La explicación fácil de la yerba mate
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Hay explicaciones que tranquilizan porque simplifican. Ordenan el mundo en una frase y evitan el esfuerzo de mirar completo. El diputado Diego Hartfield ofreció una de ellas: se plantó demasiada yerba, sobró hoja, cayó el precio. Un silogismo prolijo, de manual.
Y, como todo manual, contiene una parte de verdad.
La expansión del cultivo de Ilex paraguariensis existió. La superficie creció, miles de productores entraron al sistema y la biología hizo su trabajo: lo que se planta hoy aparece años después. Cuando todo entra en producción al mismo tiempo, el mercado acusa el impacto.
Hasta ahí, la explicación.
Pero la realidad, como nuestra tierra colorada después de la lluvia, es más densa… y bastante menos inocente de lo que algunos prefieren creer.
Porque la yerba mate no es un mercado de iguales. En la base, miles de productores que venden cuando pueden —o cuando deben—, con urgencias financieras y sin capacidad de retener. En la cima, actores con escala, financiamiento, acopio, logística y marca. Es decir: con tiempo.
Y en economía, el que tiene tiempo no solo espera: decide.
Por eso, cuando sobra hoja, el precio se desploma en origen con una rapidez admirable. Pero cuando el producto sube en góndola, esa agilidad desaparece. La oferta y la demanda, en este caso, parecen tener un criterio selectivo. Como esos relojes que atrasan siempre para el mismo lado.
No es una anomalía: es estructura.
La historia reciente de la actividad es menos elegante que los diagnósticos rápidos. Cada vez que se debilitó el rol del Instituto Nacional de la Yerba Mate, el resultado fue previsible: caída del precio para el productor, mayor concentración en los eslabones industriales y comerciales, y tensiones sociales en las zonas productoras. No es teoría: es memoria.
También lo es la forma en que se construye el valor. La yerba no vale lo mismo en la chacra que en la góndola —y no solo por el agregado industrial—. Entre una y otra hay algo más sutil: capacidad de fijar condiciones. En ese tramo operan empresas de escala, como Molinos Río de la Plata, junto a grupos económicos con larga gravitación en el negocio. No es un dato menor: es el contexto.
Por eso, reducir la crisis a que “cualquiera vino a plantar dos o tres hectáreas —e incluso tenistas, según se dijo—” tiene una elegancia retórica que no resiste el contraste con los hechos. Porque cualquiera puede plantar. Pero no cualquiera fija condiciones, no cualquiera acopia, no cualquiera financia, no cualquiera decide cuándo comprar.
No todos juegan el mismo juego. Algunos, sencillamente, escriben las reglas.
Decir que el problema es la sobreoferta es quedarse en la superficie del fenómeno. Es mirar el síntoma y declarar resuelto el diagnóstico. Como culpar a la lluvia sin observar el cauce. Puede ser cierto que llovió. Pero lo decisivo es hacia dónde corre el agua… y quién se beneficia cuando baja turbia.
La yerba mate tiene memoria larga. Y la memoria, a diferencia de las explicaciones apuradas, no simplifica: recuerda.
Tal vez el debate no sea cuánta yerba hay.
Tal vez —y esto exige un poco más que un manual— sea quién tiene la capacidad de decidir cuánto vale.
Ahí, la discusión deja de ser técnica.
Y empieza, inevitablemente, a decir mucho más de lo que algunos quisieran.
