América Latina: proveedor de alimentos en un mundo complejo
América Latina es un proveedor principal de alimentos al mundo. Actualmente su oferta enfrenta un conflicto de tendencias en la organización del orden mundial. La tendencia histórica hasta 2022 se caracterizaba por el multilateralismo político y comercial y por el crecimiento mientras que, actualmente, se desarrolla una tendencia de fragmentación del orden internacional bajo presiones geopolíticas y geoeconómicas. En ambos casos, el desarrollo sectorial en la región es prioritario por su rol en el abastecimiento de alimentos. La mayor coordinación regional y público-privada deberían formar parte de la agenda para sortear los obstáculos del corto plazo.
Por Marcela Cristini y Guillermo Bermúdez / FIEL – A mitad del año en curso, desde esta sección de Indicadores de Coyuntura, se trazó un panorama de la situación internacional de los mercados de alimentos. Entonces se destacaba que la producción y el comercio de alimentos en el mundo había pasado de una tendencia de crecimiento y esfuerzos para la solución de problemas como los de seguridad alimentaria a una tendencia de fragmentación comercial e inflación de precios al consumidor, afectando a los hogares vulnerables. Con todo, se reconocía que, bajo ambas tendencias, América Latina y la Argentina seguían mostrando importantes fortalezas como abastecedores seguros de alimentos. Desde entonces, el panorama internacional ha mantenido una complejidad cambiante que se actualiza a continuación.
Los principales problemas de los mercados internacionales siguen vigentes. Las relaciones internacionales reflejan las consecuencias de los conflictos bélicos en curso y el viraje desde el multilateralismo hacia el proteccionismo comercial en los Estados Unidos, en primer lugar, seguido por países relevantes en el contexto mundial (la Unión Europea, Japón, Reino Unido, entre otros). Este último aspecto reconoce como problema subyacente la competencia tecnológica entre los Estados Unidos y China y su influencia en el resto de los países del mundo.
Este escenario mantiene su influencia en la producción y comercio de alimentos. Hasta hace poco tiempo las principales preocupaciones referidas al sector agroindustrial en las discusiones internacionales se concentraban en los problemas globales del cambio climático y en la evolución de la seguridad alimentaria. Actualmente, aunque estos temas continúan siendo abordados en los organismos multilaterales, su prioridad ha sido empañada por los conflictos comerciales que cambiaron los orígenes de los abastecimientos en países importantes (China), a la vez que los aumentos en el precio del petróleo llevaron a cambios en la producción y procesamiento de los productos agrícolas básicos.
La evolución reciente de la producción y el comercio de alimentos permite trazar algunas perspectivas para el caso de América Latina como uno de los principales exportadores mundiales en este rubro.
Para empezar, vale recordar que la producción agrícola mundial se mantuvo en crecimiento y en lo que va del siglo su volumen aumentó en un 61%, con un patrón productivo dominado por el maíz, el trigo, el arroz y la caña de azúcar. La producción de aceites vegetales aumentó un 130% y la producción de carnes aumentó un 60% impulsada por el aumento en la producción de carne aviar. Entre los principales productores se encuentran China, India, Brasil, los Estados Unidos y la Federación Rusa. La buena noticia es que también la producción per cápita aumentó y América del Sur se sumó a ese crecimiento con un comportamiento destacado en las últimas dos décadas (Gráfico 1).
Gráfico 1

A la vez, el comercio mundial de alimentos continúa siendo una porción muy pequeña del comercio de mercaderías que no alcanza al 10% del total, con la ventaja de sufrir fluctuaciones mucho menores que las de los flujos totales, dado que se trata de consumos básicos (Gráfico 2). La dinámica de su crecimiento en los 2000 se explica por la mejora del desarrollo en los países del Asia y, más recientemente, de algunos países africanos. A medida que aumentan los ingresos de esos países, sus canastas alimentarias se completan y diversifican.
Gráfico 2

En general, los países se pueden dividir en importadores y exportadores netos de alimentos, aunque todos ellos, en mayor o menor medida, tienen producción propia. En efecto, cuando se analizan los flujos del comercio, varios de los principales productores se convierten también en importadores netos. En lo que va del siglo se ha afianzado el intercambio entre América y Europa como centros proveedores y el Asia como principal demandante.
En el caso de América Latina, su oferta es muy relevante para el mundo ya que es el mayor exportador neto y esa capacidad se ha ido ampliando en los últimos años (Gráfico 3). Actualmente provee en torno del 17% de la oferta exportadora total. A la vez, América Latina importa alimentos con una incidencia de tan sólo el 9% en el total de sus importaciones. Más allá de algunas diversificaciones hacia ofertas regionales del Asia o Europa, esas importaciones son mayormente abastecidas por países vecinos e integran el intracomercio regional.
Gráfico 3

Dentro de la oferta neta regional se destaca el liderazgo de Brasil caracterizado por la expansión de su frontera agrícola y por el aumento de su productividad. A la vez, el desacople comercial entre China y los Estados Unidos ha hecho que la primera buscase abastecedores seguros en América Latina y Brasil ha encabezado esa lista. Este hecho explica que Brasil exhiba un muy importante saldo comercial positivo con China.
En estos últimos meses, la inestabilidad económica mundial ha ido en aumento debido al mayor peso del endeudamiento de los principales países en el mundo, el aumento de la inflación internacional y el mantenimiento de las tensiones geopolíticas y geoeconómicas. El imperativo en el mercado de alimentos ha sido un regreso a la protección y ampliación de la propia producción y la construcción de alianzas que aseguren los abastecimientos.
¿Cuál será el desempeño sectorial latinoamericano más probable en ese contexto?
Ese desempeño dependerá de factores exógenos como la tendencia y variabilidad de los precios internacionales y de los costos de producción y, de forma asociada, de la demanda externa por alimentos. También dependerá de factores endógenos como el aumento de la productividad y las políticas que favorezcan el desempeño sectorial.
Con respecto a los precios, vale recordar que el trazado de sus perspectivas en los años 50 anticipaba que los precios internacionales de los productos agrícolas, junto con el resto de las materias primas, declinarían tendencialmente con respecto al de los productos manufactureros (tesis Prebisch-Singer). Las décadas siguientes mostraron ciclos de precios y volatilidad creciente, pero el aumento del consumo en los países en desarrollo sostuvo los precios agroindustriales a la vez que el cambio tecnológico redujo los costos.
Cuando los precios internacionales de los productos agropecuarios aumentan su variabilidad, muestran picos de incremento que afectan las condiciones de vida de la población mundial de menores ingresos. La incidencia de la inseguridad alimentaria se vincula a problemas de ingresos (pobreza) pero se agrava por los ciclos de los precios internacionales de los alimentos en países monoproductores o importadores netos de alimentos.
En el contexto actual, además, el incremento y la enorme volatilidad de los precios del petróleo siguen incidiendo negativamente en la actividad mundial, los costos logísticos y los costos de los fertilizantes (Gráficos 4 y 5). Paralelamente, la necesidad de cubrir la demanda de combustibles ha llevado a un aumento del uso de productos agrícolas básicos para la generación de biocombustibles.
Gráfico 4

Gráfico 5

Por su parte, el sistema alimentario mundial sigue presentando deficiencias para atender a una población mundial creciente (en 2023 se superaron los 8 mil millones de personas, con 83% en países de ingresos bajos y medios). La oferta futura debe asegurar un aumento suficiente de la productividad para poder cubrir nuevas demandas, pero a la vez deberá sortear la incidencia del cambio climático, desarrollándose de un modo más sostenible.
Los datos de FAO muestran que “entre 638 y 720 millones de personas (del 7,8 % al 8,8 % de la población mundial) padecieron hambre en 2024”. Luego del impacto negativo del COVID19 en 2020, la incidencia del hambre se redujo levemente entre 2022 y 2024. La atención humanitaria de los problemas de seguridad alimentaria también se vio disminuida por los conflictos como en Gaza y en varios países del África (guerra civil en Sudán, conflictos en República Democrática del Congo, entre otros). Los pronósticos indican que este problema no tendrá solución satisfactoria hacia 2030 como se había propuesto en los Objetivos de Desarrollo de las Naciones Unidas. África sigue siendo la región con mayores problemas.
América Latina ha recorrido un sendero favorable en los últimos años a la vez que hace su aporte significativo a la oferta mundial. Como se mencionó antes, la demanda de alimentos desde los países en desarrollo depende del crecimiento de los ingresos de su población. Si este crecimiento se detiene en un mundo fragmentado, las deficiencias de la seguridad alimentaria continuarán o se agravarán debido a la variabilidad de precios y a la desaceleración del crecimiento. En ese contexto, la oferta alimentaria de nuestra región perdería valor, a la vez que el aumento de la productividad enfrentaría serios límites de factibilidad económica.
En el mediano plazo, el descuido de los factores del cambio climático también afectará al mercado, con resultados inciertos para nuestra región. El agro genera aproximadamente el 12% de las emisiones de gases de efecto invernadero que, en el total, son dominadas por las emisiones urbanas (vehículos, uso de energía, etc.). En el caso de América Latina, su importancia como productor de alimentos determina una contribución más que proporcional (aproximadamente, 32%) que, sin embargo, resulta modesta cuando se corrige por el tamaño de su oferta. Así, el factor ambiental resulta una clave positiva de competitividad para la agroindustria de la región siempre que se controle el riesgo de deforestación.
Si el mundo fracasa en su intención de controlar los efectos del cambio climático, es probable que la oferta agrícola regional, que resultaría menos afectada, sume aún más valor a América Latina como oferente seguro, a la vez que los precios de los alimentos podrían aumentar, aunque con algún desplazamiento de la demanda.
Por último, los conflictos internacionales han puesto en evidencia la fragilidad de los abastecimientos básicos dando lugar a un nuevo escenario en el que garantizarse el acceso a oferentes seguros (aliados estratégicos) es prioritario para los países con poder de compra.
En síntesis, en el análisis precedente se mantiene la vigencia de dos tendencias para el mercado mundial de alimentos, una histórica hasta 2022 caracterizada por un mundo de multilateralismo comercial y crecimiento y otra, disruptiva del orden internacional, que se observa en el presente. En ambos casos el desarrollo del sector de alimentos en América Latina es insoslayable y la mayor coordinación regional y público-privada deberían formar parte de una agenda flexible para enfrentar la evolución de este complejo escenario.
