Día: 11 julio, 2026

Independencias innegociables

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El cierre de Dass en Eldorado se anunció como epílogo de una tragedia anunciada. Es también una biografía de la economía argentina de las últimas dos décadas. La empresa de capitales brasileños desembarcó en Misiones durante el gobierno de Néstor Kirchner, cuando el país apostaba por un modelo de sustitución de importaciones, protección de la industria y expansión del mercado interno. 

En ese escenario encontró el ecosistema ideal para crecer: llegó a fabricar más de 20.000 pares de zapatillas por día para marcas internacionales como Nike y Adidas, empleó a unos 1.500 trabajadores y convirtió a Eldorado en uno de los polos industriales más importantes del Nordeste. 

Durante aquellos años, el ruido de sus máquinas era también el sonido de una Argentina que creía que el desarrollo industrial podía ser el camino hacia la movilidad social.

Después llegó el péndulo. Con Mauricio Macri comenzó una apertura comercial que expuso a muchas industrias a competir con productos importados en condiciones muy desiguales. Dass empezó a flaquear: suspensiones, despidos y líneas de producción cada vez más vacías. La llegada de Alberto Fernández al poder, le dio algo de oxígeno, con una visita simbólica, pero nunca recuperó el volumen perdido. 

Con Javier Milei el péndulo volvió a acelerar, esta vez sin frenos. La apertura casi irrestricta de las importaciones, el retiro del Estado como actor de la política industrial y la convicción de que el mercado debe decidir quién vive y quién desaparece terminaron de sellar un destino que ya venía escribiéndose. Las grandes marcas optaron por producir en Asia o Paraguay, donde los costos son más bajos, y la planta de Eldorado dejó de ser competitiva.

Dass cierra, pero la discusión trasciende a una fábrica. La pregunta es si la Argentina seguirá condenada a oscilar entre modelos que se deshacen mutuamente cada cuatro años. El kirchnerismo construyó industria, pero sin resolver problemas estructurales de competitividad. El macrismo apostó a abrir la economía antes de que esa industria estuviera preparada para competir. Milei decidió directamente que la supervivencia industrial no debe ser una preocupación del Estado. En ese péndulo permanente quedaron atrapadas miles de familias. Porque las inversiones industriales se planifican para décadas, no para un mandato presidencial. Y ningún empresario serio apuesta a un país donde las reglas cambian cada vez que cambia el inquilino de la Casa Rosada.

El de Dass es un dato más en una profunda crisis que se vive en la industria textil argentina, que atraviesa una situación cada vez más compleja y su principal desafío hoy es la pérdida de escala productiva. Con maquinarias operando a menos de la mitad de su capacidad, el sector enfrenta crecientes dificultades para sostener la competitividad, el empleo y la inversión.

Según los últimos indicadores difundidos por la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA), se registró una caída interanual de la producción de 22,2% en abril y una retracción acumulada de 25,5% entre enero y abril de 2026, un retroceso superior a la baja registrada por la industria manufacturera en su conjunto.

La industria textil alcanzó apenas 42,4% de su capacidad productiva, lo que implica que más de la mitad de las máquinas, instalaciones y recursos disponibles permanecieron detenidas sin utilizar. Además, el impacto sobre el empleo es concreto y acumulado. Desde diciembre de 2023, la cadena textil, de la confección, cuero y calzado perdió más de 24.000 puestos de trabajo. Dass anotará otros 150. 

El ciclo de la yerba mate también sirve para auscultar cómo impactan los modelos económicos y cómo las decisiones tomadas en Buenos Aires, repercuten directamente en el bolsillo y la (in) estabilidad de miles de familias. 

La primera regulación de la yerba mate ocurrió en 1935, durante la llamada Década Infame. Llegó para poner un poco de equilibrio en un mercado protagonizado por peones y mensúes, con productores dispersos que reclamaban un mejor precio para la materia prima. Fue apenas unos meses antes de la Masacre de Oberá, que desnudó con violencia las décadas acumuladas de desigualdad. 

La regulación atravesó casi todo el siglo pasado, con distintos modelos económicos y colores políticos. El mercado estaba medianamente equilibrado, con productores e industria emparejados, con ganadores y perdedores temporales. Oro Verde era sinónimo de yerba mate. 

En 1991 Domingo Cavallo inició la década desregulada y el derrumbe productivo fue la consecuencia en un puñado de años, con precios de miseria y un silencioso éxodo desde chacras malvendidas. 

Entre 2001 y 2002 los tractorazos parieron al Instituto Nacional de la Yerba Mate, que paulatinamente puso equilibrio en la cadena y acercó el precio de la materia prima a los míticos 50 centavos de dólar. 

Milei le puso fin a 20 años de regulación con el DNU 70/23 y la promesa de una prosperidad que vendrá -en un inasible futuro-, pero que no alcanzará a todos al mismo ritmo, como admitió Martín Menem en su breve paso por Posadas el sábado pasado, como parte de la comitiva de Karina Milei, en el virtual lanzamiento de la campaña por la reelección del Presidente, junto a a los diputados Diego Hartfield y Adrián Núñez. En su paso por Misiones, Karina Milei se llevó una foto con Stuart Navajas y Víctor Saguier, ejecutivos de las principales yerbateras, pero sería un error considerar que toda la industria está alineada con las políticas nacionales. “Es una foto inoportuna“, describieron desde otra yerbatera.

En su paso por Misiones, Karina Milei se llevó una foto con Stuart Navajas y Víctor Saguier, ejecutivos de las principales industrias yerbateras.

Éste último estuvo en la reunión la primera reunión que el desregulador Federico Sturzenegger tuvo con representantes de toda la cadena. En la fría recepción en la Secretaría de Agricultura escuchó los planteos de productores y representantes de cooperativas y el Gobierno de Misiones. La respuesta lacónica no sorprendió:  “La política de desregulación económica del sector y la no fijación de precios constituyen lineamientos de gestión de carácter innegociable”. 

En realidad, ninguno de los que fueron a la reunión esperaba otra cosa de Sturzenegger, quien durante su paso por la alianza y por Cambiemos, ya había dado acabadas muestras de su dogmatismo. Sorprendió si, el silencio de Sergio Iraeta, el secretario de Agricultura que no es un simple tecnócrata, sino un productor agropecuario, de una histórica familia patricia. 

“Le pedí a Iraeta que intercediera y defienda a los productores, ya que un modelo de desarrollo rural con predominio de minifundistas, con éstas políticas corre serio riesgo de desaparecer. Si esto sigue así, me gustaría encontrarlos dentro de 3 o 4 años y ver quién estaba equivocado”, cuestionó Ricardo Maciel, representante de Misiones en la cumbre. 

Un estudio realizado por el ministerio del Agro sirve para dimensionar el impacto de la desregulación en un municipio que depende casi exclusivamente de la yerba mate, como Andresito, con 18 mil hectáreas plantadas. Con los valores actuales, los productores generan ingresos cercanos a los $36.000 millones, pero si el precio alcanzara los $700 por kilo -cerca de 50 centavos de dólar-, esa cifra ascendería a $100.800 millones, dejando una brecha de $64.800 millones que hoy no ingresan a la economía local.

La reducción de ingresos afecta el empleo de tareferos y contratistas, la compra de insumos, combustible y maquinaria, además del movimiento comercial en talleres, estaciones de servicio, comercios y otros sectores que dependen directa o indirectamente de la actividad yerbatera.

El informe también proyecta el escenario a escala provincial. Considerando una producción anual cercana a los 900 millones de kilos de hoja verde, la diferencia entre el precio actual y el considerado necesario implica que Misiones deja de incorporar alrededor de $405.000 millones al circuito económico, con consecuencias sobre la inversión, el consumo y la recaudación. Pierden los productores, pierden el comercio y la industria. Pierde la economía misionera. 

Por eso la preocupación del Gobierno provincial en recuperar la economía yerbatera. Desde que Nación impuso la desregulación y descartó cualquier intervención para recomponer el precio que reciben productores y tareferos, Misiones optó por explorar herramientas propias para amortiguar el impacto de la crisis. 

Sin las facultades del INYM para fijar valores de referencia, la Provincia comenzó a utilizar el crédito como un mecanismo de incentivo económico, orientando el financiamiento hacia aquellos operadores que pagan mejores precios por la materia prima. Es una estrategia que busca influir en el mercado mediante señales financieras, allí donde la Nación decidió retirarse.

Desde mayo ya se inyectaron más de $5.491 millones en distintas líneas de financiamiento para la cadena yerbatera. El esquema incluye más de 215 operaciones de descuento de cheques a tasa cero, por un monto superior a $2.769 millones; $2.222 millones en créditos de corto plazo con tasa bonificada y $500 millones en préstamos de largo plazo, canalizados a través de los bancos Macro y Nación. La prioridad se concentró en las empresas y cooperativas que respetan los precios mínimos de referencia impulsados por la Provincia –$301 por kilo de hoja verde y $1.160 por kilo de yerba canchada– con el objetivo de generar un efecto gradual de mejora sobre el valor que perciben los productores. 

En ese contexto deben leerse las palabras del gobernador Hugo Passalacqua en Cerro Corá, durante el acto por el aniversario de la Independencia. El mandatario reivindicó el protagonismo histórico de las provincias y especialmente de Misiones en la construcción del país, al recordar el legado de José Gervasio Artigas, Andrés Guacurarí y el Congreso de los Pueblos Libres como antecedentes fundamentales del federalismo argentino. Al referirse a esos procesos históricos, sostuvo que muchas de aquellas discusiones continúan vigentes y recordó una frase atribuida a José Gervasio Artigas –’Buenos Aires siempre da amarguras’– para contextualizar los históricos debates sobre el federalismo y el rol de las provincias en la construcción del país.

“Los misioneros debemos pensar de forma independiente para tomar las riendas de los desafíos que se vienen”, remarcó en una frase con una profunda significación política, en relación con la Nación, pero también hacia dentro de la política misionera. 

No fue una frase al azar. Passalacqua eligió estar en un pequeño municipio misionero en lugar de la foto de Tucumán, donde estuvo el presidente Milei con un grupo de mandatarios. Casi como sucedió en 1816. Passalacqua recordó que Misiones protagonizó el primer grito de independencia como parte de la Liga de los Pueblos Libres, que sucedió en 1815. Esa liga, liderada por José Gervasio Artigas, nucleó a la Provincia Oriental (actual Uruguay), Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y, por un tiempo, Córdoba. Su modelo político era republicano, federal y democrático. Lo que nunca terminó de consolidarse en la Argentina desde la independencia formal. 

Otra frase de Cerro Corá sirve para explicar el presente político. “Querido pueblo de Misiones, quiero decirle que estoy orgulloso de los misioneros. Orgulloso de cada uno de ustedes, sus familias. En un momento tan angustiante para la República, difícil, difícil. Sin embargo, siempre los veo con una sonrisa. Y si hay algo que podemos hacer desde acá, quienes fuimos legitimados con ese con ese voto, es tratar de hacerles un poco más fácil la vida cada día. Un poco más fácil. Si no cumplimos eso, ahí está la urna”.

El llamado es explícito, aunque el propio Passalacqua todavía no lo haya verbalizado. Buscará ser ratificado en las urnas. “Movimiento por lo que viene”, fue bautizado el nuevo espacio liderado por Passalacqua, quien exhibió músculo, acompañado por buena parte de los intendentes, diputados y los principales ministros del Gabinete.

El espacio asume el compromiso de recuperar los valores históricos del misionerismo, reflejados en el discurso de Cerro Corá: pensar con independencia, sostener una mirada profundamente federal y defender, por encima de cualquier otra consideración, los intereses de las familias misioneras, sin aceptar imposiciones ni condicionamientos desde Buenos Aires. Ese principio supone que cada decisión política debe medirse por su impacto concreto en Misiones y no por las conveniencias de las disputas nacionales, lo que marca también un posicionamiento distinto al expresado hasta ahora por los legisladores nacionales. Desde esa perspectiva, resulta inevitable revisar las decisiones que, en los últimos años, significaron acompañar iniciativas impulsadas desde el poder central aun cuando sus efectos terminaron perjudicando a la provincia. La subordinación a agendas nacionales por encima de las necesidades locales debilitó la capacidad de defensa de Misiones en debates estratégicos y terminó afectando a sectores productivos, trabajadores y economías regionales. Recuperar una voz propia implica volver a colocar a los misioneros en el centro de cada decisión política.

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La apertura sin control y la desregulación dejan heridas abiertas en la economía de Misiones

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Hay indicadores que miden la temperatura de una economía y otros que miden la solidez de su tejido productivo. La cantidad de trabajadores registrados pertenece a la primera categoría: sube y baja con el ciclo económico y suele recuperarse cuando la actividad rebota. La cantidad de empleadores (personas físicas o jurídicas que declaran al menos un trabajador) pertenece a la segunda. Cuando una empresa cierra, no vuelve a abrir automáticamente cuando mejora el contexto. Se pierde capital organizacional, relaciones comerciales, clientela, experiencia y conocimiento acumulado. La destrucción de firmas es, en términos económicos, un fenómeno de histéresis: deja cicatrices.

Por eso conviene observar con atención lo que muestran los datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo para Misiones. En abril de 2026 la provincia registró 8.399 empleadores privados activos, el nivel más bajo desde, al menos, enero de 2023 y un nuevo piso durante la gestión de Javier Milei. Frente a abril de 2025, la caída fue del 7,2% (-653 empleadores). Respecto de noviembre de 2023, el último mes previo al cambio de gobierno nacional, alcanza el 11,4% (-1.081 firmas). Y si la comparación se hace contra el máximo de la serie, registrado en septiembre de 2023, la pérdida asciende a 1.414 empleadores, equivalente al 14,4% del entramado empresarial provincial.

La magnitud del deterioro se aprecia mejor en la comparación nacional. Mientras Misiones perdió 7,2% de sus empleadores en el último año y 11,4% desde noviembre de 2023, el promedio argentino mostró bajas del 2,8% y 5,2%, respectivamente. Es decir, la crisis económica destruye empresas en Misiones aproximadamente al doble de velocidad que el conjunto del país. No se trata de un fenómeno exclusivamente misionero (otras provincias, especialmente del norte argentino, también atraviesan fuertes retrocesos) pero sí de uno de los casos más severos.

La cronología también aporta información relevante. Sería un error imaginar un deterioro lineal desde diciembre de 2023. Los datos muestran una dinámica distinta. Entre noviembre de 2023 y abril de 2025, Misiones perdió 428 empleadores, a un ritmo promedio de 25 firmas por mes. Incluso hubo un breve período de recuperación: entre febrero y junio de 2025 el número de empleadores aumentó de manera consecutiva, pasando de 8.996 a 9.261. Ese repunte coincidió con una desaceleración de la inflación y una tenue reaparición del crédito, alimentando la expectativa de que la recuperación había comenzado.

Sin embargo, esa mejora fue transitoria. Desde julio de 2025 el indicador acumula diez caídas mensuales consecutivas y, en ese período, desaparecieron 862 empleadores, un 9,3% del total existente. El ritmo de destrucción más que se duplicó: en los últimos doce meses la provincia perdió, en promedio, 54 firmas por mes, frente a las 25 mensuales del período previo. 

Dicho de otro modo, seis de cada diez empleadores desaparecidos desde noviembre de 2023 cerraron durante el último año. La segunda mitad de la historia fue considerablemente peor que la primera.

Este comportamiento no es un accidente misionero. La misma secuencia (una recuperación breve durante el primer semestre de 2025 seguida por una aceleración de la destrucción empresarial) también aparece en las estadísticas nacionales de empleo registrado y de empresas empleadoras. La estabilización de los precios no vino acompañada por una recomposición del entramado productivo. El ajuste que durante 2024 se procesó principalmente mediante salarios reales más bajos y menores márgenes de rentabilidad comenzó, desde la segunda mitad de 2025, a traducirse crecientemente en cierres de empresas.

¿Quiénes están cerrando? La respuesta es clara: las microempresas. De los 1.081 empleadores perdidos desde noviembre de 2023, 990 tenían diez trabajadores o menos. Es decir, el 91,6% de toda la destrucción empresarial provincial se concentró en ese segmento. Solo las firmas de 1 a 5 trabajadores explican 855 bajas (-12,9%), mientras que las de 6 a 10 aportan otras 135 (-12,4%).

La fotografía del último año muestra exactamente el mismo patrón. De las 653 empresas desaparecidas entre abril de 2025 y abril de 2026, 605 (el 92,6%) correspondían a establecimientos con hasta diez empleados.

Podría pensarse que esto simplemente refleja que las empresas pequeñas son mayoría. Sin embargo, la comparación entre tramos muestra que las tasas de cierre no fueron homogéneas. Las firmas de 11 a 25 trabajadores incluso crecieron levemente en el último año (+0,5%), mientras que las de 51 a 100 permanecieron prácticamente estables. En cambio, las empresas de 26 a 50 empleados registraron la peor performance interanual (-10,6%).

Este comportamiento revela un fenómeno importante. Parte de las bajas observadas en los tramos intermedios no necesariamente responde a cierres, sino a empresas que redujeron personal y descendieron de categoría estadística. Una firma que pasa de 30 a 22 trabajadores deja de computar entre las empresas de 26 a 50 empleados y pasa a integrar el tramo de 11 a 25. Desaparece de un segmento, pero sigue existiendo.

Ese mecanismo no funciona para las microempresas. Una firma de tres trabajadores que despide a sus tres empleados no desciende de categoría: desaparece del registro. Por eso, la fuerte caída del segmento de 1 a 5 trabajadores (que concentra el 68,6% de todos los empleadores privados de Misiones) constituye el mejor indicador de mortalidad genuina de empresas.

El cruce con los datos de empleo registrado refuerza esta conclusión. Mientras la cantidad de trabajadores privados cayó 3,9% interanual, el número de empleadores retrocedió 7,2%. Como consecuencia, el tamaño promedio de la empresa sobreviviente pasó de aproximadamente 11,2 a 11,6 trabajadores. No se trata de un aumento de productividad, sino de un proceso de concentración: la economía no está produciendo empresas más eficientes, sino menos empresas.

Si el tamaño de las empresas responde al “quién”, la distribución sectorial ayuda a responder el “por qué”. La destrucción empresarial en Misiones tiene una concentración muy marcada. Desde noviembre de 2023, el comercio perdió 437 empleadores (-13,6%) y explica, por sí solo, cuatro de cada diez cierres registrados en la provincia. Si se suman transporte y almacenamiento (-114), alojamiento y gastronomía (-65), industria manufacturera (-143) y construcción (-92), esas cinco actividades concentran cerca del 80% de toda la pérdida de empresas.

No es una distribución aleatoria. Las ramas más afectadas son precisamente aquellas cuya actividad depende del mercado interno, del consumo de los hogares y de la inversión privada. Cuando cae la demanda, son las primeras en sentir el impacto.

Dentro de ese escenario existe, sin embargo, un caso particular: el agro. Hasta 2025 había mostrado una capacidad de resistencia superior al resto de los sectores. Entre noviembre de 2023 y abril de 2025 incluso aumentó la cantidad de empleadores, pasando de 1.388 a 1.416. Pero esa resiliencia terminó quebrándose. En abril de 2026 el agro registraba apenas 1.360 empleadores, evidenciando que el deterioro llegó con mayor intensidad durante el último año.

La explicación está estrechamente vinculada con la crisis de la yerba mate. El desmantelamiento de las facultades regulatorias del INYM produjo inicialmente una fuerte compresión de los márgenes de los productores y, con el correr de los meses, comenzó a traducirse en menor producción y retracción empresarial. El ingreso de hoja verde a secaderos cayó de 268 millones de kilos en el primer cuatrimestre de 2024 a apenas 151,9 millones en igual período de 2026: un desplome del 43% en apenas dos años. En un mercado integrado por miles de productores y muy pocos compradores, la persistencia de precios por debajo de los costos de producción termina deteriorando inevitablemente el entramado empresarial.

Las razones que explican este proceso pueden resumirse en cinco factores. El primero es la debilidad del mercado interno. La combinación de salarios reales deprimidos, empleo formal en retroceso y bajo dinamismo del crédito redujo la capacidad de consumo de los hogares. No sorprende, entonces, que las actividades más castigadas sean precisamente aquellas orientadas al mercado interno.

El segundo factor es específico de Misiones: la frontera. La provincia convive con más de treinta pasos internacionales y con la única capital provincial del país ubicada frente a una ciudad extranjera. En un contexto de apreciación cambiaria, una parte creciente del consumo migra hacia Paraguay, Brasil o plataformas digitales del exterior. Sus efectos aparecen tanto en la actividad privada como en las cuentas públicas. Durante el primer semestre de 2026 la recaudación real de Ingresos Brutos cayó 20,9%, el peor resultado del país, mientras que las ventas de combustibles retrocedieron 12,1% interanual frente a apenas 0,2% a nivel nacional. La diferencia refleja mucho más que un ciclo económico: evidencia una fuga sostenida de transacciones.

En tercer lugar aparece el costo del capital. Para una microempresa, tasas de interés reales elevadas durante un período prolongado equivalen, en los hechos, a la ausencia de crédito. Cuando el capital de trabajo deja de financiarse, muchas firmas no cierran por falta de rentabilidad, sino por falta de liquidez.

El cuarto factor es la mayor competencia importada. La apertura comercial afecta especialmente a la industria manufacturera y al comercio local. En una provincia con escasa capacidad exportadora fuera de sus economías regionales, la competencia externa no encuentra nuevos sectores dinámicos capaces de absorber los recursos que se liberan. En lugar de reasignación, el resultado predominante es la reducción de la actividad.

Finalmente aparece el shock regulatorio sobre la principal economía regional: la yerba mate. Si el agro logró resistir durante buena parte del período y recién comenzó a deteriorarse con fuerza en el último año, ello responde a que los efectos de la desregulación demoraron en trasladarse plenamente desde los precios hacia la estructura productiva.

Frente a este diagnóstico existe, naturalmente, una interpretación alternativa. Desde el Gobierno nacional y sus voceros se sostiene que una parte importante de estas bajas responde a una depuración registral (CUIT que dejaron de declarar actividad más que empresas que efectivamente cerraron), a la sustitución del empleo asalariado por monotributistas y a un proceso de destrucción creativa que reasigna recursos desde firmas menos eficientes hacia otras más productivas.

Los tres argumentos merecen discusión, pero encuentran límites cuando se los confronta con la evidencia. La depuración registral puede explicar una parte de las bajas entre las microempresas, pero difícilmente alcance para justificar la magnitud del deterioro observado en sectores como la construcción, la industria manufacturera o el comercio.

La sustitución de empleo asalariado por trabajo independiente tampoco constituye, por sí misma, una mejora del tejido productivo. En la mayoría de los casos representa un cambio en la forma de inserción laboral que implica mayor precariedad, menor protección social y una transferencia del riesgo económico hacia el trabajador.

El tercer argumento es el más interesante desde el punto de vista económico. La destrucción creativa, en el sentido schumpeteriano, supone que las empresas menos productivas desaparecen porque otras nuevas, más eficientes, ocupan su lugar. Pero para que ese proceso exista deben observarse simultáneamente destrucción y creación. Eso no es lo que muestran los datos de Misiones. No aparece ningún sector vinculado al mercado que esté incorporando empleadores a una velocidad capaz de compensar las pérdidas del resto de la economía. La reasignación de recursos, simplemente, no se observa. Por eso resulta prematuro interpretar este proceso como una transformación productiva. 

Lo que hoy muestran las estadísticas es otra cosa: una reducción persistente del entramado empresarial. Y esa diferencia no es menor. Una economía puede recuperar rápidamente el nivel de actividad cuando cambian las condiciones macroeconómicas. Lo que tarda mucho más en reconstruirse es el tejido de empresas que sostiene esa actividad. Cada firma que desaparece implica perder relaciones comerciales, experiencia acumulada, capacidad de inversión y conocimiento productivo. Todo eso puede volver a construirse, pero lleva años.

Ese es, probablemente, el dato más preocupante que dejan las estadísticas de Misiones. 

La provincia no solo está perdiendo empresas; está perdiendo capacidad productiva. Y cuando una economía empieza a destruir de manera sistemática su entramado empresarial, el problema deja de ser exclusivamente coyuntural. Empieza a comprometer las posibilidades de crecimiento del futuro.

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Andresito pierde $64.800 millones por año por el derrumbe del precio de la yerba

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La crisis que atraviesa la producción yerbatera ya no se refleja únicamente en los ingresos de los productores. En Comandante Andresito, uno de los principales polos yerbateros del país, el derrumbe del precio de la hoja verde comienza a medirse en términos de desarrollo local, actividad económica y capacidad de generación de riqueza.

Un informe elaborado por el Ministerio del Agro y la Producción de Misiones revela que la diferencia entre los aproximadamente $250 por kilo que actualmente reciben los productores y los $700 por kilo que el organismo considera necesarios para cubrir costos y garantizar la sustentabilidad de la actividad provoca una pérdida anual de $64.800 millones para la economía de Andresito.

La magnitud del número adquiere otra dimensión cuando se lo compara con las finanzas públicas del municipio: equivale a casi 14 presupuestos municipales completos que cada año dejan de circular dentro de la localidad.

Una economía que deja de girar

El análisis toma como referencia las cerca de 18.000 hectáreas cultivadas con yerba mate en Comandante Andresito, cuya producción ronda los 144 millones de kilos de hoja verde anuales.

Con el precio actual, esos volúmenes generan ingresos por alrededor de $36.000 millones. Sin embargo, si la materia prima se comercializara a $700 por kilo, el ingreso anual ascendería a $100.800 millones.

La diferencia, de $64.800 millones, representa recursos que hoy no llegan a los productores ni se vuelcan al circuito económico local.

Para una localidad cuya actividad gira en torno a la producción primaria, semejante caída tiene un efecto multiplicador sobre prácticamente todos los sectores.

El impacto supera ampliamente a las chacras

Desde el Ministerio del Agro advierten que la pérdida no termina en el productor.

Menores ingresos implican menos contratación de tareferos, menor demanda de servicios rurales, reducción en la compra de fertilizantes, agroquímicos, combustible y maquinaria, además de una caída del movimiento comercial en talleres mecánicos, estaciones de servicio, corralones, supermercados y pequeños comercios.

Cada peso que deja de percibir un productor es un peso que tampoco circula en la economía de Andresito.

El fenómeno termina afectando el consumo, la inversión privada y también la recaudación de distintos niveles del Estado, profundizando el deterioro económico de una región cuya matriz productiva depende fuertemente de la yerba mate.

Una pérdida que se replica en toda Misiones

El informe también amplía la mirada hacia el conjunto de la provincia.

Tomando una producción anual cercana a los 900 millones de kilos de hoja verde, la diferencia entre el precio actualmente percibido y el valor considerado necesario para sostener la actividad implica que Misiones deja de incorporar alrededor de $405.000 millones por año a su economía.

Ese dinero, sostienen desde la cartera agraria, podría traducirse en mayor inversión productiva, más empleo rural, mayor consumo interno y una mayor capacidad de crecimiento para las economías regionales.

La desregulación, en el centro del debate

El estudio fue difundido en un contexto de fuerte tensión dentro de la cadena yerbatera.

Desde la entrada en vigencia del DNU 70/2023, el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) perdió la facultad de fijar precios mínimos para la hoja verde y la yerba canchada, modificando el esquema de regulación que había funcionado durante más de dos décadas.

La desregulación derivó en una fuerte dispersión de valores pagados a los productores y profundizó el conflicto entre los distintos eslabones de la cadena.

Mientras el Gobierno nacional sostiene que el mercado debe definir los precios, el Gobierno de Misiones, cooperativas, asociaciones de productores y trabajadores rurales vienen reclamando mecanismos que permitan recomponer el valor de la materia prima y evitar el deterioro de las economías regionales.

Para el Ministerio del Agro, el caso de Andresito muestra con claridad que la discusión excede al sector yerbatero: el precio de la hoja verde termina definiendo el nivel de actividad económica de localidades enteras.

Cuando el ingreso del productor cae, también se resiente el empleo, el comercio, los servicios y la inversión. En municipios cuya economía depende casi exclusivamente de la yerba mate, el precio de la materia prima deja de ser un dato sectorial para convertirse en un factor determinante del desarrollo local.

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La independencia en liquidación

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¿Casualidad o definición política? Apenas veinticuatro horas después de encabezar los actos por el Día de la Independencia en Tucumán, Javier Milei sostuvo que la Argentina “solamente produce dulce de leche y biromes” para justificar la apertura irrestricta de las importaciones. Más que un exabrupto, la frase pareció resumir una idea de país.

No describe a la Argentina. Describe el horizonte al que conduce un modelo económico que desalienta la producción, debilita la industria y resigna soberanía.

¿Qué se conmemora realmente cada 9 de Julio? ¿Una fecha del calendario o la decisión de un pueblo de construir su propio destino?

La independencia declarada en Tucumán en 1816 no fue solamente la ruptura con la Corona española. Fue la afirmación de un proyecto político que aspiraba a una Nación capaz de decidir por sí misma, de producir su riqueza y de sostener con trabajo propio su libertad.

No es casual que Manuel Belgrano, mucho antes de crear la bandera, fuera uno de los pensadores económicos más lúcidos del Río de la Plata. Defendía el desarrollo de la agricultura, el impulso de la industria y sostenía que las materias primas debían transformarse en el país para generar empleo y riqueza. Advertía que las naciones prósperas eran aquellas que agregaban valor a su producción y no se resignaban a exportar materias primas para importar manufacturas. Más de dos siglos después, esa enseñanza conserva una vigencia asombrosa.

Porque la Argentina no produce solamente dulce de leche y biromes. Produce reactores nucleares, satélites, maquinaria agrícola, medicamentos, software, biotecnología, tecnología médica, conocimiento científico y alimentos con alto valor agregado. Todo eso existe gracias al trabajo acumulado de generaciones de obreros, científicos, docentes, investigadores, técnicos, universidades públicas, cooperativas y pequeñas y medianas empresas.

Y hay una ironía que el propio Presidente parece haber pasado por alto.

La birome, convertida por Milei en símbolo de la producción nacional, dejó de fabricarse en la Argentina hacia fines de la década de 1990, cuando BIC concentró su producción regional principalmente en Brasil y México y mantuvo en nuestro país únicamente sus operaciones comerciales. Aquella decisión fue consecuencia de un proceso de apertura económica y desindustrialización impulsado durante la convertibilidad. Sin proponérselo, Milei eligió como ejemplo un producto cuya fabricación desapareció del país como resultado de políticas muy parecidas a las que hoy reivindica.

Los números tampoco acompañan el relato oficial. La Unión Industrial Argentina advirtió que la actividad industrial volvió a caer en mayo y acumula un año de estancamiento. La producción retrocedió tanto en la comparación interanual como respecto del mes anterior, mientras la entidad alertó sobre la persistente debilidad de la demanda interna y el impacto que tiene el aumento de las importaciones sobre la industria nacional. Detrás de esos indicadores hay fábricas que trabajan por debajo de su capacidad, pymes que bajan sus persianas, trabajadores que pierden su empleo y conocimientos que el país tardó décadas en construir. No es una discusión ideológica. Es el costo concreto de un modelo económico que debilita la capacidad nacional de producir.

Cada vez más economistas advierten sobre el riesgo de consolidar una economía crecientemente primarizada: un país que exporta recursos naturales sin transformar, pierde peso industrial, genera empleo de menor calidad y depende cada vez más de la tecnología producida por otros. En otras palabras, una economía que resigna soberanía en nombre de una supuesta eficiencia del mercado.

Arturo Jauretche llamaba “zonceras” a aquellas ideas que lograban convencer a los argentinos de desconfiar de sí mismos y de creer que todo lo nacional era necesariamente inferior. No se refería solamente a prejuicios culturales. Hablaba de construcciones ideológicas que terminaban justificando políticas contrarias al interés nacional. Presentar a la Argentina como un país incapaz de producir otra cosa que dulce de leche y biromes parece inscribirse en esa lógica: instalar que el desarrollo industrial es una ilusión y que el único destino posible consiste en importar lo que otros fabrican.

Raúl Scalabrini Ortiz fue todavía más lejos. Sostuvo que la dependencia económica termina condicionando inevitablemente la soberanía política. Cuando un país pierde el control de su producción, de sus recursos estratégicos y de las decisiones sobre su economía, también pierde capacidad para decidir libremente su destino.

En la misma línea, Arturo Enrique Sampay entendía que la independencia política sólo podía sostenerse sobre una organización económica orientada al bien común. La Constitución de 1949 expresó esa convicción: la libertad de una Nación no podía reducirse a una declaración formal si los resortes fundamentales de la economía quedaban subordinados a intereses ajenos.

Nadie discute la necesidad de comerciar con el mundo. La Argentina siempre lo hizo y debe seguir haciéndolo. La verdadera discusión es otra: ¿desde qué lugar nos insertamos en ese mundo? ¿Como un país que exporta ciencia, tecnología, industria, conocimiento y trabajo argentino, o como uno que vende materias primas e importa cada vez más bienes elaborados?

Esa es la discusión que la frase presidencial pretendió simplificar.

Quizás dentro de algunos años nadie recuerde aquella declaración sobre el dulce de leche y las biromes. Lo que sí recordaremos será si la Argentina siguió cerrando fábricas o volvió a abrirlas; si continuó expulsando científicos, técnicos y trabajadores calificados o recuperó la decisión de invertir en su propio desarrollo; si aceptó resignarse a un papel periférico o volvió a creer en sus capacidades.

La independencia no se liquida de un día para otro. Se liquida cuando una Nación deja de creer en su capacidad para producir, investigar, innovar y agregar valor. Cuando acepta que otros fabriquen mientras ella apenas exporta lo que la naturaleza le dio.

Doscientos diez años después de la Declaración de la Independencia, esa sigue siendo la discusión de fondo. No sobre el dulce de leche ni sobre las biromes. Sobre el país que queremos construir. Porque la soberanía no se declama: se ejerce. Y la independencia no se celebra solamente cada 9 de Julio; se defiende todos los días, con trabajo, con industria, con ciencia, con educación y con la decisión política de que la Argentina vuelva a creer en sí misma.

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Argentina fortalece su alianza con Suiza: récord de exportaciones, inversiones y expectativas por el acuerdo Mercosur-EFTA

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Mientras la Selección Argentina vuelve a cruzarse con Suiza en una instancia decisiva de la Copa del Mundo, la relación entre ambos países también atraviesa un momento histórico fuera de las canchas. El comercio bilateral alcanzó niveles récord durante 2025, impulsado por las exportaciones mineras, un superávit comercial sin precedentes y un crecimiento sostenido de las inversiones suizas en el país. En paralelo, la ratificación del Tratado de Libre Comercio entre el Mercosur y la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA) aparece como el próximo paso para profundizar un vínculo económico que ya muestra cifras inéditas.

El análisis de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) muestra que 2025 marcó un punto de inflexión en la relación entre Argentina y el bloque integrado por Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein. Las exportaciones argentinas al EFTA alcanzaron los 2.094 millones de dólares, el mayor valor de la historia, con un crecimiento interanual del 25%. La particularidad es que más del 98% de esos envíos tuvieron como destino Suiza, consolidando al país europeo como el verdadero motor del intercambio comercial con el bloque.

El 2025 cerró con máximos históricos de exportaciones, superávit comercial e inversiones con Suiza y con el EFTA, el bloque que integra el próximo rival de la Selección. Con el acuerdo Mercosur – EFTA ya firmado, avanza su ratificación parlamentaria.

Este sábado desde las 22 hs de nuestro país, la Selección Argentina enfrentará a Suiza por los cuartos de final de la Copa del Mundo. El historial marca dos victorias argentinas en copas del mundo: 1-0 en Brasil 2014 y 2-0 en Inglaterra 1966. Pero el Mundial también invita a mirar más allá de la cancha: la relación comercial entre Argentina y Suiza atraviesa un momento histórico, y con ella el vínculo con todo el bloque económico que este país integra.

Cómo destacamos en un artículo anterior, en cualquier ranking de PIB per cápita vamos a encontrar a Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein entre los primeros lugares. Pero, para sorpresa de algunos, ninguno de estos países pertenece a la Unión Europea, sino que entre ellos conforman su propio bloque económico: la Asociación Europea de Libre Comercio o EFTA (por sus siglas en inglés, European Free Trade Association). Este bloque mantiene múltiples acuerdos con la UE: sus miembros adhieren al Espacio Schengen y, con la excepción de Suiza, integran desde 1994 el Espacio Económico Europeo, mientras que el país helvético cuenta con sus propios tratados de libre comercio y libre movilidad con la Unión.

Los números del comercio con este bloque no dejan lugar a dudas. En 2025 las exportaciones argentinas al EFTA alcanzaron los US$ 2.094 millones, un récord histórico. De esta manera, anotaron un crecimiento del 25% respecto del 2024, año que ya había marcado un máximo. Hoy hablar de exportaciones al EFTA es hablar de exportaciones a Suiza, ya que estas representan más del 98% de los bienes despachados al bloque. Naturalmente, las exportaciones a Suiza también marcaron un récord histórico en 2025. 

El gran protagonista de este salto exportador vuelve a ser el oro. Suiza es el principal comprador del oro argentino, que se origina principalmente en Santa Cruz y San Juan, y se consolida como el primer mercado de las exportaciones mineras nacionales. De hecho, Suiza es el principal socio comercial de Santa Cruz y San Juan, siendo destino del 33% y 49%, respectivamente, de las exportaciones originadas en cada provincia. 

El país helvético es sede de las principales refinadoras de oro del mundo, lo que explica su alta demanda de este metal producido en Argentina. El precio internacional del oro, que encadenó máximos históricos a lo largo de 2025, apuntaló fuertemente el valor del comercio en dólares con el bloque.

Las importaciones argentinas desde el EFTA, por su parte, totalizaron US$ 779 millones en 2025. Así, el intercambio comercial bilateral superó los US$ 2.870 millones, el mayor registro de la historia. Con exportaciones que más que duplican a las importaciones, el superávit comercial con el bloque también marcó un récord el año pasado: US$ 1.315 millones, superando el máximo previo de 2019 y acumulando once años consecutivos de resultados positivos para nuestro país.

La relación excede largamente al comercio. Con un stock de inversiones por más de US$ 8.500 millones al segundo semestre de 2025, Suiza marcó máximos en su Inversión Extranjera Directa (IED) en Argentina el año pasado. Si sumamos los otros tres países del bloque, nos encontramos con un stock de IED de US$ 9.511 millones al cierre del año pasado, lo que convierte al EFTA en el quinto inversor extranjero en Argentina. 

Más allá del peso del complejo oro y plata, los rubros con mayor potencial de crecimiento en este exigente mercado europeo son los bienes agroindustriales. En este sentido, se esperan crecimientos de la demanda de carnes, miel, lácteos, frutas frescas, trigo, maíz, aceites vegetales y vinos, en un mercado de 14 millones de habitantes cuyo PIB per cápita casi triplica al argentino.

Tras el cierre de las negociaciones el 2 de julio de 2025, el Tratado de Libre Comercio Mercosur – EFTA se firmó el 16 de septiembre de 2025 en Río de Janeiro. El acuerdo creará un área de libre comercio de casi 300 millones de personas, con un PIB combinado de más de US$ 4,3 billones y mejoras de acceso a los mercados para más del 97% de las exportaciones de ambos bloques.

El proceso de ratificación avanza a paso firme. El pasado 17 de junio el Senado de Brasil y la Cámara de Diputados de Uruguay dieron sanción definitiva al acuerdo. Como el tratado entra en vigor de manera bilateral a medida que cada país lo ratifica, resta ahora la aprobación parlamentaria de Argentina y Paraguay, además de las ratificaciones de los países del EFTA. Estos avances se suman a la entrada en vigor del acuerdo Mercosur – Unión Europea el pasado 1° de mayo. Del lado europeo, Islandia y Noruega ya ratificaron el acuerdo, a la espera de la aprobación de Suiza y Liechtenstein. 

Así como la Selección buscará el sábado su pase a las semifinales del Mundial, la agenda comercial argentina tiene su propio partido por delante: una pronta ratificación del acuerdo con el EFTA permitiría potenciar un vínculo que ya rompe récords, diversificando las exportaciones y destinos, y consolidando las inversiones de uno de los socios más dinámicos que tiene nuestro país.

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