PABLO RATTI

Pablo Ratti: la re-construcción de una marca

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Hay empresarios que llegan a conducir una compañía después de un proceso cuidadosamente diseñado. Se preparan durante años, atraviesan diferentes puestos, reciben responsabilidades gradualmente y un día ocupan el lugar para el cual fueron formados. Y hay otros para quienes ese momento llega de golpe.

A Pablo Ratti le tocó el segundo camino.

Tenía apenas 32 años cuando la muerte de su padre lo obligó a asumir la conducción de una empresa familiar en la que ya trabajaba y para la cual estaba profesionalmente preparado, aunque todavía no había atravesado el proceso indispensable para convertirse en quien toma la última decisión. En el grupo familiar era su padre, una figura potente que en 1976 inició la empresa que convertiría al apellido en una marca registrada en la construcción y los desarrollos inmobiliarios. 

Pablo conocía la empresa desde mucho antes de trabajar en ella. Había nacido prácticamente con ella. Este año la compañía cumple 50 años, de modo que el negocio familiar forma parte también de su propia biografía: fue el ámbito que permitió estudiar, viajar, formarse y construir una vida. Después llegó el momento de devolverle algo de aquello. Pero no de la manera imaginada.

Su padre había comenzado a pensar el recambio generacional. Incluso había contratado, sucesivamente, a tres consultores especializados en empresas familiares. El problema era que el proceso nunca terminaba de completarse.

“Él estaba con esa iniciativa, pero no podía resolverla. Vinieron las consultoras, hacían su trabajo, pero no podían terminar porque la decisión final la tenía él y no estaba totalmente decidida”, recuerda Ratti.

Había algo profundamente humano detrás de aquella demora: soltar una empresa que uno creó no es simplemente abandonar un cargo. Su padre seguía tomando la última decisión.

El traspaso, que probablemente hubiera necesitado cinco o diez años, terminó ocurriendo en un instante.

“Uno no espera nada de esto. De repente te encontrás al frente de una empresa donde no hubo un traspaso generacional en el tiempo, sino que fue algo muy rápido, muy directo, muy instantáneo”, recuerda Pablo sobre aquellas horas, tras la trágica muerte de su padre Omar, cuando el avión que pilotaba cayó en Corrientes. 

El desafío inicial de Ratti no fue transformar la compañía ni imprimirle inmediatamente una nueva orientación. Fue algo bastante más elemental: generar confianza.

Clientes, proveedores, empleados y personas vinculadas con la empresa habían construido durante décadas una relación con su padre. Conocían cómo pensaba, negociaba y decidía. Al hijo lo conocían, pero no necesariamente sabían cómo iba a conducir.

“Había que dar la confianza de que la cosa continuaba. Tal vez lo conocían a mi padre, pero a mí, cómo trabajaba, no. Entonces fue darle tiempo, confianza, seguir cumpliendo con los compromisos y después, recién con el tiempo, empezar a tomar decisiones que tenían que ver con mi impronta”.

Antes de innovar había que sostener. Y antes de convertirse plenamente en empresario debía conseguir algo que ningún título profesional garantiza: ser reconocido por los demás como la persona que, desde ese momento, tomaría las decisiones.

Todo eso ocurría mientras procesaba la pérdida de su padre.

La dimensión empresarial y la personal se mezclaron de una manera imposible de separar. No solamente desaparecía el conductor de la compañía. Había muerto su padre.

“Se suman las dos cosas: continuar con lo que él venía haciendo y la carga emocional. ¿Qué hubiese hecho papá en este momento? ¿Qué decisión hubiese tomado? Todas esas cuestiones se te suman. Y no tenés retorno por otro lado. Es ya, es ahora y esto hay que hacerlo”.

Durante aquella etapa, admite, tomó decisiones con más dudas que certezas. Después llegó la experiencia. Y también la posibilidad de mirar hacia atrás y descubrir que algunas cosas podrían haberse resuelto de otra manera.

Para Ratti, eso también es hacerse empresario.

El consejo que no parecía un consejo

En aquellos primeros tiempos supo que un importante empresario de la construcción de Buenos Aires había atravesado una experiencia parecida. Lo contactó.

Pidió una reunión y viajó esperando encontrar alguna respuesta extraordinaria. Imaginaba que alguien que ya había atravesado aquel proceso podía entregarle una especie de mapa para cruzar el territorio desconocido.

La respuesta fue mucho más sencilla.

“Me dijo: ‘Mirá, tenés que seguir trabajando’. Punto”. Ratti se ríe al recordarlo.

“Yo esperaba un consejo premium. Pensaba: acá me van a decir la verdad de cómo se lleva esto adelante. Y no. Era trabajar y continuar. Creo que de eso se trata”.

Hay algo de aquella respuesta que parece haber sobrevivido todos estos años. No existe una fórmula secreta para administrar una empresa, mucho menos en la Argentina. Hay decisiones, equivocaciones, aprendizaje, persistencia y trabajo. Sobre todo, tiempo.

El problema inmediato no terminaba en la compañía. También había que reorganizar a la familia. La muerte había dejado varias empresas y tres hermanos que debían decidir cómo continuar.

“Para mí, personalmente, esa fue la decisión más difícil. Todos estábamos con una carga emocional muy fuerte. Había que decidir qué hacíamos con la empresa, qué hacíamos con todo lo que teníamos y con la responsabilidad que nos dejó nuestro padre”.

Había empleados que dependían de esas decisiones. Patrimonio. Historia. Responsabilidades. Pero también hermanos atravesando el mismo duelo.

Finalmente encontraron un equilibrio: las diferentes empresas permitieron distribuir responsabilidades y espacios de conducción.

“Creo que fuimos inteligentes mis hermanas y yo para poder resolver esa cuestión”.

La frase encierra una de las dimensiones menos visibles de las empresas familiares. El patrimonio puede dividirse mediante documentos. Las responsabilidades pueden establecerse mediante organigramas. Pero las decisiones empresariales ocurren dentro de relaciones construidas durante toda una vida.

Ratti recuerda lo que entonces les decía a sus hermanas: quizás durante un tiempo iban a “ponerse colorados”, discutir y atravesar momentos incómodos, pero después podrían disfrutar de haber resuelto el problema y continuar siendo familia.

Era, finalmente, lo más importante. “Porque la familia es la que acompaña a uno y la que sostiene”.

Hay una ausencia que los años no terminaron de resolver. Cuando se le pregunta cuánto tiempo duró aquella sensación de querer consultar a su padre antes de una decisión, Ratti responde sin vueltas: “Todo el tiempo. Hasta hoy”.

La experiencia no eliminó esa necesidad. Quizás la hizo más consciente.

El empresario necesita estar informado, bien informado, consultado. Hay cuestiones que uno, por exceso de confianza, las toma y después se equivoca. Y te das cuenta tarde”.

Por eso reivindica la consulta, el intercambio con colegas y la posibilidad de contrastar una decisión antes de ejecutarla.

También aprendió otra cosa: oír no necesariamente significa escuchar.

Recuerda una frase que le repetía a su padre: “Papá, vos me estás oyendo, no me estás escuchando”.

La diferencia, explica, consiste en cuánto permite un empresario que la opinión del otro realmente penetre en su propio razonamiento. Se puede escuchar solamente para recibir información o escuchar dispuesto a modificar una decisión. Y eso no siempre resulta sencillo para quien está acostumbrado a decidir.

La soledad después de cerrar la puerta

Hay un momento que se repite en las conversaciones de Eco Sistema Podcast con empresarios: cuando termina la jornada, los trabajadores regresan a sus casas, pero las preocupaciones de la empresa no necesariamente se quedan en la oficina. Ratti conoce esa sensación.

“Hay decisiones que son muy del empresario, del negocio que uno conoce”.

La familia y los amigos pueden funcionar como sostén. Sin embargo, existe una zona de la responsabilidad empresarial difícil de compartir. Allí se mezclan las emociones personales, los problemas del negocio, las expectativas, las ambiciones y aquello que el empresario imaginaba que sucedería y finalmente no ocurrió.

Por eso sostiene una idea aparentemente contradictoria con la dinámica cotidiana de una compañía argentina: el empresario necesita tiempo para pensar.

Pensar, aclara, no significa simplemente sentarse.

Es preguntarse qué innovación puede incorporar, dónde mejorar, cómo aumentar eficiencia, qué información necesita y en quién puede apoyarse para comprender mejor el escenario.

“Necesitamos claridad. Certidumbre no vas a tener el ciento por ciento, pero por lo menos podés mitigar un poco el riesgo”.

El problema es que esa necesidad convive con el vértigo argentino.

Ratti recupera una definición de Juan Carlos de Pablo: el empresario pyme se levanta por la mañana y trata de resolver el día. Esa urgencia compite permanentemente con la planificación.

Cuando Ratti mira hacia atrás y se pregunta qué dejó por el camino, la primera respuesta no tiene que ver con dinero.

Tiempo. Tiempo de uno”.

La responsabilidad de “estar por las dudas”, especialmente cuando esa había sido históricamente la cultura de la empresa, fue postergando actividades personales. También la capacitación.

“Esto no podemos postergarlo y decir: ‘Soy empresario, ya está’. El empresario también tiene que capacitarse, tiene que estar informado, tiene que estar bien informado”.

El problema vuelve a ser el tiempo.

Termina el trabajo. Aparece la familia. Las obligaciones personales. Las cuestiones pendientes. Leer un libro, escuchar un podcast o hacer una capacitación queda para después. “Es como que se va corriendo la vida”.

Ratti intenta combatir esa dinámica. No cree que exista una única manera de aprender. Algunos empresarios leen; otros necesitan conversar; otros prefieren escuchar. El formato es secundario. Lo imprescindible es mantener la curiosidad.

Porque el escenario cambia demasiado rápido como para creer que la experiencia acumulada alcanza.

“A veces perdés, pero a veces ganás más de lo que perdés”. La trayectoria también está hecha de errores.

Ratti no intenta esconderlos detrás de una épica empresarial. “Los errores se aprenden”, dice, antes de corregirse a sí mismo.

Con la perspectiva que da el tiempo resulta sencillo identificar qué debería haberse hecho de otra manera. La cuestión central es qué ocurre después.

“A veces perdés, pero a veces ganás más de lo que perdés”.

Una mala decisión puede costar dinero. Puede haber sido apresurada o simplemente basada en una lectura equivocada. Lo importante, sostiene, es evitar que ese fracaso destruya la voluntad de continuar.

“Cometí el error, me costó esto, pero insisto de vuelta porque lo voy a recuperar y esto ya no lo voy a hacer”.

Esa experiencia contrasta con una cultura contemporánea en la que el éxito parece tener que suceder inmediatamente.

Las redes sociales ofrecen historias condensadas: alguien tuvo una idea, emprendió y triunfó. Lo que generalmente desaparece del relato son los años intermedios.

Ratti es lector de biografías empresariales y encuentra allí otra historia. “Ni uno lo hizo de un toque. Son muy pocos, contados con la mano. Esto es tiempo, perseverancia, que las cosas se den, esperar que se den y confiar”.

A veces, agrega, parece que se está perdiendo más de lo que se gana cuando el resultado está muy cerca.

Por eso cuestiona la idea de que no alcanzar inmediatamente un objetivo implique un fracaso personal.

“Tenemos que entender que eso no es así”.

Incluso conseguir todo demasiado rápido puede abrir otra pregunta: ¿qué queda después?

Para Ratti, el desafío también forma parte del propósito. No se trata solamente de poseer algo, sino de construirlo, buscarlo y disfrutar el recorrido.

En algún momento de la conversación aparece una pregunta distinta. Ya no es cómo sostener una empresa, sino para qué seguir haciéndolo.

Ratti cree que alrededor de los 40 o 45 años muchos empresarios ingresan en una etapa de revisión.

“Se replantean si realmente lograron lo que quisieron, si están para más, si con esto ya están bien, si seguir en la empresa les da las mismas ganas de continuar, si son las mismas motivaciones que antes”.

Algunos cambian de rubro. Otros se reinventan.

Otros continúan responsabilizando al contexto, a los trabajadores o a la propia empresa por un malestar cuyo origen podría estar en otro lado.

“Capaz que es él. Es él que todavía no definió qué quiere para adelante”.

Ratti vio esa dificultad muy cerca. Su padre anunciaba periódicamente que se retiraría.

“Me decía: ‘En dos años más me voy’. Nunca sucedió”.

En una oportunidad decidió dejar de trabajar jueves y viernes. Duró dos semanas.

“A la tercera semana estaba firme ahí, como un soldado más”.

La anécdota revela un problema frecuente en las empresas familiares: el fundador puede preparar jurídicamente la sucesión y aun así no estar emocionalmente preparado para abandonar el lugar alrededor del cual construyó buena parte de su identidad.

Ratti suele preguntarles a empresarios que anuncian su retiro qué harán después.

Las respuestas son conocidas: golf, viajes, descanso. Pero inmediatamente aparece otra pregunta:

“¿Cuánto tiempo te dura?”.

La mayor expectativa de vida volvió todavía más compleja la transición generacional. Un empresario puede llegar activo a los 75 u 80 años mientras sus hijos tienen 45 o 50, están profesionalmente formados y continúan esperando espacios de decisión.

Entonces la cuestión deja de ser únicamente si la siguiente generación está preparada. También hay que preguntar si la generación anterior realmente quiere irse.

A veces no quiere. A veces no sabe cómo hacerlo. Y otras veces la empresa es la agenda completa de una persona.

Su padre, sin embargo, le dejó algunos consejos sobre cómo evitar que el trabajo ocupara todo. Uno de ellos estaba relacionado con las vacaciones.

“No te tomes dos meses o un mes. Tomate vacaciones cortitas durante el año. Hacelo de manera que sientas que vale tu trabajo. Andá con la persona que está a tu lado, andá con quien quieras, pero hacelo significativo para vos”.

Pequeños cortes frente a la idea de vivir once meses esperando escapar de la propia vida durante uno.

El factor humano que anticipó hace años

Cuando Ratti recién comenzaba su etapa como conductor empresarial ya hablaba de algo que hoy ocupa buena parte de la discusión sobre gestión: el factor humano.

El trabajador contemporáneo no necesariamente imagina ingresar a una compañía a los veinte años y jubilarse allí cuatro décadas después.

Las personas rotan. Buscan otras experiencias. Su identidad no está determinada exclusivamente por la empresa. Para el empresario eso implica otro desafío. ¿Cómo entusiasmar a alguien que ya no concibe la pertenencia de la misma manera?

Ratti cree que primero hay que aceptar el cambio. “El empresario tiene que entender que eso es así”.

Imagina incluso un mercado laboral progresivamente organizado alrededor de proyectos. Personas contratadas para resolver desafíos concretos, aportando conocimiento, liderazgo y herramientas tecnológicas.

Entonces la empresa también tendrá que seducir. “No solamente van a querer trabajar con uno. Van a elegir trabajar por ese proyecto, por ese desafío”.

La pregunta será cada vez más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil de responder:

¿qué me estás ofreciendo para que yo quiera trabajar acá?

Inteligencia artificial: la próxima transformación

Ese razonamiento conduce directamente a una de las cuestiones que más entusiasman actualmente a Ratti: la inteligencia artificial. No la observa como amenaza. La entiende como herramienta y, fundamentalmente, como un desafío para el empresario.

“Tal vez en un futuro un empresario, un trabajador, cualquiera que dé un servicio, va a tener que tener su inteligencia artificial al lado y mostrar cómo se potencia con esa herramienta”.

El factor humano sigue siendo central. Pero ahora aparece una capacidad adicional: saber utilizar la tecnología para multiplicar conocimiento y productividad.

Ratti investiga experiencias de otros países, observa tendencias y trata de imaginar qué puede trasladarse a su actividad.

Es uno de los motivos por los cuales define su presente profesional como un momento de inflexión.

“Sigo construyendo como siempre. La empresa continúa trabajando. Pero estoy también en un momento de inflexión. Todo esto de inteligencia artificial me motiva mucho investigar”.

Lo entusiasma lo nuevo. “Me gusta innovar, intentar o probar cuestiones nuevas”.

Para alguien cuya historia empresarial está ligada a la construcción, la transformación tecnológica no es una abstracción.

Ratti mira imágenes de máquinas capaces de fabricar viviendas y experiencias de casas industrializadas importadas desde China.

Y se pregunta qué significa eso para una actividad construida durante décadas alrededor de procedimientos tradicionales.

“Hoy la construcción tradicional ya no es lo mismo que antes”.

No afirma que esos sistemas vayan a desplazar inmediatamente al modelo conocido. Se pregunta si serán más eficientes, si los costos cerrarán y cuánto demorarán en llegar masivamente.

Pero considera que el empresario tiene una obligación previa a cualquier respuesta: entender qué está sucediendo.

“Como empresario, que siempre trabajaste tradicionalmente, ¿cómo te posicionás con eso? ¿Qué va a suceder? ¿Va a ser algo concreto? ¿Dentro de cuánto tiempo?”.

La discusión excede a las compañías.

También alcanza a trabajadores, sindicatos y comunidades enteras.

La primera responsabilidad empresarial, sostiene, es investigar.

Después el país ofrecerá condiciones favorables o desfavorables. Pero el empresario no puede esperar hasta entonces para intentar comprender el cambio.

“Primero tenés que saber qué es”.

La Argentina aparece inevitablemente en la conversación.

Ratti creció viendo la dinámica de una empresa familiar y aprendió desde chico una secuencia que para cualquier empresario argentino resulta familiar.

“Hay un momento que estás muy bien y hay un momento que estás muy mal. Esto es así”.

Las reglas cambian. Una decisión incorrecta puede dejar rápidamente a una compañía en una posición incómoda. La sobreinformación agrega ruido y muchas veces resulta difícil comprender variables que exceden la propia especialidad.

¿Qué hace entonces el empresario?

Sigue. Observa. Corrige. “Todo el tiempo estás aprendiendo”. No hay demasiada épica en su definición de emprender en la Argentina. Hay algo más parecido a una aventura permanente.

“Uno termina aceptando que es la cuestión de este país”.

Ratti tampoco concibe el liderazgo como una condición reservada exclusivamente a quienes conducen empresas. Todos pueden ejercerlo, aunque en diferentes ámbitos y grados: negocios, familia, deporte, grupos de amigos.

En el mundo empresarial, sin embargo, encuentra una responsabilidad particular.

Mirar hacia adelante. Comprender la transformación tecnológica, animarse a incorporar herramientas y no quedar detenido en aquello que funcionó durante años simplemente porque todavía funciona.

La experiencia sigue teniendo un valor enorme. Pero puede transformarse en una trampa cuando se convierte en resistencia automática al cambio.

“Llega un momento donde las cosas son más lineales para vos: sigo así, total esto funciona, ¿para qué vamos a cambiar?”.

Quizás no haya que cambiar. Pero incluso entonces hay que hacerse la pregunta. Porque algún día alguien deberá continuar.

Medio siglo después de la creación de la compañía familiar y muchos años después de aquella mañana en la que, con 32 años, tuvo que ocupar de golpe un lugar para el cual todavía estaba terminando de prepararse, Pablo Ratti parece haber llegado a una conclusión menos vinculada con balances que con biografías. La empresa puede ser una parte central de la vida. Puede dar educación, oportunidades, viajes, experiencias y patrimonio. Puede convertirse en una responsabilidad transmitida entre generaciones. Puede ser motivo de orgullo y también fuente de angustias. Pero hay una pregunta que tarde o temprano aparece: qué queda de la persona cuando se apaga la computadora, termina la obra y se cierra la puerta de la empresa.  Porque reinventar una compañía puede ser difícil. Reinventarse uno mismo suele ser bastante más complejo.

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“Hoy los pueblos de Misiones necesitan de mucha obra pública porque crecieron, y eso es reactivación y generación de empleo”, afirmó Pablo Ratti

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El empresario misionero Pablo Ratti visitó los estudios de Radio Open 101.7 y habló sobre el sector de la construcción y el impacto de la pandemia.

Explicó que la construcción siempre ha sido un motor importante de la actividad económica de Misiones y “sin embargo durante la pandemia se mantuvo el nivel de actividad, y si uno ve la realidad de otras provincias ve la diferencia”.

Destacó que la Provincia sigue licitando obras y el el Presupuesto del año venidero prevén grandes obras como hospitales y de infraestructura, que son importantes para el desarrollo de la provincia y es importante que el sector de la construcción acompañe. “La construcción en Misiones tiene una masa de 15 mil obreros y a pesar de la pandemia se mantiene el nivel de ocupación y eso es muy importante de remarcar”, dijo el empresario.

Sobre como se logró sostener el sector en la pandemia y se generó el repunte de la actividad, Ratti recordó que la provincia desde el primer momento priorizó seguir con la obra pública, con todos los recaudos sanitarios y se trabajo sin contratiempos. La actividad privada, si estuvo parada hasta que se avanzó con el plan de vacunación y rápidamente hubo un repunte de la actividad gracias a que las familias al ver que podrían salir de vacaciones comenzaron a invertir en construir piletas o refacciones de las casas, lo cual permitió la actividad de las empresas constructoras más pequeñas.

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Ratti: “El empresario necesita que estén dadas las condiciones para ponerse a trabajar y poder seguir invirtiendo”

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Pablo Ratti, uno de los empresarios de la construcción más destacados de la provincia analizó el fin del ciclo macrista y planteó que necesitan reglas claras para poder recuperar el crecimiento y la inversión.

En el marco del Debate Empresario organizado por Economis, el empresario Pablo Ratti afirmó que “necesitamos que las cosas mejoren, que haya una previsibilidad de como será para adelante”.

El sector de la construcción fue uno de los más golpeados en la región durante el 2019, Ratti explicó que “se pudo superar el año, sosteniendo la actividad como se pudo”, aunque aclaró que todos los sectores económicos tuvieron que hacer esto.

De cara al 2020, consideró que “como empresario uno siempre mira para adelante, con expectativa de que las cosas mejoren para seguir creciendo en su actividad”.

Sobre el Gobierno de Alberto Fernández, planteó que “es un Gobierno que viene con algunas medidas que todavía no están implementadas, pero que se dejan ver que pueden mejorar la sensación térmica de la economía”.

Aclaró que lo “mas importante, es que estas medidas se sostengan en el tiempo”. Porque “el empresario toma decisiones pensando en el largo plazo, no en el corto plazo. Necesitamos ese acompañamiento con las medidas”.

Reconoció que esto es difícil en Argentina, pero planteó que “todos quieren hacer algo nuevo, mostrar su impronta, hoy el empresario necesita que estén dadas las condiciones para ponerse a trabajar y poder seguir invirtiendo que es la única realidad, lo único importante para que haya mas trabajo y se desarrollen las empresas. Si no está garantizado esto se condicionan muchísimo las decisiones a futuro”.

Para Ratti hay decisión de invertir y de desarrollar proyectos, para ello solo se necesita que “las condiciones sean las adecuadas, estaremos ahí invirtiendo. Pero necesitamos que las cosas mejoren, que haya una previsibilidad de como será para adelante. Pensá que en el 2017 era una situación, en el 2018 era otra y en 2019 fue totalmente diferente, tenemos que tratar que las cosas sean constantes”.

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Silvana Ratti: La calidad como marca registrada

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Elegante, con cada detalle de su atuendo combinado, cuesta creer que hace unas horas estuvo inspeccionando una construcción. Pero su vida es así. Se crió entre ladrillos y bolsas de cemento. Su infancia estuvo marcada por planos de obra que terminarían por definir su elección de vida. La secundaria la hizo en la Epet 1 y se recibió de maestra mayor de obra, aunque después decidió tomarse un respiro y eligió Administración de Empresas en la Uade.

Pero en plena crisis de 2001, su padre, Omar Ratti, la convocó para sumarse a la constructora familiar.

Silvana, recién recibida, aceptó sumarse a la administración, pero pronto comprendió que quería asumir su propio desafío. Después de unos años y con la “bronca” de papá, renunció para abrir su propia empresa de construcción. El primer capataz, que había trabajado con su padre, todavía la acompaña.

Empezó desde abajo. Construyendo un baño, ampliando una habitación. Pero siempre con la idea del detalle cuidado y la mejor atención al cliente.

El apellido, es, claro, una marca registrada que impone también un sello de distinción. Silvana lo convirtió también en marca en su empresa y está decidida a transformar a Posadas con diseños y edificios vanguardistas.

Después de formar su propia empresa y hacer de su nombre una marca conocida, el nuevo salto llegó de la mano de la amistad: con Daniela Cortés, propietaria de Inmobiliaria Solari, decidieron armar el combo de construcción y comercialización de desarrollos urbanos de primera línea. El primer edificio fue Punto Vanella, a pasos del centro y con todas las amenities de primer nivel para un público joven. Ese edificio marcó el comienzo de un estilo compartido entre ambas amigas en el que cada detalle vale. En la presentación, sorprendieron con un departamento entregado con todos los muebles, listo para usar con el mejor confort.

Además, tenemos el mejor servicio de pos venta, lo que es una seguridad y respaldo para el cliente”, explican ambas.

Silvana Ratti y Daniela Cortés son socias y amigas.
Silvana Ratti y Daniela Cortés son socias y amigas.

“Pensamos el producto desde el pozo y que la experiencia para el cliente sea ir más allá de las expectativas. Pasa en muchos lugares que el comprador se encuentra con que era más chico de lo esperado o con los materiales inadecuados. Con nosotros eso no sucede. Buscamos la excelencia en todo. Tecnología, cerraduras faciales, más calidad”, argumenta Silvana.

“Con cada proyecto uno crece. También cambia la demanda y hay que adecuarse para hacer cosas cada vez más lindas”, insiste la constructora.

 

“Silvana, es una emprendedora, con gran entusiasmo y fuerza para avanzar en sus emprendimientos. Siempre se destacó con su simpatía y la amabilidad con todas las personas, amigos, colegas, familia. Cómo hermana mayor, influyó en los pasos a seguir, cómo lo hace responsablemente como madre. Es de un gran agrado ver el crecimiento de sus objetivos” Pablo Ratti, el hermano menor.

 

¿Qué te inspira para los nuevos edificios?

Los viajes, conocer otros desarrollos. Ver lo que está en el mercado y las necesidades del cliente. Pensamos en el desarrollo antes para que haya una oferta adecuada a cada público. Pero siempre el gusto propio, salir de lo común y pensar en los detalles.

 

¿Y la demanda acompaña?

Hay demanda de excelencia y hoy hay nuevas demandas. El comprador viaja más, entonces quiere seguridad. Maneja otros tiempos. La ciudad creció. Antes querían casas con patio, pero ahora por los chicos, las actividades, el tránsito, prefiere un departamento céntrico que tenga todos los servicios. Entonces hay que construir pensando en que el departamento sea un hogar para toda la vida.

 

Silvana sostiene que la crisis obliga a mover las estructuras internas para no ser arrastradas ni perder calidad: “Hay que reestructurar costos y ser eficientes para dentro de la empresa”, explica.

Silvana Ratti tiene un joven equipo de colaboradores.
Silvana Ratti tiene un joven equipo de colaboradores.

La joven empresaria asegura que la construcción implica un alto compromiso con la estética de la ciudad. “Son un valor agregado, deben lucir, para que la ciudad sea un ícono de paseo, que tengan un sentido”, reflexiona. Por eso no se trata de acumular ladrillos, sino de imponer un sello que va más allá de lo lujoso que sea el edificio. “Hay que aprovechar el paisaje y la geografía, tenemos río, costanera, hermosos atardeceres, una ciudad que crece lentamente hacia arriba”, insiste Silvana, quien tiene dos hijos de nueve y doce años.

 

El sello de calidad de sus edificios más el expertise para las ventas que aporta la sociedad con Daniela Cortés, generan una fuerte atracción hacia sus desarrollos. El edificio Velvet en Posadas tiene un 50 por ciento de los metros cuadrados vendidos, cuando todavía no se terminó la mitad de la obra. Son departamentos de dos y tres dormitorios, con las mejores amenitties.

 

El Charlotte Belgrano es otro edificio emblema de la sociedad, con nueve plantas con departamentos, monoambientes y espacios con 1 y 2 dormitorios, 16 unidades de garage, con portón de acceso automatizado, sala de juegos y piscina.

 

¿Cómo surgen los nombres y diseños?

Hay un proceso de creatividad casi espontáneo entre nosotras. Después de muchas idas y vueltas, se define cómo queremos que sean los edificios.

 

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