Reconstruir naturaleza en el laboratorio: un recorrido a fondo por el Instituto Misionero de Biodiversidad

Silenciosos y asépticos, los laboratorios custodian muestras de la abundante flora y fauna misionera. El monte rodea el edificio, pero es adentro donde la ciencia hace su trabajo para que la cubierta verde y los animales que la habitan, sobrevivan para las próximas generaciones. El del Instituto Misionero de Biodiversidad es un trabajo iniciático que tiene un objetivo trascendental: preservar y generar condiciones para un aprovechamiento económico y sustentable. El costado legal también es clave: lograr que la flora y fauna sea reconocida y respetada con el ADN misionero, que muchas veces es ignorado por grandes compañías que aprovechan, especialmente los remedios naturales y semillas. El área legal está a cargo de Laila Chemes, una joven abogada misionera, que trabaja bajo la dirección general de Viviana Rovira, ex ministra de Ecología y ahora a cargo del Imibio como ente autárquico. 

El Imibio está dando sus primeros pasos en las 600 hectáreas de Puerto Iguazú. El laboratorio de cemento y piedra mora respeta el entorno, lo mismo que los hoteles cercanos que conviven con comunidades guaraníes en la selva.
La entidad, inaugurada oficialmente en julio, está dirigida por Emanuel Grassi, un biólogo de 31 años nacido en Merlo, Buenos Aires. El joven científico comparte el concepto que dio vida al Imibio. “Quiero dejar algo a la comunidad, que no sea investigar por investigar”, dice. No quiere llenar papers ni figurar en revistas científicas, sino que la ciencia sirva para mejorar el entorno. Esa es la idea madre de la ley de creación del Imibio, pensada por el presidente de la Legislatura, Carlos Rovira: generar conocimientos de la biodiversidad para promover su valor.
Por eso, cada proyecto de investigación será rigurosamente evaluado. No se trata de investigar tal o cual particularidad de alguna planta u animal, sino qué potencialidad se le puede adjudicar y qué beneficio puede traer a la comunidad.
Por ejemplo, una de las investigaciones en marcha es el desarrollo de hongos comestibles y su posible germinación en borra de café, residuo común en los hoteles de la zona.

Ya hay empresas interesadas en la producción que podría terminar en la mesa de los restaurantes y generar empleo. Podrían también replicar especies arbóreas.


Junto a Grassi hay investigadores misioneros y de otros puntos del país. Comparten la misma pasión.
El edifico del Imibio tiene varias plantas, cada una acondicionada con laboratorios y oficinas, además de un salón auditórium para capacitaciones y un laboratorio acondicionado para recibir visitas de estudiantes. Hay espacio para 50 investigadores e instrumental de la más alta tecnología para el estudio de las muestras de flora y la conservación de ADN de animales si fuera necesario. La primera habitación es la sala de curación, donde se realiza una “cuarentena” de los materiales de estudio. Después hay salas de conservación en seco para las muestras de plantas y colección “viva” para muestras de ADN de animales y semen de diversas especies.
También hay una sala acondicionada para estudios bioquímicos, pero todavía no comenzó a ser utilizada. Pero se trata apenas de la primera etapa del complejo, que en su etapa final contará con cinco naves. La inversión inicial en equipos y edificio fue de seis millones de pesos. La tecnología fue seleccionada por los investigadores.

Grassi explica que el objetivo es hacer un uso sustentable de la ciencia y conocer y aprovechar la riqueza de la abundante biodiversidad, no sólo de Iguazú, sino de todos los parques provinciales. Junto al joven biólogo camina Germán Montalvo, un fortachón ingeniero agrónomo y forestal, que también es de Buenos Aires, pero desde hace más de tres décadas vive en Misiones: “Me siento de la tierra colorada”, cuenta el que es el “baqueano” del grupo de investigadores y de quienes llegan a ocupar las instalaciones. Es que conoce con precisión el monte del Parque Nacional Iguazú como los senderos del Parque Península.
Grassi y Germán Montalvo lideran el Imibio.
Grassi y Germán Montalvo lideran el Imibio.

Ambos coinciden en la necesidad de cambiar ideas instaladas de que la ciencia solo debe servir para la conservación. Prefieren hablar de intervención y reconstrucción. Consideran que se puede hacer ciencia e intervenir en un ambiente para mejorarlo y no destruirlo. Se desmarcan de los conceptos conservacionistas -que plantean la no intervención- o el aprovechamiento sustentable, que admite una intervención “mínima”.
“Hay un cambio ambiental global, del cual el cambio climático es apenas uno de los eslabones. La pérdida de la biodiversidad es el principal cambio al que estamos asistiendo. Por eso es fundamental recuperar, reconstruir naturaleza y que el entorno pueda aprovecharla”, argumenta Grassi, quien a los 24 años hizo su doctorado en hongos. En esa línea se inscribe una idea que está comenzando a debatirse con los operadores de la ciudad de las Cataratas:  el turismo regenerativo. Tiene las mismas bases que el turismo sustentable, pero utiliza una parte de los beneficios económicos de la actividad turística local para la regeneración del medio-ambiente del entorno. Reparar el medioambiente y las expresiones culturales tangibles e intangibles.

Por eso la prioridad serán los proyectos de investigación que permitan esa regeneración de la selva, sus especies más acosadas y la preservación de especies animales en riesgo de extinción, como el yaguareté. Hay hidrógeno líquido que puede preservar ADN por un siglo.  
En momentos en que la Nación está recortando drásticamente el presupuesto asignado a la ciencia, en Misiones se hace punta con el Imibio, que puede trabajar en espejo con la Biofábrica para producir naturaleza. No hay muchos laboratorios similares en el país, cuenta Grassi. Y los que hay, están llenos de becarios Conicet, es decir, que responden a intereses de la Nación. Proyectos con el foco puesto en lo local, solo Misiones.

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