“Poner fin a la pobreza en un planeta habitable”

Palabras pronunciadas por Ajay Banga, presidente del Grupo Banco Mundial, en la sesión plenaria de las Reuniones Anuales de 2023

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Los que estamos en esta sala somos afortunados. Somos los custodios de una institución con una enorme responsabilidad en un momento incierto y decisivo.

El mundo está atravesado por fuerzas profundas y cambios rápidos.

Nos enfrentamos a un declive de los avances en nuestra lucha contra la pobreza, una crisis climática existencial, inseguridad alimentaria, fragilidad y una recuperación incipiente tras la pandemia, y sentimos además los efectos de los conflictos más allá de los frentes de batalla.

Una tormenta perfecta conformada por diversos desafíos interrelacionados y complejidades geopolíticas que, en conjunto, exacerban la desigualdad.

El crecimiento económico está retrocediendo en gran parte del mundo en desarrollo. Cayó del 6 % al 5 % en dos décadas y va camino a ubicarse en solo el 4 % en los próximos 7 años.

Con cada punto porcentual que se pierde, 100 millones de personas caen en la pobreza y otros 50 millones se sumen en la pobreza extrema.

Si profundizamos más, encontraremos personas con grandes dificultades para satisfacer sus necesidades y las de sus familias debido al estancamiento de los ingresos. En África subsahariana, el ingreso per cápita es el mismo que hace 14 años.

Mientras tanto, la deuda ha aumentado en todos los mercados emergentes (en África, al doble), un peso que aplasta a los países justo cuando intentan levantarse.

Vivimos en un mundo plagado de desafíos alarmantes, en una época de creciente polarización y posiciones extremas.

Debajo de la superficie, una desconfianza cada vez más intensa está separando al hemisferio norte del sur y complica las perspectivas de progreso.

La frustración del Sur Global es comprensible. En muchos sentidos, están pagando el precio de la prosperidad de otros.

En un momento en que deberían ir en ascenso, se inquietan por la posibilidad de que los recursos prometidos no se materialicen nunca, sienten que las reglas sobre la energía no se aplican de manera universal y les preocupa que una generación floreciente quede atrapada en la prisión de la pobreza.

Pero la verdad es que no podemos soportar otro período de crecimiento con elevado volumen de emisiones.

Debemos encontrar una manera de financiar un mundo distinto, donde se proteja el clima, se puedan manejar las pandemias (si no prevenirlas), abunden los alimentos y se logre derrotar la fragilidad y la pobreza.

La tarea es enorme.

Al observar el mundo, es fácil sumirse en la desesperación.

Sin embargo, en todos los rincones del planeta, la gente está ansiosa por ir a trabajar y crear con sus propias manos. Quieren una vida mejor para sus hijos y sus nietos.

He percibido ese anhelo en los emprendedores de Nigeria, lo he visto en los ojos orgullosos de los artistas de Indonesia y lo he palpado en las manos curtidas de los agricultores de Jamaica.

El Banco tiene la obligación, el deber, de acompañar esa energía aportando una determinación férrea. Debemos ser como la mano en la espalda, que ayuda a las personas a avanzar. Debemos ser una institución que exporta optimismo e impacto.

Pero para hacer realidad esa promesa y cumplir con lo que se nos está exigiendo, debemos cambiar. El Banco Mundial está girando para encarar el viento.

Esa evolución comenzó hace meses, y hoy tenemos una nueva visión y misión para el Banco Mundial:

Crear un mundo sin pobreza en un planeta habitable.

Pero el tiempo apremia.

Esta urgencia nos motivó a concebir un nuevo modelo estratégico, una nueva misión, que impulse un desarrollo transformador y conduzca a una mejor calidad de vida: acceso a aire limpio, agua potable, educación y atención médica adecuada.

Es una misión inclusiva que abarca a todos, también a las mujeres y los jóvenes.

Resiliente frente a las crisis, como las pandemias y la fragilidad, las catástrofes climáticas y las que afectan la biodiversidad.

Y sostenible, por medio del crecimiento económico y la creación de empleo, el desarrollo humano, la gestión fiscal y de la deuda, la seguridad alimentaria, y el acceso a aire limpio, agua y energía asequible.

Con esta visión, ampliamos el alcance del Banco Mundial, puesto que no podemos darnos el lujo de elegir, como la generación anterior.

Para enfrentar estos desafíos interrelacionados, nuestra única opción es responder de manera agresiva, simultánea e integral.

No podemos lograr avances adecuados en la salud pública mientras el aumento de las temperaturas modifica los patrones de las enfermedades infecciosas y genera pandemias.

No podemos ayudar a los agricultores a aumentar el rendimiento de sus cultivos y alimentar a un número creciente de población utilizando técnicas que no fueron diseñadas para sequías que duran años.

Y nunca lograremos conectar de manera confiable a los emprendedores con los mercados si las carreteras de las que dependen para el traslado de sus mercaderías desaparecen todos los años en una inundación.

Por eso necesitamos un nuevo modelo estratégico.

El eje central deben ser las mujeres y los jóvenes.

Si no nos enfocamos en estos dos grupos, estaremos luchando con una mano detrás de la espalda.

A nivel mundial, la participación de las mujeres en la fuerza laboral no mejora desde 1990. Y cuando logran incorporarse, no se les paga de manera equitativa.

No podemos derrotar la pobreza cuando la mitad de la población mundial queda al margen.

Y los jóvenes pueden ser el motor de nuestro futuro; pero solo si les brindamos calidad de vida cuando están creciendo y luego les ofrecemos un trabajo.

Con el trabajo viene la dignidad, el orgullo, la capacidad de mantenerse a sí mismos y a sus familias.

Sin un trabajo, o la esperanza de conseguirlo, la desesperación se convierte en ira, y en esos momentos las personas se aferran a cualquier cosa que les ofrezca una salida. Esos costos pueden ocasionar daños irreparables en una sociedad, o en generaciones enteras.

La urgencia y la importancia de esta tarea es innegable. Según nuestras propias estimaciones, en los próximos 10 años, 1100 millones de jóvenes en todo el hemisferio sur se convertirán en adultos en edad de trabajar. Sin embargo, en el mismo período y en los mismos países, se prevé que solo se crearán 325 millones de empleos.

El costo de la inacción es inimaginable: no debemos permitir que este dividendo demográfico se convierta en un desafío demográfico.

Esta visión y esta misión pondrán a prueba la sinceridad de nuestras aspiraciones: nos llevan a un camino que requerirá la reconfiguración de las alianzas, una nueva forma de trabajar y de pensar, un plan innovador para ampliar y replicar iniciativas, recursos adicionales y optimismo respecto de lo que se puede lograr.

Ese es el nuevo rumbo que ha encarado el Banco Mundial, y estoy muy contento de compartirlo con ustedes hoy.

En abril dimos los primeros pasos en esa dirección: logramos exprimir de nuestro balance USD 40 000 millones adicionales a lo largo de 10 años ajustando la relación entre préstamos y capital social.

Y en los últimos meses intensificamos estos esfuerzos creando un mecanismo de garantía de cartera y poniendo en marcha un instrumento de capital híbrido.

Estas nuevas herramientas nos permiten asumir más riesgos e incrementar aún más nuestra capacidad de financiamiento, al tiempo que preservamos la calificación AAA. En conjunto, podríamos disponer de USD 157 000 millones adicionales en capacidad de financiamiento en un período de 10 años.

Nuestro trabajo ha sido recibido con entusiasmo y generosidad.

Alemania fue la primera en apoyar el instrumento de capital híbrido, y su contribución nos dará EUR 2400 millones en financiamiento adicional del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF) durante los próximos 10 años.

Además, el apoyo que recibimos rápidamente de Estados Unidos a las garantías de cartera podría liberar cerca de USD 25 000 millones en nuevos préstamos del BIRF, y esperamos que otros se sumen pronto.

Lo que hace que estas herramientas sean únicas —y una buena inversión— es su capacidad de movilizar entre seis y ocho veces el valor de cada dólar a lo largo de 10 años.

Pero eso no es todo.

Junto con otros bancos multilaterales de desarrollo, estamos analizando formas de utilizar mejor el capital exigible y los derechos especiales de giro. Es una tarea complicada pero posible. Liberar el potencial de estos instrumentos llevará tiempo y requiere la participación de los accionistas y los bancos centrales.

También vemos otras oportunidades.

Nuestro Fondo para los Bienes Públicos Mundiales fue diseñado con el propósito de incentivar la cooperación transfronteriza y abordar los desafíos comunes. Sin embargo, en el pasado, el financiamiento provino únicamente de los ingresos del BIRF, y esto limitó sus posibilidades.

Ahora estamos abriendo la puerta a los Gobiernos y las entidades filantrópicas, con lo que se podría generar un mayor volumen de recursos en condiciones concesionarias. Con estas metas más ambiciosas y una mayor capacidad para cumplir con nuestra nueva misión, creemos que conformaremos un verdadero Fondo para un Planeta Habitable.

Sabemos que este modelo puede funcionar. En lo que constituye un gran avance, Uruguay se convirtió en el primer país en sacar provecho de la rebaja en las tasas de interés como resultado directo del cumplimiento de las metas de desempeño climático.

Este es un enfoque innovador que pretendemos ampliar.

Y seguimos probando otras ideas en nuestro ecosistema de incentivos.

Estamos estudiando la posibilidad de establecer plazos de vencimiento de 35 a 40 años para ayudar a los países a contar con horizontes a más largo plazo en las inversiones en capital social y humano.

También estamos analizando si podemos reducir las tasas de interés para promover el abandono del carbón como parte de las transiciones energéticas.

Y en los países que utilizan tanto recursos de la Asociación Internacional de Fomento (AIF) como del BIRF, buscamos maneras de alentar la transición hacia las energías renovables aumentando el financiamiento en condiciones concesionarias.

Este espíritu de innovación y exploración abarca todos los ámbitos.

El Banco Mundial intervino para apoyar a los más vulnerables cuando se desataron las crisis superpuestas: la guerra en Ucrania, los efectos de la pandemia y la inflación. Pero las necesidades eran tan grandes que asignamos en el primer año la mayor parte de los fondos de nuestro Servicio de Respuesta ante las Crisis, de tres años de duración.

Así que ahora tenemos que reponerlos. Nuestro objetivo es recaudar USD 4000 millones para el Servicio Adicional de Respuesta ante las Crisis. Estados Unidos ha solicitado USD 1000 millones al Congreso. Y otros países, como los nórdicos, han comprometido donaciones. Aun así, estamos muy lejos de nuestra meta, y queda poco tiempo.

Queremos que se sumen otros. Necesitamos la ayuda de nuestros donantes para reponer los recursos de este fondo y seguir adelante en el próximo ciclo de financiamiento de la AIF.

Si realmente queremos promover el cambio (no podemos limitarnos a desear que se produzca), debemos luchar por él.

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No hay ejemplo más claro que el de la AIF. Llegamos al límite de la capacidad de esta importante fuente de recursos en condiciones concesionarias, y por más ingeniería financiera creativa que apliquemos, no se compensa el hecho de que necesitamos más financiamiento.

Esto debe impulsar a cada uno de nosotros a hacer de la próxima reposición de los recursos de la AIF la más cuantiosa de todos los tiempos.

Necesitamos que los donantes, los accionistas y las entidades filantrópicas se unan a nosotros y sumen sus aspiraciones a esta lucha; de lo contrario, estos instrumentos serán solo teóricos.

Mientras tanto, no nos quedamos esperando. Buscamos incorporar nuevos asociados y reconfigurar alianzas.

Nos unimos a otras entidades y trabajamos junto con los bancos multilaterales de desarrollo para coordinar la acción en el plano internacional, catalizar el cambio y multiplicar el impacto.

Durante mi primer viaje, visité Perú y Jamaica con Ilan Goldfajn, del Banco Interamericano de Desarrollo, para transformar en intencional lo que con demasiada frecuencia ha sido accidental: la colaboración.

Nuestra alianza se centra en tres objetivos: combatir la deforestación del Amazonas, fortalecer la resiliencia del Caribe ante los desastres naturales y subsanar la brecha de acceso digital en América Latina y el Caribe.

No lograremos resultados de la noche a la mañana, pero juntos nuestro impacto será mayor que el que lograríamos si trabajara cada uno por su lado. Por esta razón, el Banco Mundial se ha puesto en contacto con otras instituciones con la esperanza de establecer asociaciones similares.

Ese espíritu de causa común es compartido por los bancos multilaterales de desarrollo.

Estamos orientados hacia el impacto, y la competencia del pasado ha comenzado a desaparecer. Reconocemos que hay mucho que podemos hacer juntos, pero en estos primeros tiempos estamos enfocando la energía en cuatro áreas que nos beneficiarán a todos.

En primer lugar, trabajamos con organismos de calificación crediticia para ayudarlos a comprender mejor nuestra labor y nuestros riesgos. Estas entidades son esenciales para desbloquear capital y precios. Si no se avanza en esta área, ideas como la del capital exigible quedarán fuera de nuestro alcance.

En segundo lugar, buscamos ampliar la colaboración en el financiamiento conjunto. Estamos elaborando una plataforma de cofinanciamiento para facilitar la coordinación entre las prioridades mundiales y regionales.

En tercer lugar, trabajamos para estandarizar nuestros procesos, reducir los costos de transacción y liberar capacidad técnica. Y ya estamos avanzando en el área de las adquisiciones y la simplificación de los marcos ambientales y sociales.

Por último, hemos comenzado a formular un nuevo enfoque para el seguimiento de los resultados climáticos en función del impacto. Tenemos previsto difundir más información sobre nuestros avances en la 28.a Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP28), que se celebrará en Dubái.

Este enfoque unificado podría beneficiar enormemente a los Gobiernos a los que brindamos servicios, ya que les facilitaría el acceso a recursos de un conjunto diverso de bancos multilaterales de desarrollo y centraría el financiamiento a través de una plataforma única.

Pero el Banco Mundial —y mis amigos de los demás bancos multilaterales de desarrollo— no tienen el monopolio de las buenas ideas.

Debemos robar descaradamente y compartir sin reticencias.

Y debemos hacerlo con los grupos de estudio, el sector privado, la sociedad civil, y con todos los actores de relevancia.

Es mucho lo que podemos hacer juntos, pero este compromiso con el impacto comienza por nosotros mismos.

El Banco Mundial ha puesto en marcha un ambicioso programa para acelerar el ritmo, aumentar la eficiencia y simplificar los procesos.

Porque sabemos que el desarrollo demorado es desarrollo denegado.

Según las cifras, un año sin educación reduce los ingresos futuros de una persona en un 10 % anual.

Cuando un niño se ve privado de nutrición adecuada durante los primeros 1000 días de vida, se reducen los ingresos que recibirá de adulto en alrededor de un 17 % cada año, por el resto de su vida.

Sin embargo, en el Banco Mundial dedicamos la misma cantidad de tiempo a un proyecto complejo (como una línea de transmisión de 2000 millas que atraviesa zonas en conflicto y entornos críticos) que a la instalación de una pequeña red solar o la construcción de una nueva escuela.

Nuestros equipos pasan meses preparando informes en los que se evalúa el riesgo desde todos los ángulos: 4880 días de tiempo del personal cada año dedicados solo a revisiones y autorizaciones internas repetitivas.

Y cuando un proyecto funciona tan bien que debería ampliarse, nuestros procesos exigen que los equipos empiecen de nuevo, por lo que a las comunidades se les dice que esperen pacientemente mientras los niños crecen, la pobreza se profundiza, las enfermedades no tratadas empeoran y las huellas de ese camino tan transitado hacia una fuente de agua limpia se hacen cada vez más profundas, paso tras paso.

En la actualidad, un proyecto del Banco Mundial tarda 27 meses —en promedio— hasta que el primer dólar sale por la puerta. A continuación, se lleva a cabo un largo proceso de ejecución y construcción del proyecto.

Muy a menudo, pasan más de 10 años hasta que se perciben los primeros beneficios. Eso es casi una vida. Debemos hacer mejor las cosas. Y podemos ahorrar un tiempo precioso.

Tenemos todo el proceso en la mira: inicialmente trabajaremos para reducir de forma drástica —en un tercio— el tiempo de examen y aprobación del proyecto.

Pero no nos vamos a quedar ahí.

Nuestro plan insta a simplificar las aprobaciones, ajustar proporcionalmente los exámenes y combinar tecnología inteligente con plazos más cortos para ganar velocidad.

Y lo haremos sin un solo cambio en nuestros estándares ambientales y sociales que protegen a las comunidades para las que trabajamos y brindan tranquilidad a nuestros asociados y accionistas.

No creemos que la calidad sea enemiga de la rapidez; estamos convencidos de que podemos ofrecer calidad y rapidez al mismo tiempo.

Hasta aquí hablamos de un avance importante, pero podemos hacer mucho más, y estamos elaborando un plan para apoyar más adecuadamente a los Gobiernos en la ejecución. Si podemos incorporar asistencia técnica en nuestros proyectos desde el principio y ayudar a los países a desarrollar su capacidad, podemos ganar tiempo.

No solo simplificamos nuestro enfoque y alentamos a los equipos a trabajar más rápido, sino que estamos analizando distintas formas de promover la velocidad y la colaboración en todo el Banco Mundial.

Esa necesidad de colaboración, la demanda de impacto y la convicción acerca de la elegancia de lo simple nos ha inspirado a pensar en un programa potencialmente transformador.

Esperamos poder reorientar la labor del Banco Mundial para que enfrente los desafíos no solo como mecanismo de financiamiento, sino como mecanismo de conocimientos.

Eso es lo que están pidiendo los Gobiernos: nuestros conocimientos.

Desde hace mucho tiempo, el Banco Mundial es reconocido por abordar los problemas más complejos, buscando soluciones que cambien las vidas de las personas.

En el breve tiempo que llevo en el Banco, he visto ese impacto con mis propios ojos.

En India, la tecnología se utiliza para hacer un seguimiento en tiempo real de la asistencia y el rendimiento académico de los estudiantes. Los expertos en educación detectan problemas, toman medidas rápidas y reorientan a los niños.

En consecuencia, han aumentado tanto la asistencia de alumnos y docentes como la matriculación escolar.

En Perú, los centros de asistencia jurídica gratuita están cambiando —y salvando— las vidas de las personas. Todos los días hay filas de gente en la calle para acceder al servicio.

Hay mujeres que reclaman pensiones no pagadas y manutención para sus hijos; otras buscan justicia por violencia doméstica y sexual.

Y estas historias no son exclusivas de las mujeres de Perú.

No solo India y Perú están tratando de mejorar los resultados educativos o crear sociedades más equitativas. ¿Por qué no hemos trasladado este caso positivo a otros lugares?

El Banco Mundial ha logrado numerosos éxitos. Y ha adquirido conocimientos con cada uno de ellos.

Tan solo en los últimos cinco años, ayudamos a 100 millones de personas a encontrar empleo, ampliamos el acceso a la atención médica para más de 1000 millones de personas, ayudamos a casi 500 millones de niños a recibir educación y contribuimos a reducir más de 230 millones de toneladas de emisiones de carbono por año.

Y a pesar de estos avances, muchos todavía no han sentido el impacto de lo que hemos hecho. Son demasiadas las personas que siguen sin conocer la dignidad del trabajo.

Son demasiados los que aún viven sin acceso a la electricidad, a una educación de calidad ni a una atención de salud digna. Y demasiados los proyectos de mayor impacto de nuestra cartera que no van más allá de un informe olvidado en un estante.

Para revertir la tendencia y extender aún más la buena fortuna, debemos ampliar y replicar las soluciones de gran impacto por las que tanto hemos trabajado.

Y lo haremos de manera tal que el Banco Mundial sea una entidad más abierta, accesible y fácil de entender.

En primer lugar, pondremos los conocimientos delante de todo en nuestro modelo impulsado por los países y en los marcos de alianza con los países. En asociación con los Gobiernos, trabajaremos para elaborar un plan de desarrollo bien definido que conjugue perfectamente las ambiciones nacionales con nuestra experiencia.

En segundo lugar, ayudaremos a crear y promover proyectos financiables y a ejecutarlos. Nuestros equipos especializados en conocimientos trabajarán con los equipos de los países para aportar todo lo que el Banco Mundial tiene para ofrecer; esto constituye un agente multiplicador de fuerzas para los Gobiernos cuando se necesita capacidad adicional.

Y, por último, impulsaremos el liderazgo intelectual que hace funcionar al Banco, mueve al mundo y genera grandes ideas, a través de nuestras investigaciones, nuestros informes y una participación más amplia.

Nuestra labor en el área de los conocimientos —los marcos de alianza con los países, la promoción de proyectos financiables y nuestro liderazgo intelectual— se organizará en cinco columnas simples:

Personas: salud, educación, protección social.

Prosperidad: empleo, política tributaria, política económica, inclusión financiera, pequeñas empresas.

Planeta: aire, agua, salud del suelo, biodiversidad, bosques, adaptación y mitigación.

Infraestructura: carreteras, puentes, energía.

Ámbito digital: este segmento está transformando el mundo y hará que todo lo demás sea posible.

Y a través de esas cinco columnas —manteniendo la responsabilidad por su cumplimiento—, mediremos nuestro impacto en la igualdad de género, el empleo para los jóvenes y los efectos climáticos.

En la bóveda del banco de conocimientos están integrados nuestros ocho desafíos de alcance mundial: adaptación y mitigación; fragilidad y conflicto; prevención y preparación para pandemias; acceso a la energía; seguridad alimentaria y nutricional; seguridad hídrica y acceso a los recursos hídricos; facilitación de la digitalización, y protección de la biodiversidad y la naturaleza.

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Todo está organizado de manera tal de garantizar un impacto a gran escala.

Pero incluso con un Banco mejor preparado… Incluso cuando los Gobiernos, las instituciones multilaterales y las entidades filantrópicas trabajen de manera conjunta, nos faltará algo.

Necesitamos contar con la escala de acción, los recursos y el ingenio del sector privado.

Hasta la fecha, la Corporación Financiera Internacional (IFC) ha trabajado con el sector privado utilizando solo USD 5600 millones del capital de los accionistas para movilizar USD 162 000 millones en inversiones privadas.

Pero no hemos conseguido un avance verdaderamente significativo y sostenible.

Para ayudar a resolver este enigma, pusimos en marcha el Laboratorio para la Inversión del Sector Privado y buscamos la colaboración de 15 de los principales directores ejecutivos del mundo, provenientes de compañías de gestión de activos, bancos y operadores.

Estamos analizando oportunidades para que el Banco Mundial ayude a mitigar riesgos, impulsar medidas normativas que atraigan a nuevos participantes y garantizar que los proyectos sean financiables.

Estamos tratando de hacer un cambio sistémico.

El Laboratorio inicialmente centra su labor en el aumento de la inversión privada en energía renovable y la transición energética en los países en desarrollo por medio de la búsqueda de ideas prácticas que ayuden a reducir la curva de crecimiento desmedido de las emisiones.

Ya hay signos de esperanza.

En la primera reunión, identificamos un conjunto de mercados, cada uno con potencial para recibir inversiones de capital privado, pero a la vez con desafíos que debemos abordar.

Analizamos las primeras ideas sobre lo que debe hacer el Banco para movilizar más cantidad de financiamiento privado.

Una de ellas es unificar la emisión de garantías en toda la institución, simplificando el acceso a ellas y respaldando un ambicioso plan de crecimiento del Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones (MIGA) durante los próximos años.

Al ver la fuerte demanda de esta herramienta eficaz, ya estamos trabajando en el tema y explorando formas de proporcionarla.

Estamos pidiendo mucho al sector privado.

Les estamos pidiendo que operen en lugares y situaciones que sus algoritmos y conocimientos no cubren, en caminos que el Banco Mundial ha recorrido durante años.

Y si pedimos a otros que nos sigan, debemos estar dispuestos a compartir nuestra hoja de ruta.

Eso significa ofrecer a los inversionistas del sector privado y a los organismos de calificación crediticia datos útiles de nuestra base de datos mundial sobre riesgos de los mercados emergentes, creada originalmente para orientar nuestras propias inversiones.

Creemos que la transparencia inspirará confianza y conducirá a tomar decisiones mejor informadas, asumir riesgos y, en definitiva, invertir en los mercados emergentes.

Nuestro plan es dar a conocer estos datos en cuestión de meses.

Actualmente, en colaboración con otros bancos multilaterales de desarrollo, estamos trabajando para reconstruir y limpiar la base de datos a fin de garantizar su calidad. Este es un primer paso; seguiremos analizando qué más podemos hacer con nuestros datos para movilizar capital privado.

Pero nuestra dedicación no solo se refleja en nuestras palabras, sino que debe medirse en términos de acción.

Nos estamos volviendo más eficientes: incentivamos el producto, no el insumo, y nos cercioramos de centrar menos la atención en el dinero que se proporciona y más en cuántas niñas asisten a la escuela, cuántos empleos se crean, cuántas toneladas de emisiones de dióxido de carbono se evitan y cuántos dólares del sector privado se movilizan.

Por eso vamos a reorganizar nuestro sistema de calificación institucional desde cero. De ahora en más, apuntará a los resultados y la evidencia, y para eso reduciremos la cantidad de temas de evaluación de 153 a alrededor de 20.

Esta hoja de calificación será nuestro patrón a la hora de rendir cuentas y una referencia en torno a la cual nuestros equipos podrán reunirse y trabajar.

Pero se mire desde donde se lo mire, hoy el Banco Mundial está mejor que ayer.

Tenemos una nueva visión y misión, estamos aprovechando todo lo que podemos nuestro balance general, estamos liberando el potencial de nuestro Fondo para un Planeta Habitable y prestando a la AIF la atención que merece.

Nos estamos volviendo más rápidos y eficientes; contamos con nuevas formas de responder a las crisis, estamos reorientando nuestro banco de conocimientos para funcionar en gran escala e impulsando el liderazgo intelectual.

Colaboramos con nuestros asociados para maximizar el impacto y trabajamos codo a codo con el sector privado.

Y aunque estamos marcando una diferencia, aunque estamos evolucionando, aunque estamos actuando con celeridad, nuestra tarea recién comienza.

El alcance de la Hoja de Ruta para la Evolución no debería ser el final de nuestras ambiciones de mejora para el Banco Mundial.

Aunque ahora no tenemos todas las respuestas, y las respuestas en las que estamos trabajando tomarán tiempo, tenemos voluntad, energía y orientación.

Hay que explorar nuevas fronteras, por ejemplo, cómo pasar de préstamos pequeños y personalizados a inversiones grandes y estandarizadas con las que se pueda armar un paquete aplicable en otros casos.

Si hacemos las cosas bien, podríamos atraer a inversionistas institucionales —fondos de pensiones, compañías de seguros, fondos soberanos de inversión— y poner sus USD 70 billones a trabajar a favor de los países en desarrollo.

Durante años, esto ha sido una fantasía, pero la ilusión no es una estrategia.

Estamos en la primera etapa de construcción de una plataforma de este tipo. Si hacemos el trabajo duro ahora, más adelante estaremos en condiciones de alcanzar los resultados deseados.

Y los bancos multilaterales de desarrollo podrían multiplicar esos resultados para movilizar cantidades de capital privado mucho mayores.

De todos modos, no olvidemos que no estamos empezando desde cero.

Cada día, millones de personas hacen su máximo esfuerzo para ser parte de la solución. Se ven ejemplos reales de acción.

En Nigeria, los comerciantes utilizan energía solar para mantener sus negocios abiertos hasta altas horas de la noche.

En Indonesia, las actividades de rehabilitación de manglares contribuyen a reducir las emisiones de carbono, generar empleo sostenible para las mujeres y proteger a las comunidades de las inundaciones.

En Vietnam, los productores de arroz están adoptando nuevas técnicas que reducen las emisiones de metano y, al mismo tiempo, aumentan los ingresos.

No sufrimos de escasez de soluciones; estamos paralizados por una persistente falta de coraje para aplicarlas.

La buena noticia es que tenemos soluciones como estas a nuestro alcance, y recursos a nuestra disposición para ampliar su ámbito de acción.

Por ejemplo, podemos mejorar el gasto.

Cada año se gastan USD 1,25 billones en subsidios a los combustibles fósiles, la agricultura y la pesca. Algunos son muy importantes y necesarios, pero en otros casos podemos cambiar la manera de proceder.

El costo económico de la escorrentía de fertilizantes, la contaminación atmosférica innecesaria y la pesca excesiva asciende a nada menos que USD 6 billones por año.

Al reorientar parte de este dinero para incentivar prácticas sostenibles, podemos proteger el aire, el agua y los bosques, mientras seguimos apoyando a los más necesitados.

Hemos visto que este esquema funciona.

Europa dedicó años a readaptar los subsidios que alguna vez alentaron el uso excesivo de fertilizantes. Ahora, esa cantidad de dinero se destina al mismo agricultor pero para reducir el uso de fertilizantes, lo que genera un impacto climático positivo.

No obstante, no faltan tantos años para lograr algunas soluciones.

Estamos en las etapas finales de un esfuerzo de 20 años para crear mercados voluntarios de carbono sólidos y transparentes.

En esta iniciativa se aprende del pasado para no caer en el falso ecologismo y garantizar la integridad de los créditos de reducción de emisiones.

Esta garantía es una pieza fundamental de un rompecabezas complejo.

La validación es el pilar de los mercados saludables: alimenta la confianza de los inversionistas y genera mejores precios, lo que permite a los países que cuentan con recursos naturales ver el valor de monetizar estos activos y protegerlos.

Lo más importante es que generan ingresos para las familias y las comunidades.

Si tienen éxito, los mercados voluntarios de carbono podrían ser más líquidos y transparentes y ofrecer oportunidades para los países en desarrollo.

Queremos ampliar esta plataforma para financiar la reducción de emisiones en los países en desarrollo y beneficiar a las comunidades locales.

Nuestras aspiraciones son ilimitadas.

Orientamos nuestra labor a crear un Banco mejor, porque a largo plazo necesitaremos un Banco más grande. Esa será la prueba de fuego.

Casi todas las estimaciones dejan en claro que un progreso adecuado requiere aportar billones de dólares cada año, mucho más de lo que producirá por sí solo el marco de suficiencia de capital. El sector privado puede ayudar en este sentido.

Pero necesitaremos un Banco más grande para aumentar nuestra capacidad de financiamiento, asumir más riesgos para alentar la inversión, y apoyar la posibilidad de repetición y la capacidad de ampliación que la entidad se está preparando para ofrecer.

El Banco Mundial es simplemente un instrumento que refleja las aspiraciones de nuestros accionistas: el progreso que queremos lograr requiere que nuestros recursos y nuestro capital sean proporcionales a nuestra visión y a las exigencias que debemos afrontar.

Pero si hay algo que hemos aprendido es que podemos hacer grandes cosas juntos.

Cada generación cree que la serie de desafíos que se le presentan son los más difíciles, trascendentales e insolubles.

Pero la humanidad jamás ha estado frente a un conjunto de problemas tan complejos y severos como los actuales, que ponen en juego nuestra propia existencia.

En cualquier caso, como líder de una institución basada en los principios de paz y cooperación, quería que la primera vez que hablara con ustedes fuera a través de un mensaje de impacto y optimismo.

No hay nada que me dé más esperanza que nuestra capacidad de trabajar juntos en pos de un objetivo común. Pero demasiadas veces fijamos los ojos en el suelo y no levantamos la mirada.

Si algo está claro hoy, es que los ojos del Banco Mundial se han fijado en el horizonte.

Hemos heredado décadas de conocimientos y nos hemos beneficiado de la generosidad de todas las naciones; ahora nos han convocado a encabezar las iniciativas y nunca hemos estado mejor posicionados para lograr el progreso que se requiere.

Nuestro financiamiento es un recurso atractivo, pero no es más poderoso que la dedicación, la creatividad, las personas y la innovación que atesora el Banco Mundial.

Esos son los atributos que nos permitirán avanzar por este camino.

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