Mes: septiembre 2026

Carolina Mazza, un viaje de casi 70 años: la herencia familiar que trasciende fronteras

Compartí esta noticia !

Antes de los paquetes turísticos, los vuelos internacionales, Disney, Turquía, Miami, Europa, las reservas digitales y los mensajes de WhatsApp, hubo algo mucho más elemental: una persona entregándole dinero a otra porque confiaba en que iba a volver con él convertido en otra moneda. Ocurría en Santo Tomé, Corrientes, hace casi siete décadas.

El abuelo de Carolina Mazza y sus hermanos recibían dinero de vecinos que necesitaban cambiar moneda cuando el negocio todavía no tenía la estructura ni la regulación actual. Viajaban a Buenos Aires o Brasil y regresaban con la moneda que les habían encargado.

El capital inicial de aquella empresa, por lo tanto, no fue solamente financiero. Fue reputacional. “Así arranca, basado en la confianza”, cuenta hoy Carolina Mazza. Y cuando se le pregunta qué permitió construir la empresa familiar durante todos estos años, agrega inmediatamente un segundo componente: “Confianza y mucho trabajo”.

Casi 70 años después, esa pequeña historia fronteriza se transformó en una de las compañías referentes del turismo en Misiones. Y ahora acaba de cruzar nuevamente una frontera: Mazza Turismo abrió una oficina en Encarnación.

No es un movimiento menor. Después de consolidarse durante décadas en el mercado misionero, la compañía pone un pie en una economía que Carolina observa en expansión y empieza a pensarse en una escala regional. Al mismo tiempo, la cuarta generación de la familia se incorpora al negocio.

Es un nuevo capítulo para una empresa que aprendió a sobrevivir a casi todo: cambios de moneda, crisis argentinas, transformaciones tecnológicas, nuevas formas de consumir, tragedias familiares y una revolución completa en la manera de viajar.

Con el tiempo, aquella actividad familiar vinculada al cambio de monedas tomó una estructura formal. Llegaron las habilitaciones del Banco Central y la primera casa de cambio funcionó en Santo Tomé. Después, el padre de Carolina tomó una decisión que sería determinante para la historia posterior: recién casado, se mudó junto a su esposa a Posadas y abrió allí la casa de cambio.

Luego se incorporarían otros integrantes de la familia. Entre ellos estaba Chela, tía de Carolina, que no tenía demasiado entusiasmo por el negocio cambiario y empezó a mirar hacia otro lado. Eran comienzos de los años setenta y los viajes comenzaban a convertirse en una actividad con un enorme horizonte por delante. Apostó al turismo. Vista desde 2026, la decisión parece lógica. Hace más de medio siglo era una lectura empresarial de futuro.

Carolina reconoce allí un rasgo que atravesó a la familia: la capacidad de observar lo que está cambiando y animarse a modificar el negocio antes de que el cambio resulte evidente para todos.

“Una empresa que no se capacita, que no mira el futuro, obviamente no crece”, sostiene. La definición resume buena parte de la historia de Mazza. Cada generación recibió algo construido por la anterior, pero también tuvo que transformarlo. Para Carolina, respetar las raíces no significa inmovilizarse, sino conservar determinados valores mientras la empresa se adapta al mundo que viene.

Esa tensión entre legado y transformación es uno de los grandes desafíos de cualquier compañía familiar. Sobrevivir durante casi siete décadas exige mantener una identidad, pero también saber abandonar a tiempo aquello que alguna vez funcionó.

La tragedia que cambió su vida

Carolina Mazza es licenciada en Administración de Empresas. Hace casi 30 años acababa de recibirse, ya era madre de su hija mayor y comenzaba a incorporarse a la empresa.

Su padre decidió que antes de ocupar responsabilidades mayores tenía que conocer el negocio desde abajo. Pasó por caja, archivos, documentación para el Banco Central y diferentes áreas administrativas. En aquel momento probablemente no imaginaba cuánto iba a necesitar ese aprendizaje.

Entonces ocurrió el accidente aéreo de Austral en Fray Bentos. En ese vuelo del 10 de octubre de 1997 viajaban su abuelo y su tía Chela, precisamente quien estaba al frente del área de turismo. No hubo sobrevivientes. 

El golpe familiar fue enorme y, al mismo tiempo, dejó un vacío inmediato dentro de la compañía. Carolina era la integrante de la familia con formación profesional para asumir esa responsabilidad. La decisión prácticamente no admitía tiempos.

“Tenés que hacerte cargo”.

Y había un detalle que volvía todo más urgente: alrededor de 450 chicos tenían un viaje a Disney en marcha.

No había plataformas digitales capaces de ordenar automáticamente cada reserva ni teléfonos inteligentes que concentraran la información. Había carpetas. Grandes carpetas con pasajeros, vuelos, servicios, autorizaciones y cada detalle de una operación enorme.

Carolina tuvo que estudiarlo todo mientras atravesaba el duelo. Se apoyó en las personas que habían trabajado con su tía, recibió el acompañamiento de su padre y salió adelante.

Su primer gran viaje profesional fue Disney con 450 chicos. “Fue un éxito. Creo que fue mi mejor Disney”, recuerda.

La frase tiene algo de paradoja. Uno de los momentos más dolorosos de su vida terminó señalándole el camino profesional que seguiría durante las siguientes tres décadas.

Ella no había imaginado dedicarse exclusivamente al turismo. Hoy dice que no se ve haciendo otra cosa.

Desde afuera, trabajar viajando por el mundo parece un privilegio. Y lo es. Carolina disfruta profundamente de su profesión, pero conoce también la parte que no aparece en las fotografías.

Durante años tuvo que dejar a sus hijos para acompañar grupos durante diez o quince días. Disney se convirtió en uno de los productos emblemáticos de Mazza y también en una ausencia recurrente en su propia casa. Su cumpleaños coincidía con esos viajes y durante mucho tiempo prácticamente nunca pudo celebrarlo con sus hijos en la fecha correspondiente.

Ellos terminaron incorporándolo a la dinámica familiar: mamá tenía que estar trabajando en Disney y el cumpleaños se festejaba después.

Es una dimensión del mundo empresario que suele quedar escondida detrás del resultado. Construir una compañía exige capital y decisiones, pero también consume tiempo. Y el tiempo que se entrega al negocio siempre sale de algún lado.

Carolina conoce además otra característica del oficio: el empresario difícilmente termina de trabajar cuando baja la persiana.

Habla de sus empleados como “guerreros”, pero marca una diferencia inevitable. El colaborador termina su jornada y vuelve a su casa. Quien conduce la empresa se lleva buena parte de ella en la cabeza.

A las diez u once de la noche puede seguir buscando tarifas, respondiendo consultas, revisando la administración o controlando bancos. No necesariamente porque exista un problema, sino porque siempre queda algo pendiente.

“No cerrás la puerta de la empresa y decís ‘bueno’. No se separa nunca”.

Detrás del glamour de los destinos internacionales hay, en definitiva, una empresa. Con números, empleados, proveedores, impuestos, pasajeros, contingencias y responsabilidades que siguen existiendo aunque el horario comercial haya terminado.

“Nosotros no vendemos viajes, tratamos con personas”. En casi 30 años, Carolina vio cambiar por completo la industria.

Cuando comenzó, la agencia concentraba información que el cliente difícilmente podía obtener por su cuenta. Hoy cualquier persona puede comparar cientos de vuelos desde un teléfono, reservar un hotel en otro continente, alquilar un departamento, contratar traslados, comprar entradas y construir un itinerario completo sin hablar con nadie. Eso obligó a redefinir el negocio.

Carolina lo explica con una frase que funciona casi como declaración de principios: “Nosotros no solo vendemos viajes. Nosotros tratamos con personas”.

Un viaje rara vez es apenas un pasaje y una habitación. Detrás puede haber un cumpleaños, un aniversario, una luna de miel, una separación, el viaje de una familia que ahorró durante años o el sueño de unos padres que quieren llevar por primera vez a sus hijos a Disney.

Por eso sostiene, medio en broma, que quienes trabajan en turismo también terminan siendo un poco psicólogos. Hay que escuchar la historia para entender qué viaje está buscando realmente el cliente.

Esa relación explica también por qué muchos pasajeros terminaron convirtiéndose en amigos. Carolina disfruta especialmente de las salidas grupales y conserva vínculos que continúan mucho después del regreso. Hay reuniones con quienes viajaron a Turquía, encuentros con grupos de Miami, comidas de fin de semana y amistades nacidas a miles de kilómetros de Misiones.

El producto terminó, pero la relación continuó. Para ella, esa es una parte central del negocio. Puede demorarse un vuelo, fallar un transfer o no responder un hotel exactamente a las expectativas. Lo que el pasajero difícilmente perdona es sentirse abandonado.

“Que alguien vuelva de un viaje y te diga que fuiste parte de su sueño, que fuiste parte de esa ilusión y que fue el mejor viaje de su vida, es la mejor recompensa que nosotros podemos tener”.

Mazza no reniega de la tecnología. La usa. Ese mismo día necesitaba definir dónde convenía alojar a unas pasajeras que viajarían a una exposición en París y recurrió a la inteligencia artificial para analizar ubicaciones, distancias y alternativas según los aeropuertos. Es una herramienta que incorporó al trabajo cotidiano y que permite resolver consultas que antes demandaban mucho más tiempo.

Pero una cosa es usar tecnología y otra muy distinta entregarle el viaje.

Ahí Carolina marca el límite. Una plataforma puede encontrar una tarifa, comparar hoteles o armar un itinerario en segundos. Lo que no puede hacer es conocer realmente al pasajero, interpretar sus temores, anticiparse a determinadas necesidades o responder cuando algo sale mal a miles de kilómetros de casa.

Ese es el terreno en el que Mazza Turismo pretende competir. No contra la inteligencia artificial, sino con algo que la tecnología todavía no puede ofrecer: experiencia, criterio y respaldo humano.

“Vos sabés que atrás hay alguien de la agencia que está atento”, explica. Si surge una duda con un transfer, cambia un vuelo o aparece un problema en destino, hay una persona que conoce la operación y puede intervenir. “Eso es impagable”.

La transformación digital no necesariamente condena a las agencias de viajes, pero sí las obliga a justificar mejor su existencia. Emitir un pasaje dejó de ser suficiente porque el pasajero puede hacerlo solo. El valor está en saber qué conviene, conocer aquello que Google no siempre cuenta, anticipar problemas y tener capacidad de respuesta cuando el viaje deja de funcionar como estaba previsto.

Viajar también es parte del trabajo

En Mazza hay una concepción particular de la capacitación: viajar es trabajar.

No solamente porque permite conocer hoteles y destinos, sino porque proporciona una clase de información que difícilmente aparece completa en una pantalla.

Carolina lo explica con detalles concretos. Saber qué recorrido encontrará el pasajero al bajar de un avión, dónde está Migraciones, hacia qué lado debe caminar para retirar una valija, en qué piso encontrará un transfer o cuál es la conexión más sencilla puede parecer información menor hasta que uno aterriza cansado, en un aeropuerto desconocido y a miles de kilómetros de casa.

Ese conocimiento acumulado se convierte en capital de la empresa.

“Gran parte de esas capacitaciones para nosotros son los viajes. Para nosotros viajar es trabajo, porque lo replicamos después en eso que el pasajero necesita”.

Por eso, cuando arma equipos, Carolina pone primero una condición que no aparece en ningún sistema de reservas: calidad humana.

Después vienen la formación profesional, la geografía, las tarifas, la economía, los medios de pago, los sistemas específicos como Amadeus y una capacitación permanente que exige saber cada vez más sobre un mundo enorme. Pero el conocimiento técnico no compensa un mal trato.

“Un pasajero puede perdonarte cualquier cosa menos que vos no lo trates bien”, afirma.

Liderar es hacer crecer al otro

Su concepción del liderazgo sigue la misma lógica. Carolina no cree en el jefe que necesita que todas las decisiones pasen por su escritorio. Para ella, conducir significa ayudar a los demás a crecer, abrir espacios para que puedan desarrollarse y dar libertad para trabajar sin perder el control necesario de una organización.

También reivindica la cercanía. Entiende que debe existir respeto entre quien conduce y su equipo, pero no una distancia artificial. Una relación humana sólida, sostiene, puede mejorar incluso ese respeto y fortalecer el compromiso con la empresa.

Hay una experiencia personal detrás de esa mirada. Cuando tuvo que hacerse cargo del turismo después de la muerte de su tía, fueron precisamente los integrantes de aquel equipo quienes la ayudaron a entender rápidamente el negocio y sacar adelante una operación gigantesca.

Casi treinta años después, dirige intentando que el conocimiento no quede encerrado en la cabeza de una sola persona.

Paraguay: la decisión de cruzar el Paraná

La apertura de una oficina en Encarnación es la decisión empresarial más importante de esta nueva etapa de Mazza Turismo. Después de décadas de liderazgo en Misiones, la compañía cruza el Paraná y comienza a pensarse como una empresa regional.

Carolina viene observando la transformación de Paraguay desde hace tiempo y utiliza a Encarnación como la medida más cercana de ese cambio.

Recuerda una ciudad muy diferente. Años atrás, dice, desde la costa paraguaya se veía a Posadas como una gran concentración de luces mientras Encarnación conservaba una escala mucho menor. Hoy esa distancia se redujo drásticamente. “Vos mirás desde el río Encarnación y es una gran ciudad”.

Su lectura va más allá de la transformación urbana. Ve a Paraguay como un país en pleno desarrollo y entiende que allí existe un mercado suficientemente importante como para justificar la expansión.

Mazza, además, no desembarca como una marca completamente desconocida. Ya tiene clientes paraguayos y décadas de presencia en una región donde las fronteras comerciales son bastante más porosas que las administrativas. También hay consumidores de Posadas que compran servicios en Paraguay, lo que agrega otra oportunidad para la nueva oficina.

La apuesta es utilizar uno de los activos más importantes construidos durante casi siete décadas -la reputación- para competir en un mercado nuevo.

“Que tengan también la confianza de decir: una empresa tan seria como Mazza ahora está en Paraguay y yo puedo ir a comprar allá”, explica.

La frase vuelve a conectar el presente con el origen. El abuelo recibía dinero porque la gente confiaba en que regresaría con la moneda encargada. Décadas después, la empresa pretende cruzar otra frontera apoyándose en el mismo intangible.

La apuesta paraguaya también permite asomarse a la mirada que Carolina tiene sobre el clima de negocios argentino.

No romantiza la tarea empresaria en ninguno de los dos países, pero cuando habla de Argentina identifica un problema recurrente: la dificultad para proyectar. “Acá es muy difícil. No imposible, pero difícil”.

En turismo, los cambios económicos y regulatorios tienen impacto inmediato. Un nuevo impuesto o una modificación en la forma de liquidar una operación obliga a tocar sistemas, rehacer presupuestos, recalcular precios y explicar al cliente por qué una cotización realizada pocos días antes ya no puede sostenerse.

Carolina cuestiona especialmente la forma en que muchas veces se implementan las decisiones. Una norma puede anunciarse un viernes o un sábado y comenzar a regir inmediatamente, mientras las empresas todavía no tienen sistemas preparados para aplicarla.

Para una actividad que vende con anticipación y opera en monedas diferentes, esa incertidumbre se multiplica. El pasajero que pidió una cotización el viernes puede volver el lunes y encontrarse con otro precio sin que la empresa haya modificado un solo componente del viaje.

“Uno no puede proyectar”, resume.

Paraguay aparece, en ese contexto, como una oportunidad de crecimiento y también como una diversificación geográfica para una compañía acostumbrada a navegar la volatilidad argentina. No significa abandonar Misiones. Significa ensanchar el mercado.

La expansión hacia Encarnación coincide con otro movimiento decisivo: la incorporación de la cuarta generación familiar.

Pilar, hija de Carolina, tiene 30 años. Es arquitecta, pero eligió trabajar en turismo y hoy está al frente del área de Disney. También asumirá responsabilidades en la nueva sucursal paraguaya.

Su historia dentro de la empresa comenzó mucho antes de que pudiera decidir una profesión.

Cuando tenía alrededor de tres años acompañaba a su madre a las reuniones informativas sobre Disney. Carolina debía trabajar y la llevaba con ella. La niña se sentaba y escuchaba.

Una tarde, una amiga del abuelo llegó a la oficina y, jugando, le preguntó si podía venderle un viaje a China. La respuesta de Pilar quedó en la memoria familiar:

“Señora, yo de China no sé nada. Pero si quiere le vendo un viaje a Disney”. Tenía tres años.

El supuesto cliente decidió escucharla y Pilar comenzó a explicarle los programas que tantas veces había oído presentar a su madre. Hoy dirige justamente esa área y comienza a tomar mayores responsabilidades dentro de la empresa.

Para Carolina, la llegada de una nueva generación aporta algo indispensable: otra velocidad.

Cuando ella comenzó, la publicidad se hacía en los diarios. Hoy alguien puede decidir un viaje después de ver una historia de Instagram. Muchos clientes ni siquiera pisan la oficina y completan prácticamente toda la operación por WhatsApp.

Pilar creció dentro de ese lenguaje digital. Herramientas que para una generación requieren adaptación son naturales para la siguiente.

Carolina no lo vive como una amenaza a su forma de conducir, sino como un complemento. La empresa familiar empieza a preparar la sucesión incorporando conocimiento nuevo sin desprenderse de la experiencia acumulada.

El desafío es enorme. Muchas compañías familiares consiguen crear riqueza; bastante menos logran transferirla junto con la cultura empresarial que permitió generarla.

Mazza está entrando en esa etapa.

La obsesión por no perder el liderazgo

Después de tantas crisis, cambios tecnológicos y transformaciones del mercado, Carolina reconoce que hay algo que sigue empujándola. Pasión, primero. Orgullo, después.

“Sé que soy la empresa líder en el mercado y no quiero perder ese liderazgo”.

No lo plantea como una posición adquirida para siempre. Al contrario. Sabe que sostenerla obliga a moverse, abrir destinos, encontrar productos, incorporar tecnología y buscar nuevos mercados. Paraguay forma parte de esa lógica.

También aparece la responsabilidad de construir una empresa suficientemente grande para que la generación que viene encuentre oportunidades dentro de ella. Carolina tiene tres hijos y no descarta que los otros dos puedan incorporarse en algún momento.

“Me gusta donde estoy y quiero seguir ahí y quiero seguir creciendo”, afirma.

No es una mala definición de competitividad empresarial: llegar primero puede ser difícil; permanecer obliga a empezar de nuevo casi todos los días.

Cuando la conversación sale finalmente de los balances, los pasajeros y los destinos, aparece una Carolina mucho más personal.

¿Qué la hace sentir orgullosa?

La primera respuesta es su familia.

Después habla de su propia vida. No fue sencilla. Además de las pérdidas que marcaron su ingreso al turismo, tuvo que criar prácticamente sola a sus tres hijos después de que el padre muriera cuando eran pequeños. Con el tiempo reconstruyó su vida afectiva, pero recuerda aquellos años como otra etapa en la que no había demasiado margen para detenerse.

No cuenta esa historia desde la queja.

La utiliza para explicar una forma de mirar la vida. “Estamos en este mundo para eso. No podemos pasar por la vida amargados, por más que nos pasen cosas que no sean las más lindas”, dice.

Hay algo de esa filosofía en la empresa que dirige. El turismo, después de todo, comercializa uno de los bienes más particulares de la economía: experiencias que las personas esperan convertir en recuerdos.

Carolina lleva casi treinta años organizando esos momentos para otros mientras construía su propia historia entre aeropuertos, hijos, pasajeros, empleados, crisis y decisiones empresariales.

Cuando mira hacia atrás no habla primero de facturación, cantidad de pasajeros o sucursales. Dice que ama lo que hace.

Y quizá allí esté una de las claves para entender cómo una empresa consigue atravesar casi siete décadas y llegar a la cuarta generación sin convertirse simplemente en una reliquia familiar.

Los negocios necesitan números, profesionalización, tecnología, equipos y estrategia. Las empresas que quieren sobrevivir durante generaciones necesitan algo más difícil: conseguir que quienes vienen detrás todavía quieran formar parte de la historia. Ese es, probablemente, el verdadero patrimonio empresario que Carolina Mazza recibió de las generaciones anteriores y que ahora intenta entregar a la siguiente.

Compartí esta noticia !

Rige el nuevo Régimen Penal Juvenil: ¿Qué cambia entre los chicos y la Justicia?

Compartí esta noticia !

La frase circuló durante meses en colegios, en grupos de WhatsApp, en debates de medianoche en las redes. “Soy menor, no me pasa nada.”

El sábado, esa frase dejó de tener respaldo legal. La Ley 27.801, el nuevo Régimen Penal Juvenil, entró en vigor y reemplazó un decreto de la última dictadura militar que llevaba 46 años regulando la justicia de menores en Argentina. Es la reforma más importante en ese campo desde 1980.

Lo que el debate público simplificó hasta deformarlo es exactamente lo que los especialistas más repiten: bajar la edad de imputabilidad no significa que los chicos van a ir presos. Y entender por qué eso es así requiere entender qué cambió  y qué no.

La Ley 27.801, promulgada mediante el Decreto 138/2026 en marzo y vigente desde el 5 de septiembre de 2026, establece: baja de la edad de imputabilidad de 16 a 14 años · penas máximas de 15 años para adolescentes (independientemente del delito); prohibición de penas perpetuas;  prioridad de medidas socioeducativas sobre la privación de libertad; responsabilidad civil de los padres o tutores por los daños causados; derecho a defensa en todo proceso; trabajo interinstitucional con salud; educación, desarrollo social y deporte. Aprobada en el Senado con 44 votos a favor, 27 en contra y una abstención.

Desde Posadas, la fiscal correccional y de menores María Laura Álvez es una de las voces que viene trabajando en la implementación provincial desde marzo. Su primera aclaración es también la más necesaria.

“Bajar la edad no significa meter chicos presos. Esa es una lectura muy reducida de la ley. Este nuevo régimen penal viene a pensar al Estado en términos de adolescentes. El joven tiene que comprender que sus actos tienen consecuencias y asumir la responsabilidad de ellos. Pero también hay una respuesta del Estado que está orientada a su educación, resocialización e integración social.”

¿Qué cambia entonces para un chico de 14 o 15 años que comete un delito? La respuesta depende de la gravedad del hecho. El nuevo régimen establece una escala que el juez de Oberá David Milicich, hasta octubre de 2025 fiscal penal juvenil, explicó con precisión clínica.

Delitos leves

penas de 1 a 3 años

Hurto, amenazas, daños, lesiones leves. Nunca se aplica prisión. El juez está obligado a reemplazarla por medidas socioeducativas: amonestación formal, conciliación con la víctima, reparación del daño, tareas comunitarias o tobillera electrónica. El adolescente no va a un instituto, pero sí atraviesa un proceso penal real, con imputación y antecedente.

Delitos medios

penas de 3 a 10 años

La privación de libertad es la última opción. Primero se evalúan medidas socioeducativas. Si se llega a la prisión, puede ser domiciliaria o en un establecimiento de semilibertad.

Delitos graves

penas de 10 a 15 años

El máximo absoluto para cualquier adolescente es 15 años, sin importar el delito. Un homicidio agravado con pena perpetua para un adulto tiene techo de 15 años para un menor. La privación de libertad completa, en un instituto cerrado como la UP4 en Posadas, es la última de las últimas opciones.

“La finalidad no es la pena de prisión. La finalidad es poder trabajar en medidas que impliquen la pena de prisión como última de las últimas opciones. En Misiones venimos trabajando desde marzo en un protocolo interinstitucional con el Poder Ejecutivo, municipalidades, Ministerio de Desarrollo Social, de Salud, y otros actores que atraviesan la vida de los adolescentes.” explica el Juez Milicich. 

Misiones tiene una sola unidad de alojamiento de jóvenes en conflicto con la ley penal: la UP4, unidad correccional y de menores en Posadas. El sistema judicial que trabajará el nuevo régimen en la provincia incluye dos juzgados correccionales y de menores en Posadas, uno en Puerto Rico, uno en Eldorado y uno en Oberá — cada uno con su fiscalía y defensoría correspondiente. La estructura no cambia. Lo que cambia es la franja etaria que abarca.

Hay otro cambio que casi no apareció en la cobertura mediática y que los especialistas señalan como uno de los más relevantes en términos de garantías. El Dr. Eduardo Paredes, abogado del fuero penal, es categórico: 

“Antes, por una mala interpretación de los jueces, si un chico era denunciado por algún hecho y el juez consideraba que estaba en riesgo, podía disponerlo (internarlo)  sin derecho a defensa. Ahora, por lo menos, si algo se puede sacar a favor es que le permite defenderse en un proceso, en un juicio.”

Esa es la dimensión que el debate político ignoró casi completamente: la ley anterior, el decreto de la dictadura de 1980,  permitía que un juez “dispusiera” de un menor sin proceso, sin defensa, sin imputación formal. Un chico podía terminar en un reformatorio sin que nadie lo acusara formalmente de nada, simplemente porque el juez lo consideraba “en riesgo”. El nuevo régimen, al crear un proceso penal con garantías, también crea derechos donde antes no había ninguno.

Álvez lo confirma desde la fiscalía: la ley prevé que el niño tenga un abogado, que sea escuchado, y que la víctima también tenga intervención activa en el proceso. “Nosotros ya lo veníamos trabajando. Esta ley no es nueva para nosotros. Hace años que venimos trabajando desde el juzgado correccional con los menores.”

¿Y los padres? La ley establece con precisión la distinción entre responsabilidad penal y civil.

“En la cuestión penal tiene que quedar claro que el único responsable es quien comete el delito, o quien está acusado de cometerlo. Los padres, tíos o abuelos — dependiendo de la situación de cada joven — son responsables del resarcimiento civil. Por ejemplo: si un adolescente prende fuego un auto, puede ser acusado del delito de daño. Pero la víctima que pierde el vehículo puede reclamar a los padres, porque el adolescente no va a tener los medios económicos para resarcir ese daño.” explica el Juez David Milicich desde Oberá. 

La fiscal Álvez agrega otro elemento clave en la implementación provincial: el trabajo con un gabinete interdisciplinario que conoce la realidad familiar, educativa y social del adolescente, evalúa si tiene consumo problemático, y articula con educación, salud, deporte y trabajo para su reinserción. “Lo importante repite  es responsabilizar al menor. Que entienda que sus acciones tienen consecuencias y que pueda estudiar, tener acceso a la salud, al deporte. No llevarlo y meterlo preso.”

Hasta aquí, la lectura institucional. El abogado Eduardo Parede, introduce una mirada diferente y más incómoda.

“Estrictamente no va a cambiar nada. El porcentaje de niños menores de 16 años que cometen delitos es despreciable. Es un falso problema. Hay todo un estudio sociológico de la utilización del discurso penal como parte de la agenda política partidaria. Argentina pasó de tener una tasa de 60 presos cada 100.000 habitantes, muy cercana a los países nórdicos, a bordear los 300 cada 100.000. Y la tasa de homicidios en este momento es, luego de Canadá, la más baja de América. No tenemos una población de alta conflictividad. Los niños cometen muy pocos delitos.”

El argumento de Paredes tiene respaldo estadístico. El Fuero Penal Juvenil de Mendoza  uno de los pocos que publicó datos desagregados durante el debate registró 427 adolescentes involucrados en delitos durante todo 2023, y 349 en 2024. Más del 60% de los casos correspondió a robos y hurtos. Los delitos contra las personas representaron entre el 5% y el 6% del total. Y la participación conjunta con adultos no fue mayoritaria, lo que relativizó el argumento de que los menores fueran usados sistemáticamente por organizaciones criminales.

Lo que dice el derecho internacional: el Comité de los Derechos del Niño de la ONU establece los 14 años como umbral mínimo aceptable en su Observación General N°24 (2019), pero exhortó expresamente a los Estados cuya edad mínima sea superior a no reducirla. La nueva ley argentina llega exactamente al piso recomendado no lo viola, pero tampoco lo supera. En la región, Chile, Colombia y Perú tienen imputabilidad desde los 14 años. Brasil fija penas recién a partir de los 18, aunque con privación de libertad especial desde los 12 en casos graves.

“Los chicos que están en todo el sistema punitivo son los más vulnerables, los más pobres. Y el Estado tampoco tiene, ni acá ni en el centro del país,  los recursos necesarios. Una institución como la cárcel no le va a ayudar en nada, porque el chico que tiene conflictos con la ley penal ya vive en zonas conflictivas. Eso no lo va a cambiar la ley. Lo que cambia eso tiene que ver con la promoción social. El discurso penal siempre es falso.” define el Dr. Paredes categóricamente. 

Tres lecturas distintas sobre la misma ley. La fiscal que ve en el nuevo régimen una herramienta más precisa para trabajar con adolescentes en conflicto. El juez que explica la escala de medidas con precisión técnica y confía en el protocolo interinstitucional que Misiones viene construyendo desde marzo. Y el abogado que señala que el problema real no es la edad de imputabilidad sino la vulnerabilidad estructural de los chicos que terminan en el sistema penal y, que ninguna ley, por sí sola, va a resolver eso.

Lo que empezó el 5 de septiembre no es el fin del debate. Es, en todo caso, el comienzo de la parte más difícil: la implementación.

Compartí esta noticia !

La sangría continúa: Misiones perdió casi $ 1 billón desde diciembre de 2023

Compartí esta noticia !

Entramos en el cierre del tercer trimestre y la economía real no da señales claras de recomposición. En abril, el ministro de Economía, Luis Caputo afirmó que “los próximos 18 meses serán los mejores que Argentina haya visto en las últimas décadas”, pero ya transcurrieron mayo, junio, julio y agosto sin que se registren mejoras significativas. Mientras la economía continúa transitando un escenario de fuerte heterogeneidad sectorial, las cajas provinciales siguen sangrando.

Si se observan las tres principales fuentes de financiamiento de Misiones, la situación muestra comportamientos dispares entre sus componentes, aunque el resultado general es claramente negativo. Los fondos provenientes de transferencias automáticas (principalmente coparticipación) dejaron de caer, pero tampoco exhiben una recuperación sostenida: cerraron agosto con una variación real interanual del 0,0%. A su vez, las transferencias no automáticas nacionales crecieron 388% interanual, aunque ese salto constituye, en buena medida, un espejismo estadístico debido a una base de comparación históricamente baja y no representa una mejora sustancial para las cuentas provinciales.

Por su parte, y aquí aparece quizás el dato más grave de la situación fiscal, la recaudación propia de Misiones cayó 21,4% real en el octavo mes del año, acumulando dieciocho meses consecutivos de bajas. De ellas, trece fueron de doble dígito y cinco de los últimos ocho meses superaron el -20,0%. Si se agrupan esas tres fuentes de financiamiento, Misiones recibió en agosto un total de $ 315.285 millones, una cifra que se ubicó 6,3% por debajo, en términos reales, de igual mes del año anterior.

Agosto refleja, en parte, una dinámica que atraviesa todo el año y que no se limita a ese mes puntual. Si el análisis se extiende al acumulado de los primeros ocho meses de 2026, el panorama no sólo no mejora, sino que se profundiza. Entre enero y agosto, Misiones recibió por los tres conceptos mencionados un total de $ 2.399.132 millones que, medidos en moneda constante, representan una caída del 6,6% respecto de igual período de 2025.

Ese descenso equivale a una pérdida de $ 180.501 millones en lo que va del año. Pero lo más relevante es su composición: las transferencias automáticas registran una baja del 1,1%, con una pérdida cercana a los $ 19.000 millones; los envíos no automáticos crecen lo suficiente como para recuperar poco más de $ 38.000 millones, mientras que la recaudación propia se desploma 20,6%, provocando una pérdida de $ 200.300 millones.

Si 2026 muestra un desempeño negativo respecto de 2025, la comparación con los años anteriores permite dimensionar aún más la magnitud del deterioro. Frente a 2024, los recursos caen 5,5%, explicado en su totalidad por el descenso de la recaudación propia. Pero contra 2023, la merma alcanza el 20,4%: las transferencias automáticas retroceden 11,0%, las no automáticas se desploman 65,4% y la recaudación propia cae 30,9%. ¿El resultado? Una pérdida de recursos que asciende a $ 659.212 millones a precios actuales. Poco más de la mitad de ese deterioro (52%) se explica por la caída de la recaudación local, mientras que el 48% restante corresponde al descenso de los fondos nacionales.

Para comprender mejor la situación actual, resulta útil observar el ingreso total promedio mensual de los tres componentes agrupados, siempre medidos en moneda constante. En 2023 alcanzaba los $ 404.250 millones; cayó a $ 340.603 millones en 2024, mostró una leve recuperación hasta los $ 344.411 millones en 2025 y volvió a descender a $ 321.848 millones en lo que va de 2026. Es decir, los recursos vuelven a caer incluso después de la tenue recuperación observada el año pasado.

Sin embargo, existen diferencias importantes entre los distintos componentes. Las transferencias automáticas replican el patrón general, aunque con menor intensidad: pasaron de un promedio mensual de $ 246.011 millones en 2023 a $ 211.945 millones en 2024; luego mostraron una recuperación parcial hasta los $ 221.172 millones en 2025 y volvieron a descender a $ 218.837 millones en 2026.

La recaudación propia, en cambio, no dejó de perder terreno en ningún tramo. Pasó de $ 139.846 millones mensuales en 2023 a $ 125.000 millones en 2024; luego descendió a $ 121.692 millones en 2025 y apenas alcanza los $ 96.646 millones en lo que va de 2026. Se trata de una caída ininterrumpida año tras año y de un deterioro que todavía no encuentra piso.

Las transferencias no automáticas constituyen el capítulo más drástico en términos relativos. De un promedio mensual de $ 18.392 millones en 2023 se hundieron por debajo de los $ 4.000 millones desde 2024 en adelante, aunque en 2026 alcanzan los $ 6.365 millones debido a ciertos desembolsos puntuales. Aun así, permanecen muy lejos de los niveles registrados en 2023.

Esta distinción entre los tres conceptos no es un detalle técnico, sino una de las claves para comprender qué está ocurriendo en Misiones. Las transferencias automáticas y la recaudación propia dependen, en última instancia, del nivel de actividad económica. Las primeras se nutren de impuestos nacionales como IVA y Ganancias, cuyos niveles están vinculados a la evolución del consumo y la producción; la segunda tiene como principal pilar a Ingresos Brutos, un impuesto directamente asociado al desempeño del comercio, la industria y los servicios locales.

El programa económico nacional, centrado desde diciembre de 2023 en el ajuste fiscal y el objetivo de déficit cero, provocó primero una severa recesión en 2024 que hundió ambos conceptos. Desde 2025, en tanto, convive con una recuperación de la actividad que el propio INDEC describe como heterogénea: los sectores que más traccionan el crecimiento agregado (como minería, agro e intermediación financiera) generan una menor base imponible provincial y tienen menor impacto sobre el empleo, mientras que la industria, el comercio minorista y la construcción, actividades con mayor peso en la generación de recursos para una provincia como Misiones, continúan rezagadas o directamente en retroceso. Por eso la recaudación propia no logra siquiera estabilizarse y continúa sin encontrar un piso.

Las transferencias no automáticas, en cambio, responden a otra lógica. No dependen directamente del ciclo económico, sino fundamentalmente de una decisión política. Fueron uno de los instrumentos más rápidos y directos utilizados por el gobierno nacional para reducir el gasto y, por esa razón, su derrumbe es el más pronunciado y estructural de los tres componentes, sin señales de una reversión sostenida.

Puesto en números concretos, el costo acumulado de esta dinámica es contundente. Desde diciembre de 2023 hasta agosto de 2026, la provincia registra una pérdida acumulada de $ 970.509 millones en moneda constante, equivalente a un promedio de $ 29.409 millones perdidos por mes. De ese total, la recaudación propia explica la mayor porción: $ 468.038 millones, casi la mitad de la pérdida acumulada. Las transferencias automáticas representan otros $ 286.123 millones de pérdida y las no automáticas, $ 216.348 millones.

Esa distribución confirma el diagnóstico: el 77% del golpe que recibe la provincia se explica por un modelo económico que no logra reactivar de manera suficiente el consumo, la producción y los sectores con mayor impacto territorial, mientras que el 23% restante responde al fuerte recorte de las transferencias discrecionales decidido por la Nación como parte de su estrategia de ajuste fiscal.

El resultado, a casi mil días del inicio del gobierno libertario, es una provincia que administra $ 970.500 millones menos de recursos, en moneda constante, de los que hubiera dispuesto de sostenerse la trayectoria previa. Así, la dinámica reciente demuestra que, lejos de cerrarse, esa brecha continúa abierta.

Compartí esta noticia !

El Gobierno contra el espejo

Compartí esta noticia !

Esta semana, Nicolás Lantos publicó en El Destape una nota con un título difícil de olvidar: “Cómo robarse un continente”.

La hipótesis era bastante más grande que la provocación del título. La disputa por el poder ya no puede pensarse solamente en términos electorales o institucionales. Hay una secuencia: primero se captura la conversación pública, después la elección, luego el Estado y, finalmente, aquello que define el poder real de un territorio: sus recursos y sus datos. La pregunta quedó abierta.

Y desde entonces fueron apareciendo piezas. Algunas parecen pertenecer a la economía. Otras, a la política exterior. Otras, a las redes sociales, a la seguridad, a las instituciones o a la tecnología. Separadas, pueden parecer episodios sin relación. Juntas empiezan a dibujar un mapa.

No necesariamente el de un plan secreto. El de una lógica.

Una lógica en la que el poder ya no se disputa solamente por quién administra el Estado, sino también por quién controla la conversación, quién define las reglas, quién administra los recursos y quién consigue convertir sus intereses en sentido común.

Del territorio a las reglas

Ahí apareció Próspera. En una nota publicada hace unas semanas, “De Próspera a Buenos Aires: las nuevas fronteras del experimento tecnolibertario”, planteábamos justamente esa discusión: qué ocurre cuando las fronteras entre Estado, territorio, capital y tecnología empiezan a volverse más difusas.

Próspera no es Argentina y Argentina no es Próspera. La comparación no busca establecer una equivalencia que no existe. Sirve para mirar una transformación más amplia: la idea de que el territorio puede convertirse también en un laboratorio de nuevas reglas para el capital, la tecnología y la organización social.

Por eso el problema excede a Javier Milei.También por eso resulta insuficiente explicar todo por su personalidad. Llamarlo loco introduce otra dimensión: quizás haya que mirar menos al personaje y más a la época que lo produjo. Y cabe en este punto analizar una tensión central: qué sucede cuando las convicciones políticas chocan con una realidad que no necesariamente se acomoda a ellas.

El experimento libertario no nació en el vacío.Forma parte de una época en la que las plataformas, los grandes capitales tecnológicos, la inteligencia artificial y las nuevas formas de circulación de información están modificando también la forma de hacer política. Y ahí es donde el mapa argentino empieza a ponerse interesante.

Cuando X deja de ser una redHay un episodio que parece menor hasta que se lo mira desde esta perspectiva. El responsable del área de comunicación digital del Gobierno publicó en X acusaciones contra China a propósito de la tragedia ocurrida en Nepal. La reacción de la embajada china convirtió el posteo en un incidente diplomático.

El problema no es solamente lo que dijo. Es el lugar desde donde lo dijo.Porque cuando una publicación de un funcionario oficial puede convertirse en política exterior antes de pasar por los canales diplomáticos tradicionales, X deja de ser simplemente una herramienta de comunicación. Pasa a ser parte del dispositivo de gobierno.

La frase que nos había quedado de ese episodio empieza a tener otra dimensión: Gobiernan como si todavía estuvieran en X. O, incluso: No es que gobiernan desde X. Es que X parece gobernar la política exterior argentina.

Y eso no ocurre solamente hacia afuera. El Estado también es territorio de disputa

La escena de la sala de prensa de la Casa Rosada es otro episodio difícil de leer aisladamente. Periodistas acreditados encontraron cajones y pertenencias revisados y denunciaron la desaparición de objetos. La investigación quedó en manos de las autoridades correspondientes.

No sabemos quién entró.No sabemos por qué.Y no hay que inventarlo.

Pero el episodio se produjo en un contexto previo de restricciones al acceso de la prensa y de una relación cada vez más conflictiva entre el Gobierno y periodistas. Por eso importa menos el valor de lo que desapareció que el lugar donde ocurrió y el clima en el que ocurrió.

La Biblioteca del Congreso ofrece otra escena. Una designación cuestionada (nombraron a un funcionario acusado de fraude electoral y que tiene una perimetral por violencia de género), trabajadores que denuncian desplazamientos y una disputa política alrededor de una institución que debería exceder las lógicas partidarias.

De nuevo: no son necesariamente piezas de un mismo operativo. Pero sí pueden leerse como síntomas de una misma tensión:la frontera entre partido, Gobierno y Estado se vuelve cada vez más difícil de distinguir.

Y ahí aparece una de las contradicciones más fuertes del experimento libertario.

El discurso promete reducir el Estado. Pero reducir el Estado no significa necesariamente reducir el poder. Puede significar también redefinir dónde queda concentrado.

Mientras tanto, la realidad insiste

Hay otro espejo que cuesta bastante más controlar: la economía. El Gobierno sostiene como uno de sus principales logros el superávit fiscal. Pero la caída de la recaudación obligó en agosto a profundizar el ajuste para sostenerlo. Y mientras se discuten porcentajes y resultados fiscales, aparecen los datos sobre el endeudamiento de los hogares.

El trabajo del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE) — una consultora rosarina que analiza información económica y financiera a partir de datos oficiales y registros del sistema— muestra una expansión de la deuda familiar y un aumento de personas que ingresaron en mora después de haber atravesado al menos doce meses sin registros de incumplimiento.

No hace falta transformar esta nota en una tesis económica. El dato alcanza para formular una contradicción política: un modelo que necesita seguir ajustando para demostrar que funciona mientras una parte de la sociedad necesita endeudarse para sostener su vida cotidiana.

La discusión, entonces, deja de ser solamente cuánto mide el déficit.

Pasa a ser qué sociedad está produciendo el equilibrio fiscal.

Y la respuesta de Milei, al menos en Iguazú, fue redoblar la apuesta sobre el relato.

Un día después de la cadena nacional por Malvinas, ante empresarios y ejecutivos de finanzas reunidos en Puerto Iguazú, el Presidente volvió a defender su programa económico y reivindicó aquella frase de campaña:

“Al final sí soy especialista en crecimiento con y sin dinero”. También aseguró que la economía crece, que los salarios y el empleo mejoran y que en 2027 volverá a ganar.

La escena resulta casi perfecta. Mientras afuera se discuten endeudamiento, ajuste y dificultades para llegar a fin de mes, adentro de un encuentro con empresarios Milei vuelve a colocar el foco en el éxito del modelo y en su capacidad para conducirlo.

El espejo vuelve a mostrar dos imágenes distintas.

Y entonces aparece Malvinas

Malvinas es otro episodio. Importante, sí. Pero justamente por eso sirve para mirar el mecanismo. Después de los dichos de Donald Trump sobre la posibilidad de revisar la posición estadounidense respecto de las islas, Milei convirtió la cuestión Malvinas en el eje de una cadena nacional.

Habló de sanciones a empresas que exploten recursos sin autorización argentina, de una base naval en Tierra del Fuego, de Defensa, del Atlántico Sur, de la Antártida y de seguridad nacional.

En el discurso, la soberanía territorial terminó conectada con recursos naturales, infraestructura, tecnología e inteligencia artificial.

Otra vez, varias dimensiones del mapa aparecieron juntas. Pero lo más interesante ocurrió después. Monitor Digital, que analiza la conversación en redes y medios, registró que la cadena sobre Malvinas tuvo 36.900 menciones únicas, convirtiéndose en la tercera de menor volumen entre las 16 cadenas nacionales analizadas. La conversación quedó además 60,8% por debajo de la primera cadena de Milei, en diciembre de 2023.

No significa que Malvinas no haya generado conversación. La generó. El problema es otro: el tema logró instalarse mejor que el Presidente como acontecimiento político.

La conversación sobre Milei estuvo dominada por la política, con un volumen muy superior al de los asuntos internacionales y la economía. Y otro dato resulta especialmente interesante: Chile adquirió un protagonismo inesperado, incluso por encima de Inglaterra y comparable al de Trump, producto de la superposición entre la relación Milei-Kast, la disputa por Magallanes y la cadena sobre Malvinas.

La cadena consiguió agenda. Pero el sentimiento sobre Milei siguió siendo negativo: el análisis de Monitor cerró la jornada con un NSR de -67 y señaló un deterioro acumulado del 24,5%.La conclusión es incómoda: Milei consiguió recuperar Malvinas como tema propio, pero no consiguió convertirla en capital reputacional. Y eso vuelve a llevarnos al mismo lugar. Instalar una conversación no significa controlar su significado.

La política como espejoQuizás por eso convenga volver a aquella pregunta inicial: ¿cómo se roba un continente? Porque hoy el territorio ya no puede pensarse solamente como tierra. También son territorio político los datos, las plataformas, las instituciones, los recursos naturales, la infraestructura y las reglas.

La disputa tampoco ocurre solamente dentro del Congreso o en una elección.

Ocurre en X.En una embajada.

En una cadena nacional.En una sala de prensa.En una designación administrativa.

En una base naval.

En una discusión sobre petróleo.

En la capacidad de una familia para pagar sus deudas.

Y hasta en la manera en que un Gobierno decide qué parte de la realidad merece ser mostrada y cuál necesita ser reemplazada por otra conversación.

Ahí el mapa empieza a cerrar. No porque todo haya sido diseñado por una misma mano. Sino porque los mismos conceptos aparecen una y otra vez: poder, territorio, recursos, tecnología, soberanía, Estado y comunicación.

El Gobierno de Milei llegó para destruir una forma de Estado. Pero en el camino está construyendo otra.

Un Estado que se retira de algunas funciones mientras busca ampliar otras.

Que reduce gasto pero no fortalece áreas estratégicas. Que denuncia a las élites tradicionales mientras se acerca a nuevos centros de poder económico y tecnológico.

Que reivindica la soberanía mientras profundiza una relación de alineamiento con Washington.

Que convirtió las redes en territorio político y ahora descubre que también pueden devolverle una imagen que no controla.

Por eso el título. El Gobierno contra el espejo. Porque quizás el problema no sea que Milei no tenga un relato. Lo tiene.

El problema es que cada vez hay más cosas que se reflejan en el espejo y no terminan de parecerse a él. Y ahí, finalmente, vuelve la pregunta que abrió este recorrido.

No solamente cómo se roba un continente. Sino qué ocurre cuando la disputa por un continente también es una disputa por quién controla sus recursos, sus datos, sus reglas, sus instituciones y, sobre todo, quién consigue decidir qué realidad estamos mirando.

Compartí esta noticia !

A2/AD en el Atlántico Sur: la estrategia militar que Argentina necesita (y no está usando)

Compartí esta noticia !

Hay una pregunta que la dirigencia argentina evita hace más de cuarenta años, desde que perdimos la guerra de 1982: ¿Con qué defendemos el mar que decimos que es nuestro?. La respuesta incómoda es que hoy, en términos de barcos, no tenemos con qué. Cuatro destructores diseñados en los años 80; media docena de corbetas que esperan modernización hace una década, y ni un solo submarino en condiciones de navegar: el último, el ARA Santa Cruz, se encuentra desde hace más de una década esperando su reparación en el astillero Tandanor.

Esa foto, lejos de mejorar, acaba de sumar una novedad: A fines de agosto de 2026 la ARA (Armada argentina) anunció el retiro definitivo de los cinco Super Étendard, los aviones más modernos con los que contaba la aviación naval, sin que exista todavía un reemplazo a la vista.

Frente a ese diagnóstico existen dos salidas: resignarse, o soñar con una flota que nunca vamos a poder pagar. Este artículo propone una tercera vía, que ya está probada en otras partes del mundo por países que tampoco pueden competir barco por barco con las grandes potencias.: No hace falta tener la marina más grande para defender el mar propio. Hace falta volverlo caro de invadir.

El error de pensar la defensa como espejo del enemigo

Desde Malvinas, buena parte de la conversación sobre defensa argentina quedó atada a una idea: recuperar soberanía plena sobre el Atlántico Sur significa reconstruir una flota que pueda pelear de igual a igual contra la Royal Navy británica. Es una idea noble, y también una trampa. Ningún presupuesto argentino previsible –y menos todavía en tiempos de ajuste, cuando hasta la compra de helicópteros navales quedó cancelada por falta de fondos– alcanza para igualar a una potencia que gasta en defensa lo que Argentina gasta en varios rubros del Estado juntos.

En el Golfo Pérsico, Irán –una potencia media, con un presupuesto de defensa muy inferior al de Estados Unidos– logró durante décadas que la marina más poderosa del planeta piense dos veces antes de operar libremente en sus aguas. No lo consiguió con acorazados ni con portaaviones. Lo consiguió con una combinación barata y descentralizada: cientos de lanchas rápidas armadas, dispersas y fáciles de reemplazar; minas navales; misiles antibuque lanzados desde tierra; y drones. Nada de eso, por separado, vence a una potencia naval. Pero Jjuntos, la obligan a operar con miedo, gastando fortunas en defenderse de un enemigo que no arriesga casi nada material cuando ataca.

Este mismo año ese sistema fue puesto a prueba en un enfrentamiento directo contra Estados Unidos e Israel, y –más allá de la valoración política que cada uno tenga sobre el régimen iraní– la lección estratégica quedó demostrada: se puede sostener una postura disuasoria seria sin tener una flota comparable a la del adversario.

Lanchas patrulleras rápidas de la IRGC

La palabra técnica para esto es doctrina de “anti acceso y denegación de área” (A2/AD, por su sigla en inglés). Suena complicado, pero la idea es simple, casi de sentido común: En vez de intentar ganar una guerra naval convencional, que ya sabemos que no podemos ganar, se trata de hacer que el enemigo ni siquiera quiera empezarla.

Lo que Argentina sí tiene, y no estamos usando

Lo interesante es que el principio iraní no es exclusivo de Irán ni del Golfo Pérsico. Funciona en cualquier lugar donde la geografía impone un cuello de botella. Un paso angosto por donde cualquier fuerza extranjera tiene que pasar sí o sí para llegar a destino. Y acá está lo que muchas veces se pasa por alto: Argentina tiene los suyos.

El Estrecho de Magallanes es el paso obligado entre el océano Atlántico y el Pacífico en el extremo sur del continente. El Mar de Hoces, mejor pero mal conocido como Pasaje de Drake, entre Tierra del Fuego y la Antártida, es la vía natural de aproximación hacia el continente blanco donde Argentina mantiene un reclamo de soberanía vigente y una presencia ininterrumpida desde hace más de un siglo. Ninguno de los dos tiene la importancia comercial global del Golfo Pérsico –por ahí no pasa el petróleo del mundo– pero ambos concentran el paso hacia y desde una región donde tenemos intereses soberanos concretos: Malvinas, Georgias, Sandwich del Sur y el sector antártico argentino.

Esa geografía, hoy está prácticamente desguarnecida. Y es, paradójicamente, uno de nuestros mayores activos estratégicos sin explotar.

La actualidad se encarga de recordarlo todas las semanas. El 24 de agosto de este 2026, hace apenas unos días, el petrolero VS Promise de bandera británica, amarró en el puerto de Ushuaia después de cargar crudo en una monoboya de la terminal de Río Cullen, en el norte de Tierra del Fuego. El episodio disparó un cruce político entre el gobierno provincial y la administración nacional, que interviene el puerto de Ushuaia desde enero. Pero lo más revelador no fue esa pelea, sino la contradicción de fondo: la misma provincia que después salió a denunciar el amarre como una afrenta a la soberanía había autorizado, a través de su propia Secretaría de Hidrocarburos y Energía, que ese buque británico cargara petróleo en la monoboya de Río Cullen, bajo jurisdicción provincial. Primero se habilita el negocio; después, cuando el barco toca puerto y hay cámaras, aparece el discurso soberano. Ese doble estándar es tan parte del problema como la falta de barcos. Mientras no haya una política sostenida y coherente, ni siquiera dentro de una misma provincia, cualquier reclamo de soberanía corre el riesgo de quedar en pose. Aclaro, este doble estándar no es nuevo ni exclusivo de la gobernación de Tierra del Fuego AIAS. La dirigencia política argentina hace décadas que tolera al Reino Unido cuando le conviene y se indigna sólo cuando es presionada a hacerlo.

Construir de a poco, sin repetir el error de siempre

El error más frecuente en la Argentina cuando se habla de rearme es discutir qué comprar —(el submarino, el misil, el avión de moda)— antes de discutir en qué orden y con qué continuidad se construye una capacidad real. La historia ya nos dio esa lección y la pagamos cara: en los años 70 y 80, Argentina desarrolló el programa de submarinos más ambicioso de Sudamérica, el TR-1700. Desarrollado a fines de la década de 1970 mediante un acuerdo con la empresa alemana Thyssen Nordseewerke, el plan original contemplaba la construcción de seis submarinos de ataque convencionales —dos en Alemania y cuatro bajo licencia en el astillero Domecq García, en Argentina—, con el objetivo no solo de dotar a la Armada de una capacidad submarina de última generación, sino de sentar las bases de una industria naval nacional capaz de diseñar y fabricar tecnología militar compleja de manera autónoma. Cuarenta años después, no queda ni una sola unidad operativa. Y no fue un fracaso de ingeniería, sino por el contrario, una desidia de la clase política que no pudo sostener la decisión en el tiempo, gobierno tras gobierno.

Con esa lección en mente, la reconstrucción debería pensarse en tres etapas, de la más urgente y barata a la más cara y lenta.

Primero ver. Sin capacidad de detección (radares en la costa, aviones de patrulla, satélites propios o compartidos con aliados) no hay nada que defender, porque no se sabe qué está pasando en el mar. Es la inversión más accesible y la que más avanzada se encuentra. En agosto de 2026 la Armada lanzó el “Plan Dédalo”, un programa de reestructuración de la Aviación Naval a cinco años que contempla, entre otras cosas, la llegada de los dos aviones P-3 Orión que todavía faltan –previstos entre octubre de 2026 y junio de 2027– para completar una flota de cuatro, dedicados justamente a patrullar el mar. Es un paso, todavía insuficiente, en la dirección correcta.

P3 ORION LLEGANDO A ARG

Segundo, estar presentes sin gastar de más. Acá es donde el ejemplo iraní enseña más: en vez de apostar todo a pocos buques carísimos –que si se pierden son un golpe militar y político devastador– conviene pensar en unidades más numerosas, más baratas y más fáciles de reponer. Los cuatro patrulleros oceánicos que ya se incorporaron a la Armada son un antecedente en esa línea, aunque hoy estén pensados más para vigilar la pesca ilegal que para disuadir a una fuerza militar. Astilleros Río Santiago y Tandanor, con presupuesto y preparación adecuada, estarían en condiciones, por antecedentes e infraestructura, de construir este tipo de patrulleros. 

Tercero, tener con qué decir que no. Misiles antibuque, que podrían ser de fabricación nacional ya que en algún momento la Argentina supo tener una industria de defensa capaz de lograrlo, y en el horizonte más lejano, una fuerza submarina propia. Esta es la etapa más cara y la más difícil de sostener en el tiempo, pero también la que puede cambiar la ecuación de poder en la región.

Acá conviene ser honesto con lo que pasó esta misma semana. El mismo Plan Dédalo que trae los P-3 Orión también confirma la baja definitiva de los cinco Super Étendard Modernisé que Argentina le compró a Francia en 2018: aviones que nunca llegaron a volar en la Argentina, porque el Reino Unido bloqueó por años la venta de los cartuchos para sus asientos eyectables. Siete años después de esa compra, y sin haber resuelto nunca el problema, la Armada los da de baja sin que exista un reemplazo equivalente.

Una doctrina de disuasión barata no depende de aviones de combate carísimos, sino de misiles, drones y minas navales, mucho más baratos y más difíciles de eliminar de un solo golpe. El problema no es que se retiren los Super Étendard. El problema es, otra vez, la falta de continuidad: se gastaron años y millones en un avión que terminó varado por un veto ajeno, sin que nadie asumiera el costo político de reconocer el fracaso a tiempo ni de definir con qué se lo reemplaza en esa función disuasoria. Sin eso, lo que hoy se presenta como una modernización puede terminar siendo, simplemente, otra capacidad perdida.

El verdadero enemigo no está en el mar

Hay que decirlo sin vueltas: lo que más amenaza esta estrategia no es la falta de plata ni la falta de tecnología disponible en el mundo para comprar. Es la falta de consensos políticos que perduren en el tiempo. Ningún plan de defensa, por bueno que sea en el papel, sobrevive a un país donde cada gobierno nuevo cancela lo que empezó el anterior, como acaba de pasar con la compra de helicópteros navales, frenada por un recorte presupuestario.

El propio Plan Dédalo es un buen ejemplo de las dos caras de esta moneda. Por un lado, plantea una reorganización territorial: a partir de 2027, la histórica Base Aeronaval Punta Indio —cuna de la Aviación Naval argentina desde 1916— pasará a llamarse simplemente “Estación Aeronaval”, con el taller central concentrado en la Base Espora, en Bahía Blanca. Cerca de trescientos puestos de trabajo, entre civiles y militares, quedaron en la incertidumbre sin mencionar el enorme perjuicio evidente para el pueblo de Punta Indio. Por otro lado, es también una muestra de que hay planificación a mediano plazo, algo poco frecuente en la defensa argentina de las últimas décadas.

La etapa de “ver” –radares, aviones, satélites– es la que más avanza justamente porque es la que menos depende de sostener una misma decisión durante quince o veinte años seguidos, que es lo que necesita un programa de submarinos o de misiles para llegar a buen puerto.

Ahí está, quizás, el primer paso realista: no esperar el gran anuncio de rearme naval, sino consolidar ya, con lo que hay, la capacidad de saber qué pasa en nuestro propio mar. Y sobre esa base, si en algún momento como país nos ponemos de acuerdo en sostener una política de Estado más allá de un mandato presidencial, recién ahí avanzar hacia una capacidad de decir que no, con hechos, a cualquiera que quiera pasar por el Atlántico Sur como si fuera tierra de nadie.

Ni ingenuidad ni resignación

Ningún ejemplo extranjero se traslada perfecto. El Golfo Pérsico no es el Atlántico Sur. Por ahí pasa una porción enorme del petróleo del mundo, lo que obliga a cualquier potencia a pensarlo dos veces antes de escalar un conflicto; nuestra región austral no tiene, hoy, ese mismo peso en la mirada del mundo, pero va camino a tenerlo. Y esta estrategia tampoco alcanza sola: no sirve de nada disuadir una invasión hipotética si al mismo tiempo no sostenemos presencia real, todos los días, en los espacios que reclamamos como propios, como recuerda, otra vez, la discusión por un petrolero británico amarrado a metros del memorial a los caídos de Malvinas en Ushuaia.

Pero ninguna de esas objeciones cambia lo esencial. La ARA no necesita ser la Royal Navy. Argentina necesita ser el país al que nadie quiere atacar porque sabe que va a sangrar. Esa estrategia no cuesta lo que cuesta un portaaviones. Cuesta lo que cuesta decidir. Y en eso, todavía estamos a tiempo.

Compartí esta noticia !

Categorías

Solverwp- WordPress Theme and Plugin