PISA 2025: el peor resultado histórico y la discusión que muchos no quieren dar
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El 8 de septiembre, la OCDE publicó los resultados de PISA 2025.
El Ministerio de Capital Humano los recibió con un comunicado que atribuía los malos resultados a “una cultura educativa instaurada durante años por los gobiernos kirchneristas”. La oposición respondió que el deterioro continúa con Milei. Ambos bandos encontraron en el mismo número la confirmación de lo que ya creían.
El problema es que los datos son más complicados que cualquiera de las dos lecturas. 76% de los alumnos argentinos de 15 años no alcanzó el nivel mínimo en Matemática. 60% no llegó al mínimo en Lectura ni en Ciencias. 7,8% logró el mínimo simultáneamente en las tres áreas.

Esos números tienen una larga historia. Argentina viene de niveles bajos y los profundizó. No es un país que cayó de golpe desde la excelencia. Es uno que nunca terminó de construir un sistema educativo de calidad para la mayoría de sus estudiantes y que ahora muestra que ese problema no es de un gobierno sino de décadas.
Argentina cayó por primera vez simultáneamente en las tres áreas evaluadas. Obtuvo 393 puntos en Ciencias (puesto 71 de 91), 389 en Lectura (puesto 62) y 367 en Matemática (puesto 75), el mínimo histórico de la serie desde 2001. En Ciencias y Lectura, hay que remontarse a 2006 para encontrar cifras más bajas. Quedó octava entre los 13 países latinoamericanos.
Por encima: Chile, Uruguay, Costa Rica, Brasil, Colombia, México y Perú. Por debajo: Paraguay, El Salvador, Ecuador, Guatemala y República Dominicana.
La pobreza importa, pero no es la única explicación
El nivel socioeconómico sigue siendo el factor más asociado a los resultados educativos. No es una sorpresa. Es una constante en todos los países del mundo. Lo que sí llama la atención en los datos de PISA 2025 es que el deterioro argentino atraviesa todos los sectores sociales.
No es solo que los estudiantes más pobres aprenden menos. Es que incluso entre los sectores medios y altos, Argentina tiene niveles de aprendizaje que están entre los más bajos del mundo.
Walter Chaves Ferreira, licenciado en Psicopedagogía, magíster en Políticas Sociales y uno de los especialistas consultados para esta nota, advierte que el vínculo entre pobreza y rendimiento educativo es evidente, pero que reducir el problema exclusivamente a esa variable también sería un error.
“Existe la tendencia a tratar de encontrar un solo culpable en estos resultados. La realidad humana no puede ser simplificada, es compleja y multicausal”, sostiene.
Para Ferreira, el deterioro educativo debe analizarse como un entramado en el que intervienen las condiciones sociales, las estrategias pedagógicas, las nuevas configuraciones familiares, los consumos digitales, la alimentación, la formación docente, las políticas públicas y el propio valor social que se le asigna a la escuela y al aprendizaje.
Es una distinción importante: la pobreza condiciona, pero no determina el destino educativo de un estudiante.
La especialista en docencia universitaria María Cristina Brítez, docente investigadora y coordinadora del Área de Formación Docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNaM, pone el foco en otra dimensión del problema.
“No es exclusivo de Argentina, pero el país se encuentra en una situación regional sumamente relegada”, señala. Y agrega que América Latina arrastra “dificultades estructurales que persisten a lo largo del tiempo” y que no existen soluciones mágicas capaces de revertirlas por sí solas.
El diagnóstico coincide en un punto central: PISA no está mostrando un problema coyuntural. Está exponiendo un problema acumulado.
El aula argentina tiene un problema que nadie quiere nombrar. Argentina quedó última entre 82 países en el índice de clima disciplinario de PISA 2025.
El 58% de los estudiantes dijo que en la mayoría o en todas sus clases de Ciencias hay ruido y desorden (el promedio global es 31%). El 66% llegó tarde al menos una vez en las dos semanas anteriores a la evaluación, cuando el promedio de la OCDE es 50%.
Y ese número viene empeorando: era 53% en 2018, 60% en 2022 y 66% en 2025. En siete años, la impuntualidad escolar creció 13 puntos porcentuales.
El tiempo efectivo de aprendizaje dentro del aula, el tiempo en que un alumno está realmente aprendiendo, descontando el ruido, el desorden y los minutos perdidos antes de que empiece la clase, es uno de los componentes centrales del rendimiento educativo.
Y detrás de esos números aparece una cuestión que suele quedar fuera de la discusión pública: qué pasa dentro de las escuelas mientras los alumnos están físicamente allí.
Brítez plantea que uno de los problemas centrales es la pérdida de sentido práctico de los contenidos.
“Existe una tensión en la que el problema no es la capacidad intelectual de los estudiantes, sino la pertinencia y el sentido práctico que se le da a la enseñanza”, explica.
No alcanza con preguntar cuánto sabe un adolescente. También hay que preguntarse qué puede hacer con aquello que aprendió.
Las pruebas PISA, justamente, no evalúan una reproducción enciclopédica de contenidos. Evalúan la capacidad de transferir conocimientos y aplicarlos a situaciones concretas.
El ausentismo es otro factor clave. El 28% de los estudiantes argentinos de 15 años falta a clases regularmente y el mismo porcentaje trabaja, según el Ieral (Fundación Mediterránea) a partir de datos de PISA 2025.

Entre los estudiantes del nivel socioeconómico más bajo, quienes tienen menores niveles de ausentismo alcanzan mejores resultados que alumnos del nivel inmediatamente superior que faltan con frecuencia.
Es decir: ir a la escuela puede compensar parcialmente la desventaja socioeconómica. No ir la profundiza.
En Misiones, el cuadro adquiere características propias.
Entre los alumnos menos vulnerables, Misiones tuvo uno de los porcentajes más bajos de estudiantes que alcanzan los mínimos en Matemática: solo el 56%.
Eso significa que el problema en Misiones no es solo de pobreza.
Brítez describe una provincia atravesada históricamente por brechas socioeducativas respecto de otras regiones del país. Señala que, aunque Misiones logró avances importantes en cobertura y retención durante la primaria, la secundaria continúa presentando dificultades importantes.
Y hay un dato particularmente incómodo: las dificultades no terminan cuando termina la secundaria.
Desde las aulas universitarias y de formación docente, Brítez observa problemas graves de comprensión lectora y escritura académica entre los estudiantes que llegan a los estudios superiores. Son dificultades que aparecen año tras año en los cursos de ingreso y que reflejan trayectorias secundarias frágiles.

¿Y Misiones?
Los datos de Aprender muestran que Misiones se encuentra entre las provincias con menor porcentaje de estudiantes que alcanzan el mínimo en Matemática, incluso entre alumnos sin vulnerabilidad socioeconómica.
Solo el 56% del segmento menos vulnerable llega al mínimo.
La discusión, entonces, debería ser bastante más incómoda que la habitual.
Porque si el problema fuera exclusivamente la pobreza, bastaría con mejorar las condiciones económicas para explicar la mejora educativa.
Pero los datos sugieren algo más complejo.
Hay estudiantes que llegan a la escuela con dificultades sociales. Y hay otros que llegan sin esas dificultades y tampoco están aprendiendo lo suficiente.
La pandemia explica una parte. No explica todo
El cierre de las escuelas afectó los vínculos entre instituciones y familias y dejó consecuencias que todavía persisten. Brítez identifica ese “quiebre relacional” como uno de los factores que todavía impactan sobre la capacidad de las instituciones para sostener las trayectorias educativas.
Pero tampoco alcanza con responsabilizar al Covid. Los especialistas consultados coinciden en que el deterioro viene de antes.
Brítez lo ubica en problemas estructurales, pedagógicos e institucionales que exceden largamente a una gestión de gobierno. Incluso cuestiona la idea de que la desinversión económica, por sí sola, pueda explicar la caída: “el deterioro no se subsana únicamente con lo económico; también es necesario discutir qué se enseña, cómo se enseña y cómo se articula el sistema federal con las provincias”.
Ferreira llega a una conclusión similar desde la psicopedagogía: el deterioro educativo requiere un análisis “profundo, colectivo y no simplista” porque son múltiples los factores que intervienen en los aprendizajes.
La respuesta fácil es atribuirlo al gobierno anterior. La respuesta política habitual es responsabilizar al gobierno actual.
La respuesta honesta es más incómoda: el deterioro es de largo plazo, atraviesa gobiernos de distintos signos y no tiene una causa única ni una solución rápida.
Hay que discutir el financiamiento. Pero también qué se enseña.
Y hay que discutir el impacto de las pantallas y la inteligencia artificial sin caer en la tentación de creer que entregar tecnología equivale a mejorar la educación.
La OCDE también advierte sobre esto: la tecnología y la inteligencia artificial pueden contribuir al aprendizaje si se utilizan con objetivos claros y criterio pedagógico, pero su uso excesivo puede generar distracciones y afectar la participación de los estudiantes.
En Misiones, Ferreira propone poner el foco en la formación docente continua y en un acompañamiento situado de las escuelas, especialmente las secundarias. No como un programa aislado, sino como una política sostenida.
Y quizás ahí aparezca la pregunta que falta en la discusión argentina.
No solamente quién tiene la culpa. Sino qué sistema educativo queremos construir y cuánto estamos dispuestos a hacer para conseguirlo.
Flavio Buccino, investigador educativo, lo planteó con una frase que resume el dilema: “PISA da una brújula, no un mapa.”
Los resultados marcan dónde está el problema. No dicen, por sí solos, cómo resolverlo. El mapa (la política educativa concreta, sostenida en el tiempo, evaluada con rigor y corregida cuando no funciona) es exactamente lo que Argentina no ha logrado construir de manera consistente en décadas.
El 75% de los estudiantes argentinos termina la secundaria. Solo el 10% lo hace en tiempo y con los aprendizajes esperados.
Esa brecha entre estar en la escuela y aprender en la escuela es probablemente el problema más importante del sistema educativo argentino.
