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Estar desconectado se convirtió en un lujo de ricos: la nueva desigualdad que no se mide en dinero

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Hubo una época en la que tener un teléfono celular era una demostración de estatus. Después lo fue tener acceso a internet. Más tarde, contar con una buena conexión, un smartphone de última generación y presencia en todas las plataformas digitales. La tecnología prometía democratizar oportunidades. Y en buena medida lo hizo.

Pero algo está cambiando. Hoy, una de las formas más sofisticadas de privilegio consiste en hacer exactamente lo contrario: apagar el teléfono.

No contestar mensajes. No revisar correos electrónicos durante el fin de semana. No estar pendiente de las redes sociales. Poder pasar una semana de vacaciones sin preguntarse qué está ocurriendo en WhatsApp.

Lo que antes parecía una conducta antisocial empieza a parecerse a una demostración de libertad económica. Porque para desconectarse hay que poder hacerlo. Y no todos pueden.

El verdadero lujo es no estar disponible

Pensemos en dos personas. La primera es un empresario que decide pasar diez días de vacaciones sin teléfono. Tiene empleados que resuelven problemas, una estructura que continúa funcionando y recursos suficientes para que su ausencia no comprometa sus ingresos.

La segunda trabaja de manera independiente. Puede ser un repartidor, una diseñadora gráfica, un comerciante o un profesional que consigue clientes a través de las redes sociales. Para esta segunda persona, apagar el teléfono durante diez días no significa descansar. Puede significar perder oportunidades, clientes o ingresos.

La diferencia entre ambos no está en el dispositivo que llevan en el bolsillo. Está en cuánto les cuesta dejar de utilizarlo. La economía de la atención no quiere que nos vayamos.

Las grandes plataformas digitales construyeron buena parte de sus negocios sobre un recurso que todos poseemos, pero que es limitado: nuestra atención. Cada minuto frente a una pantalla puede convertirse en publicidad, datos, interacciones o transacciones.

Las notificaciones, la reproducción automática, los videos infinitos y los algoritmos de recomendación no son simples características tecnológicas. Son mecanismos diseñados para aumentar la permanencia del usuario.

El usuario cree que está utilizando gratuitamente una plataforma. Pero, en los modelos financiados por publicidad, una parte del intercambio consiste en entregar atención e información sobre su comportamiento. No siempre pagamos con dinero. A veces pagamos con tiempo. Y ese tiempo tiene un costo de oportunidad: lo que dejamos de hacer mientras permanecemos conectados.

El trabajador que nunca termina de trabajar

En Argentina, el teléfono celular se convirtió en una oficina portátil, una terminal de cobro, un mostrador comercial, una herramienta de promoción y un canal de atención al cliente.

Un pequeño comerciante vende por WhatsApp. Un emprendedor consigue compradores en Instagram. Un repartidor depende de una aplicación. Un trabajador independiente responde consultas a cualquier hora.

La tecnología redujo costos y abrió oportunidades que antes no existían. Pero también borró fronteras. El horario comercial se extendió hasta la madrugada. Los clientes esperan respuestas inmediatas. Las oportunidades aparecen y desaparecen en una pantalla.

La disponibilidad permanente comenzó a confundirse con eficiencia. Y la ausencia de respuesta, con falta de compromiso. El resultado es una jornada laboral que muchas veces no termina cuando termina el trabajo. Termina cuando dejamos de mirar el teléfono. Si es que eso ocurre.

La OMS y la OIT han documentado riesgos cardiovasculares asociados a jornadas laborales de 55 horas semanales o más. No significa que responder mensajes fuera de horario equivalga automáticamente a trabajar esas horas; sí recuerda por qué proteger el descanso importa.

El nuevo símbolo de estatus es recuperar el control

Durante décadas, los bienes materiales permitieron distinguir posiciones sociales: el automóvil, la vivienda, la ropa, los viajes. Ahora empiezan a aparecer otras señales. Poder irse de vacaciones sin una computadora. Tener una agenda con espacios vacíos. No contestar mensajes inmediatamente. Disponer de tiempo para leer, caminar o conversar sin interrupciones.

La economista y socióloga Juliet Schor estudió cómo el trabajo y el consumo condicionan el tiempo libre. La socióloga Judy Wajcman analizó cómo las tecnologías que prometían ahorrar tiempo también contribuyen a acelerar la vida cotidiana.

No alcanza con preguntar cuánto dinero gana una persona. También importa cuánto tiempo puede decidir por sí misma. El verdadero privilegio no es tener el último teléfono. Es poder dejarlo sobre una mesa sin que eso tenga consecuencias económicas.

La Argentina de los dos WhatsApp

Para miles de pequeños negocios, WhatsApp funciona como canal de ventas, atención al cliente, coordinación logística y posventa. Es una herramienta extraordinaria porque permite operar sin grandes inversiones. Pero también produce una dependencia.

El cliente que escribe un domingo espera una respuesta. El proveedor que envía una lista de precios a las diez de la noche espera una confirmación. El trabajador que recibe una propuesta fuera de horario siente que debe contestar antes de perderla.

No necesariamente existe un jefe que exija disponibilidad. Muchas veces es la propia incertidumbre económica la que obliga a estar conectado.

Dos personas pueden tener ingresos similares y disfrutar de grados completamente diferentes de libertad. Una puede apagar el teléfono al terminar su jornada. La otra no. Una puede tomarse vacaciones. La otra necesita continuar respondiendo mensajes desde la playa. La diferencia no aparece en el salario mensual. Pero existe.

¿Se puede comprar el silencio?

Sí, aunque no siempre de manera directa. Se compra cuando una persona puede delegar responsabilidades. Cuando dispone de ahorros suficientes para rechazar un trabajo. Cuando tiene estabilidad laboral, vacaciones pagas o una organización que no depende de su presencia constante.

Conviene evitar una simplificación: no todas las personas ricas están desconectadas ni todas las personas de menores ingresos viven pendientes de su teléfono. La diferencia está en la capacidad de elegir. 

¿Cuánto tiempo necesita una persona permanecer disponible para sostener sus ingresos? ¿Cuántas horas de descanso son realmente propias? ¿Qué posibilidades tiene de rechazar una notificación sin perder dinero? ¿Quién decide cuándo termina su jornada laboral?

Quizás uno de los grandes debates de los próximos años no sea solamente cómo garantizar que todos puedan conectarse. Será también cómo garantizar que todos tengan derecho a desconectarse.

Porque durante buena parte del siglo XX, la desigualdad consistía en que algunos tenían acceso a bienes y servicios que otros no podían pagar. En el siglo XXI empieza a aparecer una paradoja más inquietante: los que menos tienen necesitan estar siempre conectados. Los que más tienen pueden darse el lujo de desaparecer.

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