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Cuando la guerra entra al bolsillo

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Durante días -o semanas- miramos la guerra en Medio Oriente desde lo bélico: misiles, mapas, ofensivas, contraataques. Una lógica casi automática. Pero mientras la atención seguía puesta en lo militar, el conflicto empezó a correrse de eje.

No dejó de ser una guerra armada. Pero pasó a jugarse, cada vez más, en otro terreno: el económico. Un terreno en el que Irán encontró rápidamente herramientas para mostrar su poderío estratégico. 

Y ahí el impacto es mucho más amplio.

El punto de quiebre fue el estrecho de Ormuz. Por esa vía circula cerca del 20% del petróleo mundial. No hace falta que se cierre completamente: alcanza con que se vuelva inestable y peligroso para que el sistema global entre en tensión. Eso fue exactamente lo que pasó. En los últimos días una imagen sintetizó la actualidad de la guerra: un petrolero tailandés atacado mientras intentaba atravesar el estrecho. La economía mundial también recibe el impacto de los misiles reales.  

Surgen varias preguntas que aún no tienen respuesta: ¿Estados Unidos e Israel evaluaron este riesgo antes de aprobar el ataque? ¿Pensaron que Irán sería igual a Venezuela con un ataque e intervención rápida? 

En cuestión de semanas, el precio del crudo saltó entre 40% y 50%, mientras que el gas natural registró subas de hasta 60% en mercados internacionales. El combustible para aviación superó los USD 200 por barril equivalente, un nivel que no se veía desde crisis energéticas históricas.

Esos números, más que cualquier declaración política, explican el cambio de escenario.

Porque cuando la energía sube en esa magnitud, el conflicto deja de ser regional. Se vuelve global por definición.

Europa es uno de los primeros lugares donde ese impacto se hace visible. El aumento del gas importado ya está trasladándose a tarifas y costos industriales, en algunos casos con subas superiores al 30% interanual. Gobiernos como el de España volvieron a desplegar paquetes de ayuda por miles de millones de euros para amortiguar el golpe, en un contexto fiscal mucho más limitado que en crisis anteriores.

Asia, en cambio, enfrenta un problema más estructural. Países como Japón, Corea del Sur o India dependen en más de un 70% de importaciones energéticas, gran parte provenientes del Golfo. El encarecimiento del crudo y el gas no sólo impacta en precios: reduce márgenes industriales y compromete el crecimiento. Algunos análisis ya recortan proyecciones de expansión en la región en hasta 1 punto porcentual para este año. En países como Filipinas hay estaciones de servicio cerradas y se han viralizado imágenes de miles de personas yendo a sus trabajos caminando por rutas y autopistas. En Vietnam y Tailandia los ascensores se han apagado y se utilizan solo en casos de emergencia. Incluso Japón analiza reducir la velocidad máxima en sus autopistas buscando desalentar el uso de automóviles. 

Estados Unidos y las economías occidentales entran en otro tipo de tensión. La OCDE estima que este shock podría empujar la inflación global nuevamente hacia la zona del 4%, cuando el mundo todavía no terminó de digerir la ola inflacionaria post pandemia. El problema es conocido: si suben las tasas para contener precios, se enfría la economía; si no lo hacen, el riesgo es que la inflación se vuelva persistente.

América Latina aparece, como suele pasar, en una zona intermedia. El aumento de los combustibles —en algunos casos por encima del 20% en pocas semanas— se traduce rápidamente en inflación. En Argentina, por ejemplo, el impacto se filtra en transporte, logística y alimentos, amplificando tensiones que ya existían. Este fin de semana la nafta súper alcanzó los $2250 por litro en algunas regiones del país, Misiones entre ellas. 

Al mismo tiempo, algunos países exportadores de energía encuentran una mejora en sus ingresos externos. Pero incluso ahí el efecto no es lineal: mayores precios conviven con mayor volatilidad y menor previsibilidad.

El problema no se limita a la energía. La guerra también está reconfigurando la logística global. El costo de los fletes marítimos en rutas vinculadas al Golfo subió entre 25% y 40%, mientras que los seguros por riesgo de guerra se multiplicaron e incluso hay aseguradoras que no validan nuevas pólizas para embarcaciones en esas zonas. A eso se suman desvíos de rutas aéreas y demoras que impactan en cadenas de suministro sensibles.

Y ahí aparece otro dato clave: no sólo se encarece el petróleo. También lo hacen los fertilizantes, los alimentos y determinados insumos industriales. Es un efecto en cascada.

Por eso, medir esta guerra únicamente en términos militares hace que el análisis quede corto. Hoy se mide en inflación, en costo energético, en puntos de crecimiento perdidos. Se mide en cuánto paga cada país por sostener su funcionamiento básico.

Y en ese terreno, la distancia geográfica deja de importar.

Porque esta es una guerra que ya se está pagando. En la nafta, en la luz, en el supermercado.

Escenarios a futuro: tres caminos posibles

Escenario de estabilización (poco probable en el corto plazo)

  • Reapertura de rutas energéticas
  • Baja gradual de precios
  • Recuperación económica

    Escenario de guerra prolongada (el más probable hoy)
  • Energía cara durante años
  • Inflación estructural
  • Crecimiento débil global

La propia dinámica actual sugiere que los efectos pueden durar “varios años” en el mercado energético. 

Escenario de escalada total (alto riesgo sistémico)

  • Bloqueo prolongado del comercio energético
  • Recesión global o estanflación
  • Fragmentación económica mundial

Algunos analistas ya describen esta crisis como el mayor shock energético de la historia moderna.

Incluso si el conflicto se detuviera hoy mismo, el mercado tardaría entre 6 y 9 meses en recuperarse. Pero hoy ese no parece ser el escenario central.

Lo más probable es una prolongación del conflicto con precios energéticos altos durante meses —o incluso años— y un impacto sostenido sobre la economía global. Algunos informes ya hablan de un shock que podría recortar entre 0,5 y 1 punto del crecimiento mundial si se mantiene en el tiempo.

El riesgo mayor, aunque todavía no es el escenario base, es una escalada más profunda. Ahí ya no estaríamos hablando sólo de inflación o desaceleración, sino de estanflación global: bajo crecimiento con alta inflación, una combinación especialmente difícil de manejar.

En paralelo, empieza a insinuarse algo más estructural. Un mundo donde la seguridad energética pesa más que la eficiencia económica. Donde las cadenas de suministro se acortan, se regionalizan o se encarecen. Donde la geopolítica vuelve a meterse de lleno en las decisiones económicas.

En definitiva, un mundo menos integrado.

La guerra en Medio Oriente no sólo está redefiniendo un equilibrio regional. Está mostrando que, en el escenario actual, el poder ya no se expresa únicamente en términos militares.

Se expresa en la capacidad de alterar precios, de interrumpir flujos, de tensionar economías enteras.

Y en ese tipo de guerra, los efectos no se ven en un mapa.

Se ven —todos los días— en los números y en el bolsillo. 

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La inteligencia de Estados Unidos dice que el Gobierno iraní no corre riesgo de colapso

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(Reuters) – La inteligencia estadounidense indica que el liderazgo de Irán sigue prácticamente intacto y no corre riesgo de colapsar en un futuro próximo tras casi dos semanas de bombardeos incesantes por parte de Estados Unidos e Israel, según tres fuentes familiarizadas con el asunto.

Una “multitud” ‌de informes de inteligencia proporcionan “un análisis coherente de que el régimen no está en peligro” de colapsar y “mantiene el control del pueblo iraní”, dijo una de las fuentes, a ‌las que se les concedió el anonimato para discutir los hallazgos de la inteligencia estadounidense.

El informe más reciente se completó en los últimos días, según la fuente.

Ante la creciente presión política por el aumento de los precios del petróleo, ​el presidente Donald Trump ha insinuado que “pronto” pondrá fin a la mayor operación militar estadounidense desde 2003. Sin embargo, encontrar un final aceptable para la guerra podría resultar difícil si los líderes iraníes de línea dura se mantienen firmemente atrincherados.

Los informes de inteligencia subrayan la cohesión del liderazgo de Irán, formado por clérigos, a pesar del asesinato del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, el 28 de febrero, el primer día de los ataques estadounidenses e israelíes.

Funcionarios israelíes también han reconocido en conversaciones privadas que no hay certeza de que la guerra conduzca al colapso del Gobierno, según dijo un alto cargo israelí ‌a Reuters.

Las fuentes subrayaron que la situación sobre el terreno es ⁠inestable y que la dinámica dentro de Irán podría cambiar.

La Oficina del Director de Inteligencia Nacional y la Agencia Central de Inteligencia se negaron a hacer comentarios.

La Casa Blanca no respondió de inmediato a una solicitud de comentarios.

Cambio de objetivos

Desde el inicio de la guerra, Estados Unidos e Israel han ⁠atacado una serie de objetivos iraníes, entre ellos defensas aéreas, instalaciones nucleares y miembros de la cúpula dirigente.

El Gobierno de Trump ha dado diversas razones para justificar la guerra. Al anunciar el inicio de la operación estadounidense, Trump instó a los iraníes a “tomar el control de su Gobierno”, pero desde entonces altos asesores han negado que el objetivo fuera derrocar a los líderes iraníes.

Además de Jamenei, los ataques han matado a ​decenas ​de altos cargos y a algunos de los comandantes de más alto rango del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria ​Islámica, una fuerza paramilitar de élite que controla gran parte de la ‌economía.

Aun así, los informes de inteligencia estadounidenses indican que la Guardia Revolucionaria y los líderes interinos que asumieron el poder tras la muerte de Jamenei mantienen el control del país.

La Asamblea de Expertos, un grupo de altos clérigos chiíes, nombró esta semana al hijo de Jamenei, Mojtabá, nuevo líder supremo.

Israel no tiene intención de permitir que ningún vestigio del antiguo Gobierno permanezca intacto, según una cuarta fuente familiarizada con el asunto.

No está claro cómo la actual campaña militar estadounidense-israelí derrocaría al Gobierno.

Probablemente requeriría una ofensiva terrestre que permitiera a la población iraní protestar de forma segura en las calles, según la fuente.

El Gobierno de Trump no ha descartado enviar tropas estadounidenses a Irán.

Reuters informó ‌la semana pasada de que las milicias kurdas iraníes con base en la vecina Irak consultaron con Estados ​Unidos si atacar a las fuerzas de seguridad iraníes en la parte occidental del país y cómo hacerlo.

Tal incursión ​podría ejercer presión sobre los servicios de seguridad iraníes en esa zona, lo que ​permitiría a los iraníes levantarse contra el Gobierno.

Abdulah Mohtadi, líder del Partido Komala del Kurdistán iraní, que forma parte de una coalición de seis partidos ‌kurdos iraníes, dijo en una entrevista el miércoles que los partidos están muy ​bien organizados dentro de Irán y que “decenas de ​miles de jóvenes están dispuestos a tomar las armas” contra el Gobierno si reciben el apoyo de Estados Unidos.

Mohtadi dijo que ha recibido informes del interior del Kurdistán iraní de que unidades de la Guardia Revolucionaria y otras fuerzas de seguridad han abandonado bases y cuarteles por temor a los ataques de EEUU e Israel.

“Hemos sido testigos de signos ​tangibles de debilidad en las zonas kurdas”, dijo.

Sin embargo, según dos ‌fuentes familiarizadas con esas evaluaciones, los últimos informes de inteligencia estadounidenses han puesto en duda la capacidad de los grupos kurdos iraníes para mantener una lucha contra ​los servicios de seguridad iraníes.

La inteligencia indica que los grupos carecen de potencia de fuego y número, dijeron.

(Información de Erin Banco en Nueva York y Jonathan Landay ​en Washington; edición de Don Durfee y Matthew Lewis; edición en español de Jorge Ollero Castela)

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Venezuela, la presea de Trump

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Cuantas obsesiones geopolíticas podrá tolerar el presidente de Estados Unidos mientras siga con su cargo. No es solo Ucrania o Medio Oriente. Tal y como si se tratase de la propia era de la Guerra Fría, América Latina como patio trasero del Tio Sam parece ser la dinámica a aplicar por parte de Donald Trump. Venezuela es el país apuntado, con una invasión inminente, al menos en el plano de las amenazas.

¿Petróleo o democracia?

Hace tiempo que Trump viene ejecutando críticas fuertes hacia el gobierno de Nicolas Maduro. Si bien, no hace falta ser un experto de nutrida experiencia en la materia de geopolítica o política exterior para darse cuenta que el actual mandato en Venezuela es una situación completamente acabada. El gobierno de Maduro demostró una absoluta ineptitud en casi todos los órdenes de manejo de un país, provocando una galopante crisis humanitaria que da como resultado desde las penas familiares de no poder abastecer las necesidades básicas hasta las corrientes migratorias que buscan asilarse en otros países para intentar tener un mejor pasar económico.

Dado este pequeño panorama que habla a las claras que quien escribe no es un adepto ni remotamente cercana a las ideas políticas y económicas de Maduro, es menester también decir que el papel de Estados Unidos con una constante presión de intromisión territorial es la gran “red flag” geopolítica que necesita la región.

Es notoria que es una maniobra de las tantas que ya realizó Estados Unidos en su historia reciente. Así como se apropió del petróleo y de las redes de producción petrolera de Medio Oriente a fuerza pura de intervenciones bélicas con operativos de bandera falsa de por medio. Es cierto que en gran parte de esas regiones, las crisis políticas internas habilitaban a una situación de fragilidad digna de aprovechar por parte del ave de rapiña que es EEUU en su política exterior. La apropiación del petróleo es una dinámica real y absolutamente comprobable, además de la dispersión de fuerzas de contrapeso para Israel como su gran aliado occidental en las cercanías de la medialuna de las tierras fértiles.

El petróleo venezolano es una gran oportunidad para el Tío Sam. De hecho, el país liderado por Maduro tiene la mayor cantidad de reservas del mundo, con un total de más de 300 mil millones de barriles, concentrados principalmente en la Faja Petrolífera del Orinoco. Esta última situación lo pone en un marco de desafíos técnicos y económicos para su extracción y procesamiento. Las reservas venezolanas superan a las de Irán y Arabia Saudita.

Ciertamente hay que ser claros: a Estados Unidos no le importa Venezuela, le importa su petróleo. Hay un aprovechamiento absoluto de la situación de una nación destruida por la pésima gestión de Maduro. No importa el narcotráfico ni tampoco llevar democracia. Las cosas como son, y para EEUU siempre fue así.

El peligro en casa

Como argentinos no debería importarnos en absoluto algún tipo de problema interno de un país si es que no tiene consecuencias que puedan afectar los intereses nacionales, y este parece ser el caso.

Más allá de la evidente cercanía ideológica y diplomática de Milei con Trump, hay una lectura más profunda en términos continentales.

El ingreso de tropas o de fuerzas de influencia de Estados Unidos en Venezuela va a romper el pacto tácito de paz entre Estados del cual goza Sudamérica. Prácticamente todas las zonas del mundo están ataviadas de conflictos armados de índole internacional, sea por cuestiones económicas o religiosas. Sudamérica si es cierto que tiene, dependiendo de la zona, complicaciones más elevadas con el narcotráfico pero no terminan en guerras entre Estados. El avance de Trump en Venezuela puede suponer el fin de esa paz.

Los intereses argentinos se ven tocados en cuanto a que además se permite el uso de la fuerza a fuego limpio en la región, lo que provocaría, lógicamente, efectos de resistencia más violentos. Si hace falta una oposición en las urnas en un contexto de paz, en un contextos de intervenciones y militarización trae la contrarespuesta de grupos armados, poniendo en jaque la paz social.

Asimismo, habilitar a la toma de decisiones internas de países sudamericanos por Estados Unidos blanquea una situación ocurrida desde la Doctrina de Seguridad Nacional, aunque supone, además, una imposición de la fuerza que pueda repercutir más allá del continente. ¿Cómo reaccionará Rusia o China ante un ataque de EEUU?

Rusia está atado de pies y manos. La guerra en Ucrania y la ayuda estadounidense puede ser efectiva para mejorar las condiciones con Moscú, por ende es difícil que entre en conflicto. En cambio, con China es más directo el tema. Si bien no es una mega potencia petrolera, el gigante asiático en esta suerte de carrera económica tecnológica con Estados Unidos, hace que ambos magnates políticos internacionales se hagan de todos los recursos posibles para mantener su maquinaria productiva en pie y competitiva.

Lo curioso es que el futuro de Venezuela es incierto. El tiempo de Maduro parece acabado y el país prácticamente en ruinas. ¿Habrá una suerte de “Plan Marshall” para Venezuela? ¿Volverán los venezolanos de las diásporas a luchar por su país? Ciertamente, para Venezuela, todo es incierto.

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¿Nace una Gaza de Israel?

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Un plan por demás polémico tuvo aprobación y podría ponerse en marcha más temprano que tarde: la ocupación israelí de Gaza. Este proyecto impulsado por Netanyahu propone un esquema geopolítico capaz de cambiar abruptamente las relaciones internacionales en la región, incrementando la conflictividad reinante en Medio Oriente.

El fin del “sueño” palestino

Desde mediados del siglo XX, el proyecto de construcción de un Estado palestino ha mutado incesantemente: pasó de ser una lucha encarnizada, respaldada por las potencias árabes para contrarrestar a Israel, a convertirse en una mera utopía que parece desvanecerse con el paso del tiempo.

Hoy, el plan de Netanyahu expone una postura asumida hace tiempo por los sectores “ultras” israelíes: la simple apropiación de Gaza. La pregunta es, ¿por qué? ¿Qué tiene de atractivo Gaza? En términos económicos, no parece haber motivos tan evidentes como en el pasado, cuando el territorio tenía un rol clave en el comercio marítimo. Tampoco cuenta con el potencial económico que se observa en conflictos como el de Ucrania o el enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán, donde, además de las disputas históricas, emergen intereses estratégicos vinculados a oleoductos, gasoductos o tierras raras.

En el caso de Gaza, el punto es eminentemente político. Podría pensarse en una desgastada diferencia religiosa entre musulmanes y judíos, y si bien existen posiciones extremistas, la realidad es política: para Israel, es fundamental la desaparición de Hamás. Dicho de otro modo, mientras Hamás exista, Israel no tendrá paz.

Claro que esta afirmación abre un debate mucho mayor sobre quién ostenta la legitimidad: si el Estado de Israel, tras las atrocidades de la guerra en Gaza, o Hamás, responsable de repetidos actos de violencia terrorista extrema desde 2007.

Una teórica ocupación “de paso” por parte de Israel para garantizar la seguridad no parece el concepto más claro ni convincente para poner fin al conflicto, sobre todo por los efectos inmediatos que podría generar: agravar aún más la situación de un pueblo ya devastado y en ruinas, como el palestino de Gaza. Además, no puede descartarse que se convierta en otro episodio bélico que contribuya a la expansión territorial de Israel desde 1948.

Nadie niega que la tranquilidad no está garantizada para los israelíes, pero esta salida podría provocar un cataclismo político en la región.

El efecto de la “nueva Gaza”

La comunidad internacional reacciona ante la posibilidad de una ocupación israelí de este enclave palestino en guerra. La ONU, Reino Unido, España, Alemania y Turquía, entre otros países y organizaciones, han expresado su firme oposición al plan. La preocupación no se limita a preservar la vida de los palestinos que aún permanecen allí, sino también a evitar un desequilibrio absoluto —e incluso irreversible— en Medio Oriente.

Una eventual ocupación podría detonar una respuesta contundente de países árabes y musulmanes contra Israel, aumentando la conflictividad y generando un riesgo real de ataques directos o de confirmación de nuevas alianzas hostiles.

Arabia Saudita lleva tiempo promoviendo el reconocimiento del Estado palestino por parte de países europeos, muchas veces a cambio de contratos e inversiones multimillonarias. Irán, por su parte, ha sido el “histórico” defensor de Gaza y financista de grupos como Hamás y Hezbolá. Qatar también ha tenido un rol activo como mediador, intentando lograr treguas o altos el fuego duraderos, aunque solo lo ha conseguido de forma parcial.

Un desequilibrio en Medio Oriente podría tener consecuencias extremadamente negativas para la economía global, especialmente en la producción petrolera, si este escenario derivara en un sistema de alianzas hostiles o un aumento de ataques en la región. Esta es la razón por la que el asunto requiere máxima atención.

Más allá de todo esto, quien en última instancia define lo que pueda suceder es Estados Unidos. Trump es un ferviente defensor de las acciones israelíes, pero queda por ver si estará dispuesto a asumir el costo político y económico de una ocupación que podría derivar en un conflicto mayor. La no resolución de la guerra en Ucrania, la crisis arancelaria y la disputa comercial con China han puesto a prueba la política exterior de Trump, que en menos de un año de su segundo mandato ya ha debido afrontar múltiples frentes. Sumarse a la ocupación israelí de Gaza podría resultarle desgastante.

Como siempre, los que pagan la cuenta final son los ciudadanos de a pie, y no hay duda de que los gazatíes son las principales víctimas en todos los sentidos: desde la sumisión al poder de Hamás hasta los bombardeos y la posible ocupación israelí. Gaza, el lugar donde nadie quiere estar.

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El plan de la ¿victoria?

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Volodimir Zelenski, el ya reconocido presidente ucraniano, lanzó la plataforma de fin de guerra con los intereses de su país como bandera. El programa fue presentado frente a la Unión Europea y se basa en cinco claves. Antes de entrar a detallar los puntos, es necesario entender si eso es realizable o no. A esta altura de la guerra en Ucrania y con lo presentado como “Plan de la victoria”, Zelenski deberá negociar o mediar. En caso contrario, lo más posible es que este conflicto siga extendiéndose en el tiempo. 

Los puntos claves 

El primer tema que planteó Zelenski para sellar la victoria ucraniana en el campo de batalla es la invitación de la adhesión como miembro de la OTAN. Esto significa que Zelenski busca de manera directa que sea Estados Unidos el se haga cargo de su guerra con Rusia, es decir, busca globalizar un conflicto regional. 

La OTAN es una alianza militar occidental, la más importante del mundo. Tiene incorporado dentro de su accionar que si cualquier miembro resulta amenazado o atacado directamente, la alianza se activa y todos los integrantes salen en defensa de ese damnificado. Sin embargo, no es tan fácil acceder. 

El artículo 10 del Tratado Atlántico dice que para ser miembro hay que ser un estado europeo (salvedad para Estados Unidos), seguir principios democráticos y poder contribuir a la seguridad regional. Desde esta perspectiva y en contexto bélico, Ucrania debería reafirmar su modelo democrático y salvo que sea una guarida militar estadounidense, poco tiene para ofrecer en cuanto a la seguridad regional, entendiendo la gran cantidad de préstamos que ejecutó Estados Unidos para solventar su maquinaria bélica, lo que significa que después de la guerra pasará por un evidente empobrecimiento y difícil despegue en cuanto al desarrollo económico. 

En pocas palabras, el primer punto es irrealizable y lo más preocupante, es el interés de Zelenski de globalizar un conflicto de carácter regional. 

El segundo punto es el refuerzo de capacidades de defensa. Es básicamente lo que viene haciendo Zelenski desde que comenzó la guerra: pedir armamento y tecnología para enfrentar a Rusia. Sin embargo, lo grave de este punto es que incluye la necesidad de trasladar la guerra a territorio ruso, como había sido la incursión a Kursk. La complejización parte del hecho de volver a involucrar a otros países en un conflicto en territorio ajeno. La ecuación es simple: si hay países que le brindan armas a Ucrania y encima atacan territorio ruso, eso habilita al Kremlin a un enfrentamiento directo con sus aliados. En síntesis, este punto podría decantar en un choque sin escalas entre Rusia y Estados Unidos, y eso, inevitablemente, nos arrastraría a todo el mundo. Nuevamente se ve presente la necesidad de globalizar el conflicto regional. 

Este ítem es realizable a medias. Ucrania podría conseguir financiamiento para su maquinaria bélica pero tener luz verde para atacar suelo ruso sería catastrófico para el tablero geopolítico, sobre todo por la respuesta del Kremlin. 

El tercer punto es la disuasión. Con esto, Ucrania busca asegurarse tener un bastión bélico de suma importancia para la posguerra. Significa, básicamente, la petición de un paquete integral de disuasión estratégica no nuclear que sea suficiente para defenderse de Rusia en caso de futuras hostilidades. Lo que busca con esto Zelenski es transformar a Ucrania en un centro de operaciones militares de Estados Unidos con la colaboración de otras potencias militares. Geopolíticamente es una jugada inteligente, ya que sería Ucrania, con un armamento concreto, el último bastión occidental antes de la frontera real con Rusia. Aquí pueden pasar dos cosas, en caso de que suceda, o Rusia cede en cuanto a las hostilidades hacia Ucrania o este conflicto se termina transformando en un epicentro eterno de atentados. Este último punto, teniendo en cuenta la imposibilidad de ingresar a la OTAN, al menos en el corto y mediano plazo. 

Este punto es bastante realizable. A Estados Unidos le conviene tener su poderío militar muy cerca de Rusia, manteniendo una suerte de paz armada y recreando las condiciones de la antigua crisis de los misiles cubanos, la cual arrancó por los misiles estadounidenses apuntando hacia Moscú desde Turquía en ese entonces. La nueva Turquía podría ser Ucrania. 

El cuarto tópico habla del potencial económico. Esto incluye la explotación absoluta de los recursos naturales ucranianos en manos de Estados Unidos y sus aliados. Argumenta Zelenski que las reservas de uranio, titanio, litio y grafito pueden valer billones de dólares y es mejor que estén en manos de occidente que de Rusia y sus socios. Este punto es interesante para analizarlo ya que será necesario para Ucrania devolverle dólar por dólar a Estados Unidos una vez que la guerra termine, salvo caso que el control absoluto de sus recursos naturales terminen en manos del Tío Sam. No sería algo nuevo para Estados Unidos, de hecho, es casi nostálgico para un país de prácticas imperialistas como tal. Claro está que para Zelenski es vital que estos recursos no caigan en manos del afán expansionista ruso. Este punto más que realizable sería hasta necesario, e inclusive, podría ser pedido por el propio Washington. 

El quinto y último punto es la arquitectura de seguridad en la posguerra, con parecidos al refuerzo de seguridad previamente nombrado. Aquí se trata de ofrecer todas las fuerzas ucranianas en pos de mejorar la seguridad del resto de Europa. Zelenski lo que ofrece es que Ucrania sea el foco de contención de Europa antes de llegar a la zona de influencia rusa. Parece una decisión interesante, entendiendo que es la razón por la cual esta guerra está solventada por Estados Unidos para Kiev. Ucrania ha servido como un punto de resistencia para evitar la expansión de influencia de Putin, por ende, el rearmado de seguridad desde Ucrania es algo viable y visto con buenos ojos para occidente. Además, el argumento de Zelenski fue contundente: “Si Putin logra sus disparatados objetivos geopolíticos, militares, ideológicos y económicos, creará una impresión abrumadora para otros agresores potenciales, particularmente en la región del Golfo, la región del Indo-Pacífico y África, de que las guerras de agresión también pueden ser rentables para ellos”. 

El futuro de la guerra 

Rusia hace varios meses ya presentó su plan de fin de guerra. Aclaró que busca cortar con cualquier actividad bélica de Ucrania y que busca quedarse con el territorio del Donbass, entendiendo la zonas de Donetsk, Zaporiyia, Lugansk y Jersón. Esto fue contundentemente rechazado por Ucrania y no sería ni siquiera tema de discusión. 

En el caso ucraniano, lo único preocupante para el resto del mundo es el hecho de intentar internacionalizar este conflicto, que si bien ha repercutido en todo el mundo desde su arranque en febrero de 2022, no dejó de ser un enfrentamiento entre países europeos que tuvo cierta colaboración indirecta de aliados y posicionamientos diplomáticos. Arrastrar a Estados Unidos de un lado y a China e Irán del otro sería catastrófico para el globo. Mientras tanto, ambos países deberán arribar a un punto medio y encontrar la paz, salvo que Moscú siga viendo en la guerra de desgaste una técnica para asegurar un triunfo, y salvo, también, que Donald Trump si es electo presidente de Estados Unidos, incida en un fin precipitado de este conflicto.

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