Lula

Lula prometió que “el pueblo va a volver a comer” y dijo que Bolsonaro es “negación de la política”

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El expresidente de Brasil y candidato opositor Luiz Inácio Lula da Silva afirmó hoy que en las elecciones del 2 de octubre busca volver para “recuperar la economía” y prometió que “el pueblo va a volver a comer”.

Además, admitió que hubo corrupción en la empresa estatal Petrobras y calificó al mandatario Jair Bolsonaro como producto de la “negación de la política” que, dijo, delegó al Congreso la misión de gobernar y no controla el presupuesto del país.

En una entrevista de 50 minutos con la televisora CNN Brasil, emitida esta noche, Lula se presentó como el candidato que tiene “mucha experiencia” y dijo que se postula porque tiene “la certeza de que es posible recuperar la economía” brasileña.

“El pueblo va a volver a comer”, prometió, mirando a cámara.

Sobre Bolsonaro, dijo que se trata de un fenómeno de negación de la política y definió al Ejecutivo como un poder “debilitado”.

“La negación de la política y la destrucción de la política permitió que surgiera un Bolsonaro, como pasó con (Adolf) Hitler en Alemania, con (Benito) Mussolini en Italia; toda vez que se niega la política, lo que viene después es mucho peor”, dijo Lula.

“El presidente entregó el presupuesto al Congreso, es que el Gobierno está tan debilitado que el Congreso tiene más poder de inversión que el Presidente de la república”, manifestó.

Sobre el Legislativo, sostuvo que esperaba que se elijan “muchos diputados y senadores para no ser rehén del Congreso”.

En los primeros 20 minutos, el entrevistador William Waack consultó al candidato sobre temas de corrupción, principalmente durante sus períodos de gobierno (2003-11).

“Mi versión es que algún director de Petrobras que reconoció que robó, pagó el precio; yo no puedo decir que no hubo corrupción si ellos confesaron, lo que creo grave es que esas personas fueron beneficiadas por una delación premiada cuyo objetivo era intentar culparme”, declaró.

“La delación premiada hizo que muchos se volvieran ricos”, subrayó.

El líder del Partido de los Trabajadores (PT) se quejó de tener que demostrar que no cometió delitos. “Tuve que probar en la justicia mi inocencia y demostrar la culpa de ellos”, en referencia a jueces y fiscales, señaló.

Además, prometió que, de resultar ganador el 2 de octubre, la única forma que alguien no sea investigado es “si no comete delito”.

Si bien remarcó que es necesario “seguir creyendo en la Justicia”, criticó la falta de respeto por la división de poderes -que describió como “anormalidad”- y la “judicialización de la política”.

“Si cada uno (de los poderes) vuelve a su función, creo que las cosas van a volver a la normalidad: el Legislativo a legislar, el Ejecutivo a gobernar y el Judicial si sabe ser garante de la constitución” se logrará ese objetivo, evaluó.

Lula también marcó un punto de quiebre en la historia reciente en 2014.

“Las cosas empezaron a cambiar desde el golpe contra (la entonces presidenta) Dilma Rousseff, hasta entonces vivíamos en una normalidad, nunca se intentó derrumbar a un presidente porque andaba mal en las encuestas; en 2014 (el actual senador y excandidato a presidente) Aecio Neves no reconoció el resultado de las elecciones”, dijo.

Lula prometió que de ser electo por tercera vez como presidente, convocará a los gobernadores e impulsará los tres principales proyectos de infraestructura de cada estado.

El resto de los candidatos presidenciales participaron del ciclo de entrevistas de la emisora y hasta el momento el único que no confirmó su participación es Bolsonaro.

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Lula tiene 44% contra 31% de Bolsonaro a menos de un mes de las elecciones, dice sondeo de TV Globo

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El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva lidera con 44% de intención de voto la carrera para los comicios presidenciales del 2 de octubre en Brasil, contra 31% del mandatario Jair Bolsonaro, según una encuesta del instituto Ipec divulgada por la cadena televisiva privada Globo.

El líder del Partido de los Trabajadores está confirmando su favoritismo a menos de un mes de las elecciones y tiene chances de vencer en primera vuelta, contando los votos válidos, sin blancos ni anulados, como hace la justicia electoral.

La diferencia de esta encuesta entre Lula, presidente entre 2003 y 2010, y Bolsonaro, que va por la reelección, es de 13 puntos.

Respecto de la anterior encuesta del 29 de agosto del instituto Ipec (ex Ibope), Lula se mantuvo en 44% mientras que Bolsonaro, candidato del Partido Liberal, cayó 1 punto, de 32 a 31%.

Esta encuesta fue realizada después del primer debate electoral y luego de una semana de propaganda y mostró, también, que el rechazo al gobierno de Bolsonaro es de 57%.

El tercero, según la encuesta divulgada por Globo, es el exministro Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista, con 8%, seguido por la senadora Simone Tebet, del Movimiento de la Democracia Brasileña (MDB) del expresidente Michel Temer, con 4%.

Gomes y Tebet crecieron un punto cada uno, apoyados por el desempeño que tuvieron en el debate electoral, que les dio una mayor visibilidad ante un escenario polarizado entre el exmetalúrgico Lula y el excapitán del Ejército Bolsonaro.

Más atrás aparecen con 1% cada uno el empresario libertario Felipe D’Avila, del Partido Novo, y Soraya Thronicke, de Unión Brasil.

La clave de la elección se sitúa en este dato: los votos en blanco sumaron 6 por ciento y los que respondieron que no saben a quién van a votar representan el 5 por ciento, según el sondeo de Ipec.

Pero Lula aún tiene chances de vencer en primera vuelta, que se logra cuando un candidato tiene la mitad más uno de los votos.

Apenas contando los votos válidos, sin blancos ni anulados, tal como lo hace la justicia electoral el día de la elección, Lula está en los umbrales de convertirse en presidente electo el 2 de octubre.

Es que la encuesta Ipec le otorga el 50% de los votos válidos, dentro del margen de error de 2 puntos para arriba o para abajo que tiene la muestra, considerada entre las dos mejor reputadas de Brasil junto a la de Datafolha, que la semana pasada redujo las chances del expresidente de ser electo en primera vuelta, con 45% de los sufragios válidos.

El voto está consolidado como nunca: 79% de los electores dijo que no existen chances de cambiarlo.

En tanto, 85% opinó que la divulgación de noticias podrían influir en las elecciones, como ocurrió en 2018 con la victoria de Bolsonaro.

En caso de balotaje, según Ipec Lula tiene una preferencia del 52% contra el 36% de Bolsonaro.

Según el desglose de la encuesta Ipec, Lula vence en distritos fuertes como los estados de San Pablo y Minas Gerais, los dos más importantes y populosos del país, y en todo el noreste, mientras que Bolsonaro vence en el centro-oeste sojero y ganadero y existe empate en la región sur.

Existe más preferencia hacia Lula entre las mujeres y la población más pobre, mientras que Bolsonaro domina entre los más ricos y entre quienes adhieren al culto evangélico.

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Lula saca ventaja ante un Bolsonaro a la defensiva en el primer debate electoral de Brasil 2022

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(Por Pablo Giuliano, corresponsal Telam).- El presidente de Brasil y candidato a la reelección, Jair Bolsonaro, y su principal rival para las elecciones del 2 de octubre, el exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva, se acusaron hoy mutuamente de mentir y elevaron el voltaje del primer debate televisivo de la campaña, que incluyó un insulto del jefe del Estado a una periodista que intervino en el programa de la TV Bandeirantes.

Líder en los sondeos, el fundador del Partido de los Trabajadores (PT) fue el blanco elegido por Bolsonaro, que lo acusó de haber comandado entre 2003 y 2010 el gobierno “más corrupto de la historia” por los desvíos en la estatal Petrobras en el escándalo Lava Jato por el que fue condenado y luego absuelto por ser víctima de “lawfare”.

El jefe de Estado le dijo dos veces “expresidiario” a Lula, quien le respondió que “está más limpio que el presidente y su familia” y prometió eliminar los decretos con secretos de Estado por 100 años firmados por Bolsonaro sobre gastos y personas con las que se reúne.

A su vez, Lula respondió que su Gobierno fue el que mejoró la vida de las personas y el que tuvo más transparencia en el Estado y acusó a Bolsonaro de haber “abandonado” al pueblo, tras afirmar que en 2018 fue preso para impedir que ganara.

El mandatario de ultraderecha protagonizó el momento más violento de la noche al insultar a la periodista Vera Magalhaes, que preguntó sobre el rol del Gobierno en la pandemia y Bolsonaro le respondió que “era una vergüenza para el periodismo” por abordar este tema, tras lo cual fue repudiado por sus colegas.

Por otro lado, el presidente brasileño cuestionó la relación política de su colega argentino, Alberto Fernández, con Lula al comentar cómo en Sudamérica han vencido elecciones aliados del líder del PT como Fernández en Argentina, Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia.

“Miren hacia dónde va la Argentina, el presidente de Argentina visitó a Lula en la cárcel. Hoy 40 por ciento de la población argentina está a la miseria. Lula apoyó al candidato que en Chile incendiaba el metro, en Colombia al candidato que está a favor de liberar las drogas y los presos. Lula apoya a Daniel Ortega en Nicaragua persiguiendo a religiosos”, dijo Bolsonaro.

Lula y Bolsonaro participaron por primera vez de un debate cara a cara siendo los favoritos, realizado en la emisora del barrio de Morumbí de San Pablo, donde también estuvieron los candidatos Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista (PDT); la senadora Simone Tebet, del Movimiento de la Democracia Brasileña (MDB) del expresidente Michel Temer; la senadora Soraya Thronicke, de Unión Brasil, del exjuez Sergio Moro; y Felipe D’Avila, del libertario Partido Novo, exbolsonarista.

Tebet y Thronicke intentaron posicionarse ante los electores -para los que no son muy conocidas- y atacaron los dichos de Bolsonaro. La senadora del MDB lo acusó de ser “misógino” y defensor de violadores y de torturadores de mujeres en la dictadura militar.

Bolsonaro, más tarde, dijo que existe una “victimización de la mujer” y defendió la agenda conservadora contra el aborto. Incluso dijo que liberó la posesión de armas para que las mujeres campesinas puedan defenderse.

Según las encuestas en tiempo real divulgadas por la prensa, Ciro Gomes fue el mejor evaluado por los usuarios de internet, presentándose como un “pacificador”.

El candidato del PDT tiene entre 5 y 8% de intención de voto y discutió con Lula, del que fue ministro de Ciudades durante tres años.

Gomes dijo que Lula es un “encantador de serpientes” y que el PT provocó una crisis económica y política en el gobierno de Dilma Rousseff que permitió “el surgimiento de Bolsonaro”.

Lula le endilgó que en 2018 se fue a París durante la segunda vuelta para evitar hacer campaña para Fernando Haddad en la elección en la que venció Bolsonaro, aunque afirmó que el PDT de Gomes será convocado para componer un eventual gobierno.

Gomes también repartió cuestionamientos hacia el actual jefe del Estado.

“Bolsonaro corrompió a todas sus esposas y a todos sus hijos. No tiene corazón ni escrúpulos. Usted simuló asfixia cuando moría gente de Covid-19”, dijo en las críticas cruzadas.

Por su parte, Lula acusó a Bolsonaro de no “derramar una sola lágrima” por los muertos por la pandemia y lo cuestionó por el negacionismo con la vacuna, mientras que Tebet respaldó al expresidente y dijo que hubo corrupción en el Ministerio de Salud del actual mandatario para adquirir anticipadamente en un paraíso fiscal la vacuna india Covaxin.

Lula, que gobernó Brasil entre 2003 y 2010, lidera la carrera electoral con 47% de la intención de voto contra 32% de Bolsonaro, según una encuesta del Instituto Datafolha publicada el 18 de agosto. Otros sondeos también ubican a Lula en la delantera, aunque con una ventaja menor.

El objetivo de Bolsonaro es recuperar puntos o restarle apoyos a Lula para llegar a la segunda vuelta electoral.

La jugada de Tebet, según analistas, fue acompañar a Lula mientras que la esperanza de Bolsonaro es que el laborista Gomes le arañe votos al líder del PT.

Lula y Bolsonaro prometieron que el próximo año, en caso de ser electos, mantendrán el programa social de 600 reales.

Lula acusó a Bolsonaro de haber mentido debido a que en el presupuesto de 2023 enviado al Congreso no está previsto el aumento del subsidio.

Ante las promesas de privatizaciones del magnate D’Avila y la empresaria de moteles en Mato Grosso do Sul Thronicke, Lula defendió las políticas de inclusión social y de generación de empleo prometiendo una reforma en la legislación para permitir derechos laborales a los informales, sobre todo a los repartidores que trabajan para aplicaciones de delivery.

“El pobre volverá a ser respetado, no es posible que un trabajador entregue comida sin poder comprar qué comer. Hay que legalizar la vida de ese ciudadano y darle ciudadanía. La esclavitud terminó en 1888. Nada de esclavitud del siglo XXI”, aseguró Lula.

El presidente, por su parte, negó la existencia de 33 millones de personas con hambre diciendo que es una “exageración” y manipuló datos para indicar que el plan social actual es mayor que el que pagaban los gobiernos del PT.

En la puerta del canal había grupos de militantes del PT y del Partido Liberal de Bolsonaro.

Durante el intercambio entre los favoritos, el exministro de Ambiente bolsonarista Ricardo Salles se enfrentó a empujones con el diputado lulista André Janones en las bambalinas de la transmisión televisiva.

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¿Quién vive?

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Por Jean Tible, publicado en Le Monde Diplomatique. Luiz Inácio Lula da Silva polariza las elecciones presidenciales brasileñas desde la segunda vuelta de 1989 y volverá a ser el personaje principal de los comicios de este año. Figura épica, vivió experiencias de miseria en su juventud, antes de convertirse en obrero metalúrgico. Luego se volvió una pieza clave de la clase trabajadora en la redemocratización de Brasil, por su participación sindical y en las huelgas de los 80, liderando la creación del Partido de los Trabajadores (PT) y de la Central Única de Trabajadores (CUT). En el transcurso de su gobierno, se transformó en una figura política de importancia global. ¿Cómo entender la situación política actual y su retorno al centro de la escena?

El punto de inflexión se sitúa en las protestas de 2013. Luego de una década de gobiernos petistas marcada por el ascenso social de decenas de millones de personas, la irrupción de las protestas abre un nuevo ciclo político. Para bien o para mal, marcó el fin de una etapa. Terminó la estabilidad y se agudizó el conflicto distributivo debido a la dificultad para profundizar (e incluso continuar) el proceso de disminución de las desigualdades sin tocar los intereses concretos de los sectores más privilegiados. La “magia” del lulismo –distribuir a los pobres sin sacarles a los ricos– encontró allí su límite. Los gobiernos de Lula habían involucrado una paradoja: moderación y ausencia de “reformas estructurales” y, al mismo tiempo, un fuerte giro simbólico y material a favor de los más necesitados. Durante aquellos años se produjo una expansión de las oportunidades de vida y de las perspectivas de lucha gracias a una serie de políticas sociales (el plan Bolsa Familia, cuotas raciales y sociales para beneficiar a los excluidos de la enseñanza superior, la expansión de la universidad pública y la universalización del acceso a la electricidad). Hubo también mejoras económicas (aumento del salario mínimo, créditos rurales y populares), culturales, novedosos mecanismos de participación y nuevos vínculos con el mundo: la política de no aceptar un lugar prefijado en el concierto global y el fomento de las relaciones Sur-Sur, el apoyo a la integración regional y el impulso de nuevas alianzas. Ese conjunto de políticas benefició –e inclusive transformó– al electorado petista hasta hoy, con el realineamiento electoral detrás de la figura de Lula y la conquista de los más pobres, sobre todo en el Nordeste, que antes temían y ahora permanecen leales al PT.

El auge del lulismo se da hacia fines del segundo gobierno de Lula. Dotado de una altísima popularidad, Lula elige a su sucesora, Dilma Rousseff, y asegura a Brasil como la sede de las Olimpíadas (Río de Janeiro 2016) y de la Copa del Mundo (Brasil 2014). Y es justamente en el contexto de esta especie de coronación cuando se ponen de manifiesto las fuertes fragilidades del proceso de cambio: una democracia de baja intensidad (violencia estatal y privada, participación limitada, represión a las manifestaciones), alianzas contradictorias y la vigencia del poder para nada democrático de las grandes empresas y los bancos.

El gobierno de Dilma Rousseff no tomó en serio las protestas de 2013. La crisis se agudizó y nos aproximamos al escenario siniestro de estos últimos años. No sorprende que los partidos tradicionales no hayan tomado en serio el descontento de sectores importantes de la sociedad, pero justamente el PT, situado a la izquierda del sistema político, debería haber interpretado las señales de las calles de forma más consciente, pues allí están sus orígenes. Al no lograr –o no querer– escuchar este mensaje, el PT bloqueó una renovación que era muy necesaria, tanto la suya propia como la de la democracia. El asesinato de la concejal carioca Marielle Franco en el marco de la intervención militar en Río de Janeiro durante el gobierno golpista de Michel Temer, el 14 de marzo de 2018, puede ser leído como un intento del sistema de cerrar aquello que se había abierto, al quitarle la vida a un símbolo de las nuevas subjetividades emergentes. Cinco años después del comienzo de las protestas es elegido un candidato que celebra la maquinaria de la muerte en un proceso lleno de ilegalidades, que incluyen el golpe contra Dilma de 2016 y la detención y proscripción de Lula.

Al no tratar de forma más contundente las heridas coloniales de Brasil (el genocidio de jóvenes negros, el etnocidio de los pueblos indígenas y las desigualdades sociales inmorales), esos pendientes que atraviesan a todas las generaciones desde el inicio de lo que llamamos Brasil se vuelven contra el proceso político-creativo que estaba en curso. Nunca ajustamos las cuentas con esos crímenes y las regiones más violentas de un país ya muy violento adquieren una importancia crucial que apuntan a una nacionalización de sus tragedias: la Bajada Fluminense y el Oeste de Río con sus milicias, el Pará y la Amazonia en llamas y el Mato Grosso del Sur y la matanza que nunca cesa. Este Estado, de menos de tres millones de habitantes, contaba con dos ministros al inicio del gobierno de Jair Bolsonaro, ambos asociados a posiciones anti-indígenas, componiendo una mezcla espantosa con la influencia miliciana y latifundista.

Si Brasil exhibe a lo largo de su historia un continuum de masacres contra pobres, negros e indígenas y otras comunidades, la novedad es que los protagonistas de esta guerra ininterrumpida contra colectivos disidentes llegaron (o mejor aun, volvieron) al Gobierno Federal. La agenda de muerte y de masacres es el eslabón (explícito) que une las distintas iniciativas del gobierno de Bolsonaro, en una lista larga: la cancelación de las políticas de solidaridad, la liberalización general del uso de agrotóxicos, el desmantelamiento de las políticas ambientales y el boom de la deforestación, la oposición a la demarcación de las tierras indígenas, la destrucción de las premiadas políticas de lucha contra el HIV, la ampliación de los permisos de posesión y portación de armas, el punitivismo, la política exterior subordinada y una gestión genocida de la pandemia.

Lula enfrentará en las elecciones de octubre al actual Presidente. A pesar de que las encuestas lo sitúan en un primer lugar, el partido está todavía abierto y la disputa puede ser ardua. Los sondeos siguen registrando un importante rechazo a todos los candidatos: el de Lula, aunque elevado, es uno de los más bajos. Luego de su exclusión en las últimas elecciones presidenciales y 580 días injustamente preso, el ex presidente vive un regreso estentóreo. ¿Qué propone? ¿Cuáles son sus horizontes?

En un plano general, un retorno a los buenos tiempos lulistas de salarios, empleos y expectativas en aumento. Pero, ¿es suficiente? Todavía no se sabe exactamente cuál será su programa de gobierno y algunas discusiones importantes (como la revocación o no de las contrarreformas del último período) permanecen en duda. ¿Es posible reeditar la receta, considerada exitosa, de la primera victoria de Lula en 2002, cuando se impuso con un programa de conciliación? El país se encuentra en condiciones peores que en aquel momento, una “tierra devastada” por la quita de derechos, el desempleo, la disminución del poder adquisitivo de los salarios, el hambre que afecta a 20 millones de personas, las muertes de la pandemia y la destrucción de las conquistas de las últimas décadas (sobre todo en educación y cultura). Las elecciones de este año se dan en un contexto extremadamente delicado, con un Presidente de extrema derecha que cuenta con el apoyo –minoritario pero decidido– de entre un sexto y un quinto de la población.

Tal vez el único actor (junto a su partido) que cumplió las reglas del juego rotas por la clase dominante al desplazar irregularmente a Dilma de la Presidencia, Lula busca ahora una recomposición. Una de las señales en este sentido es la elección (todavía no confirmada oficialmente) del ex gobernador de San Pablo, el conservador Geraldo Alckmin, como su vice. Lula intenta así un acercamiento a los sectores que se dicen democráticos, aunque apoyaron el golpe parlamentario-mediático-judicial contra Dilma, así como los sectores empresariales que apoyaron a Bolsonaro en 2018. La jugada de Lula se puede explicar por la importancia de una elección decisiva y por la necesidad de construir un frente (para la elección y para la futura gobernabilidad en el caso de resultar elegido) contra los ímpetus fascistas.

La estrategia cobra especial importancia si, como ya insinuó, Bolsonaro no reconoce una eventual derrota (incluso cuando ganó en 2018 habló de fraude) y se producen reacciones brutales o intentos golpistas. Aquí vale una reflexión sobre lo que sucedió el 6 de enero de 2021 en Washington, cuando Donald Trump incitó a sus partidarios a cuestionar los resultados e invadir el Capitolio. Aunque había prometido acompañarlos, se quedó en la Casa Blanca. Por ser ciudadanos blancos y por la falta de previsión (¿deliberada?) de las fuerzas policiales, un grupo, relativamente pequeño para semejante empresa, logró entrar al Congreso e intentó ajustar las cuentas con algunas legisladoras y el vicepresidente, bordeando una tragedia. Un poco más de un año después de estos acontecimientos, son pocos los dirigentes del Partido Republicano que condenan esa falta de respeto a las reglas básicas de la democracia representativa y de hecho no se puede excluir una vuelta de Trump a la Presidencia. ¿Un modelo para los Bolsonaro?

Una victoria de Lula sería también importante para interrumpir una espiral de desastre, el abismo cada vez más hondo en el cual el país se fue hundiendo. Pero las señales preliminares, como la designación de Alckmin, sin embargo, pueden atar (o hasta inviabilizar) los cambios, privándolos de la osadía necesaria, desde una agenda de emergencia para enfrentar la dura crisis social (con una atención inmediata a los pobres y desempleados) hasta una amplia política de reformas de las instituciones (policiales, judiciales, representativas, mediáticas) y verdaderas medidas de redistribución del ingreso y de la riqueza.

Entonces: ¿acuerdo institucional y/o movilización? Durante el gobierno de Bolsonaro se produjeron las mayores protestas en defensa de la educación de la historia del país. Después, durante la pandemia, hinchas de fútbol lanzaron a las calles el movimiento “Somos democracia”, se llevaron adelante una serie de masivos reclamos antirracistas, los repartidores y trabajadores de aplicaciones hicieron sus primeras huelgas, además de varios –y muy fuertes– actos de los pueblos indígenas.

Sin embargo, al contrario de lo que sucedía en los países vecinos, así como en otras partes del planeta, y a pesar de la superposición de crisis, las manifestaciones quedaron relativamente limitadas. ¿División de las izquierdas? ¿Trauma del 2013? ¿Primacía del juego institucional? ¿Incapacidad de movilizar? He ahí un punto clave para una verdadera democracia en Brasil. Una parte decisiva de la agenda de cambio depende de las calles. Por un lado, esto implica cuestiones muy importantes para los movimientos negro, indígena y transfeminista, ignoradas por la sociedad en general y por parte de la izquierda, como la guerra contra las drogas y contra (determinadas) personas en esa tradición nacional necropolítica. Por otro lado, la promoción de políticas de salud en amplio sentido, fortaleciendo el Sistema Único de Salud (SUS), revolucionando la protección sociolaboral y otras esferas como la agricultura familiar y campesina (productoras de buena parte de los alimentos consumidos en el país), la siempre pendiente reforma agraria y la construcción de un modelo de relaciones humanos-naturaleza no predatorias. Los biomas como riqueza y potencia colectiva. Eso se relaciona con la necesidad de prestar una atención especial a los que se ocupan de los otros, a la clase trabajadora, sobre la que descansa la producción y reproducción y que sostuvo la vida en este período extremadamente turbulento. Una infraestructura de las existencias más amplia que el nacional-desarrollismo que muchas veces parece ser la única propuesta de las izquierdas en el ámbito económico.

Esto podría articularse con las nuevas posibilidades macropolíticas del contexto latinoamericano, con posibles gobiernos más sensibles, dependiendo de los resultados de este año, desde México hasta Chile, pasando por Colombia y Bolivia. Las conquistas del ciclo anterior (el combate a las desigualdades sociales y étnico-raciales, la emergencia de nuevos sujetos colectivos y la tentativa de formar un bloque regional) fueron posibles gracias a los movimientos que las concibieron e impulsaron. América del Sur fue, en aquel comienzo de siglo, uno de los laboratorios políticos más fértiles del planeta, y su declive se explica por la imposibilidad de profundizar esos cambios. Una clave del progresismo sudamericano se percibe en el símbolo colectivo y en la conexión Belo Monte-Tipnis-Yasuní-Vaca Muerta: en esas cuatro decisiones políticas cruciales, los gobiernos progresistas desistieron de crear vías alternativas para continuar por el camino habitual. La construcción de la hidroeléctrica en Brasil, la apertura de una ruta en un parque nacional en Bolivia, el comienzo de la explotación de petróleo en una reserva en Ecuador y el desarrollo de los yacimientos no convencionales en Argentina convergen en rumbos monoculturales, llevando a una pérdida decisiva de las posibilidades de transformación. Frente a la devastación capitalista de las personas y de la naturaleza, ¿aprovecharemos estas nuevas oportunidades, honrando la creatividad política que estos tiempos exigen?

* Profesor de Ciencia Política en la Universidad de San Pablo. Autor de Marx Selvagem, Autonomia Literária, San Pablo, 2018 (3ra edición).

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Brasil não tem fim

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Las elecciones presidenciales brasileñas están a la vuelta de la esquina, y los ánimos y humores políticos y sociales comienzan a manifestarse con mayor crudeza. Justamente, la recta final ya está siendo transitada, y una danza de nombres pesados pululan en Brasil: Jair Bolsonaro, Lula Da Silva, Dilma Rousseff, Michel Temer. Tensión, discusiones, polémicas, vaivenes judiciales y encuestas forman parte de este carnaval político que, en Brasil, no tiene fin.

 La reunión menos esperada

Casi como si fuese una situación protocolar, el vecino país brasileño celebró la asunción de nuevos jueces en el Tribunal Supremo Electoral, pero lo que era difícil imaginar que suceda, y terminó teniendo lugar, fue el mayor encuentro de la disonancia ideológica en Brasil. En un mismo recinto, y bajo esta actividad, Bolsonaro, Lula, Rousseff y Temer, compartieron espacio. Un momento de supina tensión, de miradas de reojo, de comentarios por lo bajo, y, sobre todo, fue una escena casi dantesca, en donde la divergencia de la sociedad brasileña se vio explicitada. 

La situación fue digna de una escena de serie y película, sobre todo por las miradas, las caras largas y la evidente incomodidad de los titanes políticos de Brasil. Ante esto, es fácil de dilucidar la disparidad ideológica y hasta moral entre Jair Bolsonaro y Lula Da Silva, pero más profundo e inclusive, más polémica fue la presencia de Rousseff y Temer. Este último fue quien la traicionó a Dilma, entendiendo que él oficiaba de vicepresidente de ella cuando tomó la iniciativa de pasarse a la oposición, apoyando el fatídico golpe de Estado en Brasil, conocido como Lava Jato. Esto sucedió en 2016, siendo también un momento cúlmine para la expansión de la guerra judicial o “lawfare”, una situación en la que, mediante causas judiciales a medias, sumadas a un omnipresente trabajo de los medios de comunicación hegemónicos, lograron derrocar gobiernos, perseguir políticos y encarcelar funcionarios, siendo el mismísimo Lula Da Silva, una de las víctimas. 

Lula – Bolsonaro, nuevo round 

Tras un aluvión de dilemas políticos, el actual presidente y el expresidente de Brasil vuelven a verse cara a cara. Dos expositores de la dualidad ideológica brasileña que se abrieron paso a una nueva oficialización de la campaña electoral. Por un lado, Jair Bolsonaro, apelando a los valores relacionados con la derecha y los sectores más conservadores de Brasil, con los conceptos de “Dios, patria y familia”, y apelando al voto religioso, lo cual también lo lleva a mantener un discurso relacionado al evangelismo político. Paralelamente, el actual presente brasileño apela a un fuerte incentivo económico hacia los sectores populares, entendido como una inyección monetaria de 8.000 millones de dólares, que serán propiciados mediante pagos mensuales para más de 18 millones de familias de Brasil, hasta el 31 de diciembre. La receta bolsonarista es clásica, apela a cierta mejoría o parche económico, en conjunto de un cóctel de discursos, debates y DNU de carácter moral, apelando al sentir más profundo de los sectores reaccionarios. 

Lula Da Silva encabeza todas las encuestas preelectorales, en el marco de la intención de voto. Dichas proyecciones demuestran, a priori, una superioridad para el líder del Partido de los Trabajadores, la cual podría plasmarse en la primera vuelta. Sin embargo, el expresidente no la tiene fácil. Hoy por hoy, el bolsonarismo ha logrado captar una gran cantidad de votos que, previamente, hubiesen sido depositados en Lula. Esto se explica por la baja de precios en combustibles, energía y alimentos, encuadrado en el fenómeno de deflación que vive Brasil. Asimismo, Lula Da Silva cuenta con el voto de su partido y de gran parte de la izquierda, más allá de las disidencias a grandes rasgos. Lula apela, también, a recobrar la proyección de políticas sociales a largo plazo, inclusivas y elaboradas desde el Estado nacional. Sus conceptos más claros son “tierra, techo y trabajo”.

Más allá de esto, hay otros nombres, otros personajes, otros actores políticos en estas elecciones, los cuales pueden jugar un papel fundamental. La izquierda más presente podrá “quitarle” votos a Lula y la derecha más moderada puede “quitarle” votos a Bolsonaro. 

¿Qué te pasa Jair, estás nervioso?

En la última semana, el presidente brasileño ha demostrado inquietud y descontento ante la pérdida de popularidad. Ante esto, Jair Bolsonaro ha tenido una desconexión con las Fuerzas de Seguridad, ya que la cúpula de la Policía de Brasil pidió que el Supremo Tribunal de Justicia elabore un procesamiento del actual presidente. Esta situación tiene como argumento, que Bolsonaro promovió, desde el 2020, una desinformación constante acerca del COVID – 19. Esto guarda estrecha relación con las “fake news” y las constantes críticas infundadas de Bolsonaro sobre situaciones médicas y científicas, anteponiendo creencias y opiniones. Jair, el presidente, fue y es un ferviente detractor contra el uso de barbijo, el distanciamiento social y las vacunas contra el coronavirus. Un disparate que lo llevó a tener una de las situaciones sanitarias mas delicadas del mundo durante la pandemia. A esta última situación hay que sumarle que, durante esa asunción de jueces al Tribunal Supremo Electoral en donde se vieron las caras el actual presidente, Lula, Rousseff y Temer, uno de los jueces nuevos es Alexandre de Moraes, quien justamente investiga a Bolsonaro por su constante desconfianza en el sistema electoral y las urnas electrónicas. 

Por otro lado, el polémico Jair, no tuvo una mejor idea que trenzarse en un forcejeo filmado contra un simple influencer brasileño. Esto sucedió fuera del Palacio de la Alvorada, en donde un hombre muy activo en redes sociales, filmó en su celular una pregunta que incomodó al presidente. Básicamente, Leao (el influencer), cuestionó que Bolsonaro se acercó a la coalición política criticada por corrupción en Brasil, denominada “centrao”. El influencer fue golpeado por un guardaespaldas, pero logró levantarse y tratar al presidente brasileño de “vago”. Esto enfureció a Bolsonaro, quien forcejeó y casi terminó esta escena en golpes de puño. Una microhistoria de Relatos Salvajes.

Ahora bien, pareciera ser que este nerviosismo con el que se está manejando Bolsonaro, podría ser un síntoma de incomodidad política, ante la posición secundaria en gran parte de las encuestas, y un posible retorno de Lula Da Silva. Lo cierto es que Bolsonaro siempre picaresco, irónico y hasta provocador, pero quizás hoy se encuentre arrinconado por un contexto interno y externo que es más proclive al retorno de los progresismos en la región, y esa misma situación se traslada al humor social de la población, en donde las manifestaciones, huelgas, protestas, peleas, e inclusive los “choques” en redes sociales son cada vez más evidentes y, cada vez se intensifican más. ¿Bolsonaro será capaz de revertir su imagen o Lula Da Silva será, nuevamente, el mandamás brasileño? Los próximos meses lo dirán.

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