NASA

Artemis II completó su primera maniobra de corrección para el retorno a la Tierra

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La nave espacial Orión encendió sus propulsores durante 15 segundos a las 21:03 (hora de Argentina) del martes, para generar un cambio de velocidad y guiar a la tripulación de Artemis II hacia la Tierra.

En dicha maniobra de correción de retorno, los astronautas Cristina Koch y Jeremy Hansen revisaron los procedimientos y supervisaron la configuración de la nave y los datos de navegación.  

Este miércoles la tripulación tendrá un día ajetreado de objetivos de pruebas de vuelo y tareas para el regreso a la Tierra, previsto para el viernes.

Pruebas de vestimenta

Los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover y Koch y Hansen, tienen previsto probar una prenda para la intolerancia ortostática. Durante la prueba, la tripulación evaluará estas prendas, un equipo especializado diseñado para ayudar a los astronautas a mantener la presión arterial y la circulación durante la transición de regreso a la gravedad terrestre.

Pilotaje manual de Orión

Tras las pruebas de la vestimenta, la tripulación tomará el control manual de la nave espacial, utilizando el campo de visión de Orión para centrar un objetivo designado antes de guiar la nave espacial hacia una actitud de cola hacia el Sol y comparar los modos de control de Orión. La demostración de pilotaje manual comenzará a las 22:59 (hora de Argentina).

Las imágenes de la cara oculta de la Luna

Durante la sesión informativa del martes sobre el estado de la misión, funcionarios de la NASA compartieron las primeras imágenes recibidas de la tripulación durante el sobrevuelo lunar y confirmaron que el buque USS John P. Murtha zarpó y se dirige al punto intermedio hacia el sitio de recuperación en el Océano Pacífico.  

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De Oberá a la Nasa: el misionero que lideró el satélite argentino en Artemis II

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En la carrera por volver a la Luna, la Argentina encontró un lugar propio. No en la primera línea mediática de los astronautas, sino en la ingeniería silenciosa que permite que una misión funcione. Allí, en ese entramado técnico de precisión extrema, aparece un nombre con acento misionero: Luis López, oriundo de Oberá, quien lideró el desarrollo del segmento terreno y el concepto de operaciones del microsatélite ATENEA.

Desde la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), López formó parte del equipo que logró insertar a la Argentina en la misión Artemis II, el primer vuelo tripulado del programa lunar de la NASA en décadas. Y no fue una participación menor: ATENEA se convirtió en el único satélite latinoamericano seleccionado para esta misión, en un proceso competitivo que incluyó a decenas de países.

“Argentina fue uno de los cuatro países que cumplió todos los requisitos técnicos en tiempo y forma”, explicó López en diálogo con Open1017.com, al detallar el proceso que llevó al país a formar parte del programa Artemis.

ATENEA no fue diseñado como una misión científica tradicional, sino como una prueba tecnológica de alto valor estratégico. Su objetivo: validar sistemas, medir radiación, ensayar comunicaciones en condiciones extremas y generar “herencia de vuelo”, un concepto clave en la industria espacial.

El microsatélite fue liberado a unos 40.000 kilómetros de la Tierra y alcanzó un apogeo cercano a los 72.000 kilómetros, convirtiéndose en el objeto argentino que más lejos llegó en la historia. Pero el verdadero logro estuvo en otro punto: la comunicación.

“En todo momento tuvimos enlace con el satélite. Eso ya fue un hito”, destacó López.

Esa capacidad no solo permitió validar tecnología nacional, sino que posicionó a la Argentina como un actor técnico confiable en el ecosistema espacial internacional. De hecho, el equipo argentino logró incluso asistir a otras potencias.

Cuando la Argentina ayuda a las potencias

En un escenario donde participan países como Alemania y Corea del Sur, el desempeño argentino sorprendió. Según relató López, Argentina y Arabia Saudita fueron los únicos en establecer comunicación desde el inicio. Luego, ante dificultades técnicas de otros participantes, el equipo nacional intervino.

“Nos contactaron de Alemania y Corea del Sur para ver si los podíamos ayudar. Pudimos encontrar sus satélites y enviarles datos”, explicó.

El episodio no es menor: en una misión de escala global, con estándares de la NASA, la ingeniería argentina no solo cumplió, sino que colaboró activamente con otros países.

ATENEA tuvo una vida útil extremadamente corta: apenas unas horas en órbita antes de reingresar a la Tierra. Esa limitación convirtió cada segundo en crítico.

“El satélite cumplió su misión en un solo día. Por eso era tan importante lograr la comunicación y bajar todos los datos posibles”, explicó López.

Ese carácter efímero no reduce su impacto. Por el contrario, refuerza el valor de cada dato obtenido, que servirá como base para futuras misiones argentinas.

Detrás del logro hay una historia personal que también explica el recorrido de la ciencia argentina. López tiene 29 años, comenzó estudiando ingeniería en Oberá y luego migró a la Universidad Nacional de San Martín para especializarse en ingeniería espacial.

Ingresó a la CONAE como pasante y, en apenas cuatro años, pasó a integrar el equipo de proyectos satelitales, participando incluso en la misión SAOCOM-2.

“Encontré la ingeniería espacial y me voló la cabeza”, resumió sobre su decisión de cambiar de rumbo.

Su experiencia en el Kennedy Space Center, donde participó en la integración final del satélite, sintetiza el salto: de la universidad pública argentina al corazón del programa espacial estadounidense.

El desarrollo de ATENEA fue completamente nacional, con participación de la CONAE, la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Plata, la UNSAM, la Comisión Nacional de Energía Atómica y el Instituto Argentino de Radioastronomía.

En un contexto de tensiones presupuestarias y debate sobre el financiamiento científico, el caso ATENEA aparece como una evidencia concreta del potencial del sistema científico argentino.

No se trata solo de un satélite. Se trata de capacidad instalada, de formación de recursos humanos y de inserción internacional. Y también, de historias como la de Luis López, que muestran que desde Oberá también se puede llegar a la Luna.

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El Artemis II cruzó el lado oculto de la Luna y rompió un récord del Apolo 13

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La misión Artemis II marcó un nuevo hito para la exploración espacial al superar el récord de distancia a la Tierra que se mantenía vigente desde Apolo 13. La tripulación, integrada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, logró alcanzar una distancia de 406.764 kilómetros desde la Tierra, consolidando una nueva marca en vuelos tripulados.

Según informó la NASA, el récord fue superado a las 17:56 (UTC), en el marco de una misión que busca reabrir el camino hacia la exploración humana del espacio profundo. El registro anterior databa de 1970, cuando la misión Apolo 13 había establecido el límite histórico en plena emergencia durante su regreso a la Tierra.

La nave Orión avanzó hasta posicionarse detrás de la Luna, lo que generó un corte programado de comunicaciones de aproximadamente 40 minutos. Durante ese lapso, el satélite natural bloqueó las señales de radio necesarias para el contacto con la Red del Espacio Profundo, un fenómeno previsto dentro de la operación.

A lo largo de la maniobra, los astronautas comenzaron a observar la cara oculta de la Luna, una región que, si bien recibe luz solar, permanece invisible desde la Tierra. La misión incluyó la toma de imágenes en tiempo real mediante cámaras instaladas en los paneles solares de la nave, aunque la NASA advirtió que la calidad podría variar por limitaciones técnicas y de ancho de banda.

Uno de los momentos simbólicos del viaje fue la denominación de un cráter lunar como “Carroll”, en homenaje a la esposa fallecida del comandante Wiseman. Además, la tripulación centró su atención científica en la cuenca Orientale, una de las estructuras de impacto más jóvenes del sistema solar, clave para comprender la formación de superficies planetarias.

Tras completar el sobrevuelo, la nave retomó las comunicaciones con la Tierra luego de las 20 (hora argentina), cerrando una etapa crítica de la misión y confirmando el éxito de uno de los hitos más relevantes del programa Artemis.


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La Luna vuelve al centro de la geopolítica

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Esta vuelta al espacio no es solo un paso técnico dentro del programa lunar de NASA. Es una señal política. Una pieza más en un tablero global donde el espacio vuelve a ser territorio de disputa.

Y esta vez, el rival no es la Unión Soviética. Es China.

La primera carrera espacial, protagonizada por Estados Unidos y la Unión Soviética, fue una competencia por prestigio ideológico. El punto más alto fue el Apollo 11 Moon Landing. No se trataba solo de llegar a la Luna. Se trataba de demostrar superioridad tecnológica, política y cultural por encima de la URSS. 

Hoy, el contexto es distinto. Pero no tanto.

La nueva carrera espacial mantiene una lógica similar: demostrar liderazgo global, validar capacidad tecnológica y, por supuesto, proyectar poder. 

La diferencia es que ahora los objetivos son más concretos, más económicos y más permanentes.

Artemis II: mucho más que una misión

Artemis II es la primera misión tripulada del programa Artemis. Su objetivo es orbitar la Luna y probar sistemas clave para futuros alunizajes.

Pero su verdadero significado va más allá de lo técnico.

Estados Unidos está buscando recuperar liderazgo en exploración espacial tripulada, establecer una presencia sostenida en la Luna y fijar reglas del juego antes que otros. En otras palabras es “marcar territorio” fuera del planeta Tierra. 

El administrador de la NASA, Bill Nelson, lo planteó de forma directa “Artemis representa el regreso de Estados Unidos al liderazgo en la exploración del espacio profundo”.

El programa Artemis incluye algo que no existía en los años 60: una visión de permanencia, no se trata de “ir y volver”.

Se trata de quedarse.

China: el competidor que cambia todo

El avance de Administración Nacional del Espacio de China en los últimos 20 años transformó completamente el escenario. El gigante asiático avanza a pasos agigantados en números frentes, no solo los más tangibles como comercio y tecnología. 

En este poco tiempo (en materia espacial 20 años son un abrir y cerrar de ojos= China ya logró: misiones robóticas exitosas en la Luna, el alunizaje en la cara oculta (un hito) y una estación espacial propia en órbita. 

Y ahora están en desarrollo sus planes más ambiciosos que son llevar astronautas a la luna antes de 2030 y comenzar la construcción de una base lunar conjunta con Rusia para 2032. 

A diferencia de la Unión Soviética, China no corre desde atrás. Compite con un plan de largo plazo, financiamiento sostenido y una integración directa entre Estado, industria y estrategia geopolítica.

En la Luna podría haber importantes recursos naturales: helio-3 (potencial fuente de energía futura) y agua congelada (clave para combustible y vida). 

También estar presentes en este satélite natural implica una posición geopolítica de privilegio. Se generan ventajas en la capacidad de monitoreo y comunicaciones. Y, al mismo tiempo, una plataforma privilegiada para misiones más lejanas como Marte. 

Quien llegue primero y se establezca, define reglas. El ex administrador de la NASA Jim Bridenstine marcó una de las grandes diferencias: “Esta vez no vamos a la Luna solo para dejar una bandera y volver. Vamos a construir una presencia sostenible”.

Estados Unidos impulsa los Acuerdos Artemis, un marco internacional para regular la actividad en la Luna. China, por su parte, promueve su propio esquema de cooperación.

¿Una nueva Guerra Fría?

La comparación es inevitable, pero incompleta.

No estamos ante una repetición exacta de la Guerra Fría. Sin embargo, hay elementos que se parecen como competencia tecnológica, disputa por liderazgo global y construcción de bloques de aliados. 

Aunque hay paralelismos, esta nueva competencia tiene diferencias profundas. 

La primera tiene que ver con la multipolaridad. Antes existían dos superpotencias enfrentadas, en la actualidad más allá de que EEUU y China representan diferentes posturas existen otros actores fundamentales como Europa, India y el actor más novedoso: el sector privado. 

Empresas como SpaceX tienen un rol central, algo impensado en los años 60. El CEO de SpaceX, Elon Musk, lo plantea desde otra lógica: “El objetivo es hacer de la humanidad una especie multiplanetaria”.

La diferencia es que hoy la interdependencia económica global convive con la rivalidad estratégica.

Una disputa silenciosa, pero decisiva

La Luna no es el destino final, es una plataforma.

A diferencia de la Guerra Fría, esta carrera no se vive con la misma épica pública. No hay discursos diarios ni tensión nuclear directa. Pero el impacto puede ser igual de profundo.

Porque lo que está en juego no es solo quién llega primero, es quién define cómo será la expansión de la humanidad fuera de la Tierra.

Lo que está claro es que la Luna volvió al centro de la escena. Escenario de contemplación, poemas y canciones, salió de la caja de los recuerdos y se convirtió en frontera. 

Y como toda frontera en la historia, no será solo explorada.

Será disputada.

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Artemis II rompe récords y reabre la carrera espacial: la NASA vuelve a empujar los límites

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El lanzamiento de la misión Artemis II el 1 de abril desde el Centro Espacial Kennedy no solo estableció un nuevo récord técnico —una órbita de casi 70.400 kilómetros alrededor de la Tierra— sino que reactivó un frente clave de poder global: la competencia por la exploración del espacio profundo. Con una tripulación de cuatro astronautas a bordo de la cápsula Orion y un plan de 10 días rumbo a la Luna, la NASA volvió a posicionar a Estados Unidos en el centro de la agenda espacial. El dato es contundente, pero la pregunta es política: ¿se trata de un avance científico o de la consolidación de una nueva etapa de liderazgo estratégico en el espacio?

De la órbita terrestre a la estrategia lunar

La misión Artemis II se inscribe en un programa de largo plazo que busca restablecer la presencia humana más allá de la órbita baja terrestre, algo que no ocurría desde 1972. En ese marco, el récord alcanzado —70.400 kilómetros de distancia— funciona como un primer paso técnico hacia un objetivo mayor: la reinserción de vuelos tripulados en la órbita lunar.

El operativo incluyó una serie de maniobras críticas. Tras el despegue a las 18:35 EDT, la nave ejecutó ajustes orbitales y verificaciones de sistemas antes de realizar la maniobra de inyección translunar (TLI), el encendido que la coloca en trayectoria hacia la Luna. Ese punto marca un límite operativo: una vez ejecutado, el retorno depende de completar el recorrido previsto.

El esquema institucional detrás del proyecto también expone su dimensión política. Artemis II es impulsado por la NASA, pero integra cooperación internacional —incluida la participación de la Agencia Espacial Canadiense— y articula capacidades científicas y tecnológicas en un esquema que combina exploración, innovación y posicionamiento global.

No es un vuelo experimental aislado. Es la antesala de una secuencia programada: Artemis III prevé operaciones más complejas en órbita lunar y Artemis IV proyecta misiones con mayor capacidad operativa. El recorrido actual funciona como validación técnica de ese camino.

Tecnología, liderazgo y competencia

El récord no se agota en lo simbólico. La misión apunta a superar los 402.000 kilómetros de distancia, por encima del máximo registrado por Apolo 13. Ese salto refleja una actualización tecnológica, pero también una decisión política de retomar protagonismo en un escenario donde la exploración espacial vuelve a ser un vector de poder.

La capacidad de enviar tripulación más allá de la órbita terrestre baja redefine el mapa de actores con capacidad real de intervención en el espacio profundo. La NASA, con Artemis II, busca consolidar ese liderazgo en un contexto de creciente competencia internacional.

El impacto también alcanza al plano económico y tecnológico. La misión valida sistemas de navegación, soporte vital y comunicaciones que son clave para futuras operaciones, incluyendo la posibilidad de establecer presencia sostenida en la Luna. Ese horizonte abre una agenda que excede lo científico: recursos, infraestructura y control de nuevas rutas tecnológicas.

A nivel operativo, los incidentes menores registrados —una breve pérdida de comunicación y un inconveniente en el sistema sanitario— no alteraron la misión, pero funcionan como recordatorio de la complejidad del entorno. Cada prueba superada refuerza la viabilidad del programa; cada falla potencial, su nivel de riesgo.

Un punto de inflexión con proyección abierta

Artemis II no es solo una misión. Es una señal. Marca el regreso de los vuelos tripulados a la órbita lunar después de más de cinco décadas y abre una nueva fase en la exploración espacial.

En los próximos días, el foco estará en el sobrevuelo lunar, la captura de imágenes de la cara oculta y el regreso seguro de la tripulación. Pero el dato más relevante se juega en otra escala: cómo este avance reconfigura la agenda espacial global.

La trayectoria en forma de ocho, diseñada para garantizar un retorno seguro sin maniobras adicionales, refleja una lógica de reducción de riesgos. Al mismo tiempo, prepara el terreno para misiones más ambiciosas, incluyendo la instalación de infraestructura permanente en la superficie lunar.

El movimiento ya está hecho. La NASA volvió a cruzar un umbral técnico que también es político. Lo que resta ver es si ese avance se consolida como liderazgo sostenido o si abre una nueva etapa de competencia en un territorio donde las reglas todavía están en construcción.

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