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La inflación invisible: en el NEA los gastos fijos subieron 464% y le ganaron por 152 puntos al IPC

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Cuando se analiza la inflación en el país, hay muchas maneras de interpretarla en función, principalmente, del tiempo que miremos: un mes, un año, una década y también, contra qué o quién comparamos. El Gobierno de Javier Milei celebra que la suba de precios ha sido controlada, pero la realidad esconde matices que no coinciden con esa expresión de deseos. En la región del NEA tenemos una situación especial: en toda la era Milei (julio 2026 vs. noviembre de 2023) la región acumuló una inflación del 312,3%, la menor entre todas las regiones del país y también por debajo del 328,8% acumulado a nivel nacional. 

A primera vista, podría parecer una buena noticia, en términos relativos para los hogares de la región. Pero si reducimos la mirada al acumulado de este 2026 (julio vs. diciembre 2025), se da la situación inversa: el NEA tiene la más alta del país con 22,3%, por encima del 19,3% del nivel general nacional. 

Sin embargo, quedarse solamente con un número puede llevar a una conclusión equivocada porque, independiente del número que arroja el nivel general regional, la inflación no impacta de la misma manera sobre todos los hogares ni sobre todos los bienes y servicios

Cuando se desarma el índice y se observa qué componentes fueron los que más aumentaron, aparece una realidad más compleja y se advierte que en el NEA, los precios que más crecieron son precisamente aquellos que las familias tienen menos posibilidades de evitar o postergar.

Vamos a empezar con el análisis de largo plazo: el del acumulado de la era Milei. Como ya se dijo, el NEA arrastre un alza de precios del 312,3% entre noviembre 2023 y julio 2026; tomamos noviembre porque la inflación de diciembre 2023, cuando asumió el actual gobierno (y pese a quien le pese) está influenciada en su mayor porción por la devaluación de ese momento (es decir, es toda de Milei, más allá de la alta inflación que se venía teniendo meses atrás). 

Ahora bien, hacia dentro de índice, se configuran fuertes dispersiones: el caso más evidente es el de Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, componente que acumuló, en ese mismo período, una suba del 722,9%, 2,3 veces más que el aumento del nivel general de precios de la región. 

Dado que se trata de un concepto con baja posibilidad de no consumo (un hogar no puede elegir no pagar el alquiler o pagar las tarifas de luz, agua y gas) es entonces, por lejos, el principal factor que explica la distancia entre la inflación que muestra el índice y la inflación que efectivamente enfrenta buena parte de los hogares.

Ese dato no solo es malo para la región, sino que también lo es en perspectiva comparada: justamente el NEA tiene uno de los mayores incrementos en esa división de todo el país, pese a tener la más baja en el nivel general. A modo comparativo, en el total país el rubro de vivienda y servicios públicos creció acumulado 617,7%, en GBA 565,0%, en la Pampeana 636,2%, en NOA 713,8%, en Cuyo 636,2% y en la Patagonia 729,9%, siendo este última el más alto del país dejando al NEA en segundo lugar. Pero si miramos la dispersión de esa división respecto a los niveles generales de cada región, en el NEA está la mayor distancia: el rubro creció 2,3 por encima del nivel general, la mayor del país, superando al 2,2 de Patagonia y NOA. En otras palabras: la vivienda y los servicios públicos se encarecieron relativamente mucho más que en el resto del país

Mirar esta diferencia entre las velocidades de crecimiento de las divisiones respecto al nivel general nos marca el encarecimiento y/o abaratamiento relativo (los famosos precios relativos). En la era Milei, en el NEA se encarecieron relativamente Vivienda y Servicios Públicos, Salud, Transporte, Comunicación, Educación, Restaurantes y Hoteles y Bienes y servicios varios; en cambio, se abarataron relativamente los alimentos y bebidas, alcohol y tabaco, prendas de vestir y calzado, equipamiento y mantenimiento del hogar y Recreación y cultura. 

Acá vemos un importante escenario: los rubros que más se encarecieron son, mayoritariamente, los que más están presentes en el día a día de un hogar tipo como el alquiler, la luz, el agua, la garrafa de gas, los medicamentos, el transporte público, la nafta y el celular y wifi. En cambio, entre los que se abarataron relativamente son, en buena medida, aquellos sobre los que una familia puede tomar decisiones de consumo: indumentaria, equipamiento del hogar, recreación. 

Aquí la excepción en el caso de los alimentos: es una gran noticia que crezca por debajo del nivel general, ya que constituye un gasto fijo que, pese a que el hogar puede tomar decisiones de cantidades o de calidad, no puede reducir a cero el gasto en ese componente.

Esto que describimos genera una especie de ilusión estadística. El promedio general se modera porque algunos bienes pueden postergarse, reemplazarse o directamente dejar de comprarse. Una familia puede comprar menos ropa, renovar más tarde un electrodoméstico, reducir salidas o ajustar consumos. Pero hay gastos que no admiten el mismo margen de maniobra: pagar el alquiler, afrontar las tarifas, mantener determinados servicios o cubrir necesidades de salud y transporte.

Por eso, para entender qué ocurrió realmente con el poder adquisitivo en el NEA, mirar solamente el IPC general resulta insuficiente. Por eso, construimos el Índice de Gastos Fijos que reúne justamente aquellos componentes asociados a compromisos más difíciles de resignar para los hogares y allí aparece el dato central: mientras la inflación general, como decíamos antes, acumuló un alza en el NEA del 312,3% en la era Milei (la más baja del país), el gasto fijo de los hogares aumentó 464,3% (el segundo más alto del país). La diferencia entre uno y otro es de 152 puntos porcentuales y constituye la brecha más grande entre ambas mediciones entre todas las regiones del país. 

En términos relativos, el gasto fijo del NEA creció 48,7% más que su inflación general, frente a una diferencia del 27,1% para el total nacional.

Para graficarlo de manera más potente: supongamos que en noviembre de 2023 un trabajador ganaba $1 millón y llegó a julio de 2026 ganando $ 4.122.621. Eso le permitió empardar con la inflación general: técnicamente, no perdió poder adquisitivo frente al IPC. Sin embargo, si esa misma suba salarial se compara con la evolución del índice de gasto fijo, la historia cambia: en términos reales, ese trabajador perdió un 26,9% de capacidad de compra frente al conjunto de gastos ineludibles del hogar. Dicho de otro modo, aunque su salario haya empatado con la inflación general, una mayor proporción de sus ingresos debe destinarse a cubrir gastos que no puede postergar, reduciendo su ingreso disponible.

Esto nos permite llegar a la conclusión de que el NEA tuvo, acumulado entre noviembre 2023 y julio 2026, la inflación general más baja del país, pero eso no significa que haya tenido el menor impacto inflacionario sobre los hogares. De hecho, puede ocurrir exactamente lo contrario para una familia cuyo presupuesto está fuertemente concentrado en vivienda, tarifas y alimentos.

Si repasamos lo mismo, pero para el acumulado de este 2026, vemos que en este caso el NEA sí tiene la inflación más alta del país al tiempo que persisten los otros problemas. Mientras que el nivel general regional creció 22,3% en los primeros siete meses del año, el rubro de vivienda y servicios públicos lo hizo en 51,7% en la región, la más alta del país y con mucha distancia (2,3 vs. nivel general). Esto se agrava al observar que Alimentos creció también por encima del nivel general (23,2%, un punto porcentual por encima) dándole más presión a los hogares. 

En ese marco, ¿cómo queda el gasto fijo para este período? Mientras la inflación general NEA crece 22,3% en el año, el índice de gastos fijos regional crece en 38,9%, el más alto del país y por lejos, debido a que en ninguna otra región supera el 30%. Volviendo al ejemplo gráfico: si un trabajador tuvo una suba salarial igual a la inflación regional acumulada, aun así mermó 12% su capacidad para afrontar los gastos fijos del hogar; otra vez, el problema queda en el ingreso disponible.

Estas diferencias ayudan a entender por qué muchas veces existe una distancia tan grande entre los indicadores agregados y la realidad cotidiana de los hogares. El promedio estadístico puede mostrar una desaceleración o una menor inflación relativa, mientras que una familia siente que cada mes necesita una proporción mayor de sus ingresos solamente para sostener los gastos básicos. Acá aparece una cuestión particularmente relevante para una región como el NEA: el menor aumento de precios en determinados bienes de consumo puede estar asociado a una menor capacidad de los mercados regionales para trasladar aumentos a precios, producto de un menor poder adquisitivo y de estructuras comerciales diferentes a las de las regiones más concentradas, pero eso convive con una fuerte recomposición de tarifas y servicios que impacta directamente sobre los presupuestos familiares. 

En otras palabras, no todos los pesos que una familia deja de gastar en bienes postergables quedan disponibles para mejorar su calidad de vida. Muchas veces terminan siendo absorbidos por el aumento de aquellos gastos que no pueden evitarse.

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Los hombres del Norte

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La Odisea, esta vez, no fue la protagonista del cine IMAX del Centro del Conocimiento. La verdadera travesía ocurría unos metros más acá: hacerle entender al jefe de Gabinete de la Nación, Diego Santilli, que las diez provincias del Norte Grande todavía tienen demasiados reclamos pendientes.

Santilli había llegado a Posadas con una certeza llamativamente optimista. “El 90 por ciento de los planteos de los gobernadores está resuelto”, aseguró antes de entrar a la cumbre. Y cuando se le preguntó  por la crisis yerbatera -una actividad que lleva 27 meses en rojo, según el semáforo de Coninagro, en coincidencia con la desregulación que impuso el presidente Javier Milei-, la respuesta pareció llegada desde otra realidad: “El dato que tengo es que la yerba está exportando mucho”.

No era exactamente la película que estaban viendo los gobernadores.

Uno tras otro, mientras ingresaban al hall del IMAX donde se realizaría la cumbre del Norte Grande, los mandatarios fueron dejando en claro que entre la mirada de Buenos Aires y lo que ocurre de este lado del mapa todavía hay una distancia considerable. Gas, energía, rutas, infraestructura, producción, empleo y recursos: la agenda que llevaban bajo el brazo estaba bastante lejos de ese 90 por ciento de problemas resueltos.

Quizás por eso la referencia a La Odisea resulte más apropiada de lo previsto. Porque el problema del Norte Grande no parece ser solamente llegar a destino. Primero hay que conseguir que desde el centro del poder reconozcan cuánto falta todavía para llegar. 

La cumbre sirvió para enumerar reclamos y cerró con un compromiso de Santilli de revisar un mecanismo de compensación para las tarifas eléctricas del Norte a cambio de los votos para suprimir subsidios en zonas no frías. No mucho más. 

El gobernador de Tucumán, Osvaldo Jaldo, dejó claro que entre el conformismo de Santilli y la posición de los gobernadores hay un abismo. “Hoy la Argentina no está bien. Lo único que se hizo fue mejorar algunas variables macroeconómicas, pero ese mejoramiento no llegó abajo, no llegó a la gente, no llegó a la microeconomía”, advirtió. 

Para el mandatario tucumano, el deterioro se refleja especialmente en los ingresos y en el creciente peso de las deudas familiares: “Hoy los sueldos, aquel que tiene la posibilidad de tener un empleo, no llegan a fin de mes; y también el que tiene un empleo tiene un nivel de endeudamiento importante”

En ese escenario, señaló como problemas centrales “los salarios bajos, las faltas de incrementos salariales y, ni qué hablar, los niveles de desocupación que tiene hoy la Argentina”.

Los propios datos oficiales validan la preocupación de los gobernadores, porque se desmarcan de las celebraciones abstractas del Presidente y su equipo económico. 

En mayo cerraron 2.371 empresas en la Argentina. No es una fotografía aislada: la cantidad de empresas lleva 16 meses consecutivos en caída.

La comparación interanual es todavía más contundente. Hay 16.560 empresas menos que en mayo de 2025, una contracción del 3,3%, y ya se acumulan 27 caídas interanuales consecutivas. Es decir, no se trata de un tropiezo coyuntural ni de un mal mes, sino de una tendencia que se prolonga y que todavía no encuentra un piso. La perspectiva desde el cambio de Gobierno profundiza esa lectura. Desde noviembre de 2023 desaparecieron 30.633 empresas, el 6% del total, lo que convierte al actual ciclo en la mayor caída empresaria registrada durante los primeros 30 meses de una gestión nacional.

Los números importan porque detrás de cada empresa que baja la persiana no desaparece solamente una razón social. Se pierde inversión, empleo, proveedores, consumo y capacidad productiva. Y, sobre todo, se achica esa trama de pequeñas y medianas empresas que sostiene buena parte de la economía real en las provincias.

La macroeconomía puede exhibir equilibrios que hace tiempo parecían imposibles. Pero si la estabilización no consigue detener la destrucción del tejido productivo, la pregunta deja de ser cuándo llegará la recuperación y pasa a ser cuántos quedarán en pie para protagonizarla.

En mayo el empleo registrado en el sector privado a nivel nacional presentó una caída del 0,1%, equivalente a la pérdida de unos 9.059 empleos en todo el país respecto al mes anterior, mientras que en la comparación interanual el resultado también fue negativo en -2,2% y unos 137.549 empleos menos comparados con mayo de  2025

Misiones también presentó retrocesos: según la  Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación en base SIPA. En el quinto  mes del año Misiones registró unos 96.540 trabajadores en el sector privado formal,con una baja del 0,4% contra el mes anterior, lo que equivale a la pérdida de 411 empleos, el decimosegundo mes consecutivo a la baja y la cuarta caída más alta del país (la segunda mayor en  el NEA).  

En la comparación interanual Misiones también continúa exhibiendo resultados  negativos: contra mayo de 2025, Misiones muestra un retroceso del 6,1% (-6.546 empleos), el segundo más fuerte del país.  Desde que asumió Javier Milei, Misiones acumula una pérdida de 12.324 empleos (-11,3% vs. noviembre de  2023). En este caso, la provincia presenta la quinta caída más fuerte del país y la segunda mayor del NEA (solo mejor que Formosa). 

La inflación merece una lectura parecida. Después de 32 meses de ajuste, el Gobierno nacional continúa aferrado a la premisa de que “no hay plata” como una de las condiciones necesarias para terminar de disciplinar los precios. Sin embargo, julio volvió a encender una señal de advertencia: después de tres meses consecutivos de desaceleración, el IPC subió 2,1%, contra 1,9% de junio. No es un salto dramático, pero sí una interrupción de la tendencia que el propio Gobierno exhibía como prueba del éxito de su programa.

Hay una paradoja todavía más incómoda. En los primeros siete meses de 2026 la inflación acumuló 19,3%, por encima del 17,3% registrado durante el mismo período de 2025. La interanual también volvió a acelerarse ligeramente, de 33,5% en junio a 33,8% en julio. Después de semejante esfuerzo fiscal, caída del consumo y deterioro del entramado productivo, los precios siguen aumentando. Hasta la Confederación Económica de Misiones, bastante proclive a avalar las políticas nacionales, se desmarca de Milei. La última encuesta de la entidad señala que el 77% de los empresarios considera que el rumbo económico carece de medidas para el sector pyme y las economías regionales.

Y aparece entonces una pregunta que el Gobierno todavía no termina de responder: ¿en algún momento habrá más dinero en los bolsillos para consumir, producir e invertir o el modelo es precisamente este? Porque si después de casi tres años de sacrificio la estabilidad requiere salarios contenidos, jubilaciones deterioradas, consumo débil y empresas que desaparecen, la discusión ya no es solamente cuánto bajó la inflación, sino cuál es el costo necesario para mantenerla allí.

Incluso la magnitud de esa desaceleración admite matices. Según un cálculo de la consultora Qualy, si se utilizara una canasta de consumo actualizada con la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2017/18, la inflación acumulada desde noviembre de 2023 sería de 344,3%, frente al 328,8% que arroja la medición oficial basada en ponderaciones de una estructura de consumo mucho más antigua. Son 15,5 puntos de diferencia acumulada, aunque en julio prácticamente no hubo brecha: 2,11% con la metodología oficial y 2,14% con la actualización.

Pero quizás la discusión más relevante ni siquiera esté allí. Hay una inflación visible y otra que se esconde detrás del promedio. Y esa segunda inflación explica bastante mejor la sensación cotidiana de muchos hogares.

El NEA ofrece un ejemplo contundente. Desde noviembre de 2023 hasta julio de 2026, la inflación general de la región acumuló 312,3%, la menor del país. Mirado aisladamente, el dato podría presentarse incluso como relativamente favorable. Pero dentro de ese mismo índice, Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles aumentó 722,9%: 2,3 veces el incremento del nivel general regional, como detalla Alejandro Pegoraro en su columna de Economis.

Ahí está buena parte de la inflación que no siempre aparece en el titular. Porque mientras el IPC general del NEA avanzó 312,3% durante la era Milei, los gastos fijos de los hogares acumularon una suba del 464,3%. La diferencia es crucial: una familia puede postergar una compra, cambiar una marca o dejar de salir a comer, pero tiene mucho menos margen para escapar de la electricidad, el alquiler, el agua, el transporte o los servicios esenciales. La inflación promedio desaceleró, pero la inflación de aquello que necesariamente hay que pagar todos los meses corrió bastante más rápido.

El costo de este proceso empieza a tener, además, una traducción política. Javier Milei aparece en el puesto 15 entre 18 mandatarios latinoamericanos en el último ranking de imagen elaborado por CB Global Data, con apenas 35,1% de aprobación y 62,8% de desaprobación. Casi dos de cada tres argentinos consultados tienen una valoración negativa del Presidente.

La comparación regional sirve para poner el número en perspectiva. Milei queda muy lejos del salvadoreño Nayib Bukele, que encabeza el ranking con 68,7% de aprobación; de Claudia Sheinbaum en México, con 66,5%; e incluso de Lula da Silva, que alcanza 51,9% en Brasil. El contraste con el brasileño es particularmente interesante porque representa casi la contracara del experimento argentino: mientras Milei hizo del ajuste, la motosierra y la reducción del Estado el corazón de su identidad política, Lula sostiene un modelo con mayor intervención estatal, políticas de ingresos y estímulo al mercado interno.

Hace un año, Javier Milei proyectaba que para agosto de 2026 la inflación iba a converger hacia cero. Agosto llegó y aquella meta quedó muy lejos. El Gobierno consiguió bajar drásticamente la velocidad respecto de los picos que recibió y atravesó durante el comienzo de su gestión, pero no logró extinguir la inflación y, al menos en julio, dejó de reducirla.

Ese contraste probablemente sea uno de los debates económicos que vienen. Porque después del ajuste, del equilibrio fiscal y de la estabilización, necesariamente aparece la segunda pregunta. No alcanza con discutir cuánto menos suben los precios. Hay que preguntarse cuándo volverán a crecer los ingresos, el consumo y la producción.

Y, sobre todo, cuánto tiempo puede sostenerse una economía en la que la inflación baja antes que el costo de vivir. Esa sensación de fragilidad quizás no se sienta en la Rosada o en la Quinta de Olivos, donde el presidente pasa las horas. Pero son microestallidos permanentes en el territorio que deben custodiar los gobernadores en las provincias. La suerte política de cada uno está atada indefectiblemente a una economía en la que no deciden, pero que tampoco, necesariamente, deben respaldar. 

Quizás por eso mismo los gobernadores llegaron a la cumbre de Posadas envalentonados tras la muestra de poder que significó la batalla del Senado, en la que lograron frenar la reforma de la ley de Tierras y la de Manejo del Fuego, lo que transformó la ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada diseñada por Federico Sturzenegger en una ley blandita, intrascendente. También significó un espaldarazo para el anfitrión, Hugo Passalacqua, quien encarna por estas horas su propia batalla con el nacimiento de un nuevo liderazgo político que deja atrás dos décadas de otra forma de hacer política. La señal ineludible es que esta vez no hubo “reuniones paralelas” como en otras oportunidades. Santilli, así como llegó, se fue. 

En ese nuevo liderazgo, Passalacqua proyecta una segunda mitad de mandato sobre un nuevo eje. El Presupuesto General de la Administración Pública Provincial ofrece una pista nítida sobre hacia dónde pretende orientar el Gobierno sus recursos en 2027. El cálculo global pasa de $4.045.600.921.000 en 2026 a $5.206.134.722.000 el próximo año. Son $1,16 billones adicionales, equivalentes a un incremento nominal de 28,69%. Pero el promedio, como casi siempre ocurre con los promedios, cuenta apenas una parte de la historia: detrás de ese 28,7% aparecen movimientos muy diferentes entre las principales funciones del Estado.

El dato que sobresale está en Desarrollo de la Economía. Es, por amplio margen, la partida que protagoniza el mayor salto entre las grandes funciones presupuestarias. Pasa de $354.571,9 millones en 2026 a $747.027,6 millones en 2027. Son $392.456 millones adicionales en apenas un ejercicio, una expansión de 110,7%, casi cuatro veces el ritmo al que aumenta el presupuesto provincial en su conjunto.

Ese movimiento modifica, además, el peso de la política económica dentro de la estructura del gasto. Desarrollo de la Economía representaba el 8,76% del presupuesto en 2026 y pasará a concentrar el 14,35% en 2027. Dicho de otra manera: prácticamente uno de cada siete pesos previstos para el próximo año quedará comprendido dentro de las políticas de desarrollo económico.

No es un movimiento menor ni meramente contable. Es probablemente la principal señal de orientación del primer presupuesto diseñado íntegramente para la segunda mitad del mandato de Hugo Passalacqua: en un escenario de contracción nacional, la Provincia decide aumentar considerablemente el peso relativo de las herramientas destinadas a apuntalar la actividad económica.

Eso no significa que las dos grandes columnas del gasto social pierdan recursos. Salud dispondrá de $1.249.193,7 millones, frente a los $1.002.308,9 millones presupuestados para 2026. El incremento nominal es considerable: $246.885 millones adicionales, equivalentes a 24,6%. Sin embargo, como el presupuesto total aumenta 28,7%, Salud crece por debajo del promedio y, en consecuencia, pierde ligeramente participación relativa: pasa del 24,78% al 23,99% del gasto total.

Algo muy parecido ocurre con Cultura y Educación. Su presupuesto crecerá desde $1.012.065,7 millones hasta $1.251.687,1 millones, es decir, $239.621 millones adicionales, una expansión nominal de 23,7%. Nuevamente, hay más recursos en términos nominales, pero un crecimiento inferior al del presupuesto general. Por eso su participación dentro del gasto provincial se reduce del 25,02% al 24,04%.

Aun con esa reducción relativa, Salud y Cultura y Educación continuarán absorbiendo prácticamente la mitad del presupuesto provincial. No hay, por lo tanto, un retroceso nominal de las partidas destinadas a Salud o Educación. Lo que existe es otra cosa, y quizás allí esté la lectura política más interesante de los números: el Estado provincial decide que durante 2027 el desarrollo económico gane un peso que hasta ahora no tenía dentro de la estructura presupuestaria.

Es una declaración de prioridades. Y la de 2027 parece bastante explícita: correr el centro de gravedad hacia la economía, la producción y el desarrollo.

Para eso primero será necesario aprobar el Presupuesto en la Cámara de Diputados, donde debutó el bloque del Movimiento por lo que Viene, con una inesperada primera minoría de 17 legisladores, lo que dejó Encuentro Misionero, bajo la tutela de Carlos Rovira, con apenas seis legisladores. La ausencia del conductor de la ex Renovación fue el dato saliente del reinicio de las sesiones parlamentarias. El otro es que en las próximas horas, Horacio Martínez y Heidy Schierse también dejarán de estar a su lado. El Movimiento quedará a un voto de garantizarse la sanción de las leyes que necesite e irá por la presidencia del cuerpo en diciembre. 

No quiere decir esto que la disputa política ya esté saldada y que Rovira acepte mansamente su exilio forzoso. 

Hay una tentación comprensible, pero peligrosa, de interpretar la velocidad de los acontecimientos como si la disputa por el poder en Misiones ya estuviera resuelta. Dos meses pueden alcanzar para cambiar el centro de gravedad político; difícilmente alcancen para desactivar una estructura construida durante más de veinte años.

Passalacqua parece haber elegido, por ahora, un camino distinto al del revanchismo. No hay señales de una política de tierra arrasada ni tendría demasiado sentido esperarla. El poder acumulado durante dos décadas no se desmonta de un día para otro, entre otras cosas porque buena parte del engranaje institucional, político y administrativo de la provincia fue construido durante ese mismo período.

La transición, entonces, necesariamente tendrá zonas grises. Hay dirigentes y funcionarios que expresan su alineamiento con Passalacqua pero conservan vínculos, lealtades o afectos políticos con Carlos Rovira. Es probable que muchas de ellas cambien con el tiempo. Pero la lógica elegida parece ser otra: pasos prudentes antes que una purga, acumulación antes que revancha.

También conviene resistir otra comparación tentadora: esto se parece en algunos aspectos a 2003, pero no es 2003. Y confundir ambos momentos puede conducir a errores de diagnóstico.

Hace más de dos décadas, el adversario estaba en la vereda de enfrente. Daba pelea a cara descubierta, tenía identidad política propia y competía electoralmente por el poder. El escenario actual es mucho más complejo. Rovira formó parte hasta hace semanas del mismo dispositivo político y conserva relaciones construidas durante veinte años dentro de ese universo. La frontera entre un espacio y otro todavía no está completamente dibujada.

Por eso sería prematuro escribir su epitafio. 

Rovira está herido, pero herido no significa derrotado. Mucho menos desaparecido. Su historia política demuestra una particular capacidad para reinventarse, encontrar espacios desde los cuales reconstruir poder y reunir alrededor suyo a quienes quedaron desplazados, resentidos o sin lugar. Hay algo casi napoleónico en esa lógica: saber juntar heridos para después convertirlos en héroes de guerra.

La incógnita no es solamente qué hará Rovira, sino desde dónde lo hará, con quiénes y bajo qué identidad política. Es razonable suponer que no permanecerá inmóvil. 

Por eso también resulta desacertada cualquier intervención pública que pudiera interpretarse como la certificación anticipada de su derrota. La política tiene demasiados muertos que terminaron gozando de excelente salud.

Existe además un fenómeno curioso entre algunos dirigentes: la necesidad de reemplazar rápidamente una obediencia por otra, como si el cambio político consistiera simplemente en cambiar de bozal. Salir de una estructura de poder para colocarse voluntariamente bajo otra no representa necesariamente una transformación. Más llamativo todavía es que, en muchos casos, nadie les está exigiendo hacerlo.

Passalacqua necesita construir autoridad, no reproducir automáticamente los mecanismos que pretende superar.

En ese contexto, una de las mayores amenazas para el nuevo esquema puede no ser Rovira en sí mismo, sino que la sociedad no crea que la ruptura es verdadera. Y esa interpretación puede convertirse en un problema electoral mucho más serio de lo que parece.

Para consolidar su autonomía política, el nuevo oficialismo necesita diferenciarse de Rovira. Pero, al mismo tiempo, necesita que Rovira sea visible. Una confrontación contra un adversario ausente, silencioso o deliberadamente ambiguo es mucho más difícil de explicar.

Falta mucho para las elecciones. Y quizás esa sea la medida correcta para interpretar este momento: el nuevo oficialismo ganó una fecha del campeonato; todavía está lejos de haber ganado el torneo.

La derrota, si finalmente ocurre, tendrá una medida bastante más concreta: las urnas. Y también la capacidad de Passalacqua de construir, después de ellas, un esquema político e institucional definitivamente autónomo.

Hasta entonces, probablemente haya movimientos, silencios, lealtades cruzadas, heridos que busquen refugio y dirigentes intentando descubrir dónde estará parado el poder mañana.

El lunes, el homenaje al Libertador General San Martín, marcará el inicio de una nueva etapa política. Ya se consolidó la ruptura. Ahora empieza el tiempo de una nueva gestión política. Será el tiempo del sentido común.

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Tu negocio creció ¿Tu forma de trabajar también?

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Hay profesionales que consiguieron aquello que buscaban cuando empezaron: más clientes, reconocimiento, mejores ingresos y, en muchos casos, un equipo. Sin embargo, algunos llegan a un punto en el que sienten que trabajan cada vez más. No necesariamente tienen un problema de crecimiento. Puede ocurrir que el negocio haya cambiado, pero la forma de trabajar siga respondiendo a una etapa anterior.

“Estoy trabajando más que antes.” Es una frase que escucho con bastante frecuencia. A veces la dice un médico con la agenda completa; otras, el dueño de una pequeña empresa que incorporó personas y nuevos servicios. También aparece en profesionales independientes que, después de varios años, lograron construir una buena cartera de clientes y una posición reconocida en su actividad.

Desde afuera, probablemente diríamos que les está yendo bien. Y, en muchos aspectos, es cierto.

La dificultad aparece cuando empezamos a mirar cómo funciona ese crecimiento. ¿Qué pasa si el profesional se ausenta una semana? ¿Quién puede tomar decisiones sin esperar su respuesta? ¿Cuántas cuestiones administrativas siguen dependiendo de él? ¿Cuánto de los ingresos está directamente asociado a la cantidad de horas que trabaja?

Esas preguntas suelen mostrar algo que los números de facturación no cuentan: una actividad puede haber crecido sin que haya evolucionado, en la misma medida, la manera de organizarla y conducirla.

Cuando alguien empieza una actividad profesional, es bastante razonable que haga casi todo. Atiende, responde mensajes, cobra, controla los números, resuelve problemas, habla con proveedores y toma prácticamente todas las decisiones. Esa forma de trabajar puede ser muy efectiva durante años. Permite conocer de cerca a los clientes, cuidar la calidad y reaccionar rápidamente cuando aparece un problema.

Por eso tampoco resulta sencillo modificarla. Si estar presente en cada detalle ayudó a construir una buena reputación y a conseguir resultados, es lógico que el profesional siga confiando en esa manera de hacer las cosas. El cambio empieza a ser necesario cuando aumenta el volumen, aparecen más personas, se incorporan servicios y las decisiones se multiplican.

Lo que antes podía resolver personalmente en pocos minutos comienza a ocupar una parte considerable de su jornada. Y ahí aparece una situación bastante habitual: el negocio tiene más recursos que antes, pero el profesional dispone de menos tiempo.

Facturar más no siempre significa haber construido un negocio mejor

Hay una cuenta que vale la pena hacer. Supongamos que durante el último año una actividad aumentó su facturación un 20%. El dato es positivo. Pero para entender qué significa realmente habría que saber qué ocurrió para producir ese incremento. ¿Fue necesario agregar más horas de trabajo? ¿Aumentaron los costos? ¿Se incorporaron personas? ¿El titular tiene ahora más o menos tiempo disponible? ¿Mejoró el margen? ¿El negocio puede sostener ese nivel de actividad sin depender permanentemente de su intervención?

La facturación nos cuenta una parte de la historia. La otra tiene que ver con la capacidad que se fue construyendo detrás de esos ingresos. Esto es particularmente importante en los servicios profesionales porque el tiempo tiene un peso enorme en el modelo de negocio. Un médico necesita estar frente al paciente. Un abogado debe estudiar determinados casos. Un arquitecto tiene que diseñar. Un consultor necesita intervenir personalmente en una parte de su trabajo.

Hay actividades que no pueden delegarse y, en muchos casos, tampoco tendría sentido hacerlo. La cuestión es distinguirlas de todas aquellas que siguen dependiendo del profesional simplemente porque siempre fue él quien las resolvió.

He visto consultorios con varias personas trabajando donde una decisión administrativa relativamente sencilla queda pendiente hasta que el médico termina de atender. También profesionales que incorporaron asistentes para liberar tiempo y después descubrieron que una parte importante de ese tiempo se destinaba a responder consultas del propio equipo.

No es necesariamente un problema de las personas. Muchas veces nadie definió con suficiente claridad qué puede decidir cada uno, qué resultado se espera, qué situaciones requieren una consulta y cuáles deberían resolverse sin intervención del titular. En esas condiciones, contratar permite distribuir tareas, pero no necesariamente distribuir responsabilidad.

El equipo hace. El profesional continúa decidiendo.

Con el tiempo se genera una dependencia que suele confundirse con falta de iniciativa: las personas consultan porque aprendieron que consultar es la manera más segura de trabajar. Si cada excepción termina resolviéndose arriba, lo razonable es esperar la respuesta antes de actuar.

La autonomía no aparece simplemente porque alguien diga “tenés que resolver más cosas solo”. Necesita límites, información y criterios compartidos.

La agenda llena también merece ser revisada

Durante mucho tiempo la agenda completa fue uno de los indicadores más visibles del éxito profesional. Y sigue siendo una señal importante: significa que existe demanda.

Lo que no sabemos es qué tipo de negocio hay detrás de esa agenda. Dos profesionales pueden trabajar la misma cantidad de horas y obtener resultados muy diferentes, no sólo en términos económicos. Uno puede concentrar buena parte de su tiempo en las actividades donde realmente aporta valor, contar con procesos administrativos relativamente ordenados y reservar espacio para pensar hacia dónde quiere llevar su práctica.

El otro puede atender durante las mismas horas y, entre una consulta y otra, responder mensajes, autorizar pagos, resolver cambios de agenda, revisar tareas, atender problemas internos y contestar preguntas que podrían haberse solucionado sin su participación.

Vistas desde afuera, las dos agendas están llenas.

Pero lo que se está construyendo detrás de ellas es diferente. Por eso, cuando analizo una práctica profesional, me interesa saber cuánto factura y cuánto trabaja la persona, pero también qué capacidad deja instalada ese trabajo.

Si cada paciente o cliente nuevo incorpora una cantidad equivalente de tareas para el titular, el crecimiento encontrará tarde o temprano un límite. Lo mismo ocurre cuando cada servicio nuevo agrega complejidad sin mejorar suficientemente los resultados o cuando cada incorporación al equipo aumenta la cantidad de decisiones que vuelven al profesional.

En algún momento deja de ser razonable resolver la situación agregando horas.

Cambiar la pregunta

Las personas que llegan a esta etapa suelen tener una gran capacidad de trabajo. En buena medida, llegaron hasta allí gracias a ella. Por eso decirles que necesitan organizarse mejor o esforzarse un poco más suele aportar bastante poco. Lo que necesitan revisar es otra cosa: cómo debería funcionar su actividad en la etapa profesional en la que están ahora.

Eso obliga a mirar cuestiones que durante años pudieron postergarse. Qué tareas deberían seguir dependiendo del profesional y cuáles no. Qué servicios vale la pena mantener. Qué clientes quiere atender. Cómo está utilizando su tiempo. Qué decisiones podría tomar otra persona. Qué procesos necesitan mayor claridad. Qué actividades producen ingresos pero quizás ya no resultan convenientes.

También obliga a revisar una idea bastante extendida: que crecer siempre significa agregar más: clientes, servicios, personas, presencia, facturación.

En determinadas etapas puede ser exactamente lo que hace falta. En otras, el avance puede venir de seleccionar mejor, revisar precios, simplificar servicios, ordenar procesos, transferir decisiones o proteger determinadas horas de la agenda. Incluso puede implicar rechazar oportunidades que algunos años atrás hubieran resultado atractivas.

Eso tampoco significa que todo profesional deba construir una organización grande o un negocio que funcione sin él. No todos quieren hacerlo. Un médico puede elegir deliberadamente una práctica pequeña y muy personalizada. Un abogado puede preferir trabajar con pocos casos. Un consultor puede decidir mantener una cartera reducida de clientes y participar personalmente en cada proyecto.

Son modelos perfectamente válidos si responden a una elección consciente y pueden sostenerse económica y personalmente. La dificultad aparece cuando existe una distancia cada vez mayor entre la forma de vida profesional que alguien dice querer y la manera en que organiza su trabajo todos los días.

  • Querer disponer de más tiempo mientras se siguen vendiendo todas las horas posibles de la agenda. 
  • Esperar autonomía del equipo mientras se revisa cada decisión.
  • Querer aumentar los ingresos sin revisar un modelo en el que cada peso adicional depende de sumar trabajo personal.

En esos casos, el problema ya no se resuelve únicamente trabajando mejor dentro del modelo existente. Hay que revisar el modelo.

La etapa que sigue

Hay momentos de una trayectoria profesional en los que hacer mucho es necesario. Se necesita presencia, velocidad, aprendizaje y una enorme capacidad para resolver. Pero las necesidades cambian a medida que la actividad madura. Lo que permitió ordenar los primeros años no necesariamente alcanza cuando existen más clientes, personas, compromisos y decisiones. Y reconocerlo puede resultar difícil porque implica revisar prácticas que durante mucho tiempo dieron buenos resultados.

A veces la primera señal es el cansancio. Otras veces aparece en los números: aumenta la facturación, pero también aumentan los costos, las horas y la complejidad.

También puede presentarse de una manera menos evidente. Las cosas funcionan, los clientes siguen llegando y los ingresos son razonables, pero la persona empieza a sentir que la manera en que sostiene todo eso ya no coincide con la vida profesional que quiere tener. Ese momento merece atención. No necesariamente porque haya algo que esté funcionando mal, sino porque puede estar indicando que una etapa llegó a su límite y necesita ser revisada.

Antes de buscar otro cliente, abrir un nuevo servicio o incorporar una nueva obligación, quizás convenga hacerse una pregunta más básica:

¿La forma en la que trabajo hoy puede sostener la práctica profesional que quiero tener en los próximos años?

La respuesta no siempre exige crecer más. A veces exige algo bastante más difícil: revisar decisiones que durante mucho tiempo tuvieron sentido y aceptar que algunas de ellas ya cumplieron su función.

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El gobierno que no quería unir al peronismo (y le está saliendo mal)

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Hay paradojas que la política fabrica sin proponérselo. Javier Milei quiere eliminar las PASO. Y consiguió que Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner volvieran a sentarse alrededor de una misma mesa.

No fue una reunión para proclamar la unidad del peronismo, ni para resolver de una vez sus diferencias. Fue algo bastante más concreto: coordinar una estrategia para impedir que el Gobierno elimine las PASO, una herramienta que distintos sectores consideran necesaria para ordenar la competencia electoral de cara a 2027. El encuentro reunió además a gobernadores y a los jefes parlamentarios de Unión por la Patria

Pero en política, a veces, el motivo de una reunión termina siendo tan importante como la reunión misma.

Y esta vez el motivo se llama Milei.

Porque la paradoja empieza a repetirse. El Gobierno toma una decisión para debilitar a su adversario y termina generando un punto de encuentro entre adversarios que, hasta hace no demasiado tiempo, tenían bastante más facilidad para encontrarse en una interna que frente a Milei.

No significa que el peronismo esté unido. Falta muchísimo para eso. Pero sí empiezan a aparecer coincidencias concretas.

Y las encuestas agregan una fotografía que conviene mirar con atención.

La ESPOP de la Universidad de San Andrés, realizada entre el 5 y el 11 de agosto, registra 61% de desaprobación del Gobierno contra 35% de aprobación. Al mismo tiempo, 69% de los consultados se declara insatisfecho con la marcha general del país.

Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando la encuesta pregunta por 2027.

Si las elecciones fueran hoy, el peronismo obtendría 26% y La Libertad Avanza 24%. Hay, además, un enorme 20% que todavía no sabe a quién votaría.

Dos puntos no constituyen una victoria electoral. Ni siquiera permiten afirmar que exista una tendencia irreversible. Pero muestran algo que hace un tiempo parecía bastante más difícil de imaginar: el peronismo aparece, aunque sea por una diferencia mínima, por encima del oficialismo.

Hay otro dato que merece subrayarse. El peronismo conserva el 69% del voto que obtuvo Sergio Massa en la primera vuelta de 2023. LLA, en cambio, retiene el 61% de quienes votaron a Milei, pero apenas el 38% de los votantes de Patricia Bullrich.

Es decir: el problema del Gobierno no es solamente conquistar nuevos votantes. También es conservar a los que alguna vez votaron de su lado.

Mientras tanto, la sociedad parece estar hablando de otra cosa.

Los principales problemas del país, según UdeSA, son la falta de trabajo, con 39%; los bajos salarios, con 36%; la corrupción, con 34%; y la pobreza, con 30%. Y hay un dato especialmente significativo: la preocupación por la pobreza aumentó tres puntos, mientras la preocupación por la corrupción cayó cuatro.

La realidad tiene esa mala costumbre de no respetar los guiones.

Mientras el Gobierno celebra el equilibrio fiscal, la discusión social se desplaza hacia el trabajo, el salario y la pobreza. Mientras insiste con la necesidad de ordenar la política eliminando las PASO, consigue que dirigentes enfrentados se sienten juntos para defenderlas. Y mientras intenta consolidar una mayoría política, las encuestas muestran un escenario abierto, con el oficialismo sin capacidad para despegar y un electorado opositor que todavía no encontró su forma definitiva.

No es una derrota.

Es una advertencia.

Y el Gobierno parece tener una particular habilidad para producirlas.

También ocurre fuera de nuestras fronteras.

Milei decidió involucrarse cada vez más abiertamente en la política brasileña, enfrentándose con Lula y respaldando a los Bolsonaro. Ahora, una encuesta citada por La Política Online señala que ese apoyo podría estar produciendo un efecto bastante incómodo: fortalecer las posibilidades electorales de Lula.

Otra vez la paradoja.

El Presidente argentino se mete en una elección ajena para ayudar a su aliado y puede terminar haciendo exactamente lo contrario.

Adentro ocurre algo parecido.

El ajuste sobre las universidades, la ciencia y la tecnología provocó una nueva movilización federal. Y no estamos hablando solamente de una discusión presupuestaria: en la encuesta de UdeSA, ciencia, educación y salud aparecen entre las políticas públicas con niveles de insatisfacción particularmente altos.

La sociedad tampoco parece enamorada del famoso equilibrio fiscal.

Y acá aparece nuestro querido equilibrio fiscal falopa. No porque el resultado fiscal no exista, sino porque detrás del número azul aparecen cuentas que no desaparecieron por el simple hecho de no pagarlas. La deuda flotante crece, los proveedores esperan y recursos que tienen destinos específicos son retenidos para sostener el resultado.

El Excel puede cerrar.

La realidad, no siempre.

Y quizá por eso el dato más interesante de esta encuesta no sea siquiera ese empate técnico entre peronismo y LLA.

Es el 20% que todavía no sabe.

Porque ahí está la disputa que viene.

El Gobierno conserva un núcleo duro importante. La oposición todavía tiene internas, diferencias y problemas para construir una alternativa común. Nadie tiene la elección ganada.

Pero mientras Milei intenta ordenar el escenario a su conveniencia, sus propias decisiones empiezan a producir algo que no estaba en el plan: motivos concretos para que sectores enfrentados encuentren puntos de coincidencia.

No hace falta exagerar.

No hace falta anunciar la unidad del peronismo.

Alcanza con mirar la foto.

Kicillof, Massa y Máximo sentados en la misma mesa para defender las PASO. Una encuesta que coloca al peronismo apenas arriba de LLA. Otra que ubica a tres dirigentes opositores por encima de Milei en imagen positiva. Una sociedad que vuelve a señalar trabajo, salarios y pobreza como sus principales preocupaciones.

Y un Presidente que, después de diez días sin actividad pública, se prepara para reaparecer.

Quizás la política argentina todavía no esté frente a una alternativa consolidada.

Pero hay algo que empieza a cambiar.

El Gobierno que llegó prometiendo terminar con el peronismo podría estar consiguiendo, paradójicamente, que algunos peronistas vuelvan a descubrir por qué necesitan sentarse juntos.

Y eso, para un Gobierno que no quería unir al peronismo, sería una ironía bastante difícil de explicar.

Sobre todo cuando la realidad insiste en hacer lo que el relato no puede bloquear.

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El orden a ultranza como excusa de las represiones salvajes

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El orden a ultranza como excusa de las represiones salvajes. Represiones como sustento de la tiranía seudodemocrática

Dentro de esos “esteroides” que en crecientes dosis intentan saturar al pueblo, están las medidas cada vez menos efectivas, para apaciguar el creciente descontento general, que solo parece dejar al núcleo duro de anti populistas viscerales, cipayos asumidos y otros confusos en grados sumos, como apoyatura libertaria. Pero incluso ese núcleo duro muestra señales de resquebrajamiento, habida cuenta de las crecientemente desastrosas consecuencias de las medidas socio económicas claramente antinacionales; así como del accionar totalmente cipayo en materia de política exterior; el cual es indigerible para todos los que tenemos al patriotismo como valor básico de argentinidad.

El intencionalmente desastroso accionar de “la motosierra”, destructiva del Estado y sádicamente cruel con el tejido social, particularmente ensañado con los más débiles e indefensos del entramado social nacional, provoca lógico creciente descontento popular, el cual solo parece no llegar a los sectores oligárquicos y sus asociados -como la Sociedad Rural y otros actores de la economía primaria meramente extractiva (minería, hidrocarburos)-; sectores financieros con lucros asegurados por el Estado cooptado a su discrecional servicio (repitiendo el nefasto accionar del “carry trade” -timba financiera y fuga de divisas-), que lucran en base a beneficios prebendarios; así como otros a los que no les hace asco ser ensobrados al servicio de impresentables operadores antinacionales, sean periodistas, políticos u otros.

El accionar anti popular, anti industrial y anti tecnológico, ya lo padecimos, incluso con similares perpetradores, en las tres etapas previas, de las cuatro nefastas M de la economía argentina (Martínez De Hoz, en el tristemente célebre “proceso”; Menem, Macri, Milei), en cuyos gobiernos atacaron con saña feroz a la economía y el tejido social nacional. Esa triste conjunción de gobernantes cipayos, y sus destructivas acciones, la definí en un artículo precedente, acerca de las lacras antinacionales que operan para destruir a Argentina. Y esa definición de gobiernos similarmente anti nacionales, fue utilizada -enhorabuena- por al menos dos referentes del Pensamiento Nacional.

El falso discurso libertario, se pudo sostener -mezcla de engaños con datos falseados o burdamente inventados; endeudamiento externo creciente; seguramente “pautas” publicitarias o similares para saturar los medios de comunicación con datos falsos o distorsionados; vergonzosas complicidades de asociaciones patronales -como la UIA y otras- que apoyan medidas que destruyen incluso sus propias empresas; y seguramente otros operadores encubiertos; además de las mayorías muy colonizadas mentales de uniformados de las FFAA y FFSS, que demuestran no tener ni idea acerca de la real Defensa de la Soberanía Nacional, como ignorantes en grados superlativos, en Geopolítica, Historia y Economía. Solo parecería que les inculcaron “ver” supuestos “zurdos” hasta en la sopa, y odiar visceral e irracionalmente a todo lo nacional y popular.

Ahora, cuando la Conciencia Nacional del pueblo parece haber despertado, de su larga somnolencia; los sectores antinacionales recurren al conocido uso de la violencia salvaje, para amedrentar al pueblo.

La excusa, utilizada con calculada malicia para mantener el esquema represivo, que incluye al accionar violento y sádico de las Fuerzas de Seguridad cooptadas mentalmente para considerar “subversivo” o “legalmente reprimible” al propio pueblo volcado a las calles en legítimos y lógicos reclamos; pretende institucionalizarse mediante repetidos mensajes (como el del “Macri intendente porteño”), que enfatiza el supuesto “orden en las calles”, que en realidad es represión para impedir justos y lógicos reclamos, cuyas exteriorizaciones públicas son concretos derechos del pueblo, de manifestarse públicamente.

¡Y por supuesto, que las exteriorizaciones de esos reclamos, debe hacerse en las calles, como lo hace el pueblo autoconvocado y en forma pacífica!

Impedir y desacreditar las manifestaciones populares, es un claro rasgo del giro antidemocrático y represor, que evidencia el accionar de libertarios, secuaces y “subordinados mentales” (estos últimos, uniformados a los que inculcaron ver supuestos “zurdos y subversivos” hasta en la sopa, para inducirlos a reprimir con saña y alevosía, al pueblo harto de mentiras y de políticas antinacionales.

Sin duda, la valiente acción del seleccionado nacional en el mundial de fútbol, difundiendo a escala global, el muy justo y patriótico reclamo por la Causa Malvinas, fue el necesario punto de inflexión para despertar con fuerza el patriotismo, que parecía adormecido por los engaños de los personeros de la antipatria, difundidos por sectores nada nacionales de medios de comunicación, comunicadores varios, y por legisladores que en muchos casos parecían estar muy afectados por los síndromes “kueiderizable” o “adornizable”; con los cuales se sancionaron leyes totalmente opuestas a los reales Intereses Nacionales, como las del RIGI, Súper RIGI y otras, cuya “frutilla del postre” iba a ser la ley de entrega al mejor postor, de todo el Territorio Nacional; todo eso en el contexto de extrema lentitud de sectores del Poder Judicial para avanzar en las muy delicadas denuncias, con fuertes indicios probatorios, que involucran al presidente, su hermana y Secretaria, y varios de otros altos funcionarios designados por el actual gobierno.

El “modelo libertario” es insostenible, siendo la copia profundizada de precedentes gobiernos neoliberales, que tuvieron catastróficas consecuencias; los cuales no se atrevieron a llegar a extremos como “considerar héroes” a delincuentes fugadores de divisas, evasores impositivos, e incluso mafiosos (tal como lo expresó el actual presidente nacional), como evidenciarían coincidir los “grandes dirigentes empresarios” que apoyan las destructivas y cruelmente empobrecedoras masivas medidas de (des) gobierno libertario; las cuales nos empujan a fungir como simple protectorado económico -burlándose de toda soberanía, como descaradamente lo dijo el actual Canciller Quirno-, operando el libertarismo y sus secuaces, como marionetas de los poderes financieros transnacionales, o peor aún, accionando para perpetrar la disolución nacional.

¡Quiera Dios que la caótica realidad actual y sus consecuencias, no nos lleven a un baño de sangre, como ocurrió en la similar crisis terminal de 2000/2001! ¡Y que dentro del marco constitucional, podamos impedir el aquelarre destructivo de los que operan para difamar y demoler la argentinidad!

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