ECONOMIA

¿Distribuir para crecer o crecer para distribuir?

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Informe del Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini y Ortiz (CESO) sobre la relación entre distribución y crecimiento.

Las últimas semanas se reinstauró una discusión tradicional del pensamiento económico: la relación entre distribución y crecimiento. ¿Debe crecerse y a partir de ahí promover una distribución del ingreso más equitativa? ¿Debe repartirse lo que hay sin prestarle atención al nivel de producción? ¿El efecto distributivo puede ser un impulso para el crecimiento? En este informe buscamos repasar los principales argumentos de las distintas visiones incorporando un factor que suele estar ausente en el debate: la restricción social y política que se deriva de tres años de caída en la actividad económica, caída de los ingresos y deterioro en los niveles de vida de las amplias mayorías populares de la argentina. Sectores que son, a su vez, los que confiaron en el Frente de Todos para revertir ese proceso.

Distribuir para ganar elecciones y crecer

Distintas voces – algunas con responsabilidades de gestión o representación y otras con trayectoria en la academia – se manifestaron los últimos días en torno a la disyuntiva entre crecimiento y distribución. Busquemos plantear primero las discusiones en relación a los motores del crecimiento.

Por un lado está la línea ortodoxa ofertista. La conocemos con este nombre porque hace énfasis en el rol del ahorro como motor del crecimiento. La lógica indicaría que un mayor nivel de ganancias permite un mayor ahorro y, según la lógica ortodoxa, de inversión que se traduce en mayor cantidad de puestos de trabajo. Por consiguiente, la desigualdad inicial va disminuyendo a medida que los mayores ahorros inducen un ciclo de acumulación que acrecienta la fuerza de trabajo, con una posición más fortalecida para conseguir mejores remuneraciones porque el desempleo es bajo y los empresarios tienen que empezar a competir más intensamente por la mano de obra. De ahí que se pretenda dar mayores garantías a la rentabilidad mediante menores impuestos, mayor margen para despedir trabajadores, tipo de cambio real elevado y, como el capital tiene muchas veces el centro de decisiones fuera del país, requiere que exista libre movilidad de los capitales para que las ganancias de las grandes empresas vuelvan a sus casas matrices. Esas políticas tendientes a incrementar la desigualdad de corto plazo, “derramarían” hacia la base social cuando ya se hayan consolidado el proceso de acumulación de capital y crecimiento.

El planteo del derrame es criticado desde la heterodoxia, ya que sólo es válido en economías tipo enclave de exportación donde la demanda es externa. En las que el mercado interno tiene peso (y ello es vital para que el circuito de una economía no sea raquítico), la desigualdad merma el consumo popular, disminuyendo las ventas empresariales y manteniendo la economía en el letargo.

La alternativa heterodoxa ve a la actividad económica tirada por la demanda. Esto parte del principio de la demanda efectiva – desarrollado por pensadores como Keynes y Kalecki – que se distingue por entender que en las economías monetarias, los gastos anteceden a los ingresos y los generan. Esto aplica tanto al consumo popular como al gasto realizado como demanda de inversiones (es decir, los gastos que amplían la capacidad productiva). Por el mismo principio, se entiende al ahorro (producción no consumida que no debe confundirse con el excedente monetario de una familia o empresa) como la consecuencia de la inversión (y no como su condición previa). Bajo esta óptica, las políticas de austeridad son un freno a la expansión de la actividad económica ya que el ingreso que no se gasta se escapa del proceso de producción y reproducción (consumo e inversión), achicando los multiplicadores de la economía.

A partir de la distinta proporción a consumir/ahorrar su ingreso que tiene cada sector, surge una relevante perspectiva que integra a la distribución y al crecimiento. En la medida que no todos los sectores gastan el mismo porcentaje de su ingreso, cuando una política pública se dirige a un sector en particular, el impacto en el nivel de actividad puede ser muy diferente. Aquellos sectores que ya tienen un nivel de vida asegurado, cuando se le incrementan los ingresos, probablemente destinen una parte importante al ahorro (y, en Argentina, al atesoramiento en divisas). En cambio, cuando ese incremento de ingresos se da en un sector que tiene demandas postergadas y consumo pospuesto su efecto multiplicador sobre la actividad económica es mayor. Lo central del análisis pasa por el distinto comportamiento de los actores económicos según su ingreso que deriva en diferentes proporciones de consumo del mismo. Bajo esa perspectiva kaleckiana, cuando se redistribuye el ingreso desde la punta de la pirámide hacia su base, se incrementa el consumo medio de la economía y se expande la actividad económica.

En cuanto a la inversión, la principal discusión pasa por definir qué explica la inversión ¿Por qué motivos alguien movilizaría su riqueza para una inversión productiva (porque en la Argentina las inversiones financiadas a partir del crédito son muy bajas)? Una respuesta obvia es que espera que su riqueza termine siendo aún mayor. Para tener esa garantía, necesita que haya demanda de los bienes o servicios que va a producir y que los precios relativos a los que vende le garanticen cierta rentabilidad. Los heterodoxos que sostienen que hay que crecer para distribuir, hacen énfasis en la cuestión de los precios relativos, señalando que no hay lugar para más carga impositiva, incrementos salariales, o regulación de sus precios sin que eso afecte el mínimo margen para hacer viable la estructura de negocios.

Quienes sostienen que la distribución debe preceder al crecimiento indican que el nivel de los salarios reales es bajo desde la comparación histórica y el tipo de cambio real elevado. En ese sentido, la rentabilidad se ve afectada no por un problema de precios relativos, sino de cantidades vendidas que disminuye la capacidad de distribuir los costos fijos y vuelve inviable los proyectos productivos. De esa manera, la forma de sacar la economía de la crisis en que se encuentra es mediante un “shock” redistributivo que impulse la demanda incrementando las cantidades vendidas de las empresas para, de esa manera, mejorar su rentabilidad y estimular su inversión.

La inversión – reiteramos, otro componente de la demanda agregada – que podría traccionar el crecimiento, en la Argentina todavía es muy débil por tres razones: la pandemia, el nivel de capacidad ocioso que todavía existe en muchas industrias, la incertidumbre sobre la estabilidad macroeconómica y el alto componente importado de medios de producción que disminuye sus multiplicadores y complica el saldo comercial. Las respuestas para cada uno de estos problemas son distintas, pero el hecho de que exista elevada capacidad ociosa indica que se puede impulsar una recuperación de corto plazo sin grandes necesidades de inversión.

Un tercer argumento en contra de distribuir para crecer hace mención al problema de la escasez de divisas. Ciertos sectores heterodoxos con peso en algunos ministerios, sostienen que mantener un tipo de cambio real elevado (asociado a una distribución del ingreso desigual), es una condición para sostener el superávit comercial y evitar que la reactivación económica choque con la restricción externa. Sin embargo, la mayor parte de las exportaciones argentinas, basadas en recursos primarios, son rentables aún con un tipo de cambio relativamente retrasado (al menos, luego de que se ajusten los arrendamientos y rentas al nuevo equilibrio distributivo, hecho que se puede potenciar con ciertas regulaciones). Las importaciones, por su parte, se encuentran restringidas con regulaciones y no son demasiado sensibles a los precios relativos (mucho menos con una regulación que permite adquirirlas al tipo de cambio oficial sin ningún tipo de discriminación de uso y sector).

De esa manera, el saldo comercial parece más sensible al nivel de los precios internacionales de las materias primas (hoy muy elevados) y la estructura sectorial por donde se movilice el crecimiento. En ese sentido, desde el CESO venimos insistiendo en evitar una reactivación con un consumo concentrado en sectores con amplia dependencia de insumos importados (electrónica, automotriz…), y la necesidad de priorizar otros con amplios mutiplicadores y bajas importaciones (construcción, servicios sociales. La falta de regulación en la orientación del crédito y las políticas de estímulo distributivo al consumo de sectores medios-altos tiende a concentrar la reactivación del consumo en sectores altamente demandante de divisas, pudiendo derivar en una reactivación que choque rápidamente con un deterioro del saldo comercial similar a la experimentada en 2013.

En materia de atesoramiento de divisas y saldo de turismo, las políticas que tienden a distribuir hacia la base social suelen tener un impacto externo más favorable. El turismo en el exterior y el porcentaje de ahorro en divisas en relación al ingreso suele ser elevado en los sectores medios y altos, en relación a las capas más populares. Ello deriva en que, para un mismo gasto final de divisas, la movilización de recursos internos para la producción es mayor si se impulsa desde una demanda de sectores bajos-medios que si se lo hace sobre el consumo de la clase media-alta.

Es cierto, como sostuvieron algunos, que con crecimiento es más factible redistribuir y que los países con mejores equilibrios sociales son los que tienen un producto per cápita más elevado.

Lo que llama la atención es que desde sectores vinculados a la heterodoxia e incluso a fines al gobierno se pretenda relativizar y postergar las necesidades vitales de una población que sufrió políticas de empobrecimiento deliberadas aduciendo que el crecimiento es un pre-requisito de las mejoras distributivas. La economía política tiene justamente que aportar este enfoque. Dado que muchas corrientes coinciden en que los factores institucionales determinan la distribución ¿por qué no justamente ampliar los límites en favor de los sectores más castigados económicamente?

El mensaje presidencial que sostuvo “primero los últimos” no sólo es lo que necesita la Argentina para enfrentar una delicada situación social, es también una garantía de un mayor crecimiento económico. Es justamente esa relación virtuosa entre la mejora distributiva y la actividad económica la que puede sacar a la argentina del lugar en el que se encuentra. Las mayorías populares tienen que soportar que desde distintos ángulos de la política se las relegue en su disputa por las condiciones básicas de vida. Para crecer es necesario comer, desde abajo hacia arriba. Un principio de justicia social que incluso resulta virtuoso en términos económicos.

El actual piso distributivo no puede ser un equilibrio social ni económico

El proceso de redistribución regresiva que aplicó el gobierno neoliberal de Juntos por el Cambio, dejó como saldo una reducción del 20% en el poder de compra medido en alimentos de la AUH, el haber mínimo jubilatorio y la remuneración promedio de los trabajadores (RIPTE). Eso fue compensado enteramente en 2020 gracias a los bonos otorgados a comienzos de la gestión del Frente de Todos. Este año, sin embargo, no parece existir la misma intensidad en la atención a la base de la pirámide social. El bono anunciado para jubilados en abril es considerablemente menor ($1500 en lugar de los $10000 otorgados al inicio del mandato). Cristalizar esta distribución regresiva para utilizarla como incentivo para la inversión y la generación de empleo puede costarle demasiado caro al Frente de Todos tanto en términos electorales (posterga las demandas de su propia base electoral), mientras que el impacto económico puede ser retrasar la reactivación.

Así como existe un consenso que entiende el rol de los programas de emergencia en la pandemia como un amortiguador en la caída de la actividad económica además de atender una situación social extrema, debería existir un consenso sobre la importancia de una mejor distribución para el crecimiento económico. En 2020, del total de los trabajadores registrados privados que conservaron su trabajo – en total unos 5.8 millones, se perdieron 200 mil empleos con la pandemia -, la mitad salió empatada o por encima de la inflación y la otra mitad salió perdiendo contra la inflación (ver gráfico siguiente). Y si se analiza por el tamaño de la burbuja, aquellos sectores que más perdieron (pesca y minería) son los que tenían ingresos más elevados.

Pero si hacemos la comparación con Diciembre de 2016, en los últimos 4 años casi no hay sector que haya mantenido el poder adquisitivo a excepción del pesquero (ver gráfico siguiente). Esta es la redisitribición negativa que se dio en argentina y es preciso revertir para agrandar el mercado interno, darle capacidad de consumo a la población, demanda a las empresas y, junto con la estabilidad y las vacunas, razones para invertir.

La respuesta debe combinar una parte de gasto público en la mejora de los programas sociales y los salarios estatales con una conducción eficaz de las mesas sectoriales para garantizar que los mayores niveles de actividad producto del rebote económico no se acumule enteramente en el sector empresario. De lo contrario al ciclo siguiente la demanda seguirá flaqueando y vamos a haber ahogado el motor del crecimiento para salir de la crisis.

En este escenario, la rebaja del impuesto a las ganancias que resigna recursos fiscales que provienen del sector de la población trabajadora con un mayor nivel de ingresos (y por ende, una menor propensión al gasto), no parece ser la herramienta más adecuada sino el resultado de un equilibrio político al interior del frente de todos. En términos de reclamo, pareciera estar asociado a otro momento histórico de la Argentina (2011-2015) en el que la puja distributiva se encontraba en su máximo esplendor. Hoy por hoy, podría implicar la pérdida de recursos que tendrían que estar pensados en maximizar el impacto de destrucción de puestos de trabajo que dejó la larga crisis macrista y la pandemia, y en palear el escenario social que tiene las necesidades más básicas insatisfechas.

El FMI y la maldición de malinche

“Tú, hipócrita que te muestras humilde ante el extranjero pero te vuelves soberbio con tus hermanos del pueblo. Oh, maldición de malinche enfermedad del presente ¿Cuándo dejarás mi tierra? ¿Cuándo harás libre a mi gente?” La Maldición de Malinche, Gabriel Palomares

En el mes de noviembre terminó de quedar configurado el cronograma de vencimientos con acreedores privados tras las renegociaciones de la deuda en legislación extranjera y en legislación local. En ese momento mostramos el impacto que tendría incluso el acuerdo más flexible que tiene el FMI en sus estatutos (el “acuerdo de facilidades extendidas” o EFF) con un plazo total de 10 años, sin pagos en los primeros cuatro y medio (ver informe “¿Ceder ante las presiones del FMI o mantener las bases del Frente de Todos?”.

Como se ve, por el volumen de crédito otorgado a la Argentina, los pagos anuales que habría que hacer de lograrse una extensión de plazos standar con el FMI, rondan los 8.000 millones de dólares al año a partir de 2026. Con esto se agrega un 50% más a los compromisos que ya tiene nuestro país. Esto es una carga ajustada que convendría evitar y dejar lo más aliviada para el país posible. De todos modos, es sabido que la política del FMI antes que resolver las situaciones de deuda de los países, suele ser mantenerlos en un escenario de permanente endeudamiento y restructuración, de manera tal de sostenerse como un actor condicionante de las políticas de los países.

Lo llamativo de la situación es que los propios ex funcionarios del gobierno de Macri que pasaron por encima de toda normativa del FMI tras haber triplicado los montos a los que podía acceder Argentina en función de su cuota y haberlos utilizado para sostener una salida de capitales que buscaban cerrar el ciclo de especulación financiera iniciado en 2016, ahora consideran que el pedido de extender el plazo de pago por encima de los diez años no corresponde porque no está contemplado en los estatutos
1 . Es difícil de explicar semejante persistencia en poner siempre a lo último los intereses nacionales y mostrarse obedientes y permeables a los intereses de otras potencias. La cultura mexicana cuenta con un personaje histórico que nos refleja lo perdurable de estas reacciones: la malinche.


1 https://marcelolongobardi.cienradios.com/szewach-analizo-el-discurso-de-cristina-kirchner-o-es-otra-amenaza-o-es-profundizar-el-cepo/

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Misiones: Prefectura secuestró casi once toneladas de granos de soja

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La mercadería iba a ser exportada desde un puerto natural no habilitado, y sin los correspondientes avales aduaneros.

Personal de la Prefectura Naval Argentina incautó casi 11 toneladas de granos de soja de origen ilegal, en un operativo realizado en la localidad misionera de El Soberbio, en coordinación con el Ministerio de Seguridad de la Nación para mantener las fronteras del país seguras.

La mercadería fue secuestrada en un procedimiento, realizado a la altura del kilómetro 1.152 del río Uruguay, en donde personal de la Institución, que patrullaba la zona ribereña para prevenir el delito, detectó un grupo de personas que cargaba bultos en dos embarcaciones embicadas en la costa.

Se trata de 219 bultos con casi once toneladas de granos de soja que pretendían ser exportados sin pasar por los controles aduaneros.

El cargamento, valuado en más de 328.000 pesos, fue puesto a disposición de la Dirección General de Aduanas de Oberá (Misiones).

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Vivir de lo nuestro

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En esta última semana de febrero, se conocieron dos datos que son fundamentales para entender un aspecto clave del presente y futuro misionero, y que tiene que ver con sus recursos.

En primer lugar, la ATM publicó los datos de recaudación propia misionera correspondientes al mes de enero 2021. Recordarán que, durante toda la segunda mitad del 2020, la provincia tuvo récords impensados de alzas de la recaudación, creciendo por encima del 100% en cinco de los últimos seis meses del año, y culminó el 2020 como el líder indiscutible a nivel nacional de crecimientos de la recaudación. En esta línea, enero no fue la excepción: nuevamente la recaudación tuvo un comportamiento notable, alcanzando los $4.137,6 millones (récord nominal, siendo la primera vez que se supera el techo de los cuatro mil millones) y creció en pesos corrientes un 110,8% respecto a enero 2020. Ajustado por el incremento de precios de la región del NEA, el crecimiento interanual real de la recaudación fue del 46,5%.

¿Factores? Varios. Pero sigue cobrando fuerza la cuestión frontera, y a esto se lleva a partir de observar el comportamiento de los tributos y tasas que componen la recaudación total. De los $4.137,6 millones, el 94,4% corresponde al impuesto a los Ingresos Brutos, que es una especie de termómetro de la actividad económica.

Ingresos Brutos terminó enero con un total recaudado por $3.904,2 millones, que equivale a un incremento interanual del ¡119,1%! Y ajustado por alza de precios, el crecimiento real fue del 52,3%. Es decir, creció por encima de la recaudación total.

El resto de los tributos tuvieron comportamientos más volátiles: Sellos creció en términos reales un 17%, mientras que el impuesto automotor y el inmobiliario registraron bajas (-76,5% y -31,9% respectivamente). Por su parte, el conjunto de tasas creció un 71,4% real interanual, a partir de un fuerte incremento de lo recaudado por Tasa Forestal.

De ese modo, se refleja que el crecimiento misionera esta sostenido por el impuesto que rige, como decíamos antes, la actividad económica, lo que nuevamente permite comprobar que la actividad misionera esta experimentando un boom a partir de mantener las fronteras cerradas, que impacta fuertemente sobre todo en localidades como Posadas, y no tanto en otras como Puerto Iguazú, donde el cierre de fronteras perjudica a los comerciantes y a la actividad misma de la localidad.

El crecimiento misionero de enero la vuelve a posicionar como líder a nivel nacional: es la única provincia que supera el 100% de aumento (a pesos corrientes), y la que le sigue (Buenos Aires) está todavía lejos: la provincia bonaerense tuvo un alza del 62,7% anual.

Este escenario de liderazgo misionero a nivel nacional se repite por noveno mes consecutivo: es decir, desde el mes de mayo que Misiones muestra los mayores incrementos de todo el país.

Esto nos lleva a repasar el segundo dato importante de la semana: el pasado viernes 26, al ser el último día hábil del mes, se conocieron los resultados finales de las transferencias automáticas de recursos de origen nacional a las provincias (coparticipación, leyes especiales y compensaciones). En este punto, hay dos cuestiones a destacar: por un lado, Misiones volvió a tener incrementos reales (por sexto mes consecutivo), que fue del 5,1%. Muy positivo. Pero por el otro lado, a partir de la asimetría que se observa en Misiones en relación al régimen de reparto vigente, y también por los impactos inflacionarios (el NEA tiene el crecimiento de precios más fuerte de todo el país) dicho crecimiento real fue el más bajo entre las 24 jurisdicciones del país.

Esto nos permite analizar una cuestión central del federalismo: el nivel de “dependencia” misionera de recursos nacionales: mientras que, en enero del 2020, la recaudación propia misionera representaba solo el 38,7% de las transferencias automáticas de origen nacional que recibía la provincia, en enero 2021 representa ya el 55,2%, y durante todo el año fue incrementado su participación de manera progresiva.

Si bien Misiones sigue siendo una provincia que tiene una alta dependencia de recursos de origen nacional (como la mayoría de las provincias argentinas, salvo contadas excepciones) fue logrando mayor “autonomía” con el correr de los meses y, de hecho, consolida su posición en el NEA, donde es la provincia con la mayor autonomía fiscal.

Cuando decimos “vivir de los nuestro” no buscamos instalar una idea autonomista, sino destacar que la provincia robustece su base propia recaudatoria a la par que continúa siendo victima de un esquema de reparto de impuestos federal que es totalmente injusto para Misiones, algo que se puede volver a repasar en esta nota de Economis.

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Cómo es el perfil de los tomadores de crédito digital en la Argentina

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La investigación sobre el impacto que tienen las fintech en la inclusión financiera durante 2019, estudió dos universos de personas: aquellos sin ninguna línea de crédito (tarjetas, cuentas corrientes y/o préstamos) y aquellas con algún incumplimiento.

Según un estudio realizado por Equifax Argentina, empresa global de Big Data, Analytics y Tecnología, junto con la Cámara Argentina de Fintech, el producto más solicitado por las personas fueron los préstamos.

Esto se dio en los dos universos analizados, en quienes no tenían historial con el 58,7% y en el caso de quienes tuvieron algún incumplimiento mayor a 30 días en los últimos 60 meses con el 85,2%. En segundo lugar las tarjetas de crédito y por último las cuentas corrientes.

Qué edad tienen y dónde viven los tomadores de crédito digital

En el caso de aquellos sin historial crediticio, abarca generaciones más jóvenes como la Z y Millennials (18 a 45 años) con un 81,4% de participación. Con algún incumplimiento, corresponde a generaciones más grandes como Millennials y Generación X (25 a 55 años) con un 83,9% de participación.

En lo que hace a la ubicación geográfica dentro del país de este universo de tomadores de crédito digital, se da una marcada centralización en la Provincia de Buenos Aires de casi un 30% (un 25,7% en quienes no tienen ninguna línea de crédito, un 37,7% en el caso del universo de personas con algún incumplimiento), algo similar a lo que ocurre al mirar el mercado de las entidades no Fintech cuya cifra en la provincia de Buenos Aires concentra el 29,1%.

Inclusión financiera, re inclusión y segundo producto crediticio

En el caso de las personas sin ninguna línea de crédito, el 9,4% logró una inclusión financiera y el 14,6% la alcanzó a través de las Fintech.

Por otro lado, en el grupo de las personas con algún tipo de incumplimiento, el 22,7% logró una re inclusión financiera y el 39,7% específicamente a través de Fintech.

“Cuando las personas que fueron incluidas por primera vez o re incluidas al sistema financiero por una Fintech, salen en la búsqueda de un segundo producto crediticio, las Fintech son las grandes protagonistas, con cifras cercanas al 20% lo cual pone de manifiesto que las nuevas generaciones buscan alternativas de crédito de fácil y rápido acceso, activación e implementación que priorizan la usabilidad digital acortando todo tipo de brechas. Es claro que las Fintech logran fidelizar a estos segmentos al darle la oportunidad que quizás otros no le dieron.”, comenta Luciano Bernardoni, Gerente Comercial de Equifax para los segmentos Fintech, Retail y Crédito al Consumo.

“Celebramos este tipo de relevamientos, ya que nos permiten obtener información de valor para el sector y evidenciar el impacto de las fintech en el proceso de inclusión financiera de amplios segmentos de la sociedad”, sostuvo Ignacio Plaza, presidente de la Cámara Argentina de Fintech.

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El dinero público y el privado pueden coexistir en la era digital

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Por Tobias Adrian y Tommaso Mancini-Griffoli – Como seres humanos, valoramos la innovación y la diversidad, inclusive en lo concerniente al dinero. A lo largo de un día, hacemos un pago pasando una tarjeta por una terminal o acercándole un móvil, o haciendo clic con el ratón. O bien cambian de mano billetes y monedas, aunque en muchos países sea una transacción cada vez menos frecuente.

El mundo de hoy se caracteriza por un sistema monetario dual, en el que existe dinero proveniente de emisiones privadas —de bancos de todo tipo, empresas de telecomunicaciones o proveedores de pagos especializados— asentadas en los cimientos del dinero proveniente de emisiones públicas a cargo de los bancos centrales. Aunque dista de ser perfecto, este sistema ofrece ventajas significativas: innovación y diversidad de productos, mayormente por parte del sector privado, y estabilidad y eficiencia, garantizadas por el sector público.

Esos objetivos —innovación y diversidad por un lado, y estabilidad y eficiencia por el otro— están conectados. Por lo general, cuanto más hay de uno, menos hay del otro. Hay una disyuntiva que enfrentan los países, y, especialmente, los bancos centrales. ¿En qué medida conviene apoyarse en el sector privado y en qué medida innovar por cuenta propia? Mucho depende de las preferencias, la tecnología disponible y la eficiencia de la regulación.

Por lo tanto, cuando aparece una tecnología nueva, es natural preguntarse cómo evolucionarán los sistemas monetarios duales de hoy. Al ponerse en circulación el efectivo digitalizado —o sea, monedas digitales del banco central—, el dinero emitido en el ámbito privado, ¿se verá desplazado o podrá florecer? Lo primero es siempre una posibilidad, como consecuencia de una regulación más estricta. Lo segundo también es posible, en nuestra opinión, si hacemos extensiva la lógica del sistema monetario dual de hoy. Es importante recordar que los bancos centrales no tienen que decidir entre ofrecer monedas digitales propias o bien alentar el sector privado a lanzar su propia variante. Ambas monedas pueden coincidir y complementarse; por ejemplo, en la medida en que los bancos centrales tomen ciertas decisiones en cuanto al diseño y modernicen los marcos regulatorios. 

Coexistencia pública-privada

El hecho de que a lo largo de la historia el dinero privado ha coexistido con el público quizá resulte desconcertante. ¿Por qué no se ha impuesto por completo el dinero privado, siendo más novedoso, cómodo, adaptable y fácil de usar?

La respuesta radica en una relación simbiótica fundamental: porque existe la opción de canjear dinero privado por dinero público perfectamente seguro y líquido, ya sea billetes o monedas, o reservas del banco central en manos de determinados bancos.

Los fondos privados que pueden convertirse a valor facial fijo en una moneda del banco central pasan a ser un depósito de valor estable. Diez dólares depositados en una cuenta bancaria pueden canjearse por un billete del mismo valor aceptado como moneda de curso legal para saldar una deuda. El ejemplo puede parecer obvio, pero oculta mecanismos complejos: regulación y supervisión sólidos, respaldos estatales como garantía de depósitos y función de prestamista de última instancia, y el aval parcial o total de las reservas del banco central.

Además, el dinero de emisión privada es un medio de pago eficiente en la medida en que puede canjearse por moneda del banco central. Los 10 dólares que Ana tiene en el Banco A se pueden transferir al Banco B de Roberto porque en el medio se los convierte en moneda del banco central, un activo en el que ambos bancos confían y que pueden mantener y canjear. En consecuencia, este dinero de emisión privada es interoperable. A la vez, estimula la competencia —ya que Ana y Roberto tienen el dinero en distintos bancos y aun así pueden hacerse pagos entre sí — y, por ende, estimula la innovación y la diversidad de modalidades efectivas de dinero.

En resumidas cuentas, la posibilidad de hacer una conversión a dinero del banco central es esencial para la estabilidad, la interoperabilidad, la innovación y la diversidad del dinero de visión privada, ya sea en forma de cuenta bancaria u otra. Un sistema que tuviera únicamente dinero privado sería por lejos demasiado riesgoso. Y uno que tuviera únicamente moneda del banco central podría perderse innovaciones importantes. Cada modalidad de dinero aprovecha la otra para mantener el sistema monetario dual de hoy, un equilibrio beneficioso para la sociedad.

La moneda del banco central estará sometida a presión en la era digital

Y mañana, cuando nos adentremos plenamente en la era digital, ¿qué ocurrirá con este sistema? ¿Tendrán tanto atractivo las monedas digitales emitidas por los bancos centrales que eclipsarán el dinero de emisión privada? ¿O continuarán haciendo posible la innovación del sector privado? Mucho depende de la capacidad y la voluntad de cada banco central de innovar en forma sistemática y significativa. Mantenerse a la altura del cambio tecnológico, la rápida evolución de las necesidades de los usuarios y la innovación del sector privado no es tarea fácil.

Las monedas digitales de los bancos centrales son parecidas tanto a un teléfono inteligente como a su sistema operativo. A nivel básico, constituyen una tecnología de liquidación que permite almacenar y transferir dinero, como los bitios que circulan entre el procesador de un teléfono, su memoria y su cámara. A otro nivel, son una forma de dinero, con determinada funcionalidad y apariencia, como un sistema operativo.

Por ende, los bancos centrales tienen que parecerse más a Apple o a Microsoft para mantener sus monedas digitales en la vanguardia de la tecnología y en las billeteras de los usuarios como forma predominante y preferida de dinero digital.

La innovación en la era digital es infinitamente más compleja y rápida que la actualización de los elementos de seguridad de los billetes. Por ejemplo, las monedas digitales de los bancos centrales inicialmente podrían estar administradas desde una base de datos central, para migrar luego a libros mayores distribuidos (registros sincronizados que se mantienen y actualizan automáticamente a lo largo y a lo ancho de una red) a medida que la tecnología madurara, y un libro mayor podría ceder rápidamente el lugar a otro como resultado de grandes avances. Los teléfonos y los sistemas operativos también se benefician de grandes actualizaciones, como mínimo anuales.

Además, es probable que las necesidades y las expectativas de los usuarios evolucionen de manera mucho más rápida e impredecible en la era digital. La información y los activos pueden migrar a libros mayores distribuidos, lo cual requeriría monetizar el dinero en la misma red. El dinero puede transferirse de maneras completamente nuevas; por ejemplo, automáticamente mediante chips instalados en productos de uso diario. Estas necesidades quizá requieran nuevas características del dinero y, por ende, rediseños arquitectónicos frecuentes y diversidad. Es poco probable que el dinero de hoy, o incluso el de mañana, satisfaga las necesidades de pasado mañana.

Las presiones también se harán sentir desde el lado de la oferta. El sector privado continuará innovando. Surgirán nuevos mecanismos para el dinero electrónico y las monedas estables. A medida que la demanda de estos productos aumente, los reguladores buscarán contener los riesgos. E inevitablemente se planteará un interrogante: ¿cómo interactuarán estas formas de dinero con las monedas digitales emitidas por los bancos centrales? ¿Tendrán una existencia separada o estarán algunas integradas en el sistema monetario dual en el cual los productos privados y los de los bancos centrales se benefician mutuamente?

Colaborar con el sector privado sigue siendo una posibilidad

Seguirles el ritmo al avance de la tecnología, las necesidades de los usuarios y la competencia del sector privado no será tarea fácil para los bancos centrales. Sin embargo, no tienen que hacerlo solos.

Primero, la moneda digital de un banco central puede estar diseñada de manera que aliente al sector privado a sumarle su propia innovación, de la misma manera que los diseñadores de aplicaciones suman funcionalidad a los teléfonos y a sus sistemas operativos. Si tiene acceso a un conjunto abierto de comandos («interfaces de programación de aplicaciones»), una activa comunidad de desarrolladores podría ampliar las posibilidades de uso de las monedas de los bancos centrales, más allá de simples servicios de billeteras electrónicas. Por ejemplo, podrían facilitar la automatización de pagos, permitiendo hacerlos contra recibo de un envío de bienes, o podrían crear una función de búsqueda para poder enviarle dinero a una amiga usando únicamente su número de teléfono. Lo fundamental será comprobar estos servicios suplementarios de modo que ofrezcan máxima seguridad.

Segundo, algunos bancos centrales incluso podrían permitir la coexistencia de otras formas de dinero digital —como ocurre con los sistemas operativos paralelos—, sin desaprovechar por ello la estabilidad y la funcionalidad de liquidación de sus propias monedas digitales. Esto abriría las puertas a una innovación más rápida y a la diversidad de productos. Por ejemplo, una moneda digital podría sacrificar velocidad de liquidación para ofrecer a los usuarios mayor control de la automatización de los pagos.

Esta nueva forma de dinero digital, ¿sería un depósito de valor estable? Sí, si se la pudiera canjear por moneda del banco central (digital o no) a un valor facial fijo. Esto sería posible si contara con el pleno aval de la moneda del banco central.

Y esta forma de dinero digital, ¿constituiría un medio de pago eficiente? Nuevamente, sí, ya que la liquidación sería inmediata dentro de cualquier red de dinero digital, tal como lo es entre las cuentas del mismo banco. Y las redes serían interoperables en la medida en que un pago del proveedor de dinero digital de Ana al de Roberto se liquidaría con un correspondiente movimiento de dinero del banco central, como ocurre con el sistema dual de hoy.

Esta modalidad de dinero digital (que llamamos moneda sintética en el pasado) bien podría coexistir con la moneda digital del banco central. Requeriría un mecanismo de autorización y una normativa para cumplir con objetivos de política pública como la resiliencia operacional, la protección del consumidor, la conducta y la impugnabilidad del mercado, la privacidad de los datos e incluso la estabilidad prudencial. Al mismo tiempo, la integridad financiera podría quedar asegurada mediante identidades digitales y políticas de datos complementarias. La asociación con los bancos centrales requiere un elevado grado de cumplimiento con las regulaciones.

Un sistema para hoy y para mañana

Si los países se deciden a usar monedas digitales de bancos centrales, deben plantearse cómo aprovechar el sector privado. El sistema monetario dual de hoy puede extenderse a la era digital. La moneda del banco central —junto con la regulación y la supervisión— continuará siendo esencial para anclar la estabilidad y la eficiencia del sistema de pagos. Y el dinero de emisión privada puede complementar estos cimientos con innovación y diversidad, quizás incluso más que hoy. El lugar que los bancos centrales decidan terminar ocupando dentro del continuo que se extiende entre la participación del sector privado y del sector público en el suministro de dinero variará según el país y, en última instancia, dependerá de las preferencias, la tecnología y la eficiencia de la regulación.

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