los otros invitados y con su banda (por momentos sexteto, septeto y octeto) lo siguieron. “Por ser un músico de tradición popular parece que tengo que dar explicaciones de eso”, marca Spasiuk y compara la tecnología de la música urbana con la poca problematización por esos mismos modos.
En el contexto del Coliseo, y con las nuevas ideas de Eiké!, la música del Chango Spasiuk se revela. O se vuelve reveladora ante el miedo de la tradición, siempre crítica con su propuesta. Es una música con el centro gravitacional en el chamamé pero que se posiciona a la vanguardia. Como la de Astor Piazzolla o la de Luis Alberto Spinetta. Dos músicos también de referencia para Spasiuk, que cita como mejor lo sabe hacer: tocándolos. “Libertango” y “Seguir viviendo sin tu amor”, para aquella noche en el Coliseo. Para la canción del referente del rock argentino, Spasiuk ofreció su visión sobre la “world music” por la que debe pasearse (“porque para el chamamé no hay mercado”, dice). Ritmo de chamamé mientras un arpa describió la melodía y un guitarrista nórdico bancó la base.
Chango Spasiuk presentó Eiké! en Buenos Aires el primer viernes de mayo (Foto: Ignacio Arnedo)
Desde su casa de Villa Urquiza, que queda a dos cuadras de la que habitaba Luis Alberto Spinetta, dice: “El riesgo del límite es hacia afuera y hacia adentro. Es importante tener siempre en claro el mensaje de uno. ¿Por qué no puedo tocar Hendrix o Spinetta en el acordeón? Los chinos y los japoneses tocan la música de Astor… mirá si yo, que nací en el mismo país, no la voy a poder tocar. Además, ellos son mis espejos”. De repente Spasiuk da una vuelta sobre la misma base en la que está sentado y empieza a tocar el piano con el que grabó su nuevo disco. Cierra los ojos y sale la melodía de “Seguir viviendo sin tu amor”. La corta, hay otro silencio y sigue: “Mi centro de gravedad es mi tradición, pero parto desde ahí hacia otros lugares. Por peso propio esa música termina cayendo a mi mundo. Al menos cuando la búsqueda es honesta”.
Cuando uno ve y escucha a Chango Spasiuk por televisión (Canal Encuentro) o radio (Nacional Folklórica), descubre que su mundo simbólico se construye en la multidisciplina. Hay filosofía, literatura, sufismo, surfismo y antropología musical. Y también hay citas constantes de esos mundos, que son su universo, cuando habla de su música como la siguiente: “La música popular es como ver en el espacio. Es como cuando cocinás: saboreás aunque no lo estés probando. El olor y lo visual suman a lo tangible. En De lo espiritual en el arte (Vasili Kandinsky) se habla del color que da una sensación auditiva. Si hay una profunda conexión con el sonido, ese sonido tiene color, imagen y forma. Uno lo ve. Son cosas que me pasan cuando compongo en el piano. Después está la instancia del acordeón, que es la expresión pura. No hay tanta reflexión, ahí es más expresión”.
Antonio Tarragó Ros dice que el chamamé es para los chamameceros. Al Chango Spasiuk esa definición le encanta. “Yo soy un chamamecero. No necesito que el mainstream me legitime como tal. Es imposible ir hacia la vanguardia sin estar enamorado de la tradición. Si no, es una forma sin contenido que no va a ninguna dirección. Astor Piazzolla fue la persona más vanguardista y también la persona más enamorada de su lenguaje (el tango)”. Después el Chango cita al poeta Rainer Maria Rilke (1875-1926) mientras mira a su perrita Coca, que vigiló atenta la charla. “Ella me salvó de la pandemia”, dice Chango, que vuelve a demostrar qué significa Eiké!: de Rilke a Coca, pasando por el acordeón de Luis Ángel Monzón y la trompeta de Erik Truffaz.
(Por Sergio Arboleya) Ni un corte de luz que truncó buena parte del desarrollo audiovisual de la puesta, ni la noche tormentosa que asoló a Buenos Aires ni las versiones paridas en el contexto distópico de la pandemia hicieron mella en la música de Chango Spasiuk, que anoche encabezó un fantástico concierto de presentación porteña de su más reciente álbum, “Eiké”, ante un Teatro Coliseo repleto.
El autor y acordeonista misionero ratificó el vuelo de su obra, el notable concepto estético que junto a sus acompañantes -estables y ocasionales- es capaz también de imprimir a repertorio ajeno y convirtió una velada hostil y adversa en un documento capaz de dar cuenta de su estatura artística.
A pesar de 15 minutos de corte de energía eléctrica en esa zona del Barrio Norte porteño que interrumpió el espectáculo a cerca de media hora de su inicio, un par de temas tocados sin amplificación para campear la zozobra y el telón/pantalla apagado durante tres cuartos de hora, igualmente Spasiuk regaló una actuación mágica y estupenda.
Si el nacimiento de “Eiké”, la 13ra. estación de un camino discográfico que comenzó en 1989, hizo del encierro y la distancia pandémica dos elementos puestos finalmente a favor de tender puentes entre sus creaciones y artistas diversos y lejanos, las dificultades surgidas de su estreno porteño en vivo terminaron entregando un alegato musical sanador.
En la segunda de tres presentaciones previstas (la primera fue el jueves en Neuquén y la tercera será hoy a las 21 en la sala “Roberto J. Payró” del Auditórium de Mar del Plata), Chango -parafraseando a Silvio Rodríguez en “Solo el amor”- convirtió en milagro el barro.
Y así logró que la revisión de su repertorio, que se planteó en la intimidad y la lejanía con instrumentistas casi todos extranjeros y la mayoría de ellos totalmente ajenos a la música litoraleña, cobrara nueva vida en una puesta sonora exquisita capaz de reunirlo con su estupendo conjunto, con selectos invitados y hasta con el recurso de la pista grabada para dialogar con aquellos aportes foráneos.
Con distintas formaciones que plasmaron el concepto camarístico y ensambles variados que rigen sus arreglos en vivo, el creador tuvo el siempre descomunal aporte de Pablo Farhat (violín), Diego Arolfo (voz y guitarra), Marcos Villalba (percusión, guitarra y voz), Eugenia Turovetzky (violoncello) y Enzo Demartini (acordeón y guitarra).
A ese elenco estable que fluye en embriagador diálogo, se añadieron las visitas del guitarrista noruego Per Einar Watle (con quien en 2019 concretó el proyecto binacional “Hielo Azul Tierra Roja”), el arpista paraguayo Sixto Corbalán, el vientista argentino-cubano Rodrigo Sosa y cuatro fenómenos locales: Andrés Pilar en el piano, Franco Luciani en la armónica, Marcelo Dellamea en la guitarra y Gonzalo Arévalo en percusión.
Pero, además, se escucharon algunos de los notables aportes grabados para el registro como los de Gustavo Santaolalla en ronroco para “Pynandí (Los Descalzos)”; Jaques Morelenbaun en violonchelo para “Mi pueblo, mi casa, la soledad”; la trompeta de Erik Truffaz en “Gratitud”; la percusión africana korá del senegalés Boubacar Cissoko en “Mejillas coloradas”; el laúd del marroquí Majid Bekkas y el bendir de Gonzalo Arévalo en “Tristeza”; entre más.
El recital comenzó a las 21.20 y tuvo un desarrollo planeado que se recostó en el inmenso telón con la imagen de la portada del álbum virtual que combina la exuberante postal selvática de verde y río con una puerta entreabierta, logrando sintetizar el significado de la expresión “Eiké”, que en que en idioma guaraní quiere decir “la invitación a entrar a un espacio interior”.
En esa apertura la voz en off de Spasiuk dio cuenta del pequeño acordeón amarillo con el que aprendió a tocar y expresó: “Aquí comenzó todo y aquí comienza este viaje”.
“Hacer este disco fue un viaje anímico y emocional, mi gran viaje te diría”, le confesó el músico a Télam hace poco menos de un mes, y la travesía se inició con versiones de emblemas que lo formaron: “Siete higueras”, “Puestero Lobizón” y “Puerto Tirol”.
Con el arpista paraguayo Sixto Corbalán y la formación a pleno, la primera ovación llegó en “Canción de amor para Lucía” y se extendió a “Mejillas coloradas” y “Mi pueblo, mi casa, la soledad”.
Pero el apagón pareció querer arruinarlo todo, sin contar con la voluntad del anfitrión que encabezó un par de chamamés a dos acordeones con la sala en penumbras y los sapucays surcando la cerrazón.
“Si no arranca la pantalla seguimos igual. Gran golpe para el ego, pero vamos a salir más refinados”, balbuceó con la dotación mínima de luces, sin las imágenes pero con un sonido de sala, consola y escenario que resistió el embate para que, en definitiva, la música y sus intérpretes hicieran su magia.
Y el hechizo artístico burló todo descalabro y tras el solo de piano de Pilar en “Improvisación para Juana”, a las 22.30 la pantalla renació, se corporizó a espaldas de la orquesta y la festiva “Polca de Juana” dio inicio a una nueva etapa celebratoria de la propuesta.
“Acá se terminó ‘Eiké’. Sean muy bienvenidos. Muchas gracias a todos”, llegó a comentar Chango antes de liderar una descomunal seguidilla chamamecera que tuvo uno de sus puntos salientes con “Chamame crudo”, donde la primerísima imagen del fuego en la pantalla empalmó con un pasaje de alta combustión arriba del escenario.
En ese extenso tramo final que funcionó como continuidad pero, al mismo tiempo, como otro espectáculo posible, sumó a Franco Luciani, quien aportó su endiablada armónica en antológicas visitas a “Agua del fin del mundo” y a “Rita” (esta última con otro aporte de la guitarra de Watle, de quien enseguida se ejecutó el chamamé “Caa Catí”, de su autoría).
Hasta el final, que se extendió bien pasada la medianoche, hubo espacio para clásicos como “Tierra colorada”, “Libertango”, “Seguir viviendo sin tu amor” y “Kilómetro 11”, que terminaron de configurar una epopeya musical capaz de expresarse contra todos los males de este mundo.
El compositor y acordeonista misionero Chango Spasiuk se presentó por primera vez en Cuba, donde tomó parte en la 38va. Edición del Festival Internacional Jazz Plaza de La Habana y el viernes pasado compartió escenario con la legendaria cantante cubana Omara Portuondo.
Acompañado por Julieta Duret en violín, Marcos Villalba en guitarra y percusiones y Diego Adolfo en guitarra y voz, el artista dijo a Télam que la experiencia cubana “es maravillosa porque me encuentra con un pueblo muy musical y súper refinado”.
“El nivel de cualquiera de los músicos es muy estimulante y los conciertos son muy movilizadores. La gente es muy receptiva y muy agradecida por descubrir por primera vez el chamamé, una música que desconocía y eso ha sido como algo increíble para mí”, confesó Chango.
Aunque los lazos culturales entre Cuba y la Argentina saben ser fecundos, Spasiuk relató que “la mayoría de los cubanos no conocen el chamamé pero sí las músicas de Fito Páez, de Astor Piazzolla y de Mercedes Sosa, además de a escritores como Jorge Luis Borges y Julio Cortázar”.
En ese repaso por la visita a la isla, agregó que “no es un país que se conozca mucho el acordeón tampoco. De hecho las charlas en el Conservatorio de Música y en el Simposio, también organizadas en el marco del Festival, arrancaban explicando cómo funciona el acordeón y en qué se parece con el bandoneón”.
Spasiuk celebró la vivencia de “haber descubierto que una vez terminados esos encuentros, estudiantes de cuerdas y vientos ponían chamamé o ‘googleaban’ a (Tránsito) Cocomarola”.
El estreno del músico en tierras cubanas para ser parte de la cita jazzera lo reunió con su coterráneo, el vientista Rodrigo Sosa radicado en Cuba e impulsor de la visita.
De la mano de Sosa, además, y en una de las tres presentaciones previstas dentro del festival, Chango pudo compartir en la Sala Covarrubias con la cantante Portuondo, de 92 años, diva del proyecto Buena Vista Social Club y con más de siete décadas de trayectoria.
“Como Rodrigo –repasó- había grabado en discos de Omara, ella aceptó la invitación pero no pudimos proponerle música nueva porque está con una edad muy avanzada y solamente recuerda las canciones que siempre ha cantado y entre ellas elegimos ‘Yo vengo a ofrecer mi corazón’, de Fito, que ella en algún momento grabó y recordaba”.
El artista subrayó que “Omara aceptó el convite, ensayamos un día antes y vino al concierto y cantó y lo tomamos como una bendición a este viaje porque tampoco es que ella esté cantando mucho en Cuba”.
Por último, Spasiuk contó que el Jazz Plaza “reúne a músicos de todo el mundo que hacen ese género y sus variaciones pero al que nunca había llegado el chamamé. Y para mí y salvando grandes distancias, también me animó a participar el tener como referencia a Astor Piazzolla que demostró que es posible ocupar estos espacios y estos escenarios con nuestros propios mundos sonoros”.