Iglesia

La Iglesia rechaza la ley del Gobierno sobre propiedad privada y pide al Congreso que vote en contra

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Cáritas Argentina, el Área de Ecología Integral de la Comisión Episcopal de Pastoral Social (CEPAS) y el Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (Endepa) difundieron una carta abierta dirigida a los legisladores nacionales en la que expresan su preocupación por el proyecto del Poder Ejecutivo denominado “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada”.

En el documento, las instituciones eclesiales sostienen que la iniciativa “atenta contra la soberanía de nuestra tierra, de nuestros alimentos, de nuestros bienes comunes y el derecho de los pueblos de autodeterminarse”, al tiempo que recuerdan que la tierra constituye un bien común destinado al servicio de toda la humanidad.

La carta cita enseñanzas del papa León XIV sobre el destino universal de los bienes y afirma que el suelo, el agua, el aire y los recursos naturales “han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones”.

Los firmantes manifiestan especial inquietud por los artículos que eliminarían las restricciones vigentes para la adquisición de tierras por parte de extranjeros, especialmente aquellas vinculadas con reservas de agua y otros bienes naturales. También consideran preocupante la habilitación para el uso inmediato de tierras afectadas por incendios, una práctica que hasta ahora se encontraba limitada por la legislación.

Asimismo, advierten que el proyecto reduciría la capacidad del Estado para planificar el uso del territorio, desarrollar obras públicas y resguardar el interés comunitario frente a intereses privados.

Las enseñanzas de Laudato si’
Las entidades recuerdan las enseñanzas del papa Francisco en la encíclica Laudato si’, donde la tierra es presentada como “nuestra hermana y nuestra madre”, y subrayan que para las comunidades rurales, campesinas e indígenas representa identidad, cultura, memoria y futuro.

En otro tramo del texto, también vinculan el debate con el acceso a la vivienda, al considerar necesario promover políticas que faciliten el acceso a un hogar digno mediante un marco jurídico equilibrado para propietarios e inquilinos.

Finalmente, Cáritas, Cepas y Endepa exhortan a quienes participen del tratamiento legislativo a orientar sus decisiones “por el bien común y el futuro de las generaciones venideras, más que por intereses particulares”, poniendo en práctica “la nobleza de la política como máxima expresión de la caridad”.

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¡Francisco, repara mi Iglesia!, la revancha del Espíritu Santo

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El marcado paralelismo en las dos historias que tienen por protagonistas a dos Franciscos, están separadas por ocho siglos pero a la vez están atraídas por una cercanía que trasciende la línea del tiempo y el espacio y se enlazan en una profunda sinonimia espiritual. Francisco de Asís en realidad se llamaba Giovanni di Pietro di Bernardone; hijo de un mercader de la Umbría, ducado de Spoleto, en Italia; y Francisco, papa número 266 de la Iglesia Católica, cuyo nombre de pila lo conocemos: Jorge Mario Bergoglio, nacido en el barrio de Flores, en Buenos Aires, Argentina, hijo de un obrero ferroviario. Hay una misión, un llamado, un mandato, que probablemente marca la ruta apostólica de los dos Franciscos: la reparación de la Iglesia de Cristo. 

Aquella visión sobrenatural que experimentó Francisco de Asís, en la capilla de San Damián, donde sintió escuchar una voz que le decía “Francisco, repara mi Iglesia”, nada tenía que ver con la refacción física del templo, como fue la primera interpretación del santo italiano. El mandato era mucho más profundo: levantar los cimientos de una Iglesia arrodillada ante los avatares seculares en donde el poder feudal oprimía a los pobres, y enriquecía aún más a los ricos.

La iglesia medieval estaba más preocupada por la conquista de territorios, a través del despliegue de tropas en las Cruzadas, que en la observancia concreta del Evangelio cristiano. La nobleza y el clero formaban parte de los estamentos privilegiados de la época, y el afán de lucro era la moneda corriente, al punto que la fe era un bien ofrecido como una mercancía intangible pero a la vez fuertemente codiciada en formato de indulgencias.

En rigor de verdad, las indulgencias son un instrumento utilizado en la práctica piadosa para la obtención del perdón divino o de alguna gracia especial, el asunto es que en la época de Francisco de Asís, éstas fueron utilizadas como herramienta de coacción y de poder, con dinero se compraba el Cielo. La época había absorbido por completo la misión original de la Iglesia y en esa decadencia, Francisco oyó el mandato de repararla, de ponerla de pie, de hacerla regresar a la vocación profética y salvadora encomendada por Cristo. 

Transcurrieron ochos siglos, y la historia suscita un nuevo Francisco, en el que fue depositado sin dudas una vocación de reparación. Podría surgir una mirada inquisidora sobre las analogías aquí planteadas, pero las coincidencias son irrevocables: el Papa Francisco tuvo la misión de abrir las puertas de la iglesia a todos, a la manera del santo de Asís; de venerar en cada gesto y en cada palabra la devoción por cuanto fue creado como Casa Común, temática enmarcada en su carta encíclica Laudato Si; el compromiso permanente por los desposeídos de su tierra, del techo y del trabajo, muy a propósito expresado en su primer viaje fuera de Roma, en julio de 2013, a la isla italiana de Lampedusa, la puerta de entrada para miles de migrantes y refugiados que atraviesan el Mar Mediterráneo.

Bergoglio escogió el nombre de Francisco en clara alusión al legado del gran santo de Asís quien supo hacer carne la vivencia de una iglesia “humana y divina a la vez”, fuente de redención para los pecadores, puente permanente para el que sufre. En esa aparente doble realidad se plasma una experiencia unívoca según la enseñanza de aquel y de este nuestro Francisco: la Iglesia es de todos, pero en especial de los olvidados y excluidos. 
El mundo observa expectante el desarrollo del Cónclave, con mucha más disposición que años anteriores a comprender qué ocurrirá allí bajo los frescos de la Capilla Sixtina, donde 138 “príncipes de la iglesia” (cardenales) elegirán a su monarca.

Esta es, probablemente, la mirada más secular sobre el trascendental acontecimiento que marcará el curso de la historia, qué perfil sostendrá el nuevo pontífice, qué impronta aportará, progresismo u ortodoxia, apertura o repliegue.

“Con llave” quedarán guardadas las alternativas de una responsabilidad que les cabe a quienes deben elegir al sucesor de Pedro, ¿habrá política?, la habrá; ¿habrá lobby?, lo habrá; pero sobre todo habrá una invocación unánime al actor principal de este peculiar proceso y a quien poco se lo destaca: el Espíritu Santo, al que invocan en oración los purpurados apenas se cierran las puertas de la Capilla Sixtina: Veni Creator Spiritus.

En 2005, el Cardenal Bergoglio fue el segundo más votado para dirigir los destinos de la Iglesia, sin embargo las votaciones dieron el nombre de Joseph Ratzinger, Papa que finalmente no concluyó su reinado, siendo el primer papa de la era contemporánea en abdicar. Era necesario reparar la Iglesia, siempre tan humana y tan divina. Así como en tiempos de Francisco de Asís, y hoy con el pontificado de Francisco, el Espíritu Santo se tomó revancha. La última palabra le pertenece.

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La Navidad de Jesús

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el cuarto Domingo de Adviento [22 de diciembre de 2024]

Estamos próximos a celebrar la Nochebuena. El gozo del nacimiento de Jesús, el Dios con nosotros. En este domingo vamos terminando el tiempo del adviento, la espera y la expectativa de los contemporáneos de Jesús por la llegada del Mesías. El texto del Evangelio (Lc 1,39-45), nos propone «la Visitación» en la que Isabel se llena de gozo por la visita de María embarazada: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!»

Sabemos que vamos transitando caminos exigentes. En nuestra vida cotidiana nos encontramos con muchas circunstancias complejas, inquietudes, que no nos dejan discernir aquello que es importante. La Navidad, el nacimiento de Jesús en el pesebre, del Dios hecho hombre, nos permite comprender el lenguaje de Dios y ubicarnos en aquello que es central para responder mejor a tantas urgencias que nos agobian.

En reflexiones anteriores subrayamos la necesidad de evaluarnos, o bien de realizar un examen de conciencia, hecho con humildad desde la verdad de nuestras vidas, también desde el respeto a la verdad en los otros, y como base para construir sólidamente en nuestra sociedad. Este examen de conciencia en el adviento tiene como efecto principal la posibilidad de volver a Dios, y ponerlo a Jesucristo en el centro de nuestras vidas. De alguna manera nos puede ayudar a que no seamos cristianos que vivimos con un pesebre sin el Niño Jesús.

La Navidad es una oportunidad que tenemos como cristianos y como discípulos, de volver a tenerlo a Jesucristo, el Señor, como Aquel a quien queremos seguir. Aparecida nos señala: «En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmiten los Evangelios para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias» (DA 139).

Es cierto que muchos celebran la Navidad y se olvidan del nacimiento de Jesús vaciándola en su contenido central. Pero aun así debemos señalar que nuestra gente tiene una gran religiosidad, y la mayoría es cristiana. La Navidad es un tiempo oportuno para colocar a Jesucristo, el Señor en el centro de nuestras vidas y madurar la fe. En las capillas se multiplican los pesebres y las Misas navideñas. La fe necesita ser compartida, y requiere nuestro compromiso y búsqueda de comunión con otros hermanos que están en el mismo camino. El pesebre nos ayuda a convertirnos. Nos permite comprender aquello que necesitamos para ser amigos de Dios. Ante el pesebre descubrimos que para ingresar al camino que nos conduce a Dios debemos hacernos pequeños, y que la humildad es generadora de esperanza, en una sociedad excesivamente cargada de soberbia. Orando ante el pesebre comprendemos más profundamente la bienaventuranza: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos». (Mt 5,3)

Una de las dificultades para recuperar la centralidad de Jesucristo, es el creciente subjetivismo e individualismo de la fe. Cuando nos pasa esto es porque fuimos acomodando la fe a nuestro parecer, afectos y criterios. Es una tendencia muy fuerte el adecuar la Palabra de Dios a lo que nos parece, porque su propuesta es exigente, pero siempre es el camino que nos lleva a la verdadera felicidad.

Al finalizar esta reflexión, próxima a la Navidad, no quiero dejar de tener especialmente presente a aquellos que padecen alguna forma de sufrimiento, a los que están presos, a los que padecen alguna enfermedad, o a aquellos que en la Nochebuena estarán en alguna sala de hospital, a los que están solos, a los que tienen poco para comer. El Señor los considera sus privilegiados y a ellos especialmente los invita a su mesa. Nosotros como cristianos también los queremos tener presentes en nuestro corazón y nuestra oración.

¡Feliz Navidad y hasta el próximo domingo!

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Jorge Ignacio García Cuerva: “La esperanza del pueblo argentino es más grande que la crisis”

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MDZ – El arzobispo porteño reflexionó sobre la realidad argentina y compartió un mensaje de esperanza de cara a la Navidad.

La Navidad, una celebración profundamente cristiana, trasciende lo religioso para convertirse en un tiempo de encuentro y reflexión. Es una época en la que las familias y los amigos se reúnen, ya sea en torno a una mesa o al calor de los regalos, pero siempre bajo el simbolismo del nacimiento de Jesús, una luz que, según las Sagradas Escrituras, es “Camino, Verdad y Vida”.

En este contexto, el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, compartió su análisis sobre la actualidad argentina y un mensaje especial para estas fiestas en diálogo con MDZ.

“La crisis parece crónica, pero el pueblo argentino sigue esperanzado”

Consultado sobre su visión del país, García Cuerva describió a la Argentina como “una pasión que amamos y nos duele”. Reflexionó sobre las dificultades que parecen perpetuarse en el tiempo:

“Desde chicos escuchamos que vivimos en crisis, y esa sensación se ha vuelto crónica. Sin embargo, el pueblo argentino sigue mostrando un sacrificio y una esperanza que, a mi entender, hoy son mayores que en otras épocas”.

El arzobispo llamó a la responsabilidad de los dirigentes, sin importar su ámbito, para “sostener y no cascotear la esperanza de la gente”. Subrayó que, en medio de una realidad compleja, “prohibido rendirse” debería ser el lema colectivo.

La herida que aún duele, pero puede cicatrizar

En sus palabras, García Cuerva prefirió hablar de “herida” en lugar de “grieta” para describir la división social que atraviesa al país:

“La grieta parece definitiva, como una marca en una pared. En cambio, la herida duele, pero tiene la posibilidad de cicatrizar. Nuestro desafío es contribuir a esa curación en lugar de profundizar las divisiones”.

El arzobispo destacó la importancia de tender puentes y fomentar el diálogo, siguiendo el mensaje del Papa Francisco sobre la “cultura del encuentro”. En este sentido, consideró que una eventual visita del Sumo Pontífice sería “un bálsamo para la Argentina”, aunque recordó que la responsabilidad de sanar las heridas es colectiva y no puede recaer únicamente en una figura.

“Con Jesús renace la esperanza”

En el marco de la Navidad, el lema que guía las celebraciones de la Arquidiócesis de Buenos Aires es “Con Jesús renace la esperanza”. El arzobispo invitó a las familias, creyentes o no, a abrazar una esperanza “cierta”, que inspire confianza y fortaleza:

“El mensaje de Jesús no es incierto ni ilusorio. Es un mensaje de amor y fe que nos llama a reconocernos como hermanos. En un pesebre sencillo, rodeado de pastores, encontramos un símbolo de humildad y esperanza universal”.

De cara al 2025, García Cuerva propuso un cambio de perspectiva:

“Dejemos de ver cada año como un obstáculo y empecemos a verlo como una oportunidad. No siempre podemos elegir las circunstancias, pero sí la actitud con la que las enfrentamos”.

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La Iglesia criticó la política social del Gobierno y alertó: “Avanza la pandemia silenciosa del narcotráfico”

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Los obispos, reunidos en Asamblea Plenaria del Episcopado, difundieron un mensaje con un crudo diagnóstico sobre la actualidad. Advirtieron que muchos jubilados enfrentan “el drama de elegir entre comer o comprar medicamentos”

La conducción de la Iglesia Católica emitió esta mañana un crudo diagnóstico sobre la situación social que atraviesa la Argentina y alertaron sobre un avance de la “pandemia silenciosa del narcotráfico”. La declaración de los obispos de todo el país surgió al finalizar la 124° Asamblea Plenaria del Episcopado, con un mensaje al Pueblo de Dios titulado “En tiempos difíciles, amar a los demás y alegrar sus vidas”.

Avanza la pandemia silenciosa del narcotráfico, que utiliza a los pobres como material de descarte, que promueve el sicariato, que seduce con dinero manchado de sangre a miembros del ámbito político, de la justicia y del mundo empresarial”, señalaron los obispos, que estuvieron reunidos durante toda la semana en la Casa de Retiros “El Cenáculo” del partido bonaerense de Pilar.

Tras esa alerta, la Conferencia Episcopal, que preside monseñor Oscar Ojea, advirtió que en la actualidad “a muchos abuelos y abuelas se les presenta el drama de elegir entre comer o comprar los medicamentos porque la jubilación no alcanza; cierran comedores comunitarios por falta de asistencia y muchos vecinos se quedan sin la posibilidad de esa comida en el día”.

“Se ataca la vida inocente que no ha nacido, y, a la vez, la igualmente sagrada vida de millones de niños y niñas ya nacidos que se debaten entre la miseria y la marginación; asistimos a la discontinuidad de políticas públicas de integración de barrios populares, logradas con el consenso de gobiernos de distintos signos políticos y representantes legislativos; también familias despojadas de su tierra natal en beneficio de intereses económicos; hermanos que pierden su trabajo, que sienten que su vida está de sobra, y que no pueden poner el hombro en la construcción de la Patria”, consideraron los obispos.

Con estas definiciones, la Iglesia retomó las críticas que viene planteando al gobierno de Javier Milei, principalmente por la política en materia de asistencia social, donde hasta ahora las organizaciones sociales y piqueteras tenían un rol central, pero que Sandra Pettovello, la ministra de Capital Humano, decidió desplazar de la distribución de la ayuda a los sectores más vulnerables. El Episcopado sólo tuvo una reunión, el 12 de marzo pasado, con el presidente Milei en Casa Rosada. Allí, el primer mandatario escuchó a los obispos de la Conferencia Episcopal y delegó en esa funcionaria la atención de las demandas y reclamos.

Según informó la oficina de prensa de la Conferencia Episcopal, los obispos después de precisar y enumerar las dificultades que se viven en nuestro país, rescataron la esperanza y paciencia del pueblo y plantearon un llamado, basado en una frase de San Alberto Hurtado, a “no cansarse de amar a los demás y alegrar sus vidas”

“Son tiempos complejos, por momentos contradictorios, en los que conviven una esperanza y paciencia honda de nuestro pueblo, que habla de su grandeza de corazón, con una incertidumbre y una creciente vulnerabilidad de las personas”, aseguró en el mensaje que difundió la CEA.

“En el actual contexto económico y social argentino es fundamental sostenernos en esa alegría, una alegría profunda y duradera, la que nace del encuentro con el Señor. Es una alegría que nos libera de la desesperanza y del desaliento, evitando transformarnos en profetas de calamidades que sólo desparraman pánico y angustia”, plantearon los obispos al concluir la 124° Asamblea Plenaria.

Y concluyeron: “La alegría y la esperanza van inseparablemente unidas. Pidamos el don de la esperanza que nos sostiene en tiempos difíciles y a la vez nos anima hacia adelante sin bajar los brazos, tomados de la mano de los más vulnerables con los que vamos haciendo camino para, entre todos, construir la Patria de fraternidad que anhelamos y por la que tantos dieron su vida”.

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