Imagen de portada: de Samhain en Irlanda a la industria cultural estadounidense. Ilustración conceptual.
Halloween: nació hace 2.000 años en Irlanda, Hollywood lo convirtió en un fenómeno global y hoy mueve US$13.500 millones
Antes de ser una industria multimillonaria, Halloween era una celebración celta que marcaba el final de las cosechas y el comienzo del invierno. Su nombre ni siquiera es estadounidense: deriva de una antigua expresión cristiana. La inmigración irlandesa llevó la tradición a Estados Unidos, pero fueron el cine, la televisión y las grandes marcas los que terminaron convirtiéndola en un acontecimiento global.
Hace dos mil años, en los territorios que hoy conocemos como Irlanda, las comunidades celtas encendían grandes hogueras para despedir el verano. Habían terminado las cosechas, el ganado regresaba de los campos y comenzaba la época más difícil del año. El invierno no era simplemente una estación: era una amenaza concreta para sociedades cuya supervivencia dependía de la tierra, los alimentos almacenados y el comportamiento de la naturaleza.
Aquella noche también tenía un significado espiritual. Según las tradiciones asociadas a esa fecha, la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía más permeable. Los espíritus podían regresar y las comunidades buscaban protección mediante rituales y ofrendas.
La celebración se llamaba Samhain. No había calabazas de plástico, caramelos industriales ni películas de terror. Tampoco existía Estados Unidos.
Dos milenios después, aquella tradición se convirtió en uno de los acontecimientos comerciales más importantes del calendario estadounidense. Según la National Retail Federation (NRF), el gasto previsto para Halloween en 2026 alcanzará los US$13.500 millones, superando los US$13.100 millones del año anterior.
El recorrido entre aquellas hogueras irlandesas y semejante volumen de negocios constituye una historia extraordinaria de transformación cultural. También permite comprender uno de los mayores poderes económicos de Estados Unidos: su capacidad para tomar una tradición, convertirla en entretenimiento y exportarla al resto del planeta.
¿De dónde viene la palabra Halloween?
Halloween no es una palabra celta. Con la expansión del cristianismo, las celebraciones populares convivieron y se mezclaron con festividades del calendario cristiano. El 1 de noviembre pasó a celebrarse el Día de Todos los Santos, conocido en inglés como All Hallows’ Day.
La noche anterior recibió el nombre All Hallows’ Eve (la víspera de Todos los Santos). Con el tiempo, la expresión se contrajo en Hallowe’en y luego Halloween.
El nombre de la fiesta que hoy asociamos con brujas, monstruos y películas de terror tiene así un origen cristiano, mientras que buena parte de sus raíces culturales son anteriores al cristianismo. Durante siglos, Halloween fue fundamentalmente una tradición de Irlanda y otras regiones de las islas británicas. Para convertirse en un fenómeno internacional primero tenía que cruzar el Atlántico.
Los inmigrantes irlandeses llevaron la fiesta, Estados Unidos construyó la industria
A mediados del siglo XIX, Irlanda atravesó una de las mayores tragedias de su historia. La Gran Hambruna, iniciada en 1845, provocó muertes y una emigración masiva. Estados Unidos fue uno de los principales destinos de quienes abandonaron la isla.
Los inmigrantes llegaron con pocas pertenencias materiales, pero conservaron sus costumbres, su música, sus creencias y sus celebraciones. Entre ellas estaba Halloween.
En Irlanda se tallaban nabos para fabricar linternas asociadas a relatos sobrenaturales. En Estados Unidos, los inmigrantes encontraron un vegetal más abundante y fácil de trabajar: la calabaza. Así se popularizó la versión estadounidense de la jack-o’-lantern, hoy uno de los símbolos visuales de Halloween.
Durante el siglo XX, la celebración dejó de estar vinculada principalmente con comunidades inmigrantes. La expansión de los suburbios, el crecimiento del consumo familiar y la industria de los dulces contribuyeron a popularizar el recorrido de los niños por las casas.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el trick-or-treat (dulce o truco) se consolidó como una práctica masiva. Las empresas descubrieron una virtud comercial extraordinaria: una ocasión anual para comprar productos que, en muchos casos, se utilizarían apenas unas horas.
Hollywood: la maquinaria que convirtió una tradición en un idioma universal
Durante buena parte del siglo XX, Estados Unidos desarrolló una capacidad de influencia cultural sin precedentes. Su industria cinematográfica no solamente producía películas: también exportaba comportamientos, modelos familiares, formas de vestir, aspiraciones y celebraciones. Halloween encontró allí un vehículo perfecto.

En 1978, John Carpenter estrenó Halloween, una película de bajo presupuesto que convirtió a Michael Myers y a la noche del 31 de octubre en referencias centrales del terror contemporáneo. No inventó la celebración ni fue responsable por sí sola de su expansión, pero reforzó su asociación con una noche en que lo cotidiano podía transformarse en pesadilla.
Después llegaron otras imágenes. E.T. (1982) mostró a niños disfrazados recorriendo un suburbio estadounidense; Hocus Pocus (1993) incorporó brujas y humor familiar; The Nightmare Before Christmas (1993) transformó su universo visual en una fantasía reconocible para públicos de distintas edades.
La televisión amplificó todavía más el fenómeno. Series familiares, comedias y dibujos animados incorporaron episodios especiales de Halloween. Durante generaciones, espectadores de América Latina, Europa y Asia vieron a personajes estadounidenses decorar sus casas, elegir disfraces, organizar fiestas y salir a pedir caramelos.
El mecanismo era extraordinariamente eficaz porque no se presentaba como publicidad de una celebración. Era entretenimiento.
Los espectadores no necesitaban conocer la historia de Irlanda ni el significado de Samhain. Aprendían qué era Halloween observando cómo lo celebraban los protagonistas de sus películas y series favoritas. La cultura audiovisual consiguió que millones incorporaran una celebración extranjera a su imaginario.
La economía de Halloween: US$13.500 millones en una sola temporada

La dimensión económica permite comprender hasta qué punto una tradición cultural puede convertirse en un motor de consumo. La NRF proyecta para 2026 un gasto promedio de US$115,14 por consumidor que planea comprar para la celebración y un gasto agregado de US$13.500 millones.
El fenómeno no depende de un único producto. Los disfraces alimentan fabricantes textiles, comercios y licencias; los dulces movilizan la industria alimenticia; la decoración genera ventas estacionales; las fiestas impulsan gastronomía y entretenimiento; el cine recupera clásicos y estrena producciones.
Además, el 49% de los consumidores empezó sus compras en septiembre o antes, frente al 34% de una década atrás. La industria extendió comercialmente una celebración de una sola noche hasta convertirla en una temporada de consumo de varias semanas.
La cifra de US$13.500 millones no representa el valor mundial de Halloween: es una proyección de gasto directo de consumidores estadounidenses. No existe una medición global única y comparable que permita sumar con precisión todos los negocios relacionados.
El verdadero negocio estadounidense: exportar costumbres
Estados Unidos es una de las mayores potencias exportadoras de bienes culturales del mundo. Hollywood, las plataformas, los videojuegos y las grandes marcas conforman un ecosistema capaz de transformar referencias locales en hábitos internacionales.
Halloween es especialmente interesante porque Estados Unidos no creó la celebración. La recibió de los inmigrantes, la adaptó a sus propias costumbres y terminó convirtiendo esa versión en la más reconocible del planeta.
La secuencia tiene una lógica económica: primero se instala una imagen cultural, después se genera familiaridad y finalmente aparece el mercado.
Durante décadas, los espectadores latinoamericanos vieron Halloween en películas estadounidenses antes de que la celebración se popularizara en sus ciudades. Cuando los comercios comenzaron a ofrecer disfraces y decoraciones, buena parte del trabajo cultural ya estaba realizado. Hollywood había construido la demanda simbólica; las empresas encontraron la oportunidad de convertirla en consumo.
La globalización no produce necesariamente fiestas idénticas. Produce símbolos compartidos que cada sociedad incorpora a su manera.
De Nueva York a Posadas: una tradición que viaja sin sus raíces
En Argentina, Halloween no tiene el arraigo histórico de Irlanda o Estados Unidos. Sin embargo, su presencia se volvió reconocible en vidrieras, propuestas gastronómicas, fiestas temáticas y actividades recreativas.
En ciudades como Posadas, la fecha ofrece oportunidades para organizar eventos y desarrollar propuestas de consumo. No es necesario que la mayoría de las familias la celebre para que algunos sectores económicos encuentren allí un mercado.
Hace un siglo, las tradiciones viajaban principalmente con las personas. Hoy pueden atravesar continentes mediante películas, series, redes sociales y videojuegos. Un niño argentino puede reconocer una calabaza iluminada antes de haber oído hablar de Samhain. La imagen llega antes que la historia. Y muchas veces, el consumo llega antes que la comprensión de su significado.
Esto no implica necesariamente una pérdida cultural, pero sí revela una asimetría: no todos los países poseen la misma capacidad para convertir sus costumbres en productos culturales internacionales. Irlanda aportó las raíces. Estados Unidos construyó la maquinaria de distribución.
Irlanda intenta recuperar el protagonismo de una celebración que conquistó el mundo

Mientras Halloween se convirtió en una de las celebraciones más reconocibles de la cultura estadounidense, Irlanda reivindica su condición de lugar de origen. Su promoción turística y cultural recupera la conexión entre la fiesta contemporánea y Samhain.
El movimiento es revelador: el país donde nació la tradición busca diferenciarse de la versión comercial que Estados Unidos convirtió en un producto global. El turismo cultural permite transformar patrimonio, leyendas y celebraciones en experiencias capaces de atraer visitantes.
Irlanda no puede competir con Hollywood en producción audiovisual ni con las grandes cadenas estadounidenses en ventas de disfraces, pero posee algo que ninguna empresa puede fabricar: la autenticidad histórica de su relación con Samhain.
Una calabaza, dos mil años y la economía del poder cultural
Una comunidad agrícola creó una celebración para marcar el cambio de las estaciones. El cristianismo incorporó nuevos significados y le dio el nombre que conocemos. Los inmigrantes irlandeses la llevaron a Estados Unidos. La sociedad de consumo la convirtió en una fiesta familiar y comercial. Hollywood y la televisión difundieron sus imágenes. Las redes sociales multiplicaron su alcance.
El valor de una tradición ya no depende exclusivamente de su antigüedad o de su importancia religiosa. Depende también de su capacidad para convertirse en una historia que otros quieran contar, mirar, compartir y finalmente consumir.
Este 31 de octubre, millones de personas volverán a disfrazarse, decorar sus casas y celebrar una tradición cuyo origen probablemente desconozcan. En Estados Unidos, ese ritual movilizará un gasto estimado de US$13.500 millones.
Hace dos mil años, los celtas encendían hogueras para protegerse de la oscuridad y recibir el invierno. Hoy, aquella misma noche ilumina vidrieras, pantallas de cine y balances comerciales.
