Fernando Schwanke: “La agricultura sostenible también tiene que ser rentable para el productor”
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La agricultura sostenible enfrenta una prueba que no se resuelve solamente en el suelo ni en los indicadores ambientales: debe demostrar que puede sostener económicamente a quienes producen. Para Fernando Schwanke, representante en Argentina del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) y exsecretario de Agricultura Familiar y Cooperativismo de Brasil, ese es uno de los principales desafíos que tienen por delante las políticas agropecuarias de la región.
Schwanke llegó a Posadas para participar de la Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible, un encuentro que reunió a productores, investigadores, empresas, cooperativas, estudiantes y organismos públicos de Argentina, Brasil, Paraguay y Cuba. Su conferencia estuvo vinculada con las políticas regionales necesarias para avanzar hacia sistemas productivos capaces de combinar producción, conservación de los recursos naturales, innovación y generación de ingresos.
Desde la perspectiva del IICA, la sostenibilidad no puede reducirse a una cuestión ambiental. El organismo acaba de aprobar su plan de mediano plazo para los próximos cuatro años y plantea cuatro grandes áreas de trabajo vinculadas con tecnología e innovación, comercio y cadenas productivas, sanidad agropecuaria y recursos naturales.
Para Schwanke, esos componentes deben funcionar de manera integrada. La recuperación de los suelos, el uso responsable del agua, la preservación de las vertientes y la biodiversidad tienen que avanzar junto con la producción y no por fuera de ella.
“La nueva tendencia mundial en la producción es justamente agricultura y ambiente, ambiente y agricultura, siempre juntos”, explicó durante la entrevista con Economis.

El desafío que aparece después de conservar
En Misiones, la discusión adquiere una particularidad. Schwanke conoce la región desde su experiencia en el sur de Brasil y considera que la provincia argentina cuenta con una característica que puede convertirse en un activo económico: la preservación ambiental.
La protección de los recursos naturales y la biodiversidad constituye, según su mirada, una ventaja comparativa frente a mercados que incorporan cada vez más exigencias ambientales. Pero esa ventaja solamente adquiere valor económico si logra traducirse en mejores oportunidades para quienes producen.
El punto de partida es evitar que la sostenibilidad termine separada de la rentabilidad.
“Dentro del triple de la sustentabilidad está el ambiental, el social y el económico”, señaló. Si los dos primeros componentes avanzan y el tercero queda rezagado, advirtió, aparece un problema que excede al establecimiento rural: el éxodo de los agricultores y la pérdida de población en los territorios productivos.
La pregunta, entonces, cambia. Ya no se trata solamente de cuánto conserva una producción, sino de cuánto valor logra capturar el productor que conserva.
Cadenas productivas frente a un mundo más caro e inestable
Para Schwanke, una de las respuestas está en fortalecer las cadenas productivas. La rentabilidad del productor no depende únicamente de lo que sucede dentro de la chacra. Está condicionada por los costos de los insumos, el transporte, la logística, los mercados y la capacidad de comercialización.
Los cambios geopolíticos agregaron nuevas variables a esa ecuación. El aumento de los costos energéticos y logísticos puede trasladarse al precio de los fertilizantes y otros insumos fundamentales para la producción, generando presión sobre los márgenes de los agricultores.
Ese escenario, sostuvo, debería funcionar también como una alerta para los gobiernos. Las políticas públicas no necesariamente tienen que sustituir al mercado, pero sí pueden generar mecanismos que reduzcan la exposición de los productores a determinados shocks externos.
El desafío es especialmente importante para las explotaciones familiares, que tienen menor capacidad para absorber aumentos repentinos de costos o períodos prolongados de precios desfavorables.
La discusión sobre sostenibilidad, de este modo, se transforma también en una discusión sobre resiliencia económica.
Escala y diversificación no son necesariamente opuestos
La expansión de grandes superficies de monocultivo suele aparecer como una de las tensiones cuando se habla de modelos agrícolas sostenibles. Schwanke evita plantear una respuesta única.
El mundo necesita producir alimentos y, por lo tanto, la agricultura de gran escala tiene un papel en el abastecimiento global. Al mismo tiempo, la diversificación constituye una herramienta para reducir la exposición frente a shocks que pueden afectar particularmente a determinados productos.
La clave, según planteó, está en adaptar el modelo productivo a las características de cada territorio.
Una región con pequeñas explotaciones no necesariamente puede replicar la estructura productiva de una zona dominada por grandes establecimientos. En esos casos, la diversificación y la integración entre productores pueden permitir generar escala económica sin requerir necesariamente grandes superficies individuales.
Brasil ofrece ejemplos de esa lógica en el sur del país, donde la agricultura familiar convive con cadenas de vegetales, frutas, producción láctea, porcinos, aves y otros sistemas productivos.
“Ahí viene mucho el planeamiento territorial”, explicó Schwanke. El ordenamiento del territorio puede contribuir a identificar qué actividades tienen mayor potencial en cada zona y cómo pueden organizarse las cadenas alrededor de esas ventajas.
El pequeño productor necesita cadena, no solamente asistencia
Para las explotaciones de 10, 20 o 30 hectáreas, la pregunta por la escala es particularmente relevante. La superficie disponible limita la posibilidad de competir mediante volumen, pero no necesariamente impide construir una actividad económicamente viable.
Schwanke planteó como alternativa el desarrollo de cadenas cortas, especialmente en productos hortícolas y frutícolas. La cercanía entre producción y consumo puede reducir intermediaciones y permitir que una proporción mayor del valor quede en el territorio.
Otra posibilidad es la integración productiva. En actividades como la producción de leche, porcinos o aves, el desafío puede pasar por aumentar la escala económica de las pequeñas unidades mediante esquemas de articulación y comercialización.
La herramienta, en ese caso, no es necesariamente ampliar individualmente la superficie de cada productor, sino construir mecanismos colectivos capaces de resolver parte de los problemas de escala.
Es una diferencia importante: la política de desarrollo rural deja de concentrarse exclusivamente en transferir recursos al productor y empieza a mirar la estructura completa de la cadena.
Tecnología para producir más y mejor
La innovación aparece como otro de los pilares del modelo que propone el IICA. Para Schwanke, organismos de investigación como el INTA en Argentina, el INIA y la EMBRAPA en Brasil tienen un papel estratégico en la generación de tecnologías que puedan mejorar la productividad y, al mismo tiempo, las condiciones económicas de los agricultores.
“Ciencia, tecnología e innovación son las bases de una agricultura sostenible en la región”, sostuvo.
La cuestión central es que ese conocimiento llegue al establecimiento productivo. Una innovación que permanece dentro de un instituto de investigación tiene un impacto limitado. Su verdadero valor aparece cuando permite reducir costos, mejorar rendimientos, adaptar cultivos, aumentar la eficiencia en el uso del agua o enfrentar nuevas condiciones climáticas.
Para la agricultura familiar, además, la tecnología debe ser compatible con la escala y las capacidades disponibles. No se trata simplemente de trasladar modelos diseñados para grandes establecimientos, sino de desarrollar soluciones adaptadas a superficies menores y a sistemas productivos diversificados.
Cooperación regional para enfrentar problemas que ya no son locales
La presencia del IICA en la Cumbre de Posadas también introduce una dimensión regional. Los problemas que enfrenta la agricultura ya no se detienen en las fronteras nacionales.
El precio de los fertilizantes puede estar determinado por acontecimientos internacionales. La logística depende de combustibles y rutas comerciales. Los mercados exigen cada vez más información sobre trazabilidad, calidad y condiciones ambientales. El cambio climático modifica los riesgos productivos.
En ese escenario, la cooperación entre países puede convertirse en una herramienta para compartir investigación, tecnologías, experiencias y políticas públicas.
La cercanía entre Misiones, Paraguay y el sur de Brasil agrega además una dimensión territorial concreta. Muchas de las cadenas productivas y de los mercados de la región tienen una lógica que atraviesa las fronteras administrativas.
La agricultura sostenible que se discute en Posadas, por lo tanto, no es solamente una cuestión de prácticas productivas. También plantea cómo construir una infraestructura institucional capaz de acompañar a productores que operan dentro de mercados regionales y globales cada vez más interdependientes.
La sostenibilidad se juega en el ingreso del productor
El planteo de Schwanke deja una conclusión económica concreta: conservar los recursos naturales y sostener la producción no pueden ser objetivos separados.
Para Misiones, esa ecuación ofrece una oportunidad, pero también una exigencia. La preservación ambiental puede diferenciar a la provincia, pero convertir esa diferencia en valor requiere cadenas productivas, mercados, tecnología, financiamiento y organización.
La agricultura familiar, además, necesita soluciones compatibles con su escala. Diversificación, cadenas cortas, integración productiva y planificación territorial aparecen como herramientas posibles para construir mayor resiliencia sin trasladar mecánicamente modelos pensados para grandes superficies.
La discusión que atraviesa la Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible apunta así al núcleo económico del problema. Una producción puede ser ambientalmente sostenible y socialmente valiosa, pero si no permite vivir de ella, difícilmente pueda sostenerse durante generaciones.
Por eso, para Schwanke, el desafío regional no consiste en elegir entre producción y ambiente. Consiste en construir sistemas donde ambos puedan avanzar juntos y donde el resultado final también sea económicamente viable para quien trabaja la tierra.
