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Pregonan Liberalismo, practican proteccionismo e intervencionismo del Estado

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Contundente pero poco conocido es el caso de los países que, “por desobediencias ideológicas”, no hicieron caso a los “cantos de sirena” de los economistas e ideólogos del liberalismo, y rompieron falsos tabúes del “libre mercado” y del pseudo “eficientismo privado” a ultranza, protegiendo sus economías de la destructiva competencia externa, promovieron las mejoras sociales, y fortalecieron el rol del Estado como conductor, ordenador, e incluso partícipe activo de la economía nacional.

En el siglo XIX, EEUU, Alemania, y después Japón, fueron los más claros ejemplos de “desobediencia ideológica”, transgrediendo los tabúes “librecambistas” del liberalismo, apostando fuertemente a sus propios desarrollos industriales y tecnológicos.

El gran ideólogo en cuyas ideas forjaron sus desarrollos industriales y tecnológicos EEUU y Alemania, fue Friedrich List, alemán y estadounidense por opción, cuyo único notable libro desnuda las falsedades ideológicas en las que se fundamenta la nociva y anti industrialista doctrina liberal. De algún modo, también su pensamiento tuvo fuertes matices geopolíticos, pues dio las bases teóricas para la unificación de los pequeños Estados, los que al unirse formaron la nación germana, eso algunas décadas después, con Bismarck.

En EEUU su pensamiento fue implementado por varios presidentes, destacándose Hamilton, coincidiendo con esas ideas antes de ser difundido el pensamiento de List; pero continuadas por sucesivos gobiernos.

En Alemania fue Bismark quien años después de la muerte de List -el cual inició la Corriente Nacional del Pensamiento Económico- con sus ideas transformó la economía germana, poniendo en vigencia ese caudal de pensamientos de List, incluso para la unificación de su país.

Con muy poca difusión, o con la marginación total de sus fundamentadas ideas, otros economistas fundamentaron las gruesas falsedades y negatividades del liberalismo económico (y sus versiones acentuadas neoliberales y libertarias). Entre ellos, Aldo Ferrer y el coreano Ha Joon Chang.

Como sucedió con muchos pensadores transgresores del “pensamiento correcto dictado por el establishment”, List es muy poco conocido, pese a ser merecedor de figurar junto a otros economistas referentes de doctrinas económicas, como sí sucede con Adam Smith y con Karl Marx.

En todos esos casos, y en otros posteriormente sucedidos, las naciones que pudieron salir del subordinado rol de simples proveedores de materias primas, para ser potencias industriales y tecnológicas, evolucionando con ello de economías pobres y subdesarrolladas, al estatus de economías desarrolladas, con sensibles mejoras en el nivel de vida de sus poblaciones, lo hicieron basándose en un fuerte rol del respectivo Estado Nacional, y apostando a la industrialización y el desarrollo tecnológico.

En todos esos casos, el respectivo Estado Nacional tuvo -y tiene- posturas y acciones concretas para promover y desarrollar sus economías, mejorando además en forma muy clara, el nivel de vida de sus poblaciones.

Por el contrario, el dudosamente equilibrado mental e impresentable presidente argentino, dijo claramente, que busca DESTRUIR AL ESTADO, lo que implica destruir a Argentina, y lo está perpetrando, con un conjunto de medidas probadamente negativas y destructivas. El industricidio es uno de los ejes principales de tan perversamente antinacional plan de acción, el que claramente tiene dos objetivos.

De mínima, involucionarnos al hoy inviable país estancia, que éramos alrededor de 1900 (agregando hoy actividades extractivas, con dudoso o nulo control estatal); fungiendo como dócil colonia de poderes financieros, corporativos y geopolíticos de neto corte antinacional.

De máxima, están operando para perpetrar la disolución nacional, siendo una de las deleznables alternativas, hacernos implosionar en media docena o más, de republiquetas pobres, débiles y fácilmente saqueables.

Las mismas “recetas” fuertemente negativas, solo que no con tanta intensidad y desenfado, fueron implementadas, con similares consecuencias negativas, en precedentes gobiernos liberales, en varios períodos de nuestra historia, provocando severas crisis sociales y económicas, y poniendo a nuestro país en deplorable condición de postración geopolítica, provocada por la extrema debilidad que implica una economía primarizada, carente de industrias y de desarrollos tecnológicos estratégicos, que nos impone una débil posición de servilismo.

Al carecer de producciones propias esenciales, varias de ellas (o todas) de altos valores estratégicos, se nos empuja al muy negativo estatus de economía subdesarrollada, muy vulnerable a las presiones externas que nos empujan al subdesarrollo crónico, lo que deteriora al nivel de vida de nuestra población, y nos degrada a simple colonia de los poderes financieros transnacionales.

Además, nos condiciona el brutal nivel de endeudamiento, y con eso al acatamiento a las siempre negativas “recetas” del FMI, y a las “sugerencias” (léase órdenes) de las Potencias Atlantistas.

Entes y Estados extranjeros y locales cipayos, como factores de poder, ante las claudicaciones de soberanía que demuestran y perpetran libertarios y cómplices, ocupan los vacíos de poder que deja el actual Estado ausente y en pleno proceso de desguace, tal cual dijo explícitamente el actual presidente, quien dijo ser el topo que desde adentro, busca destruir el Estado, lo que nos está dejando inermes para impedir el saqueo liso y llano, de nuestras riquezas nacionales.

Esa cruda realidad deja a Argentina muy vulnerable ante la concreta realidad del mundo actual, en el cual las grandes potencias tecnológicas e industriales del Bloque Atlantista, pregonan y fuerzan al mundo subdesarrollado al crudo liberalismo, que esas potencias pregonan, pero no practican.

Una economía que solo producía materias primas, como lo fuimos, alrededor del Centenario (1910), era muy débil y completamente dependiente de factores de poder externos; en cuyo contexto en lo económico éramos dóciles subordinados a las imposiciones del Reino Unido, mientras que en lo político interno éramos una pseudo democracia que en realidad marginaba al pueblo en la miseria y la dependencia de una estructura semi feudal que marginaba a las grandes mayorías.

La ya poderosa oligarquía -consolidada en los gobiernos de Mitre y Sarmiento-, quienes avalaron e impulsaron las posesiones de extensos campos de la muy fértil Pampa Húmeda- detentaba la suma del poder interno, concentrando las riquezas en muy pocas manos de familias pseudo “patricias”, las cuales eran soberbias con su propio pueblo y dócilmente subordinadas a los dictados de “La Rubia Albión”.

Esos sectores oligárquicos, continuadores del unitarismo portuario de Rivadavia y sucesores endeudadores, demostraron su desprecio por el pueblo común y por la grandeza nacional, concepto básico que evidenciaron practicar, al ser impulsores del “ninguneo” de la soberanía y la integridad territorial.

Es tan burdo, brutal y cargado de malicia, el proceso de industricidio en plena deleznable perpetración, que resulta totalmente incomprensible la pasividad, casi total en la cual permanece casi toda nuestra hoy sufrida población.

Vemos, con profunda preocupación y dolor ante el gravísimo daño intencionalmente en curso de ejecución, la extrema mansedumbre general, con acciones de repudio sectoriales, que si bien son importantes, carecen de la contundencia necesaria para frenar el desguace nacional.

Entidades empresariales ultra conservadoras y embebidas de dogmático liberalismo económico, dan muestras claras de la falta de real patriotismo, apoyando medidas claramente destructivas para la economía nacional y perjudiciales para las grandes mayorías de nuestra población, o a lo sumo, haciendo edulcoradas críticas de nulos efectos concretos.

Se está en una vergonzosamente cómplice inacción -cuando no la implícita aprobación- de muchos (políticos, intelectuales, sindicalistas, empresarios, docentes, uniformados supuestamente “muy nacionalistas”, y otros), que por elemental dignidad y básico patriotismo, deberían estar frenando y revirtiendo este aquelarre destructivo, apátrida y cargado de operaciones impresentables -cuando no directamente delincuenciales, que solo la “apatía” de ciertos sectores del Poder Judicial, y los sesgados enfoques de medios de comunicación, parecen omitir o tratar con varas diferentes, según que sectores perpetran el desquicio, mientras otros sectores políticos son agredidos pese a la escasez o nulidad de elementos probatorios concretos.

Todo el conjunto de medidas económicas, claramente busca la desaparición del núcleo industrial, para primarizarnos forzosamente, y de esa forma terminar con los “malos ejemplos” de empleos formales de buen nivel, en vez de la informalidad y bajos salarios, como evidencia añorar la retrógrada oligarquía rural y otros sectores similares.

Son de recordar las miserabilidades conceptuales de Alfredo De Angeli, ex legislador neoliberal, quien se manifestó explícita y fuertemente, a favor del trabajo rural infantil, quejándose que en el campo, los niños prefieran ir a la escuela antes que trabajar; y de Luis Miguel Etchevehere, quien con sorna se refirió al desarrollo tecnológico satelital argentino, diciendo que mejor sería comprarlos a “los países que saben del tema, como Francia”, dejando de lado, con evidente malicia, no considerando el fuerte efecto multiplicador que -probadamente- tienen los desarrollos tecnológicos.

Es esa misma nefasta oligarquía, nucleada en la SRA, pero con ramificaciones diversas que se entrelazan con otros sectores de “afinidades ideológicas”, que no solo apoyó al muy nefasto “proceso”, sino que fue parte relevante y conductora ideológica del mismo, bajo la tutela de Martínez De Hoz

Cabe señalar las más nocivas medidas económicas, que entre otros daños enormes al tejido social y económico, nos empujan con total malicia, al industricidio total.
– Atraso muy acentuado en el valor del dólar, lo que encarece la producción nacional.
– Apertura comercial total, inundando el mercado argentino con productos importados.
– Acentuada caída en el nivel general de remuneraciones, lo que achica mucho el mercado comprador potencial.
– Falta casi total de acceso a financiación bancaria.
– Fuerte achicamiento del PBI, lo que provoca negativas proyecciones económicas.

Ante la pasividad o complicidad generalizada, nos llevan a ser ya un Estado fallido, como paso previo a la disolución nacional, Libertarios y secuaces, destrozan a Argentina con impresentables acciones que causan empobrecimiento masivo e implementan medidas de acentuada crueldad social, las que claramente pueden catalogarse como de genocidio económico planificado, ejecutado con premeditación y alevosía.

¿Es tan profundo el grado de confusiones e ignorancias instalados en nuestro pueblo, o será que el auténtico patriotismo pasó a ser un concepto desconocido, o burlonamente desplazado por el materialismo extremo, que se mofa de todo valor ético superior?

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Discutir la tierra en tiempo de fracking

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Para entender lo que realmente está en juego con Vaca Muerta, primero tenemos que hacer un pequeño esfuerzo didáctico porque la categoría central de este problema no es el barril que se extrae sino el barril que sobra. Imaginemos por un momento a un agricultor que cada mañana debe caminar hasta un pozo para traer agua para sus cultivos. Si el pozo está a diez metros de distancia, camina veinte metros entre ida y vuelta, llena su balde de diez litros y vuelve. Por cada diez litros que trae, invierte energía para mover veinte metros. Ese gasto es pequeño, casi despreciable, y el excedente de energía que le queda para sembrar, cosechar, regar más superficie o simplemente descansar es enorme. Pero si el pozo está a quinientos metros, entonces cada balde de diez litros le exige caminar un kilómetro entero. El esfuerzo físico que invierte para conseguir el mismo volumen de agua es abrumadoramente mayor. Al final del día, quizás ambos agricultores hayan traído la misma cantidad total de agua, pero el segundo llegará a la noche tan agotado que no le quedará energía para hacer otra cosa que no sea prepararse para repetir la misma agotadora caminata al día siguiente. Eso que acabamos de describir, con la sencillez de una metáfora campesina, es exactamente lo que los ingenieros y los físicos llaman retorno energético, o tasa de retorno energético, o más sencillamente: cuánta energía te sobra después de pagar el costo de obtenerla.

El petróleo convencional del Golfo San Jorge en sus mejores épocas, allá por los años cincuenta del siglo pasado, funcionaba como el pozo de agua a diez metros. Los datos documentados a nivel mundial para el petróleo fácil de aquella época indican tasas de retorno energético que oscilaban entre 70 a 1 y 100 a 1. Eso significa que por cada barril de energía que la industria invertía en buscar, extraer, refinar y transportar el petróleo, obtenía entre setenta y cien barriles. El excedente neto que quedaba disponible para el resto de la sociedad era de entre sesenta y nueve y noventa y nueve barriles por cada barril invertido. Ese excedente colosal es lo que permitió construir carreteras, escuelas, hospitales, industrias, sistemas de transporte público y también, por supuesto, la agricultura industrial moderna con sus fertilizantes sintéticos y sus tractores y sus cosechadoras. Vaca Muerta, en cambio, es el pozo de agua a quinientos metros. La mejor documentación disponible para el fracking en formaciones no convencionales indica tasas de retorno energético que rondan entre 5 a 1 y 8 a 1 como máximo. Por cada barril de energía invertido, se obtienen entre cinco y ocho barriles. El excedente neto que le queda a la sociedad es de entre cuatro y siete barriles por cada barril invertido. La diferencia no es marginal ni técnica ni académica: es abismal. Estamos hablando de que la eficiencia energética de nuestro sistema extractivo se desplomó entre diez y veinte veces comparada con la del petróleo convencional. Y ese desplome no es un dato curioso para especialistas: es el destino concreto del país.

Por eso el gobierno celebra récords de extracción en Vaca Muerta como si fueran sinónimo de progreso, pero lo que no dice es que esos récords son récords de cantidad bruta, no de excedente neto. Es como si el agricultor del pozo lejano celebrara que logró traer cien baldes de agua en un día sin mencionar que para lograrlo caminó cien kilómetros, llegó al borde del colapso físico, y no le quedó energía ni para cocinar su propia comida. La trampa comunicacional es gigantesca porque nuestra sociedad no está entrenada para medir categorías como retorno energético. Estamos entrenados para medir plata, y en plata Vaca Muerta puede dar números muy vistosos, especialmente cuando el precio internacional del petróleo es alto. Pero la plata es un truco contable mientras la energía es una realidad física. Se puede imprimir plata, se puede pedir prestada plata, se puede redistribuir plata. La energía que sobra después de pagar el costo de extraer la siguiente energía no se imprime, no se pide prestada, no se redistribuye: es el margen real que tiene una sociedad para hacer cualquier cosa que no sea extraer energía. Y ese margen, con Vaca Muerta, se redujo drásticamente respecto a lo que teníamos con el petróleo convencional. Por eso es completamente en vano esperar que de los récords de Vaca Muerta broten como por arte de magia nuevas escuelas, nuevas fábricas, nuevas rutas o nuevos hospitales. La energía que se lleva el fracking para seguir funcionando no es una inversión que luego retorna en forma de desarrollo. Es un costo energético que se quema en el proceso, que se disipa en forma de calor, presión, fricción y gasoil consumido por motores gigantescos. Lo que le queda al país después de ese enorme gasto es tan pequeño, tan magro, que difícilmente pueda financiar otra cosa que no sea el propio sistema extractivo y quizás algún que otro subsidio para mantener la paz social. La época en que el petróleo construía escuelas fue la época del petróleo barato y abundante. La época del fracking es la época del petróleo caro y escaso en términos netos, aunque los titulares digan lo contrario.

Ahora bien, esa reducción del excedente energético neto no queda encerrada en los pozos petroleros. Se derrama, o mejor dicho se filtra, hacia toda la economía y hacia el campo argentino en particular. El fertilizante nitrogenado que necesita la agricultura industrial para alcanzar los rindes actuales se fabrica íntegramente a partir de gas natural, el mismo gas natural que se extrae en Vaca Muerta con ese retorno energético tan bajo. Los agroquímicos, los herbicidas, los insecticidas, los fungicidas, todos son derivados del petróleo o del gas. El gasoil que mueve los tractores, las cosechadoras, los camiones que llevan el grano al puerto, todo sale de la misma cadena extractiva cuya eficiencia energética se derrumbó. Cuando el retorno energético del sistema petrolero cae de 70 a 1 a 5 a 1, el costo energético de producir una tonelada de maíz o de soja se multiplica inevitablemente. No porque los productores se vuelvan ineficientes, sino porque el insumo energético base con el que se fabrican todos los demás insumos se volvió mucho más caro en términos energéticos, es decir en el único término que importa cuando hablamos de la realidad física del planeta. La consecuencia de esto no es un aumento lineal de precios que todos sufren por igual, sino una profunda reconfiguración de quién puede producir y quién termina vendiendo su tierra. Porque el pequeño productor agropecuario, el que trabaja con márgenes ajustados, con pocas hectáreas, con maquinaria más vieja y menos capacidad de acceso al crédito, es el primero que no puede absorber el encarecimiento relativo de los insumos energéticos. Si el fertilizante cuesta el doble en términos de lo que el pequeño productor puede pagar, simplemente compra la mitad y sus rindes caen. Si el gasoil para sembrar y cosechar se lleva un porcentaje cada vez mayor de lo que espera cobrar por su cosecha, el margen se vuelve negativo. El grande, en cambio, el pool de siembra, la empresa agroindustrial, puede negociar precios por volumen, puede invertir en maquinaria de mayor eficiencia, puede acceder a coberturas financieras y puede también, y esto es lo crucial, comprar la tierra del pequeño productor cuando este no puede seguir. No por maldad, insistamos, sino por física. El pequeño productor es expulsado del sistema no por una ley malvada sino porque la ecuación energética del sistema agroindustrial moderno, construido sobre la base de petróleo barato con altísimo retorno energético, se rompió. Y lo que estamos viendo en las últimas décadas, esa concentración sostenida de la tierra en menos manos, no es un fenómeno puramente político o económico. Es también, y quizás fundamentalmente, un fenómeno energético.

Frente a este diagnóstico, la agroecología en minifundios y agricultura familiar no puede ser presentada como una vuelta romántica al pasado ni como una concesión estética a los movimientos ambientalistas. Es, en rigor, la única alternativa civilizatoria que está a la altura de la nueva realidad energética. Un sistema agroecológico diversificado, con rotación de cultivos, integración de animales, reciclaje de nutrientes, abonos verdes y control biológico de plagas, tiene una dependencia mucho menor de los insumos sintéticos fabricados con gas y petróleo. No necesita el fertilizante nitrogenado que se hace con gas de Vaca Muerta porque fija nitrógeno mediante leguminosas y recicla materia orgánica. No necesita los herbicidas derivados del petróleo porque maneja las malezas con prácticas culturales y coberturas. Su rendimiento por hectárea de un cultivo específico puede ser menor al de la agricultura industrial en un año de precios altos, pero su rendimiento energético neto por hectárea, es decir cuánta energía alimentaria obtiene en relación a la energía fósil que invierte, es abrumadoramente superior. En un mundo de petróleo barato con retorno energético altísimo, ese diferencial no importaba porque la energía fósil sobraba. En un mundo de fracking con retorno energético de 5 a 1, ese diferencial se vuelve la línea que separa la viabilidad del colapso. Por eso discutir la tierra en tiempo de fracking no puede reducirse a la vieja discusión entre latifundio y minifundio, ni a la discusión sobre derechos de propiedad, ni a la discusión sobre precios relativos y subsidios. Es una discusión mucho más profunda. Es la discusión sobre cuánta energía neta le va a quedar a este país después de pagar el costo energético de extraer la energía que necesita para funcionar. Y esa energía neta, cada vez más escasa, es la única que puede destinarse a sostener un sistema alimentario. Si seguimos insistiendo en un modelo agrícola que requiere grandes cantidades de insumos sintéticos fabricados con energía de bajo retorno, lo único que lograremos es acelerar la concentración de la tierra y la desaparición del pequeño productor, porque ese modelo solo es viable con energía baratísima y abundantísima que ya no existe. La agroecología en manos de la agricultura familiar no es una opción entre otras. Es el único camino que no requiere hipotecar el futuro energético del país para alimentar a su población. Una tierra en pocas manos, alimentada con energía ineficiente extraída a través del fracking, no es soberanía. Es una factura que estamos pasando sin querer ver, y que alguien va a tener que pagar. Y mientras tanto, los récords de Vaca Muerta seguirán sonando en los titulares, pero las escuelas seguirán sin construirse, las fábricas seguirán sin abrir sus puertas, las rutas seguirán llenas de baches, y la promesa de que el petróleo trae desarrollo quedará expuesta como lo que siempre fue en esta nueva era: un espejismo que se desvanece en cuanto uno intenta agarrarlo.

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A propósito del populismo

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El mercado jamás podrá resolver un detalle esencial. No abraza ni puede ni quiere a nadie

Diputado, le habla un hombre del interior argentino. Un misionero, igual que usted. Uno que desde hace más de veinte años trabaja en el sector privado real y representa con orgullo a su provincia desde la gastronomía y la cultura. No desde conferencias elegantes ni desde la comodidad de un despacho climatizado, sino desde la experiencia concreta de invertir, sostener empleados, pagar impuestos, atravesar crisis y seguir apostando al trabajo aun en los peores momentos del país.

Tal vez allí aparezca también una diferencia importante entre ambos recorridos. Mientras muchos de nosotros elegimos generar trabajo, abrir persianas y asumir el riesgo cotidiano de producir en la Argentina profunda, usted, luego de retirarse del tenis profesional, eligió vincularse al sector financiero, un ámbito que claro está no produce trabajo operativo real dentro de la sociedad ni construye tejido productivo concreto en la escala en que lo hacen quienes todos los días sostienen comercios, restaurantes, chacras, talleres o pequeñas empresas.

Son caminos distintos. Pero conviene mencionarlo porque resulta curioso escuchar extensas lecciones sobre “la economía real” pronunciadas desde espacios donde el capital suele desplazarse con mucha más velocidad que el esfuerzo concreto de quienes todavía dependen de vender, producir, atender clientes o llegar abiertos a fin de mes.

Por eso llama la atención cierta pedagogía del sacrificio pronunciada desde sectores acomodados que parecen haber descubierto recientemente la pobreza, aunque siempre desde una prudente distancia estética.

Porque hay algo casi refinadamente irónico en escuchar explicaciones sobre “el sinceramiento de la economía” dadas por dirigentes cuyo salario llega puntualmente todos los meses gracias al mismo Estado que cuestionan con fervor doctrinario. Resulta siempre más sencillo teorizar sobre el sufrimiento social cuando el sufrimiento ocurre lejos del propio comedor.

Y eso hoy se percibe con claridad en toda la Argentina. Se percibe en el pequeño comerciante que empieza a apagar heladeras para ahorrar electricidad. En el restaurante que reduce calidad para no espantar clientes con nuevos precios. En las familias que reorganizan silenciosamente su alimentación. En el jubilado que vuelve a mirar el costo de un medicamento como quien observa un lujo inaccesible. También se percibe en economías regionales como la yerba mate, donde el productor cobra cada vez menos por la hoja verde mientras el paquete continúa costando prácticamente lo mismo en góndola.

Allí el relato del libre mercado comienza a exhibir un problema incómodo: cuando el productor pierde, el consumidor jamás gana. El sacrificio parece detenerse siempre en el mismo lugar. Abajo.

Y quizá allí aparezca el aspecto más frío de ciertas miradas ultraliberales contemporáneas. Su dificultad para observar al ser humano por fuera de la lógica de rentabilidad. La sociedad deja entonces de ser una comunidad para convertirse en una competencia permanente donde algunos logran conservar privilegios mientras otros aprenden lentamente a naturalizar la caída.

John Maynard Keynes comprendió algo elemental que muchos liberales contemporáneos parecen olvidar: cuando una economía destruye consumo, empleo y capacidad adquisitiva de las mayorías, termina destruyéndose a sí misma. Porque el mercado no se mueve solamente por grandes capitales. Se mueve también por el pequeño comerciante, por el trabajador que consume, por la familia que todavía puede sentarse en un restaurante, comprar ropa o sostener una vida digna.

Sin demanda no existe rueda económica posible.

Por eso el keynesianismo jamás fue simplemente gasto indiscriminado como tantas veces se caricaturiza superficialmente. Fue, antes que nada, una doctrina económica que entendió algo profundamente humano: las sociedades necesitan evitar la exclusión absoluta de grandes sectores de la población porque cuando el tejido social se rompe, el daño deja de ser únicamente económico y pasa a ser civilizatorio.

Y allí emerge una pregunta moral incómoda que rara vez se formula con honestidad brutal: qué lugar ocupa el semejante dentro de un modelo que naturaliza que siempre deba existir una parte de la sociedad perdiendo para que otra pueda conservar privilegios y niveles de consumo.

Porque en el fondo determinados modelos económicos necesitan rezagados. Necesitan personas desesperadas aceptando cualquier condición para sostener salarios bajos, trabajos precarios y sistemas donde la rentabilidad siempre encuentre mano de obra disponible. Nadie imagina para sus hijos una vida de descarte. Sin embargo alguien debe hacerlo para que la maquinaria siga funcionando con eficiencia matemática y sensibilidad mínima.

Entonces el problema deja de ser solamente económico. Empieza a ser profundamente humano.

Y allí aparece algo que ciertas miradas economicistas modernas parecen olvidar: la tradición espiritual y humanista sobre la que se construyó Occidente jamás colocó al mercado en el centro de la vida humana. El Evangelio no habla de competitividad. Habla del prójimo.

“Porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber”. El Evangelio según San Mateo no pregunta primero por la rentabilidad ni por el equilibrio fiscal. Pregunta qué hicimos frente al sufrimiento del otro.

También resulta difícil no recordar aquella frase bíblica que afirma que “el amor al dinero es la raíz de todos los males”. No la riqueza. No el trabajo. No el esfuerzo individual. El amor desmedido al dinero por encima de toda dimensión humana.

El mercado no abraza ni puede ni quiere a nadie. No acompaña a un enfermo. No contiene emocionalmente a quien perdió su trabajo. No tiene misericordia ni compasión porque simplemente no fue creado para eso. El mercado calcula. Selecciona. Descarta. Y luego llama “adaptación” a las consecuencias humanas de esa lógica.

Por eso existen las sociedades. Por eso existe la política. Porque la civilización nació precisamente para impedir que la ley del más fuerte organizara completamente la vida humana.

Y quizá allí resida la diferencia más profunda entre ciertas miradas economicistas y la tradición humanista de nuestros pueblos. Unos creen que el hombre debe adaptarse al mercado aun cuando quede roto en el camino. Otros todavía creen que la economía debe estar al servicio del ser humano.

Tal vez por eso generan tanto rechazo algunos discursos pronunciados con una serenidad casi clínica frente al deterioro social, como si el hambre fuese apenas una transición estadística y no una tragedia concreta que ocurre mientras se redactan largos hilos sobre libertad económica desde una banca calefaccionada.

Y quizá toda esta discusión termine resumiéndose en aquella frase atribuida a antes de la Revolución Francesa: “si el pueblo no tiene pan, que coma tortas”.

La historia demuestra que las sociedades pueden tolerar muchas cosas. Lo que rara vez perdonan es la indiferencia volitiva.

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Magnifica Humanitas: un canto a la libertad en tiempos de algoritmos

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La historia suele repetirse, pero cada vez con nuevos protagonistas y escenarios. En 1891, León XIII publicó Rerum novarum, la encíclica que defendió al trabajador frente a la explotación industrial. Hoy, en 2026, León XIV publica Magnifica Humanitas, y el eco es el mismo: la Iglesia se planta frente a un poder que amenaza la dignidad humana. Entonces fue la máquina de vapor y la fábrica; ahora es el algoritmo y la inteligencia artificial.  

La encíclica no es un tratado técnico ni un manual de programación ética. Es un manifiesto espiritual y político que reclama recuperar lo que parece perdido: la libertad, el libre albedrío, la capacidad de decidir sin que un sistema nos condicione. 

En tiempos donde la  dirigencia política se muestra incapaz de representar y menos aún de resolver los problemas de la gente, la voz del Papa se convierte en un faro inesperado. 

La dignidad frente al poder digital 

León XIV advierte que la inteligencia artificial no es neutra. Refleja a quienes la diseñan, financian y regulan. Y si esos actores buscan poder y beneficio, la tecnología se convierte  en instrumento de dominación.  

La encíclica recuerda que la persona no es un recurso explotable. Su valor es inviolable. 

Aquí resuena el Concilio Vaticano II: Gaudium et Spes, n. 26: “La dignidad de la persona humana exige que se busque el bien común”. 

En un mundo donde los datos valen más  que las vidas, esta afirmación es revolucionaria. 

La crítica al transhumanismo y al  posthumanismo es directa: el límite humano no es un defecto, es constitutivo. Pretender superarlo con máquinas es negar la esencia misma de la humanidad. En tiempos de dirigencias que prometen progreso sin ética, el Papa recuerda que la verdadera modernidad es reconocer la dignidad de cada persona. 

Justicia social en la era digital 

La encíclica denuncia la concentración de poder en monopolios tecnológicos y la  “colonización de datos”. No es una metáfora: es la nueva forma de esclavitud. Millones de  personas trabajan en condiciones precarias para extraer minerales raros, mientras otros  millones entregan su información personal sin saberlo. 

Juan Pablo II lo había anticipado en  Laborem exercens, n. 6: “El trabajo es un bien del hombre… y no un mero instrumento de producción”. 

León XIV actualiza esa enseñanza: el trabajo no puede ser reemplazado por  algoritmos ni reducido a estadísticas. El PIB no puede ser el único parámetro de desarrollo. 

En sociedades donde la dirigencia política no ofrece soluciones, esta visión es un  recordatorio de que la justicia social no puede esperar. La encíclica propone renovar sindicatos, fortalecer comunidades y colocar al trabajador en el centro. No es nostalgia: es la única manera de evitar que la cuarta revolución industrial degrade al ser humano. 

Paz y desarme de la inteligencia artificial 

Uno de los puntos más audaces de Magnifica Humanitas es la propuesta de superar la teoría de la “guerra justa”. Francisco ya lo había insinuado en Fratelli tutti: “Hoy es muy difícil sostener los criterios racionales elaborados en otros siglos para hablar de una posible  ‘guerra justa’”. León XIV va más allá: pide desarmar la inteligencia artificial.  

La razón es clara: ningún algoritmo puede hacer moralmente aceptable la guerra. Al  contrario, su uso en armas baja el umbral moral del conflicto y deshumaniza la violencia.  En un mundo donde los líderes parecen incapaces de frenar guerras, la encíclica devuelve  la mística de la paz como horizonte posible.  

La propuesta no es ingenua. Es radical. Desarmar la IA significa sustraerla de la lógica  militar y competitiva, impedir que domine al ser humano. En tiempos de dirigencias que se resignan a la violencia, el Papa recuerda que la paz no es una utopía: es una decisión. 

Comunicación y verdad. 

La encíclica advierte sobre la manipulación algorítmica y la desinformación. Reclama una “ecología de la comunicación”. Benedicto XVI lo había dicho en Caritas in veritate: “La  sociedad de la información… debe estar orientada al bien común”.  

Hoy, esa orientación parece perdida. Las redes sociales premian la mentira, los algoritmos  refuerzan prejuicios, y la verdad se diluye en un océano de datos. León XIV propone recuperar la comunicación como servicio a la verdad. No es un detalle técnico: es la base  de la democracia.  

En tiempos donde la dirigencia política manipula más que informa, esta propuesta es un recordatorio de que la libertad depende de la verdad. Sin ella, el libre albedrío se convierte  en ilusión. 

La mística de la libertad 

Más allá de los diagnósticos, la encíclica ofrece un horizonte espiritual. La libertad no es un lujo: es un derecho inviolable. Recuperarla es recuperar la vida misma. Aquí aparece la dimensión mística: la encíclica no sólo denuncia, también invita a creer. Creer que es posible una civilización del amor. Creer que la dignidad puede vencer al poder. Creer que la justicia puede imponerse al cálculo.  

En tiempos donde la dirigencia política parece más preocupada por conservar privilegios  que por resolver necesidades, esta invitación es un acto de esperanza. La verdadera revolución es la de la conciencia: elegir la dignidad y la justicia por encima de algoritmos  y cálculos de poder. 

Magnifica Humanitas no es solo un documento religioso. Es un manifiesto  político y espiritual que reclama recuperar la libertad y el libre albedrío frente a poderes  que no representan a la gente. En tiempos de dirigencias ausentes, el Papa recuerda que la verdadera representación no está en los discursos vacíos, sino en la defensa concreta de la dignidad humana. La encíclica nos invita a creer que todavía es posible una civilización  del amor. Y en esa esperanza, quizás esté la semilla de una nueva política que devuelva a  los pueblos lo que hoy les falta: representación digna y soluciones reales.  

Porque vale la pena recuperar la vida, hay que cantar para que amanezca.

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El Gran Hermano de Milei: los riesgos detrás de los gemelos digitales sociales

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l Gobierno apuesta a sistemas de simulación social basados en inteligencia artificial y grandes volúmenes de datos. El antecedente de Holanda, donde la Justicia frenó una herramienta similar por afectar la privacidad, y el pedido de información pública presentado por Agustín Rossi abren interrogantes sobre los límites democráticos de la iniciativa.

El gobierno de Javier Milei presentó los llamados “gemelos digitales sociales” como una herramienta de modernización del Estado. La expresión suena futurista, innovadora e incluso atractiva para quienes imaginan una gestión pública más eficiente. Sin embargo, detrás del lenguaje tecnológico emerge un debate mucho más profundo: ¿qué ocurre cuando un gobierno con escasa tolerancia a la crítica y una marcada concentración de poder adquiere herramientas capaces de observar, modelar y anticipar el comportamiento de millones de personas?

Un gemelo digital es una réplica virtual de un sistema real construida a partir de grandes volúmenes de información. En la industria se utiliza para simular el funcionamiento de fábricas, redes energéticas o cadenas logísticas. Aplicado a la sociedad, el concepto adquiere otra dimensión. Significa construir modelos digitales alimentados por datos económicos, sociales, demográficos y territoriales que permitan analizar comportamientos colectivos y proyectar escenarios futuros.

Sobre el papel, la idea parece razonable. Los defensores de estas herramientas sostienen que permiten diseñar mejores políticas públicas, prever crisis, optimizar recursos y evaluar el impacto potencial de distintas decisiones gubernamentales antes de implementarlas.

Pero la misma tecnología que permite planificar también puede utilizarse para vigilar.

La historia demuestra que ninguna herramienta de acumulación masiva de información permanece neutral cuando queda en manos de gobiernos con vocación de control. Y el problema no radica exclusivamente en la tecnología, sino en el contexto político en el que se desarrolla.

Desde su llegada al poder, Javier Milei construyó una narrativa que divide a la sociedad entre aliados y enemigos. Periodistas, científicos, universidades, sindicatos, organizaciones sociales, movimientos feministas, artistas e incluso gobernadores han sido objeto de ataques sistemáticos desde las más altas esferas del Estado. La crítica política dejó de ser concebida como una práctica inherente a la democracia para convertirse, según el discurso oficial, en una amenaza a combatir.

En ese marco, resulta inevitable preguntarse cuáles serán los límites de sistemas capaces de procesar enormes cantidades de datos sobre la vida social.

Los defensores del proyecto responderán que la información será anonimizada y que existirán protocolos de protección. Son condiciones necesarias, pero no suficientes. La experiencia internacional demuestra que la acumulación de datos genera inevitablemente tensiones entre eficiencia estatal y derechos individuales.

Los antecedentes sobran.

Uno de los casos más emblemáticos ocurrió en los Países Bajos. En 2020, el Tribunal de La Haya declaró ilegal el sistema SyRI (System Risk Indication), una plataforma estatal diseñada para cruzar grandes bases de datos públicas con el objetivo de detectar posibles fraudes en programas sociales, beneficios fiscales y otras prestaciones estatales.

La justicia neerlandesa concluyó que el sistema vulneraba el derecho a la privacidad protegido por el Convenio Europeo de Derechos Humanos. El fallo advirtió que la utilización de algoritmos para elaborar perfiles de riesgo sobre los ciudadanos carecía de suficientes garantías democráticas y de mecanismos adecuados de control y transparencia.

La decisión marcó un precedente internacional. Por primera vez, un tribunal frenó una herramienta de vigilancia algorítmica estatal al considerar que los riesgos para los derechos fundamentales superaban los beneficios prometidos por la administración pública.

La enseñanza es clara: incluso en democracias consolidadas, los sistemas de análisis masivo de datos pueden derivar en prácticas incompatibles con las libertades individuales cuando no existen controles rigurosos.

La pregunta que surge entonces es inevitable. Si una democracia como la neerlandesa consideró necesario poner límites judiciales a este tipo de tecnologías, ¿qué garantías ofrece un gobierno como el argentino, que concentra decisiones, descalifica permanentemente a quienes piensan distinto y mantiene una relación cada vez más conflictiva con los mecanismos de control institucional?

Las dudas ya comenzaron a trasladarse al terreno político.

El diputado nacional Agustín Rossi presentó un pedido de acceso a la información pública para conocer detalles del proyecto impulsado por el Gobierno nacional. Entre otros puntos, solicitó información sobre los organismos involucrados, las fuentes de datos que serán utilizadas, los criterios de procesamiento de la información y los mecanismos previstos para proteger la privacidad de la ciudadanía.

El planteo resulta pertinente. Si el Estado avanza en la construcción de herramientas capaces de modelar dinámicas sociales mediante el procesamiento masivo de información, la transparencia debería ser una condición básica y no una concesión excepcional.

¿Qué datos se utilizarán? ¿Quiénes tendrán acceso a ellos? ¿Qué empresas participarán del desarrollo? ¿Qué organismos independientes auditarán el sistema? ¿Existirán mecanismos para evitar sesgos, discriminaciones o usos políticos de la información? Hasta el momento, las respuestas son escasas.

Y precisamente allí radica el principal problema.

La discusión no debería centrarse únicamente en algoritmos, inteligencia artificial o capacidad computacional. El verdadero debate es democrático. Las tecnologías nunca son neutrales. Reflejan los intereses, prioridades y objetivos de quienes las diseñan y administran.

Por eso, cuando un gobierno acumula información sobre la sociedad, la cuestión central no es qué puede hacer la herramienta, sino qué puede hacer el poder con ella.

La paradoja resulta difícil de ignorar. Una administración que se presenta como defensora de la libertad individual avanza simultáneamente hacia mecanismos que amplían la capacidad estatal de observar, registrar, analizar y predecir conductas colectivas. La libertad parece ser un principio irrenunciable cuando se trata del mercado, pero bastante más flexible cuando se trata de los datos de los ciudadanos.

No se trata de rechazar el avance tecnológico ni de promover visiones conspirativas. Sería absurdo desconocer el potencial de estas herramientas para mejorar políticas públicas. Sin embargo, también sería irresponsable ignorar los riesgos que implican cuando son impulsadas por gobiernos que muestran escasa vocación por la transparencia y el control institucional.

La experiencia internacional enseña que la frontera entre planificación y vigilancia puede ser mucho más delgada de lo que sugieren los discursos oficiales.

Por eso el interrogante central sigue abierto.

¿Estamos frente a una herramienta para construir mejores políticas públicas o ante el primer paso hacia una forma más sofisticada de monitoreo social?

George Orwell imaginó un Estado capaz de vigilar cada movimiento de sus ciudadanos a través de pantallas omnipresentes. Ocho décadas después, ya no hacen falta cámaras en cada esquina ni televisores que observen desde el living.

Alcanza con los datos.

Y el problema nunca fue la tecnología.

El problema siempre fue quién la controla.

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