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Independencia de Estados Unidos: desafíos pendientes

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En la etapa constitutiva de los Estados Unidos como potencia imperialista, tuvo en las diversas guerras emprendidas por el deseo de dominio una de sus manifestaciones históricas específicas. Desde su propio nacimiento como Estado-nación moderno con la guerra de independencia, pasando por las guerras por la conquista del Oeste y por la hegemonía americana, la Guerra de Secesión, y luego las guerras mundiales, la de Corea y Vietnam, en todas se expresó de manera específica la “cuestión negra”. Si históricamente Estados Unidos se sirvió de la población negra para sus intereses dominantes mientras la condenó en el terreno interno a la esclavitud primero y a una ciudadanía de segunda después, el movimiento negro desplegó frente a esto múltiples formas de resistencia y fortaleció su organización.

Más allá de proclamar el nacimiento de los Estados Unidos de América, la Declaración de Independencia supuso una auténtica declaración de intenciones que dejó claras las aspiraciones de la nueva nación. Desde su promulgación el 4 de julio de 1776, la elocuencia de su mensaje se convirtió en un poderoso mito fundacional, el origen de un destino común venerado por el pueblo estadounidense.

Hoy en día, la Declaración sigue siendo una referencia para aquellos que anhelan convertir a EE UU en el país más justo e inclusivo del mundo. Paradójicamente, la Declaración constituye también un obstáculo para conseguir ese objetivo.

Redactada y firmada por los Padres Fundadores con Thomas Jefferson a la cabeza, en su segundo párrafo la Declaración afirmó como verdades “evidentes en sí mismas” que “todos los hombres son creados iguales” y que “la libertad y la búsqueda de la felicidad” son “derechos inalienables”.

La claridad y rotundidad de estas afirmaciones son innegables y su impacto ha marcado el devenir histórico del país. La Declaración es la base del “excepcionalismo americano” que ha ensalzado a EE UU como una nación única, bendecida en su creación por ideales democráticos y no limitada a vínculos ancestrales a un territorio.

Es una idea radical y extraordinariamente atractiva: una nación abierta a todos los que quieran unirse a ese ideal de libertad e igualdad. No en vano, en un país que orgullosamente se auto identifica como una nación de inmigrantes, la Declaración ha sido el motor del “sueño americano” que ha atraído capital humano de todo el mundo y ha impulsado los grandes logros de EE UU.

El texto, ratificado por el Segundo Congreso Continental el 4 de julio de 1776, sirve para múltiples propósitos: memorial de agravios contra el colonialismo inglés, alegato contra la tiranía y proclamación revolucionaria. No es la Constitución de 1787. Se trata más bien de una declaración de principios democráticos pero sin resultados garantizados: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Créditos: Craig Hudson

Estas incumplidas promesas, tan originales como engañosas al venir desde el minuto cero acompañadas de la tolerada lacra de la esclavitud, ayudan a explicar el cúmulo de frustraciones preexistentes a las protestas que se desencadenaron tras el asesinato de George Floyd en Minneapolis.

En Estados Unidos, donde la esclavitud marcaría -desde antes de la independencia- diferencias difíciles de reconciliar entre el Norte y el Sur, millones de personas fueron utilizadas como mano de obra cautiva sobre todo en el especulativo cultivo de algodón. Para 1860, en vísperas de la guerra civil americana, el valor de todos los esclavos en Estados Unidos era superior al valor combinado de todos los ferrocarriles y bancos de la nación.

En este proceso, la esclavitud se integró en el diseño político de Estados Unidos. Para ganarse el respaldo de los futuros Estados sureños, con grandes plantaciones e incontables esclavos para su cultivo, de la Declaración de Independencia tuvo que desaparecer la acusación de que la monarquía británica había impuesto la esclavitud a sus colonias americanas. 

Y para sacar adelante la Constitución de 1787 se utilizó el Three-Fifths Compromise. A efectos del censo federal, un esclavo sería contabilizado como las tres quintas partes de un hombre libre, lo que garantizaba el peso específico dentro de la Unión de la demografía desigual de los Estados.

A pesar de todos estos intentos de proteger y mantener esta tragedia descrita en términos moralistas como el defecto de nacimiento de Estados Unidos, la esclavitud llevó a la secesión de los Estados del Sur en 1861, lo que desembocó en una guerra civil que costó la vida a un 2,5% de la población americana, en torno a un millón de víctimas mortales.

Al final del destructivo conflicto, se aprobaron las enmiendas XIII, XIV y XV de la Constitución de Estados Unidos. Estas reformas se concentraron en la abolición de la esclavitud, ciudadanía y derechos políticos para los esclavos. Una rectificación sin compensación alguna que, sobre todo en el Sur, relegó a los afroamericanos a una posición marginal. 

Esa histórica desigualdad fue el foco de la lucha por los derechos civiles a mediados del siglo XX y pese a los avances logrados todavía afecta a gran parte de la sociedad norteamericana.

Así es como surgen muchos interrogantes ¿cómo es posible convivir con la esclavitud durante 89 años después de haber declarado solemnemente que “todos los hombres son creados iguales”? ¿cómo es posible que, en 1965, cien años después de abolir la esclavitud, el matrimonio interracial fuera todavía un crimen en casi la mitad de los Estados del país?

Para entender estas paradojas es necesaria una lectura más profunda de la Declaración. El contexto histórico arroja luz sobre lo que los Padres Fundadores quisieron decir, más allá de lo que textualmente dice la Declaración. Muchos de sus autores, incluido Jefferson, eran dueños de esclavos y, obviamente para ellos, el hombre negro, pudiendo ser su propiedad, no podía ser su igual. Los nativos americanos solo se mencionan en la Declaración como “indios salvajes” y quedaron también ajenos a los derechos descritos en la Declaración.

Con el paso del tiempo, los descendientes de los autores de la Declaración (algunos con entusiasmo, otros a regañadientes y otros de tan mala gana que llegaron a provocar una guerra civil) ampliaron poco a poco el círculo, otorgando derechos a grupos “extraños”, no solo a negros e indígenas. Judíos, católicos, italianos, chinos, irlandeses, hispanos, etc. han sufrido discriminación por motivos religiosos o por ser percibidos como “culturalmente diferentes”. Algunos grupos como los de ascendencia italiana e irlandesa han entrado plenamente en el círculo de la América blanca. Otros grupos como los musulmanes o los hispanos continúan sufriendo hoy la discriminación y los ataques del nacionalismo xenófobo que Donald Trump sabe explotar con maestría.

El actual estallido racial en Estados Unidos debe entenderse también como parte de la corrosiva crisis de desigualdad agravada por la pandemia.

Los afroamericanos (y también los hispanos) son los que de forma desproporcionada la están sufriendo. Ya sea en su condición de víctimas del virus o damnificados de la subsecuente crisis económica.

La retórica racista se basa en incitar miedos similares a los que azuzaron otros arrebatos racistas de la historia de EE UU. Por ejemplo, en la década de 1920 el país adoptó las ideas de jerarquía racial de la eugenesia. Promovidas por la formidable maquinaria universitaria norteamericana liderada por Yale y Harvard, esas ideas justificaron el racismo, establecieron el supremacismo blanco, y produjeron políticas abiertamente racistas como el bloqueo a la inmigración de grupos étnicos “indeseables”, la segregación, la esterilización forzada y la criminalización del matrimonio interracial. El objetivo era aplacar el temor a lo que el presidente Theodore Roosevelt llamó “suicidio racial”, es decir, la disminución del dominio de la raza angloamericana o raza nórdica, considerada la raza maestra.

Trump ha alimentado constantemente una guerra civil cultural a través de provocaciones más propias de un político en auge en las redes sociales que del presidente de una de las naciones con mayor diversidad racial del mundo.

Por supuesto, Donald Trump no es el primer ocupante del despacho oval que ha intentado politizar el problema racial de Estados Unidos.

Descrédito internacional, violencia extrema, sobredosis de miedo e incertidumbre, retroceso económico, polarización política, protestas raciales y populismo desatado. 

La historia no se repite pero el 2020 se parece mucho a 1968, el año que realmente nunca ha terminado para el gigante americano y que se ha convertido en la última fuente de inspiración electoral para Donald Trump.

Y para esto es clave entender que la transformación racial está siendo el motivo detonante de estos discursos de odio.

El electorado que se mantuvo fiel a Trump añora un pasado que trasciende los últimos cuatro años. Evoca un país mítico de los años cincuenta, una realidad previa a la declaración de derechos civiles. 

Mucho ha cambiado desde entonces. 

La sociedad norteamericana es más secular, las mujeres ya no votan como los hombres, la distribución del ingreso es más desigual, y los obreros estadounidenses ven sus trabajos desaparecer. Pero quizás el cambio más profundo sea la transformación racial. La población blanca, 90% del país en 1950, representa hoy cerca del 60%. El electorado es hoy más diverso que nunca.

Cada vez que un cambio político subvierte el rígido orden racial estadounidense, un presidente conservador emerge para resistir la transformación histórica. 

En el siglo XIX, tras la guerra civil y el asesinato del presidente Abraham Lincoln, Andrew Johnson demoró la reconstrucción de los estados del Sur y empoderó a la élite blanca. En el siglo XX, tras el movimiento de los derechos civiles, Richard Nixon llegó al poder reclamando representar a la “mayoría silenciosa”. En el siglo XXI, tras el ascenso de Barack Obama, el primer presidente afroanericano en la historia del país, Donald Trump prometió hacer “América grande de nuevo”. 

Los presidentes explotan al límite sus poderes constitucionales. No es casual que Johnson, Nixon y Trump hayan enfrentado un juicio político en el Congreso. Nixon renunció antes de ser juzgado. Johnson y Trump sobrevivieron al voto del Senado, y apostaron su reelección a todo o nada. Johnson fue reemplazado por Ulysses Grant, general de los ejércitos del Norte. Trump defendió su puesto frente al vicepresidente de Obama, Biden. 

Y el gran perdedor de esta lucha -además de la comunidad afroamericana- ha sido el propio Partido Republicano. El proyecto personalista de Trump impidió que el republicanismo se modernizara para capturar a un país cambiante. El núcleo duro de su electorado está representado hoy por un hombre blanco, de edad avanzada, evangélico y sin educación superior. Los jóvenes, las mujeres, la minorías raciales, las disidencias sexuales y el electorado suburbano de clase media-alta se alejan cada vez más del partido. 

El futuro de la democracia no se funda en la derrota definitiva del Partido Republicano y su discurso que engrandece al supremacismo blanco, sino en la revitalización de la democracia, de la inclusión social y representación efectiva de todos los ciudadanos en todas las instancias de gobierno.

Hoy la administración Biden tiene una tarea enorme por delante y ya ha dado muchos guiños hacia la comunidad afroamericana, este 4 de Julio se celebrará con la primera mujer vicepresidenta afroamericana y descendiente de inmigrantes de la historia en la Casa Blanca, con Juneteenth (fecha que celebra el fin de la esclavitud) declarado feriado nacional, con el asesino de George Floyd en prisión, pero todavía no es suficiente.

La oposición y los desafíos que quedan: el tema de las reparaciones sigue siendo un tema controversial en los EE. UU., Incluso la falta de apoyo para las reparaciones, particularmente en comunidades como Tulsa, la oposición feroz a la teoría crítica de la raza, las luchas culturales en curso sobre la eliminación de monumentos confederados legislación en curso para la supresión de votantes aprobada en los estados republicanos.

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El planeta en Rojo: ¿Cómo se posiciona Misiones en la renovada agenda climática global?

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La cumbre de líderes mundiales por el ambiente dejó varias señales positivas y el gran interrogante ¿se pueden cumplir las promesas? ¿o se trata de otro cúmulo de buenas intenciones? La primera señal verde es que Estados Unidos, de la mano de Joe Biden haya dejado atrás el desdén y la mirada economicista de Donald Trump ante las políticas de protección del ambiente y el cambio climático. El demócrata se puso una meta ambiciosa: reducir para 2030 al 50% las emisiones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos, uno de los países más contaminantes del mundo. 

También aseguró que la lucha contra el cambio climático genera una oportunidad para crear “millones de empleos bien remunerados” en los sectores de innovación tecnológica para crear energía limpia.

Los demás líderes del grupo de países más poderosos prometieron objetivos similares:

  • Japón aumentó su objetivo de reducir las emisiones de dióxido de carbono (CO2) en 46% de aquí a 2030, frente al 26% previsto hasta ahora, según anunció el primer ministro Yoshihide Suga. En 2019, Japón era el quinto país que más CO2 emitía del mundo, por detrás de China, Estados Unidos, India y Rusia, según la plataforma en línea Global CO2 Atlas.
  • China, el primer país contaminante del mundo dejó de lado los desacuerdos en comercio y derechos humanos con Estados Unidos, y Xi Jinping se comprometió a alcanzar la neutralidad de carbono para 2060. El gigante asiático “avanza con firmeza por un camino de desarrollo verde”, aseguró Xi, citado por la agencia de noticias Xinhua, y agregó que Beijing elabora un plan de acción para llegar a la cima de emisiones de CO2 y desplegó “amplias y exhaustivas acciones” para ayudar a que las localidades y empresas cumplan las condiciones.
  • Desde la tercera nación más contaminante, el primer ministro de India, Narendra Modi, instó a los líderes mundiales a tomar “acciones concretas a gran velocidad” y manifestó que el mundo necesita “volver a lo básico” para salvar el medio ambiente. Sostuvo que la huella de carbono per cápita de la India es un 60% más baja que el promedio mundial porque el estilo de vida de su gente todavía se basa en prácticas tradicionales sostenibles.
  • Vladimir Putin defendió su política ambiental y aseguró que Rusia “cumple con sus obligaciones internacionales”. El ruso llamó a activar la cooperación multilateral para luchar contra el cambio climático y sostuvo que su país trabaja “enérgicamente en la puesta en marcha de una legislación moderna” para limitar sus emisiones de gases de efecto invernadero que, desde 1990, pasaron de 3.100 millones de toneladas a 1.600 millones por la “reestructuración” de la industria tras la caída de la Unión Soviética.
  • La canciller alemana, Angela Merkel aseguró que Alemania está comprometida con alcanzar la meta de la Unión Europea (UE) de reducir las emisiones contaminantes en un 55% para 2030, y que “redujo sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 40% respecto a 1990”.

Brasil dio la nota. “Quando acabar a saliva, tem que ter pólvora”, había dicho Jair Bolsonaro en noviembre, cuando Biden había cuestionado la desidia de Brasil para controlar los y la deforestación en el Amazonas.

Ahora, ante los líderes del mundo, o capitão fue mucho más conciliador  y se comprometió a acabar con la deforestación ilegal en su país antes de 2030. determinó que su neutralidad climática será alcanzada en 2050.

Difícil. Más de 400 mil kilómetros cuadrados se quemaron entre 2000 y 2019 solo en el Amazonas. Ese número representa el 30 por ciento del área quemada en el país en el mismo período. Equivale a dos veces la superficie de Uruguay. El año pasado, en medio de una oleada de incendios pocas veces vista, en todo Brasil se quemó un área equivalente al Reino Unido: más de 226 mil km². El fuego arrasa con la selva y expande las fronteras agrícolas de la mano de los principales aliados de Bolsonaro en el poder. 

Argentina no hizo promesas pomposas, pero se comprometió a “desarrollar el 30 por ciento de la matriz energética nacional con energías renovables”; a impulsar “medidas de eficiencia para la industria, el transporte y la construcción”, y promover en el Congreso el rápido tratamiento de la Ley Federal de Educación Ambiental.

 En línea con el Papa Francisco, el presidente Alberto Fernández introdujo en la discusión el valor económico de la protección ambiental. Sostuvo que para que la transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono sea justa es necesario que “comience por los últimos para llegar a todos” y llamó a “renovar la arquitectura financiera internacional”.

Esa nueva arquitectura debe contar con: 

  • Una movilización de recursos concesionales y no reembolsables, canalizados a través de la banca multilateral y bilateral, con procesos ágiles y transparentes. 
  • Pagos por servicios eco-sistémicos y canjes de deuda por acción climática. 
  • Nueva asignación de Derechos Especiales de Giro, sin discriminar a los países de renta media, para mejorar nuestro medio ambiente. 
  • Reconfiguración de los análisis que realizan las calificadoras de riesgo, para no distorsionar la realidad de los países. 
  • Y atención a los fenómenos de sobre-endeudamiento irresponsable -provocados antes de la pandemia y agravados por éste virus-, con mayor flexibilidad de plazos, tasas y condiciones.

Está claro que Argentina no está en condiciones de imponer nada en el tablero internacional. Pero la posición del Presidente fortalece la posición que sostiene Misiones desde hace tiempo. El cuidado del ambiente es política de Estado y es la única provincia del país y de la región con un ministerio dedicado al Cambio Climático. ¿Qué pide Misiones? Que se le reconozca el valor económico de ese cuidado ambiental. Es un esfuerzo enorme para una provincia pequeña, que reserva un tercio de su territorio para la protección de la naturaleza. Pero la belleza del paisaje, el aire puro y el verde incomparable, cuestan dinero. 

El reclamo global de Alberto habilita el reclamo local de Misiones. De hecho, la posición de Misiones es que más allá de los recursos que reciba la Argentina para cuidado ambiental -80 millones de dólares en el último año-, sean los estados subnacionales, incluso municipios, los que puedan acceder en forma directa a estos aportes no reembolsables. 

El nuevo mapa ambiental que tiene la Argentina lejos está de premiar el esfuerzo para custodiar la biodiversidad de Misiones. No es lo mismo el bosque nativo de la reserva de Yabotí, que los manchones de monte incompletos incorporados al inventario nacional en provincias donde la frontera agrícola se expande hasta límites insospechados. Sin embargo, esas provincias están en condiciones ahora de reclamar una porción mayor de fondos de la inequitativa ley de presupuestos mínimos ambientales.

El ministro de Cambio Climático, Patricio Lombardi, destaca -más allá de su propia elección- el acierto de haber pensado el ministerio antes de que el tema vuelva a estar en el centro de la escena global. “Hoy es un asunto de Estado internacional”, reflexionó. 

Para Lombardi es clave el llamado de Biden a los líderes globales a rediscutir políticas ambientales. El funcionario misionero considera que este “Lollapaloozade líderes globales que se celebró en el Día de la Tierra sienta las bases para la discusión de la Cumbre del Clima que se celebrará en Glasgow, Escocia en noviembre.

“En Glasgow se define la cuestión económica y el financiamiento de las política sustentables que no se debatió desde la cumbre de París. También se pondrá valor al carbono, que hoy carece de precio internacional”, explica. 

Para Lombardi, esa discusión es clave para Misiones y sus servicios ambientales, de aire puro, agua y tierra fértil. “La selva captura dióxido de carbono de la quema de combustible y eso tiene valor”, señala. 

“En esa mesa de discusión internacional Misiones se sienta como acreedora. La posición es la que tenemos desde hace tiempo: se debe reconocer el esfuerzo de lo que hacemos y es de abajo hacia arriba. El mundo debe bajar recursos al país, pero también a las provincias y municipios que hacen el esfuerzo”, insistió.

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Biden y el belicismo del Estado profundo: la vuelta a la doctrina del gran garrote

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Ríos de tinta corrieron, por parte de periodistas muy superficiales, en diversos medios, sobre todo los concentrados, referente a la reciente elección presidencial de EEUU, y salvo alguna que otra opinión objetiva y bien fundamentada, casi todos en tropel, tomaron partido a favor de Biden, denostando a Trump.

Poca o nula objetividad, y casi nadie puso en claro que los intereses y el accionar neocolonialista de EEUU, en lo esencial no se modificaría con uno u otro.

Pero hubo algunas significativas diferencias, en lo referente a la agresividad fáctica en las acciones exteriores de uno y otro candidato presidencial.

Más allá de constantes acciones ampulosas y frases grandilocuentes de Trump, y sin desconocer actos de imperialismo al estilo decimonónico, no debe desconocerse que no inició ninguna nueva guerra y que incluso estaba implementando un plan de disminución de las tropas de ocupación de EEUU desplegadas en el mundo.

Trump tensó mucho la cuerda de amenazas de agresiones militares directas, en los casos de Corea Del Norte, Irán, Venezuela, e incluso el Mar de China, pero no pasó de “mostrar músculos” sin encender la chispa letal de la guerra, o tampoco incurrió masivamente en los “bombardeos preventivos” u otros intervencionismos bélicos.

Claro que apeló a otras metodologías neocolonialistas, como las claras injerencias en el golpe de Estado oligárquico – militar de Bolivia; en el formato de operetas judiciales – mediáticas, con condimentos de “servicios” de mentalidades cooptadas por intereses antinacionales, practicados según conveniencias oligárquico – colonialistas (en Brasil, Ecuador, Argentina, y latentes en toda Íbero América); e incluso utilizó escandalosamente al FMI para apoyar al gobierno neoliberal de tinte perpetrador de negociados alevosos explícitos del macrismo.

Pero parecería que el Estado profundo que es muy proclive a la violencia bélica como metodología de “convencimiento” utilizada contra países “indóciles”, con Trump no dominaba todos los resortes del poder; mientras que Biden sería un componente visible del “deep state” (el Estado profundo, que en Gran Bretaña es llamado El Poder Detrás del Trono), por lo que con el nuevo presidente, el complejo industrial – militar y los sectores duros, los halcones belicistas, se diría que se manejan en perfecta sintonía con el ejecutivo.

Claro que el propio estilo del accionar de Trump, con su proceder confrontativo, con aristas algo toscas, y algo o mucho de real o impostada arrogancia, lo hacían y hacen un blanco fácil para recibir críticas masivas, que mostrando sus múltiples flancos complicados, facilitaron las tareas de comentaristas superficiales u operadores semi encubiertos, alineados con lo “políticamente correcto”.

A la vez, un economista muy bien fundamentado, como Paul Krugman, no ahorró críticas al accionar del poder de los Republicanos, que con Trump en lo referente a la seguridad social y la salud pública parecerían operar en línea con los sectores recalcitrantes del neoconservadurismo; el mismo que concentró brutalmente la riqueza de la potencia más rica del mundo, en muy pocas manos, mientras creció la miseria y la exclusión a niveles escandalosos en la propia población de EEUU.

Como se puede ir desbrozando con mucho esfuerzo, la realidad de EEUU no es sintetizable en un par de carillas. Pero en lo geopolítico, Trump habría evidenciado un claro giro “hacia adentro”, buscando revertir indicadores económicos de bajo crecimiento, mientras a la vez no seguía al pie de la letra pautas muy agresivas en su política exterior.

Se podría decir que sin ser “amigable”, Trump no siguió el sendero belicista de Reagan y sus continuadores, incluyendo al muy belicoso “premio Nobel de la paz” (vaya ironía) Barack Obama.

Claro está que Biden no es una carmelita descalza, ni mucho menos.
De modales más cuidados, menos ampulosos, y de opiniones con apariencia mesurada, hizo fácil los comentarios que fueron presentándolo como el candidato “elegible” e incluso deseable, para el contexto geopolítico mundial.

Solo algunos pocos analistas debidamente profundos y basados en el historial de Biden y de las conexiones que parecían definir con bastante nitidez su real perfil, advirtieron anticipadamente acerca de la mucha sintonía del historial del hoy presidente, con los sectores más agresivos y belicosos, del “deep state” (Estado profundo) que es el gran poder real, que maneja el accionar estratégico del mega Estado anglosajón, que es sin duda la principal potencia militar del orbe.

Biden parece ser poco menos (o tal vez más) que un alter ego de Hillary Clinton, la frustrada candidata presidencial que se perfilaba como una potencial mandataria muy proclive a la violencia institucionalizada, como herramienta de disuasión o de “convencimiento” para sostener e incluso expandir el área de influencia de EEUU en el globo. Es de recordar que se divulgaron fotos de ella, muy compenetrada en las acciones directas y violentas en territorio extranjero, las cuales habrían significado un operativo de cacería contra Bin Laden, también sindicado como supuesto cerebro de atentados terroristas…aunque algunas opiniones sugirieron que “el terrorista” pudo actuar bajo otras órdenes en un operativo de falsa bandera.

De ningún modo se está justificando ni menos alabando, acciones de barbarie, como las demoliciones de las Torres Gemelas.

Pero no por eso, se puede aceptar que “el gran país del norte” tome a terceros países como campo de acción propia, para operativos militares que son claras demostraciones del accionar neocolonialista del siglo XXI.
Por otra parte, tanto Hilary Clinton, como Joe Biden, serían partidarios de “tensar la cuerda” incluso por sobre toda prudencia, en las relaciones de poder contra Rusia y China, que son las potencias principales del Bloque Continentalista, el cual es el contrapeso que evita el mayor expansionismo del Bloque Atlantista, este último liderado por la dupla anglosajona (EEUU y Gran Bretaña), con el concurso cercano de Francia, seguidos por el resto de la Unión Europea y algunos otros países afines.

El bombardeo perpetrado en Siria, muestra la metodología descarnada de neocolonialismo explícito, con el que Biden intenta “marcar la cancha”. Nada les importa violentar la soberanía de otro país, ni los brutales derramamientos de sangre y muerte que deja como consecuencia.

En la misma línea, las amenazas contra Irán parecen ir en aumento, a la vez que se inmiscuye abiertamente en las fronteras de Rusia, en el marco de las complejas relaciones del gigante bicontinental con su vecino paneslavo que es Ucrania, inmiscuyéndose en las complejidades históricas territoriales de la estratégica península de Crimea.

Peligroso juego de forzar las relaciones, por parte de los halcones de EEUU, en una metodología que parecería ser una de las cartas extremas, de muy riesgosa aplicación ante el riesgo latente de un conflicto nuclear de dimensiones dantescas, con el que buscarían revertir la ya concreta pérdida de liderazgo económico mundial a manos de China; y los frenos al poder imperial belicista, que en los años ’90 y comienzos de este siglo parecía consecuencia irreversible e inmodificable del entonces Mundo Unipolar, pero que el accionar geopolítico y militar de Rusia impuso hasta ahora claros límites en diversos escenarios conflictivos a escala mundial, con apoyos explícitos a diversos países que no aceptaron intromisiones a sus soberanías.

Los argentinos no podemos olvidar que Biden sostuvo y seguramente sigue manteniendo una agresiva postura pro británica, en el irresuelto conflicto de Malvinas, Georgias y Sandwich Del Sur.

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Alberto Fernández le envió una carta a Biden y lo invitó a “cimentar una agenda de trabajo compartida”

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El Presidente se comunicó con su par estadounidense que asumió el miércoles su mandato y le auguró éxitos en la gestión.

El presidente Alberto Fernández envió este jueves una carta a su par estadounidense, Joe Biden, en la que le augura “el mejor de los éxitos en su nueva administración” y lo invita a “cimentar una agenda de trabajo compartida, creativa e innovadora”, que ponga “énfasis en el futuro” y en los “valores comunes”, luego de que ayer asumiera su mandato al frente de Estados Unidos.

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Biden asumió como presidente y EEUU deja atrás la era Trump

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El demócrata juró como el 46° jefe de Estado en la historia del país. Hizo un llamado a la unidad y contra el supremacismo blanco

Joe Biden asumió como presidente de Estados Unidos con un discurso de unidad nacional, reconciliación y esperanza; mientras su vicepresidenta, Kamala Harris se convirtió en la primera mujer negra y de ascendencia asiática en ocupar ese cargo en una ceremonia de investidura marcada por el recuerdo aún vivo del ataque al Capitolio y la ausencia del exmandatario Donald Trump.

“Esta noche, en Washington D.C. y en todo el país nos reunimos para honrar a los más de 400.000 estadounidenses que hemos perdido por el covid-19. Este último año nos ha puesto a prueba de maneras inimaginables, pero ahora es el momento de empezar a sanarnos y a superarlo, juntos”. Joe Biden, en la víspera de su investidura, ya era aplaudido en las redes sociales como presidente. Pero lo hacía desde su perfil oficial y personal, @JoeBiden. Desde este miércoles, 20 de enero de 2021, ya lo hace también desde la cuenta que, hasta la fecha, solo han utilizado dos presidentes de Estados Unidos, Barack Obama, su impulsor allá por 2015, y Donald Trump, desde 2017. Y no ha tardado mucho: apenas media hora después de asumir el cargo de presidente, Biden ha querido enviar su primer mensaje desde las redes sociales, señalando que “no hay tiempo que perder cuando se trata de abordar crisis“. “Es por eso que hoy me dirijo al Despacho Oval para ponerme manos a la obra y ofrecer acciones valientes y asistencia inmediata a las familias estadounidenses”.

@POTUS (las siglas de ‘president of the United States’) fue lanzado para servir como nueva herramienta de comunicación “directa” con el pueblo, en un intento por hacer de su administración la más abierta y participativa de la historia, tal y como explicó la Casa Blanca en su momento. Lo cierto es que si bien Donald Trump ha estado detrás de la cuenta de @POTUS desde enero de 2017, sus más polémicas declaraciones y comentarios han salido de la cuenta personal que recientemente Twitter le suspendió, al considerar que había sido utilizada para incitar a la violencia —concretamente, con respecto al asalto al Capitolio del pasado 6 de enero—. Desde la oficial de la presidencia, su primer mensaje fue un simple agradecimiento, en nombre de toda su familia, y otro tuit con un enlace al que fue su primer discurso como mandatario de Estados Unidos.

“Este es el día de la democracia, un día histórico y de esperanza, de renovación y determinación. Estados Unidos fue puesto a prueba y demostró su resiliencia. Hoy celebramos el triunfo, no de un candidato, sino de una causa, la causa de la democracia”, aseguró Biden en su discurso de inauguración de su mandato.

“La voluntad del pueblo fue escuchada y la voluntad del pueblo fue tenida en cuenta. Aprendimos que la democracia es preciosa. La democracia es frágil y, hoy amigos, la democracia prevaleció”, agregó.

Biden, quien pidió tolerancia y decencia y agradeció la presencia de dirigentes de la oposición republicana, prometió que avanzará “con rapidez y urgencia” para enfrentar las crisis que enfrentan los estadounidenses, principalmente la pandemia, que ya mató a más de 400.000 personas, y el derrumbe económica que ésta provocó.

El flamante mandatario también prometió “reparar las alianzas” de Estados Unidos en el mundo “para enfrentar los desafíos de hoy y mañana”.

La ceremonia de investidura presidencial comenzó con un discurso de la senadora Amy Klobuchar que apuntó directamente al clima de tensión política que vive Estados Unidos, en un Capitolio decorado con las banderas nacionales y frente a los principales dirigentes del país.

“Cuando una turba irrumpió en este templo de la democracia, fue un despertar para muchos de nosotros”, aseguró la senadora y exprecandidata presidencial, Klobuchar, mientras comenzaba a nevar. “Este es el día en que nuestra democracia se levanta, se saca el polvo y hace lo que Estados Unidos ha hecho siempre: avanzar como una nación bajo un Dios indivisible, con libertad y justicia para todos”.

Poco después, la cantante Lady Gaga, una de las artistas del país que apoyó con actos y conciertos a Biden en la campaña, tomó el micrófono y cantó el himno nacional. Poco después cantó Jennifer López, otra simpatizante de la fórmula demócrata.

Entre los dirigentes presentes se destacaron los expresidentes Barack Obama, Bill Clinton y George W. Bush con sus respectivas parejas, Michelle Obama, la excandidata presidencial Hillary Clinton y Laura Bush; el vicepresidente saliente, Mike Pence, el líder republicano del Senado, Mitch McConnell y el senador demócrata y exprecandidato presidencial, Bernie Sanders.

También estuvieron en primera línea los nueve jueces de la Corte Suprema de mayoría conservadora y los legisladores de ambas cámaras.

Mientras los invitados aún estaban llegando, Biden y su esposa Jill, y la futura vicepresidenta, la exsenadora Kamala Harris, y su esposo, Doug Emhoff, llegaron y fueron recibidos con todos los honores, según mostró CNN, mientras avanzaban por las escalinatas del edificio, completamente blindado y aislado del resto de la capital por el mayor despliegue de fuerzas de seguridad que haya visto el país en la historia de las asunciones presidenciales.

Pese a no contar con público masivo o festejos en las calles, la ceremonia estuvo llena de simbolismos.

La vicepresidenta electa Harris no solo decidió vestirse con ropa de los diseñadores negros, Christopher John Rogers, de Nueva York, y Sergio Hudson, de Carolina del Sur; sino que fue escoltada en el inicio de la ceremonia de investidura por Eugene Goodman, uno de los oficiales de la Policía del Capitolio que lideró la salida de los simpatizantes de Trump hace dos semanas.

Biden, en tanto, juró con la misma biblia familiar que usó para su asunción como vicepresidente en 2009 y 2013, y eligió hacer público un mensaje a su esposa Jill, apenas minutos antes del inicio de la ceremonia.

El presidente republicano Donald Trump dejó Washington antes que Biden tome juramento como el presidente número 46 de Estados Unidos para asumir el timón de un país acosado por profundas divisiones políticas y azotado por una agresiva pandemia de coronavirus.

Trump dejó la Casa Blanca con su esposa Melania apenas después de las 8 de la mañana hora local (1300 GMT) en un helicóptero camino a un evento de despedida en la base Andrews de la Fuerza Aérea, donde dijo a sus seguidores “volveremos de alguna forma” y mencionó los logros de su administración antes de volar a Florida.

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