Las PASO del fin de la grieta

Escribe Julio Burdman, profesor universitario y analista político | Director de Observatorio Electoral Consultores y Roger Data

Columna publicada originalmente en Le Monde diplomatique

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La definición final de la fórmula del peronismo encabezada por Sergio Massa y Agustín Rossi traslada el peso de la campaña al gobierno y desplaza del centro al kirchnerismo, que se concentra en la provincia de Buenos Aires. A diferencia del peronismo, las PASO de Juntos por el Cambio implican una disputa entre estilos y propuestas diferentes. El contexto en el que se desarrollan estos movimientos es el de una elección que, con la emergencia de Javier Milei, presenta un panorama de tercios: la elección del fin de la grieta.

Este año Argentina tendrá su cuarta primaria presidencial desde que rige la ley de PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) sancionada en 2010. Las de 2011 y 2019 fueron pérdidas de tiempo, ya que todos los frentes fueron con listas únicas. La de 2015 fue algo más entretenida, con la competencia Massa vs. De la Sota en el peronismo federal y la jubilación de Altamira a manos de Del Caño en la izquierda, aunque sin interna en el entonces Frente para la Victoria, y con una muy asimétrica en Cambiemos, donde Macri superó el 80% de los votos, frente a Ernesto Sanz y Elisa Carrió. En 2023 la competencia refleja un cambio de época. En la oposición, Patricia Bullrich como la candidata implícita del otrora capo indiscutido, Mauricio Macri, hoy enfrenta el desafío de un Horacio Rodríguez Larreta rebelde, que no debe ser subestimado. Y en el oficialismo, aún cuando Cristina Kirchner haya tomado la decisión final, o participado de ella, la definición de la fórmula Massa – Rossi traslada el eje y la responsabilidad de la campaña al gabinete de Alberto Fernández, donde los dos integrantes del binomio hoy ejercen funciones de “superministros”. El cristinismo decide evacuar la campaña presidencial, y concentrar sus esfuerzos en la provincia de Buenos Aires.

La batalla de Juntos por el Cambio

Un año atrás, la principal fuerza opositora parecía ganadora segura de la elección presidencial de octubre. Y Patricia Bullrich, si Macri no era candidato, se imponía cómodamente sobre Horacio Rodríguez Larreta en la intención de voto para la primaria. Además de popularidad propia, construida a fuerza de su gestión “anti-Zaffaroni” en el Ministerio de Seguridad, Bullrich tenía la carta del apoyo implícito de Mauricio, el líder espiritual del voto duro cambiemita. La única forma de revertir la situación era un arreglo Macri-Larreta, coronado por el respaldo explícito del patriarca al jefe de gobierno porteño. Es decir, tenía que repetirse la situación de hace ocho años, cuando Rodríguez Larreta, pese a su desventaja inicial, finalmente le ganó la interna porteña a Gabriela Michetti gracias al apoyo explícito del fundador. Pero no hubo acuerdo, y se desató una suerte de guerra entre ambos que se trasladó a la lucha por la sucesión en la Ciudad. La derrota de Rodríguez Larreta lucía inexorable, ya que tanto Jorge Macri como Patricia Bullrich lideraban las carreras porteña y nacional. De heredero pródigo a desheredado.

Pero pasaron cosas. Para empezar, todo el espacio electoral de Juntos por el Cambio se achicó. Lo que era un bloque electoral de más de 40 puntos, se convirtió en un tercio. Y los votos perdidos fueron hacia la novedad emergente por derecha, el libertario Javier Milei. Y luego llegaron los efectos incalculables del estallido jujeño. Gerardo Morales, presidente de la UCR y aliado de Rodríguez Larreta, y abiertamente enemistado con Mauricio Macri –quien no lo felicitó por su reciente triunfo electoral en Jujuy, y en cambio lo acusó de ser un “señor feudal del norte”– por estas horas se transformó en una figura relegitimada por toda la dirigencia cambiemita, y en el nuevo héroe del votante de Juntos por el Cambio. Morales es quien se enfrenta con el fantasma más temible de todos, mil veces peor que Cristina Kirchner: la mismísima Milagro Sala, síntesis humana del infierno liberal republicano.

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La nominación de Morales como candidato a vicepresidente impulsa el sueño larretista, y probablemente, equilibra la competencia de Juntos por el Cambio. Morales no lo ignora, y seguramente se lo hizo saber a Larreta antes de reconfirmar su integración del binomio. Jujuy mediante, la presencia de Morales también implica un mayor compromiso de la alianza Larreta-UCR con la candidatura porteña de Martín Lousteau, y con otros candidatos provinciales que hacen valer cada vez más su identificación radical en las urnas.
Morales advirtió, horas atrás, que reinstaurar el orden en Jujuy después del estallido le llevará, al menos, dos meses. Es decir, que su heroica recuperación de Jujuy de manos de los bárbaros se superpondrá con la campaña electoral de las PASO. De esta forma, Jujuy se convierte en una batalla de modelos y en una resignificación del sentimiento anticristinista, que ya no es solamente un pedido de liberación del yugo de las mayorías cristinistas, sino también una de la imposición de un orden republicano radical contra el caos populista territorial. Y esa será, también, la competencia por la superación de Mauricio Macri. Ganarle a Milagro Sala es el fin de la grieta, pero bajo la forma de una victoria. Finalmente, la alianza entre Larreta y la UCR encontró su relato, y puede ser más atractivo que el macrismo modelo 2015.

Unión por la Patria: el gabinete de Alberto, al rescate del oficialismo

En una entrevista reciente en televisión, además de confundirnos –hasta último momento– con su planteo sobre “el hijo de la generación diezmada”, Cristina Kirchner admitió que las presidenciales de 2023 serán una elección de tercios. Notable ejercicio de honestidad para quien se percibía, hasta no hace mucho, como una representante de mayorías. Agregó también una lectura táctica a la dura realidad de ser un tercio: ahora importan más los pisos que los techos. Es decir, afianzar el núcleo duro. Esto tal vez fue tomado en consideración a la hora de plantear la necesidad de una sola fórmula presidencial.

La información disponible nos sugiere que, a diferencia de lo que sucedió en 2019, cuando el diseño de la boleta presidencial del Frente de Todos estuvo dominado por Cristina Kirchner, en esta oportunidad se trató de una elaboración colectiva. Alberto Fernández –presidente de la Nación y también del principal partido de la alianza oficialista, el Justicialista–, Cristina Kirchner, el propio Massa y varios gobernadores formaron parte del debate interno. Una decisión colectiva, participativa y única, tendiente a generar una sola fórmula. Pero eso no es, necesariamente, una fórmula de unidad. No, al menos, como se suele entender la unidad en el análisis de las fórmulas presidenciales.

Con frecuencia, a la unidad se la relaciona con su composición representativa. Una unidad entre las corrientes políticas, y los diferentes segmentos de un electorado. Alfonsín-Martínez era representativa de dos sectores del radicalismo, Menem-Duhalde las dos geografías clave del justicialismo; De la Rúa-Álvarez o Cristina-Cobos dos partidos dentro de una alianza. En cambio, Cristina-Boudou, Macri-Michetti o, ahora, Patricia Bullrich-Luis Petri no son fórmulas de unidad, sino que priorizan la homogeneidad y el alineamiento del vice. ¿Qué significan Sergio Massa y Agustín Rossi? Uno viene del AMBA y el otro de Santa Fe; uno es más liberal, o pragmático, y el otro siempre perteneció al peronismo y se asume como kirchnerista -aunque los camporistas lo consideran un foráneo. Sin embargo, lo que verdaderamente los define, hoy por hoy, es que son los ministros principales del gobierno nacional. Massa es el ministro de Economía, que además controla las áreas de energía, minería, agricultura y producción. Rossi es el jefe de Gabinete, que dejó parte de su equipo en el ministerio de Defensa y en la AFI.

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Esto cambia mucho el sentido de la campaña. En las hipótesis que se manejaban antes del anuncio final, los protagonistas eran personas que estaban alejadas del presidente. Scioli era embajador… y es Scioli; Wado De Pedro era ministro, pero camporista y leal a CFK. Ahora, la oferta de Unión por la Patria es el corazón del gobierno nacional. Ineludiblemente, su mensaje será una defensa del gobierno. Y ello repone al gobierno en el lugar central: un partido lo defenderá, el resto lo atacará. El gobierno del Frente de Todos se hace cargo de la elección presidencial de Unión por la Patria. Y el cristinismo sale del centro de la escena, y se concentra en la provincia de Buenos Aires: allí estarán Kicillof, Cristina y Máximo Kirchner, La Cámpora, todos defendiendo el territorio -y compitiendo por él con los intendentes peronistas.

El año de Milei

Amén de las transformaciones en marcha en el seno de las dos coaliciones principales, sin dudas este año electoral también le pertenece a Javier Milei. El libertario no tiene techo, por la sencilla razón de que pesca en un océano cada vez más grande. Lo que veíamos en los dos apartados anteriores es que la grieta ordenadora de la política nacional durante quince años se está esfumando, y el derechista libertario fue un pionero de este descubrimiento. Es el que aprendió a hablarle a los argentinos que se sienten por fuera de la grieta K-M. Y, por ahora, es el único que lo viene haciendo. Se dice, con razón, que no tiene estructura ni experiencia, pero es el único pescador de la laguna.

También se dice que se desinfla, pero tal vez el problema fue de los operadores que lo habían inflado demasiado. Milei nunca lideró la intención de voto, ni tuvo el 40%: siempre fue una tercera fuerza, en crecimiento sostenido, que se abre paso a medida que la grieta lo pierde. Sus tropiezos provinciales cuentan poco, porque esta es una elección presidencial esencialmente nacional. Y es el candidato de las propuestas, que se enfrenta a dos espacios políticos que tienen mucha dificultad para enunciar sus soluciones. Milei es un problema para todos.

El fortalecimiento de Larreta – Morales lo ayuda, porque Milei se ha preparado durante un año para combatir al jefe de gobierno porteño. Su archienemigo retórico, símbolo de la Argentina paloma y tibia que él viene a arrasar con su motosierra liberal. A su vez, a Massa le conviene que Larreta y Milei suban, porque su principal amenaza es Bullrich. Un eventual ballotage Milei – Bullrich es un enigma, pero en uno Massa – Larreta, el antilarretismo de Milei dificulta la transferencia de votos desde La Libertad Avanza hacia Juntos por el Cambio (o “por el Kargo”, como dice libertario), ya que el libertario seguramente sugerirá a sus seguidores que se abstengan Y en uno Massa – Milei, es posible que el candidato de Unión por la Patria atraiga votos larretistas. En cambio, en un ballotage Massa – Bullrich, el votante de Milei se va a inclinar por la única mujer en competencia, garantizando su triunfo.

Julio Burdman, profesor universitario y analista político | Director de Observatorio Electoral Consultores y Roger Data

Columna publicada originalmente en Le Monde diplomatique

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