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Intensificar la lucha contra la pobreza extrema

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Escriben Pablo Saavedra y Luis Felipe López Calva – La pandemia de COVID-19 marcó el fin de una era extraordinaria de avances en la reducción de la pobreza en el mundo. Entre 1990 y 2015, la tasa de pobreza extrema mundial se redujo más de la mitad, y más de 1000 millones de personas salieron de la pobreza. Los ingresos de las naciones más pobres ganaron terreno.

Desde entonces, la reducción de la pobreza se ha desacelerado, como consecuencia de un crecimiento económico moderado. Las conmociones económicas provocadas por la COVID-19 y la invasión de Rusia a Ucrania produjeron un importante retroceso en los avances. Solo en 2020, el número de personas que viven por debajo de la línea de pobreza extrema (con menos de USD 2,15 al día) aumentó en más de 70 millones.  Este es el mayor incremento anual desde que se inició el seguimiento de la pobreza mundial en 1990. Sin embargo, la cifra oculta una realidad más sombría: las personas que ya se encontraban por debajo de la línea de pobreza extrema ahora se empobrecen aún más.

La reducción de la pobreza se ha frenado, dejando claro que el objetivo mundial de poner fin a la pobreza extrema para 2030 no se logrará a menos que se registre una tasa histórica de avances en los próximos ocho años. Al ritmo actual, casi 600 millones de personas —el 7 % de la población mundial— seguirán viviendo con menos de USD 2,15 al día en 2030.  Este número es solo un poco menor que el total de personas en 2019, el último año para el que se dispone de datos.

Si se analiza la pobreza en términos más generales, casi la mitad del mundo —más de 3000 millones de personas— vive con menos de USD 6,85 al día, que es la línea de pobreza nacional de los países de ingreso mediano alto. La prevalencia y la persistencia de la pobreza ensombrecen las perspectivas de miles de millones de personas en todo el mundo. Eso debería ser un llamado de atención para los responsables de formular políticas en todos los países.

La actual tendencia de reducción de la pobreza representa un peligro para la estabilidad económica y social a nivel mundial.  Sin embargo, la pobreza no es inevitable: la historia lo deja claro.

El informe La pobreza y la prosperidad compartida 2022, publicado a principios de octubre, presenta el primer análisis integral de la pobreza en todo el mundo después de la COVID-19, señalando qué políticas fiscales son más eficaces en una crisis y cuáles deben evitarse.

Las economías en desarrollo gastan un monto sorprendente en subsidios: aproximadamente el 3 % del PIB en promedio. Sin embargo, los subsidios tienden a beneficiar en gran medida a los segmentos más ricos de la sociedad. En las economías de ingreso bajo y mediano, solo el 20 % del gasto en subsidios llega a las personas más pobres.

Por el contrario, el gasto en transferencias directas —especialmente las transferencias en efectivo— es mucho menor en las economías más pobres que en los países más ricos. Las transferencias de este tipo suelen estar mejor focalizadas y también son mucho más eficaces para ayudar a los pobres. Por ejemplo, casi las dos terceras partes de los fondos que las economías en desarrollo destinan a transferencias monetarias benefician, en realidad, a las personas más pobres. Estas transferencias también tienden a apoyar mejor el crecimiento a largo plazo, al permitir a las familias pobres destinar recursos a necesidades en los ámbitos de la educación y la salud.

Cuando se necesiten recursos adicionales para inversiones en capital humano y en capital físico, se deberían movilizar ingresos internos sin perjudicar a los pobres. Esto se puede lograr con la ampliación de la base imponible y la aplicación de impuestos a la propiedad y al carbono, al tiempo que se avanza hacia sistemas más progresivos de impuestos sobre la renta personal y de impuestos sobre la renta de las empresas.

La reducción de la pobreza también está estrechamente vinculada con la acción climática. El cambio climático aumenta la frecuencia de los desastres relacionados con las condiciones meteorológicas, obstaculizando la producción agrícola, perjudicando los medios de subsistencia de las personas en todos los sectores de la economía e impulsando la migración. Los pobres y los vulnerables son siempre los más afectados.

De cara al futuro, en un contexto de espacio fiscal limitado, los países deberán aumentar la eficiencia de su gasto público en todas las categorías y priorizar los recursos de los programas que generen los mayores beneficios en términos de desarrollo y reducción de la pobreza.

Para recuperar los avances en la reducción de la pobreza se necesitará urgentemente adoptar políticas que fomenten el crecimiento económico de base amplia, no solo en las economías más pobres, sino también en las economías de ingreso mediano. Las políticas a nivel de toda la economía dirigidas a impulsar la actividad del sector privado serán fundamentales para generar inversiones y empleos, y reducir la pobreza, especialmente en estos tiempos de incertidumbre.

Si las políticas se diseñan y aplican adecuadamente, pueden ser un buen comienzo para lograr la corrección del rumbo necesaria. Para evitar el peligro de que se produzcan más retrocesos, los responsables de formular políticas deben aportar todo lo que puedan a los esfuerzos para poner fin a la pobreza extrema. 

Pablo Saavedra Vicepresidente, Crecimiento Equitativo, Finanzas e Instituciones (EFI), Grupo Banco Mundial

Luis Felipe López-Calva Director global, Práctica Global de Reducción de la Pobreza y Promoción de la Equidad

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América Latina: el hambre aumenta, al ritmo de sus exportaciones

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Jill LangloisJorgelina Hiba, Diálogo Chino. Hace cuatro días que Mariana Cristina Lourdes Moreira no puede comer bien.

Cuando ella y sus tres hijos pequeños vivían en Santo Antônio de Posse, una ciudad rural de 23.000 habitantes situada a unas dos horas de São Paulo, el hambre siempre les pisaba los talones. Moreira, que ahora tiene 25 años, ganaba dinero recogiendo naranjas en una granja cercana. En sus mejores días, podía llenar siete cajas en un turno de 10 horas, con lo que ganaba 14 reales brasileños (2,70 dólares), o unos 294 reales (57 dólares) al mes. Con un alquiler de 450 reales (86 dólares), ni siquiera era suficiente.

Moreira ya había vivido en São Paulo, pero tuvo que volver a casa para ayudar a su madre a cuidar a su hermano, que tiene una discapacidad.

Cuando recordaba su estancia en la ciudad, se acordaba de lo amables que habían sido algunos de sus habitantes, siempre dispuestos a ayudar. Así que cuando el hambre se hizo más habitual en su casa, y cuando ya no podía soportar limpiar las lágrimas en las mejillas de sus hijos, reunió el dinero suficiente para tomar el autobús de vuelta a São Paulo.

Mariana Moreira
Mariana Moreira. “No importa lo que haga, el hambre siempre está ahí”, dice (Imagen: Dan Agostini / Diálogo Chino)

Ahora, sentada en una mesa de la cafetería del Centro Comunitario de São Martinho de Lima, Moreira retira la cáscara de un mango para su hija de seis años, Eloá. Sus otros hijos -Eloísa, de 4 años, y Kaleb, de 2- mastican pan y beben leche con chocolate mientras esperan que les ayuden con su propia fruta. Una vez que sus tres pequeños han comido, Moreira se dedica a su propia comida.

Aquí, en el centro comunitario, un grupo de voluntarios dirigido por el padre Júlio Lancellotti -un defensor de las personas que pasan hambre y no tienen hogar- sirve el desayuno los siete días de la semana a entre 700 y 1.000 personas, entre ellas Moreira, Eloá, Eloísa y Kaleb. Para el almuerzo, es una multitud aún mayor.

Algunos de los que acuden a las comidas gratuitas han luchado con la seguridad alimentaria durante la mayor parte de sus vidas. Otros se han convertido recientemente en parte de las más de 33 millones de personas que pasan hambre en Brasil, después de que la pandemia dejara sin trabajo a 377 personas por hora sólo en su primer año, y el aumento del costo de los alimentos hiciera casi imposible mantener a sus familias.

Legenda: Padre Júlio Lancellotti distribui café da manhã para pessoas desabrigadas e vulneráveis no Centro Comunitário São Martinho de Lima, na zona leste de São Paulo (Imagem: Dan Agostini / Diálogo Chino)
El padre Júlio Lancellotti distribuye alimentos para el desayuno a personas sin hogar en el Centro Comunitario de São Martinho de Lima, en el este de São Paulo (Imagen: Dan Agostini / Diálogo Chino)

“Ahora sólo puedo comprar la mitad de lo que solía”, dice Moreira. “Muchas veces he tenido que devolver las cosas después de que la cajera las cobrara porque no tenía suficiente dinero”.

Y no sólo ocurre en Brasil. En toda América Latina, las familias tienen dificultades para llevar comida a la mesa, a pesar del aumento de la producción de productos básicos y de las exportaciones de la región que, según algunos, “alimenta al mundo”. Después de haber sacado lentamente a su población de las garras del hambre durante los últimos 15 años, América Latina se ha visto, una vez más, desbordada por la inseguridad alimentaria, ya que la pandemia, la guerra en Ucrania y la mayor frecuencia de fenómenos climáticos extremos pesan mucho en lo que acaba en los platos de la gente.

La pandemia aumenta el hambre

Cuando comenzó la pandemia de Covid-19 en 2020, casi 3.100 millones de personas en todo el mundo no podían permitirse una dieta saludable. Según el informe “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo”, publicado este año por la ONU, 117,3 millones de esas personas estaban en América Latina.

Esto supone el 21% de la población de la región, y un 6,9% más que el año anterior.

Y a medida que los alimentos sigan siendo menos accesibles -el informe señala que el costo de una dieta saludable volverá a aumentar, ya que los precios de los alimentos se han disparado en 2021 y 2022-, se espera que la seguridad alimentaria y la nutrición adecuada, ambos problemas que ya aquejan a la región, sean cada vez más inalcanzables.

Un total de 45,1 millones de latinoamericanos, o el 7,4% de las personas que viven en la región, estaban desnutridos en 2020. Ese mismo año, la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada y severa -falta de acceso físico, social y económico a alimentos seguros y saludables- alcanzó el 37,5%. En 2021, esas cifras volvieron a aumentar, alcanzando los 49,4 millones de personas, es decir, el 8%, y el 38,9%, respectivamente.

Pero mientras millones de latinoamericanos pasan hambre -o están crónicamente desnutridos- muchos de ellos siguen produciendo alimentos para otros.

Un festín para la agroindustria

Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, entre otros países de la región, han seguido impulsando la producción y las exportaciones de productos básicos en los últimos años. En el primer semestre de 2022, las exportaciones agroalimentarias de Brasil, principalmente de carne, soja y café, ascendieron a 79.300 millones de dólares, lo que supone un aumento del 29,4% y se considera un nuevo récord para el semestre.

Una persona echa fertilizantes
Lee más: Cómo la guerra en Ucrania impacta la crisis global de fertilizantes y los precios de los alimentos

Ese crecimiento se ha atribuido sobre todo al aumento de los precios de los alimentos, muy afectados por la interrupción de las cadenas de suministro por la guerra de Ucrania y su influencia en los precios de los fertilizantes y la energía, así como por los efectos de la pandemia.

En el Congreso Brasileño de Agronegocios de 2018, Alan Bojanic, el entonces representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en el país, dijo que Brasil tenía “las condiciones para ser el granero del mundo“, citando el crecimiento positivo de sus mercados de granos y carne.

La exportación se ha vuelto más atractiva para los productores de materias primas en los últimos años, ya que la devaluación del real brasileño ha hecho que sus ventas sean más competitivas fuera del país que dentro.

Las exportaciones agroalimentarias argentinas nunca habían aportado tantos dólares al país como este año. Un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), el principal mercado agropecuario del país, señala que el agro aportó 65 de cada 100 dólares exportados durante el primer semestre de 2022. En total, en esos seis meses ingresaron al país 22 mil millones de dólares, cifra récord, por la exportación de granos, cereales y subproductos.

Pero al igual que en el resto de América Latina, la inseguridad alimentaria, la subalimentación y el hambre siguen creciendo en Argentina.

Problemas estructurales, una inflación galopante que ya alcanza el 70% interanual, una elevada concentración del mercado en la industria alimentaria y una macroeconomía débil son algunos de los factores que ayudan a explicar cómo un país con tanta riqueza en la agroindustria puede tener dificultades para alimentar a su propia población.

“Producimos alimentos para 400 millones de personas, pero parece que ninguna de ellas vive aquí, donde cada vez hay más pobres”, dice Enrique Martínez, coordinador del Instituto para la Producción Popular y ex director del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). “Es una gran paradoja”.

Hogares vulnerables

Leidi Cuevas tiene 29 años, tres hijos y un marido que acaba de perder su trabajo. Vive en el suroeste de la ciudad de Rosario y, desde que comenzó la pandemia, está a cargo de un comedor comunitario que inicialmente atendía a 200 familias. Ahora proporciona comidas a más de 600.

“Cada vez viene más gente, fácilmente 10 o 15 familias nuevas a la semana que buscan un plato de comida o algo para picar”, dice, y añade que ahora que su pareja está en el paro, está “experimentando en primera persona el no tener dinero para comprar comida”.

Para Cuevas, el precio de los alimentos “es una locura”. 

“La carne es un privilegio que no tenemos”, dice. “Casi nunca tenemos fruta, tal vez naranjas si nos dan”.

Cuando cocinan en el comedor comunitario, lo hacen en dos ollas -una de 100 litros y otra de 50- llenas de arroz, fideos, tomates enlatados y, si tienen suerte, pollo.

“Me siento impotente y triste, porque cuando mi marido tenía un trabajo de cuello blanco, podíamos comprar lo que queríamos”, dice. “Ahora todo es mucho más difícil. Hay tanta desigualdad en este país”.

En Brasil, Moreira se ha enfrentado a retos similares.

Cuando no estaba recogiendo naranjas, hacía trabajos esporádicos como camarera para intentar llegar a fin de mes, pero aún así no era suficiente para llevar comida a la mesa.

Ahora que ha regresado a São Paulo, sus hijos tienen menos hambre gracias a los voluntarios del Centro Comunitario São Martinho de Lima. Ya ha reservado una plaza para que los cuatro vivan en una comunidad de okupas de unas 100 personas, situada justo enfrente del centro.

“Hay espacio suficiente para todo lo que necesitamos”, dice, y añade que les dieron colchones para dormir. “Ahora lo único que tengo que hacer es comprar unos clavos y ahorrar 50 reales (9,50 dólares) para pagar a uno de los hombres de allí para que nos ayude a levantar las paredes”.

Como mujer negra con trabajos informales y con niños en su casa, Moreira representa a todos los sectores de la población más afectados por el hambre en el país.

Según un estudio realizado por la Red Brasileña de Investigación sobre Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional (Rede Penssan), el hambre entre la población negra de Brasil aumentó un 70% entre 2020 y 2022. El informe, titulado “Olhe Para a Fome” (Mira el hambre), también destaca que los hogares con jefatura femenina se vieron más afectados que los masculinos, ya que el porcentaje de estos hogares con hambre pasó del 11,2% al 19,3% en los últimos dos años.

En los hogares con niños menores de 10 años, el hambre se ha duplicado, alcanzando el 18,1% este año. El hambre también es mayor en los hogares en los que el responsable está desempleado (36,1%), trabaja en agricultura a pequeña escala (22,4%) o tiene un empleo informal (21,1%).

El bienestar no alivia la inseguridad alimentaria

En São Paulo, Moreira se pasa el día viajando en el metro de la ciudad, donde vende chicles y caramelos a los pasajeros. Podría unirse a los muchos otros brasileños que venden productos similares en los semáforos, pero le preocupa la seguridad de sus hijos en las concurridas calles de la ciudad.

Algunas personas son amables, dice, y le dan dinero extra cuando ven a los niños. Un hombre que conoció le ofreció un trabajo puntual limpiando tres casas que pensaba alquilar. Emocionada por tener suficiente trabajo para pagar la instalación de su casa frente al centro comunitario, aceptó. Pero cuando terminó el agotador trabajo, el hombre le dijo que no tenía dinero para pagarle. Se fue sin nada, sin saber cómo compensar el tiempo que había pasado en un trabajo no remunerado.

Moreira sueña con encontrar un trabajo fijo para poder dar más estabilidad a sus hijos. Actualmente recibe Auxílio Brasil, una transferencia monetaria de 600 reales (115 dólares) al mes para las familias que viven en la pobreza o la extrema pobreza, lanzada por el actual gobierno federal tras desmantelar un programa asistencial similar llamado Bolsa Família. Pero Moreira vive con el temor constante de que se reduzca o se recorte. 

“Ayuda con algunas cosas, como pañales y otros artículos para los niños, pero todavía no cubre todo lo que necesitan”, dice.

Kaleb en bicicleta
Kaleb en bicicleta en la casa ocupada donde vive con su madre Mariana y sus dos hermanas mayores, en São Paulo (Imagen: Dan Agostini / Diálogo Chino)

Según el estudio de Rede Penssan, la inseguridad alimentaria moderada y severa creció en los dos últimos años incluso para los que reciben el beneficio. Para el 32,7% de las familias que reciben Auxílio Brasil y ganan menos de la mitad del salario mínimo brasileño – 1.212 reales (232 dólares) al mes – por persona en su hogar, el hambre sigue siendo una realidad.

Para los de Argentina, no es diferente.

Victoria Clérici es una de las responsables de una asociación argentina de recicladores informales, un trabajo que, según ella, es cada vez más popular y que, según calcula, actualmente realizan 300.000 personas en todo el país.

La carne y la fruta, dice, son en su mayoría compras “imposibles” para la gente que vive en los barrios populares de Argentina.

“Ahora compramos los cortes de carne más baratos, lo que antes dábamos a los perros”, dice. “El pollo se consume más porque es más barato, y así al menos podemos añadir algo al guiso”.

Según Clérici, los barrios situados en la periferia de las grandes ciudades argentinas sufren mucho más la inflación que los sectores más acomodados, ya que tienen menos acceso a los grandes comercios que cuentan con el respaldo financiero para ofrecer gangas.

“Es increíble, pero la comida en estos barrios es a veces más cara, no hay tanta variedad y no hay supermercados que puedan vender cosas más baratas”, dice, y señala que lo que la mayoría de la gente puede comprar no es saludable. “Incluso los alimentos que llegan como ayuda estatal son todos secos y bajos en proteínas”.

En Brasil, los artículos de una típica Cesta Básica -la “canasta básica” de alimentos básicos como arroz, frijoles, pasta, harina y azúcar, comúnmente distribuida a los hogares pobres- tampoco proporcionan comidas completas y saludables a quienes las reciben. Pero para Moreira, la caja sería una ayuda bienvenida.

Mariana Moreiro y su hijo caminan hacia la estación de metro
Mariana camina con Kaleb hacia la estación de metro donde trabaja vendiendo dulces, en São Paulo (Imagen: Dan Agostini / Diálogo Chino)

Ella y sus hijos comen en el centro comunitario todos los días mientras trabaja para ahorrar los 50 reales que necesita para terminar de instalar su nuevo hogar. Ya está trabajando para matricular a sus dos hijas en la escuela ahora que se han mudado (su hijo es todavía demasiado pequeño para ir), y espera encontrar un trabajo estable para poder llevar comida a la mesa, dejando más espacio en el centro para otros que necesitan la ayuda de los voluntarios.

“Quiero valerme por mí misma”, dice. “Siempre he trabajado duro, pero ya no es suficiente. No importa lo que haga, el hambre siempre está ahí”.

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Baja de la pobreza en Posadas: empleo e ingresos, los factores claves

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36,5% fue la tasa de pobreza que marcó el INDEC para el conjunto de los aglomerados urbanos que mide a través de la EPH para el primer semestre del año, una merma de 4,1 puntos porcentuales en relación con igual semestre del año pasado, y 0,8 p.p menos respecto a seis meses atrás. Se trata del tercer semestre consecutivo con la pobreza a la baja, pero con un leve, pero suba al fin, de la indigencia (+0,6 p.p semestral).

El número es duro, doloroso y alarmante, pero no se deben ver solo la foto, sino la película de la situación, que exhibe esta tendencia a la baja. Sin embargo, los post-créditos de esta película muestran que quizás el dato quedó viejo, ya que entre julio y septiembre la aceleración inflacionaria y el estancamiento generalizado de los salarios tiran por la borda los logros alcanzados durante los primeros seis meses del año, por lo menos hasta ahora.

Las reaperturas paritarias ponen algo de luz en el horizonte lejano, junto a una eventual desaceleración de la suba de precios sobre finales de año, pero no sería suficiente a priori para sostener, a nivel nacional, una mejora. 

En ese contexto, Posadas registró la menor tasa de pobreza de los últimos cuatro años con 28,7%, ocho puntos por debajo del nivel regional del NEA y 7,8 p.p menos que el nivel nacional, exhibiendo mejoras más contundentes que estos dos. La reducción de la pobreza en el aglomerado misionero fue de 10,7 puntos porcentuales respecto a igual semestre del año anterior, y de 5,4 p.p contra el semestre previo. Además, está casi trece puntos por debajo del pico que había registrado el aglomerado, que fue en el segundo semestre 2019 con 41,3%, período que además fue el único desde el 2016 a la fecha donde la pobreza fue más alta en Posadas que en el promedio NEA. 

Más allá de que queda un largo camino por recorrer para poder alcanzar niveles más tolerables de pobreza, que sigue siendo muy alta en todo el país, el recorrido de Posadas evidencia mejoras innegables y un proceso que está acompañado por los dos pilares fundamentales e imprescindibles de lucha contra la pobreza: empleo e ingresos.

Al primer semestre de 2022, la población del aglomerado Posadas creció en 3,8% contra igual período de 2019, pero la cantidad de pobres se redujo en un 25%; contra primer semestre 2020, la población total creció 2,5% pero las personas pobres se redujeron en 22,7%, y finalmente, contra 2021 la población creció 1,1% pero la cantidad de personas pobres cayó en 26,2%.

Según el INDEC, la media de ingreso per cápita familiar en Posadas se incrementó en 37,2% semestral y 76,6% interanual, mientras que la canasta básica total creció en 29,1% y 50,5%, respectivamente. Esto muestra un primer pantallazo generalizado de las mejoras observadas en Posadas. Además, según datos recogidos por AFIP, el salario promedio de total de los trabajadores formales de Posadas (privados y públicos) creció en el primer semestre un 62% interanual y 30,1% semestral, mostrando también un avance importante. 

A la par, el crecimiento del empleo acrecentó la masa de ingresos en hogares: +78,5% interanual el ingreso familiar total; +74% el ingreso laboral y el 93,1% los ingresos no laborales. Además, el ingreso total familiar del estrato más bajo creció en un 83%, el cuarto más alto del país solo por debajo de Formosa, Salta y Ushuaia.

Detrás de este fenómeno, hay también una importante actividad vinculada a las inversiones que generaron puestos de trabajo. Posadas, en el último año, tuvo anuncios de inversión de considerable magnitud, que van desde el aparato productivo, inmobiliario, turismo y eventos, entre otras cosas. El acompañamiento del Estado provincial al sector privado facilitó e impulsó este movimiento, logrando así que incluso, en una situación nacional aún inestable, la provincia de Misiones marque récords en diferentes indicadores de consumo, actividad y producción. 

Los resultados misioneros en relación con la pobreza tienen a su vez, una fortaleza metodológica: no hay ninguna reserva aplicada sobre los datos, un caso que no es igual para Formosa, a priori el aglomerado con menos pobreza de la región según el organismo nacional, pero con mucha reserva sobre la precisión del dato a partir de las variaciones observadas. 

Con esto en consideración, y previendo una eventual corrección de la tasa registrada para el aglomerado formoseño para el semestre que viene, Posadas se convertiría no solo en el aglomerado urbano líder en los indicadores socioeconómicos del NEA (mayor en empleo y menor en pobreza), sino también de todo el Norte Grande, al tiempo que estaría entre los cinco aglomerados más destacados de todo el país en esas variables.

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Fuerte caída de la pobreza en Misiones

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El fuerte crecimiento del empleo en Misiones y particularmente en Posadas, impactaron en los indicadores de pobreza, con una sensible baja en comparación con el primer semestre de 2021. La pobreza que llegaba al 30 por ciento de los hogares el año pasado, cayó ahora a, 21,5 por ciento, mientras que la población en ese estado llegaba a 39,4 por ciento de los posadeños y ahora se redujo a 28,7 por ciento.

En la misma línea, la indigencia, que alcanzaba al 4,7 por ciento de los hogares, bajó ahora al 4,2% -la indigencia es un núcleo duro más difícil de modificar-, mientras 6,5 por ciento de las personas estaba en esa condición y ahora son 5,1.

Posadas tiene la segunda tasa de pobreza más baja del NEA, 20 puntos menos que en el Gran Resistencia, donde llega al 41,6 por ciento de los hogares. En cuanto a personas pobres, Posadas tiene 21 puntos menos que Resistencia y diez puntos menos que Corrientes. Lo mismo sucede con la indigencia. La capital misionera es la quinta ciudad con menor tasa de pobreza, mientras que en el Norte Grande está segunda, detrás de Formosa.

En números, se trata de 39 mil personas que dejaron de ser pobres en el último año en Posadas, que tiene hoy la tasa de pobreza más baja de los últimos cuatro años.

La comparación interanual tiene algunos datos impactantes: al primer semestre de 2021 había 36.352 hogares en la pobreza. Ese número bajó a 28.676. En tanto que estaban en la pobreza 148.039 posadeños, número que cayó ahora a 109.229. Resistencia tiene cien mil personas pobres más que Posadas, mientras que Corrientes tiene 40 mil personas más en esa condición.

Posadas en la región

Al primer semestre del 2022, la pobreza en el aglomerado urbano de Posadas exhibió  una muy importante disminución: el registro marcó 28,7%, el más bajo de los últimos  cuatro años; y disminuyó en 10,7 puntos porcentuales (p.p) respecto a igual semestre del año anterior, mientras que en la comparación trimestral, la merma de la pobreza en  el aglomerado misionero fue de 5,4 p.p. De este modo, en los últimos doce meses,  38.810 personas dejaron de ser considerados pobres en este aglomerado.  

Por su parte, la tasa de indigencia marcó 5,1% en el aglomerado misionero,  disminuyendo a nivel interanual unos 1,4 p.p, pero creciendo respecto al semestre  anterior, según un informe de la consultora Politikon Chaco basado en datos del INDEC. 

Situación y evolución de la pobreza e indigencia en Posadas 

En el aglomerado misionero se registraron 109.229 personas en situación de pobreza, que corresponden a 28.676 hogares. Además, se registraron 19.525 personas en  situación de indigencia en 5.668 hogares. La tasa de pobreza llega al 28,7% de las  personas y el 21,5% de hogares, y la de indigencia, al 5,1% de las personas y 4,2% de  los hogares. 

Analizando la evolución de las tasas de pobreza e indigencia para el aglomerado  misionero durante el período 2016-2021 (a partir de la nueva medición iniciada en dicho  año) se observa que la pobreza en Posadas marcó un récord en el segundo semestre  del 2019, que luego fue disminuyendo durante el 2020, y pegó un leve salto al primer  semestre 2021 para volver a disminuir sobre finales de ese año. 

En los primeros seis meses del 2022, empujada por una fuerte suba del empleo y la recuperación de salarios, aunque de manera desigual según sectores, Posadas vio  reducir de manera muy significativa los niveles de pobreza e indigencia. 

En la comparación interanual, la tasa de pobreza se redujo en 10,7% puntos  porcentuales; mientras que la baja semestral fue de 5,4 p.p. Además, la tasa actual de  pobreza en personas es la más baja de los últimos cuatros años, y se alejó  considerablemente del pico experimentado por la provincia: el registro del primer 

semestre 2022 está 12,6 p.p por debajo del mencionado pico, registrado en el segundo  semestre de 2019 (que fue de 41,3%). 

Al analizar la variación en términos absolutos de las personas en situación de pobreza  en el aglomerado de Posadas, se concluye que, en los últimos doce meses, unas 38.810 personas dejaron de ser considerados pobres, y unas 19.562 dejaron esa condición en  los últimos seis meses. Por el lado de la indigencia, se observa que hay 4.971 personas  que dejaron la categoría de indigentes en el último año, aunque se observó un  incremento a nivel semestral. 

En la comparación regional, Posadas tiene el segundo menor registro de pobreza del  NEA, solo detrás de Formosa, que experimentó una merma muy significativa (-23 p.p a  nivel interanual) y registró un 24,4% de personas consideradas pobres. 

Por su parte, el  Gran Resistencia sostiene la mayor tasa de pobreza de la región (49,9%), seguida por  Corrientes (38,5%). El promedio regional fue de 36,7% de personas pobres. Se destaca  que todos los aglomerados y el total regional experimentan un descenso de sus tasas  respecto a igual semestre del año pasado. 

En el plano nacional, Posadas muestra la 5° tasa de pobreza más baja del país, en un  ranking que agrupa a 32 aglomerados urbanos y que encabeza el Gran Resistencia.  

Respecto a la indigencia, el registro de 5,1% de Posadas la posiciona como el  aglomerado con la menor tasa en el NEA; Gran Resistencia, en la región, vuelve a  registrar los mayores niveles en este indicador (15,0%), seguida de Formosa (8,6%) y  Corrientes (7,6%). El promedio regional fue del 9,3%. Nuevamente, los cuatro  aglomerados del NEA exhiben descensos en esta tasa respecto a igual semestre del  2021. 

Además, a nivel nacional, Posadas tiene la décima segunda menor tasa de indigencia  de todo el país.

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Desarrollo Social de nación criticó las declaraciones de Espert por “prejuiciosas” y “discriminatorias”

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El secretario de Articulación de Política Social, Gustavo Aguilera, recomendó hoy a José Luis Espert dejar de lado “los prejuicios y preconceptos basados en la discriminación”, y negó con datos de Anses las declaraciones que el diputado de Avanza Libertad había realizado respecto a hacer un “control de natalidad” en los hogares pobres.

“Para discutir políticas públicas es recomendable analizar la información existente y definir prioridades, dejando de lado los prejuicios y preconceptos basados en la discriminación”, señaló Aguilera en su cuenta de Twitter.

El diputado Espert, en una reciente entrevista para Infobae, había pedido poner “un límite a la natalidad en los hogares pobres” y “condicionar” los planes sociales hasta dos hijos.

Por su parte, el funcionario de Desarrollo Social señaló que, según datos de Anses, “históricamente la cantidad de hijas e hijos por cada madre o padre titular de la AUH es de 1,8 en promedio, y eso se mantiene a marzo pasado (Anses registra 2,4 millones de titulares y 4,3 millones de personas alcanzadas)”.

“Es curioso que, siendo economista, José Luis Espert no maneje las funciones básicas de las matemáticas. 4,3 millones de personas alcanzadas (dividido por) 2,4 millones de titulares (es igual a) 1,79 hijo/a promedio”, ironizó.

Ayer el ministro de Seguridad de la Nación, Anibal Fernandez, había salido al cruce de estas declaraciones.

En su cuenta de Twitter, acusó a Espert de “bestia” y remarcó que en el contexto de pobreza que viven muchas familas “no se puede privar a un niño de protección económica, por hechos de sus padres”, respaldado por la Convención sobre los Derechos del Niño a la cual Argentina adhiere.

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