De la cosecha manual a la mecanización total: la experiencia de un productor yerbatero de Apóstoles
Un productor de Apóstoles mecanizó 85 hectáreas de yerba mate y expuso los cambios en rendimientos, costos, empleo y manejo agronómico
La mecanización de la cosecha de yerba mate dejó de ser una alternativa asociada exclusivamente a las nuevas plantaciones y comenzó a extenderse como una estrategia para reorganizar el trabajo, mejorar la eficiencia operativa y responder a las dificultades para conseguir mano de obra. En Apóstoles, el ingeniero agrónomo y productor Alberto Múller, socio de la Cooperativa Liebig y cuarta generación de una familia vinculada a la entidad, desarrolló una experiencia de transformación que llevó sus 85 hectáreas de yerba mate a un esquema de cosecha completamente mecanizado.
Durante las Jornadas Tecnológicas de la Fiesta Nacional de la Yerba Mate, Múller presentó la charla “De lo manual a lo mecanizado, experiencia de un caso de transformación de un sistema productivo”, en la que compartió el proceso iniciado en 2020 y consolidado al año siguiente. Su exposición puso el foco no solamente en la incorporación de una cosechadora, sino en los cambios que demanda adaptar la estructura de las plantas, reorganizar el calendario de labores y capacitar al personal para sostener un sistema diferente.
La decisión tuvo un antecedente productivo concreto. La familia comenzó a implantar nuevos yerbales en 2012 y, hacia 2019, alcanzó un pico de producción que presentó dificultades para completar la cosecha por la falta de cuadrillas. El problema volvió a manifestarse en 2020, cuando el productor resolvió adquirir una cosechadora de fabricación misionera. En una primera etapa, la intención era utilizarla en los lotes nuevos que ingresaban en producción. Sin embargo, la persistencia de las restricciones para conseguir trabajadores llevó a revisar la estrategia.
“En 2021 tomamos la decisión de pasar el ciento por ciento de los yerbales a mecanizados”, explicó. La transformación se realizó en distintas etapas durante un mismo año y exigió una intervención importante sobre las plantas que hasta entonces habían sido cosechadas de manera tradicional.

El procedimiento incluyó dos rebajes. Una parte de los lotes fue intervenida entre febrero y marzo y la otra entre mayo y junio. En algunos casos, el corte llegó a unos 60 centímetros de altura, una decisión que el productor describió como arriesgada por el momento del año en que se realizó. Una vez completada esa preparación, en agosto la cosechadora pudo comenzar a formar la mesa de corte, la estructura que permite trabajar con el sistema mecánico.
La experiencia incluyó yerbales de distintas generaciones. En las dos chacras familiares conviven plantaciones de la década de 1940, realizadas por su abuela, lotes implantados por su padre durante los años ochenta y nuevas superficies incorporadas desde 2012. La antigüedad y la densidad de cada plantación condicionaron el manejo, pero no impidieron avanzar con la mecanización.
Según Múller, los yerbales más antiguos respondieron favorablemente al cambio. Aunque tienen una densidad menor que las plantaciones modernas, el productor afirmó que sus rendimientos se mantuvieron en niveles similares a los que obtenía con la cosecha manual. La adaptación, sostuvo, requiere seguimiento y un manejo adecuado, pero no encontró una reacción negativa de las plantas por el paso al nuevo sistema.
La comparación económica, sin embargo, introduce una diferencia importante. Los yerbales de la década de 1940 tienen una densidad estimada de entre 600 y 700 plantas por hectárea, mientras que las plantaciones más recientes responden a otros esquemas de implantación. Para Múller, mantener una superficie antigua puede haber sido rentable cuando se obtenían entre 3.000 y 4.000 kilos por hectárea y la relación entre costos y precio de la hoja verde era diferente. Con las condiciones actuales, considera que los lotes de baja densidad requieren una evaluación económica antes de decidir si conviene adaptarlos o reemplazarlos.
El productor recordó como referencia una experiencia realizada en 2017: un lote que había alcanzado un rendimiento de alrededor de 2.000 kilos por hectárea fue arrancado y replantado. En la actualidad, esa superficie registra entre 7.000 y 8.000 kilos por hectárea. El caso muestra el potencial productivo de una nueva implantación, aunque la decisión de renovar un yerbal también depende del costo de inversión, el tiempo necesario para que la plantación entre en producción y la capacidad financiera de cada establecimiento.


Múller evitó presentar la mecanización como una solución única para todo el sector. “Todo sistema productivo es válido siempre y cuando sea eficiente”, planteó durante la entrevista. Desde su experiencia, la cosecha mecanizada permite obtener un producto más limpio, reducir el contacto de la hoja con el suelo y trabajar con una mayor eficiencia operativa. También modifica la organización de los recursos humanos y exige incorporar conocimientos específicos para operar y mantener los equipos.
Uno de los indicadores que expuso en las jornadas fue la relación entre el rendimiento horario de la cosechadora y el costo de recolección. De acuerdo con sus cálculos, cuando la máquina trabaja a unos 800 kilos por hora, el costo se aproxima al de la cosecha manual. A medida que el rendimiento aumenta, la cantidad de kilos obtenidos en el mismo tiempo permite distribuir el costo operativo y la amortización del equipo sobre un volumen mayor. En su establecimiento, explicó, los registros de trabajo pueden alcanzar los 2.000 kilos por hora, aunque la productividad depende de las condiciones de cada lote y de la capacidad operativa de la máquina.
La escala de trabajo también influye en la decisión de inversión. La compra de una cosechadora implica incorporar un costo de capital que debe amortizarse a lo largo de varios años. Por eso, el sistema no necesariamente resulta conveniente para todos los productores, en especial para quienes cuentan con superficies pequeñas o rendimientos insuficientes para mantener el equipo en actividad. En ese segmento aparece una alternativa: la prestación de servicios de cosecha mecanizada por parte de productores que ya cuentan con maquinaria o de la propia cooperativa.
Múller señaló que dentro de la Cooperativa Liebig ya hay productores que incorporaron equipos y que la entidad también dispone de máquinas para brindar servicios a quienes no tienen escala suficiente para adquirirlas. La tercerización abre así una posibilidad de organización productiva: permite acceder a la mecanización sin asumir individualmente el costo total de compra, aunque requiere coordinar tiempos de cosecha, disponibilidad de equipos y condiciones de cada explotación.
La transformación también modificó la estructura laboral de su establecimiento. Actualmente, el equipo está integrado por un tractorista, dos ayudantes que trabajan sobre la máquina y un chofer encargado del traslado de la producción desde la chacra hasta el secadero. Con cuatro personas, Múller organiza las tareas de cosecha y mantenimiento de las 85 hectáreas, además de las labores de limpieza y fertilización durante el año.
Uno de los objetivos centrales fue construir un equipo permanente, en lugar de depender exclusivamente de cuadrillas convocadas para los períodos de cosecha. Para eso, el productor reorganizó el calendario de actividades y adaptó la maquinaria: la cosechadora puede utilizarse con otros implementos, luego de retirar el canasto y la plataforma de corte, para realizar tareas de fertilización y mantenimiento. De esa manera, el personal mantiene actividad más allá de las semanas específicas de recolección.


El esquema contempla dos períodos principales de cosecha: uno durante el verano, entre diciembre y enero, y otro en invierno, desde fines de julio hasta agosto. Entre ambos ciclos se distribuyen las tareas necesarias para preparar los lotes y sostener el estado de las plantas. La organización permite aprovechar el equipo durante más meses y reducir la necesidad de contratar personal externo para trabajos que pueden planificarse dentro de la explotación.
El cambio también se refleja en la arquitectura de los yerbales. La planta que antes se desarrollaba con una estructura más alta y frondosa pasó a tener una mesa de corte definida, con una configuración que el productor comparó con la utilizada en el cultivo de té. La cosecha deja de intervenir de la misma manera sobre cada rama y responde a un diseño productivo pensado para el paso de la máquina. Según Múller, las plantas se recuperan, brotan y mantienen buenos rendimientos, aunque la respuesta está condicionada por las lluvias y las condiciones climáticas de cada campaña.
La experiencia se desarrolla en un contexto en el que la economía de la producción yerbatera enfrenta cambios en los costos, la disponibilidad de trabajadores y el valor de la materia prima. Durante la entrevista, Múller indicó que en su cooperativa el precio que recibían era de 420 pesos por kilo de hoja verde. Ese dato corresponde al momento de la conversación y permite dimensionar la importancia que adquieren los costos de cosecha y la productividad por hectárea en las decisiones de inversión.

La mecanización, en ese marco, no elimina los desafíos del negocio yerbatero ni garantiza por sí sola una mejora de rentabilidad. Exige capital, adaptación agronómica, capacitación y una escala de trabajo que permita sostener el uso de los equipos. Pero también puede generar nuevas formas de prestación de servicios y reorganizar el empleo rural hacia tareas más especializadas y distribuidas durante todo el año.
La experiencia de Múller aporta un caso concreto para analizar esa transición desde la producción familiar. Con cuatro generaciones vinculadas a la Cooperativa Liebig, 85 hectáreas y plantaciones de distintas épocas, el establecimiento combina la conservación de yerbales históricos con la incorporación de tecnología y nuevas decisiones de manejo. El desafío para el sector será determinar en qué escalas, condiciones productivas y esquemas de organización la mecanización puede convertirse en una herramienta sostenible para mejorar la eficiencia sin perder de vista la diversidad de los productores misioneros.

