Agroecología

Salto Encantado tendrá una planta de elaboración de Bioinsumos Agroecológicos

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Es una iniciativa para fortalecer la transición agroecológica. El próximo sábado se inaugurará la biofábrica “Reverdecer” en Salto Encantado.

Este sábado 29 de octubre de 2022 a las 9.30 hs se realizará la inauguración de la Planta de Elaboración de Bioinsumos Agroecológicos que funcionará en el predio de la Ex Ruta 14 (Km 942) cedido en comodato a la Asociación Civil Mujeres Soñadoras por el Concejo Deliberante de Aristóbulo del Valle. Además se desarrollará en el lugar un Vivero de Especies Nativas y actividades de Educación Ambiental.

Se trata de iniciativas que fomentan el empleo verde, la transición agroecológica y el uso sustentable de la biodiversidad “para fortalecer el arraigo de los/as jóvenes y las familias rurales a sus territorios”, señaló Marianela Scharschinger, responsable del Nodo Salto Encantado de Somos Red.

A partir de diversas articulaciones la Asociación Civil Ampliando Pueblo, junto al Proyecto USUBI y otros actores, “gestionaron fondos para construir la infraestructura y desarrollar la tecnología apropiada para la producción de bioinsumos agroecológicos”, señaló Fernando Puzzo, responsable provincial del proyecto en Somos Red. En particular la producción del denominado Súper abono Bokashi se llevará adelante con una máquina volteadora autopropulsada única en el país, que “se diseñó a partir de prototipos pre existentes y fue desarrollada por graduados de la Facultad de Ingeniería de la UNaM”, aclaró Alejandro Borgmann, referente técnico de Somos Red quien ademas como profesor en el Procaypa venía haciendo experiencias con biopreparados.

El marco de articulación de las organizaciones y los proyectos mencionadas es la plataforma provincial Somos Red, la cual genera sinergias entre distintos sectores para favorecer una transición ambiental justa. Además gestiona capacidades, recursos e innovaciones para el desarrollo de esquemas productivos sustentables de base asociativa con anclaje territorial. “A través de la articulación técnica, social, financiera y comercial posibilita, fortalece y expande iniciativas productivas sustentables generando empleo verde, arraigo y comercio justo; a la vez que contribuye a recuperar un tejido social que promueva valores de solidaridad y cooperación”, señaló Marcos Niemzson, referente de la Biofábrica Reverdecer.

“En tiempos en que el cambio climático recrudece generando sequías, incendios, enfermedades, inundaciones; impulsar otros modelos socio productivos no es solo una opción, es una necesidad urgente”, indicó Marina Parra, responsable de gestión de proyectos en Somos Red.

“El rol de las mujeres que han impulsado la organización local dando lugar a los proyectos de sus hijos e hijas es una muestra de generosidad y visión de un futuro mejor”, agregó Rosa Szulepa, presidenta de la Asociación Civil Mujeres Soñadoras.

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La yerba, para salvar la humanidad

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Han traído relativo alivio a nuestros numerosos pequeños productores yerbateros los nuevos precios fijados para el próximo semestre, tanto de hoja verde como canchada, ambas  puestas en secadero. 

La falta de lluvias ocasionada por el desastre ambiental que impulsa el agronegocio en la Mata Atlántica se tradujo en pérdidas muy significativas registradas en las últimas cosechas, añadiendo incluso la pérdida de notables fracciones de cuadros con mortandad de plantas, fruto tanto del estrés hídrico como de afectaciones directas por incendios.

Es sabido que en los últimos meses, si bien se registraron algunas precipitaciones, ninguna de ellas hasta el momento ha logrado restablecer por completo la humedad del suelo en estratos que superen, en el mejor de los casos los 20 centímetros de profundidad, haciendo que la crisis del sector esté aún muy lejos de ser cosa del pasado. Mucho más si le añadimos a la ecuación la escasez de fertilizantes, los precios estratosféricos de los insumos como el glifosato, la escasez de gasoil, la desertificación del suelo rojo profundo, y la inexistencia de mano de obra disponible. 

Pero ¿Cómo llegamos a este punto?

Hagamos un poco de historia. No creo que genere controversias considerar que el actual modelo de producción de yerba mate puede perfectamente ingresar a los libros de historia como “Modelo Larangeira“. Matte Larangeira fue la empresa que, entre finales del siglo XIX y principios del XX monopolizó la extracción y comercialización de la yerba mate en un ciclo de expansión del capitalismo global sobre la región valiéndose del Estado para disciplinar la mano de obra, eliminar a sus competidores e imponer el control del poder privado sobre los espacios naturales. Modelo al que comúnmente se le asigna el epíteto “extractivista”.

Si vemos la evolución de esta producción a lo largo de la historia podremos notar que tal vez el salto más importante se produjo  al ver que la creciente escasez de plantas silvestres pudo ser compensada con la domesticación del cultivo. Pero habiendo domesticado el cultivo, ¿concluyó el extractivismo? Si bien tanto historiadores como sociólogos y antropólogos concluyen unánimemente de que el modelo de extracción finaliza a partir de este momento, es importante observar que, a la luz de tanta evidencia empírica manifiesta nos encontramos frente a la necesidad de revisar y resignificar nuestras sentencias científicas vigentes. 

Me animo a afirmar que el extractivismo o modelo Larangeira es el mismo que rige hasta hoy día, siendo que la domesticación del cultivo solamente logró darle un carácter más eficiente, al tercerizar la producción-elaboración y llevando el carácter monopólico a la comercialización a través de hipermercados y grandes cadenas de distribución de alimentos.

El extractivismo nunca terminó, porque debe este sistema ser visto no como la expoliación de los frutos del suelo, si no del suelo mismo. 

Del siglo XIX al siglo XXI solo existe la evolución de un mismo modelo, y hoy, dadas las circunstancias que imperan fruto del cambio climático y la crisis energética, la situación tiene caracteres de terminal. 

El descenso de la productividad bajo estas condiciones de producción es un fenómeno irreversible dado, como ya hemos visto, el proceso de desertificación del continente y el Peak Oil. Según estudios sobre muestras de suelo en 2022, remediar la falta de nutrientes en los yerbales de rojo profundo demanda una aplicación no inferior a las 5 toneladas de fertilizante químico por hectárea. Un disparate que solo puede ser tomado en consideración por tecnócratas y adictos a las planillas Excel.

No sólo no existe esa oferta comercial de insumos, no sólo se trataría de un costo imposible de sobrellevar, si no que fundamentalmente trasciende los límites físicos del mismo suelo. La planta alcanzaría a absorber menos del 1% de esa aplicación, mientras que la solubilización de todo lo demás pasaría a incrementar drásticamente la acidificación del suelo y una abrupta y criminal contaminación de nuestras cuencas. 

El modelo extractivista se murió, junto con el modelo capitalista, adicto al petróleo y el crecimiento indefinido en un planeta con recursos finitos.

Entendamos que lo que todas las evidencias señalan no tiene que ver con la desaparición de este formidable cultivo, sino más bien nos habla de la encrucijada tan particular en la que nos encontramos como humanidad. No puede seguir estando en discusión la viabilidad de este modelo, al igual que tampoco puede seguir siendo materia de debate cuál es la alternativa. Innumerables ensayos experimentales a lo largo y ancho de Misiones vienen demostrando que llevar nativas a nuestros yerbales, propiciar las cubiertas verdes en vez de usar herbicidas y, en general, promover la restauración de nuestros suelos propiciando la biodiversidad dejan sentado con absoluta contundencia que sin agroecología, sin prácticas culturales regenerativas el cultivo de la yerba mate está condenado a su irremediable desaparición. 

No es una novedosa alternativa productivista, sino más bien un natural discurrir en sistemas sustentables para la supervivencia tanto de los cultivos como de su consecuente permanencia del campesino en la chacra. 

Aquellos que no estén hoy dando pasos decididos hacia la agroecología en sus yerbales, están condenados a desaparecer, mientras que quienes apuesten a una producción acompasada por las nuevas reglas impuestas fruto del cambio climático y la crisis energética serán los bendecidos por una demanda y un precio que seguirá en aumento. 

En este mapa del tesoro, serán solo los resilientes quienes puedan usufructuar del tan mentado oro verde.

Un nuevo modelo en el que cientos de hectáreas de yerba ya no sea un desierto verde, si no una nueva selva para una nueva humanidad

Regenerar para salvar El cultivo 

Regenerar para sobrevivir a la crisis 

Regenerar para permanecer en la chacra 

Regenerar para frenar el cambio climático 

Regenerar para revertir el tránsito hacia la sexta extinción masiva. 

Con yerba, salvar la humanidad.

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¿Puede ser negocio la agroecología?

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Corren tiempos difíciles en múltiples frentes de nuestras sociedades complejas contemporáneas. Me arriesgo a decir que, de todos ellos, el que hace a la escasez de alimentos a nivel mundial, constituye el más dramático y desolador de todos.

Un flagelo en curso que, a pesar de la significancia e impacto humano intrínseco, no está en agenda de prácticamente ningún medio de comunicación actualmente.

Veamos algo de contexto. El 55% de la humanidad vive hoy en las ciudades, constituyendo así lo que el reconocido geólogo español, Antonio Aretxavala, llama la “Urbanosfera”. Esta esfera de civilización, signada por la cada vez más ausente población en ámbitos de ruralidad, trajo aparejado multitud de problemas que pertenecen al campo del sentido común. Por ejemplo, el hecho fáctico de que estos 4.400.000.000 de seres necesitan, entre otras cosas, poder alimentarse.

Para mediados del siglo pasado, se propuso una idea innovadora, por parte de las grandes corporaciones en pos de paliar este escenario. Una idea signada por la implementación en los cultivos de insumos químicos y venenos, a lo que tiempo después se le suma, al paquete tecnológico, el uso de semillas modificadas genéticamente. Esta mal llamada “Revolución Verde” prosperó hasta nuestros días, dándole forma y contenido a lo que conocemos como “Agronegocio”, un formidable conglomerado de empresas que se han enriquecido descomunalmente gracias a convertir el alimento en mercancía y a los granos en commodities. 

Este sistema, que en sus orígenes se propuso erradicar el hambre del planeta, no sólo no cumplió jamás esa meta sino que trajo consigo una inédita destrucción de los suelos más fértiles del planeta, haciendo que su rentabilidad creciente se base fundamentalmente, ya no en el incremento de rindes por hectárea, sino más bien en la expansión de la frontera agrícola, arrasando con todo espacio existente de montes y selvas, transformando toda la diversidad biológica, en suelo para monocultivo con base tecnológica y maquinaria pesada. Una estructura de producción fuertemente dependiente del ya escaso petróleo, no sólo por la demanda de combustible sino por necesitar del mismo para la elaboración de sus fertilizantes de síntesis química.

Nadie discute hoy día que la alimentación de nuestra especie nos está deteriorando, fruto de la desnutrición ocasionada por la desmineralización y envenenamiento crónico y es desde allí que comienza a tomar fuerza cada día más las ideas concernientes a la agroecología. 

La pregunta habitual y corriente, dado este particular entorno coyuntural, es: “pueden las chacras agroecologicas dar de comer a toda la humanidad?” O bien “¿puede ser negocio producir bajo esta forma y metodología?”

Vamos por parte.

En primer lugar es importante señalar que alimentarse no es ingerir sino nutrir. Sólo a modo de ejemplo basta con mencionar que los minerales que en la década del 50 nos brindaba una sola manzana, hoy día los podemos obtener al ingerir 25. Como vemos, el agronegocio no compite jamás con la calidad y su desmesurado volumen es, de mínima, un vil engaño apto para consumidores enajenados. La agroecología, al poner el acento en la regeneración de los suelos y la biodiversidad, asegura la presencia de nutrientes en todo lo que se produzca aún cuando el volumen de aquello sea inferior. No obstante, las reglas que imperen en un mundo que aspire a ser alimentado por la  agroecología debe sufrir inevitablemente una profunda revolución en su superestructura e infraestructura social, en virtud de establecer mercados de cercanía, educación e involucramiento ciudadano, desmantelamiento total del consumismo como eje civilizatorio y el decrecimiento económico en pos de dar por terminada las relaciones capitalistas de producción y relacionamiento territorial.

De esto último, se desprende e insinúa ya la respuesta a la pregunta acerca del “negocio” implícito para el productor en estos cambios radicales. Entendamos que Agroecología no es un conjunto de técnicas alternativas al agronegocio, sino una transformación hacia una cosmogonía distinta y no distópica. Una forma civilizatoria alterna en la que ideas como “negocio” sean ya irreconocibles. Se trata de un mundo que cambió y cuyos cambios signados por la crisis energética y el cambio climático nos imponen ser resilientes y reinventarnos desde nuestros mismos cimientos, en ausencia y orfandad de toda referencia conocida, dado que compilaciones teóricas como las que dieron vida al marxismo, por ejemplo, ya se encuentran desfasadas por anacrónicas e inviables al ser postulados de base filosófica conflictual y de estructura de aplicación pro desarrollista y petrodependiente.

La chacra agroecológica no es negocio, es futuro y supervivencia de la especie, es acción de restauración ambiental, es freno al cambio climático, es realineación con la naturaleza y su inteligencia holística.

Veremos muchos de estos puntos expuestos a lo largo de distintas presentaciones semanales en esta columna, con los argumentos y propuestas pertinentes.

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Compró una vieja chacra en El Soberbio a precio de ganga y ahora es un paraíso en una región en pleno auge

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Leo Rangel se asentó en El Soberbio, Misiones, cuando el turismo no llegaba y todavía no había muchas rutas asfaltadas. Ahora, una buena parte de su chacra, muy cerca de los saltos del Moconá, es un gran reservorio de plantas nativas y un lugar cada vez más buscado

Por Guido Piotrkowski – Podríamos decir que el guardaparque uruguayo Leo Rangel fue un visionario. Hace treinta años, cuando llegó a El Soberbio desde su Montevideo natal, quedó cautivado por la naturaleza en estado salvaje de este paraje ubicado en el centro-este de la provincia de Misiones, en el que deslumbran los Saltos del Moconá.

El Soberbio está ubicado a 280 kilómetros de Puerto Iguazú, y 230 de Posadas, a la vera del río Uruguay, frente a la localidad brasileña de Porto Soberbio. Es un vergel protegido por las 250 mil hectáreas que tiene la Reserva de Biosfera Yabotí, dentro de las cuales están las mil hectáreas del Parque Provincial Moconá.

“Viajé para conocer, pero me encantó y me vine a vivir”, cuenta hoy Rangel, que tiene 51 años. En los primeros tiempos puso un bar frente a las Ruinas de San Ignacio, a 250 kilómetros de acá, hasta que en 2006 entró a trabajar como guardaparque en el Parque Provincial Saltos del Moconá. Fue en aquellos tiempos que compró esta porción de tierra, que era una chacra desmontada de catorce hectáreas a la vera de la ruta 2, un camino de tierra en aquellas épocas. Hoy, la chacra que adquirió a precio de ganga es un vergel impresionante de 38 hectáreas a mitad de camino entre el casco urbano y el parque provincial, en una ruta que ahora está asfaltada.

“Los primeros años viví solo acá”, recuerda ahora este hombre que formó su familia y echo raíces en estos pagos donde vive con su esposa Adriana y sus tres pequeños hijos, Silvestre, León y Mora. Ahora pasa una semana en su emprendimiento-hogar, y una semana en el parque.

Rangel llamó a su pequeña porción de paraíso Yasí Yateré, una palabra que en guaraní tiene dos acepciones. Por un lado encarna un ser de la mitología nativa que es el guardián justiciero de la selva. La otra corresponde al nombre de un pájaro “escurridizo”, según define el propio Rangel, que es autor del libro La selva por dentro, una guía de aves y especies vegetales de la exuberante jungla local.

Yasí Yateré, con más de 1000 plantas

Seis de las treinta y ocho hectáreas son las que destina para las dos confortables cabañas que tiene como alojamiento – y una más en construcción- y para la actividad productivo– turística. El resto lo conserva como una reserva intangible. La idea de Rangel es mostrar al visitante la selva misionera, que aprenda sobre especies vegetales, que pueda olerlas, palparlas, degustarlas. En total hay por acá cerca de mil plantas productivas, algunas de fibra como el agave y la rafia, unas trescientas aromáticas y otras tantas comestibles.

“Solo en frutales tenemos más de trecientas variedades entre nativas y exóticas”, detalla el guardaparque, mientras recorremos su propio paraíso. Azaleas, pitangas, ananás y lichis; té, yerba, mate, café y tabaco cubano; frambuesa tropical, limón mandarina y zarzamora; cedrón, menta y burrito; cilantro, orégano y artemisa. Hay también especies tan exóticas como el urucum, una planta que utilizan los indígenas del Amazonas para pintarse la cara, que les sirve como protector solar, repelente y camuflaje. Y así podríamos seguir infinitamente.

Durante el recorrido, machete en mano, Leo ofrece probar los frutos que recolecta en el momento, cultivados agroecológicamente. “Respetando la naturaleza”, tal como subraya en medio del recorrido, que dura cerca de una hora.

El Soberbio es la capital de las esencias, y nosotros trabajamos sobre los aromas. Los aromas y sabores tienen que ver con el subconsciente -explica Rangel-. Te conectan con situaciones de tu infancia, como un dejá vú. Lo mismo ocurre con los sabores de las frutas. La mayor cantidad de nuestros visitantes son de la ciudad, y este es un momento de conexión con la naturaleza”.

El sendero de plantas de cultivo y exóticas se conecta a través de un puentecito de madera sobre un arroyo con otro sendero demarcado en medio de una abundante porción de selva. Al lado del puente está una de las cabañas de madera para alojarse. Este sendero es el Jardín Botánico y atesora una buena muestra de lo que es la selva misionera, entre ellos la mayoría de helechos que hay en la provincia. El camino desemboca en un mirador precioso al río Uruguay. Hacia abajo, se ve un salto de agua, al que en verano se puede acceder por otra senda que cada temporada Rangel tiene que volver a abrir a fuerza de machete.

Al terminar el recorrido, Leo y Adriana invitan a los visitantes a degustar un té, mate o café, que son elaborados con esos mismos frutos de cosecha propia, acompañados de los dulces que también producen, como el de mamón o guayaba y que se pueden comprar en la tienda de Yasí Yateré para llevar a casa.

Frente a Brasil

El Soberbio es una de esas ciudades pequeñas, que es más ciudad por cantidad de habitantes que por espíritu. Una ciudad con cadencia de pueblo en la que no hay mucho para hacer más que acercarse a contemplar el atardecer en la costanera del río Uruguay, frente a Brasil. El atractivo, en todo caso, está en derredor. En el parque y sus saltos, en los miradores en la ruta, en los pequeños emprendimientos, y en los ecolodges, que ofrecen alojamiento de alto nivel y actividades de ecoturismo en medio de un entorno fantástico

Como bien indica su nombre es un sitio que cautiva a quien lo visita por su singular belleza y exuberancia, un paraje ubicado en medio de los caminos de tierra colorada y selva esmeralda, a la vera de un gran río y donde proliferan cascadas y arroyos. Se suele contar que aquel nombre proviene de la frase de una de las primeras personas que llegó al arroyo Guarambocá, quien habría dicho: “¡Qué soberbio lugar!”.

El pueblo se fundó hace 75 años Su población ingresó en mayor medida desde Brasil, como los jangaderos, que eran los encargados de maniobrar río abajo las grandes balsas de troncos llamadas jangadas. Algunos de estos jangaderos, como el primer colonizador Don Arturo Henn y el primer docente Fenocchio, fueron quienes con el paso de los años forjaron el asentamiento y fundaron el pueblo. Tan cerca de Brasil está, son tantos los migrantes del país vecino que fueron poblando este lugar, que el portuñol, o hasta el castellano con acento portugués, es moneda corriente por acá.

Los saltos del Moconá

El Soberbio es la selva misionera en su máxima expresión. Aún con la tala y los desmontes, la Reserva Yabotí (tortuga en guaraní) dentro de la cual está el Parque Provincial Moconá, es un reservorio de jungla virgen. “Es la mayor expresión en la Argentina de la selva paranaense, uno de los pulmones más grandes del país”, afirma Victor Mota, director de Turismo local. “El único lugar donde no se toca un pelo es el Parque Moconá. En la reserva de biósfera se puede extraer madera, pero hay un plan de manejo. Las madereras se pueden sacar, pero tienen que reforestar las nativas”, completa Mota.

El mayor atractivo del parque es el paseo en lancha por el río Uruguay para poder apreciar los saltos, que a diferencia de otros, corren paralelos al curso del río, y a lo largo de unos 1800 metros. En un buen día, pueden llegar a tener diez metros de alto, siempre y cuando el caudal del río este bajo. Cuanto más agua tiene el río, mas bajos serán los saltos, y viceversa. El caudal depende tanto de las lluvias, un factor que no se pude controlar, como de la represa del lado brasileño. Más allá de las vicisitudes climáticas, los fines de semana y los días lunes son los mejores para verlos, ya que es durante esos días que las represas vecinas, luego de un acuerdo con las autoridades locales, no suelen generar energía, y entonces el río tiende a bajar.

De todos modos, si no toca en suerte una de esas jornadas que se pueden ver los Saltos del Moconá en su máximo esplendor, la visita no será en vano, porque conocer el parque vale la pena.

Antes de la creación del parque provincial en 1988, eran muy pocos los que se atrevían a entrar. “Yo tenía una camioneta y venía casi todos los días a traer gente. ¡No había asfalto, y la camioneta patinaba de acá para allá! Se podía pasar los saltos caminando por arriba, era la única manera de verlos. Había un trilho (sendero en portuñol) marcado. Era más espontáneo todo. Nadie se animaba a entrar a los saltos”, rememora y se jacta José Pires, que fue guía baquiano durante muchos años y hoy trabaja en la municipalidad.

El parque tiene tres senderos selva adentro en los que se puede ver una enorme cantidad de árboles nativos: guayubira, chachí, jabuticaba, grapia, cedro, yacaratiá, la madera comestible; o la ultrarresistente liana cipó, una enredadera que abraza los árboles, entre un sinfín de especies arbóreas nativas que habitan esta selva fantástica. Pires, nacido y criado en estas tierras, conoce de árboles como pocos. Los distingue incluso a lo lejos y en medio de esta mata verde, donde para un ojo inexperto todo puede ser similar. Donde todo es verde. Cada vez que ve un ejemplar con alguna singularidad, se entusiasma como un niño con juguete nuevo. Los abraza, los toca, piensa que se podría hacer con esa madera.

Los tres senderos son de baja dificultad, pero bien agrestes. El sendero de La Gruta desemboca en una cascada preciosa, y tiene un kilómetro y medio de largo aproximadamente. En tanto, el sendero Chachí, que es el más extenso, tiene unos dos kilómetros y al final desemboca en un mirador con una gran vista al río Uruguay. Mientras que el sendero Mítico es el más simple, ideal para caminar con niños o personas con poca movilidad. Se trata de un recorrido temático que aborda las leyendas locales.

El Soberbio es entonces un reservorio de selva virgen, el último tramo de esta jungla que viene perdiendo terreno antes los desmontes y el avance de las ciudades. La selva paranaense en su plenitud. “Yo disfruto mucho cuando estoy en el Parque – retoma Leo Rangel – En Moconá la selva no fue tocada. De noche veo animales, y hay una lianas gigantescas. ¡Y eso no se ve en Iguazú!”.

Fuente La Nación

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Agroecología: una transición firme en Misiones

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La agroecología nace a partir del reconocimiento impostergable de las prácticas sustentables de la agricultura familiar, comunitaria y campesina, respondiendo a la necesidad de producir alimentos sanos y seguros, a partir del manejo integral de las unidades productivas, con respeto a todos los actores involucrados en lo productivo, social y económico.

En este sentido, el Ministerio de Agricultura Familiar de Misiones, a través de la dirección de Certificación Participativa y con la ayuda de mesas de expertos de las áreas de competencia, trabajó en la elaboración de los Manuales Operativos de Certificación Participativa y de Normas de Producción Agroecológica, que permitió reunir los criterios comunes en los aspectos socio-productivos involucrados en la Agroecología, para que más familias puedan acceder a las certificaciones y avanzar con la identificación de los productos de unidades productivas que vienen trabajando con convicción en modelos que contemplan los principios agroecológicos. Al mismo tiempo, la etiqueta “Agroecológico Misiones” permitirá identificar los productos que proceden de estas chacras certificadas.

Actualmente, a través de esta área se llevan adelante diferentes acciones, entre ellas; 50 chacras se encuentran en transición hacia la agroecología y 5 de ellas ya cumplimentan el último paso hacia la certificación agroecológica. Asimismo, se avanzó en la conformación del Comité certificador del departamento de Oberá y se conformaron Comisiones zonales de certificación en los departamentos de Oberá, Iguazú y General Manuel Belgrano.

Otras de las acciones que lleva adelante la dirección como una alternativa posible para alcanzar una alimentación sana y saludable con productos locales, revalorizando el rol de los pequeños productores y productoras, es la Semana de la Agroecología y la Semana Continental de Semillas Criollas y Nativas, Intercambios de semillas y plantines, capacitaciones en elaboración de biopreparados y purines y las constantes visitas a chacras de productores, que apuestan a propiciar la difusión de la agroecología

Todos estos procesos están contemplados en el marco de la Ley VIII – N°68 de Fomento a la Producción Agroecológica que tiene por objetivo promover y fortalecer políticas, programas, proyectos y acciones que le den un mayor impulso al desarrollo de sistemas de producción agroecológica mediante la promoción y regulación de procesos de producción, distribución, comercialización y consumo de alimentos saludables.

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