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La utopía de los mercados de cercanía: el caso Cerro Corá

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De que los campesinos del mundo están sufriendo un silencioso éxodo hacia las urbes no es noticia, como tampoco lo es el desastre medioambiental que las aglomeraciones generan. Metrópolis gigantescas que no descansan en su afán de parasitar el planeta con sus tentáculos insaciables de recursos naturales no renovables. 

Los registros históricos de ésta disfunción ecosistémica nos transportan hacia finales del medioevo, en lo que Adam Smith llamó “previous accumulation”. Fenómeno mediante el cual, campesinos y artesanos, siervos de su señor, pasaron a ir formando parte de un inmenso ejército de mano de obra disponible con la libertad suficiente para vender su fuerza de trabajo y así procurar su supervivencia y la de su prole.

Los analistas aseguran que sólo quedará en el mundo rural el 30% de la población mundial para el año 2050, lo que implica que 6.700 millones de personas exijan, entre otras cosas, la provisión de alimentos sanos y nutricionalmente completos, pero cuyos garantes, los campesinos, habrán desaparecido del todo.

Todo lo concerniente a la comida quedará en manos absolutas y definitivas de Multinacionales latifundistas con amplio desarrollo tecnológico, transgénico y biocida.

Una agricultura sin agricultores, sin humanos y sobre la base de una dramática profundización de la desigualdad. Para mediados del presente siglo se deberá aumentar en un 70% la producción de alimentos y la vía del transhumanismo nos conduce hacia un futuro de seres enajenados de todo rastro de naturaleza. 

Sainsbury ‘s, el segundo supermercado más grande del Reino Unido, contrató a un equipo de científicos para predecir qué vamos a comer y cómo se producirán los alimentos, según indicadores económicos, demográficos, ambientales, tendencias sociales e innovaciones tecnológicas. De esta forma, predijeron que en 50 años predominarán las dietas personalizadas que combinarán nutrientes y vitaminas (a través de parches, píldoras adhesivas o goteo intravenoso) con alimentos fortificados, a veces con aditivos naturales. Según el mismo informe, será común desayunar con pan hecho de proteína de insecto y medusa regada de leche de algas, almorzar un kit de carne “cultivado en laboratorio” y cenar lo que el drone te traiga del supermercado, según tus necesidades nutricionales detectadas por un microchip personal incrustado debajo de tu piel y las actividades planificadas en los próximos días de tu agenda. 

Una humanidad en la que un puñado de inversores, agentes, empresarios, intermediarios y exportadores internacionales impondrán “dietas de adaptación al cambio climático” explotando lo que se pueda explotar de un planeta agotado. Todo lejos, ya muy lejos de una alimentación saludable como son verduras y hortalizas, frutas, cereales integrales, aceite de oliva, legumbres, frutos secos, pescados y mariscos, huevos, lácteos y las carnes blancas.

Se piensa en un negocio vertebrado sobre alianza empresarial del tipo Bayer-Monsanto, es decir, quien produce alimentos nutricionalmente deficitarios y quien responde con medicamentos químicos a los desbarajustes que éstos propician en nuestros débiles cuerpos. 

Todo este paisaje perturbador no es otra cosa muy distinta al presente que a diario padecemos. Se trata de una continuidad lógica pero con los condimentos de la crisis energética, la agudización de fenómenos como la escasez de agua dulce y la desertificación de los suelos, la concentración económica, la pérdida de soberanía de los Estados Nacionales, la multiplicación de las guerras en pos de los recursos aún disponibles, la apatía y el embrutecimiento de la sociedad civil, etc.

La última línea de defensa de una humanidad con anhelos de conservar cualidades físicas, mentales y espirituales alineadas con la naturaleza son, justamente, los pequeños productores campesinos minifundistas que aún resisten en el mundo. Clase social en peligro de extinción pero que aún conserva el conocimiento milenario, la sabiduría ancestral capaz de extraer de la tierra las energías vitales que la evolución dispuso como nuestro alimento y medicina. Son ellos hoy los partisanos del Siglo XXI, con las condiciones materiales de sostener el cableado de nuestra especie con su hermana tierra. Ejército disperso e inconexo de hombres y mujeres heroicos sometidos a los regímenes y exigencias del agronegocio,  pero que aún guardan las llaves del retorno a la sensatez y la cordura, ambas claramente opuestas a las ofertas transhumanistas en boga.

Vemos así las inconmensurables desventuras que acarrea este singular proceso al que llamamos “éxodo rural”. Vemos cómo se escurre entre nuestros dedos la esperanza por cada campesino que abandona la chacra día a día. 

Según el último Censo Nacional Agropecuario hay en Argentina 75.193 viviendas deshabitadas en chacras abandonadas, desapareciendo a un promedio de 5.166 chacras por mes. Así de vertiginoso es el drama que se vive y del cual nada se dice en medios de comunicación ni redes sociales.

Tomemos como ejemplo una localidad como Cerro Cora, Misiones. Esta localidad tenía, para 1935, 884 plantaciones de cereales, 180 de legumbres y hortalizas, 975.365 plantas de yerba, 3.200 vacunos, 1.500 equinos, 1.800 porcinos, 800 lanares, y 16.000 aves de corral. El sector yerbatero reunía a 181 productores para ese mismo año repartidos en los distintos parajes, mientras que en el pueblo, para ese entonces, florecían múltiples  comercios y emprendimientos de todo tipo, apalancados por la prosperidad creciente de su vasto campesinado. Por múltiples factores, la decadencia de la localidad creó  las condiciones para un lento  pero constante desplazamiento  de población. Aquí sucedió un éxodo rural específico y singular, dado que no se trató, en primer término, de una migración hacia las ciudades, sino más bien hacia tierras más fértiles, ubicadas más al norte de la provincia. Esta suerte de éxodo “rural-rural” fue el inicio de un ininterrumpido deterioro que, para mediados del siglo pasado, ya había convertido a la localidad en algo menos que un pueblo fantasma, quedando habitado sólo por aquellos que, dado sus escasos recursos, no tuvieron más remedio que quedarse. Se crean así las condiciones para el éxodo rural tradicional, que acompaña a esta localidad hasta hoy día. Hoy nada queda de aquellos tiempos de esplendor, y la producción  primaria pasó a ser, desde hace varias décadas, la del carbón vegetal, representado por un número cada vez más pequeño de chacras habitadas. En términos de potencial geopolítico, el sentido común indica que debería ser esta localidad quien abastezca, con frutas y hortalizas, a la ciudad capital, distante apenas unos 40 kilómetros. Sin embargo, las sucesivas administraciones municipales  nunca han podido ver que, en un pueblo eminentemente rural, sólo los campesinos pueden devolver la prosperidad que antaño sólo ellos fueron capaces de manifestar. Aquí anida la gran tragedia, porque que que a la opinión  pública no le importe en absoluto el éxodo rural no es lo mismo que que ese desinterés sea también observable en aquellos de quien se supone administran y planifican la cosa pública. Un desamparo crónico, en el que incluso se festeja el abandono de la chacra como señal socialmente compartida de progreso. De esta manera, quien aún resiste con su familia en el campo, experimenta sus vivencias cotidianas como condena, y no tiene por tanto más anhelo que el de lograr, algún día, que sus hijos puedan al fin escapar del suplicio. 

El caso de Cerro Corá es también fiel reflejo de un fenómeno que, como ya vimos, es también planetario, pero elegí exponerlo aquí porque reúne, también, características que lo hacen un modelo paradigmático. 

La expansión de la ciudad de Posadas amenaza seriamente en convertir a la localidad de Cerro Corá en parte de su conurbano para mediados del 2030. Una franja de masiva vegetación  y biodiversidad bajo la lupa de intereses inmobiliarios es hoy el destino de una ciudad, que debería ser parte de una verdadera agenda pública  provincial. El crecimiento descomunal de la ciudad capital debe obligadamente ser observado como un fenómeno que va a demandar una enorme producción de alimentos. Cerro Corá debiera ser la huerta de Posadas, pero si no les ofrecemos a sus campesinos algo mejor que la mera producción  de carbón vegetal, si no volcamos sobre ellos el respeto y la veneración que merecen, si no existe una administración  municipal que se empodere de un proyecto de desarrollo que vaya en este sentido, entonces, Cerro Corá al igual que todos los pueblos rurales del mundo cercanos a la ciudad terminaran por ser víctimas de la metástasis  metropolitana. 

Cada campesino que abandona la chacra en localidades como Cerro Corá acelera la cuenta regresiva del poco tiempo que ya nos queda para poder aún soñar con una humanidad distinta. 

Duele ver que vamos como en un auto a toda velocidad rumbo al colapso y no atinamos siquiera a soltar el acelerador.

Frenar el éxodo rural es vital y estratégico para la lucha contra el cambio climático, el restablecimiento de la integridad de nuestros sistemas inmunológicos, la soberanía alimentaria y el resguardo de la biodiversidad por solo mencionar algunos de los múltiples beneficios. 

Una batalla que se plasma en territorio, no en la virtualidad. Una batalla real y palpable donde cavar trincheras en pos de un futuro para nuestros hijos y nietos. Una batalla por la hermana tierra y la humanidad. 

Creo que se puede. Que estamos a tiempo aún. ¿Y usted?

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Raíces que comprometen

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Observar a nuestros productores y productoras trabajar en sus chacras, es uno de las grandes motivaciones que motoriza al ejercicio de la función. Entender que la agricultura familiar es un eslabón insoslayable y pujante, es un combustible para la búsqueda de respuestas que necesitan los misioneros pendientes de nuestro suelo empapado de tierra colorada. Es ahí donde nos toca estar, donde las políticas públicas yacen y renacen de manera permanente debido al desarrollo de una humanidad que viene soportando, entre otros pesares, al cambio climático. 

Nuestra identidad y el camino nos marcan ellos: los productores y productoras que afrontan, de manera permanente, a los embates climáticos que desequilibran su cotidianeidad. Y es ahí donde el Estado aparece con las herramientas para atenuar estos imponderables que afectaron a la región en estos últimos años. Sequías y tormentas sobresaltaron a todas las producciones y particularmente a la mandioca. 

Misiones es una de las provincias reconocida por la producción de esta materia prima, y abastece a todo el país, no solo en su forma original, sino como los productos derivados que provienen de ella, entre ellas, la fécula de mandioca. Desde el Ministerio del Agro y la Producción obtuvimos diagnósticos preocupantes desde el sector y entendemos que se perjudicaron varias zonas el normal desarrollo del cultivo.

Inmediatamente nos pusimos a trabajar diferentes líneas de acción para el sector mandioquero. Sin embargo, no se trata de una acción más, sino de una política de compromiso con nuestros cultivos, tal es así que por segundo año consecutivo se entregaron subsidios a las Cooperativas Mandioqueras por un monto total que asciende a 13 millones y seis organizaciones beneficiarias.

¿Alcanza? Probablemente no en su totalidad, porque el desarrollo es permanente y el alcance es finito, sobre todo en momentos difíciles para la economía de nuestro país. No obstante, se realizaron entregas de más de 30 mil plantas de mandioca de sanidad controlada provenientes de Biofabrica Misiones para la instalación de 3 hectáreas de semillero en Puerto Esperanza y Puerto Rico, para las Cooperativas Montecarlo y San Alberto, respectivamente. 

Los desafíos son permanentes y por esovamos a continuar trabajando con la Biofabrica en distintas técnicas de campo y laboratorio en pos de obtener la masiva de plantas por biotecnología para la instalación de nuevos semilleros libres de virus y enfermedades para las producciones afectadas. Respecto a la fábrica de fécula de mandioca de Puerto Esperanza, ya se ultimaron los últimos trabajos y puesta a punto para arrancar la zafra 2023. Además, continuamos realizando la entrega como aportes no reintegrables de insecticidas orgánicos para el control de las diferentes plagas que causan pérdidas de rendimientos a los cultivos, así como también fertilizante foliar orgánico para estimular el desarrollo radicular.

El compromiso es de raíz y nos obliga a seguir de cerca las problemáticas de cada uno de los productores locales. La búsqueda de respuestas a los sectores que sellan identidad propia con su trabajo, es y será permanente para que nuestros alimentos no falten en las mesas de los misioneros y misioneras.

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¿Hacia dónde va la agroecología?

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Creo que es de suma importancia hoy, más que nunca, ser capaces de ir haciendo el esfuerzo en pos de darle mínimo ordenamiento a la inédita multitud de pseudo debates vigentes hoy día acerca de la Agroecología, ante todo para no terminar por profundizar esta suerte de “teorema del caruncho”, en el que dado que no parece haber más remedio que el de persistir en los senderos por detrás de los acontecimientos, vamos a reducir en agroecología a todo intento por hacer de los desperdicios de la sociedad de consumo un algo útil o comestible, tal y como sucede con, por ejemplo, el arroz, que al ser víctima del almacenamiento especulativo, se llena de carunchos, los cuales a veces decimos “son al final proteína”, mientras países como Estados Unidos destinan un trillón de dólares anuales al gasto militar, y transitamos a toda marcha rumbo al iceberg motorizados por la recesión-estanflación, la compulsiva quita de liquidez, la desglobalización, el Peak Oil  etc.

Tamaña contradicción e irracional desigualdad con destino a “no tendrás nada y serás feliz”, merece abrir un paréntesis y meditar, aunque más no sea un poco, el hacia dónde se dirige todo este andamiaje de combustibles entrópicos, al que sin mayores dificultades podemos catalogar como locura. Siempre desde un palco signado por la observación y el darse cuenta de la misma naturaleza de los fenómenos en pugna. 

En primer lugar considero oportuno subrayar que el sistema alimentario mundial se ha vuelto un monstruo infernal deshumanizado y deshumanizante, no sólo por las cada vez mayores injerencias de tecnologías de automatización en sus múltiples etapas y procesos, no solo tampoco por la tragedia de hacernos perder por envenenamiento la funcionalidad de nuestro segundo cerebro alojado en los intestinos, como tampoco solo por ser responsable mayoritario del cambio climático, sino que debemos intentar ver que, en su conjunto constituye una criatura inteligente y por tanto, con vida y discernimiento propio. Una entidad que se erige con imposición autoritaria bajo la órbita de aquello que es ya independiente de nuestra voluntad. 

En este sentido, como todo ser viviente, posee necesidades objetivables, es decir, come – defeca – respira – crece, etc.

Me recuerda a las fábulas de dragones, seres que sin sentido alguno azotan las comunidades humanas destruyendolo todo sin más ambición que el de su irracional apetito destructivo. 

Merece de valentía el permanecer observando a la bestia. Pero si somos capaces de hacerlo, y de incluso procurar adentrarnos en sus sombrías madrigueras, tal vez seamos capaces de conocer un poco más, fundamentalmente al percatarnos que es, en últimas, una servil mascota del mismísimo capitalismo. 

Un monstruo que come hidrocarburos y defeca residuos cancerígenos, que inhala biodiversidad y exhala gases de efecto invernadero junto a otras nocivas partículas en deriva, ese es el sistema agroalimentario mundial. Una entidad paranormal que crece deforestando, un huésped anti vida, como el mismo cáncer, que no dejará de expandirse hasta lograr matar a su portador, en este caso, el mismo planeta tierra. 

Entendiendo así, mediante esta cruda descripción, vemos que el objeto y propósito de la Agroecología no podría jamás ser algo realmente distinto del funcional agronegocio si sus aspiraciones no van más allá de los meros remiendos de baches que promueve el esquizofrénico modelo vigente. 

Tenemos la responsabilidad de hacer que no sea así. Que no terminen siendo vestidos de seda para la mona.

El desliz está en los detalles. Allí es por donde se filtran las desviaciones. En el uso del mismo lenguaje ya que es de lo que estamos socialmente hechos, de palabras, o de historias, al decir de Galeano. Palabras que no sólo hacen a lo constituido, sino que nos mueve hacia lo constituyente y cuando hablamos de Agroecología, lo hacemos justamente usando palabras. La dificultad en este sentido anida en que el siglo XXI NO está destinado a perpetrar las mismas persecuciones de su predecesor. Vivimos hoy las profecías de Francis Fukuyama, quien allá por 1992, auguraba el fin de las luchas por ideologías, y así hoy padecemos lo que Fidel Castro advertía: “…cuando surgieron los medios masivos, se apoderaron de las mentes, y gobernaron no sólo a base de mentiras sino de reflejos condicionados… La mentira afecta el conocimiento, el reflejo condicionado afecta la capacidad de pensar, y no es lo mismo estar desinformado qué haber perdido la capacidad de pensar”. Padecemos hoy de una hiperexcitación psicópata fruto de múltiples y simultáneos estímulos que nos coloca en la cúspide del marketing, y dado que si “muestra torpeza o falta de entendimiento para comprender las cosas”, según la RAE, nos hace ser estúpidos, terminamos por volvernos discapacitados en el discernimiento propio y por tanto, predecibles, manejables, esclavos. 

La ausencia de ideologías hizo que ya no haya más lugares a salvo en nuestra interioridad que nos den un sentido de existencia y seguridad, aunque ésta no haya sido más que ilusoria. La norma es esta suerte de quiebre colectivo de conciencia desde el cual, en la ingravidez del subconsciente, un mínimo impulso basta para que esa energía nos conduzca en la dirección deseada, sin que podamos remediar el paseo con el esfuerzo de nuestras cualidades naturales. Somos cual astronautas a la deriva y así, en la soledad del espacio de nuestro universo interior, toda voluntad es menos que vana.

El regreso al planeta tierra, a la materialidad de la existencia, no es por los senderos New Age de meditación astral y el chakra raíz. Es más bien con el recupero de nuestras capacidades innatas de percepción y sensibilidad hacia los elementos, un regreso al cuerpo, a su información, a su inteligencia. Un cuerpo que es también vehículo apto para este transitar por el existir. Así, hay conciencia que habita el cuerpo, un cuerpo que toma contacto con la naturaleza y la naturaleza que abraza al hijo pródigo con la abundancia, eso señores, eso es Agroecología, un regreso a la información viva y fluyente del “orden implicado”, lo que mal llamamos conocimiento ancestral. 

Es por tanto bandera de los desposeídos, es instrumento de liberación de la especie, es un retorno a la naturaleza para volver a ser humanos, es revolución. 

Quienes, deliberadamente o no, propician que se reduzca a un mero conjunto de técnicas para hacer comida, están matando la oportunidad de revertir el rumbo hacia la sexta extinción masiva al que nos empujan con el transhumanismo. Agroecología no es un paradigma. Ahí anida el meollo de la cuestión. Esa es precisamente la piedra que mella el filo.

La historia de la ciencia, y de la humanidad en general, fue siempre la historia de las transiciones de paradigmas, mediante los cuales forzamos siempre a la naturaleza para que encaje en los mismos. Según Kuhn,

“cuando un estudiante está aprendiendo, lo que está aprendiendo es cómo incorporarse al paradigma”, de modo que nunca los seres humanos hemos podido trascender más allá del condicionamiento impuesto por nuestros patrones de conducta aprendido, y mucho menos hoy, cuando el derrumbe civilizatorio impulsa a las redes sociales por los senderos fragmentarios que decretan los algoritmos y nos brinda sesgos cognitivos frágiles basados en un etérico sentido de pertenencia. Agroecologia es en todo sentido lo opuesto a la esclavitud mental y espiritual y es también el “destino manifiesto” del campesino como clase social dirigente, al ser aún portador de las llaves hacia la terrenalidad.

Agroecología no es una teoría tampoco. La palabra teoría viene del griego “theoria”, que tiene la misma raíz que el teatro. Vivimos atravesados por la mente analítica que fragmenta la percepción y nos hace ver como separados del mundo que nos rodea. Al decir del prestigioso científico David Bohm “la fragmentación produce la costumbre casi universal de pensar que el contenido de nuestro pensamiento es una descripción del mundo tal y como es, con la realidad objetiva”. Y esto es la perpetua discusión con ES. 

Sin embargo, el hombre ha buscado siempre la totalidad física, mental y espiritual. La palabra “health” (salud) procede de la palabra anglosajona “hale” que significa “whole”, en inglés “todo”, es decir, estar saludable es estar completos y esa capacidad de percibir la totalidad. Ese “darse cuenta” de lo que uno percibe, sin el juicio de un pensamiento programado y condicionante, es Agroecologia. 

Así vemos también que tampoco es una ciencia sino que se trata más bien de una concepción epistemológica global que no atenta contra paradigmas preexistentes sino que más bien hace a una cosmogonía distinta que apuntala y exige un modo de vivir. 

La cosmogonía está más allá de los paradigmas. Hace más bien al espacio donde los paradigmas existen. No es el contenido del recipiente, sino el recipiente mismo. Algo que la humanidad aún no se pudo cuestionar. 

El colapso capitalista seguirá intentando cooptar y hacer suyo todo intento por formular un sistema de vida distinto y es inteligible que así sea. Nos corresponde trabajar con todas las fuerzas para que esta oportunidad de transformación profunda en nuestra maltrecha humanidad no se desperdicie.

Hoy “un fantasma recorre el mundo, el fantasma de la Agroecología”. Campesinos del mundo uníos. Para que logremos instaurar la cordura, ya no será la conciencia lo que determine  nuestras vidas, como tampoco lo hará el ser social, será la inteligencia que habita en todas las cosas, será la naturaleza que al fin logre conducir nuestros designios. No por casualidad una neurona vista al microscopio es idéntica, con el mismo instrumento a una muestra de micorrizas.

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Advertencia de organizaciones agrarias y ambientalistas: “Nos estamos quedando sin monte, sin agua y sin suelo productivo”

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Así lo advirtieron, a través de un documento entregado al Gobernador, los referentes de organizaciones agrarias, sociales, de derechos humanos, gremiales, indígenas y ambientales al cotejar imágenes satelitales que muestran una severa fragmentación del Corredor Verde, el último remanente continuo de Selva Paranaense, cuya conservación fue establecida por Ley para garantizar la disponibilidad de bienes naturales y la biodiversidad.

“Nos estamos quedando sin monte, sin agua y sin suelo productivo”, dijo Hugo Sand, de la Asociación de Productores Agropecuarios de Misiones (APAM). “Los primeros perjudicados con esta situación son los agricultores y las personas de menos recursos”, agregó por su parte Salvador Torres, del Movimiento Agrario de Misiones (MAM).

“El Corredor Verde como tal  no existe más y con la eliminación de la Selva, disminuye la generación de agua en todas sus formas y se incrementa la pérdida de suelo productivo. Si a eso le sumamos sequía, olas de calor y el monocultivo de exóticas, estamos ante un escenario de posibles grandes incendios y de pérdida de producción agraria”, explicaron Sand y Torres.

Para revertir la situación, las organizaciones proponen un modelo de producción basado en la recuperación de la Selva y en la multiplicación de alimentos sanos y nutritivos. “Necesitamos que el Gobierno priorice la recuperación del monte y destine recursos a extender la producción hortícola y agraria, todo eso generando empleo para la población de menos recursos”, señaló Graciela de Melo, de la Corriente Clasista y Combativa (CCC). “La agroecología es la gran aliada en esta cruzada que nos involucra a todes, y que es urgente porque hablamos de bienes imprescindibles, como el agua”, destacó Raúl Aramendy, del Servicio de Paz y Justicia (SERPAJ). “Todo esto es fundamental para una buena salud”, acotó a su turno Florencia Orlando, de la Red de Agricultura Orgánica y Laicrimpo.

Contundente, Cristian Cabrera, de Los Pueblos Originarios en Lucha, volvió a señalar que “el pino nos está haciendo mucho daño”, al ilustrar la pérdida de territorio para el pueblo mbya guaraní y los efectos de un modelo económico que incentiva el monocultivo de exóticas, un hecho que fue cuestionado también por Claudio Salvador, referente territorial del Movimiento Ecuménico por Derechos Humanos; por Leandro Sánchez, de CTA y ATE,  y por Rulo Bregagnolo, del Grupo Ecologista Cuña Pirú y Frente Ambiental Kaapuera.

La situación ya había sido planteada a principio de agosto al gobernador Oscar Herrera Ahuad. 

En esta oportunidad, en el presente mes de noviembre, los referentes acercaron a la Casa de Gobierno un documento que contiene un diagnóstico del Corredor Verde y propone medidas, como la reglamentación y cumplimiento efectivo de las leyes y de organismos, como el Instituto del Suelo; la restauración del monte y del agua; programas provinciales de cisternas y de sistematización de caminos para almacenar y retener agua de lluvia en las chacras, e iniciativas de prevención de incendios. 

DE la misma manera, los dirigentes solicitan al Gobernador que priorice a las organizaciones sociales, agrarias y ambientales en la asistencia por parte del Estado en la asignación de tierras para la producción y multiplicación de alimentos sanos y nutritivos y reforestación con nativas; y el cumplimiento efectivo de la Ley XXIV- Nº11, que establece la expropiación de 600 hectáreas de la empresa Arauco para ser destinadas a Productores Independientes de Puerto Piray para la producción de alimentos. La norma fue sancionada en el año 2013 y hasta la fecha, sólo 160 de las 600 hectáreas fueron transferidas a los trabajadores.

También, piden establecer mecanismos para facilitar la formalización de emprendimientos rurales y el trabajo rural (compatibilidad entre planes sociales y trabajo), el incentivo para la permanencia de jóvenes y adultos en la zona rural mediante la regularización de la tenencia de la tierra, la asignación de tierras fiscales y la creación de “comunidades eco agrarias”, donde el Estado provea viviendas, servicios de agua, luz, conectividad, transporte, insumos y herramientas para la agroecología. 

Específicamente sobre pueblos originarios, los referentes plantean la necesidad de un referéndum para que la sociedad de Misiones se expida sobre el reconocimiento de la preexistencia de los pueblos originarios con la enmienda de la Ley Provincial 4.000/03 y que ésta sea incorporada a la Constitución Provincial. 

De la misma manera, que la designación del titular de la Dirección de Asuntos Guaraníes sea consensuada con todos los caciques de las comunidades originarias en Misiones, y que el Gobierno, a través de la dependencia que correspondiere, concrete los planos de mensura de territorios de comunidades originarias.

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Si no hay en góndola ¿podremos producir nuestros propios alimentos?

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Se desconoce normalmente, por parte del ciudadano promedio, cómo es que llegan los alimentos a las góndolas y mucho más se ignora todo aquello que hace a la producción en sí de esos alimentos. 

Este no saber no es estricta desidia, sino que constituye en realidad una de las patas fundacionales del modo de producción vigente. La enajenación es parte indisoluble de nuestra arquitectura cognitiva contemporánea. 

Se trata de la incapacidad de tomar contacto y control sobre el mundo que nos rodea, de percibir el ambiente circundante cual si se tratase de elementos fragmentarios que, por inconexos, dejan al individuo oprimido frente a circunstancias de las cuales depende para su sustento, y sobre las cuales no tiene capacidad de interacción. Así, lo que refiere por ejemplo a nuestros alimentos, se halla cubierto por un manto de aparente misterio en cuanto a su origen, dejando una percepción fetichista, condicionada e inconsciente. 

Nuestras sociedades complejas actuales, han venido a profundizar este fenómeno, de la mano de la especialización del conocimiento, entre otros factores, haciendo así que el saber esté circunscrito a quienes se dedican a las tareas específicas en cuestión e incluso éstos mismos, aún siendo parte de las labores productivas, tampoco quedan inmunes a la discapacidad ya que su alienación los priva de librarse de la enajenación colectiva. 

Los conceptos que exponemos aquí son los que, desde las ciencias sociales, se vienen estudiando hace décadas y que conforman lo que conocemos como “sociedades de consumo”. Complejos andamiajes de producción y reproducción de patrones de conducta que se transmiten de generación en generación, cultura mediante la que organizamos nuestros vínculos con otros seres humanos y con la naturaleza en general. 

Esta forma de organización que no es el patrimonio de la herencia biológica trae aparejada una multitud de contradicciones y conflictos para la humanidad y dentro de todos ellos, el que nos interesa aquí es lo que hace a nuestros alimentos. 

Seguro que en innumerables oportunidades usted habrá escuchado ideas tales como “los alimentos tienen venenos”, “lo que comemos tiene trazos de químicos cancerígenos”, “los transgénicos están en todo lo que comemos”, etc. Vemos la gravedad de tal situación y existen campañas que se ocupan de hacerle llegar a usted estas denuncias. Sin embargo, no consiguen activar nuestras alarmas y todo pasa a formar parte de otro elemento más que nos angustia, dado lo cual, para sobrellevar la existencia frente a cosas sobre las cuales, aparentemente, no podemos hacer nada simplemente elegimos insensibilizarnos y seguir con nuestras vidas, aun cuando paradójicamente, la misma se halle bajo amenaza.

Lo central, como vemos, es este supuesto “no poder hacer nada”, que delata justamente la enajenación antes descrita y que consciente o inconscientemente delegamos a quien corresponda con criterio a la autoridad o responsabilidad pertinente. 

Una cruel “rueda de hamster” que gira al ritmo de nuestros insaciables deseos y aspiraciones individuales, todas ellas ligadas a la lógica no explícita de que cantidad de consumo es igual a calidad de vida. 

“Los alimentos no son saludables, y qué? ¿Qué podría hacer yo al respecto?” “La culpa es del gobierno corrupto que no controla!”, “Para eso yo trabajo y pago mis impuestos, no puedo estar en todo” son los comentarios más habituales al respecto. Pero nunca parece ser posible ir un poco más allá y detenernos, aunque más no sea un instante a reflexionar lo que nos pasa como individuos y como sociedad. 

La sociedad de consumo, y el capitalismo en general está en plena decadencia. La crisis energética y el cambio climático imponen, en este particular siglo XXI, nuevas condiciones para la permanencia como especie en el planeta y la enajenación ya no es sólo un constructo de esclavitud mental, sino que se trata de una traba objetiva para la simple disponibilidad del sustento.

En quienes esperamos nos resuelva y garantice los alimentos en las góndolas ya no podemos confiar. La escasez de gasoil y la sequía récord puso el reloj en cuenta regresiva al desabastecimiento total. Todos las variables implicadas señalan un rumbo inevitable hacia la hambruna planetaria. 

Aquí, el “no poder hacer nada” que nos condiciona a la impotencia estará en tensión como nunca antes se tengan registros. Cuando las tripas truenen en las más amplias mayorías, la salida difícilmente resulte ser constructiva y no violenta.

Existe, sí un fenómeno muy poco estudiado al día de hoy, al que podemos definir como “éxodo urbano”. Personas que intuyen el devenir o que simplemente ya no soportan la insalubre vida urbana y se lanzan a una nueva vida en el campo. Muchos de ellos fracasan, pero otros consiguen prosperar siendo resilientes y modificando no solo los particulares hábitos consumistas, sino también haciendo nuevos senderos de aprendizaje hacia lo colectivo, lo democrático, lo solidario, lo cooperativo.

Nuevas formas no capitalistas de interacción que forman parte también de la aventura de producir sus propios alimentos. 

Así, estas prácticas contra hegemónicas se vienen materializando poco a poco y son verdaderas innovaciones en la lucha por una vida digna de ser vivida, más allá del consumismo y la superficialidad.

Al tomar contacto con la tierra y al permitir vivir la vida acompasados con los ritmos de la naturaleza, la enajenación termina, creando experiencias de configuraciones revolucionarias de sociedad. 

La Agricultura convencional ya está agotada y sólo puede garantizar inflación y góndolas más y más vacías. Una nueva humanidad, con el suficiente desapego a la decadencia que hoy colapsa, será quién guíe los derroteros de nuestra especie con voluntad de supervivencia y del buen vivir.

La normalidad viene siendo la escasez pero no para todos. Los hay quienes al confiar en la naturaleza, están experimentando la abundancia. Una de tipo diferente, más ligada a la plenitud, la paz, la alimentación saludable y la familia unida. Humanos en la vanguardia de un proceso de adaptación por el que indefectiblemente deberemos atravesar todos si lo que deseamos es una transición pacífica y no distópica frente al complejo y dramático devenir.

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