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Empleo, ingresos y pobreza

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Por Nuria Susmel – Los últimos datos disponibles (tercer trimestre del año pasado) revelan que un 26,9% de la población vive en hogares con ingresos que no logran cubrir la Canasta Básica Total, que marca la línea de pobreza, en tanto que un 6% no logra cubrir la Canasta Básica de Alimentos (que marca la línea de indigencia). Estos números no sólo muestran una importante reducción respecto de los últimos años, sino que, además, representan los niveles más bajos desde 2018.

En el último año, la pobreza cayó más de 11 puntos porcentuales y la indigencia 3 puntos, mientras que a lo largo de toda esta gestión de gobierno, la pobreza se redujo algo más 11.6 puntos y la indigencia 4 respecto a los datos previos a su asunción.

Esto muestra dos etapas diferentes: en el primer año del nuevo gobierno, se produce un aumento y posterior reducción de la pobreza, la que termina en el mismo nivel que había antes de que asumiera, mientras que toda la reducción de la pobreza se concentra en el siguiente año de gestión.

Gráfico 1

¿De dónde proviene el aumento de los ingresos de los hogares que conlleva a una caída de la pobreza?

La evolución del empleo total (III trimestre de 2025 con el III trimestre del 2023) arroja un aumento del 1,6%, que en realidad sucede en el último año. De todos modos, es relevante señalar que, al igual que lo que viene sucediendo desde hace años, el empleo no crece en el sector más productivo (asalariado registrado), sino principalmente en el sector independiente y entre los asalariados no registrados.

El empleo asalariado registrado (que aquí incluye el empleo público) no muestra cambio en el último año, pero se mantiene casi un 2% por debajo de fines de 2023, mientras que el empleo asalariado informal creció 1.5% en el último año y 3,3% en los dos últimos años y el  por cuenta propia 5% y 7%, respectivamente.

Gráfico 2

Y, ¿cómo acompañaron los ingresos laborales esta evolución?

Comparado con fines del año anterior, los salarios muestran una importante recomposición. El RIPTE –que mide la remuneración media de los trabajadores registrados privados- creció 9.8%; sin embargo, el  Índice de Variación Salarial (IVS) de INDEC muestra un aumento de sólo un 1% real en el mismo período, mientras que el sector público tuvo un aumento del 2,5% y el salario informal revela un aumento del 70% (aunque cabe aclarar que esta medición se refiere al salario horario por lo que no necesariamente ese 70% se reflejaría en los ingresos de los hogares).

Finalmente, las jubilaciones y pensiones tuvieron un aumento del 3,6%, aunque para quienes cobran Bono jubilatorio el ingreso real denota una caída, ya que el bono se mantiene en términos nominales desde finales de 2023.

A pesar de esta recuperación en el último año, los niveles del cierre del año se encuentran bastante por debajo de los previos a la asunción del gobierno actual. El RIPTE se ubica aún 3.6% por debajo de fines de 2023, el IVS formal -5%, los salarios en el sector público -20% abajo en términos reales y el único ingreso que muestra mayor nivel es el del sector informal: 45%.

Gráfico 3

La caída de la pobreza se apoyaría mayoritariamente en el aumento de los ingresos más que en la evolución del empleo. Los datos de distribución del ingreso (INDEC) son consistentes con esta explicación, ya que muestran que los ingresos no laborales determinan que el ingreso per cápita familiar venga creciendo por encima de los salarios: el ingreso per cápita familiar creció en el último año un 13% versus 10% el IVS promedio.

También los ingresos no laborales explican porque la pobreza actual se encuentra 11 puntos por debajo de la previa a la asunción de este gobierno. Parte de esta explicación se apoya en el aumento de la Asignación Universal por Hijo –que además impacta sobre los ingresos de las familias más pobres- que creció 66% en términos reales desde fines de 2023.

Nuria Susmel, economista senior de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL)

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¿Qué debería publicarse por escuela? Puntaje, contexto y eficacia

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Por Ivana Templado – El discurso del presidente Milei en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, hace alusión a algunos temas referidos a la educación, aunque de modo muy tangencial y general[1]. La prioridad del Estado nacional sigue puesta en otras cuestiones por fuera de la educación, como la estabilización macro, la reducción del Estado (desregulación/privatizaciones) o la apertura económica y el posicionamiento geopolítico del país. El clásico tironeo entre lo urgente y lo importante o entre el corto y el largo plazo. Si bien, es verdad también, que sigue sobre la mesa la discusión del proyecto de Ley de Libertad educativa impulsado en 2025.

Teniendo en cuenta los lineamientos principales de aquel proyecto, retomo y analizo una de sus propuestas más discutidas: la publicación de los resultados por escuelas. La comparación en crudo de los resultados de Aprender suele mezclar cosas distintas: (i) el rendimiento observado de los estudiantes, (ii) el contexto socioeconómico de quienes asisten a cada escuela y (iii) la eficacia de la institución. Por eso es que hay que ser tan cautelosos al utilizar esa información, ya sea como insumo para decisiones de política, ya sea para financiamiento o para brindarla para la toma de decisiones de elección educativa. Si el indicador no separa composición y desempeño institucional, el riesgo es que la publicación termine reflejando principalmente diferencias sociales y no el aporte de las escuelas.

Sabemos que en el sistema educativo argentino, la educación obligatoria depende de las 23 provincias y la CABA, sabemos también de la heterogeneidad de resultados asociados a esta distribución federal, que se trata, de facto, de 24 sistemas educativos diferentes con algunos lineamientos generales comunes pero con amplia autonomía para el financiamiento, regulación y gestión hacia adentro de cada jurisdicción. Teniendo en cuenta esto, en lo que sigue voy a  representar el desempeño de una escuela típica en cada jurisdicción, usando, por simplicidad, los promedios provinciales.

Con datos de nivel primario de Aprender 2023, y foco en el sector estatal y urbano, la idea es separar el componente socioeconómico del alumnado, del desempeño institucional. Para ello, se postula un modelo en el cual los aprendizajes solo dependen de características propias del estudiante y sus familias. Luego se predice el aprendizaje teniendo en cuenta solo estas variables, si una parte importante está explicado por las mismas, entonces, la escuela aporta poco a dicho desempeño (ver Cuadro 1 para metodología).

El Gráfico 1 muestra una medida de eficacia: el aporte promedio de las escuelas de cada provincia[2], que busca capturar cuánto suma o resta la escuela una vez controladas características observables del estudiante y su contexto (incluyendo el quintil socioeconómico, la edad y género del estudiante, entre otros controles), y separando variación entre escuelas y dentro de escuelas.

Los valores positivos indican que, en promedio, las escuelas de esa provincia logran resultados por encima de lo esperable dado el perfil de sus estudiantes; mientras que los valores negativos indican resultados por debajo de lo esperable. En el gráfico se observa heterogeneidad: algunas provincias aparecen con eficacia promedio positiva (CABA, Formosa y Córdoba son algunas), mientras que otras presentan valores negativos (por ejemplo Santiago del Estero, Catamarca, Chaco). Lo ideal sería armar esta medición para varios años y tener en cuenta escuelas que consistentemente están por encima de lo esperado; en este caso se hizo para 2023 por simplicidad.

Gráfico 1Medida de eficacia por provincia

Fuente: elaboración propia. Ver Metodología en Cuadro 1.

Otra forma de ver el problema de la incidencia de la composición socioeconómica en los puntajes es ¿qué pasaría si todos los estudiantes fueran de los quintiles más pobres? ¿Cuál sería el desempeño promedio de las escuelas? El Gráfico 2 hace dicha comparación y muestra, para cada provincia, el puntaje de Lengua promedio observado con el contrafactual del puntaje que se obtendría si todos los estudiantes fueran del quintil 1 (todo lo demás, igual al observado). Esto permite observar cuánto del rendimiento promedio provincial está asociado a la composición socioeconómica del alumnado.

La brecha entre ambos ilustra un punto simple pero muy relevante: provincias con mejores resultados observados no necesariamente lo son por una ventaja del sistema escolar en sí, sino también por el perfil socioeconómico promedio de su matrícula. En el extremo, si dos provincias exhiben puntajes observados similares, pero una de ellas cae mucho más al asumir que sus estudiantes provienen de un nivel socioeconómico bajo, sugeriría que parte de su desempeño está más asociado al contexto que a la eficacia institucional.

Gráfico 2Puntaje de Lengua observado promedio y puntaje contrafactual Q1

Fuente: elaboración propia. Ver Metodología en Cuadro 1.

La comparación de ambos gráficos ayuda a evitar dos errores frecuentes: (i) confundir alto puntaje con alta eficacia escolar, y (ii) asumir que los contextos explican todo y que las escuelas no aportan. Aun así, el Gráfico 3 muestra el punto de contacto entre ambas dimensiones, las provincias que logran, en promedio, mayores puntajes incluso en un escenario contrafactual de una población de estudiantes de nivel socioeconómico bajo, tienden a ser también las que exhiben los mayores niveles de eficacia promedio estimada.

Gráfico 3Puntaje esperado en Q1 y eficacia escolar promedio por provincia

Fuente: elaboración propia. Ver Metodología en Cuadro 1.

En resumen, si el Estado avanzara en la publicación de resultados por escuela, estos ejercicios sugieren que publicar puntajes brutos sin contexto es insuficiente y potencialmente engañoso. Un esquema más responsable debería incluir, junto al resultado observado, al menos un indicador que intente captar desempeño neto de composición (por ejemplo, una medida de eficacia como la mostrada aquí) e, idealmente, su estabilidad en el tiempo. La transparencia es valiosa, pero el indicador que se publique es igual de importante, porque por un lado debería evitar que se convierta en un ranking de composición social, y por otro, sí debería promover una herramienta para identificar y aprender de escuelas que logran buenos resultados en su contexto.


Ivana Templado, economista senior de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL)

[1] “Por eso también estamos reformando la educación inicial y primaria para asegurar los conocimientos básicos de lectocomprensión que las últimas décadas se perdieron. Renovamos la currícula educativa, fortaleciendo las competencias fundamentales, ampliando las pruebas Aprender en primaria y secundaria.”

“En materia de capital humano, necesitamos reformar la educación inicial, primaria y secundaria. Todos sabemos lo bajo que ha caído la calidad de nuestro sistema educativo; las estadísticas son apabullantes. Por eso, durante nuestro Gobierno, la escuela servirá a su propósito original: darle las herramientas a nuestros niños para que puedan procurarse un futuro mejor, no para adoctrinarlos.”

“En materia de Capital Humano, […] y una gran mayoría de egresados escolares que no sabían leer o escribir, ni hacer cuentas matemáticas simples…”

[2] Estimado mediante un modelo multinivel (efecto escuela tipo BLUP),

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Tiempo de reformas

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Por Juan Luis Bour – El empleo privado asalariado formal, es decir los puestos de trabajo asociados a actividades con mayor productividad relativa, se mantiene estancado en los últimos 24 meses, o si se prefiere en los últimos 30 meses, o en los últimos 15 años. El nivel desestacionalizado de una serie larga con base 100 a mediados de 2004 alcanzó el nivel 130 en agosto de 2010 y el último dato disponible (diciembre de 2025) vuelve a estar en 130. En el medio, pequeños movimientos para arriba y para abajo, que podrían ser signos de un gran crecimiento de tendencia de la productividad, si no fuera que las bajas y altas corresponden a ciclos cortos macroeconómicos de expansión y contracción del PBI. A mediano y largo plazo, el empleo formal privado asalariado no crece, aunque el PBI haya crecido.

El contexto macroeconómico explica en buena medida este fracaso estrepitoso del mercado laboral formal, que en estos últimos 15 años muestra estancamiento del empleo productivo y un salto de las formas no contractuales de empleo –asalariados informales, cuentapropistas formales e informales- y del empleo público. En el mejor de estos años (2017) en términos de empleo privado asalariado formal y de PBI, el empleo privado estuvo 3.7% arriba de su nivel en 2025. Las otras formas de empleo estuvieron mucho más arriba: los monotributistas (sociales y otros) crecieron 23% -a pesar de la caída de los “sociales” desde fines de 2024- y los empleados públicos son 8% más.

En los últimos dos años, sin embargo, hubo cambios relevantes en términos de un descenso del empleo público agregado –caída importante en el gobierno federal, movimientos dispares en provincias y municipios- y la baja de unos 400 mil inscriptos como monotributistas sociales desde diciembre de 2024, que redujo 3% en ese mes el total de ocupados considerados formales. Es un cambio copernicano respecto de lo ocurrido desde 2003 a 2023, pero no alcanza. El cambio en empleo público y la categoría de monotributistas sociales pone de relieve la informalización del empleo total durante las primeras dos décadas del siglo: el desempleo, en los hechos, se mantenía oculto en formas precarias de formalización y en el aumento del empleo público. Estos cambios, por lo tanto, son bienvenidos desde el punto de vista de reducir el desempleo oculto, pero no cambian la tendencia. Eventualmente, si la tasa de actividad no cae, podrían aumentar la oferta en un mercado que tiene de por sí poca demanda de trabajadores formales. Por lo tanto, hoy se necesita algo más para que el mercado laboral funcione y, de paso, para que la economía funcione.

Alguna recuperación de la demanda de empleos formales vendrá, sin duda, de la mano de una mejora de la macro: si la economía logra hilvanar varios años de crecimiento evitando caídas (desde 2008 no logramos sumar tres años seguidos de crecimiento), la diferencia será notable, pero no alcanzará para formalizar empleo. Eliminar desempleo oculto es importante, pero no es lo mismo que crear empleo de calidad. La otra condición para recuperar empleo formal es la de revisar y cambiar las normas regulatorias del mercado laboral, en línea con lo que propone la nueva ley y, en general, introducir flexibilidad normativa para adaptarse a cambios. La rigidez es un resabio medieval de mundos inmutables.

Asumido que para crear empleo de calidad se deben aplicar reformas que inciden sobre los contratos laborales que -de forma explícita o implícita- todos enfrentamos, surge inmediatamente la pregunta de cuáles son los costos que debemos asumir. Ello recuerda –para poner un ejemplo dramático- el dilema del tranvía en la filosofía y la psicología moral, recientemente reescrito en términos del automóvil autónomo (para acercarnos a la era de Elon Musk). En el dilema original, un tranvía corre fuera de control por una vía en la que más adelante hay cinco personas atadas. Es posible accionar un mecanismo que desvíe el tranvía a otra vía en la que más adelante hay (solo) una persona atada. ¿Deberíamos accionar el mecanismo o no hacer nada?

En los hechos, tras escribir las leyes laborales hace 80 años no hicimos más que observar cómo empezamos a crear grandes bolsones de informalidad, para extender esos bolsones a todo el mercado laboral –privado y público-, y con ello destruir la correspondencia entre trabajo y previsión que derivó en la crisis laboral y previsional en que estamos sumidos. El dilema del tranvía existe en la vida real y en política económica, porque no existe tal cosa como un free lunch: toda decisión entraña costos, ya sea hacer algo o no hacer nada. Si no hacemos nada, la informalidad seguirá su marcha y con ello seremos una sociedad que aumentará su carácter dual, con sectores muy pequeños de muy alta productividad capital intensivos que podrán soportar cualquier regulación laboral y emplearán muy pocos trabajadores, y un resto de la economía cada vez más grande de bajísima productividad e ingresos muy inferiores.

Si preguntamos qué hacer a los empresarios y sindicalistas que pueden soportar las cargas actuales que impone la regulación laboral, dirán que no hay que tocar nada. Y si se puede mantener la economía cerrada y la protección tanto mejor. Dirán que hay que dejar que todo siga igual, aunque aplastemos con el tranvía a los cinco que están adelante, es decir, aunque la economía siga su rumbo de informalización. La alternativa es hacer algo, sabiendo que habrá necesariamente costos para quienes hoy tienen privilegios o un mejor pasar a costa del resto. El gobierno ha logrado pasar la ley que busca cambiar de vía. Tiene sus riesgos y sus costos, pero lo relevante es: ¿Qué preferiría Usted, sabiendo que en ningún caso estará libre de culpa?

Juan Luis Bour, director de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL)

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Industria: enero arrancó con rebote mensual, pero sigue la contracción interanual

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La industria argentina arrancó 2026 con una señal ambigua. Enero dejó una caída interanual del 3,6%, séptimo mes consecutivo en terreno negativo. Pero, al mismo tiempo, mostró una mejora del 2,1% respecto de diciembre en la medición desestacionalizada. ¿Piso técnico o simple oscilación dentro de una tendencia contractiva?

El Índice de Producción Industrial (IPI) de FIEL ofrece una fotografía que obliga a una lectura cuidadosa: hay señales de estabilización, pero todavía no de recuperación estructural.

Tres años en rojo

El balance de 2025 cerró con una caída del 0,8%. Es el tercer año consecutivo de retroceso industrial. Más aún: el nivel de actividad se ubica 12,9% por debajo del máximo alcanzado en 2011. No se trata de un tropiezo coyuntural, sino de una trayectoria descendente prolongada.

La industria atravesó en 2025 un año partido en dos. El primer semestre mostró un rebote acumulado de 2,6% interanual, favorecido por una base de comparación muy deprimida tras el shock macroeconómico de fines de 2023 y el desplome de comienzos de 2024. Pero en el segundo semestre el escenario cambió: turbulencias cambiarias, tensión financiera e incertidumbre preelectoral erosionaron la dinámica productiva. El año cerró con seis meses consecutivos de contracción.

La pregunta central no es si hubo rebote estadístico, sino si existe demanda genuina capaz de sostener un nuevo ciclo.

El mapa sectorial: luces aisladas, sombras extendidas

El desempeño por ramas industriales revela una estructura desequilibrada.

Entre los sectores que lograron crecer en 2025 se destacan minerales no metálicos (+6,5%), industrias metálicas básicas (+3,2%), refinación de petróleo (+3,2%) y alimentos y bebidas (+3%). Son actividades vinculadas a energía, construcción e insumos esenciales, con cierta inercia de demanda.

Pero el bloque contractivo fue más amplio y profundo. Químicos y plásticos cayó 9,9%; papel y celulosa 3,6%; automotriz 3,3%; metalmecánica 2,7%; cigarrillos 2,9%. No son bajas marginales: químicos y plásticos acumula cuatro años de retroceso; metalmecánica, tres; automotriz, dos.

Más que un ciclo homogéneo, la industria muestra fragmentación: sectores vinculados a exportaciones o consumo básico resisten; los dependientes del crédito, del mercado interno durable o de cadenas industriales complejas siguen bajo presión.

Bienes de capital arriba, consumo durable en caída libre

La lectura por tipo de bienes agrega otra capa de análisis.

Los bienes de capital crecieron 4,3% en 2025, impulsados principalmente por transporte pesado. Sin embargo, hacia fin de año comenzaron a mostrar señales de enfriamiento, especialmente en maquinaria agrícola y utilitarios.

El consumo no durable avanzó 2,3%, sostenido por alimentos. Pero el consumo durable cayó 6,1%, arrastrado por automóviles y bienes para el hogar. Es un dato clave: cuando los hogares postergan decisiones de compra de alto valor, la recuperación se vuelve más frágil.

Los bienes de uso intermedio retrocedieron 2,1% y acumulan cuatro años de caída, una señal de debilidad en las cadenas productivas.

La industria no sólo produce menos; produce con menor profundidad.

Enero: alimentos sostienen, automotriz perfora el piso

El arranque de 2026 mantiene esa lógica. Alimentos y bebidas crecieron 4,7% interanual en enero; refinación de petróleo subió 1,6%. Pero la automotriz se desplomó 30,3%. Metalmecánica cayó 12%; papel y celulosa 7,1%; químicos y plásticos 5,2%.

El dato más inquietante no es sólo la magnitud de algunas bajas, sino su extensión: el 65% de las actividades industriales mostraron contracción en el trimestre noviembre–enero. La caída está ampliamente difundida.

Además, el informe anticipa dos focos de tensión inmediata: el impacto del cierre de una de las principales fábricas de neumáticos —que afectará a químicos y plásticos— y nuevas paradas programadas en terminales automotrices durante febrero.

La mejora mensual desestacionalizada puede indicar que se dejó atrás el momento más crítico del segundo semestre de 2025. Pero todavía no hay evidencia de que la industria haya iniciado un sendero expansivo sostenido.

Señales para el tablero empresarial

Para las empresas, el escenario combina tres vectores:

  1. Estabilización macro relativa, con menor volatilidad mensual.
  2. Demanda interna aún débil, especialmente en bienes durables.
  3. Recuperación sectorial selectiva, concentrada en alimentos, energía y materiales básicos.

En términos estratégicos, 2026 podría convertirse en un año de transición. La industria parece haber encontrado un piso técnico, pero todavía no el impulso necesario para crecer de forma homogénea.

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FIEL: la producción industrial acumula bajas en 2025 y crecen las alertas sobre automotriz y químicos

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La actividad industrial cayó 5,3% en octubre y la economía manufacturera dejó de crecer en el acumulado del año, según FIEL

El sector manufacturero registró en octubre una contracción interanual del 5,3% y perdió el avance que mantenía en el acumulado de 2025, de acuerdo con el Índice de Producción Industrial (IPI) elaborado por la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL). El retroceso se profundiza en un contexto marcado por cuatro meses consecutivos de caída y por una fase recesiva que acumula una baja de 8,9% anual desde febrero.

Un octubre con señales mixtas: minerales no metálicos al alza y nuevas caídas en automotriz, metalmecánica y químicos

De acuerdo con la información preliminar del IPI, el sector de minerales no metálicos fue el único con un desempeño notable, impulsado por un fuerte crecimiento de los despachos de cemento a granel. Esta suba se sostiene desde comienzos de año, mientras que las ventas en bolsa mostraron un retroceso moderado, aun con costos de la construcción que continúan ajustándose a la baja tras el pico de junio.

La producción de alimentos y bebidas también registró un incremento interanual, alcanzando el nivel más alto de actividad para un mes de octubre en toda la serie. Dentro del rubro, la faena vacuna volvió a caer, pero la producción porcina y aviar, así como la actividad lechera, sostuvieron un ritmo de crecimiento.

En cambio, la industria automotriz profundizó su fase contractiva: fue el cuarto mes consecutivo de caída en la producción de automóviles, arrastrando al conjunto de la rama pese a que los utilitarios sumaron un trimestre de recuperación tras paradas técnicas. Las ventas mayoristas redujeron su ritmo por segundo mes, con una merma en los envíos de unidades nacionales a concesionarias y cuatro meses consecutivos de caída en las exportaciones, especialmente hacia Brasil.

La producción metalmecánica encadenó su tercer mes de disminución interanual. En el segmento autopartista —afectado por problemas de competitividad— se anunció el cierre de una de las firmas más relevantes del sector a fines de octubre.

El informe también señaló una nueva caída en químicos y plásticos, explicada por menores niveles de producción de jabones, detergentes, neumáticos y agroquímicos. En este último rubro, se destacó una parada programada en instalaciones de Bahía Blanca para la ejecución de inversiones.

Diez meses sin crecimiento acumulado y sectores que empiezan a perfilar su desempeño hacia 2026

Entre enero y octubre, el ranking de crecimiento por ramas muestra a minerales no metálicos al frente con un avance acumulado del 7%, seguido por alimentos y bebidas con un 3,4%. También registraron mejoras la producción automotriz (2,7%), la refinación de petróleo (2,6%), las industrias metálicas básicas (2,5%) y los insumos textiles (0,8%).

Por el contrario, el resto de los sectores continúa en terreno negativo en la comparación interanual acumulada:

  • Metalmecánica: –2,8%
  • Cigarrillos: –3,3%
  • Papel y celulosa: –5,1%
  • Insumos químicos y plásticos: –8,8%

Analizado por tipo de bienes, los bienes de capital lideran el crecimiento acumulado del año con 7%, mientras que los bienes de consumo no durable avanzaron 2,6%. En contrapartida, los bienes de uso intermedio retrocedieron 1,6% y los bienes de consumo durable cayeron 4,1% en los primeros diez meses.

A su vez, el índice de difusión industrial mostró en el trimestre agosto–octubre el registro más bajo desde el inicio de la fase recesiva, con más del 60% de la industria en retroceso respecto de los niveles del año previo.

En términos desestacionalizados, la actividad exhibió en octubre un impasse: creció 0,3% mensual, aunque la trayectoria general sigue siendo contractiva.

Industria en caída hacia fin de año y expectativas sobre el acuerdo con Estados Unidos

El análisis de FIEL advierte que, pese a algunos repuntes puntuales, la industria cerrará 2025 en retroceso, consolidando un período recesivo más intenso que en dos de las once crisis industriales registradas desde 1980. El comportamiento negativo se amplifica en ramas clave como automotriz, metalmecánica y químicos.

Hacia 2026, el informe anticipa que comenzarán a definirse los sectores líderes de la nueva etapa industrial, y menciona que existe una “expectativa por oportunidades y desafíos derivados del acuerdo comercial y de inversiones con Estados Unidos”.

La evolución regional, los costos energéticos y la competitividad serán elementos determinantes para evaluar si la industria logra salir del ciclo contractivo y recuperar dinamismo durante el próximo año.

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