New York Times

Energía eólica en Brasil: mucho ruido y pocos beneficios

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GALINHOS, Brasil, New York Times. Por la noche, el cielo se ilumina con pequeñas luces rojas y en todas partes puede oírse el silbido de las aspas en rotación: son recordatorios de la abundante presencia del viento en la costa atlántica brasileña y del aprovechamiento del recurso natural.

Cuando empieza a salir el sol, las torres de unos 120 metros de alto se avistan entre los árboles, como si fueran dientes de león gigantes.

En esta parte de la costa atlántica, el viento sopla de manera constante y siempre en una dirección, lo que le da a Brasil una fuente estable de producción energética. El país es actualmente el octavo mayor productor de energía eólica, según el Consejo Global de Energía Eólica. Hay granjas operadas por Weg, Siemens Gamesa, Wobben Windpower y otras.

Sin embargo, los inversionistas se mantienen cautelosos, pues la construcción de las líneas de transmisión ha sido lenta y problemas con la infraestructura aumentan los precios de las partes de importación. Ahora los legisladores han propuesto un impuesto a la energía de fuentes eólicas y solares, pues el gobierno espera obtener algo del potencial financiero.

Una pareja recién casada posa en la playa de Tourinhos, en Río Grande do Norte. Al fondo se avistan turbinas eólicas. Credit Dado Galdieri para The New York Times
Una pareja recién casada posa en la playa de Tourinhos, en Río Grande do Norte. Al fondo se avistan turbinas eólicas. Credit Dado Galdieri para The New York Times

 

Mientras, a unos kilómetros de la playa, el paisaje con las turbinas es un recordatorio para los habitantes locales tanto de las posibilidades de esa industria como de su impacto.

En la playa Morros dos Martins, Damiao Henrique, de 70 años, se encontraba conectando cables eléctricos a una bomba para poder rociar sus sembríos de frijol. El hombre, un pescador y agricultor, fue movido de sus tierras y quedó más cerca de la playa para hacer espacio para una granja eólica.

“Pero estoy bien”, dijo. “Como compensación la compañía me da energía y es más fácil rociar mis frijoles”.

Otros residentes dijeron que los beneficios que les fueron prometidos no se han materializado.

“El alcalde dijo que habría más escuelas”, indicó María Venus, de 47 años, dueña de una tienda de abarrotes. “Abrieron una escuela musical para la comunidad, nos dieron algunas guitarras y después de un año pusieron todo lo demás en pausa”.

Lo que sigue es el ruido. “Oh, sí. Nos dejaron un ruido que no se detiene”.

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Al noreste de Galinhos, entre São Bento do Norte y Pedra Grande, contratistas de Copel (la energía estatal del estado de Paraná) construyen una enorme granja eólica. Cuando terminen de erigir las 149 torres de turbina el proyecto será el más grande de Copel en todo Río Grande do Norte.

Durante una visita reciente a Galinhos, los jóvenes promocionaban la fiesta de aniversario de la ciudad; se movían por las calles en motos de cuatro ruedas con altavoces para convocar a los residentes a la festividad.

Frente a una escuela derruida en la que alguna vez vivió como paracaidista, Jose Neto, pescador de 70 años, prendió un cigarrillo hecho a mano mientras veía las celebraciones.

“No sé mucho de impuestos, pero si se usan a favor de la ciudad, entonces es algo bueno”, dijo sobre los gravámenes propuestos. “Sabes, somos tan humildes que cualquier impulso es una gran ayuda”.

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Pesqueros sacan su barco de la playa Morro dos Martins. CreditDado Galdieri para The New York Times
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Los locales de Galinhos esperan que el impuesto a la energía eólica fomente el desarrollo.CreditDado Galdieri para The New York Times
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Las posibilidades de la industria, y del impacto de esta, están a plena vista con las turbinas.CreditDado Galdieri para The New York Times

En las celebraciones estaban presentes políticos locales, entremezclados con los residentes de los pueblos aledaños. Sonaba la música desde altavoces gigantes para quienes querían bailar en una pista hecha con andamiaje. Había meseros que cargaban a varios lados mesas de plástico para quienes compraban doce botellas de cerveza. Las familias comían barbacoa.

Edton Barbosa, un técnico de exploración de la petrolera estatal Petrobras de 56 años, miraba los festejos. Dijo que es algo bueno que los políticos estén pensando en cobrar por el viento. “Ayudará con el desarrollo del lugar”, dijo, “como lo han hecho los cobros petroleros en otras áreas”.

Sin embargo, el estado de Río Grande do Norte “debe generar valores a partir de este bien estratégico”, añadió Barbosa, “o estaremos condenados a ser exportadores de energía y a quedarnos en la pobreza, pero rodeados de riqueza”.

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La vida de Lula en la prisión que él inauguró

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New York Times, CURITIBA, Brasil.  Luiz Inácio Lula da Silva pasó su primera mañana como prisionero con un desayuno que consistió en pan con mantequilla y café.

El mismo domingo 8 de abril, un día después de su arresto, miró la final entre Corinthians, el equipo al que apoya, y el rival Palmeiras. Corinthians ganó en penaltis.

Lula, de 72 años, no es cualquier prisionero: afuera de la prisión hay una placa que celebra la inauguración del edificio en 2007 y el nombre del expresidente está inscrito en ella.

Brasil ha comenzado a lidiar con la realidad del arresto de Lula, quien se entregó a las autoridades el sábado, dos días después de que el Supremo Tribunal Federal indicara que podía ser encarcelado por una sentencia de doce años por corrupción y lavado de dinero incluso pese a que siguen pendientes proceso de apelación.

 

La detención probablemente pondrá fin a las aspiraciones políticas del expresidente, quien buscaba regresar al poder en las elecciones de octubre después de su mandato de 2003 a 2011.

La celda de Lula es relativamente más amplia que la de reos ordinarios. Mide 15 metros cuadrados, a diferencia de los 9 metros de otras, y no es compartida.

La celda anteriormente era usada para albergar a policías que visitaban Curitiba en encargos temporales y se encuentra cerca de una zona de oficinas, en un área separada del resto de las celdas donde están los prisioneros regulares.

Lula es el único reo en el cuarto piso del edificio de la Policía Federal; los demás están en la primera planta.

“Es un espacio limpio, con una cama, una cómoda y un baño”, dijo en entrevista Cristiano Zanin, el abogado de Lula. “La habitación en sí no es el problema. En cuanto al lugar, digamos que es modesto”.

Zanin dijo que el partido de fútbol que pudo ver Lula ya se estaba transmitiendo. “No hizo ninguna solicitud, no pidió que le dejaran ver el juego”, dijo el abogado. “El televisor ya estaba ahí”.

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Da Silva, momentos antes de entregarse a la policía para comenzar a cumplir una condena de doce años de prisión CreditLalo de Almeida para The New York Times

Para su tiempo tras las rejas, Lula ingresó algunos libros, entre ellos A elite do atraso (La élite del atraso), escrito por el sociólogo brasileño Jessé de Souza. El autor argumenta que la megainvestigación por corrupción en el país, Operación Lava Jato, es una parte clave de un impulso por parte de la élite de mantener su riqueza y su poder.

Zanin, el abogado, dijo que aún deben negociarse detalles sobre qué tanto contacto podrá tener Lula con personas que no formen parte de su equipo legal.

Los prisioneros en el edificio policial de Curitiba usualmente tienen dos horas al día para pasar fuera de sus celdas. Pueden ver a sus abogados en cualquier momento y a sus familiares una vez a la semana. Las ventanas de la celda, que no tienen barrotes, dan hacia un corredor interno.

Aunque la celda de Lula no es especialmente lujosa, es muy diferente de las condiciones que enfrenta la gran mayoría de la población carcelaria en el sistema de prisiones brasileño, desbordado, violento y con poco presupuesto.

El año pasado fueron arrestadas 722.000 personas, que terminaron atiborradas en edificios diseñados para albergar a un tercio de esa cantidad, según Juliana Melo, profesora de la Universidad Federal de Río Grande do Norte que estudia el sistema penitenciario del país.

“Es un mito que este sea un país de impunidad”, dijo. “Es un país de selectividad”. Hizo notar que la mayoría de los prisioneros brasileños son de raza negra o raza mixta, y han sido acusados de delitos de drogas. Más del 40 por ciento aún no enfrenta su juicio.

Otros acusados de Lava Jato han evitado estar con la población carcelaria general. Varios, como el exgobernador de Río de Janeiro Sérgio Cabral y el expresidente de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha, están en una instalación penitenciaria médica en las afueras de Curitiba.

Conforme Lula se acostumbra a una nueva rutina, cientos de sus simpatizantes han establecido un campamento afuera del edificio.

“Lula es un preso político, víctima de persecuciones sin tregua por parte de adversarios que recurrieron al poder judicial para silenciarlo, destruirlo, en un esfuerzo de desacreditarlo ante la historia y el pueblo brasileño”, asestó la expresidenta Dilma Rousseff en un comunicado.

La lideresa del Partido del Trabajo de Lula y Rousseff, Gleisi Hoffman, asegura que Lula sigue siendo el candidato para la elección de octubre. Aunque, incluso si Lula llegara a poder hacer campaña, su condena lo vuelve inelegible para postularse de acuerdo con la Ley de Ficha Limpia.

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El peor y el más tonto

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Al igual que millones de personas en todo el mundo, me tranquilizó saber que Donald Trump es un “genio muy estable”. Y es que, si no lo fuera —si en cambio fuera un aspirante a tirano errático, vengativo, desinformado y perezoso— estaríamos en verdaderos problemas.

Seamos honestos: Estados Unidos con frecuencia ha sido presidido por hombres mediocres, algunos de los cuales han tenido personalidades desagradables. Sin embargo, por lo general, no han hecho mucho daño, por dos razones.

La primera es que los presidentes de segunda clase se han rodeado con frecuencia de servidores públicos de primera clase. Como ejemplo, miren la lista de los secretarios del Tesoro desde que se fundó la nación; aunque no todos los que han ocupado ese cargo eran iguales a Alexander Hamilton (quien creó el Tesoro), es, en general, un contingente bastante impresionante —y eso ha sido importante—.

Se ha debatido si Ronald Reagan, a quien diagnosticaron con alzhéimer cinco años después de que dejara la presidencia, ya mostraba síntomas de deterioro cognitivo durante su segundo mandato. No obstante, con James Baker en el Departamento del Tesoro y George Shultz en el de Estado, no había nada de qué preocuparse en cuanto a si había gente competente que tomara las grandes decisiones.

Segunda: nuestro sistema de pesos y contrapesos ha limitado a los presidentes que de otro modo podrían haber estado tentados a ignorar el Estado de derecho o a abusar de su cargo. Aunque probablemente hemos tenido altos ejecutivos que anhelaban encarcelar a sus críticos o enriquecerse mientras estaban en el cargo, ninguno de ellos se atrevió a hacer sus deseos realidad.

Pero eso era antes. Con el “genio muy estable” al mando, las reglas antiguas ya no aplican.

Cuando ese “genio muy estable” se mudó a la Casa Blanca, trajo consigo a una colección extraordinaria de subordinados —y los llamo en el peor de los sentidos—. Algunos de ellos ya se fueron, como Michael Flynn, a quien Trump nombró asesor de seguridad nacional pese a que ya lo rodeaban interrogantes por sus vínculos extranjeros y quien en diciembre se declaró culpable de mentirle al FBI sobre esos vínculos. También se fue Tom Price, secretario de Salud y Servicios Humanos que renunció debido a su adicción a costosos viajes en avión privado.

Sin embargo, otros todavía siguen ahí; seguramente pensar en Steve Mnuchin liderando el Tesoro hace a Hamilton revolcarse en su tumba. Y muchos nombramientos increíblemente malos han pasado casi inadvertidos entre el público general. Solo podemos darnos una idea de qué tan deplorables son las cosas por la noticias que se filtran de vez en cuando, como que la persona a la que Trump nombró para dirigir el Servicio de Salud para indígenas parece haber mentido sobre sus credenciales (una vocera del Departamento de Salud y Servicios Humanos dice que un tornado destruyó sus documentos de antecedentes laborales).

Y mientras ingresa la gente no calificada, la calificada está huyendo. Ha habido un gran éxodo de personal con experiencia en el Departamento de Estado; quizá todavía más alarmante es que se dice que hay un éxodo similar en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por su sigla en inglés).

En otras palabras, en tan solo un año, Trump nos ha acercado bastante a un gobierno de los peores y más tontos. Así que digamos que es bastante bueno que el hombre en el puesto más alto es, “como, muy inteligente”.

Mientras tanto, ¿qué ha sucedido con las restricciones ante un mal comportamiento presidencial? Digo, los pesos y contrapesos ya son muy de la década de los setenta, ¿no? Puede que a los republicanos les hayan importado los actos ilegales del presidente durante el escándalo de Watergate, pero estos días claramente consideran que su trabajo es proteger los privilegios del “genio muy estable”, es decir, dejarlo hacer lo que quiera.

Inclúyanme entre aquellos a los que no les parecieron tan impactantes las revelaciones del nuevo libro de Michael Wolff porque solo confirman lo que ya nos han dicho muchos informes sobre esta Casa Blanca. La noticia realmente destacada de la semana pasada, a mi parecer, se trata de las indicaciones que han dado importantes republicanos en el congreso de que están cada vez más decididos a participar en la obstrucción de la justicia.

Hasta ahora, no había quedado totalmente claro si los miembros del congreso a favor del encubrimiento, como Devin Nunes —quien ha estado acosando al Departamento de Justicia mientras este trata de investigar la interferencia que habría tenido Rusia en la elección presidencial—, eran por cuenta propia. Sin embargo, Paul Ryan, el presidente de la Cámara de Representantes, ahora se ha sumado por completo a las filas de Nunes, lo que representa estar totalmente a favor de la obstrucción.

Al mismo tiempo, dos senadores republicanos refirieron al Departamento de Justicia (la primera vez que se sabe que lo hacen) a que investigue penalmente a alguien como parte de su propia pesquisa sobre la intervención rusa: no se trata de aquellos que pudieran haber trabajado con una potencia extranjera hostil, sino del exespía británico que elaboró un documento sobre la posible colusión entre Trump y Moscú.

En otras palabras, sin importar lo mucho que el mundo se cuestione si Trump es apto para estar en el poder, las únicas personas que podrían limitarlo están haciendo todo lo posible por ponerlo por encima del Estado de derecho.

Hasta ahora, la implosión de las normas políticas de Estados Unidos ha tenido un efecto considerablemente menor en nuestra vida cotidiana (excepto que residas en un Puerto Rico azotado por huracanes y sigas esperando a que se restablezca la electricidad debido a una respuesta federal inadecuada). El presidente pasa las mañanas viendo televisión y tuiteando su enojo, ha sembrado el caos en cuanto a la capacidad del gobierno y su partido no quiere que sepas si es un agente trabajando a favor de alguien en el extranjero. Sin embargo, las bolsas están al alza, la economía está en auge y no hemos iniciado nuevas guerras.

Todavía estamos en los inicios. Pasamos más de dos siglos construyendo una gran nación y hasta un “genio muy estable” quizá requiera un par de años para completar su ruina.

 
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Un año con Trump, una presidencia inimaginable

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Por PETER BAKER, New York Times. Cuando el presidente Donald Trump se reúne con asistentes para hablar de política o prepararse para un discurso, puede preguntar los pros y contras de una nueva propuesta. Puede consultar acerca de su posible efecto. Puede explorar la mejor manera de enmarcar su argumento.

Sin embargo, hay algo que casi nunca hace. “Rara vez pregunta qué hicieron otros presidentes”, dijo John F. Kelly, el jefe de personal de la Casa Blanca.

Trump es el presidente número 45 de Estados Unidos, pero ha pasado gran parte de su primer año en el poder desafiando las convenciones y normas establecidas por los 44 anteriores y transformando la presidencia en maneras que alguna vez se pensaron inimaginables.

Bajo el mandato de Trump, la presidencia se ha convertido en un instrumento directo para alcanzar metas personales, de políticas y política. Ha revolucionado la manera en que los presidentes lidian con el mundo más allá de la avenida Pensilvania 1600 y se ha deshecho de la comunicación cuidadosamente modulada de los jefes del ejecutivo para darle espacio en su lugar a arranques descontrolados, desastrosos, divisorios y desdeñosos que nacen de sus instintos y agravios.

Ha mantenido un negocio extraoficial; ha atacado al FBI, a la CIA y a otras instituciones que supervisa; amenazó con utilizar su poder en contra de sus rivales, y desató una guerra contra los miembros de su propio partido e incluso de su propio gabinete. Despidió al hombre que investigaba su campaña y no ha descartado la posibilidad de despedir al que lo sucedió. Ha recurrido a instintos primitivos en torno a la raza, la religión y el género como ningún otro presidente lo ha hecho en generaciones. Además, ha blandido el sable nuclear con más ahínco de lo que se ha demostrado desde la época de Hiroshima y Nagasaki.

La presidencia ha servido de vehículo para que Trump construya y promueva su propia narrativa, una con un brío crepitante pero llena de imprecisiones, distorsiones y mentiras descaradas, de acuerdo con quienes se dedican a verificar hechos. En vez de ser una fuerza de unidad o una voz tranquilizante en una época turbulenta, la presidencia ahora es un arma más en una campaña permanente de divisiones. Los demócratas y muchos republicanos de élite se preocupan de que Trump haya acabado con la autoridad moral de la presidencia.

“Estamos viendo que la presidencia se ha transformado completa y esencialmente de una manera que no creo que hayamos visto desde antes de la guerra civil”, dijo Jeffrey A. Engel, el director del Centro para la Historia Presidencial en la Universidad Metodista del Sur y autor de When the World Seemed New acerca del presidente George H. W. Bush. “Trump argumenta que debemos cuidar a mis enemigos. De verdad que no puedo pensar en ningún precedente”.

Lo que les preocupa a las personas dentro de Washington es que ha sacudido a muchos afuera del entorno político. Trump ha hecho a un lado la mitología de una presidencia magistral alejada del pueblo para darle lugar a una accesibilidad de telerrealidad que toca fibras en partes del país aisladas por las élites. Esa indiferencia a la manera en que las cosas siempre se han hecho les ha dado energía a los principales simpatizantes de Trump, quienes celebran sus esfuerzos por destruir lo políticamente correcto, atacar a las élites petulantes y destruir un sistema egoísta que, según ellos, ha afectado a los estadounidenses comunes y corrientes.

“Las normas y convenciones son exactamente contrarias a lo que hizo campaña y, en su opinión, son la razón por la que estamos pasando por esta transición”, dijo Kelly en una entrevista. “No toma decisiones intencionalmente de lo opuesto a lo que los presidentes anteriores harían, por ejemplo. Tiene una opinión personal de lo que es mejor para Estados Unidos”.

Al acabar con la dinámica tradicional de gobierno, Trump se ha hecho el personaje dominante en la vida estadounidense aunque las encuestas muestren que también ha sido el presidente menos popular durante su primer año de la historia moderna. Está poniendo a prueba la idea de que un presidente aún puede rehacer de manera efectiva al país sin asegurar o incluso sin ir tras un mandato más amplio.

“Se trata de alguien que define la presidencia de manera muy distinta”, dijo Michael Beschloss, el historiador presidencial. “Trump básicamente está diciendo: ‘No voy a operar solamente dentro de los límites que los fundadores podrían haber esperado o que la gente pudo haber esperado durante 200 años. Voy a operar dentro de los límites de lo que es estrictamente legal y voy a tratar de empujar esos límites si puedo’”.

No solo los ha empujado. Trump ha destrozado los límites, por lo menos los que sus predecesores cuidaron. “Todos los demás parecían moverse dentro de ciertas fronteras”, dijo William M. Daley, quien trabajó para dos presidentes, primero como secretario de gabinete de Bill Clinton y después como jefe de personal en la Casa Blanca bajo el mandato de Barack Obama. “Pero este opera totalmente fuera de cualquier margen”.

En épocas recientes, la mayoría de los presidentes han buscado expandir el poder de su gobierno y Trump ha seguido esa tendencia. Al igual que Obama, frustrado por la oposición en el Congreso, utilizó de manera ambiciosa su poder ejecutivo, solo para que a veces lo frenaran las cortes, Trump ha recurrido a su autoridad presidencial para promulgar políticas arrasadoras.

Sin embargo, se ha opuesto a los límites impuestos a la presidencia como pocos lo han hecho, despotricando contra jueces, legisladores, investigadores y periodistas que lo enfurecen y expresando frustración por no poder usar al FBI como le da la gana. Su sentido del gobierno no se basa en la creación de coaliciones o en el equilibrio entre ramas iguales del gobierno. Él ejerce uno en el que decide qué es necesario y en el que el sistema debe apegarse a sus ideas.

Trump está creando precedentes que podrían durar más que su mandato. Está haciendo que la presidencia sea más auténtica y más autocrática, según el punto de vista. De cualquier manera, puede que jamás vuelva a ser lo mismo.

‘Por eso ganó’

Trump, el primer presidente que jamás trabajó en el gobierno ni el servicio militar, en repetidas ocasiones se salta los límites que sus predecesores atendieron. Cuando la alcaldesa de San Juan, Puerto Rico, se quejó de los esfuerzos federales de recuperación después de que la isla fuera arrasada por el huracán María, Trump la tachó de ser “desagradable”. Cuando no recibió la gratitud suficiente por ayudar a liberar a tres basquetbolistas universitarios estadounidenses en China, exclamó: “¡Debí dejarlos en la cárcel!”.

Acusó a Obama de intervenir las líneas telefónicas de la Torre Trump, lo llamó un “tipo malo”, una declaración que rechazó el propio Departamento de Justicia de Trump. Dijo que había “personas muy decentes en ambos bandos” cuando habló del mitin de supremacistas blancos y contramanifestantes en Charlottesville, Virginia.

Incluso en cosas pequeñas, Trump ha roto el protocolo presidencial. Los presidentes generalmente no hablan de los cambios bursátiles diarios ni de los planes de expansión corporativa, pues lo consideran inapropiado. Pero Trump con ansia anuncia aumentos en el mercado, que los convierte en un sustituto métrico de éxito dados sus bajos números en las encuestas, y se adjudica el crédito por decisiones corporativas con el gusto de un alcalde o un gobernador, ya sea en relación con sus políticas o no.

A sus simpatizantes les parece refrescante la voluntad que tiene para decir cualquier cosa y atacar a quien se le ponga en frente.

“Algo que le ha hecho al Despacho Oval y a nuestra cultura política en general es traer mucha más autenticidad de lo que la gente estaba acostumbrada con los políticos”, dijo Andy Surabian, un asesor sénior de Great America Alliance, un grupo alineado con Trump. “Sin importar lo que se piense de él desde un punto de vista ideológico, creo que, por primera vez en mi vida, tenemos a alguien en el Despacho Oval que no parece de plástico”.

“Todo el tiempo escuchamos que no es presidencial”, agregó. “Pero yo pienso: ‘Por eso ganó’”.

Otros presidentes han experimentado con la manera en que se comunicaban con el público y fueron criticados por socavar la dignidad del puesto, solo para que sus innovaciones se convirtieran en estándares para sus sucesores. Franklin D. Roosevelt instituyó las charlas hogareñas en la radio. Dwight D. Eisenhower inauguró las conferencias de prensa en televisión. John F. Kennedy permitió que los informes se transmitieran en vivo en vez de que se grabaran y editaran.

Sin embargo, esos presidentes no utilizaron sus plataformas como armas, algo que Trump sí ha hecho. Además, presidieron estructuras serias, aunque a veces engorrosas, de creación de políticas, diseñadas para fundar sus decisiones. Las decisiones de Trump, anunciadas en Twitter, a menudo parecen reacciones repentinas a algo que vio en televisión.

Los críticos afirman que Trump ha degradado la credibilidad de las principales instituciones de su gobierno.CreditTom Brenner/The New York Times

‘Es una guerra en contra de todo’

“Es una guerra contra todo. Es un pleito de bar de nunca acabar. Y se utilizan todas las ventajas posibles, cada arma disponible”, dijo Jon Meacham, quien ha escrito biografías de varios presidentes. “¿Acaso una parte del legado de Trump será un estado permanente de guerra contra la política y los medios? Odio decirlo… mi instinto me dice que sí, pero espero estar equivocado”.

“Si él se puede salir con la suya, entonces, ¿por qué no otras personas?”, preguntó Eliot A. Cohen, uno de los más duros críticos de Trump. CreditEric Thayer para The New York Times

‘Una institución duradera’

Si la presidencia poco convencional de Trump tiene éxito, podría establecer un nuevo paradigma. Si fracasa, sería una moraleja para sus sucesores.

Trump está probando una propuesta de que un presidente puede efectivamente rehacer al país sin asegurar o incluso buscar un mandato más amplio. CreditDoug Mills/The New York Times
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Científicos advierten que estamos en una era de ‘aniquilación biológica’

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New York Times. Tatiana Schlossberg – Desde la jirafa hasta el pangolín, miles de especies animales han tenido bajas estrepitosas en sus números, una señal de que se acerca una era irreversible de extinción masiva, alerta un nuevo estudio.

La investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences califica a la disminución en poblaciones animales como una “epidemia global” y parte de “una sexta extinción masiva en curso” causada, en buena medida, por la destrucción humana de los hábitats animales. Las cinco extinciones anteriores fueron causadas por fenómenos naturales.

Gerardo Ceballos, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, reconoció que el estudio está escrito con un tono particularmente alarmante en comparación con el estándar de los trabajos de investigación académica. “Sería poco ético en estos momentos no usar este lenguaje para atraer la atención hacia este problema”, dijo.

Ceballos enfatizó que él y los coautores, los profesores de la Universidad de Stanford Paul Ehrlich y Rodolfo Dirzo, no son alarmistas, pero que los datos científicos respaldan sus aseveraciones de que el declive en la población animal y la posible extinción masiva de especies en todo el mundo podría ser inminente, y que otros científicos han subestimado ambos hechos.

Los autores sugieren que los estimados anteriores de tasas de extinción global han sido demasiado bajos en parte porque los científicos se han enfocado demasiado en la extinción completa. Se cree que dos especies vertebradas se extinguen cada año, lo que los autores recalcan “no genera suficiente preocupación pública” y hace parecer que muchas especies no están fuertemente amenazadas o que la extinción masiva es una catástrofe lejana.

Los cálculos conservadores de científicos dicen que se han extinguido 200 especies en los últimos 100 años. La tasa “normal” de extinción registrada durante los dos millones de años pasados era de dos especies extintas cada siglo debido a la evolución y otros factores.

Sin embargo, este estudio se fija más en las poblaciones que en las extinciones: la desaparición de una población entera y la disminución en los individuos que la componen. Encontraron que es un fenómeno que sucede a nivel global, pero que las regiones tropicales –con mayor biodiversidad– han sufrido la mayor pérdida en números totales, mientras que las regiones templadas han tenido una mayor proporción de pérdida poblacional.

Los autores del estudio vieron las reducciones en un rango de especies —por factores como la degradación de su hábitat, la contaminación y el cambio climático, entre otros— y de ahí extrapolaron cuántas poblaciones se han perdido o están cerca de hacerlo, un método que también usa la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Hallaron que un 30 por ciento de los vertebrados terrestres –mamíferos, aves, reptiles y anfibios– han presentado declives y pérdidas en las poblaciones locales. En la mayoría del mundo, las poblaciones de mamíferos han perdido el 70 por ciento de sus integrantes por la desaparición de sus hábitats.

Casos particulares que cita el estudio incluyen el del guepardo, que ya solo tiene unos 7000 especímenes; los orangutanes de Sumatra y Borneo, con menos de 5000 animales; los leones africanos, que han perdido el 43 por ciento de su población desde 1993; los pangolines han sido diezmados, y las jirafas, cuyas cuatro especies ahora tienen menos de 100.000 especímenes.

Jonathan Losos, un profesor de Biología de Harvard, dijo que no sabe si el método usado por el estudio ha sido empleado antes, pero que era un “aceptable primer intento” para estimar el declive de las especies y las bajas en su población.

Losos también indicó que es difícil estimar la población de fauna, en parte porque los científicos no siempre están de acuerdo sobre cómo se define una población. Aun así recalcó que “es un estudio muy importante y preocupante, que documenta que los problemas que tenemos respecto a la biodiversidad son más grandes de lo que se piensa”.

Ehrlich, uno de los autores y profesor en Stanford, dijo que la situación era similar a la del colapso imaginado de la humanidad por sobrepoblación que previó en su libro La explosión demográfica, excepto que el efecto de la actividad humana repercute más bien sobre el mundo animal.

“Hay solo una solución global, y es reducir la escala de la actividad humana”, dijo Ehrlich. “El crecimiento poblacional y el mayor consumo entre personas ricas está impulsando esto”.

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