Buscar la inmortalidad es buscar la muerte

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“No entres dócilmente en esa noche quieta. La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día; rabia, rabia, contra la agonía de la luz”.

Entre las magníficas líneas del poema de Dylan Thomas, trasciende la esencia misma del sentido de nuestro carácter efímero. La muerte recurre a nuestro cotidiano de diferentes maneras, a veces una pérdida, a veces el simple temor de su inminencia. Pero nunca llegamos a tener una visión clara de que hay después de que ésta sea, por lo que buscamos tapar la idea de nuestro fin con cosas, atentando contra lo más valioso que nos ha regalado la evolución.

Quizás pienses que la muerte es una consecuencia inevitable de la vida, como si uno no pudiese ser sin el otro, lo cual es relativo. En el inicio de la vida, por más extraño que parezca, no existía la muerte. Para empezar, debemos tener en cuenta que la muerte no es un resultado de la vida, sino de la “pluricelularidad”. Es decir, existen seres vivos que son inmortales, pero éstos son seres unicelulares, como algunos microbios o la medusa Turritopsis Nutricula. Los seres empezaron a morir cuando pasaron de ser unicelulares a pluricelulares. Se calcula que esto empezó a ocurrir dos mil quinientos millones de años después del inicio de la vida.

En tanto a los organismos unicelulares, la reproducción consiste en la llamada “división celular”, lo cual implica que un organismo replica sus genes tal cual son en el organismo inicial, provocando seres que coexisten en nuestro planeta desde el inicio de los tiempos. En un momento dado, la vida creó seres de más de una célula, haciendo que unas dependan de otras para vivir. En su reproducción, las células no se replican a si mismas, sino que alteran la codificación del ADN en su descendencia para crear algo distinto. Este mecanismo permitió lo que hoy conocemos como evolución, un proceso sin el cual no habríamos podido afrontar las adversidades climáticas planteadas a lo largo del tiempo, haciendo de este un factor determinante en lo que nos hace humanos hoy día.

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Si algún día, mediante el avance de la ciencia o la medicina, pudiésemos alcanzar la inmortalidad, ésta quizás sea una condena para nuestra especie, ya que no podríamos crear humanos que se adapten a los cambios del contexto. Si bien esta afirmación pinta a los progenitores de altruistas, debemos de entender que no se trata de una decisión de carácter consciente, sino de un destino determinado por los genes. De manera que no nos corresponde temerle a la muerte, porque la misma, como podemos apreciar, no es sino la mas espectacular expresión de la vida.

De hecho, si no existiera la posibilidad de perecer en cualquier momento, las especies no sentirían el impulso de aprender a sobrevivir de manera eficiente para garantizar su reproducción y así la proliferación de su especie. Y, siendo que somos los únicos seres vivos que son conscientes de su fin, nuestro instinto de supervivencia está mas presente que en las demás especies, llevándonos a crear sociedades complejas destinadas a extender la expectativa de vida de sus habitantes. Creamos hospitales de alta complejidad, creamos cohetes y telescopios para buscar planetas habitables, creamos vacunas y creamos transporte, creamos la ciencia y la filosofía para buscar sentido a nuestra existencia. La psicología avala la idea de que la muerte no debe de ser motivo de terror, sino todo lo contrario, sugiere que la conciencia del fin es la impulsora de nuestra vida, llevándonos a buscar propósito y a lograr cosas que trasciendan más allá de nuestra muerte, como una obra de arte o un logro social o científico.

Hoy, es normalizado decir no temerle a la muerte, como si fuera algo de lo que nos debiéramos enorgullecer. El error se profundiza si vemos más allá de las palabras, donde escasean los que de verdad no le temen, en un curiosamente rentable contexto que aterroriza con un apocalipsis inminente; “Viaja, compra, disfruta, que quizás mañana haya un invierno nuclear”.

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En la película de Christopher Nolan (Interestelar), donde los viajes al espacio eran llevados a cabo por los astronautas, esta idea esta más que presente, regalándonos diálogos tales como: “¿Sabes por qué no podíamos enviar máquinas a estas misiones? A una máquina no se le da bien improvisar porque el miedo a morir no se puede programar. Nuestro instinto de supervivencia es nuestra mayor fuente de inspiración”. En la cita podemos ver un lazo con la actualidad, donde se busca alcanzar la “singularidad tecnológica”, o memento en el que la I.A supere a la conciencia humana. Por consiguiente, podemos destacar dos cosas: Por un lado, vemos que una máquina no tiene la necesidad trascendental de replicarse a si misma por miedo a la extinción, por lo que anoto un punto a favor del Homo Sapiens, pero, por otro lado, nos queda poner en valor la importancia de sabernos efímeros, siendo esta condición nuestra mayor cualidad.

Por último, quiero destacar el orgullo que siento de saberme mortal, porque me hace consciente de ser creador de mi propio destino y me llama a valorar cada segundo de mi existencia. Y creo que, aunque suene contradictorio, por el bien de la humanidad es necesario que dicha conciencia sea normalizada, porque creo firmemente que no somos máquinas.

“Toda la vida hubo una voz que me decía al oído ‘vive, ¡vive!’… era la muerte” Jaime Sabines. 

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