pobreza

En los países más pobres se está gestando una tragedia

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Por Indermit Gill y Ayhan Kose del Banco Mundial – Los 28 países más pobres del mundo enfrentan crecientes dificultades sociales, económicas y políticas, debido al aumento de la carga de la deuda, la disminución de las perspectivas de desarrollo y la falta crónica de inversión. Los países más ricos del mundo han elegido exactamente el peor momento para volverse menos generosos con la ayuda y la asistencia al desarrollo

Los países más pobres están en una situación desesperada, y el resto del mundo mira para otro lado. No requiere de demasiado esfuerzo, ya que los países de ingresos bajos poco importan para el destino del mundo en el corto plazo. A fines de junio, el PIB combinado de los 28 países que conforman este grupo era de aproximadamente USD 500 000 millones (i) –una gota en el océano de USD 100 billones que es la economía global–. Los países más pobres del mundo tampoco son los mercados exportadores ideales para nadie: el ingreso anual promedio es de apenas USD 1 000, y el conflicto y la inestabilidad son la norma para más o menos la mitad de ellos. 

De todos modos, en estos países viven 700 millones de personas y aproximadamente la mitad de ellos, en extrema pobreza. Desde hace mucho tiempo la gente muy pobre está acostumbrada al abandono de sus propios gobiernos, que suelen tener otras prioridades. Por ejemplo, gastan alrededor del 50% más (i) en guerra y defensa que en atención médica. Casi la mitad de sus presupuestos están destinados a los salarios del sector público (i) y a los pagos de intereses de deuda, mientras que apenas un 3% del gasto total del gobierno en los países de ingresos bajos se destina a ayudar a los ciudadanos más vulnerables. Esto representa una décima parte del promedio para las economías en desarrollo en líneas más generales. 

En consecuencia, no debería sorprender a nadie que una tragedia humana hoy se esté gestando en estos países. Los indicadores clave de desarrollo humano (i) en los países de ingresos bajos de hoy son mucho peores ahora que los del año 2000, antes de que muchos de estos últimos hubieran ascendido a un estatus de ingresos medios. Por ejemplo, la mortalidad materna es 25% más alta hoy y el porcentaje de la población con acceso a la electricidad ha caído del 52% a apenas el 40% en este grupo. La expectativa de vida promedio hoy es de apenas 62 años, entre las más bajas del mundo. 

Para colmo de males, las posibilidades de que estos países reciban ayuda del exterior se han reducido. Los países más adinerados han elegido exactamente el peor momento para volverse menos generosos.  Incluso antes de la pandemia, los flujos de ayuda extranjera a los países más pobres, especialmente el África subsahariana, ya se desaceleraban. Hoy, los países más ricos están redireccionando (i) un mayor porcentaje de sus presupuestos de ayuda extranjera a enfrentar el incremento de refugiados que llegan a sus propias orillas. Estos acontecimientos han dejado pocos caminos para la recuperación económica: para fines de 2024, el ingreso promedio de la gente en los países más pobres seguirá siendo casi 13% más bajo (i) de lo que se había proyectado antes de la pandemia. 

Entre 2011 y 2015, las subvenciones representaban alrededor de un tercio (i) de los ingresos gubernamentales en los países más pobres del mundo; pero ese porcentaje ha caído desde entonces a menos de una quinta parte. Los gobiernos de los países pobres han compensado la diferencia incurriendo en más deuda –y a tasas de interés punitivas–. Los porcentajes de deuda-PIB de los gobiernos en estas economías se han disparado del 36% del PIB (i) en 2011 al 67% el año pasado –el nivel más alto desde 2005 (con excepción de 2020)–. Catorce países de ingresos bajos hoy están sumamente endeudados o corren el riesgo de estarlo, más del doble que hace apenas ocho años.   

Cuando se reúnan en Nueva York para la Cumbre de los ODS de 2023 (i) de las Naciones Unidas, los líderes globales no pueden darse el lujo de hacer la vista gorda ante estos hechos. No deben olvidar la promesa fundamental de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: “llegar primero a los más rezagados”. Aunque sigan siendo generosos con los refugiados que llegan a sus costas, los países más ricos deberían redoblar sus esfuerzos para poner fin a la miseria de raíz. 

Eso implica incrementar las opciones de recursos disponibles para los bancos multilaterales de desarrollo, para que puedan aumentar los subsidios y el financiamiento concesional para los países más pobres. Un mayor financiamiento no solo es un imperativo moral para evitar un desastre en las economías más pobres; es una cuestión de interés propio para todos los países con los medios para ayudar.  Los países del sur de Europa que tienen dificultades para gestionar los flujos migratorios deberían saber que se beneficiarán si respaldaran el desarrollo en países pobres como Nigeria. 

Los países más adinerados, y todas las instituciones financieras internacionales, deberían actuar de manera decisiva en tres frentes. Primero, deben aumentar el financiamiento concesional para los países más pobres, y hacer que la ayuda esté dirigida a afrontar los desafíos que vayan surgiendo como el cambio climático, la fragilidad económica y las pandemias. 

Un mayor apoyo también ayudará a que estos países inviertan en sectores críticos como la salud, la educación y la infraestructura, lo que mejorará su resiliencia y potencial de crecimiento. La efectividad de la ayuda (una preocupación importante para los donantes) se puede mejorar fortaleciendo la coordinación de los donantes y creando instituciones locales competentes para seleccionar, gestionar y monitorear los proyectos. Las instituciones financieras internacionales, por su parte, pueden ayudar a generar financiamiento privado en sectores que ofrezcan la promesa tanto de desarrollo como de ganancias. 

Segundo, debe acelerarse la restructuración de la deuda. El Marco Común para el Tratamiento de la Deuda más allá de la DSSI (Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda) (i) se ha esforzado por brindar ayuda desde que el G20 lo anunció hace casi tres años. Si llega a buen puerto, el acuerdo de restructuración de deuda (i) de Zambia con sus acreedores será un avance positivo; pero se concluyó hace tres meses y el país todavía está esperando el alivio de la deuda. 

El ritmo glacial del marco –y todas las incertidumbres que conlleva– han disuadido a muchos países de buscar la ayuda que tanto necesitan. Es hora de acelerar el ritmo (i). Para muchos países de bajos ingresos, restablecer la sustentabilidad de la deuda a largo plazo dependerá de la restructuración de la deuda. Sin ella, seguirán paralizados, incapaces de atraer el financiamiento privado que necesitan para enfrentar los enormes desafíos de desarrollo de esta década –desde crear empleos y mejorar el bienestar hasta hacer que el planeta sea más habitable–. 

Finalmente, debemos redoblar la apuesta en cuanto a la agenda de reforma, garantizando que las iniciativas globales destinadas a ayudar a los países más pobres se complementen con medidas domésticas ambiciosas. Las instituciones financieras internacionales pueden marcar una diferencia si ayudan a los países de ingresos bajos a movilizar recursos internos y mejorar las eficiencias del gasto y la gestión de la deuda.  También pueden respaldar los esfuerzos de los gobiernos para mejorar los marcos institucionales, crear capital humano, aliviar los impedimentos para la inversión privada y sacar partido del potencial de la tecnología digital. Todo esto impulsará las perspectivas de crecimiento de largo plazo de estos países. 

Se está agotando el tiempo. La creciente desesperanza entre los ciudadanos de los países más pobres alimentará un círculo vicioso que ya está en marcha. Desesperados por huir de la miseria de su país, muchos arriesgarán todo para encontrar refugio en el exterior. El sufrimiento de millones de personas en tierras lejanas no está tan lejos como parece. Es contagioso y ya se está derramando por las fronteras nacionales, con consecuencias globales impredecibles.  

  • INDERMIT GILL Economista en jefe del Grupo Banco Mundial y vicepresidente sénior de Economía del Desarrollo
  • AYHAN KOSE Economista en Jefe Crecimiento Equitativo, Finanzas e Instituciones (EFI) y Director para el Grupo de Análisis de las Perspectivas de Desarrollo del Banco Mundial.
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La ONU alertó que 735 millones de personas en todo el globo enfrentaron hambre crónica en 2022

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La Organización de las Naciones Unidas (ONU) registró 122 millones más de personas hambrientas en 2022 que en 2019 y el objetivo de 2030 está lejos.

Una cifra alarmante reveló este miércoles (12/07/23) la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en medio de la guerra ruso-ucraniana. Alrededor de 735 millones de personas en todo el globo enfrentaron hambre crónica en 2022, una cifra mucho más alta que antes de la pandemia del COVID-19.

Según el informe anual publicado por la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y cuatro otros organismos de la ONU al que pudo acceder Reuters, el resultado es que se estima que en 2022 se registraron 122 millones más de personas hambrientas que en 2019.

“Estamos viendo que el hambre se está estabilizando en un nivel alto, lo cual es una mala noticia”, dijo Máximo Torero Cullen, economista jefe la (FAO), a Reuters.

La ONU explica que si bien el número de personas que padecen hambre en todo el mundo se ha estabilizado después por la recuperación de muchos países de la pandemia, la guerra en Ucrania y su presión sobre los precios de los alimentos y la energía contrarrestaron muchos avances.

El crecimiento de la hambruna se ve, según el estudio en Asia occidental, el Caribe y África, la disminución en Sudamérica y en las demás regiones de Asia.

Estos efectos se padecen con más intensidad en lugares sumidos desde hace años en crisis humanitarias y devastados tras décadas de guerra e inestabilidad política.Causas y futuro aterrador

Según el informe, las principales causas del hambre en el mundo en los últimos años han sido los conflictos que han afectado a los medios de subsistencia, las condiciones climáticas extremas que han amenazado la producción agrícola y las dificultades económicas exacerbadas por la pandemia.

“La recuperación de la pandemia mundial ha sido desigual y la guerra en Ucrania ha afectado las dietas”, dijo Qu Dongyu, director general de la FAO.

Además explicó que en esta ‘nueva normalidad’ el cambio climático, los conflictos geopolíticos y la inestabilidad económica están empujando a los marginados aún más lejos de la seguridad.

El estudio insiste que la mayor amenaza al hambre en el futuro ya no serán las guerras o las pandemias sino el cambio climático. “El cambio climático es un problema constante, una vulnerabilidad constante del sistema, por lo concentrados que son los países exportadores de producción”, aseguró Torero.

Por aquellos alarmantes datos, la entidad entiende que el mundo está “muy lejos” de cumplir el Objetivo de Desarrollo Sostenible de la ONU de acabar con el hambre para 2030 (Hambre cero), que predice que 600 millones de personas estarán desnutridas en 2030 y 840 millones hambrientas.

También alarmó por millones de niños siguen estando desnutridos. El organismo remarcó quela población infantil se ve afectada de manera desproporcionada por las crisis alimentarias. En 2022, 45 millones de niños menores de cinco años padecían emaciación, la forma más mortal de desnutrición, y 148 millones de niños de la misma edad tenían retraso en el crecimiento y el desarrollo.

La ONU sugiere que para enfrentar la hambruna mundial, los países deben combinar la ayuda humanitaria con el fortalecimiento de las cadenas locales de suministro de alimentos. “Los países necesitan tener soluciones localizadas”.

Fuente Urgente24

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Estudio de la UCA: el hambre infantil se redujo a índices prepandémicos

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En el marco de los datos emitidos por el INDEC, los cuales indicaron que la inflación de abril fue del 8,4%, un estudio de la Universidad Católica Argentina reveló que en el último año se redujo el porcentaje de niñas, niños y adolescentes que no tienen para comer. Además, desarrolló que la asistencia alimentaria del Estado alcanzó a 6 de 10 víctimas de dicha problemática.

En Argentina 6 de cada 10 niños y adolescentes de hasta 17 años son pobres y no consiguen acceder por completo a los alimentos, educación y salud necesarios. El número estadístico representa a unos 8,2 millones de chicos de todo el país. Y se suma otro síntoma, reflejo de la crisis de la última década potenciada por la pandemia: el aumento de personas de sectores medios que caen en situación de pobreza, por el deterioro de la calidad de vida en términos económicos.

En primer término, el relevamiento arrojó un dato contundente: en 2022 el 61,6% de los niños y adolescentes (NyA) de hasta 17 años de edad se encuentran en la pobreza. Es decir que 6 de cada 10 chicos tienen un déficit de ingreso económico en su entorno que no les permite acceder por completo a los bienes y servicios (como alimentos, salud, educación) de la Canasta Básica Total (CBT) que estima el Indec.

Por lo tanto, la pobreza infantil se sostiene en niveles similares a los de 2019, el momento previo a la pandemia, donde alcanzó el 59,5% de los NyA. En medio de la crisis del Covid-19, esos valores tocaron máximos de 64,6% (2020) y de 64,9% (2021).

Además, en esa serie relevada, se constató que un 13,1% de los NyA se encuentran en el umbral de la indigencia, ya que pertenecen a hogares que no pueden acceder a la Canasta Básica Alimentaria (CBA) que estima una cantidad mínima de alimentos para cubrir el umbral de requerimientos energéticos. De este modo, si tomamos estas dos variables, la conclusión muestra que un 74,7% de los chicos no cumplen parcial o totalmente con las necesidades requeridas.

El trabajo del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA mostró que este nivel de pobreza estructural tuvo una tenue baja, a pesar de los esfuerzos del Estado en materia de ayuda social, como la AUH y otros planes, para contrarrestar ese efecto negativo. El informe relevó un total de 5.860 hogares y 4.816 niños y adolescentes.

En esa línea, el trabajo reflejó que las ayudas sociales del Estado para los sectores bajos y medios fueron en suba, del 41% en 2019 (prepandemia) a 49,8% en 2022. Por lo tanto, al día de hoy, 5 de cada 10 NyA son beneficiarios de la AUH o de algún beneficio derivado de transferencias no contributivas.

Inseguridad alimentaria

La alimentación es uno de los ejes del trabajo donde se observó una leve baja respecto a 2021. En concreto, el 59,3% de los NyA de Argentina reciben alimentos de forma gratuita, ya sea en la escuela, merendero o centro social, entre otros lugares.

Allí reportaron una reducción en la dieta total necesaria alcanzaron el 31,4% en 2022. Mientras que aquellos que sufren de “hambre” (o inseguridad alimentaria severa) y demostraron que no accedieron en los últimos 12 meses a los alimentos necesarios, alcanzaron el 12,3%.

Deterioro progresivo de sectores medios

Sin dudas, uno de los temas que genera especial atención es el progresivo deterioro de la clase media en términos económicos en el período 2010-2022, algo que ya se percibe desde la crisis de 2001, como fenómeno particular.

En ese sentido, el informe de pobreza infantil de la UCA es otra muestra más de esa “caída” de sectores que integraban la clase media y que ahora forman parte de aquellos más bajos, con foco en la situación económica, agravada en 2020 con la pandemia del Covid-19.

Este dato se ve reflejado en la tasa de pobreza de NyA, se mantiene en niveles previos de pandemia. En 2022 arrojó que el 61,3% de los chicos de nivel socio-económico medio son pobres, mientras que en 2019 esa cifra era del 54,4%. O sea que hubo un aumento de alrededor del 10% de pobres en ese rango social, en proporción, en tan solo tres años.

Justamente, uno de los datos en el que hace hincapié el informe es el mayor impacto, desde 2020, en las infancias de sectores medios, con foco en la alimentación, la salud y la educación. El hecho insoslayable es que desde el año del inicio de la pandemia, el Estado amplió el servicio de cobertura social.

En ese cruce, se observó que los sectores medios comenzaron a recurrir cada vez más a la ayuda social, como producto de la crisis económica derivada de la pandemia. “Las clases medias iban cada vez más a comer y recibir ayudas del Estado”, expresó a este medio Ianina Tuñón, una de las autoras del informe.

El fuerte impacto de la pandemia en la clase media

Dentro del fenómeno de impacto negativo progresivo en las clases medias, puede hacer un corte para determinar que ese efecto adverso fue más duro en los sectores “medios no profesionales”, es decir, aquellos cuyo sostén de hogar no acceden a trabajos calificados o profesiones.

En el caso de los sectores “medios no profesionales”, hubo un deterioro más grave, donde pasó de un 20,2% en 2019 a 29% en 2022. Es decir que la pobreza creció 9 puntos porcentuales más que en prepandemia.

La situación del otro subgrupo de “clase media profesional” también llama la atención, puesto que en 2019 era de pobreza 0 y hoy se encuentra en un 3,5%, con picos de 4,1% y 4,3% en 2020 y 2021 respectivamente.

Aumento del trabajo infantil

El caso de la variable sobre trabajo infantil es el más claro ejemplo de la penetración de la ayuda social del Estado para compensar la falta de acceso a bienes y servicios de los sectores más vulnerables.

El documento publicado por la UCA demostró que hubo una abrupta caída en el trabajo infantil durante la pandemia y en 2022 superó los niveles previos.

La ayuda social y la ampliación de beneficios, entre 2020 y 2021, tuvieron un efecto positivo sobre los hogares en los que niños y adolescentes tienen el rol de “sujeto proveedor”, es decir, que realizan tareas domésticas o salen a trabajar (con un adulto o por su cuenta) para generar un ingreso económico (salario) adicional al grupo familiar al que pertenece.

En este caso, se observó que los niveles de trabajo infantil (con actividad doméstica y económica intensiva) que en 2019 eran de 14,7% cayeron de forma rotunda a menos de la mitas en 2020 (5,3%) y en 2021 (7,7%).

Ya en 2022, por efecto de la crisis macroeconómica, este fenómeno vuelve a crecer y recupera niveles de prepandemia, alcanzando el 14,8% en 2022.

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Lozano: “El Frente de Todos será una alternativa popular o no será nada”

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El economista y político Claudio Lozano, ex director del Banco de la Nación Argentina y actual precandidado a presidente por el partido Unidad Popular (que integra el Frente de Todos) llegó a Misiones para dar una charla esta tarde en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNaM. En la previa habló con Economis sobre la situación del país y como encara el frente las próximas elecciones.

Tras la última aparición pública de Cristina Fernández de Kirchner, donde volvió a frenar todo pedido de su candidatura, Lozano ratificó que “de no ser ella la candidata, vamos a ir a las PASO para definir a los candidatos”.

Explicó que “nosotros hace rato que desde Unidad Popular tomamos dos definiciones, la necesidad de democratizar el Frente y en ese marco Unidad Popular propuso también mi precandidatura a presidente de la Nación para participar en las PASO. Nosotros no vamos a aceptar una conducción conservadora del Frente de Todos”.

Afirmó que “el Frente de Todos será una alternativa popular o no será nada. Para eso nació y en ese marco y por esa razón nosotros participamos de su fundación. Así que bueno, yo espero que, si la hoy vicepresidenta no asume el rol de ser la candidata, obviamente en caso de que lo sea, dado el liderazgo que ella ejerce, no hay ninguna discusión, espero que, si esto es así, ella no repita la estrategia del dedo, sino que garantice el debate y un paso abiertamente democrática sin imposiciones ni límites que permitan que efectivamente este espacio tan amplio de actores vinculados al movimiento popular en la argentina pueda tener los candidatos que merece”.

Lozano haciendo un poco de autocrítica planteó que el Frente, surgió como “una alternativa popular frente al ajuste neoliberal, frente a lo que era la devastación que implicaba el gobierno de Macri, hoy en el marco de las políticas del FMI y la conducción de Massa, esto es una variante más del ajuste“. Ante esta situación “por lo menos desde Unidad Popular, tratamos de ir construyendo a nivel de todo el país la posibilidad de una estrategia nacional diferente”, dijo.

Indicó que muchos sectores se han abierto o alejado del Frente de Todos, al ver las medidas aplicadas. “Claramente estamos convencidos que la gran mayoría de los espacios organizados que forman parte del Frente de Todos viven con mucha disconformidad lo que hoy está ocurriendo y creemos además y aparte es evidente que lo que fue la base electoral que acompañó al Frente de Todos, está más distante aún de este tipo de política. De hecho, bueno, ya no nos acompañaron en el 2021 y nada indica que las cosas estén mejor en este momento”.

Por ello Lozano remarcó que “para nosotros es un año clave, digamos, respecto a qué medida podemos seguir sosteniendo posibilidades para una perspectiva mejor para el país y no terminemos en un retorno del pasado que indudablemente nos complicaría la historia a todos los argentinos, es un año en el cual se definen muchas cosas, o sea, es un año donde es necesario tomar distancia de esta gestión gubernamental para encarnar una propuesta distinta“.

Aclaró que “pretender ir a elecciones defendiendo esta gestión, creo que es un suicidio político y es, por otro lado, además, faltarle el respeto a la gente. La gente sabe y no alcanza el tema de la herencia, no alcanza el tema de la pandemia, la cuestión internacional, todas esas cosas existen. Por otro lado, además, el trabajo durante la pandemia fue lo que mejor hizo el Gobierno. La verdad que no fue ahí donde tuvimos el problema, lo tuvimos a partir de finales del 2020 en donde comenzaron con mayor claridad las discusiones con el Fondo y a partir de allí se comenzó a limitar severamente las definiciones en materia de política económica y social”.

Y, por otro lado, explicó que “lo grave del caso es que no es que la economía argentina no se haya recuperado, La economía argentina creció, hoy es mucho más grande que lo que era cuando se fue Macri. Y sin embargo tenemos más pobres que los que teníamos cuando Macri se fue. O sea, el hecho de que haya habido recuperación de la actividad económica, con ampliación de la desigualdad y perpetuación e incremento de la pobreza, eso es un déficit serio para una política que pretende ser expresión de la mayoría de la población”.

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Fin de la correlación: suba en la pobreza pese a la expansión económica

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En la economía argentina del actual siglo, los años donde hubo un crecimiento del PIB per-cápita también vinieron acompañados de una reducción de la tasa de pobreza. Esta correlación negativa responde a que una mejora de la actividad económica suele estar asociada a un incremento de la producción y a mayores necesidades de empleo, lo cual ayuda a que una mayor proporción de hogares pasen a percibir un salario que sea suficiente para ubicarse por fuera de la línea de pobreza.  

Por otro lado, hay que tener en cuenta que esta relación no siempre se cumplió a la inversa. En algunos años puntuales donde hubo una recesión económica (por ejemplo 2009 o 2012), la pobreza igual disminuyó. En este sentido, la reducción de la pobreza durante estos años obedeció mayormente a factores que no tienen que ver estrechamente con la mejora en el PIB y el nivel de empleo, señala un estudio de la consultora Ecolatina.  

Por caso, en ambos años existieron políticas de ingresos robustas, como la implementación de la Asignación Universal por Hijo (AUH) en 2009, que generó que el gasto en asignaciones familiares trepe como porcentaje del PIB (para ejemplificar, representaba un 0,5% del PIB en promedio entre 2005 y 2008 y alcanzó cerca de 0,85% entre 2009 y 2012). 

En 2022, la relación se mantuvo para el promedio del año. El PBI per-cápita creció 4,3% en el año, en conjunto a una reducción de la pobreza de 1,1 p.p. respecto a 2021 (de 39% en 2021 a 37,9% en 2022).  

Sin embargo, al realizar un análisis únicamente del segundo semestre, se ve como se rompió la tendencia. Por primera vez en los últimos 20 años, se observó un incremento en la pobreza a pesar de que haya aumentado el PIB per-cápita. En otras palabras, el aumento del nivel de actividad económica (y con ello del nivel de empleo) dejó de ser condición suficiente para que la tasa de pobreza se reduzca. 

Concretamente, en el segundo semestre el PIB per cápita creció 2,9% i.a., mientras que la pobreza aumentó 1,9 p.p. frente al segundo semestre de 2021 (del 37,3% al 39,2%). A su vez, en la misma comparación (promedio del semestre) la tasa de ocupación aumentó 1,2 p.p. (43,2% a 44,4%, representando niveles récord para la serie), mientras que el desempleo se redujo del 7% al 6,7% (6,3% en el último trimestre). 

Haciendo un zoom a lo mencionado anteriormente, se puede observar como el crecimiento del nivel de ocupación en el segundo semestre fue mayormente explicado por informales y cuentapropistas. De esta manera, de los 1,2 p.p. que creció la ocupación respecto al segundo semestre de 2021, 1,4 p.p. correspondió a un incremento de los asalariados informales y 0,2 p.p. al cuentapropismo (e incluso con una caída de 0,3 en los asalariados formales).  

Además, cabe destacar que la tasa de actividad (compuesta por la población que tiene un empleo o está buscando uno) se encontró en niveles récord para la serie, posiblemente escondiendo el efecto de “trabajador adicional”: personas que no se encontraban dentro del mercado laboral se insertan con la intención de tener un ingreso extra para el hogar, en un contexto de fuerte deterioro de los ingresos.  

El contexto de aceleración en la inflación, la cual pasó de una suba promedio mensual del 5,3% en el primer semestre al 6,2% en el segundo; junto al deterioro de los ingresos reales, explican por qué hubo un incremento de la pobreza pese a la mejora en el nivel de ocupación. Concentrándonos en el segundo semestre, el salario real formal retrocedió 1,6% i.a., mientras que los informales lo hicieron en un 9% i.a. En este sentido, con el incremento de la nominalidad que hubo en los últimos años, se fue profundizando el hecho de que poseer un empleo -aún uno formal- no es una condición suficiente para no ser pobre. 

Con todo, en 2022, el salario real (formal e informal) acumuló cinco años consecutivos de caída. Ahora bien, en el promedio del año pasado los salarios formales lograron ganarle (por poco) a la inflación, respaldados por el acortamiento de las negociaciones paritarias, que permitió que los acuerdos sean menos permeables a la erosión ocasionada por las “sorpresas” inflacionarias. No obstante, los salarios reales informales cayeron 7,6%. Desde el último pico en 2017, el salario informal arrastra una pérdida en términos reales del 35%, mientras que el salario real formal cae 18%.  

Para peor, hay que tener en cuenta que la suba de precios de las canastas básica y alimentaria superaron al IPC en el segundo semestre.Con relación a 2022, en la segunda parte del año la canasta básica alimentaria (CBA) -que define la línea de indigencia- y la canasta básica total (CBT) -que establece la línea de pobreza- promediaron incrementos del crecieron 92% y 86% i.a., respectivamente, por encima de la inflación del periodo (+85%).  

Con estos niveles de inflación, también existió un deterioro real del gasto público en prestaciones sociales (-7,6% en el segundo semestre).Por caso, la Asignación Universal por Hijo (AUH) siguió perdiendo en términos reales (-9,7% i.a.), representando una menor proporción de la canasta básica alimentaria de un niño, pasando de alcanzar a cubrir un 70% promedio en el segundo semestre de 2021 a un 62% promedio en el segundo semestre de 2022. 

Conclusiones y perspectivas 

El crecimiento que experimentó la economía a lo largo de 2022 (+5,2% i.a.) y la mejora en las estadísticas de empleo se sustentó sobre bases inestables: la creación de empleo informal y la contracción de los salarios en términos reales -en mayor medida del empleo de baja calidad- en un marco de inflación ascendente. Esta combinación de factores repercutió de forma directa sobre una tasa de pobreza, la cual muestra una preocupante tendencia ascendente en los últimos 7 años: pasó del 30,3% en el segundo semestre de 2016 al 39,2% actual.  

Para el primer semestre del 2023, el panorama se complejiza más aún. En la primera mitad del año, los tres principales frentes que determinan la tasa de pobreza (empleo, inflación, ingresos) empeorarían respecto a lo observado en el segundo semestre anterior. 

Por un lado, será difícil que la tasa de ocupación siga creciendo. El primer semestre mostrará una caída tanto interanual como desestacionalizada en términos de actividad económica producto de la sequía y los efectos negativos sobre la mayor parte de sectores que componen al PIB. En este marco, si bien el efecto de “trabajador adicional” puede seguir sumando nuevos participantes al mercado laboral, el resultado agregado posiblemente se vea afectado por la recesión general.  

Además, el salario continuará comprometido por la aceleración inflacionaria: para el primer trimestre estimamos que el IPC promediará 6,5% mensual, frente al 5,4% del 4T 2022. Para peor, las canastas básicas acumularon aumentos del 19,8% (CBA) y 16,1% (CBT) en el primer bimestre -superando al IPC (13,1%)- afectadas por las marcadas subas en alimentos (carnes y productos frescos). La inercia inflacionaria, alimentada por una creciente indexación y un acortamiento en los plazos de los contratos (formales e informales), continuará ejerciendo presión sobre un ritmo de aumento de precios que seguirá siendo elevado. A esto se le sumará un crawling peg cambiario más alineado con la inflación, ajustes en tarifas de servicios públicos, las potenciales tensiones sobre la brecha cambiaria y las expectativas de devaluación en medio de la transición electoral y un fortalecimiento de las restricciones sobre las importaciones. 

Por último, hay que tener en cuenta que el margen fiscal para realizar políticas sociales será muy escaso este añopor lo cual posiblemente no se podrá contar con una herramienta extra para fortalecer los ingresos totales de los deciles más bajos. 

En suma, veremos una nueva suba en la pobreza en el primer semestre del 2023, -probablemente por encima del 40%- pero esta vez no sólo explicada por el deterioro de los ingresos reales, sino también por la recesión económica.  Además, la acumulación de años de empeoramiento de los ingresos reales en un contexto de una economía con alta inflación hace pensar que se fue consolidando un piso de pobreza cada vez más alto y difícil de romper en el mediano plazo, aun recuperando el crecimiento económico. 

Hacia adelante, la estabilidad macroeconómica (así como la generación de empleo de calidad, entre otras) será una de las principales condiciones de partida para evitar que la pobreza siga consolidándose.

Sin ello, las políticas de ingresos seguirán siendo inefectivas e insuficientes, y la pobreza (crónica) seguirá reproduciéndose de generación en generación, profundizando su impacto en términos con su impacto en términos de capital humano y productividad del país en el futuro.  

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