pobreza

La red de protección infantil sostiene a 7,4 millones de chicos, pero pierde fuerza frente a la inflación

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Argentina consolidó en los últimos quince años uno de los sistemas de protección social infantil más extensos de la región, basado en tres herramientas centrales: la Asignación Universal por Hijo (AUH), la Prestación Alimentar y el apoyo alimentario del Plan 1.000 Días. Sin embargo, el nuevo análisis de la Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC) muestra que, aunque estas políticas siguen siendo determinantes para evitar un salto mayor en la pobreza y la indigencia, su capacidad de respuesta está cada vez más tensionada por la inflación, los cambios normativos y la inestabilidad económica.

La primera conclusión es estructural: mientras la pobreza y la indigencia alcanzaban niveles críticos entre 2023 y 2024, el Estado debió sostener un volumen cada vez mayor de transferencias. Hoy se registran más de 7,4 millones de prestaciones, frente a los 4,7 millones de 2009. La AUH y la AUE representan el núcleo más estable del sistema, con más de 4,3 millones de beneficios, mientras que la Prestación Alimentar y el apoyo alimentario del Plan 1.000 Días completan una red que creció en paralelo al deterioro social. No se trata de una ampliación impulsada por mejores condiciones económicas, sino por la necesidad de contener a una población más vulnerable.

En términos presupuestarios, estas políticas ocuparon un lugar cada vez más relevante. La inversión social en niñez y adolescencia volvió a estabilizarse en torno al 1% del PBI, un nivel similar al registrado durante la pandemia. La AUH recuperó participación en 2024 y 2025, tras años de caída; la Prestación Alimentar adquirió peso propio desde la pandemia y continúa siendo uno de los programas más masivos; y el Plan 1.000 Días, aunque de menor magnitud relativa, se multiplicó en valor y alcance.

La evolución del poder adquisitivo de estas prestaciones muestra un comportamiento desigual. La AUH, que había tocado su mínimo real a finales de 2023, logró una recuperación significativa a partir de un aumento extraordinario y del nuevo esquema de actualización mensual por inflación. Gracias a esa combinación, alcanzó uno de los valores reales más altos de su serie histórica.

La situación es muy distinta para la Prestación Alimentar. Al depender exclusivamente de aumentos discrecionales -y no de una fórmula automática de movilidad-, su valor real sufrió un deterioro persistente desde 2022. Cada incremento nominal se vio rápidamente erosionado por la inflación, lo que dejó a las familias con un nivel de protección alimentaria sensiblemente menor que en los años de mayor refuerzo estatal.

El apoyo alimentario del Plan 1.000 Días muestra un recorrido inverso. Tras funcionar durante su primera etapa como una prestación de muy bajo valor real, registró un salto abrupto en 2024, cuando un aumento del 500% redefinió su escala. Desde entonces, la indexación mensual permitió preservar ese nuevo nivel, transformándolo en un componente mucho más robusto del esquema de seguridad alimentaria en la primera infancia.

El impacto de estas prestaciones en el mapa social es contundente. Según las simulaciones de la OPC, sin AUH, Prestación Alimentar y Plan 1.000 Días, la indigencia sería 82% más alta. La incidencia sobre la pobreza también es significativa: estos programas evitan que más de 1,5 millones de personas caigan por debajo del umbral. En el caso específico de la indigencia, la red de protección estatal impide que 2,67 millones de personas -y más de 600 mil hogares– queden sin ingresos suficientes para cubrir siquiera la canasta básica alimentaria.

El informe concluye que, en su diseño actual, estas políticas funcionan como un “piso transicional” de ingresos más que como un mecanismo estructural de reducción de la pobreza. Su eficacia depende tanto de su capacidad de mantener el poder adquisitivo como de la evolución de la macroeconomía. Y allí reside el principal desafío: sin crecimiento y sin estabilidad, la expansión de la red asistencial seguirá siendo un reflejo de la emergencia social, no el resultado de una mejora sistémica.

En síntesis, la Argentina sostiene una red que evita un deterioro mucho más profundo, pero lo hace en un contexto donde la inflación y la fragilidad económica obligan a ajustes permanentes. La protección a la niñez —más numerosa dentro de los sectores pobres e indigentes— se mantiene como una prioridad ineludible, pero su futuro dependerá de si la política económica logra generar las condiciones para que este andamiaje se vuelva menos reactivo y más sostenible.

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¿Cuánto necesitó una familia para no ser pobre en octubre?

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Una familia tipo -compuesta por cuatro integrantes- necesitó la suma de $1.213.798,81 para para superar el umbral de pobreza en octubre, según informó el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC).

Con respecto a septiembre, tanto la canasta básica alimentaria (CBA) como la total (CBT) subieron 3,1%.

De esta manera, ambas canastas quedaron por encima del dato de inflación del noveno mes del año, que fue del 2,3%.

Desde enero hasta octubre, la CBA y la CBT acumulan incrementos del 21,1% y 18,5%, respectivamente.

En comparación con el décimo mes del 2024, se registraron subas del 25,2% para la CBA y 23% para la CBT, según lo difundido por el organismo.

Las canastas de los hogares

Para un hogar compuesto por tres personas, la CBA ascendió a $433.330 y $966.325 para la CBT, totalizando $1.399.655. según supo Noticias Argentinas.

El número asciende cuando se trata de un hogar tipo$544.304 para la CBA y $1.213.799 para la CBT, totalizando $1.758.103 en octubre.

Mientras que para un hogar conformado por cinco personas se necesitó $1.849.137$572.488 de la CBA y $1.276.649 de la CBT.

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Un superrico contamina con carbono 400 veces más que un pobre

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Inter Press Service – Una persona del 0,1 por ciento más rico del mundo emite más de 800 kilos de dióxido de carbono (CO2) al día, mientras que alguien del 50 % más pobre emite una media de solo dos kilos diarios, muestra el más reciente informe, sobre el desastre climático, de la coalición internacional contra la pobreza Oxfam.

“La crisis climática es una crisis de desigualdad. Las personas más ricas del mundo están financiando y beneficiándose de la destrucción del clima, dejando que la mayoría de la población mundial soporte las fatales consecuencias de su poder sin control”, afirmó Amitabh Behar, director ejecutivo de Oxfam International.

El estudio, colmado de datos y cifras y titulado “El saqueo climático: cómo unos pocos poderosos están llevando al mundo al desastre”, se realizó de cara a la 30 Conferencia de las Partes (COP30) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), que se inicia el 10 de noviembre en Belém, una ciudad de la Amazonia brasileña.

Revela que los estilos de vida de los superricos están agotando el presupuesto de carbono restante del mundo. Es decir, la cantidad de CO2 que se puede emitir sin provocar un desastre climático.

Una persona del 0,1 % más rico (a lo sumo unos ocho millones en una población mundial que rebasa los 8200 millones) produce más contaminación por carbono en un día que alguien del 50 % más pobre en todo un año.

Desde 1990, el 0,1 % más rico ha aumentado su cuota de emisiones totales en 32 %. Mientras que la mitad más pobre de la humanidad ha visto reducir su cuota en tres por ciento.

Si todo el mundo emitiera carbono como el 0,1 % más rico, el presupuesto de carbono —la cantidad de CO2 que se puede emitir sin provocar un desastre climático— se agotaría en menos de tres semanas.

Para mantenerse dentro de los límites del umbral de 1,5 grados centígrados (°C), el 0,1 % más rico tendría que reducir sus emisiones per cápita en 99 % para 2030.

Con el Acuerdo de París de 2015, la casi totalidad de las naciones pactaron trabajar para que el calentamiento del planeta no superase el umbral de 1,5 °C sobre la temperatura media de la era preindustrial (1850-1900) para el año 2050, ni más de dos grados para finales de este siglo.

Las emisiones del uno por ciento más rico son suficientes para causar 1,3 millones de muertes relacionadas con el calor a finales de siglo. Así como 44 billones (millones de millones) de dólares de daños económicos a los países de ingresos bajos y medios-bajos para 2050.

Los efectos de estos daños climáticos afectarán de manera desproporcionada a quienes menos han contribuido a la crisis climática. En particular a las personas que viven en el Sur global, con mayor impacto en las mujeres, las niñas y los grupos indígenas, indica Oxfam.

La investigación también detalla cómo los multimillonarios están utilizando su influencia política y económica para mantener a la humanidad dependiente de los combustibles fósiles. Con el fin de maximizar sus beneficios privados.

Señala que los súper ricos no solo consumen carbono en exceso. Sino que también invierten activamente en las empresas más contaminantes y se benefician de ellas.

El multimillonario promedio produce 1,9 millones de toneladas de CO2 equivalente al año a través de sus inversiones, revela la investigación. Esos multimillonarios tendrían que dar casi 10 000 vueltas al mundo en sus jets privados para emitir semejante cantidad.

Casi 60 % de las inversiones de los multimillonarios se clasifican como sectores de alto impacto climático, como el petróleo o la minería. Lo que significa que sus inversiones emiten dos veces y media más que una inversión media en el índice de capitalización bursátil S&P Global 1200.

Las emisiones de las carteras de inversión de solo 308 multimillonarios suman más que las emisiones combinadas de 118 países.

El poder y la riqueza de las personas y empresas multimillonarias también les han permitido ejercer una influencia injusta en la elaboración de políticas. Y diluir las negociaciones sobre el clima, sostiene el reporte de Oxfam.

En la COP29 (en Bakú, 2024), se concedieron acreditaciones a 1773 lobistas del carbón, el petróleo y el gas. Más que a los 10 países más vulnerables al clima juntos.

Varios países ricos y con altas emisiones, como Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania, han diluido las leyes climáticas tras recibir grandes donaciones de los lobistas contrarios al clima.

Behar comentó que “los súper ricos y las empresas que dirigen tienen un historial mortífero de financiar a grupos de presión, difundir desinformación sobre el clima. Y demandar a las ONG y los gobiernos que intentan interponerse en su camino”.

“Debemos romper el dominio de los superricos sobre la política climática gravando su riqueza extrema, prohibiendo sus actividades de presión. Y, situando a los más afectados por la crisis climática en primera línea de la toma de decisiones”, agregó el responsable de Oxfam.

La coalición presenta una serie de demandas en el contexto de la COP30. Comenzando por reducir drásticamente las emisiones de los súper ricos. Y hacer que los contaminadores más ricos paguen -mediante impuestos sobre la riqueza extrema- tributos sobre los beneficios excesivos de las empresas de combustibles fósiles.

Estima que un impuesto de 60 % sobre los ingresos totales del uno por ciento más rico a nivel mundial podría reducir las emisiones de carbono equivalentes al total de las del Reino Unido y generar alrededor de 6,4 billones de dólares.

Apunta a frenar la influencia económica y política de los más ricos. Prohibiendo a las empresas de combustibles fósiles participar en negociaciones climáticas como la COP. Con normas de sostenibilidad a las empresas y las instituciones financieras.

Propone reforzar la participación de la sociedad civil y los grupos indígenas en las negociaciones sobre el clima. Y abordar los efectos desiguales del cambio climático.

Además, adoptar un enfoque de reparto equitativo del presupuesto climático restante, comprometiéndose con las contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC en inglés) que reflejen la responsabilidad histórica y la capacidad de actuar, y garantizando que los países ricos proporcionen una financiación climática ambiciosa.

Finalmente expresa como propuesta “construir un sistema económico equitativo que anteponga a las personas y al planeta. Rechazando la economía neoliberal dominante y avanzando hacia una economía basada en la sostenibilidad y la igualdad”.

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Con tener empleo no alcanza: revelan que 4,5 millones de trabajadores son pobres en Argentina

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La pobreza alcanza a uno de cada cinco trabajadores en Argentina, lo que implica un universo de 4,5 millones de personas, de acuerdo a lo revelado por un informe de la Fundación Mediterránea.

El reporte refleja que la tasa de pobreza por estado ocupacional muestra que, aun teniendo empleo, el 21,6% de los ocupados no logra superar la línea de pobreza. En términos absolutos, esto equivale a 4,5 millones de personas sobre un total de sobre un total de 21 millones de trabajadores.

Al señalar que “la pobreza es, en parte, un reflejo del mercado laboral”, el análisis puntualizó que “entre los desocupados, la incidencia trepa al 58,9%, lo que confirma el impacto directo de la falta de empleo en la vulnerabilidad social”.

Sin embargo, sostuvo que “lo más preocupante es que tener trabajo tampoco exime de la pobreza, especialmente cuando se trata de ocupaciones precarias o de baja productividad”, remarcando que “los datos resumen una realidad preocupante, tener trabajo, en muchos casos, ya no alcanza para garantizar un nivel de vida digno”.

Pobreza e informalidad

En este marco, la entidad aseveró que “la clave, entonces, no es solo tener un empleo, sino la calidad de las inserciones laborales”, precisando que “al observar la pobreza entre los ocupados según tipo de trabajo, la incidencia recae fuertemente sobre los trabajadores informales”.

Entre los trabajadores independientes no registrados, el 40,5% son pobres; entre los asalariados informales, el 37,5%. En contraste, los independientes registrados (monotributistas o autónomos) presentan una tasa de pobreza del 12,3%, y los asalariados formales del 9,7%. Incluso dentro del empleo formal, hay sectores de baja remuneración, como el servicio doméstico, “donde persisten altos niveles de vulnerabilidad”.

El reporte también puntualiza sobre la heterogeneidad sectorial y regional, remarcando que “la pobreza laboral se concentra en ramas de baja productividad, y en provincias donde más de la mitad del empleo es informal, como lo son Tucumán (58%), San Juan (57%), Salta (52%), Santiago del Estero (52%) y Formosa (52%)”.

Sobre este aspecto, la Fundación Mediterránea precisó que “estas brechas de productividad y de acceso a empleos de calidad explican por qué la recuperación económica reciente no se tradujo en mejoras homogéneas del bienestar”.

Crecimiento, empleo y pobreza

En esa línea, manifestó que “estos datos invitan a repensar el vínculo entre crecimiento, empleo y pobreza. Argentina necesita generar más puestos de trabajo, pero sobre todo, empleos formales y productivos”, indicando que “la creación de empleo en sectores de baja productividad puede mejorar las estadísticas de ocupación, pero no resuelve el núcleo del problema que son los ingresos laborales insuficientes”.

En este contexto, señaló que “las políticas activas de empleo, formación técnica y la transición hacia la formalidad cumplen un rol estratégico”, afirmando que “invertir en capacidades y generar incentivos a la contratación formal no solo mejora los ingresos, sino que reduce las brechas de vulnerabilidad” y agregó que “la articulación con el sector privado resulta fundamental para generar empleos en actividades de mayor valor agregado”.

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Entre canastas: por qué baja la pobreza en los números pero no en la percepción

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Cada vez que se conoce el dato de pobreza en la Argentina se genera una fuerte polémica, sin importar cuál sea el resultado. Cuando la pobreza sube, se lo atribuye a una consecuencia “inevitable” de la coyuntura económica; cuando baja, se pone en duda la validez de la medición y se la califica como “no representativa”. 

Esto último volvió a ocurrir esta semana, tras conocerse que el INDEC informó una tasa de pobreza del 31,6% en el primer semestre del año. El debate sobre la “representatividad” del dato es legítimo y tiene múltiples aristas, aunque no hay margen para dudar de que el organismo aplica con rigurosidad la metodología vigente. 

La pregunta entonces no es si el dato está mal calculado, sino dónde podría residir el problema de sobrerrepresentación. La respuesta más clara está en la metodología misma.

La pobreza en Argentina se mide a partir de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), que releva información sobre ingresos en los principales aglomerados urbanos. El método compara los ingresos de los hogares con el valor de dos canastas de referencia: la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que define la línea de indigencia, y la Canasta Básica Total (CBT), que agrega a la anterior los bienes y servicios no alimentarios considerados esenciales, como vivienda, transporte, salud, educación y vestimenta. En cada región se calculan los valores de las canastas a partir de la estructura de gastos de los hogares y la evolución de los precios. La CBA se valúa con una canasta específica de alimentos y se ajusta según los precios del IPC, mientras que la CBT se calcula mediante el coeficiente de Engel, que surge de la proporción entre gasto en alimentos y gasto total. 

El inconveniente es que este coeficiente proviene de encuestas de gasto de los hogares realizadas hace muchos años, lo que provoca que rubros hoy centrales (alquileres, servicios públicos, transporte, comunicaciones o servicios digitales) estén subrepresentados, con el riesgo de que la canasta total quede “chica”. Esta es una de las principales críticas al método vigente, ya que la estimación de la CBT puede no reflejar de manera adecuada la estructura de gasto contemporánea. 

A ello se suma la insuficiente actualización de la canasta utilizada para medir el IPC, lo que genera que productos y servicios actualmente relevantes tengan un peso muy bajo o no figuren en la medición oficial.

Existen además otros factores que inciden en la lectura de los datos. Los cambios abruptos en precios relativos, propios de una economía con alta inflación, alteran los hábitos de consumo y pueden distorsionar los cálculos. A esto se suman modificaciones en la captación de ingresos en la EPH, que si bien mejoran la calidad del registro, pueden alterar la comparación histórica: un mejor relevamiento de ingresos reduce la pobreza medida, aunque ello no necesariamente signifique un aumento real en el poder adquisitivo de los hogares.

Un punto central en este debate es que el concepto de pobreza utilizado en Argentina es estrictamente monetario. La línea que divide a pobres y no pobres se traza únicamente con base a ingresos, sin incorporar dimensiones adicionales vinculadas al acceso a servicios, vivienda, educación o calidad del empleo. Este enfoque tiende a chocar con la percepción social: gran parte de la población se siente más empobrecida de lo que reflejan los datos oficiales

No se trata de que el INDEC “mienta” o “dibuje” cifras, sino de que la metodología vigente captura de manera incompleta un fenómeno complejo y volátil como la pobreza en la Argentina.

Pero ahondemos un poco más en los datos principales para Posadas. En el período de referencia, la pobreza fue del 38,1%: contra igual semestre del 2024, cayó en 17,8 puntos porcentuales; contra el semestre anterior (es decir, el segundo del 2024) la disminución fue de 5,3 puntos; además, logró posicionarse también por debajo de los niveles del segundo semestre 2023 (38,4%) y volvió a iguales niveles que el primer semestre 2020 (también 38,1%). 

Contra igual período del 2024, la reducción de la pobreza alcanzó a unas 67.656 personas, mientras que unas 20.078 personas dejaron de ser pobres en los últimos seis meses en el aglomerado misionero. ¿Cómo se logró esto? Veamos punto por punto. Las Canastas Básicas para el NEA se movieron relativamente en línea con el IPC, aunque con una velocidad algo menor: a nivel interanual, la CBA creció 38,0%, la CBT 42% pero e IPC “solo” 37,1%. A nivel semestral, los precios crecieron al 13,2%, la CBA creció levemente por encima (13,3%) pero la CBT lo hizo en 12,4%. ¿Qué nos muestra esto? Que los valores de las canastas básicas (indicativos de las líneas de pobreza e indigencia) crecieron menos que la inflación. Esto es clave para entender algunos aspectos como “si el salario cae en términos reales, como puede ser que baje pobreza”, aunque volveremos con ello luego. 

Ya detallamos que, en el NEA, la CBA creció 38,0% interanual y 13,3% semestral mientras que la CBT lo hizo en 42% interanual y 12,4% semestral. En ese marco, ¿Cómo se movieron los ingresos en Posadas? Todos los indicadores de este tipo crecieron por encima de la variación de la CBT: la suma del ingreso familiar (es decir, la suma de todos los ingresos que haya en un hogar incluyendo laborales y no laborales) creció 108,0% interanual y 28,9% semestral; los ingresos laborales crecieron mas que los no laborables (para el interanual, +119,2% y 81,9% respectivamente; para el semestral +31,7% y +21,8%); en esta línea, la media del Ingreso Per Cápita Familiar creció 105,7% interanual y +26,9% semestral, al tiempo que la media del ingreso por adulto equivalente tuvo variaciones de 106,1% interanual y 27,5% semestral. 

Hasta aquí vimos cómo, en términos relativos, los ingresos en Posadas crecieron por encima de las canastas regionales. ¿Qué se observa en valores absolutos? Posadas tiene el ingreso por adulto equivalente más alto del NEA con $ 518.412, cuando en Corrientes es de $ 456.110; en Formosa de $ 453.137; y en Gran Resistencia por $ 394.022. En ese marco, la Canasta Básica Total promedio del NEA para un adulto equivalente fue de $ 293.567. Esto nos dice que el ingreso medio por adulto equivalente de Posadas le permitió adquirir 1,42 CBT, por encima de 1,25 de Corrientes y 1,26 de Formosa. Sin embargo, esos dos aglomerados mostraron niveles de pobreza inferior al misionero, por lo cual entra en juego, entonces, la distribución de esa media. 

¿La mejora de los ingresos de Posadas vino de la mano del empleo? Según el INDEC, no necesariamente. El mismo informe del organismo dice que la tasa de empleo cayó 3,1 puntos semestral y -5,5 interanual, por lo que la mejora de los ingresos laborales principalmente se pudo haber dado por recomposición de sectores, pero no por mayor apertura del mercado de trabajo que tomó el camino inverso. Pero aun con ello, la mayor parte del sector privado formal, por caso, ha tenido un retroceso salarial durante buena parte del primer semestre del año.

¿Cómo entender, entonces, la aparente contradicción entre caída del empleo, retroceso salarial en segmentos formales y, a la vez, una fuerte baja de la pobreza? La respuesta está en la propia dinámica metodológica. La pobreza se mide en función de si los ingresos superan o no el valor de las canastas.

Durante el período analizado, los ingresos familiares en Posadas crecieron muy por encima de la CBT, lo que permitió a una parte importante de los hogares ubicarse por encima de la línea de pobreza, aun con un mercado laboral debilitado, aunque ello no necesariamente implica una mejora en la calidad de vida. En el mejor de los casos, podría “estabilizarse” una condición, pero no necesariamente mejorarla. 
El dato de pobreza se cruza con otros, además, como el nivel de morosidad récord de hogares. Al final del día, entonces, la cuestión se reduce en que el INDEC toma el ingreso total respecto a una canasta subrepresentada, pero no se considera lo que se llama el “ingreso disponible” que es, al final del día, el que le da calidad de vida a la gente.

Si mis ingresos crecen por encima de inflación, pero mis costos fijos crecen por encima de ello incluso con conceptos no representados (o mínimamente representados) en la canasta (como alquileres que sí se considera pero con alta subponderación; o como cuotas de créditos personales, por ejemplo) entonces no seré estadísticamente pobre, pero vivo mi vida en condición de pobre.

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