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La República del Exabrupto: 12 trillones de nada

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Brasil enojado. Georgieva de visita. El FMI marcando el compás. Las encuestas dejando de sonreír. La vicepresidenta hablando de “insensateces e inventos”. Y, como postal de una semana difícil para el Gobierno, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional recorriendo Vaca Muerta enfundada en un mameluco de YPF, una imagen tan cargada de simbolismo político como inevitable. Como respuesta, una cadena nacional en la que Javier Milei convirtió una reforma del Banco Central en un festival de agravios, enemigos de siempre y una cifra tan descomunal como inútil: doce trillones de nada.

Fue una semana políticamente complicada para el Gobierno.

El presidente Javier Milei cruzó la frontera para participar de una actividad del bolsonarismo y terminó protagonizando un conflicto diplomático con el principal socio comercial de la Argentina. En Brasil hubo malestar por sus agravios a Luiz Inácio Lula da Silva y  al juez Alexandre de Moraes, una actitud que muchos, incluso dentro del bolsonarismo, dicen que terminó favoreciendo a Lula. Así una gira que, en un gobierno normal, debería fortalecer vínculos terminó profundizando tensiones.

Pero la cosa no terminó ahí, durante su visita a la Exposición Rural, Milei también se dedicó a insultar al exministro de Industria José Ignacio de Mendiguren, a la sazón productor rural, que amenazó con llevar a la justicia al presidente “porque alguien tiene que ponerle límites”, dijo.

El lunes, después del fin de semana “de fuego”, Kristalina Georgieva aterrizó en Buenos Aires, para supervisar en persona cómo marchan las cosas en el país que es el mayor deudor del organismo que preside. Su agenda incluyó reuniones oficiales, entre ellas una reunión de gabinete que la tuvo como protagonista principal y una recorrida por Vaca Muerta con casco y uniforme de YPF. La fotografía recorrió el país. Más allá de las interpretaciones que se puedan hacer, la escena tuvo un enorme peso simbólico: la máxima autoridad del Fondo Monetario Internacional caminando uno de los activos estratégicos de la Argentina, mientras el Gobierno insiste en minimizar la influencia del organismo sobre las decisiones económicas nacionales.

A ese escenario se sumaban otros datos poco alentadores. Las acciones argentinas retrocedieron, el riesgo país volvió a subir y aunque hacia el fin de esta semana la cosa se recompuso un poco, queda en evidencia la volatilidad del supuesto “milagro mileista”. Por otra parte, los indicadores de confianza (de la Universidad de San Andrés y de la Di Tella) mostraron un franco deterioro del gobierno y comenzaron a aparecer encuestas que reflejan desgaste en la imagen presidencial y una creciente preocupación social por la economía.

Como si fuera poco, horas antes de la cadena nacional ocurrió un hecho inédito.

La vicepresidenta Victoria Villarruel publicó un mensaje en el que manifestó su “genuina preocupación” por el estado del Presidente, cuestionó que reprodujera “insensateces e inventos” y habló de “persecuciones imaginarias”. Que semejante definición provenga de la segunda autoridad institucional del país no es una anécdota. Es la expresión pública de una crisis política dentro del propio oficialismo. Crisis que más tarde se agravó cuando el Jefe de Gabinete Diego Santilli le pidió la renuncia y Villarruel, ni corta ni perezosa, le recordó que ella fue electa por el voto popular y él formó parte “la casta” que vinieron a combatir.

En ese contexto, el Gobierno eligió convocar una cadena nacional para anunciar una reforma institucional de enorme alcance: la modificación del Banco Central.

Era la oportunidad para explicar una iniciativa trascendente. Para debatir el rol de la autoridad monetaria, sus objetivos y sus implicancias.

Pero, una vez más, el anuncio quedó opacado por el espectáculo.

La cadena terminó convertida en un  alegato contra Cristina Fernández de Kirchner, señalada una vez más como responsable de todos los males argentinos. También hubo descalificaciones hacia Mercedes Marcó del Pont, expresidenta del Banco Central y una de las economistas más reconocidas del país, cuya trayectoria académica y profesional merecería una discusión mucho más seria que el agravio presidencial.

Y cuando los insultos parecieron insuficientes, llegaron los números.

Los ilusionistas conocen un secreto elemental: cuanto más grande es el truco, menos tiempo dedica el público a preguntarse cómo funciona.

En política ocurre algo parecido.

Milei aseguró que desde la creación del Banco Central la Argentina acumuló una inflación superior a 12 trillones por ciento.

Una cifra tan gigantesca que parece diseñada para provocar asombro antes que comprensión.

Y como se dijo, nadie discute que sea posible construir matemáticamente un número inmenso acumulando más de noventa años de inflación, atravesando cinco signos monetarios, hiperinflaciones, convertibilidad, reformas monetarias y gobiernos de todos los signos políticos.

Lo que sí merece discusión es el sentido de semejante ejercicio.

Porque ese número no explica la inflación actual.

No permite evaluar una política económica.

No es un indicador utilizado para analizar la economía argentina.

No ayuda a entender absolutamente nada.

Sirve, eso sí, para construir un efecto político.

Es como sumar toda la lluvia caída desde 1935 para explicar el pronóstico de mañana. El resultado puede impresionar, pero carece de utilidad para comprender el presente.

Y quizá allí resida el verdadero problema.

La reforma del Banco Central terminó ocupando menos espacio que la necesidad de volver a construir enemigos. Los extranjeros, con un nuevo decreto presidencial en contra, Cristina Kirchner. Mercedes Marcó del Pont. El Banco Central. El pasado.

Todo debía encajar en un mismo relato.

Mientras tanto, los problemas concretos siguieron esperando respuestas. El Gobierno continúa negociando con un Fondo Monetario Internacional cuya influencia resulta cada vez más visible. Los mercados reaccionan con cautela. Los indicadores económicos envían señales contradictorias. Y la confianza, uno de los principales activos políticos de cualquier administración, comienza a mostrar fisuras.

Cuando eso ocurre, la tentación suele ser reemplazar la gestión por la comunicación.

Y la comunicación por la épica.

La República del Exabrupto ya no se limita a los insultos. Ha incorporado otro recurso: las cifras imposibles, los números desmesurados, las estadísticas convertidas en herramientas de propaganda.

Porque cuando un gobierno necesita explicar el presente con enemigos del pasado y números tan extraordinarios que dejan de tener significado, deja de intentar convencer.

Empieza a pedir un acto de fe.

Y la economía —como la democracia y la política— nunca debería depender de la fe, que mueve montañas pero no da de comer, ni paga las cuentas.

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Argentina mira hacia el futuro

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Mi primera reunión en Buenos Aires comenzó con un regalo inesperado. El ministro de economía Luis Caputo me obsequió una camiseta de la selección argentina con mi nombre y el emblemático número 10 de Lionel Messi.

Fue un comienzo muy adecuado para mi primera visita oficial. Cuando Messi por fin levantó la Copa del Mundo en Qatar, tenía 35 años, una edad a la que muchos futbolistas ya se han retirado. Su triunfo, que fue la culminación de años de perseverancia, reveses y dedicación incansable, dejó en claro que para lograr cosas grandes hay que persistir, y que alcanzar una meta puede tomar más tiempo del previsto.

El camino hacia la transformación económica es similar. Recuperar la estabilidad ya es difícil. Hacer que perdure lo es aún más. Las mayores recompensas solo llegan tras años de perseverancia.

Es algo que se me ha quedado grabado durante mi visita a Argentina esta semana. En cada lugar que he visitado, me he encontrado con gente que mira más allá de las dificultades del momento y se pregunta en qué podría convertirse su país en la próxima década.

Para un país que ha pasado gran parte de su historia reciente preocupado por la próxima crisis, ver cómo la mirada empieza a dirigirse más allá del corto plazo, es, para mí, la señal más alentadora de todas.

Una notable estabilización

Hace apenas dos años y medio, Argentina atravesaba uno de los momentos económicos más difíciles de su historia moderna. El gobierno registraba déficits incesantes. La inflación superaba el 200%. La economía estaba contrayéndose. El índice de pobreza había rebasado el 50%. Las familias veían caer el valor de sus salarios y ahorros. A las empresas les resultaba difícil planificar más allá de unas pocas semanas.

Hoy en día el panorama es muy diferente.

Argentina ha registrado un superávit fiscal primario durante dos años consecutivos, la primera vez que esto sucede en 15 años. La economía está creciendo. La inflación ronda actualmente el 30%. La pobreza ha disminuido. El banco central está reconstituyendo las reservas internacionales. El costo del endeudamiento soberano se ha reducido. Las tres principales calificadoras de riesgo han mejorado la calificación crediticia del país. Por otro lado, ya se han aprobado proyectos de inversión por un valor de más de USD 45.000 millones en el marco del régimen argentino de incentivos para grandes inversiones. El tamaño del oleoducto que se está construyendo equivale a más del doble de esa cifra. Estos logros reflejan el compromiso con la estabilidad y las firmes políticas adoptadas por el gobierno de Javier Milei y, por encima de todo, la perseverancia del pueblo argentino.

De la estabilidad al crecimiento y las oportunidades

La estabilización le devuelve a un país algo que no es fácil de medir: el tiempo. Cuando hay confianza en que los precios permanecerán estables, las familias empiezan a ahorrar en lugar de simplemente protegerse contra la inflación. Cuando se confía en que las políticas seguirán siendo predecibles, las empresas invierten con plazos que se miden no en meses sino en años. Los bancos conceden crédito a más largo plazo. Los gobiernos pueden centrar su atención en mejorar las instituciones y no en cómo responder a la próxima emergencia.

Dicho de otro modo, la estabilidad amplía el horizonte temporal de un país. Soy consciente de lo transformadora que puede resultar esa experiencia porque la viví en mi propio país.

Cuando Bulgaria sufrió hiperinflación y una crisis bancaria en la década de 1990, lo que mi madre había ahorrado a lo largo de toda la vida se esfumó prácticamente de la noche a la mañana. Yo guardaba mis modestos ahorros en dólares en una latita escondida en la alacena. Para recuperar la estabilidad fue necesario llevar a cabo difíciles reformas, reforzar las instituciones y perseverar durante muchos años.

Los resultados no se notaron de inmediato. Pero gracias a que Bulgaria mantuvo su rumbo, la confianza fue retornando poco a poco. La inversión aumentó. La gente encontró trabajo. El nivel de vida mejoró. A principios de este año, Bulgaria adoptó el euro, un hito que otrora habría parecido inalcanzable.

La lección no fue simplemente que la estabilización es posible, sino que sus mayores recompensas solo se revelan con el tiempo.

Ese desafío es aún mayor hoy en día. La economía mundial se está tornando cada vez más incierta. Los patrones del comercio están cambiando. Las tensiones geopolíticas permanecen elevadas. La inteligencia artificial está transformando las industrias y los mercados de trabajo a un ritmo vertiginoso. El capital es cada vez más selectivo y fluye hacia los países que saben conjugar políticas sólidas con instituciones predecibles.

En este contexto, la estabilidad macroeconómica no es algo meramente conveniente; es un requisito imprescindible para atraer inversiones, crear empleo y no perder la competitividad.

Desbloquear el potencial

Esa oportunidad me saltó a la vista en Vaca Muerta, los yacimientos de petróleo y gas en rápida expansión de la provincia de Neuquén. Es bien sabido que Argentina goza de recursos naturales de primer orden. Sin embargo, Vaca Muerta demuestra que Argentina también cuenta con ingenieros talentosos, emprendedores y líderes de los sectores público y privado comprometidos con impulsar su desarrollo. Y esto está sucediendo en un momento en el que el mundo busca fuentes de energía seguras y fiables.

Vaca Muerta es apenas un ejemplo de un abanico de oportunidades. La inversión en el sector minero se está acelerando, las exportaciones de servicios basados en el conocimiento rondan los USD 10.000 millones al año y la agricultura sigue siendo uno de los sectores más competitivos del mundo. Además de sus recursos naturales, Argentina tiene emprendedores de talla mundial, universidades prestigiosas y un talento humano excepcional.

La siguiente fase consiste en cerciorarse de que estas oportunidades se extiendan a toda la economía.

Ese mensaje fluyó con claridad en mis conversaciones con los líderes empresariales, que celebraron la renovada estabilidad del país y la creciente confianza de los inversionistas y, a la vez, destacaron la importancia de reducir los obstáculos a la inversión y de que la recuperación beneficie a más sectores.

También fluyó en dos conversaciones muy diferentes.

La primera mañana que pasé en Buenos Aires conocí a Marina, una maquilladora, que me ayudó a prepararme para empezar el día. Me contó que tiene tres trabajos y que la vida sigue siendo difícil. Pero también me dijo que espera que el país mantenga el rumbo. Su situación no ha cambiado de un día al otro. Lo que sí está cambiando es su confianza en que los avances puedan ser duraderos.

Más tarde conocí a la famosa bailarina de tango Mora Godoy. Aparte de su reconocida carrera, ha fundado una escuela de danza y ofrece becas a jóvenes que, de otro modo, quizá nunca tendrían la oportunidad de aprender.

Historias diferentes, profesiones diferentes, pero ambas evocadoras de la misma idea de que invertir hoy puede generar oportunidades mañana.

A los estudiantes también los escuché hablar de esa misma perspectiva a largo plazo. Sus preguntas no se referían a los próximos seis meses. Más bien, eran sobre la inteligencia artificial, la innovación, el liderazgo y el lugar que ocupa Argentina en la economía mundial. Querían saber cómo podría competir su país, no solo el año que viene, sino en las próximas décadas.

En estas conversaciones con líderes empresariales, trabajadores y estudiantes, he podido escuchar un mensaje común y alentador: Argentina está empezando a ver más allá de la próxima crisis y a dirigir la mirada hacia las oportunidades que se avecinan.

Al fin y al cabo, los barómetros del éxito no consistirán solo en tener una inflación más baja, reservas más cuantiosas o finanzas públicas más robustas, sino también en que las empresas inviertan más, las pequeñas y medianas empresas se expandan, los trabajadores consigan mejores empleos y salarios más altos, y más argentinos perciban las ventajas del crecimiento económico en su vida cotidiana.

La siguiente etapa

Esa misma perspectiva a largo plazo es lo que guía la colaboración del FMI con Argentina.

Nuestra función consiste en respaldar las políticas y las instituciones que hacen posible una estabilidad duradera. La propuesta del gobierno de contar con un banco central más sólido e independiente puede ayudar a garantizar que los avances en materia de inflación perduren. Un marco de responsabilidad fiscal duradero, con normas claras e instituciones sólidas, puede ayudar a los futuros gobiernos a preservar los logros conseguidos a base de tanto esfuerzo. Con estas reformas las familias pueden hacer planes, las empresas pueden obtener financiamiento e invertir y los gobiernos pueden mirar más allá de la próxima crisis.

La transformación económica de Argentina también llevará tiempo. El país ha sentado las bases para un futuro más estable. El desafío ahora consiste en mantener el rumbo, para así seguir consolidando las instituciones, la confianza y las oportunidades que permitirán que los actuales avances den paso a una prosperidad duradera.

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Cuando la urgencia es política y no constitucional

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El Gobierno encontró un nuevo eje para volver a dominar la conversación pública. El decreto de necesidad y urgencia, anunciado por Javier Milei, no parece responder a una emergencia institucional sino a una necesidad mucho más terrenal: recuperar la iniciativa política con un tema capaz de despertar adhesiones inmediatas.

En tiempos donde las redes sociales convierten cualquier discusión en una batalla identitaria, apelar a la defensa de la Argentina frente a supuestos “odiadores” extranjeros resulta tan eficaz desde el marketing político como endeble desde la legalidad y el derecho constitucional.

El problema comienza donde debería empezar cualquier análisis serio: la necesidad y urgencia. La Constitución no habilita al Presidente a legislar por decreto porque un tema esté de moda o porque la coyuntura política lo aconseje. Lo permite únicamente frente a circunstancias excepcionales que hagan imposible seguir el procedimiento legislativo ordinario. ¿Existe hoy una situación extraordinaria que justifique semejante herramienta? La respuesta parece evidente. No hay una invasión de extranjeros promoviendo campañas de odio contra la Argentina ni una crisis que impida al Congreso debatir el asunto.
Pero aun si se aceptara la oportunidad política del debate, el contenido del decreto abre interrogantes todavía más profundos.

La categoría de “discurso de odio” es una de las más discutidas en el derecho contemporáneo precisamente porque sus límites son difusos. ¿Quién decide qué constituye odio y qué constituye una opinión, por ofensiva o desagradable que resulte? Cuando el Estado se reserva esa facultad sin parámetros objetivos, el margen para la arbitrariedad se vuelve enorme. Y allí empiezan a rozarse principios constitucionales básicos, entre ellos el derecho a ingresar, permanecer y transitar por el territorio nacional.

El decreto tampoco supera un análisis jurídico elemental. Pretende generar consecuencias legales a partir de expresiones ya realizadas, tensionando el principio de legalidad, uno de los pilares de cualquier Estado de Derecho. Las reglas deben ser claras, previas y previsibles. De lo contrario, dejan de proteger la libertad para convertirse en instrumentos discrecionales.
La fundamentación tampoco ayuda. Se sostiene que la medida busca preservar el “honor” del Estado argentino. Sin embargo, el honor es un derecho personalísimo, propio de las personas humanas. Los Estados tienen prestigio, legitimidad, soberanía o reputación internacional, pero no “honor” en el sentido jurídico que pretende utilizar el decreto. Cuando una norma necesita apoyarse en conceptos equivocados para justificar restricciones a derechos, el problema deja de ser político y pasa a ser jurídico.

Además, el sistema legal argentino ya cuenta con herramientas suficientes para responder frente a conductas que lesionen derechos ajenos. El Código Penal, la legislación vigente y los estándares del Sistema Interamericano de Derechos Humanos establecen un equilibrio razonable: la libertad de expresión es la regla y las responsabilidades aparecen únicamente cuando existen daños concretos a terceros. Crear nuevas restricciones sobre categorías imprecisas no fortalece el Estado de Derecho; lo debilita.

Hay, además, una contradicción difícil de ignorar. El mismo Gobierno que hizo de la ampliación de las libertades individuales y de la reducción de la intervención estatal una de sus principales banderas ahora pretende otorgarle al Estado una facultad extraordinaria para decidir quién puede ingresar al país según el contenido de sus expresiones. Es una lógica que choca con el discurso oficial que cuestionó durante años las regulaciones estatales por considerarlas excesivas.

La verdadera discusión, entonces, no pasa por defender o no a la Argentina. En eso probablemente exista un consenso amplio. La discusión consiste en determinar si, en nombre de ese objetivo, el Poder Ejecutivo puede utilizar un decreto de necesidad y urgencia sin que exista una verdadera urgencia y, además, avanzar sobre derechos constitucionales mediante conceptos jurídicamente imprecisos.

Porque el problema nunca es el fin que se invoca. El problema aparece cuando, para alcanzar ese fin, se empieza a flexibilizar la Constitución. Y cuando la excepción se convierte en regla, el Estado de Derecho deja de ser una garantía para transformarse en una herramienta al servicio de la coyuntura política.

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La Rebelión Analógica

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Hay algo revelador en que un comediante neoyorquino de 38 años haya decidido, este año, lanzar una candidatura presidencial cuya única plataforma es no tener plataforma. Dan Fox no promete bajar impuestos ni reformar la salud pública: promete que todo, absolutamente todo, va a suceder “IRL” —in real life, en la vida real—. Es un chiste. Pero como todos los buenos chistes, funciona porque toca algo verdadero: hace diez años esa broma no habría tenido gracia, porque nadie sentía todavía que la vida real fuera un lugar al que hubiera que volver.

Ese chiste es, sin proponérselo, la puerta de entrada perfecta al “Verano de Ludd”, el festival de ocho días que un grupo de activistas jóvenes organizó en el East Village de Manhattan sin publicarlo jamás en una red social: solo carteles pegados en las paredes, un número de teléfono para pedir información y una consigna estricta de no sacar el celular durante los eventos. Hubo una obra de teatro sobre los luditas del siglo XIX, un taller de zurcido, sesiones de radio de onda corta, citas a ciegas sin pantallas de por medio.

Nada de esto es nuevo en espíritu —siempre hubo nostálgicos de lo analógico—, pero sí lo es en escala y en tono: ya no es un gesto de excentricidad boutique, es un festival de una semana que llena una plaza pública en pleno 2026.

Y no es un caso aislado. En Baltimore, una profesora de la Universidad de Loyola armó una materia entera para ayudar a sus alumnos a salir de lo que ellos mismos describen como una “prisión del teléfono”: estudiantes que revisan el celular 190 veces por día, que acumulan 55 juegos descargados sin recordar cuándo los instalaron. No hace falta ser alarmista para notar el patrón: cuando una universidad tiene que dedicar un semestre entero a enseñar a jóvenes de veinte años a estar sin el teléfono, algo se rompió mucho antes de que llegaran al aula.

Mi impresión es que estamos mirando la misma crisis desde dos ventanas distintas, y que el error más común —yo mismo lo cometí al ordenar por primera vez esta información— es tratarlas como si fueran una sola historia. Por un lado, están los movimientos colectivos, casi gremiales, que intentan reconstruir espacios compartidos sin pantallas: el Verano de Ludd, las materias de detox digital, los clubes de estudiantes que dejan el smartphone por un teléfono “tonto”. Por otro lado, está algo mucho más íntimo y silencioso: la persona que, en medio de un ataque de ansiedad frente al scroll infinito, necesita saber que respirar cuatro segundos y exhalar seis alivia el cuerpo, o que el agua fría en la cara puede cortar en segundos un pico de activación emocional. Son dos escalas de un mismo malestar, pero no son la misma respuesta, y conviene no confundirlas.

La tentación, cuando uno arma un resumen apurado de todo esto, es fusionarlas en una sola narrativa prolija: “una revolución está en marcha, la ansiedad social está por las nubes, y estas son las tres técnicas para sobrevivirla”. Suena bien. Pero es falso en un sentido preciso: mezcla el reportaje sobre un festival político-cultural con una nota de recomendaciones clínicas, como si la misma pluma hubiera escrito las dos cosas. Y esa mezcla, aunque prolija, termina siendo perezosa. Porque lo que en realidad muestra, si uno separa las fuentes con cuidado, es algo más interesante: que la crisis de la hiperconexión ya generó respuestas en todos los niveles posibles —desde la política de calle hasta la fisiología de una exhalación—, y que ninguna de esas respuestas alcanza por sí sola.

Porque seamos honestos: nadie va a resolver su relación con el teléfono respirando cuatro segundos antes de abrir Instagram por sexta vez en una hora. Las técnicas de regulación —la respiración, el choque de temperatura, ampliar la mirada para salir de la “visión de túnel”— sirven para lo que sirven: bajar un pico de ansiedad en el momento en que ocurre. Son primeros auxilios, no una cura.

Tienen el mismo lugar que un analgésico frente a una lesión crónica: alivian el síntoma, no tocan la causa. Y la causa, cada vez es más difícil negarlo, no está solamente en la cabeza de quien scrollea, sino en el diseño mismo de las plataformas que compiten, con enormes recursos, por captar cada segundo de atención disponible.

Ahí es donde el Verano de Ludd, con sus carteles de papel y su desconfianza casi ceremonial hacia lo digital, dice algo que ninguna técnica de respiración puede decir: que hace falta también una respuesta colectiva, deliberadamente incómoda, que discuta el problema en el terreno donde realmente se libra —el diseño de los productos, el negocio de los datos, la arquitectura de la atención— y no solamente en el terreno privado del cuerpo de cada usuario. Que un grupo de jóvenes decida pasar ocho días sin publicar una sola foto de lo que están haciendo es, en ese sentido, más un gesto político que terapéutico: es una forma de decir que el problema no se resuelve gestionando mejor la ansiedad individual, sino cuestionando el sistema que la produce en primer lugar.

No hace falta romantizar el neoludismo —la ironía de organizar un festival “anti-tecnológico” coordinando logística por teléfono no se le escapa a nadie, ni siquiera a sus organizadores— para reconocer que apunta a algo real. Tampoco hace falta desconfiar de la respiración de cuatro segundos por el simple hecho de que sea pequeña: las intervenciones pequeñas tienen su lugar, sobre todo cuando lo grande todavía no cambió. Lo que sí vale la pena resistir es la tentación de creer que una sola de estas dos escalas alcanza. La ansiedad que genera el scroll infinito no se cura solo con más regulación fisiológica individual, de la misma manera en que un festival de ocho días, por más multitudinario que sea, no va a rediseñar por sí solo el modelo de negocio de las redes sociales.

Quizás la pregunta que vale la pena hacerse no es cuál de las dos respuestas es la correcta, sino por qué necesitamos las dos al mismo tiempo. Y ahí, me parece, está el verdadero diagnóstico de la época: cuando una sociedad tiene que enseñar en la universidad a resistir su propio teléfono, y al mismo tiempo organizar festivales enteros para practicar estar juntos sin pantallas, es porque el problema dejó de ser una anécdota individual hace bastante tiempo. La pregunta que queda abierta —y que ni el festival ni la respiración pueden responder solos— es quién, además de nosotros mismos, está dispuesto a cambiar algo.

Los tiempos imponen que los que nos representan, o pretenden hacerlo esta vez ESTEN DISPUESTOS A CAMBIAR en bien de todos.

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¿Argentina racista? Lo que el algoritmo quería que discutiéramos

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Del mismo modo que en abril del 2020 explicaba en mis transmisiones en vivo cómo el aparato psíquico iba a verse afectado como consecuencia de la pandemia, desde 2023, cuando surgió Chat GPT, también fue claro para mí, en tanto psicoanalista, el efecto que los modelos LLM (Large Language Model) de inteligencia artificial iban a tener sobre los humanos. 

Entre esos efectos, advertía sobre el atrapamiento que el mundo digital produciría, como una máquina invisible. Llegaríamos a ser capaces de decir lo contrario de lo que pensamos, tan sólo por contagio emocional o por enojo. 

En la actualidad, las redes sociales – asistidas por inteligencia artificial – han transformado la forma en que nos relacionamos al convertir nuestras emociones más profundas en un negocio. El algoritmo utiliza el odio para fomentar el consumo. 

Para entender cómo nos afecta este fenómeno, debemos mirar al algoritmo de las pantallas como el nuevo jefe o dueño de nuestras vidas, que captura nuestra atención utilizando el odio para ¿fomentar su propia rentabilidad?

Del jefe tradicional al control digital

Hace décadas, la sociedad se organizaba exclusivamente bajo estructuras claras donde algunos mandaban y otros obedecían. En ese modelo tradicional, aunque con tensiones y desigualdades, las personas se comunicaban entre sí y, aun cuando podían disentir, formaban comunidades reales. Había un lazo social que sostenía el día a día.

Sin embargo, el sistema actual de las redes sociales cambió por completo las reglas del juego. Ya no se busca unir a la sociedad ni crear debates útiles. Su único objetivo es alimentar un círculo vicioso de consumo que nunca se detenga. 

Las plataformas no venden información: venden nuestra atención. Y la emoción que más tiempo logra retener esa atención es la indignación. Allí reside el verdadero negocio.

El algoritmo es el nuevo jefe absoluto. No te pide que hagas una tarea específica ni es esa clase de jefe del que uno podría quejarse. Te hace creer que te ofrece lo que querés, pero la única condición de sentirte parte de la sociedad es mirar la pantalla sin parar y reaccionar a cada segundo.

¿Acaso quienes no se enteraron de las acusaciones de racismo contra Argentina no sintieron que quedaban afuera de lo que estaba pasando?

Recordemos lo ocurrido. Una campaña que atribuía racismo a la Argentina inundó las redes después del Mundial FIFA 2026, justamente cuando el algoritmo —y quienes lo administran— descubrieron que la cantidad de personas pendientes del Mundial era muy superior a quienes siguen el Super Bowl. ¿Cómo desaprovechar semejante volumen de interacciones?

Al decir “campaña” me refiero a que la grabación de spots publicitarios por parte de personas conocidas no se realiza en un solo día. Todo indica que esa campaña había sido preparada con antelación. Pero ese no es el problema.

En las redes sociales se generó una especie de partido de ping-pong donde una persona criticó de forma generalizada a un país entero llamándolo “racista”. En lugar de responderle de manera individual a ese usuario en específico, la gente reaccionó de forma impulsiva y masiva. Los usuarios empezaron a etiquetarse y a atacarse mutuamente atribuyendo esas actitudes a sus nacionalidades.

Se multiplicaron mensajes violentos, cargados de etiquetas absolutas y exageradas, basadas únicamente en el lugar de nacimiento de cada uno. Las respuestas cayeron en una trampa al decir cosas como “nosotros no somos así, los de tu país son los verdaderos racistas”. Este tipo de acusaciones borró por completo la identidad de los individuos, al asumir equivocadamente que todos los ciudadanos de una geografía piensan exactamente igual. 

El enojo hizo que las personas se pusieran a la defensiva y terminaran adoptando un tono discriminatorio que llamó la atención justamente porque igualaba discursos políticos muy criticados por ellas mismas y que, al mismo tiempo, decían combatir. 

Al final, este juego de insultos por nacionalidades solo sirvió para que la gente se enganchara a hacer más clicks, llenando los bolsillos de las empresas cuyas redes utilizaron sin siquiera percatarse de ello.

Los efectos en el sujeto contemporáneo

El impacto de este dispositivo técnico sobre el sujeto es de orden clínico.

Como afirmaba, ya en 2023, en mi libro “Una ¿Mente? Artificial”, bajo el empuje de la inteligencia artificial, las redes producen un efecto hipnótico que anula la capacidad de detenerse y reflexionar.

El sujeto no entra allí con su singularidad histórica. De hecho, hubo muchos que criticaron a otros por pertenecer a un país al que siempre dijeron querer. 

Un ejemplo claro es el rage bait o “anzuelo de ira”. El algoritmo detecta y amplifica discursos totalizantes, clasificatorios y segregativos. Al confrontar al usuario con enunciados violentos, se despierta una angustia profunda. El sujeto, atrapado en una encerrona imaginaria, responde de inmediato para defender su identidad o su país. Sin saberlo, duplica el daño inicial y se convierte en un peón útil que reproduce la lógica que intenta combatir. 

Esto tiene un nombre: alienación. Las personas quedan captadas en una respuesta automática dentro de un espacio imaginario e ilusorio que les hace olvidar su propia historia.

Aunque esta violencia pueda parecer un simple juego de insultos en pantalla, la manipulación algorítmica y los discursos de odio en redes sociales actuales replican una dinámica similar a la ocurrida en Myanmar hace algunos años, donde este mecanismo terminó desencadenando un genocidio real. 

El psicoanalista Jacques Lacan describía bien el tipo de “saber” que se juega en estas situaciones: un saber que pierde su valor de verdad o su peso académico. Se convierte en un objeto degradado de consumo rápido, un dato que se traga y se escupe en quince segundos. ¿Por qué? Porque el algoritmo, nuestro jefe, necesita que sea un mensaje corto y fácil de reproducir. ¿Para qué? Para mantener encendido el verdadero motor de este circuito, al que los psicoanalistas llamamos objeto “a” y que, en este caso, tomó la forma de la angustia y el odio. 

La virulencia digital no busca la satisfacción, sino una insatisfacción renovada que obligue al usuario a seguir compartiendo y generando métricas. Cada muestra de odio en línea acelera el algoritmo y traduce el dolor humano en dividendos económicos para las grandes corporaciones.

El límite del cuerpo y la terceridad

Aunque Lacan pensara que este modo de funcionamiento no tenía salida, la práctica analítica demuestra que el cuerpo vivo introduce un límite real. 

La neurosis, y específicamente la histeria, aporta un elemento salvador ¿quién lo diría?: el aburrimiento, el cansancio…Llega un punto en que los ojos se agotan, el cuerpo se satura de la misma discusión y exige apartarse para tomar un café o atender la vida cotidiana. El límite biológico rompe, al menos temporalmente, la inercia del consumo virtual.

Y no olvidemos algo. Allí donde el algoritmo impone un juego dual de agresión y respuesta, recordemos que la pacificación siempre llega al introducir un compás de espera. 

Ante la provocación digital, interrogarse a quién le sirve ese odio y qué intereses económicos se benefician de nuestra indignación permite sustraer el cuerpo del dispositivo. Muchas veces pensamos en la economía, pero llamativamente, en estas situaciones, somos llamados a olvidarla. 

Volver a los fundamentos de la relación humana y apelar a la experiencia singular es el camino para recuperar la condición de sujetos y dejar de ser meros engranajes de la inteligencia artificial.

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