El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva se impuso hoy en la primera vuelta de las elecciones de Brasil por más de cuatro puntos porcentuales sobre el mandatario Jair Bolsonaro, pero la puja por el poder se definirá el próximo 30 de octubre en balotaje, confirmó el Tribunal Superior Electoral (TSE).
Con el 98,04 por ciento de los sufragios contados. Lula obtenía el 48.02 por ciento y Bolsonaro el 43,55 por ciento.
Para ganar en primera vuelta se necesitaba 50 por ciento más uno de los votos, pero el TSE informó, al actualizar el escrutinio a poco más de 96 por ciento, que la elección estaba “matemáticamente resuelta” y que habrá “segundo turno”, ya que ninguno de los candidatos podría superar ese piso.
El Tribunal Superior Electoral contabiliza sólo los votos válidos para elegir presidente, es decir, no incluye a los sufragios en blanco o los anulados.
Asimismo, la participación fue del 79,10% del padrón, similar a la de los últimos comicios presidenciales.
La campaña del Partido de los Trabajadores (PT) cree que hubo un “voto silencioso” a favor del presidente Bolsonaro que no detectaron las encuestas, que le daban a su candidato entre el 50 y 51 % de los votos.
“Se esperaba un voto silencioso hacia el presidente, que debería tener más del 36% de los votos. La campaña fue atípica por eso”, dijo a Télam uno de los históricos dirigentes del PT, que habló en condición de anonimato.
El dirigente comentó que la expectativa es que los votos donde el PT debería recuperar terreno, e incluso vencer la primera vuelta, son los de los estados del nordeste, especialmente los más populosos como Pernambuco, Ceará y Bahía.
El equipo de campaña de Lula se encuentra en el hotel Novotel Jaraguá de San Pablo siguiendo el escrutinio y estaba previsto que el candidato del PT ofreciera un discurso esta noche.
Bolsonaro, por su parte, estaba siguiendo el resultado en el Palacio de Alvorada, residencia oficial de Brasilia, después de haber votado en Río de Janeiro por la mañana.
Las mesas abrieron puntualmente a las 8 y cerraron en general a las 17, aunque muchas de ellas continuaron abiertas a la espera de que votaran los ciudadanos que estaban formando fila a esa hora.
La jornada, que transcurrió sin mayores incidentes, se caracterizó por la gran afluencia de ciudadanos, en su mayoría ataviados con ropa verde y amarilla o roja, según fueran simpatizantes de Bolsonaro o Lula, que convivieron en paz en las largas filas formadas frente a los colegios.
El exmandatario votó cerca de San Pablo, donde forjó su actividad sindical y política en las décadas de 1970 y 1980 y lideró el mayor movimiento obrero contra la dictadura militar que gobernó el país desde 1964 a 1985.
“Estoy votando con la posibilidad de volver a ser presidente para que el país vuelva a la normalidad”, dijo Lula.
A unos 430 kilómetros de distancia, el presidente y excapitán del Ejército votó en Río de Janeiro, en una escuela del barrio Villa Militar a la que llegó en una caravana de autos negros, vestido con la camiseta de la selección de fútbol de Brasil.
Bolsonaro, en el poder desde 2019, fue consultado sobre si reconocerá los resultados, tras haber amenazado varias veces con no hacerlo afirmando que no solo las encuestas no son creíbles, sino tampoco el sistema de urnas electrónicas que se usa en Brasil.
“Unas elecciones limpias deben ser respetadas”, dijo a medios, entre ellos Télam, antes de votar, pareciendo insinuar que sólo reconocerá los resultados si considera que el proceso, que es supervisado por observadores internacionales, fue transparente.
Más de 156 millones de brasileños estaban habilitados para participar de los comicios, en los que se eligieron además los gobernadores de los 27 estados, 21 senadores, 513 diputados federales y más de 1.000 legisladores regionales.
El voto en Brasil es obligatorio para los ciudadanos de entre 18 y 69 años y opcional para los que tienen 16 y 17 y los mayores de 70.
Sea quien sea el ganador, asumirá la Presidencia el 1 de enero de 2023 y con, ella, las riendas del país más grande y más poblado de Sudamérica, así como su mayor economía, la décima del mundo, según el FMI en base al PBI nominal.
Transitan las primeras horas del domingo y el mundo se pregunta: ¿Quién gobernará al gigante sudamericano los próximos cuatro años?
Las calles brasileñas se tiñen de ilusión, miedo e incertidumbre. Tras una contienda plaga de violencia, acusaciones y polarización, 156 millones de votantes decidirán quién ocupará la silla presidencial. La lista de postulantes es larga pero el resultado estará entre los dos principales candidatos.
Las últimas encuestas indican que Luiz Inácio da Silva lidera la intención de voto con un 49%, seguido por Jair Bolsobaro con un 35%. Lejos, pero en carrera se encuentran Ciro Gómez (Partido Laborista- izquierda) con un 8% y Simone Tebet con un 7% (MDB- centro derecha).
Lula Da Silva es el representante del Partido Trabajador (PT), fue presidente del Brasil desde el 2003 hasta el 2011. Luego fue reemplazado por su discípula Dilma Rouseff, destituida por el Congreso en el 2016 por tener responsabilidad en el “maquillaje” de las cuentas fiscales.
En 2017 Lula fue condenado a 9 años de prisión acusado de corrupción pasiva y liberado en el 2019. En 2021 la Corte Suprema de Justicia anuló los cargos en su contra y permitió su postulación.
En 2018 el ultraderechista Jair Bolsonaro se convirtió en el 38° presidente de la República Federativa del Brasil. Elecciones que pasaron a la historia por: el ataque con un arma blanca a Bolsonaro, la encarcelación de Lula y la causa Lava Jato.
El actual presidente se juega su reelección con una gestión más que cuestionada y controversial. Será difícil para muchos olvidar las decisiones que tomó Bolsonaro durante la pandemia: subestimación del CODIV, el colapso del sistema sanitario, muertes, pobreza. Tampoco será fácil olvidar sus políticas económicas y mucho menos lo sucedido en el Amazonas.
De a poco empieza a configurarse el mundo pos pandemia. En Europa los partidos de ultraderecha ganan terreno con ideas euro escépticas y anti inmigrantes. Muestra de ello fue la elección en Italia donde se impuso Giorgia Meloni, sumándose a lo sucedido en Suecia, España, Polonia y Hungría. En el continente americano parece suceder lo contrario, los partidos de izquierda retoman el poder: desde Biden (Estados Unidos) hasta Boric (Chile), cada país con una política de izquierda distinta.
Estamos frente a dos tendencias o fuerzas opuestas, pero en un análisis global se puede decir que responde al mismo problema: insatisfacción generalizada de los votantes a las respuestas de los partidos tradicionales. En este punto, hay que remarcar que la abstención se convirtió en la estrella de todas las elecciones.
Volvamos a Brasil, el sexto territorio más extenso del mundo (8.5 millones de km2), el tercer país más poblado (217 millones de habitantes) y el Estado con más límites internacionales de América del Sur (limita con diez de los trece países sudamericanos).
¿Qué estrategia electoral llevan adelante los principales partidos políticos?
Los tres pilares del PT son: alentar al sufragio, la lucha contra el hambre y el medio ambiente. Si bien Brasil muestra signos de recuperación económica, Lula manifiesta que este crecimiento no llegó a los sectores más pobres, la emergencia alimentaria alcanza a 125 millones de brasileños y la malnutrición en los niños es un problema cada vez más grande. El PT logró internacionalizar la elección a través de la causa verde. Artistas del estatus de Leonardo Di Caprio alientan al voto dado que Brasil alberga el Amazonas y otros ecosistemas importantes para la salud y el futuro del planeta. Además, Lula y la ecologista Marina Silva (quién compitió con Dilma por la presidencia) se reconciliaron para vencer a Bolsonaro por el bien del medio ambiente.
Del otro lado, Bolsonaro utiliza el crecimiento económico del país y el descenso de la inflación. Tras dos años de pandemia Brasil bajó la inflación al 8,7% (por debajo de la zona euro y similar a la inflación de Estados Unidos).
El actual ministro de Economía previó un crecimiento del 3% para el 2022 y anunció un aumento del 0,6% del PBI (entre junio y julio). Las exportaciones aumentaron un 1,6% convirtiendo a Brasil en el primer exportador mundial de carne y el cuarto en cereales. También bajó la tasa de desempleo, pero aumentó drásticamente el empleo informal (casi el 40% de la población activa se encuentra en esta situación). Atendiendo a los sectores más vulnerables incrementó en un 50% los subsidios del Programa Auxilio Brasil.
Fiel a su estilo, Bolsonaro, manifestó que su derrota sólo sería posible si hay fraude. Luego, embistió contra la prensa brasileña catalogandola de vergüenza nacional, provocando masivos ataques a los comunicadores brasileños, especialmente contra las comunicadoras mujeres. El campo de batalla predilecto son las redes sociales.
Lula confía en la polarización de la elección y cooptar los votos de Gómez, mientras argumenta que una segunda vuelta puede provocar un estallido social. Bolsonaro descansa en los números de la economía, en un alto grado de abstención (que lo favorecería) y en los fantasmas tanto del Lava Jato como del fraude electoral.
En el segundo debate presidencial fue una foto de lo ocurrido durante la campaña, marcada por agresiones y acusaciones entre los candidatos. Por esto, se espera un día agitado donde la lucha será voto a voto. El desafío para ganar en la primera vuelta es enorme, se necesita obtener el 50% de los sufragios válidos, en caso de no lograr este porcentaje la segunda vuelta está prevista para el 30 de octubre. Sin embargo, Lula y Bolsonaro esperan una definición porque la volatilidad del voto es muy alta. Además, en un mundo tan convulsionado ninguno tiene asegurado el éxito.
Por Jack Nicas y Flávia Milhorance. En 2019, Luiz Inácio Lula da Silva pasaba 23 horas al día en una celda aislada, con una caminadora, de una penitenciaría federal.
El expresidente de Brasil fue sentenciado a más de 20 años de prisión por cargos de corrupción; las condenas parecían poner fin a la carrera histórica del hombre que alguna vez fue el león de la izquierda latinoamericana.
Ahora, liberado de la prisión, Da Silva está a punto de volver a ganar la presidencia de Brasil, una increíble resurrección política que parecía impensable.
El domingo, los brasileños votarán por su próximo líder, y la mayoría elegirá entre el presidente Jair Bolsonaro, de 67 años, el actual mandatario de derecha, y Da Silva, un entusiasta izquierdista de 76 años mejor conocido como “Lula”, cuyas condenas por corrupción fueron anuladas el año pasado luego de que el Supremo Tribunal Federal de Brasil dictaminó que el juez que procesó sus casos no fue imparcial.
Durante más de un año, las encuestas han ubicado a Da Silva con una ventaja dominante. Ahora, un aumento en sus números sugiere que podría ganar el domingo con más del 50 por ciento de los votos, lo que evitaría una segunda vuelta con Bolsonaro.
Una victoria completaría la extraordinaria travesía de Da Silva, a quien el expresidente Barack Obama una vez calificó como “el político más popular de la Tierra”. Cuando dejó el cargo en 2011 después de dos mandatos, el índice de aprobación de Da Silva superaba el 80 por ciento. Pero luego se convirtió en la pieza central de una extensa investigación sobre sobornos gubernamentales que condujo a casi 300 arrestos, lo llevó a prisión y, aparentemente, acabó con su carrera política.
Da Silva se ha comparado con Nelson Mandela, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., presos políticos que ampliaron sus movimientos tras ser liberados. Credit… Dado Galdieri para The New York Times
Hoy, el exlíder sindical vuelve a ser el centro de atención, esta vez listo para retomar el poder de la nación más grande de América Latina, con 217 millones de habitantes, y con el mandato de deshacer el legado de Bolsonaro.
“¿Cómo intentaron destruir a Lula? Pasé 580 días en la cárcel porque no querían que me postulara”, le dijo Da Silva a una multitud de simpatizantes la semana pasada, con su famosa voz grave que se escucha más ronca debido a la edad y a una campaña agotadora. “Y allí me quedé tranquilo, preparándome como se preparó Mandela durante 27 años”.
En la campaña electoral, Da Silva ha comenzado a compararse con Nelson Mandela, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., presos políticos que ampliaron sus movimientos después de ser liberados. “Estoy convencido de que sucederá lo mismo en Brasil”, dijo en otro mitin celebrado este mes.
El regreso de Da Silva a la presidencia consolidaría su estatus como la figura más influyente en la democracia moderna de Brasil. Se trata de un ex trabajador metalúrgico, con una educación que llegó al quinto grado e hijo de trabajadores agrícolas analfabetos, que durante décadas ha sido una fuerza política, y lideró un cambio transformador en la política brasileña que se aleja de los principios conservadores y se acerca a los ideales de izquierda y los intereses de la clase trabajadora.
El Partido de los Trabajadores, un movimiento de izquierda que fundó en 1980, ganó cuatro de las ocho elecciones presidenciales realizadas desde el final de la dictadura militar en 1988, y terminó en segundo lugar en el resto de los comicios.
Como presidente de 2003 a 2010, la gestión de Da Silva ayudó a sacar a 20 millones de brasileños de la pobreza, revitalizó la industria petrolera del país y elevó a Brasil en el escenario mundial, llegando a organizar la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos de Verano.
Pero también permitió que un gran sistema de sobornos se originara en todo el gobierno, por lo que muchos de sus aliados del Partido de los Trabajadores fueron condenados por aceptar sobornos. Si bien los tribunales desestimaron las dos condenas de Da Silva por aceptar un condominio y renovaciones de empresas constructoras que licitaron contratos gubernamentales, no afirmaron su inocencia.
Si Da Silva gana la presidencia, en parte será gracias a una campaña de la vieja escuela. Recorrió su vasto país realizando mítines presenciales. Y decidió irse por lo seguro: no asistió a un debate el sábado pasado, ha ofrecido pocos detalles sobre sus propuestas, y rechazó la mayoría de las solicitudes de entrevistas, también con The New York Times.
Además ha construido una amplia coalición, desde comunistas hasta empresarios, y escogió como su compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, un exgobernador de centroderecha que fue su oponente en las elecciones presidenciales de 2006.
A Da Silva también le ha beneficiado que se enfrenta a un presidente profundamente impopular. Las encuestas muestran que aproximadamente la mitad de los brasileños dicen que nunca apoyarían a Bolsonaro, quien ha molestado a muchos votantes con un torrente de declaraciones falsas, políticas ambientales destructivas, la adopción de medicamentos no probados en vez de las vacunas contra la COVID-19 y los duros ataques que ha realizado contra rivales políticos, periodistas, jueces y profesionales de la salud.
En la campaña electoral, Bolsonaro ha dicho que Da Silva es un ladrón y un comunista, mientras que Da Silva describe al presidente como una persona autoritaria e inhumana.
Si es elegido, Da Silva sería el ejemplo más significativo del reciente giro a la izquierda de América Latina. Desde 2018, los movimientos de izquierda han protagonizado una oleada de elecciones contra los políticos en funciones en México, Colombia, Argentina, Chile y Perú.
En general, la campaña de Da Silva giró en torno a la promesa que ha formulado durante décadas: mejorar la vida de los pobres de Brasil. La pandemia azotó la economía del país, con una inflación que alcanzó los dos dígitos y el número de personas que padecen hambre se duplicó a 33 millones. También se comprometió a ampliar la red de seguridad, aumentar el salario mínimo, reducir la inflación, alimentar y darle vivienda a más personas y crear empleos a través de grandes proyectos de infraestructura.
“Fue el presidente antipobreza y ese es el legado que quiere conservar si gana”, dijo Celso Rocha de Barros, un sociólogo que escribió un libro sobre el Partido de los Trabajadores.
Sin embargo, como sucede con la mayoría de los políticos exitosos, los discursos de Da Silva suelen ser cortos en detalles y extensos en promesas. Con frecuencia forja su retórica en torno a un enfrentamiento entre “ellos”, las élites, y “nosotros”, el pueblo. Porta sus credenciales de la clase trabajadora en la mano izquierda porque a los 19 años perdió su dedo meñique en una fábrica de autopartes. Y transmite su mensaje de hombre común, con muchas referencias a la cerveza, la cachaza y la picaña, el corte de carne más famoso de Brasil.
“Piensan que los pobres no tienen derechos”, dijo la semana pasada frente a una multitud de simpatizantes en uno de los barrios más pobres de São Paulo. Y aseguró que él lucharía por sus derechos. “Vamos a volver a tener el derecho de hacer un asadito en familia el fin de semana, de comprar una picanhazinha, de comer ese pedacito de picanha con su grasa pasado por harina, y un vaso de cerveza fría”, gritó entre vítores.
“Es el candidato del pueblo, de los pobres”, dijo Vivian Casentino, de 44 años, una cocinera vestida con el color rojo del Partido de los Trabajadores, en un mitin celebrado esta semana en Río de Janeiro. “Él es como nosotros. Es un luchador”.
En su primer período como presidente, Da Silva utilizó el auge de las materias primas para financiar la expansión de su gobierno. Esta vez, la economía de Brasil está en un estado más precario y él propone impuestos más altos para los ricos con el fin de financiar más beneficios para los pobres. Algunos votantes están incómodos con sus planes después de que las políticas económicas de su sucesora, elegida por él, hicieron que Brasil entrara en una recesión.
Aunque su estilo político no ha cambiado en su sexta campaña presidencial, ha tratado de modernizar su imagen. Ha incluido más referencias a las mujeres, los negros, los pueblos indígenas y el medioambiente en sus discursos y propuestas, e incluso prometió abogar por las “ensaladas orgánicas”.
“Globo pasó cinco años llamándome ladrón”, dijo, refiriéndose a la cadena de televisión más grande de Brasil. Dijo que deseaba que el presentador principal del canal abriera el noticiero alguna noche pidiéndole perdón. “Las disculpas son difíciles”, agregó.
Da Silva nunca ha reconocido completamente el papel del Partido de los Trabajadores en el esquema de corrupción del gobierno que persistió durante gran parte de los 13 años que estuvo en el poder. La investigación, llamada Operación Lava Jato, reveló cómo las empresas pagaron cientos de millones de dólares en sobornos a funcionarios gubernamentales a cambio de contratos públicos.
Da Silva dice que sus enemigos políticos lo incriminaron para eliminar al Partido de los Trabajadores de la política brasileña. También acusó al gobierno de Estados Unidos de ayudar a impulsar la investigación.
La investigación finalmente se vio envuelta en su propio escándalo porque se demostró que fue utilizada como una herramienta política. Los fiscales se centraron en los delitos del Partido de los Trabajadores por encima de otros partidos, y los investigadores filtraron las conversaciones grabadas de Da Silva. Más tarde se reveló que Sergio Moro, el juez federal encargado del caso, estaba en connivencia con los fiscales, al mismo tiempo que actuaba como el único árbitro en muchos de los juicios.
En 2019, Da Silva fue excarcelado después de que el Supremo Tribunal Federal dictaminó que podía estar libre mientras presentaba las apelaciones. Luego, el año pasado, el tribunal desestimó sus condenas y determinó que fueron juzgadas en el tribunal equivocado y que Moro no fue imparcial.
Da Silva es impulsado por un culto a la personalidad, construido durante más de cuatro décadas a la vista del público, y es mucho más popular que el partido político que construyó.
Creomar de Souza, un analista político brasileño, dijo que las democracias inmaduras a menudo pueden girar en torno a una sola personalidad en vez de un movimiento o conjunto de ideas. “Algunas democracias jóvenes luchan por dar un paso adelante”, dijo. “Un individuo se convierte en una parte crucial del juego”.
En un mitin de Da Silva convocado en Río esta semana, Vinicius Rodrigues, un estudiante de historia de 28 años, estaba repartiendo volantes para el partido comunista. “Apoyamos a Lula específicamente”, dijo, pero no al Partido de los Trabajadores.
Cerca de allí, Luiz Cláudio Costa, de 55 años, vendía cintas para la cabeza que decían “Estoy con Lula” a 50 centavos de dólar. Siempre había votado por Da Silva, pero en 2018 eligió a Bolsonaro. “Me equivoqué”, dijo. “Necesitamos que Lula regrese”.
Brasil se aproxima a vivir una nueva jornada de comicios presidenciales marcadas por la imponente antagonía ideológica que persiste por estos días. El 2 de octubre, los brasileños deberán elegir entre la continuidad de un régimen o el retorno de un modelo que gobernó durante varios años a su país.
Uno de los partícipes principales de esta contienda política, es Luiz Inácio Lula da Silva, quien busca una nueva experiencia al mando del gigante brasileño. El expresidente tuvo una larga trayectoria política, previa a su desembarco en Brasilia con las investiduras del máximo mandatario. Lula fue un obrero metalúrgico, con fuerte presencia en la actividad sindical durante la década de 1980. Fue justamente un momento de quiebre para él, entendiendo que comenzó una carrera política ascendente. Lula, en carácter de trabajador y sindicalista, encabezó una serie de protestas contra el atropello económico padecido por los sectores más desfavorecidos. Su carrera en los 90’s se vio motivada por la institucionalización de sus consignas sociales, explicitadas en tres candidaturas presidenciales que no obtuvieron buen puerto (1989, 1994, 1998).
Más allá de estas derrotas presidenciales, Lula no se achicó, y en 2002 volvió a presentarse y ganó las elecciones en Brasil en segunda vuelta con un total de más de 60% de los votos. El líder del Partido de los Trabajadores ascendió al poder en un contexto particular, que, regionalmente presentaba signos compartidos con los vecinos países.
Brasil atravesaba un resquebrajamiento económico a partir de una crisis profundizada en los últimos años del gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Sin embargo, este fenómeno no era propio de Brasil y permitió un ascenso, prácticamente en paralelo, de líderes populares que provenían de la izquierda y centro-izquierda latinoamericana. Junto a la figura de Lula en Brasil, aparecieron políticos como Néstor Kirchner, Evo Morales, Hugo Chávez, Pepe Mujica y Fernando Lugo, por solo nombrar algunos. Esta no es una situación aislada para entender los años de Lula, sino que es una herramienta para comprender el potenciamiento económico y político de Brasil a partir de una región sudamericana en armonía ideológica, que permitió un crecimiento y desarrollo en bloque, marcado por fuertes lazos diplomáticos.
Lula Da Silva gobernó de 2003 a 2010 en dos mandatos, generando significativas mejoras en Brasil. Uno de los temas de mayor importancia fue la economía y la mejora de la calidad de vida de los brasileños, sobre todo de los sectores más postergados históricamente.. Esta premisa deja un dato irrefutable: el posicionamiento de Brasil como una potencia. Lula logró este hito con una política productiva equilibrada, en donde el Estado brasileño inyectaba una gran cantidad de dinero corriente en sectores necesitados, con una réplica de crecimiento imperante en el consumo, casi una oda al keynesianismo clásico.
Sin embargo, la misión económica de Lula da Silva no se quedó estancado solamente en eso, sino que, en paralelo mantuvo ciertas políticas económicas de la época de Cardoso, tales como la carga tributaria y la responsabilidad fiscal. El gran quiebre que generó Lula fue un fuerte apoyo a las industrias, y pequeñas y medianas empresas, diversificó los créditos, permitiendo el acceso a las clases medias y también generando un aumento de los sueldos de los trabajadores, fortaleciendo el mercado interno y bajando la desocupación. Una inflación controlada fue clave para la pasividad política con la que gobernó.
A la par de lo nombrado, hubo dos grandes políticas sociales focalizadas del gobierno de Lula Da Silva que fueron la piedra angular de la recuperación económica de los más desfavorecidos: Hambre Cero y Bolsa Familia. El último fue un programa de desarrollo social que buscaba inyectar dinero en la clase baja brasileña, que no podía cumplir con condiciones básicas de desarrollo económico. Se basaba en generar una serie de pagos o ayudas sociales, a cambio de que las familias que entren en el cupo estipulado de los que podían recibir esa ayuda, de cumplir efectivamente con la escolaridad y el calendario de vacunas.
En conjunto, Hambre Cero fue un programa que buscaba combatir la inseguridad alimentaria que regía en Brasil. El programa llevó adelante acciones concretas para garantizar el acceso a la alimentación, por ejemplo, con ayuda mediante Bolsa Familia pero también garantizando agua para las regiones semiáridas de Brasil, la entrega de vitaminas y suplementos, el robustecimiento de un modelo educativo que puso a la nutrición como parte de sus esquemas de enseñanza, la propuesta concreta de restaurantes populares y el impulso, desde el Estado, de la agricultura familiar.
Ambos programas de Lula Da Silva llevaron a un evidente mejoramiento de la vida de los brasileños, bajando la desocupación, generando mayor movilidad social ascendente, triplicando el PBI per cápita y posicionando a Brasil como un modelo a los ojos del mundo.
Sin embargo, el abanico de políticas de Lula no se quedó en eso. El crecimiento exponencial a nivel infraestructura y urbanístico fue enorme, generando una evidente transformación de los espacios geográficos, a tal punto que las favelas comenzaron a resignificarse: más allá de problemáticas estructurales como la delincuencia y el narcotráfico, sectores faveleros comenzaron a sumergirse en la economía formal a través del boom turístico que vivió Brasil.
En materia internacional, Lula Da Silva tuvo un discurso marcado por el respeto al crecimiento del bloque internacional alternativa de cooperación en conjunto con Rusia, China, India y Sudáfrica. En ese sentido, la comunidad de economías emergentes y de posicionamiento no directo con Estados Unidos y occidente en general, fue una de las grandes apuestas que Lula da Silva concretó en el último tiempo de su segundo mandato.
Por otro lado, la gestión del Partido de los Trabajadores estuvo marcada por una serie de debates acerca del cambio climático, poniendo como eje a las políticas de resguardo medioambiental. La energía nuclear también fue parte de los esquemas de la política exterior de Lula.
Fue el gran mediador entre Irán y la Agencia Internacional de Energía Atómica. El entonces presidente de Brasil defendía la postura de que Teherán podía producir energía nuclear, siempre y cuando sea para fines pacíficos y productivos. Lo cierto es, que Brasil, en conjunto con Turquía, fueron quienes lograron un acuerdo para que Irán continue produciendo energía nuclear, a tal punto de que recibió un jugoso intercambio de 1200 kilos de uranio. Pero la misión principal fue cumplida: bajar las tensiones en Irán y que la producción no cese.
Terminados sus dos mandatos, Lula afrontó una serie de problemas de que afectaron profundamente su vida. Primeramente, fue diagnosticado con cáncer de garganta en 2011. Luego de tratarse mediante quimioterapia, el líder del Partido de los Trabajadores logró dejar atrás ese mal trago y curarse del cáncer. Pero eso no sería lo único, ya que en el año 2016 comenzó una marcada persecución judicial contra su persona, que terminó con una condena por corrupción en el caso Petrobras en 2017 y su entrega en 2018. Lula estuvo 580 días encarcelado, y, finalmente, en 2019 fue liberado, ya que el juez que lo condenó (Sergio Moro) no tenía competencia para juzgarlo. Dicho sea de paso, Moro terminó siendo ministro de Jair Bolsonaro. Más allá de eso, Lula volvió fortalecido al escenario político, y con ansias de revancha política, está en la recta final para conseguir su tercer mandato.
El expresidente de Brasil y candidato opositor Luiz Inácio Lula da Silva afirmó hoy que en las elecciones del 2 de octubre busca volver para “recuperar la economía” y prometió que “el pueblo va a volver a comer”.
Además, admitió que hubo corrupción en la empresa estatal Petrobras y calificó al mandatario Jair Bolsonaro como producto de la “negación de la política” que, dijo, delegó al Congreso la misión de gobernar y no controla el presupuesto del país.
En una entrevista de 50 minutos con la televisora CNN Brasil, emitida esta noche, Lula se presentó como el candidato que tiene “mucha experiencia” y dijo que se postula porque tiene “la certeza de que es posible recuperar la economía” brasileña.
“El pueblo va a volver a comer”, prometió, mirando a cámara.
Sobre Bolsonaro, dijo que se trata de un fenómeno de negación de la política y definió al Ejecutivo como un poder “debilitado”.
“La negación de la política y la destrucción de la política permitió que surgiera un Bolsonaro, como pasó con (Adolf) Hitler en Alemania, con (Benito) Mussolini en Italia; toda vez que se niega la política, lo que viene después es mucho peor”, dijo Lula.
“El presidente entregó el presupuesto al Congreso, es que el Gobierno está tan debilitado que el Congreso tiene más poder de inversión que el Presidente de la república”, manifestó.
Sobre el Legislativo, sostuvo que esperaba que se elijan “muchos diputados y senadores para no ser rehén del Congreso”.
En los primeros 20 minutos, el entrevistador William Waack consultó al candidato sobre temas de corrupción, principalmente durante sus períodos de gobierno (2003-11).
“Mi versión es que algún director de Petrobras que reconoció que robó, pagó el precio; yo no puedo decir que no hubo corrupción si ellos confesaron, lo que creo grave es que esas personas fueron beneficiadas por una delación premiada cuyo objetivo era intentar culparme”, declaró.
“La delación premiada hizo que muchos se volvieran ricos”, subrayó.
El líder del Partido de los Trabajadores (PT) se quejó de tener que demostrar que no cometió delitos. “Tuve que probar en la justicia mi inocencia y demostrar la culpa de ellos”, en referencia a jueces y fiscales, señaló.
Además, prometió que, de resultar ganador el 2 de octubre, la única forma que alguien no sea investigado es “si no comete delito”.
Si bien remarcó que es necesario “seguir creyendo en la Justicia”, criticó la falta de respeto por la división de poderes -que describió como “anormalidad”- y la “judicialización de la política”.
“Si cada uno (de los poderes) vuelve a su función, creo que las cosas van a volver a la normalidad: el Legislativo a legislar, el Ejecutivo a gobernar y el Judicial si sabe ser garante de la constitución” se logrará ese objetivo, evaluó.
Lula también marcó un punto de quiebre en la historia reciente en 2014.
“Las cosas empezaron a cambiar desde el golpe contra (la entonces presidenta) Dilma Rousseff, hasta entonces vivíamos en una normalidad, nunca se intentó derrumbar a un presidente porque andaba mal en las encuestas; en 2014 (el actual senador y excandidato a presidente) Aecio Neves no reconoció el resultado de las elecciones”, dijo.
Lula prometió que de ser electo por tercera vez como presidente, convocará a los gobernadores e impulsará los tres principales proyectos de infraestructura de cada estado.
El resto de los candidatos presidenciales participaron del ciclo de entrevistas de la emisora y hasta el momento el único que no confirmó su participación es Bolsonaro.