Tecnofascismo fase superior del imperialismo

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¿Cuál es el signo de una generación cuyos principios carecen de raíz fundamentada y cuyo contexto no es más que un torbellino de bandos en constante conflicto? Como miembro de la generación “Z” (de 1997 a 2009), me toca ser protagonista del punto más crucial y enigmático de la historia, donde todo análisis pareciera ser inconducente, y donde toda conclusión es relativa
dependiendo del día, o incluso de la hora.

En medio de la abrumante sobrexposición a los medios de comunicación y la infaltable opinión individual que lucha por descifrar que hay mas allá del caos y la devastación, hay una generación entera que intenta vivir una vida pacífica y simple, libre de la inhumana avaricia del “poder” del que tanto se habla. Hoy, el fundamento del opinólogo promedio se sustenta sobre la confianza depositada en alguna figura importante, o algún analista popular de paso, es decir “El parece que sabe de que habla, yo le creo”. Esta idea termina por definir la estructura racional de gran parte de la población, volviéndola frágil y superficial.

Se festeja la idea del individuo como hacedor de su propio destino, repitiendo de una u otra manera que somos libres, y que quien se oponga a nuestra “libertad” atenta contra nuestra humanidad y nuestra existencia misma. Sobre esta idea se terminan por alzar referentes, que, en un triste remedo de democracia, buscan representar el ideal popular y, en una ebullición de creatividad, prometen soluciones absolutas ante la crisis.

La mayor parte de la repercusión conseguida en redes sociales, se debe al carácter exagerado e incluso satírico hoy triunfante. En medio de todo ese ruido, contrastan los videos de corta duración, con un mensaje claro y, lo más importante, cercano. La frase ;“El lo dice de corazón”, sintetiza la necesidad humana de oír un igual, que represente lo que siente, y es ahí donde ocurre el fenómeno. Un “Like” seguido de más y más, seguido de millones de visualizaciones en cuestión de minutos, a este fenómeno se lo denomina “viralización”.

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Esto, dota a las redes de lo que hoy podríamos llamar “Arma”, aplastando a los antes predominantes medios de comunicación, como lo supo ser la televisión. Este escenario también termina por dejar libre paso a la desinformación, creando las condiciones óptimas para el desarrollo de iniciativas estrictamente fascistas. No es casualidad que hoy triunfen ideales de “libertad”, o alguna otra conjugación de dicho sustantivo, sino que se trata de un fenómeno extremadamente complejo, que trasciende el horizonte mismo de los intereses políticos. A esta libertad ilusoria, donde creemos tener la virtud de poder elegir entre uno u otro; arroz Amanda o arroz Lucchetti, autos Citroën o autos Ford, representantes de derecha o de izquierda, se la denomina imperialismo. En un mundo donde el monopolio lleva más de un siglo reinando, creándonos la ilusión de la libre competencia y de la posibilidad de elegir, tendemos a ignorar, que en el fondo, hay un interés común. Un banco puede determinar qué porcentaje de contenido bélico, motivacional, meritocrático o sexual suministrarle a cada región de un país, en función de sus acciones en quien sabe que empresa.

Hoy, más que nunca, es clave saber donde estamos parados. Sobre todo tratándose de una generación con tanta responsabilidad como lo es la mía. Porque así lo determina nuestra naturaleza humana, donde un individuo aislado, de la sociedad y del contexto, no es más que un engranaje de aquello que dice combatir en sus “anarquistas” historias de Instagram. El escenario es complejo, por lo que demanda de un amplio análisis de situación, en el que se para determinar la siguiente tendencia de Tiktok, debemos de saber de geopolítica, de historia y de psicología.

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Es insostenible una sociedad de zombis eternos, donde reine la ignorancia y la farándula, por el simple hecho de que no lo merecemos.

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