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Brasil, una potencia agrícola en auge y un ejemplo con vulnerabilidades

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Escribe Mario Osava / IPS Noticias – Brasil es un caso singular de desarrollo agrícola acelerado, multiplicó casi por nueve su producción de granos en 50 años, se presenta como un modelo de agricultura tropical, pero tiene vulnerabilidades acentuadas por las guerras y, más existencial y permanente, por la crisis climática.

De 39,4 millones de toneladas de cereales, leguminosas y oleaginosas en 1975, la cosecha anual saltó para 346,1 millones de toneladas en 2025, según datos del estatal Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (Ibge).

De importador de cerca de 30 % de los alimentos que consumía, el país se convirtió en gran exportador, con un superávit de 149 000 millones de dólares en el sector agrícola. Las importaciones se limitaron a 20 000 millones de dólares, registró el Ministerio de Agricultura y Ganadería.

En ese período de cinco décadas, la población brasileña se duplicó, de 107 millones de habitantes a 213 millones, según el mismo Ibge. En 1975 aún era mayoritariamente rural, con 52 %. El censo de 2022 apuntó que 87 % de los brasileños viven en ciudades.

Es decir, el salto en la producción agrícola ocurrió en un período de intenso éxodo rural, con la rápida urbanización de la población brasileña.

La investigación científica que permitió al país incorporar a la agricultura extensas tierras del Cerrado, la sabana brasileña, antes consideradas inadecuadas, suele ser apuntada como un factor decisivo de la transformación de Brasil en uno de los graneros del mundo.

¿Razones financieras detrás del bum?

“Hay varias explicaciones, pero quizás una de las más importantes sean las restricciones de recursos externos para importar alimentos. Brasil era muy dependiente de alimentos importados, y eso se agravó por la crisis de los años 80”, evaluó Jorge Arbache, profesor de economía de la Universidad de Brasilia.

Los países latinoamericanos y muchos otros en desarrollo sufrieron en aquella “década perdida” una empobrecedora crisis de la deuda externa que forzó a duros ajustes económicos.

Brasil vivió entonces un recrudecimiento de la hiperinflación, que alcanzó 235 % en 1985, y el inicio de un proceso de desindustrialización. El sector manufacturero pasó a perder participación en el producto interno bruto (PIB), al contrario de la agricultura.

Para ello contribuyó, de forma decisiva en la mirada agronómica, un gran esfuerzo en investigación y desarrollo volcado al sector agrícola. La estatal Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), creada en 1975, tuvo un rol principal, pero otras instituciones especializadas también fueron relevantes.

“Eso resultó en un plan sofisticado de cultivos en el Cerrado”, recordó Arbache, en referencia al bioma que conforma la sabana más biodiversa del mundo.

El maíz y el algodón también tuvieron saltos de producción en las dos últimas décadas, impulsados por la soja, la locomotora cultivada entre noviembre y marzo. Enseguida se siembra algodón o maíz en la misma tierra. Con dos o tres cosechas al año, la agricultura tropical es naturalmente competitiva. Imagen: Mario Osava / IPS

La decisiva soja

La adaptación de la soja al suelo ácido y al clima del Cerrado, que ocupa dos millones de kilómetros cuadrados en el centro de Brasil, fue determinante para el bum agrícola. En 2025 esa oleaginosa, y también leguminosa, representó 48 % de la producción total de granos en Brasil, o sea 166,1 millones de toneladas.

Hace 50 años era un cultivo marginal restringido al extremo sur del país. Hoy Mato Grosso, un estado de la región del Centro-oeste en su mayor parte ocupado por el Cerrado y parte por la Amazonia, concentra 30,4 % de la cosecha nacional de soja.

“La gran capacidad de adaptación de la soja a suelos y clima distintos favoreció esa expansión. La Embrapa y otros centros de investigación lograron seleccionar variedades de producción espectacular en el Centro-Oeste”, explicó Jean Marc von der Weid, economista agrícola con maestría en la francesa Universidad París I Panthéon Sorbone.

Pero más importante fue la inversión en recursos humanos y en la extensión rural, a través de una red que llevó el conocimiento a los agricultores, opinó Arbache a IPS en una entrevista desde Brasilia.

Además, la soja impulsó la siembra de maíz y algodón, de los que Mato Groso se convirtió en el mayor productor nacional en años recientes. Ello porque que esos dos cultivos componen la segunda cosecha anual en las mismas áreas, una ventaja de la agricultura tropical.

El sol presente todo el año permite la fotosíntesis permanente y por ende dos o tres cosechas al año, limitadas solo por el clima, especialmente el régimen de lluvias. Es lo que asegura un protagonismo creciente de Brasil y otros países tropicales en la alimentación mundial, asegura Roberto Rodrigues, exministro de Agricultura brasileño.

“No conozco otro caso (de desarrollo agrícola) comparable al de Brasil. Si hay proyectos específicos y controlados, casi experimentales, de siembras en zonas áridas, pero nada relevante en ninguna mirada global”, acotó Arbache

Una vulnerabilidad fue que la concentración de granos en la frontera agrícola centro-occidental generó una fuerte demanda logística.

La implantación de carreteras, ferrocarriles e hidrovías no acompañó la velocidad del avance agrícola, lo se tradujo en insuficiencias en el almacenamiento y costos elevados en el transporte, en el quinto país más extenso del mundo, con 8,6 millones de kilómetros cuadrados.

Pequeña porción de un bosque amazónico incendiado. Cada árbol talado o quemado en la Amazonia representa miles de litros de agua a menos cada día en los llamados ríos voladores, que llevan lluvias a la agricultura más productiva de Brasil, hacía el sur. Imagen: Mario Osava / IPS

¿Bum sostenible pese a las vulnerabilidades?

Hay además otras neurálgicas vulnerabilidades.

“Nuestra agricultura es demasiado dependiente de insumos importados, tecnologías, fertilizantes, agroquímicos variados, servicios digitales, y buena parte del comercio es dominado por empresas internacionales”, señaló el profesor de economía Arbache.

“El valor agregado local es relativamente bajo. El sector tiene un talón de Aquiles. Una crisis internacional, como la que ocurre actualmente, puede poner nuestra agricultura de rodillas, a causa de un modelo de negocios muy vulnerable”, acotó.

Se refiere a la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, desde febrero de 2022, y la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero, que afectan el suministro de dos insumos indispensables: fertilizantes y diésel.

Brasil importa cerca de 85 % de los fertilizantes que consume. Rusia, principalmente, y países del Medio Oriente como Arabia Saudí y Qatar son sus proveedores y, por lo tanto, fuentes de inseguridad, como las guerras en Ucrania y contra Irán evidencian.

Pero, sin duda, la mayor vulnerabilidad es la climática, dijo a IPS, en su residencia en Río de Janeiro, von der Weid, fundador de la organización no gubernamental AS-PTA Agricultura Familiar y Agroecología, originalmente Asesoría y Servicios a Proyectos en Agricultura Alternativa, cuyas siglas mantiene.

Ferrocarriles y almacenes insuficientes encarecen la soja y otros granos de exportación brasileños. Esa infraestructura logística es de Anápolis, en el estado centro-oriental de Goiás, donde se conectan dos ferrocarriles. Imagen: Mario Osava / IPS

¿Camina la bonanza de monocultivos hacia la insolvencia?

El agronegocio, como se denomina a la agricultura industrial, de gran escala y monocultivos, “marcha hacia una insolvencia general”, sostuvo. Los eventos climáticos extremos provocan crecientes pérdidas y exigen cada día más subsidios y condonaciones, hasta la inviabilidad financiera, argumentó.

Ese fenómeno ya ocurrió de manera brutal en el estado de Rio Grande do Sul, en el extremo sur brasileño, donde lluvias torrenciales en mayo de 2024 afectaron 2,4 millones de personas, con por lo menos 183 muertos, sumergieron ciudades enteras, mataron miles de animales e inundaron los principales cultivos.

Las olas de calor redujeron la producción de café y cacao en todo el mundo y hacen mucho daño a la soja y el maíz, los cultivos más voluminosos de Brasil, siendo el maíz el más vulnerable a la sequía, ejemplificó Von der Weid.

Las áreas más productivas para el agronegocio, en el Centro-oeste, Sudeste y Sur de Brasil, dependen en buena parte de las lluvias provenientes de la Amazonia, en los llamados “ríos voladores”.

La humedad del océano Atlántico cercano a la línea ecuatorial, de los vientos alisios que soplan de este a oeste, entra Amazonia adentro y se agranda por la transpiración de los árboles. Al chocarse con la cordillera de los Andes, las nubes se propagan por el centro sur de Brasil y partes del Paraguay, Argentina e incluso Uruguay.

La agricultura de esas áreas depende de esos ríos aéreos, pero la población rural vinculada al agronegocio está entre los negacionistas del cambio climático. La extrema derecha, liderada por el expresidente Jair Bolsonaro (2019-2022), es la más activa en el combate al ambientalismo, aunque sean víctimas directas de la crisis climática.

Campesinos del Corredor Seco Centroamericano se adiestran en la construcción de un estanque de piedra, una de las «tecnologías» de acopio de agua de lluvia en el Semiárido brasileño, donde estuvieron en junio de 2018, para un intercambio de conocimientos sobre cómo lidiar con las sequias. Imagen: Mario Osava / IPS

¿El Semiárido, la respuesta para el futuro?

La irregularidad climática provoca sequías y lluvias excesivas, dispersas e imprevisibles, de forma distinta en lugares incluso cercanos, se generaliza y se impone de manera similar a la que ocurre en la ecorregión del Semiárido, en el Nordeste de Brasil, donde AS-PTA más actúa desde su fundación en 1983, detalló Von der Weid.

En esa región predomina otro tipo de agricultura, la que en Brasil se denomina familiar, por involucrar poca tierra y el trabajo principalmente de las familias en la producción rural.

El Nordeste concentra 47 % de los predios de la agricultura familiar, según el censo del Ibge de 2017. Es donde más se diseminaron las prácticas agroecológicas, incluso por razones naturales, es decir las condiciones adversas, como lluvias concentradas en pocos meses, agua subterránea salobre, calor y mucha pobreza.

Las sequías periódicas en el Nordeste ya no provocan los desastres sociales que solían repetirse en la región, con fugas masivas de pobladores hacia el sur más desarrollado e industrial, invasión de las ciudades y saqueos del comercio.

La diseminación de cisternas para acopio de agua de la lluvia, más de 1,2 millones desde 2003, fue el principal factor de los cambios ocurridos y que limitaron los daños sociales de las sequias en el Semiárido.

La mayor parte de esas cisternas, más de un millón, se destina a proveer agua potable para beber y cocinar en los hogares. Las demás, llamadas para producción, son para el riego de los huertos y para los animales.

A ello se sumaron variados programas sociales, como la Bolsa Familia, un subsidio directo a los más pobres, beneficios a los jubilados y discapacitados, y compras gubernamentales de alimentos producidos por agricultores familiares para la alimentación escolar y de las instituciones de asistencia social.

Son “tecnologías sociales” que se exportaron a regiones semiáridas del continente y de África, como el Corredor Seco Centroamericano y el Chaco argentino.

El futuro de la agricultura será agroecológico, asegura Von der Weid, una exigencia de la adaptación a los cambios climáticos, a las condiciones adversas que los campesinos ya enfrentan en el Semiárido.

“La crisis del agronegocio ya se instaló y va creciendo, pese a la pujanza que exhibe en Brasil. No se pueden ampliar indefinidamente los subsidios”, concluyó.

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El PIB creció 4,4% en 2025 y el Gobierno suma un dato clave para sostener su relato de recuperación

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El Gobierno recibió un dato que, además de económico, tiene peso político: el INDEC informó que el Producto Interno Bruto (PIB) creció 4,4% en 2025 respecto de 2024, con un avance de 2,1% interanual en el cuarto trimestre y una suba de 0,6% frente al trimestre anterior. El número no sólo ordena el balance del año pasado. También le da al oficialismo una referencia concreta para reforzar su narrativa de recuperación, en un escenario donde cada indicador macroeconómico empieza a ser leído como señal de fortaleza o fragilidad del rumbo económico.

La cifra adquiere relevancia por el momento en que aparece. No se trata únicamente de una mejora estadística: el crecimiento anual del PIB ofrece al Gobierno una base objetiva para defender que la actividad encontró un piso y comenzó una fase de expansión. La pregunta, en términos políticos, no pasa sólo por cuánto creció la economía, sino por qué capacidad tendrá ese dato para consolidar poder, sostener expectativas y ordenar la discusión pública sobre el resultado del programa económico.

El dato del INDEC y qué muestra detrás del número general

Según informó el INDEC, el PIB aumentó 4,4% en 2025 respecto de 2024. La expansión estuvo explicada por incrementos del consumo privado, que subió 7,9%; del consumo público, que avanzó 0,2%; de las exportaciones, que crecieron 7,6%; y de la formación bruta de capital fijo, que trepó 16,4%.

No es un dato menor que la inversión haya mostrado la mayor variación. En cualquier lectura económica e institucional, la formación bruta de capital fijo funciona como una señal especialmente sensible: cuando sube con fuerza, el dato suele ser interpretado como una mejora en la disposición a ampliar capacidad, renovar equipamiento o apostar por actividad futura. En este caso, ese 16,4% se convierte en uno de los argumentos más valiosos para el Gobierno, porque le permite mostrar que la recuperación no habría quedado limitada al consumo o a un rebote transitorio, sino que también alcanzó al componente más asociado a expectativas de mediano plazo.

El consumo privado, con una suba de 7,9%, también ocupa un lugar central en la lectura política del informe. Se trata de un motor decisivo de la actividad y, al mismo tiempo, de una variable que impacta sobre la percepción social del rumbo económico. Cuando el consumo se mueve, el dato excede el plano técnico: entra de lleno en la conversación política. Algo similar ocurre con las exportaciones, que crecieron 7,6% y aportan otro elemento que el oficialismo puede mostrar como parte de un esquema de crecimiento más diversificado.

El cuarto trimestre aporta una señal de continuidad

Además del resultado anual, el informe del INDEC dejó otro dato relevante: en el cuarto trimestre de 2025, el PIB aumentó 2,1% frente al mismo período de 2024 y 0,6% respecto del trimestre anterior. Esa doble comparación importa porque permite leer no sólo la foto del año cerrado, sino también la dinámica con la que terminó 2025.

La mejora interanual muestra que la actividad se ubicó por encima del nivel del mismo tramo del año previo. La suba de 0,6% desestacionalizada frente al trimestre anterior, en cambio, funciona como una señal de continuidad en el margen. No habla de un salto abrupto, pero sí de una economía que terminó el año todavía en expansión. Para el Gobierno, ese detalle tiene valor estratégico: le permite evitar la lectura de un cierre agotado o de un rebote que perdió impulso demasiado rápido.

Un dato económico con traducción política

Los números del PIB no votan leyes ni ordenan por sí solos las alianzas, pero sí moldean el clima en el que se discute el poder. Un crecimiento de 4,4% en 2025 fortalece al Gobierno en varios planos. Primero, le ofrece un respaldo técnico para defender su gestión económica. Segundo, le mejora la posición discursiva ante la oposición, que queda condicionada a discutir no sólo costos o tensiones del programa, sino también un dato agregado de expansión. Tercero, le permite reingresar a la agenda pública con una noticia positiva, algo particularmente importante en contextos donde la política económica se mide, semana a semana, por indicadores concretos.

También hay una dimensión institucional más profunda. El PIB es una variable de referencia para múltiples decisiones públicas y privadas. Cuando el dato oficial muestra crecimiento, se reordena la discusión sobre inversión, consumo, capacidad de recuperación y sostenibilidad del esquema económico. No resuelve por sí mismo las tensiones, pero cambia el terreno sobre el que esas tensiones se disputan.

En ese marco, el dato del INDEC fortalece la posición del oficialismo en la batalla por el sentido. Le permite sostener que la economía no sólo estabilizó variables, sino que además mostró expansión en componentes clave. Y esa secuencia —inversión, consumo privado, exportaciones— tiene un peso narrativo evidente porque combina presente y expectativa.

Qué impacto puede tener en la agenda pública

Con este resultado, el Gobierno gana una pieza importante para la etapa que viene. El crecimiento de la inversión y del consumo privado puede transformarse en argumento para sostener reformas, defender decisiones económicas y buscar mayor margen político en la discusión pública. No porque el dato cierre el debate, sino porque le da al oficialismo una base estadística difícil de ignorar.

Al mismo tiempo, el informe obliga a la oposición a recalibrar su enfoque. Cuestionar la distribución, la calidad o la sustentabilidad del crecimiento puede seguir siendo parte del debate político, pero el dato oficial de expansión modifica el punto de partida. Ya no se discute frente a una economía en retroceso, sino frente a una medición que marca recuperación anual y continuidad trimestral.

Un número que fortalece, pero no clausura la discusión

El crecimiento del PIB en 2025 le da al Gobierno una señal favorable en un terreno decisivo: el de la economía real medida por el organismo estadístico oficial. El avance de 4,4%, junto con la mejora del cuarto trimestre, ordena una narrativa de recuperación que encuentra respaldo en la inversión, el consumo privado y las exportaciones.

Pero en política, incluso los buenos datos abren nuevas exigencias. A partir de ahora, la discusión no girará sólo en torno a si hubo crecimiento, sino sobre su capacidad para sostenerse, traducirse en mayor actividad y consolidar expectativas. El número ya entró en la escena. Lo que resta ver es cuánto poder efectivo puede construir el Gobierno alrededor de esa cifra en los próximos meses.

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Exportaciones: Misiones registró el mejor primer bimestre de su historia

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La provincia de Misiones cerró el primer bimestre del año con exportaciones por USD 72,6 millones, siendo así el mejor primer bimestre desde que se mide este indicador mensualmente, en 2002. De ese modo, superó el récord anterior, que correspondía a 2011, con USD 71,2 millones exportados. Además, respecto de 2025, las ventas al exterior misioneras crecieron 4,6%.

La provincia llegó a este resultado tras un muy buen enero, con exportaciones por USD 34,6 millones y un crecimiento interanual de 16,3%; y un febrero que, si bien mostró una caída contra igual mes de 2024 de 4,1%, igualmente registró un buen volumen con USD 38,0 millones.

El 54% de las exportaciones misioneras del primer bimestre del año, medidas en dólares, correspondieron a Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA), por un total de USD 38,9 millones, con un retroceso de 1,9% interanual. A su vez, el 37% de las ventas al exterior fueron de Manufacturas de Origen Industrial (MOI), que totalizaron USD 27,1 millones, con un alza de 9,1%. El 9% restante correspondió a Productos Primarios (PP), por USD 6,6 millones, con una suba interanual de 34,1%.

Si se mide en cantidades, Misiones exportó 103.826 toneladas en los dos primeros meses del año, con una caída de 0,4% interanual. Por grandes rubros, las MOA alcanzaron casi 52 mil toneladas y crecieron 2,2%; las MOI, casi 40 mil toneladas, con una suba de 16,6%; y los PP, unas 12 mil toneladas, con una caída de 36,9%.

Al cruzar montos y cantidades exportadas en el primer bimestre de 2026, surge un precio promedio de exportación de USD 699 por tonelada, un valor 5% superior al del mismo período de 2025. En este comportamiento incidieron especialmente los productos primarios, cuyo precio promedio de exportación creció 112% interanual, mientras que en las manufacturas hubo bajas de 4,0% en MOA y de 6,4% en MOI.

En el plano regional, Misiones consolidó su liderazgo en el NEA: fue la provincia con el mayor monto exportado y concentró el 42% del total regional. En términos de desempeño, el crecimiento misionero fue el segundo mayor de la región, solo por debajo de Chaco (+45,7%).

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La suba global de la urea golpea al trigo y pone en tensión la estrategia de dólares del Gobierno

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El aumento abrupto del precio internacional de la urea, insumo central para la producción de trigo y maíz, encendió una señal de alerta que excede al sector agropecuario: pone presión directa sobre la principal fuente de divisas del país. En medio de la volatilidad global por el conflicto en Medio Oriente, la tonelada del fertilizante escaló desde niveles de US$450 hasta zonas de US$750, con valores recientes en torno a US$660. El dato llega en un momento clave —la planificación de la campaña fina— y abre una tensión de fondo: ¿puede sostenerse la apuesta oficial por la agroexportación sin herramientas de intervención sobre costos estratégicos?

El factor internacional que redefine los costos internos

El disparador no es local, pero el impacto sí lo es. La cadena global de fertilizantes quedó expuesta a la incertidumbre geopolítica, con el Estrecho de Ormuz como cuello de botella crítico: por allí circulan cerca de 16 millones de toneladas de fertilizantes, un tercio del comercio marítimo mundial, y más de dos tercios corresponden a urea.

Las disrupciones logísticas y la incertidumbre sobre el suministro de gas natural —insumo clave para la producción— elevaron el riesgo percibido de oferta. El resultado fue una suba generalizada de precios y una retracción en las operaciones: importadores y distribuidores locales comenzaron a frenar compras ante la falta de referencias claras.

Esa volatilidad internacional se traslada de manera directa al esquema productivo argentino, altamente dependiente de insumos importados en este rubro.

Trigo más caro, márgenes más finos

El impacto técnico es inmediato y cuantificable. En cultivos como el trigo, la fertilización representa hasta el 50% del costo de implantación y protección, mientras que en maíz ronda el 45%.

Con los nuevos valores de la urea, el costo del trigo podría aumentar en más de US$50 por hectárea. Esa suba desplaza los rindes de indiferencia entre 3 y 5 quintales por hectárea, obligando al productor a obtener mayores rendimientos en un contexto donde los márgenes ya estaban ajustados.

No es solo fertilizante. La suba del petróleo también presiona sobre combustibles y logística, encareciendo toda la estructura de costos de la campaña. El combo configura un escenario más exigente justo cuando el productor empieza a definir decisiones de siembra.

La variable política: menos herramientas, más exposición

El encarecimiento de la urea reabre un debate que el mercado venía observando en silencio: la salida de YPF de Profertil, la principal productora local de urea, concretada en diciembre pasado por unos US$600 millones.

Hasta entonces, la empresa abastecía alrededor del 25% de la demanda del agro local. La operación implicó que el Estado deje de tener participación directa en un insumo estratégico, en un contexto donde Argentina es importador neto de fertilizantes.

La decisión adquiere otra dimensión frente a la actual volatilidad. Sin capacidad de intervención directa sobre precios o abastecimiento, el esquema queda más expuesto a shocks internacionales. Y eso impacta en una variable central para el Gobierno: los dólares del agro.

Según proyecciones de la Bolsa de Comercio de Rosario, el complejo agroindustrial esperaba generar más de US$34.500 millones en exportaciones en 2026. Pero ese cálculo parte de una estructura de costos que ahora cambia. Cada aumento en insumos críticos introduce incertidumbre sobre volúmenes, márgenes y, en última instancia, liquidación de divisas.

Repercusiones: tensión sobre la “fábrica de dólares”

El efecto no es inmediato en términos macroeconómicos, pero sí progresivo. Un mayor costo de producción puede traducirse en menor área sembrada o en una menor intensidad tecnológica, lo que impacta en los rindes.

En ambos casos, el resultado converge: menos producción potencial o menor eficiencia. Y eso repercute sobre el flujo de exportaciones, la recaudación y la disponibilidad de divisas para el Banco Central.

El sistema entra así en una zona de sensibilidad. El Gobierno depende del agro como principal generador de dólares, pero el agro depende de insumos cuyo precio escapa al control local. Esa dependencia cruzada se vuelve más visible cuando el contexto internacional se vuelve inestable.

Escenario abierto: decisiones bajo incertidumbre

La campaña fina empieza a definirse en las próximas semanas, pero el mercado de fertilizantes todavía no ofrece señales claras. En algunos casos, directamente no hay precios de referencia; en otros, se registran subas de entre US$50 y US$100 por tonelada en pocos días.

El productor, enfocado aún en la cosecha de maíz y el inicio de la soja, deberá tomar decisiones en un escenario donde los costos se mueven más rápido que los precios de los granos.

Habrá que observar si la volatilidad internacional se estabiliza o si se consolida un nuevo piso de costos. También si el mercado logra recomponer la oferta o si persisten las restricciones.

En paralelo, la discusión sobre el rol del Estado en insumos estratégicos podría volver a escena, no por definición ideológica sino por necesidad operativa. La ecuación es simple, pero no lineal: sin costos previsibles, la “fábrica de dólares” pierde potencia. Y ese es un dato que empieza a pesar en la política económica.

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El consumo de carne vacuna cayó a un mínimo en más de dos décadas

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De acuerdo con el último informe de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), el consumo aparente per cápita se ubicó en 47,3 kilos anuales, lo que representa una caída del 2,5% interanual y el nivel más bajo de los últimos 21 años.

En paralelo, la industria frigorífica atravesó uno de los febreros de menor actividad en casi medio siglo. La faena alcanzó las 924,3 mil cabezas de hacienda vacuna, con una leve suba del 1,5% frente a enero —ajustada por días hábiles— pero con una caída del 10,7% en la comparación interanual, equivalente a unas 110 mil cabezas menos.

La menor actividad se reflejó también en la producción. En el primer bimestre de 2026 se generaron 457 mil toneladas res con hueso, lo que implica una contracción del 9,1% frente al mismo período del año pasado. En términos absolutos, la caída fue de 45,5 mil toneladas.

En el mercado interno, el consumo total mostró un deterioro aún más marcado. Según CICCRA, el consumo aparente descendió a un ritmo del 13,8% interanual en el acumulado del primer bimestre, con un volumen total de 332,7 mil toneladas. El promedio móvil de los últimos doce meses se mantuvo en 47,3 kilos por habitante al año, 1,2 kilos por debajo del nivel registrado un año atrás.

Precios en alza

La caída del consumo se da en un escenario de fuerte presión sobre los precios. Según datos del INDEC, en febrero el precio de los cortes vacunos aumentó 7,4% mensual, muy por encima de la inflación general, que se ubicó en 2,9%.

Entre los principales cortes, la paleta lideró las subas con un 8,1%, seguida por el cuadril y la nalga (ambos con 8,0%). La carne picada común registró un incremento del 7,1%, mientras que el asado subió 5,7%.

En valores absolutos, el kilo de asado promedió los $16.852,4, el cuadril alcanzó los $19.792,7 y la nalga llegó a $20.527,5. La paleta se ubicó en $15.817,9 y la carne picada en $9.521,4.

Exportaciones en crecimiento

A contramano del mercado interno, las exportaciones continúan mostrando dinamismo. En el primer bimestre del año, los envíos al exterior habrían alcanzado las 124 mil toneladas res con hueso, con un crecimiento del 6,6% interanual.

En enero, en tanto, se certificaron exportaciones por 43,6 mil toneladas peso producto, lo que implicó una suba del 13,5% respecto al mismo mes de 2025. La caída en los embarques hacia China fue compensada por mayores ventas a Estados Unidos, Israel, Alemania y Países Bajos.

El precio promedio de exportación también mostró una fuerte mejora: la tonelada se ubicó en 7.362 dólares, un 30% por encima del valor registrado un año atrás. Según CICCRA, esta suba fue generalizada entre los principales destinos, impulsada en parte por la depreciación del dólar a nivel internacional, aunque con distinta intensidad según el mercado.

En este escenario, la cadena cárnica refleja una creciente dualidad: mientras el frente externo tracciona con mejores precios y volúmenes, el consumo interno continúa debilitándose, presionado por la pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento sostenido de los alimentos.

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