GOLPE DE ESTADO

¿Y si la Tercera Guerra Mundial arranca en África?

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El estallido social en Níger terminó pateando el tablero geopolítico, generando mucha incertidumbre acerca del futuro del rearmado político. En pleno continente africano, intereses occidentales y rusos se juegan una parada importante. 

Un golpe de estado en África, algo que a simple vista y desde la construcción ignota del colectivo imaginario, podría pensarse que es algo habitual, moneda corriente o inclusive hasta “cíclico”. Sin embargo, esta inestabilidad política en la zona del Sahel no responde solamente a factores internos, los cuales siempre existen, sino que hay un paradigma en puja. Esta vez fue Níger, quien en un arrebato social anticolonial, le puso los puntos a Francia con gran apoyo popular. Esta cúpula militar que maneja un país ardiente en términos políticos cuenta con el respaldo de gran parte del pueblo, y justamente, en esas movilizaciones se vio un detalle interesante: quemaron banderas de Francia e izaron banderas de Rusia.

Dos temas a desglosar brevemente. El problema del Sahel con Francia es algo que viene generándose desde el reparto de África entre 1884 y 1885, en donde Francia y Reino Unido se dividieron los territorios del continente a gusto y piacere

El final de la Segunda Guerra Mundial marcó el proceso de descomposición de ese orden colonial, dando como resultado una serie de repúblicas que se liberaron políticamente del yugo opresor. Más allá de eso, la presión y el dominio económico siguieron siendo una constante. De ahí, que se puede comprender parte del desarraigo con los franceses, además de cuestiones relacionadas al racismo, la mala administración y la ineficacia en el combate contra el terrorismo. 

Por otra parte, está Rusia. El país que hoy en día maneja Putin no formó parte de la conferencia imperialista del Siglo XIX. En ese momento, el Imperio de los zares tenía sus propios problemas e inclusive algunos pleitos con Oriente. La Unión Soviética tampoco marcó una presencia total en el continente africano, más allá de algunos acuerdos o cercanía con los movimientos nacionalistas, el grueso de las relaciones bilaterales o de la presencia rusa en África se da con la gestión Putin. El continente madre es un gran proveedor de materias primas, algo que se conoce hace rato, y en el juego de los recursos, Moscú le cantó real envido a Occidente. La presencia de los mercenarios de Wagner es significativa, y a los nigerinos les fueron útiles.

Dicho esto, el escenario es este: en Níger, tanto Rusia como Francia se disputan sus recursos, entre ellos uranio y oro. Como no podía ser de otra manera, el imperio está a la orden del día. 

¿Los hermanos sean unidos?

Claro, la respuesta de los países limítrofes fue inmediata, generando un sistema de alianzas, tan frágil como una copa de cristal, aunque sirve para ver los intereses de cada uno. Mali y Burkina Faso están aliados con Níger y mantienen una postura rusista, en conjunto con el creciente respaldo de Chad. En cambio, Nigeria, Senegal, Costa de Marfil y Benín se han opuesto con un repudio generalizado a lo que sucede en Níger. Las alianzas no son en vano, ya que el conflicto armado está a la vuelta de la esquina. 

Si alguno de los países nombrados previamente ataca a Níger, se activa ese sistema de defensa, y detrás de ellos vendrán las potencias. Quizás no la débil Francia, pero si Estados Unidos, quien no escatima jamás en unirse alguna pelea global si puede sacar rédito. Por otro lado, el respaldo de Níger es Rusia, y detrás está China, Irán e inclusive Corea del Norte, a quien tampoco le tiembla el pulso para mostrar su poderío militar.

 Durante décadas se teorizó sobre como podría arrancar la Tercer Guerra Mundial, casi como si fuese el destino de la humanidad, una especie de destino final. Se habló de Rusia, China y Medio Oriente, y la siempre nefasta presencia de Estados Unidos en cualquier parte del mundo. De hecho, de haber una guerra global, seguro que estos jugarían de titular en sus respectivos equipos. Lo que nadie pensó es que un frente africano podría ser el punto de partida para este conflicto. África es el continente desde donde nació el mundo, por las teorías de expansión de australopitecos y homínidos y ahora parece estar signado a ser la próxima estación de la destrucción humana, obviando las graves crisis humanitarias en las que están ahogados hace siglos.

Pero, ¿qué pasa si esta Tercera Guerra Mundial ya arrancó y no lo sabemos? Claro, el mote de guerras mundiales es algo que surge luego, pero el mundo quizás no dimensiona la guerra híbrida en la que nos encontramos, y de alguna manera, tiene alcance mundial. El conflicto en Ucrania dio paso a una reconfiguración mundial que solo vino a reafirmar posturas, aunque el trajín de esta conflagración ya afectó a otras zonas ajenas a los tanques y las bombas. ¿Cómo lo hizo? Con la economía. Quizás ya estamos inmersos en un gran conflicto global que tiene varios frentes, el ucraniano que ya está abierto, el africano que es novedoso y el taiwanés que siempre pende de un hilo. Solamente se necesita un enfrentamiento directo para retroceder como humanidad, envueltos en la violencia política de la cual el ciudadano global nada quiere saber ni entender, solamente vivir ajeno a lo que sucede en el mundo.

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Lula remueve a jefes policiales en 18 estados y a 26 responsables regionales

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El Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil desplazó hoy de sus cargos a 18 jefes de la Policía Federal (PF) y a 26 de los 27 superintendentes regionales de la Policía Caminera Federal (PRF), después de haber despedido a militares afectados a la seguridad del Palacio del Planalto tras los ataques golpistas del 8 de enero.

El ministro de Justicia, Flávio Dino, oficializó la remoción de 26 de las 27 cúpulas regionales de la PRF, excepto la del estado de Piauí, ocupado de forma interina por Jairo Lima, y el cese de 18 jefes de la PF, entre ellos los tres más importantes, San Pablo, Río de Janeiro y Minas Gerais.

El nuevo superintendente de la PF en Río de Janeiro es Leandro Almada, en el cuerpo policial desde 2008 y conocido por liderar una investigación que rebeló trabas en el esclarecimiento del asesinato de la concejal Marielle Franco, ocurrido en 2018, destacó el diario local Folha de Sao Paulo.

Para San Pablo, la mayor superintendencia del país, el elegido fue Rogério Giampaolli, que ya era jefe del Comando Táctico de Operaciones y actualmente estaba a cargo de la PF en el municipio paulista Sorocaba.

Para comandar la superintendencia en Paraíba se designó a Christiane Correa Machado, que ya fue jefa de la división antiterrorista durante cinco años y coordinó la protección contra atentados extremistas en el Mundial de 2014 y en los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro.

Respecto de la PRF, su imagen se vio afectada por una serie de acciones destinadas a favorecer la votación de Bolsonaro en los comicios de octubre de 2022, cuando se obstruyó el paso de micros con electores de Lula en estados de la región nordeste.

El exdirector de la PRF, Silvinei Vasques, un oficial cercano al expresidente Jair Bolsonaro, es investigado por la Justicia Federal.

Además, en mayo del año pasado, agentes de la PRF arrestaron y asfixiaron, en Sergipe, al motociclista Genivaldo Jesus Santos, que falleció dentro de un vehículo policial, hecho que encendió las alarmas sobre los procedimientos policiales.

La sustitución no vendría motivada por los ataques a los tres poderes de Brasil del 8 de enero pasado, informó Dino, que agregó que la decisión había sido debatida en la etapa de transición del nuevo Gobierno de Lula da Silva.

Sin embargo, previo a estos cambios dentro de la Policía, el Gobierno de Lula había modificado los gabinetes de seguridad encargados de custodiar el Palacio del Planato, sede de la Presidencia, y el Palacio de la Alvorada, la residencia oficial, tras los ataques golpistas.

Ese 8 de enero, el Gobierno brasileño decretó la intervención federal de la Secretaría de Seguridad Pública de Brasilia por “omisión” de la policía local ante el accionar de los grupos extremistas.

Dino defendió la “desbolsonarización” de las fuerzas de seguridad y declaró que “lo opuesto de una policía bolsonarista es una policía legalista, nadie puede sabotear una operación policial por cuestiones ideológicas”, según recogió la agencia de noticias ANSA.

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Lula, sobre el ataque en Brasilia: “Tuve la impresión de que era el principio de un golpe de Estado”

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El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, afirmó que tuvo la “impresión” de que las manifestaciones que atacaron los edificios de los tres poderes en Brasilia, el 8 de este mes, eran “el comienzo de un golpe de Estado”, en su primera entrevista exclusiva con un medio desde su asunción, publicada hoy.

“Tuve la impresión de que era el principio de un golpe de estado; tuve la impresión, incluso, de que el personal estaba siguiendo el orden y la orientación que (su antecesor, Jair) Bolsonaro dio durante mucho tiempo”, dijo el mandatario en una entrevista exclusiva con el canal brasileño GloboNews.

Al referirse a Bolsonaro, señaló que durante “mucho tiempo llamó a invadir la corte suprema, mucho tiempo desacreditó al Congreso nacional, mucho tiempo llamó a que el pueblo portara armas, que esto era la democracia”.

El domingo 8 de este mes, miles de personas identificadas con Bolsonaro invadieron y saquearon los edificios de la Presidencia, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal (STF, corte suprema) en Brasilia, pidiendo a gritos un golpe de estado contra el gobierno del líder del Partido de los Trabajadores (PT), que llevaba una semana de gestión.

El mandatario dijo que en cuanto supo de la invasión llamó al jefe del Gabinete de Seguridad Institucional (GSI), el general Marco Edson Gonçalves Días, para preguntar dónde estaban los soldados.

“No vi a ningún soldado, solo vi gente entrando, no vi a ningún soldado reaccionar, y dijo que había llamado a los soldados”, describió.

“Estos soldados no se presentaron, me estaba enojando porque no era posible la facilidad con la que la gente invadía el palacio del presidente de la república”, agregó.

Lula informó que habló con el ministro de Justicia, Flávio Dino, y aseguró que se había propuesto llevar a cabo una Operación de Ley y Orden (GLO), una atribución exclusiva del presidente de la república que consiste en recurrir a las fuerzas armadas en caso de agotamiento de los efectivos de seguridad pública.

Las operaciones GLO se adoptan en situaciones graves de alteración del orden.

Sin embargo, Lula dijo que optó por hacer una intervención federal en la seguridad pública del Distrito Federal (DF), nombrando al secretario ejecutivo del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública, Ricardo Cappelli.

El presidente añadió que, tras la intervención en la Policía Militar del DF, la operación para recuperar el control de la sede de los Tres Poderes comenzó a surtir efecto.

En otra referencia a Bolsonaro, Lula enumeró las actitudes de su antecesor que llevaron a sus seguidores más radicales a creer que seguían orientaciones del expresidente.

“Su decisión de permanecer callado tras perder las elecciones, su decisión de no pasarme la banda (presidencial), de irse a Miami como si huyera por miedo a algo, y su silencio, incluso después de lo ocurrido aquí (en Brasilia), me dieron la impresión de que sabía todo lo que estaba pasando, de que tenía mucho que ver con lo que estaba ocurriendo”, sentenció.

Inmediatamente, aclaró que la que debe determinar el papel de Bolsonaro en los acontecimientos del 8 es la Justicia, pero aseguró que su “impresión” era que el exmandatario “esperaba volver a Brasil en la gloria de un golpe de estado”, y por eso, no podía permitir un GLO.

“Tuve que tomar la decisión política y tomamos la decisión correcta”, dijo.

Además, calificó de “profesionales” a los manifestantes radicales y apuntó contra las fallas de la inteligencia estatal.

“Tenemos información del GSI, Abin (Agencia Brasileña de Inteligencia), el Ejército, la Marina y la Aeronáutica; nada de esta inteligencia sirvió para advertir al presidente de la república”, criticó.

Lula, que ese fin de semana se encontraba en San Pablo, comentó que había salido de la capital con la información de que no había conflictos previstos.

“Si hubiera sabido el viernes (6) que iban a venir 8.000 personas, no habría salido de Brasilia; me fui porque todo estaba en calma”, dijo.

Lula aprovechó para citar a Anderson Torres, quien fuera ministro de Justicia de Bolsonaro y era secretario de Seguridad Pública del DF en el momento del asalto en Brasilia.

“Sabía lo que iba a pasar, se fue y cuando volvió se dejó allí el celular”, dijo.

El presidente también defendió que se condene a todos los que la Justicia demuestre que estaban implicados en los atentados y aclaró que tendrán “derecho a una defensa”

“De lo contrario, no garantizamos la existencia, la supervivencia de la democracia, y con la democracia, no se juega”, concluyó.

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Brasil, rehén de Bolsonaro

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Las represalias de las derechas latinoamericanas no se quedan en un simple comentario en redes sociales, sino que se manifiestan en las calles. Tal es el caso de Brasil, en donde los bolsonaristas asaltaron las sedes de los tres poderes. El crecimiento de la influencia ideológica para semejante arrebato a la paz institucional tiene nombre y apellido: Jair Bolsonaro. 

El Congreso, Planalto y el Supremo Tribunal de Justicia en Brasilia fueron asediados por seguidores bolsonaristas, quienes, con afán de irrumpir el orden público, se llevaron por delante lo edilicio, lo artístico que decoraba los recintos, pero lo más importante, el respeto a las instituciones democráticas. La condena internacional hacia los hechos ocurridos en la capital brasileña la semana pasada, parece no encontrar total aceptación en el propio país de los sucesos golpistas. Tal es así, que la figura de Bolsonaro es la representación máxima de una porción grande de la sociedad, y que, como figura principal, sirvió de instigador para provocar estos asaltos. 

Fotos de Gabriela Bilo, Fotojornalista de Folha de S. Paulo cubriendo política em Brasília.

Justamente, en Brasil, y sobre todo dentro del oficialismo, apuntan hacia el ex presidente. Pero no solo como un opositor partidario, sino como una verdadera amenaza para la democracia. A tal punto, que su retorno a Brasil es una incógnita, y varias versiones giran en torno. Por un lado, el fantasma de la extradición, que podría tomar curso legal, y, por otro lado, la decisión estadounidense en mano de congresistas demócratas, exigiendo que se le revoque la visa diplomática. Más allá de eso, el concepto no busca diluirse en hipotéticos escenarios. Sino más bien, en la construcción de un fenómeno que hoy toma entidad y que amenaza seriamente al curso democrático de Brasil. 

Cuando se afirma que el vecino país es rehén de Bolsonaro, no se refiere al hecho de que no haya gente que pueda pensar de otra manera, o al hecho de intentar forzar la preferencia por el Partido de los Trabajadores, quién como todo ente que ejerció el poder tiene tópicos cuestionables. Aquí se va mucho más allá, y es al irrespeto total de las instituciones. El bolsonarismo, siendo gobierno y siendo oposición, marcó su agenda por el descrédito del sistema que eleva las voluntades populares al manejo estatal. Su posicionamiento como un cúmulo de “outsiders anti – comunistas”, solo profundizó aún más a la noción anti – Estado, que lejos de una premisa del anarquismo clásico, aboga por ampliar la diferencia entre los ricos y los pobres, casi como si se tratase de una suerte de darwinismo social, en donde se privilegie a los que mejor se adaptan a la jungla de concreto en sociedad. 

El disparate del total desprecio del bolsonarismo por el modelo democrático esconde una cuestión aún más oscura. Son férreos defensores de la sangrienta dictadura que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. Básicamente, defender eso es estar de acuerdo con las desapariciones, con las disidencias, con los que piensan distinto, en otras palabras. Y no es tan distante al accionar poco tolerante que explicita hoy en día el bolsonarismo en términos de libertad de elección. Cierto es, Bolsonaro no promulgó un sistema de operaciones de terrorismo estatal en donde desapareció sistemáticamente a un grupo de personas, pero su afán por no aceptar a las voluntades populares, movilizado por las redes sociales y la falta de filtros en una sociedad cada vez más alejada del criticismo, resulta en un caldo de cultivo ideal para generar una fuerza de choque que, en este caso, responde a los intereses de la derecha más conservadora y recalcitrante que accedió al poder en América Latina en los últimos años. 

De esta forma, casi como en efecto en cadena entre el pastor y su rebaño, Bolsonaro al no aceptar su derrota en las urnas con Lula da Silva, solamente extendió esa incomprensión libertaria a sus seguidores. Las consecuencias están a la vista de todos y podrían continuar. De hecho, lo que se vio hasta el momento del bolsonarismo lejos está de ser lo último. Es solamente la punta del iceberg de un movimiento que acapara a millones de brasileños y que responden a la (i)lógica del ser apolítico. Esta manifestación es solo el vaciamiento de un orden crítico, y en donde pareciera ser que se marca una grieta lo suficientemente grande como para tragarse a todo Brasil: Lula o Bolsonaro – Bolsonaro o Lula. 

Sin embargo, el bolsonarismo lejos de ser una expresión nacional o, inclusive, regional de la derecha, tiene manifestaciones internacionalistas. Básicamente esto se desprende de dos lecturas. En primer lugar, es efecto de una conjunción ideológica en bloque, a modo latinoamericano. Es decir, donde existe un Bolsonaro, existe un Macri, existe un Lacalle Pou, existe un Lenin Moreno y existe una Jeanine Añez. Inclusive existen manifestaciones de esta nueva derecha de América Latina que no llegaron al poder principal de un país, pero están presentes en el espacio público y son grandes propaladores de este anti – estatismo, como por ejemplo Javier Milei o Luis Fernando Camacho (este último se encuentra detenido en Bolivia por su participación en el golpe de Estado de 2019). Este bloque fue una respuesta a un desgastado Socialismo del Siglo XXI que no supo renovarse a tiempo para mantener unida su hegemonía regional.

Además de ello, hay una definición un tanto más alejado de nuestro bloque latino. Esta lectura responde a la presencia y la fuerte huella que dejó Donald Trump en Estados Unidos. De hecho, el trumpismo es una imagen “primermundista” del bolsonarismo. Los seguidores del ex presidente de EE.UU. se caracterizan por tintes racistas, xenofóbicos, anti – democráticos, defensores del uso de armas en civiles, entre otras aristas. Estas semejanzas se hacen aún más evidentes cuando se compara la reacción de sus líderes al perder las elecciones y lo que provocó en sus seguidores. En el caso de Trump, el asalto al Capitolio, y en el caso de Bolsonaro, el asalto a los edificios de los tres poderes en Brasil. Líderes mesiánicos que responden al discurso con mayor prevalencia en la derecha. 

Este conservadurismo político llegó renovado, con una versión más versátil, para jóvenes y adultos, con una imagen más “benevolente” y “cool” por el uso de redes sociales, pero manteniendo la premisa golpista que siempre lo caracterizó. Claro está que existen diferencias entre las derechas, aunque su espíritu de revanchismo ideológico se mantiene intacto, como si se tratará de años de la Guerra Fría, donde el mundo era una “izquierda o derecha” constante, o aún peor, un mundo en donde, según estas nuevas derechas latinoamericanas, no existe el otro, ni la otredad, ni la diferencia. 

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Detienen a exministro de Bolsonaro investigado por los actos golpistas del 8 de enero

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El exministro de Justicia de Jair Bolsonaro, Anderson Torres, fue detenido hoy en el aeropuerto internacional de Brasilia, en el marco de la investigación por los actos golpistas contra Luiz Inácio Lula da Silva ocurridos el 8 de enero, informaron fuentes oficiales.

Torres, que se encontraba en los Estados Unidos, fue hasta el domingo pasado secretario de Seguridad del Gobierno del Distrito Federal y por eso el máximo responsable de garantizar la integridad de los edificios públicos que fueron invadidos por los seguidores del exmandatario de ultraderecha.

El avión en el que se trasladó el exministro llegó cerca de las 7:30 (hora local y de Argentina) al aeropuerto de la capital, donde Torres era esperado por la Policía Federal, indicaron sus abogados a la prensa.

Su detención fue ordenada por el juez del Tribunal Supremo (TSF) Alexandre de Moraes que lo investiga por presunta “omisión y connivencia” durante el asalto a las sedes de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Además, la Policía Federal encontró en la casa de Torres un borrador de un decreto para desconocer el resultado de las elecciones que consagraron a Lula.

El propio Torres admitió la existencia del documento que “iba a ser triturado oportunamente en el ministerio”.

En su cuenta de la red Twitter, el exministro escribió que el papel “fue filtrado fuera de contexto, ayudando a alimentar narrativas falaces” en su contra, y remarcó que tiene “la conciencia tranquila” y que respeta la democracia.

El documento es una minuta de un decreto para que el entonces presidente Bolsonaro pudiera instaurar el estado de defensa en la sede del Tribunal Superior Electoral (TSE), en busca de revertir el resultado de las elecciones que ganó Lula.

El borrador tiene tres páginas y fue encontrado en el armario de la casa de Torres, que estaba de vacaciones en Miami y que regresó horas después de que el Gobierno anticipara que iba a pedir su extradición a Estados Unidos si no volvía antes del próximo lunes.

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