CAMBIO CLIMATICO

COP26: once conceptos claves para entender la Cumbre sobre Cambio Climático en Glasgow

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¿Qué significan “mitigación” y “huella de carbono”? ¿Por qué el “hidrógeno verde” es la energía del futuro? ¿A qué aluden los científicos cuando hablan de “niveles pre-industriales” como referencia para el incremento de la temperatura?Una aproximación didáctica a términos indispensables para sumarse a la conversación global del momento.

Amnistía Internacional elaboró un glosario con once términos indispensables para comprender la importancia de la Cumbre sobre Cambio Climático COP 26 que tiene lugar en Glasgow, Reino Unido. El documento también explica por qué es imprescindible adoptar medidas urgentes para contener el aumento de la temperatura ambiental antes de que sea demasiado tarde.  

El presidente Alberto Fernández, junto a otros líderes del mundo, participaron de este encuentro que busca sellar compromisos más enérgicos en el marco de una mora en los lineamientos consensuados a través del Acuerdo de París para limitar el impacto del daño sobre el medio ambiente. La cumbre se extiende hasta el 12 de noviembre.
Desde Amnistía Internacional sabemos que muchos de los términos que se vinculan con la justicia climática suelen ser complejos, por eso presentamos este glosario con los conceptos fundamentales para conocer cuáles son los ejes clave de la COP26. La información es vital para el ejercicio de nuestros derechos, más en una cuestión tan urgente como el cambio climático pues si los líderes globales y regionales no toman medidas urgentes, el futuro del planeta está en juego”, señaló Mariela Belski, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Argentina.  

Palabras imprescindibles
COP 26 es la abreviatura de la Conferencia de las Partes, que no solo incluye a los Estados que forman parte de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático sino también un sinfín de actores claves de la sociedad global: desde científicos a organizaciones de la sociedad civil. El 26 corresponde al número de la edición, que suele ser anual y, en este caso, con cita en Glasgow, Escocia. Algunas de esas cumbres, como la COP 3 (Kyoto) y la 21 (París) han sido cruciales en la búsqueda de un consenso internacional en el capítulo de la justicia climática.

¿Qué se entiende por “mitigación”, “huella de carbono”? ¿Por qué el “hidrógeno verde” es la energía del futuro? ¿Cuáles son los llamados “Gases de efecto invernadero” (GEI) que contribuyen al incremento de la temperatura sobre la superficie terrestre? ¿A qué se refiere la comunidad científica cuando sostiene que esta suba no puede superar, bajo ningún concepto, los 1,5° sobre los “niveles pre-industriales” si se quieren evitar daños mayores?

El glosario presenta, en un lenguaje didáctico y de fácil accesibilidad, una aproximación a términos que pueden resultar técnicos y complejos pero cuya incorporación es vital para sumarse a la conversación global sobre el cambio climático y sus consecuencias

Glosario

COP 26:
Es la abreviatura de la Conferencia de las Partes, que incluye a los Estados que forman parte de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. No es una reunión exclusiva para líderes políticos, al punto que interpela a un sinfín de actores claves de la sociedad global: desde científicos a organizaciones de la sociedad civil. El 26 corresponde al número de la edición, que suele ser anual y, en este caso, con cita en Glasgow, Escocia. La COP 1 tuvo lugar en Berlín, en 1995, y desde allí arranca la secuencia. Algunas de ellas, como la COP 3 (Kyoto) y la 21 (París) han sido cruciales en la búsqueda de un consenso internacional.

ACUERDO DE PARIS:
En diciembre de 2015, 197 países que acudieron a Francia alcanzaron el segundo gran consenso para limitar el calentamiento mundial a un máximo de 2° por sobre el nivel preindustrial. Esta vez, con China y EE.UU. adentro. No obstante, otra vez las aspiraciones quedaron a mitad de camino pues sus directivas carecieron de obligatoriedad y eso redujo el efecto final. Aún hoy no se completó el llamado “Libro de reglas de País”. Tiempo después, desde el Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU se exhortó a bajar aún más el incremento de la temperatura global permitido a un máximo de 1,5°.

PROTOCOLO DE KYOTO:
Se adoptó en la cumbre de Tokio, Japón, en 1997, para fijar una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en el período 2008-2012 del 5% respecto a los niveles de 1990. Cada país propuso una cuota por encima o debajo de ese promedio para lograr esa media global. Sin embargo, su alcance fue limitado porque ni China ni EE.UU., los dos principales emisores de contaminantes, se ciñeron a su objetivo.

NIVELES PRE-INDUSTRIALES:
Apunta a la concentración media de dióxido de carbono en la atmósfera antes de la Revolución Industrial, que se fecha en 1750, cuando los niveles acumulados eran de casi la mitad de lo que se registró en 2020. Otras referencias científicas apuntan a las temperaturas medias entre 1850 y 1900 cuando se empezaron a emitir gases de efecto invernadero en mayor cantidad a partir de un salto industrial.

GAS DE EFECTO INVERNADERO (GEI):
Se denomina de ese modo al gas presente en la atmósfera terrestre que bloquea la salida natural hacia el espacio de la radiación infrarroja emitida por la tierra por el calentamiento solar, lo que provoca el aumento de la temperatura de la superficie. Los principales gases de efecto invernadero son el dióxido de carbono (CO2), el óxido nitroso (N2O), el metano (CH4) y los gases fluorados, aquellos creados artificialmente por el hombre, como los sprays de desodorante.

MITIGACIÓN:
Alude a las acciones dirigidas especialmente a disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero para reducir las fuentes de emisión o potenciar los sumideros de carbono. Si bien hay sistemas artificiales creados para sofocar los grandes volúmenes de CO2 que generan las actividades productivas, la solución más natural y menos costosa sigue siendo la Naturaleza misma, a través de sus bosques y océanos con el proceso de fotosíntesis.

HUELLA DE CARBONO Y ECOLÓGICA:
La primera comprende un indicador que describe la totalidad de gases de efecto invernadero (GEI) originados directa o indirectamente por un individuo, organización, evento o producto determinado. La segunda representa el área de tierra o agua necesaria, medida en hectáreas por persona, para que el equilibrio entre los recursos consumidos y la asimilación de residuos sea sustentable. El peligro es que los recursos se vienen destruyendo a un nivel más acelerado que su regeneración con la quema de combustibles fósiles constituyendo la mitad de toda la huella ecológica del planeta.

DESCARBONIZACIÓN:
Se llama así al proceso con el cual se alienta a los Estados a que disminuyan sus emisiones de carbono, particularmente en forma de dióxido de carbono (CO2) mediante las llamadas transiciones hacia energías “verdes”, renovables y menos contaminantes. La ONU utiliza el término de Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (o NDCs, en inglés) para referirse a las propuestas que cada país formula por su cuenta para lograr la meta global y que deben actualizarse cada cinco años.

EMISIONES NETAS CERO:
En principio, comprende la gran meta por la cual se conseguirá eliminar la totalidad de los gases de efecto invernadero emitidos y aunque decenas de países ya asumieron ese compromiso de palabra, es poco lo que se avanzó en esa dirección con acciones concretas desde 2015. Los científicos van más allá: aseguran que, si se quieren prevenir los efectos más devastadores, se debe profundizar hasta lograr emisiones negativas netas, esto es, que se remuevan más gases que los que se producen en un determinado período.

FINANCIACIÓN CLIMÁTICA:
Desde la COP 16 (Cancún), se estableció la creación de un Fondo Verde para el Clima (GCF) con el aporte del mundo desarrollado para asistir en la adaptación a los países en desarrollo siguiendo el principio de una “transición justa” para todos. Para 2020, ese monto debía alcanzar los US$ 100 mil millones anuales, una meta que se reafirmó en París y que aún no se logró. La Argentina ha propuesto, en esta línea, el canje de deuda por acciones climáticas para aquellos países con grandes deudas internacionales.

HIDRÓGENO VERDE:
Es una de las fuentes de energía claves para un mundo más sustentable cuyo desarrollo aún se encuentra en instancia muy incipiente. Como su nombre lo indica, surge de la extracción de fuentes naturales donde se encuentra este químico en abundancia, como en el agua (H2O) a través del uso de la electricidad en plantas específicas denominado electrólisis. Es una apuesta clave para descarbonizar la matriz productiva.

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¿Cómo la tecnología puede ayudar a proteger un recurso tan escaso como el agua?

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Por John Ávila, Experto en innovación en seguridad para Empresas de Motorola Solutions – El estrés hídrico provocado por los efectos del cambio climático se está haciendo sentir con fuerza en vastas zonas de América Latina, lo que ha movilizado esfuerzos de los gobiernos locales, agencias multilaterales y empresas relacionadas con esta industria. Todas abocadas a cuidar este recurso esencial y asegurarse que fluya en la cadena de suministro sin contratiempos.

Los datos son reveladores. Según los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) del PNUD, la escasez de agua afecta a más del 40% de la población mundial; más de 40 países experimentan hoy estrés hídrico y 10 de ellos están a punto de agotar su suministro de agua dulce renovable, dependiendo de fuentes alternativas. El aumento de las sequías y la desertificación están empeorando estas tendencias. Las estimaciones apuntan a que una de cada cuatro personas se verá afectada por escasez recurrente de agua al 2050. Lo más grave para nuestros efectos, es que varios de los países más afectados por este fenómeno corresponden a nuestro continente.

En Argentina, la bajante del Paraná, el segundo río más largo de América Latina y primordial para el comercio local, es extraordinaria por su intensidad y, sobre todo, por su duración. Justo por el estrés hídrico, su profundidad cada vez es menor lo cual enciende las alarmas porque condiciona todos los usos del río como vía de transporte, recurso hídrico para agua potable, energético y de riego. Por ejemplo, los sobrecostos logísticos en la exportación de granos fueron de 315 millones de dólares en el primer semestre. Esto se debe principalmente a que los buques deben cargar menos productos por la escasa profundidad del canal de navegación y, en muchos casos, completar sus bodegas en puertos del sur de la provincia de Buenos Aires, como Quequén y Bahía Blanca, o hasta en el exterior. Además, afecta actividades como la generación de energía hídrica en Yacyretá, la producción de arroz, la pesca artesanal y la disponibilidad de agua potable (1).

Ante este panorama, ¿de qué manera la tecnología puede hacer un aporte contundente para que un recurso tan esencial como es el agua llegue a los usuarios sin contratiempos?

Los problemas de inseguridad para esta cadena de valor, principalmente se relacionan con las amenazas a la infraestructura. Normalmente estamos hablando de infraestructura crítica ubicada en represas, puertos, logística y transporte fluvial, y empresas de distribución de agua potable a los hogares, lugares con personal acotado, lo que las hace foco de robos, vandalismo, sabotaje.

El concepto de “servicios públicos seguros” surge para re imaginar todo el potencial de la tecnología y aplicarlo de forma inteligente, a partir de la adopción de un ecosistema ‘integrado’ que permita todo este flujo de información en tiempo real, brinde análisis y, finalmente, facilite una rápida toma de decisiones para toda la cadena de valor del servicio y un sistema que prevenga, proteja y active la respuesta en momentos críticos.

Para el caso del suministro del agua, el mayor desafío de la integración consiste en la variedad de sistemas y tecnologías utilizados en la cadena. Radios que no se comunican con teléfonos móviles, imágenes que no se pueden compartir entre diferentes dispositivos, redes opuestas, fallas de conectividad, extensos tiempos de análisis y, en consecuencia, largos tiempos de respuesta, lo que conlleva a situaciones casi siempre críticas. La información debe fluir como el agua, es decir, donde se necesita y en tiempo real.

Afortunadamente, la pandemia no detuvo la innovación y lo que antes era un obstáculo se ha convertido en un puente. A través de la solución Radio Alert los radios digitales hoy pueden interoperar con soluciones de video, haciendo posible un ecosistema de tecnología realmente integrado que permite reconocer eventos importantes, anticipar acciones y ayudar a prevenir situaciones antes de que sucedan.

Las soluciones inteligentes de video seguridad se han vuelto cada vez más necesarias pues permiten tener ojos en la cadena sin necesidad de estar en el punto del incidente de manera presencial. Si una cámara realiza una detección- ya sean cámaras fijas o corporales, hay medios de análisis que combinan esos datos, medios que reportan la información ya procesada de forma inteligente y medios que actúan para notificar a los equipos y solucionar el problema, si es que lo hay. En otras palabras, permiten que la cadena operativa del suministro opere de manera integrada y coordinada.

La integración de las tecnologías también aporta beneficios predictivos, lo que significa una mayor seguridad para garantizar que se gestionen de manera rápida los problemas, desde los más sencillos hasta los más complejos, antes de que se conviertan en incidentes.

El agua es oro y el ecosistema de Motorola Solutions nos permite abordar el recurso desde cuatro pilares: Supervisar y proteger las instalaciones —sistemas de estanques siempre amenazado por crecidas, aluviones e, incluso, atentados—; analizar y monitorear lo que ocurre en extensas instalaciones con áreas de seguridad, espacios públicos, equipos críticos, visitantes, proveedores y personal; comunicar para mantener a sus equipos conectados e informados de las alertas críticas, y responder, ya sea ante un incidente de todos los días o una situación de emergencia.

A medida que se va agotando este recurso es necesario repensar la operación del suministro de agua y llevarla a un siguiente nivel con la ayuda de la tecnología. El ecosistema de tecnologías bajo el concepto de “Seguros Públicos Seguros” proporciona la seguridad física y la eficiencia operativa necesarias para garantizar que la información fluya como el agua, donde se necesita y en tiempo real.

(1) Argentina.gob.ar. (25 junio, 2021). La bajante del río Paraná es la peor desde 1944, con la probabilidad de superar aquella emergencia histórica. Recuperado de: https://www.argentina.gob.ar/noticias/la-bajante-del-rio-parana-es-la-peor-desde-1944-con-la-probabilidad-de-superar-aquella 

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En Glasgow, Fernández pidió “mayor flexibilidad en plazos y tasas” para honrar la deuda externa

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Por Daniel Scarímbolo, desde Glasgow – El presidente Alberto Fernández sostuvo hoy que la Argentina necesita de la “atención y sensibilidad” de la comunidad internacional para “superar el obstáculo” en materia “de endeudamiento externo con el Fondo Monetario Internacional” y reiteró que el país está “dispuesto a vincular parte del pago a las imprescindibles inversiones en infraestructura verde”.

Al participar en Glasgow del evento de alto nivel “Lanzamiento del Compromiso Global de Metano” que impulsa el presidente estadounidense, Joe Biden, el Jefe de Estado volvió sobre las ideas de sustentabilidad ecológica y crecimiento económico, con foco en las dificultades adicionales que tiene la Argentina por el peso de la deuda externa.

Luego de subrayar la contribución nacional a la “reducción de todos los gases de efecto invernadero, incluyendo el metano”, explicó que en ese camino, si bien hay “responsabilidades comunes”, no debe haber “modelos únicos” para alcanzar metas.

“En el caso de la Argentina, el aporte de nuestra agro-bio-industria a la seguridad alimentaria mundial, no debe ser excluido de las negociaciones climáticas, para no generar nuevas formas de proteccionismo. Reconocemos los pilares de un desarrollo sostenible en lo social, económico y ambiental”, afirmó.

Luego, Fernández agradeció “el esfuerzo de la comunidad internacional por la histórica emisión de Derechos Especiales de Giro desde el Fondo Monetario Internacional con el propósito de superar los efectos de la pandemia” y sostuvo que se necesita “también de la atención y sensibilidad de esa misma comunidad para superar el obstáculo que Argentina tiene en materia de endeudamiento externo con el FMI”.

“Estamos renegociando un préstamo que se le concedió a mi país por 57.000 millones de dólares. Una suma mayor a la que el FMI destinó para todos los países del mundo para combatir la pandemia y que significa la mitad del presupuesto que el mundo comprometió para atender al cambio climático y que aún permanece incumplido”, graficó el jefe de Estado.

Fue allí cuando pidió “mayor flexibilidad para honrar esa deuda, en plazos y tasas” y suscribió la propuesta de “vincular parte de su pago a las imprescindibles inversiones en infraestructura verde”.

Luego, señaló que el país “vuelve a crecer en la pospandemia” a un ritmo del 9 por ciento y que el futuro de la Nación “está en el desarrollo de una economía con conocimiento y capacidades tecnológicas, adaptando su matriz productiva con el hidrogeno –entre otras fuentes de energía renovable-, y apostando a la electro movilidad”.

“La sustentabilidad ambiental va de la mano de la sustentabilidad social. Es necesario que las deudas a pagar sean sostenibles para garantizar una recuperación económica sólida y con inclusión social”, dijo Alberto Fernández y concluyó citando al Papa Francisco: “Construyamos juntos la globalización de la solidaridad, para que no triunfe la globalización de la indiferencia”.

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Para poder combatir el cambio climático, América Latina necesita canjear su deuda

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La pandemia de COVID-19 ha puesto a prueba la capacidad de los gobiernos de América Latina para pagar sus crecientes deudas externas y ha empujado a países como Argentina y Ecuador al riesgo de incumplimiento. Este fenómeno no es único de la región: la deuda, en 2020 y 2021, ha costado más de 3,000 millones de dólares en las economías emergentes.

América Latina, además, es una de las regiones más afectadas del mundo por el cambio climático. Si a eso se suma una caída del Producto Interno Bruto de 7.7% en 2020, y que este no volverá a los niveles previos a la pandemia hasta 2024, estamos frente a un problema serio. Ante ello, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP26) —que ya se realiza en Escocia— los gobiernos de la región buscan instalar una posición casi unificada sobre este tema: no hay política de mitigación climática posible mientras exista una deuda externa que deje a los países sin margen de acción.

En el “Diálogo de alto nivel sobre acción climática en las Américas”, que se realizó en septiembre y en el que participaron todos los países de la región con excepción de Brasil y México, el gobierno argentino logró el apoyo sobre la iniciativa de “canje de deuda por acción climática”, que busca acuerdos con organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI) para reducir la deuda e invertir ese dinero en políticas de reducción de los efectos del cambio climático. La idea es que los países elaboren planes de mitigación y adaptación, conforme a sus condiciones y circunstancias nacionales, y que una porción de la deuda se oriente a su implementación.

En un contexto de pospandemia, la mayoría de los países latinoamericanos necesitan proteger sus activos naturales pero, debido a las crecientes deudas soberanas, hoy no pueden costearlo. La integración de los países de la región en estas propuestas, pese a las discrepancias ideológicas entre los líderes, es la única solución posible para el desarrollo e implementación de políticas climáticas económicamente sostenibles contra la crisis.

Sobre esta propuesta el presidente argentino, Alberto Fernández, dijo en la reunión: “Los canjes de deuda por acción climática, los mecanismos de pago por servicios ecosistémicos y el concepto de deuda ambiental son claves para la salida de esta crisis. Necesitamos que los organismos de crédito comprometan 50% de sus carteras de préstamos en acciones ambientales”.

Se sumó el presidente de Colombia, Iván Duque, quien pidió “herramientas más novedosas” de financiamiento por parte de los organismos de crédito y que los acreedores cancelen las deudas de los países cuando estos cumplan con sus metas climáticas. Además, sugirió crear un mercado de carbono latinoamericano.

Y el presidente de Costa Rica, Carlos Alvarado, agregó: “Tenemos que endeudarnos para enfrentar las consecuencias del cambio climático, que aumenta cada vez más. Estamos en un ciclo perverso y a ello ahora se suma la pandemia. El cambio climático tiene emisores importantes y ellos tienen que poner su parte”. Esta iniciativa también fue propuesta ante John Kerry, enviado especial de Estados Unidos para el clima, quien acudió a la reunión.

El FMI ve la propuesta como algo factible: “Las economías en desarrollo con capacidad fiscal limitada podrían beneficiarse de instrumentos alternativos, como canjes de deuda por actividades de protección del medio ambiente, diseñados para movilizar recursos para inversiones en infraestructuras y medidas de conservación medioambientales y, al mismo tiempo, reducir la carga de la deuda”. Y organismos como el Banco Mundial también.

Este tipo de organismos son la principal fuente de financiamiento de los países en vías de desarrollo y, si ellos ya están de acuerdo, otros acreedores como China —principal socio comercial de casi todos los países de la región— podrían seguirlos.

Implementar estas políticas es necesario para América Latina, en donde la cuestión económica no es el único problema: el medio ambiente también está bajo mucha presión. La naturaleza representa más de una cuarta parte de la riqueza en los países de ingresos medianos. Pero estos activos, muchos de ellos insustituibles, se están perdiendo a un ritmo alarmante por las actividades humanas.

La región contiene 57% de los bosques primarios del mundo, alberga entre 40% y 50% de la biodiversidad mundial y un tercio de todas las especies de plantas. La sequía fue un factor determinante para que 2020 fuera el año con más incendios activos en el sur de la Amazonia, superando a 2019. La cuenca del río Amazonas, que se extiende a lo largo de nueve países de América del Sur y almacena 10% del carbono global, ha experimentado una enorme deforestación en los últimos años debido a la tala para crear pastizales para el ganado y la degradación producida por los incendios.

Por primera vez en la historia hay llamados de países y organismos multilaterales para una ronda de reestructuraciones de deuda que sean ecológicas e inclusivas. Esto debe marcar la hoja de ruta del integracionismo latinoamericano que muchos creían muerto: consensos para poner la agenda climática en el centro de la escena, a pesar de las disidencias ideológicas. Los mandatarios deberán actuar en consecuencia, si no, América Latina quedará relegada a ser la región que tuvo todo para ser vanguardia como un bloque regional y decidió mirar sus propios intereses sin pensar en las futuras generaciones.

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No hay tiempo que perder

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El arte puede conectarnos con lo que sabemos e inspirarnos a actuar. La portada de esta edición diseñada por Nor Tijan Firdaus, joven artista de Malasia, ilustra crudamente las consecuencias de generaciones sucesivas de despilfarro humano: cambio climático, pérdida de biodiversidad y degradación del medio ambiente.

Todo ello amenaza la salud y el bienestar que nuestros niños y niñas heredarán en el futuro.

Encuestas recientes muestran una creciente sensibilización al cambio climático, especialmente entre los jóvenes.

La mayoría de personas consideran que es una emergencia mundial, mucho más de la mitad en los países de ingreso mediano y menos desarrollados y casi tres cuartas partes de la gente que vive en Estados insulares pequeños y países de alto ingreso. La pandemia de COVID‑19 ha intensificado las preocupaciones: un 43% dice que ahora están más preocupados acerca del cambio climático.

Y sin embargo, como dijo Leonardo da Vinci, “Saber no es suficiente; debemos aplicar lo que sabemos. Estar dispuesto no es suficiente; debemos actuar”.

¿Cómo podemos pasar de una preocupación a la acción? Los descubrimientos científicos y tecnológicos permitieron producir vacunas contra la COVID‑19 en tiempo récord, un modelo promisorio para la innovación y acción necesarias a fin de desarrollar y comercializar tecnologías con bajas emisiones de carbono. Las respuestas de política a la pandemia
demostraron que los gobiernos también pueden tomar medidas sin precedentes cuando es necesario.

Es esencial actuar con la misma determinación para abordar el cambio climático y acelerar la aplicación de políticas que marquen la diferencia. Primero, necesitamos señales del mercado que operen a favor, no en contra, de la nueva economía del clima. Por más que esto sea políticamente complejo, el mundo necesita librarse de todos los subsidios a los combustibles fósiles, que si bien equivalen a más de USD 5 billones cada año, son mucho más costosos para nuestro futuro. Un marco sólido de precios del carbono contribuirá a reorientar la inversión privada y la innovación hacia las tecnologías limpias y fomentará la eficiencia energética. Sin ello, simplemente no podremos alcanzar los objetivos del Acuerdo de París.

Esa señal debe ser previsiblemente más contundente, llegando a un precio mundial promedio del carbono de USD 75 por tonelada para 2030, muy superior al nivel actual de USD 3 por tonelada. Un acuerdo sobre el precio internacional mínimo del carbono entre los principales emisores sería un buen comienzo.

Segundo, debemos incrementar las inversiones ecológicas. En estudios realizados por el personal técnico del FMI se proyecta que las políticas de abastecimiento verde podrían elevar el PIB mundial alrededor de 2% en esta década y crear millones de nuevos empleos. En promedio, se prevé que alrededor de 30% de la nueva inversión provenga de fuentes públicas, por lo cual es vital movilizar el resto desde fuentes privadas.

Tercero, debemos trabajar por una “transición justa” hacia una economía baja en carbono, dentro de cada país y entre los distintos países. Por ejemplo, los ingresos provenientes de la tarificación del carbono pueden usarse para transferencias de efectivo, redes de protección social, recapacitación y otras medidas para compensar a los trabajadores y empresas afectados de sectores que generan altas emisiones. Este tipo de enfoque forma parte cada vez más de las reformas de tarificación del carbono, tales como el régimen nacional de comercio de derechos de emisión de Alemania y el Mecanismo para una Transición Justa proyectado por la UE.

En todos los países, requerirá apoyo financiero y la transferencia de tecnologías ecológicas. Los países más pobres del mundo son los que menos han contribuido al cambio climático, pero son los más vulnerables a sus efectos y los
menos capaces de afrontar el costo de adaptación. Dado que muchas de las oportunidades de mitigación menos costosas se encuentran en las economías de mercados emergentes y en desarrollo, es de interés mundial que las economías desarrolladas cumplan su compromiso de aportar USD100.000 millones por año al financiamiento climático para el mundo en desarrollo.

No tenemos tiempo que perder. Con la mirada puesta en la COP26, debemos estar listos para avanzar con decisión, juntos. Sabemos qué se debe hacer; ahora debemos hacerlo

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